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Mis chuchus queridos: Los que se quedaron cuando nada los obligaba

UCV
Tiempo de lectura: 5 min.

La Universidad Central de Venezuela carga sobre sus hombros algo que siempre ha irritado a los poderosos: la conciencia crítica del país. Pero hoy, esa conciencia tiene el pelo plateado, las rodillas cansadas y una vocación que duele porque es a prueba de hambre. Porque la UCV no solo es el espejo de lo que hemos sido como proyecto intelectual; es, también, el reflejo de cómo los venezolanos nos hemos envejecido —poblacionalmente hablando— aunque muchos no hayan querido mirarnos bien.

Los números fríos ya duelen: la Asociación de Profesores y el Observatorio de Universidades coinciden en que el promedio de edad del profesorado ronda los 64 años. Pero la estadística se vuelve carne cuando uno recorre los pasillos. En mi facultad, me topo con un profesor de Sociología octogenario que acumula más de 50 años dando clases los lunes. Y dice algo que nunca olvido: "No ha habido un domingo en el que yo diga: no quiero ir mañana a la UCV". Al lado, una profesora nonagenaria, fundadora del Centro de Estudios de la Mujer (CEM), sigue asistiendo a cada evento, cada reunión a la que la invitan. Su única queja no es el cansancio, sino esta: "No puedo hacer más porque ya no me dejan manejar". Otra colega del mismo CEM —espacio lleno de mujeres +60— dirige una maestría y, a sus años, está creando un doctorado en Estudios de la Mujer. Algo que no existe en el país. No es metáfora: es resistencia.

No hace falta afinar la vista. El mismo rector es, técnicamente, un adulto mayor. Pero si afinamos más, encontramos un mar de pelo cano dirigiendo los posgrados. Bajo a la Escuela de Matemáticas y veo cuatro profesores que superan los 70 años dando clases con una militancia que da miedo.

Y algo importante hay que decir: desde la renovación de autoridades hace tres años, es verdad que se abrieron muchos concursos. Se estabilizó a un montón de profesores contratados, algunos de los cuales ya tienen edad para jubilarse y aun así participaron en el concurso porque creen en esto. La universidad resiste. Hay mucha gente joven, sí, y eso da esperanza. Pero también hay muchísimos adultos mayores que forman parte de ese Atlas que sostienen sobre sus hombros la formación de nuevas generaciones. Y llevan años haciéndolo. Décadas. Medio siglo, algunos.

Tras el cambio de autoridades, muchos decanos y dependencias, hasta en el rectorado fueron a buscar a sus secretarias entre los empleados jubilados. Sí, hay confianza. Pero hay algo más profundo: un compromiso institucional, un sentimiento ucevista que desborda. Por eso, a pesar de los sueldos miserables, aquí no hablamos de "vocación" como los médicos. Aquí le decimos corazón ucevista.

Ese corazón tiene nombres y rutinas. Profesores octogenarios que no solo dan clases, sino que son miembros de consejos de escuela, facultad o Consejo Universitario. Un exrector que sigue en juntas directivas de distintos espacios universitarios. Los vemos siendo tutores de tesis, jurados de ascensos, montando eventos. En mi facultad, más de una profesora hace todo eso y además dan clases en la UCAB o la UNIMET porque, tras jubilarse, gana menos que un activo. Y no voy a hablar de los que murieron con hambre —porque esa lista es otra herida—. Voy a hablar de los que aún sostienen la universidad.

Pero hay una parte de sus vidas que no vemos en las aulas. Cuando termina la clase y se apagan las luces de las aulas, muchos de estos académicos vuelven a casas vacías. Sus hijos migraron. Se fueron a Chile, a España, a Estados Unidos, etc., buscando algo que Venezuela ya no les dio. Y ahora ellos, los profesores que dedicaron medio siglo a formar profesionales para este país, ven crecer a sus nietos a través de una pantalla. El cumpleaños, el primer paso, la primera palabra: todo cabe en un rectángulo de WhatsApp. La soledad no es metafórica: es el ruido de una casa donde antes había risas y ahora solo suena el televisor. Y esa soledad se vuelve concreta, dolorosamente concreta, cuando la salud empieza a fallar. Una operación de cataratas —cotidiana, sencilla en cualquier sistema de salud que funcione— se ha llevado la vista de más de uno. No porque la medicina sea compleja, sino porque no tienen los recursos para costearla. El seguro del IPP no les alcanza. El que ofrece el Estado no lo cubre. Y así, el mismo profesor que dicta cátedra con lucidez terminológica se queda mirando un borrón donde antes veía las caras de sus alumnos. Pero si uno se queda solo con esa imagen, no los está viendo completos. Porque también hay un grupo, el Consejo de Profesores Jubilados (mis chuchus queridos) que están montando una obra de teatro. Y por lo que he podido ver, es muy graciosa. Se ríen. Ensayan. Se toman el arte con la misma seriedad con la que antes se tomaban una tesis. La felicidad, en ellos, es también un acto de resistencia. Porque reír cuando todo aprieta, cuando el cuerpo duele y la cartera no alcanza, es una forma de decir "sigo vivo, sigo aquí, no me han vencido". Y eso, en una universidad precarizada, es tan revolucionario como cualquier manifiesto.

Y es verdad que la UCV no sólo son adultos mayores, pero con ellos pasa algo muy distinto que con los jóvenes. Porque cuando afinas la lupa, los profesores jóvenes —además de dar clases, investigar y hacer extensión— venden ropa, hacen taxis, son DJs, emprenden cualquier cosa. No es desvío: es supervivencia para financiar su actividad académica. En cambio, muchos de los jubilados que siguen viniendo a la UCV lo hacen por una razón casi incómoda de honestidad: lo único que han hecho en su vida es enseñar e investigar. No saben hacer otra cosa. Y por eso, cuando ven una injusticia, se pronuncian. Hacen actividades gremiales. Se actualizan. Y lo sé de primera mano porque yo misma les he dado charlas sobre noticias falsas y hasta sobre inteligencia artificial. Ellos toman apuntes con una concentración que da lecciones y esto porque la curiosidad no se jubila, igual que el compromiso.

Hoy es el Día del Adulto Mayor. Y después de años de trabajar con profesores mayores —jubilados o no— solo aspiro a tres cosas que deberían ser obvias: que tengan un ingreso que les garantice vida digna; un sistema de salud que no los mate de mengua; y que no sean discriminados por su edad. Tal como lo exige la Ley Orgánica para la Atención Integral del Adulto y Adulta Mayor. Pero eso no ocurre. Y entonces nos queda esta verdad incómoda: una carrera académica no es atractiva si la meta final es la mendicidad. Porque el Estado dejó de cumplir su compromiso con los universitarios jubilados hace mucho tiempo.

Así que cuando caminamos por la UCV y vemos esas aulas llenas de años y de entrega, recordemos que esa presencia no es solo vejez. Es dignidad. Y también es un reclamo. Porque mientras ellos sostienen la universidad como Atlas, con el mundo académico sobre los hombros, la universidad y el país les deben una respuesta que no llega. Y eso, eso sí que duele.