Hay preguntas que parecen sencillas y esconden una trampa. La de la frontera es una de ellas: ¿de quién es el problema? La respuesta cómoda, a ambos lados de la línea, consiste en señalar al vecino. Y confieso que, después de años de seguir de cerca este conflicto, esa comodidad es lo que más me inquieta, porque impide ver lo único que importa.
Lo diré sin rodeos. El ELN, las disidencias de las FARC y la economía de la cocaína que las alimenta son de origen colombiano; esa es una deuda que Colombia no puede tercerizar. Pero ese problema colombiano se volvió amenaza regional por una razón venezolana: el desplome de nuestro Estado. Donde el Estado se retira, alguien ocupa el vacío. En Apure, en el Catatumbo, ese alguien opera con una tolerancia oficial que FundaRedes documentó durante años y que le costó a su director más de cuatro años de cárcel. No nos engañemos: la frontera no es la herida de un país causada por el otro. Es donde se encuentran dos fracasos de Estado y se potencian.
Por eso desconfío de las soluciones de eslogan. No hay muro que selle dos mil kilómetros ni reproche que disuelva una economía criminal. Hace falta lo más difícil: que Venezuela recupere el control de su territorio y que existan dos Estados capaces de cooperar. Hoy falta lo segundo porque falta lo primero. Y dejo planteada la incomodidad: no se coordina la seguridad de una frontera con un Estado que es parte del problema.
De ahí una convicción que he ido afirmando con los años: la transición venezolana no es un asunto interno de los venezolanos. Es un interés de seguridad regional. Quien quiera estabilidad en la frontera debe quererla también en Caracas. Son la misma causa vista desde dos ventanas.
Lo escribo sin ingenuidad y sin cinismo, que son las dos formas de no pensar. La primera víctima de la mentira cómoda no es el vecino: es la gente que vive en la raya, allí donde el Estado se acaba. A ella, y no a nuestras coartadas, le debemos la verdad.
https://www.analitica.com/opinion/ningun-estado-inocente/