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En realidad, la democracia muere en RR. HH.

Opinión
Tiempo de lectura: 11 min.


 
 

 


 Ni siquiera los autócratas más capaces pueden gobernar solos.

En Rusia, Vladimir Putin necesita a su círculo de oligarcas elegidos a dedo; en Irán, la Guardia Revolucionaria y sus aliados en el mundo empresarial protegen el poder del régimen; Viktor Orbán transformó Hungría en una “autocracia electa” con la ayuda de unos cuantos jueces cruciales, ejecutores políticos y magnates amigos. Pero para llevar a cabo realmente el trabajo sucio de consolidar y mantener el poder, este tipo de líderes cuenta con la ayuda de un número mucho mayor de personas de nivel inferior y medio: oficiales militares, policía secreta y burócratas.

Sin embargo, hasta hace poco, los investigadores apenas prestaban atención a cómo los líderes convencen y reclutan a los trabajadores de base para que accedan a sus exigencias. Los incentivos para que las élites se mantengan leales se han estudiado ampliamente, pero las bases han seguido siendo una especie de caja negra. A falta de datos reales, los investigadores han tendido a suponer que cooperan por extremismo ideológico, miedo a la persecución o alguna combinación de ambos.

Una nueva investigación, basada en un extraordinario conjunto de datos sobre la guerra sucia argentina de las décadas de 1970 y 1980, sugiere una explicación muy diferente. Resulta que los tipos de presiones profesionales conocidas por los empleados de todo el mundo —el deseo de reactivar una carrera estancada u obtener un ascenso menor— pueden bastar para incentivar a los funcionarios de nivel inferior y medio a violar las obligaciones profesionales, las normas fundamentales e incluso la moralidad básica. Las personas que toman esas decisiones, sugiere la investigación, no son ni extremistas ni víctimas. A menudo no son más que trabajadores de nivel medio que buscan una manera de salir adelante.

Making a Career in Dictatorship, un nuevo libro de dos politólogos alemanes, Adam Scharpf y Christian Glassel, se parece a lo que obtendrías si cruzaras las ideas de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” con una guía de una escuela de negocios sobre cómo sacar el máximo provecho de los trabajadores de bajo rendimiento. Su estudio en profundidad sobre los militares argentinos durante la época de golpes de Estado y desapariciones forzadas en ese país descubrió que los individuos de bajo rendimiento —a quienes se refieren como individuos con “presiones de carrera”— llenaban las filas de la policía secreta. Ese servicio les permitió “desviarse” de la jerarquía militar ordinaria, según muestra el libro, y conseguir ascensos y éxito profesional que nunca habrían logrado de otro modo.

Resulta que los aspirantes a autoritarios no necesitan dotar a sus regímenes de verdaderos creyentes ideológicos, ofrecer incentivos extremos ni imponer castigos draconianos para hacerse con el poder. Simplemente tienen que averiguar cómo captar a su mano de obra ideal: los frustrados y los mediocres. Sus conclusiones tienen implicaciones para países de todo el mundo que luchan por la estabilidad de sus democracias, incluido Estados Unidos.

Un conjunto de datos de mediocridad
Cuando era un joven estudiante de doctorado, Scharpf estaba realizando su tesis doctoral en Buenos Aires cuando un funcionario del gobierno soltó un fatídico comentario casual durante una conversación en un café. Durante la dictadura militar, dijo el funcionario, los oficiales de inteligencia que hacían el peor trabajo sucio del régimen eran “esencialmente idiotas”. Al principio, Scharpf pensó que el hombre solo los estaba insultando. Pronto se dio cuenta de que el funcionario quería decir el comentario de forma literal: que la policía secreta de la junta militar había sido conformada, en su opinión, por unos perdedores incompetentes.

Cuando regresó a su universidad en Alemania, mencionó la discusión a su colega Glassel. Ambos vieron un atisbo de posibilidad en las ciencias sociales. Decidieron aprender más. Resultó que Argentina había publicado información sobre todos los rangos de graduación, ascensos y jubilaciones de sus oficiales militares desde finales del siglo XIX, lo que significaba que era posible identificar y rastrear a los de bajo rendimiento. Y como el trabajo de la policía secreta durante la guerra sucia fue realizado principalmente por el Batallón 601 de inteligencia del ejército, los investigadores pudieron rastrear con precisión qué oficiales se unieron a la unidad, cuánto tiempo permanecieron en ella y qué ocurrió con sus carreras.

Los datos demostraron que el comentario casual del funcionario había sido acertado. En su mayor parte, el ejército argentino funcionó según un sistema meritocrático de “ascenso o despido”. Los oficiales que no rendían bien al principio quedaban rezagados respecto a sus compañeros y, finalmente, se veían obligados a jubilarse. Pero el Batallón 601 ofrecía un camino alternativo a esa meritocracia: los de bajo rendimiento podían ser transferidos a la policía secreta, pasar unos años ganando ascensos allí y luego volver al ejército regular, a menudo saltando por encima de sus compañeros que se habían quedado en las fuerzas regulares. Los hombres que tomaban este desvío acababan teniendo carreras más largas, salarios más altos y mejores pensiones que sus pares que permanecían en las unidades militares regulares.

Cuanto peor había sido el expediente académico de un oficial en la academia militar, mayores probabilidades tenía de ingresar al Batallón 601. Y una vez dentro, los de peor rendimiento eran asignados a las unidades más brutales, donde llevaban a cabo las tareas cotidianas de tortura y asesinato, un trabajo tan moralmente repugnante que conllevaba un grave riesgo tanto de estigma social como de trauma psicológico. Pero eso significaba que las recompensas profesionales por hacerlo eran las más valiosas. Una temporada como monstruo podía rehabilitar al funcionario mediocre más desastroso.

Cómo confían los regímenes en los “perdedores leales”
Normalmente, por supuesto, es muy difícil obtener información completa sobre quiénes son los “trabajadores sucios” de un régimen o qué les motivó a aceptar esos empleos. Así que no existen conjuntos de datos completos con los que comparar la investigación de Glassel y Scharpf sobre Argentina. Sin embargo, la información disponible sugiere que otros países pueden haber seguido una pauta similar. Por ejemplo, Glassel y Scharpf descubrieron que los superiores de la burocracia nazi explotaron hábilmente las presiones profesionales para reclutar comandantes para los Einsatzgruppen, los escuadrones móviles de la muerte que llevaron a cabo el “Holocausto a balazos” en Europa oriental. Muchos de los reclutas tenían antecedentes que les colocaban en desventaja, como expedientes manchados por procedimientos disciplinarios, una “pureza racial” poco clara o falta de experiencia militar y policial. El servicio ferviente en los escuadrones de la muerte les ayudó a impulsar sus carreras.

En la Unión Soviética, la NKVD, la policía secreta que asesinó a cientos de miles de personas durante el llamado Gran Terror de 1937, “reclutaba deliberadamente a individuos con escasas aptitudes y conocimientos formales”, escriben Glassel y Scharpf, a menudo sin más educación que la primaria. Los altos mandos alimentaban el miedo al fracaso de sus subordinados, instigando la competencia entre las distintas oficinas para ver quién podía detener a más personas. La exhumación en 1943 de una fosa común en el bosque de Katyn, donde la NKVD de Stalin arrojó a unos 22.000 prisioneros polacos que había matado. En la era moderna, los líderes autocráticos a menudo ganan el poder mediante elecciones, y luego desmantelan los controles y equilibrios para concentrar el poder en sus propias manos. Ese proceso suele ser mucho menos violento que los actos de la junta militar argentina o de la NKVD de Stalin, pero, con el tiempo, recorta drásticamente la competencia política y la libertad de expresión.

Aunque cada país tiene su propia idiosincrasia, ese proceso suele seguir un patrón, dijo Erica Frantz, politóloga de la Universidad Estatal de Míchigan, quien estudia el retroceso democrático. Al principio, los aspirantes a autócratas electos suelen nombrar a “perdedores leales” en puestos clave para que les den el visto bueno a sus intentos de hacerse con el poder, dijo Frantz. “El líder sabe que es más probable que la gente sea leal si no tiene muchas más opciones profesionales, así que cuando digo perdedores, lo digo literalmente”, dijo. Por ejemplo, la Hungría de Orbán. Fue elegido por primera vez en 2010. En 2022, el Parlamento Europeo aprobó una resolución en la que declaraba que Hungría había dejado de ser una democracia y se había convertido en una “autocracia electoral”.

Para lograrlo, se apoyó en unos pocos leales elegidos a dedo en la cúpula, además de un pequeño porcentaje de ambiciosos emprendedores en los niveles medios que veían en la política la vía hacia el éxito, dicen los expertos. “Había ciertas oficinas que hacían el trabajo sucio”, dijo Kim Lane Scheppele, profesora de la Universidad de Princeton que ha estudiado la ruptura democrática en Hungría. Señaló a la Oficina Judicial Nacional, que seleccionaba a los jueces y controlaba sus ascensos, como especialmente crucial. Estaba dirigida por un leal a Orbán.

Perdió las elecciones a pesar de haber incrustado a sus leales en el poder judicial, los medios de comunicación y otros ámbitos mEn los niveles inferiores del sistema judicial, un pequeño porcentaje de individuos ambiciosos llevaba a cabo la agenda del gobierno. “El cinco o el 10 por ciento de los jueces, los arribistas, solo hacen el ‘trabajo sucio’ para seguir con su carrera”, dijo Attila Vincze, investigador de estudios judiciales en la Universidad Masaryk de la República Checa, quien ha estudiado cómo Orbán se apropió de los tribunales.
Venezuela inició una trayectoria similar tras la elección de Hugo Chávez en 1999, pero finalmente él y su sucesor, Nicolás Maduro, recurrieron a medios más violentos para preservar su poder. Para aplastar las protestas y otras formas de oposición pública, el gobierno recurrió a la Guardia Nacional, una rama del ejército encargada de preservar la seguridad interna, y a bandas armadas de civiles conocidas como “colectivos”.

La Guardia Nacional se considera “el escalón más bajo de las fuerzas armadas” en términos de prestigio, dijo Alejandro Velasco, historiador de América Latina en la Universidad de Nueva York. “Si no conseguías trabajo ni podías ingresar al ejército, te alistabas en la Guardia Nacional”. Los colectivos surgieron a partir de grupos informales de vigilancia vecinal, pero a medida que crecían sus vínculos con el gobierno, a muchos de sus miembros se les dio trabajo en las comitivas de seguridad de los ministerios gubernamentales. Con el tiempo, estos líderes se vuelven demasiado impopulares para que la mera manipulación pueda mantenerlos en el poder, y pierden las elecciones. Esto les deja una alternativa: abandonar el cargo, como hizo Orbán este mes tras perder las elecciones de abril, o recurrir a una represión más violenta para aferrarse al poder.

Los líderes que toman este último camino, como hizo Maduro en Venezuela en 2024 tras fracasar en sus esfuerzos por inclinar las elecciones presidenciales a su favor, necesitan disponer de unidades leales de las fuerzas de seguridad para hacer el trabajo sucio de una represión violenta. Maduro recurrió en gran medida a la Guardia Nacional y a los colectivos. Según Human Rights Watch, las fuerzas gubernamentales mataron a decenas de partidarios de la oposición y detuvieron a miles más tras el robo de las elecciones.

El caso estadounidense
Para los estadounidenses, no se trata solo de una cuestión académica. A muchos expertos les preocupa que la decadencia democrática parezca avanzar con especial rapidez durante el segundo mandato de Donald Trump.

Frantz ve paralelismos entre la presidencia de Trump y algunos de los líderes autoritarios electos que ha estudiado en otros lugares. Aunque Trump no creó el Partido Republicano, lo ha remodelado durante la última década para convertirlo en una institución centrada en torno a sí mismo. Además, varios miembros de su gabinete y cargos políticos, sobre todo en su segundo mandato, parecen encajar en el paradigma de leales cuyos currículos difícilmente les habrían permitido conseguir puestos en cualquier otro gobierno.

Por ello, los aparentes intentos del gobierno de Trump de asegurarse el control político de las fuerzas armadas, así como del FBI y del ICE, resultan preocupantes incluso en comparación con otros casos, dijo Frantz. Los dirigentes electos que “juguetean” con los servicios de seguridad “suelen ser algo que vemos cuando un sistema ya ha hecho la transición al autoritarismo”, dijo, y no cuando la democracia está en declive.

A Glassel y Scharpf les preocupa que la ampliación del ICE prevista por Trump, en particular, pueda convertirlo en un lugar ideal para la “ruta alternativa” de ambiciosos de bajo rendimiento que podrían ser desplegados con fines antidemocráticos. La preocupación es especialmente profunda dado el asalto al Capitolio al final del primer mandato de Trump, aunque por una banda menos organizada de leales.

El manual para que un dirigente cree un servicio de seguridad leal, dijeron, consiste en crear o reconvertir una institución que pueda convertirse en una “segunda escalera” para los ascensos profesionales, dotarla de recursos generosamente y asegurarse de que las barreras para ser contratado allí sean bajas, señalando que ofrece oportunidades profesionales a quien no puede encontrarlas en otra parte. (Recortar otros puestos de trabajo del gobierno o recortar los presupuestos puede generar una mayor reserva de posibles contratados). A continuación, la dirección señala que habrá impunidad para las personas de esa segunda escalera, a fin de asegurarles que no enfrentarán consecuencias por actuar mal.

El gobierno parece marcar esas casillas, aunque las intenciones de Trump no estén claras. (El presidente ha hablado abiertamente de un tercer mandato en violación de la Constitución y ha menospreciado la necesidad de unas elecciones). El ICE sigue siendo una fuerza antiinmigración, pero se va a ampliar radicalmente, con un presupuesto que empequeñecen a otros organismos federales encargados de hacer cumplir la ley si se aprueba el actual proyecto de ley de financiación. El gobierno de Trump ha recortado drásticamente el empleo en otras agencias federales, dejando a miles de personas desempleadas o temiendo que pronto puedan estarlo. Y altos funcionarios del gobierno, como el vicepresidente JD Vance y Stephen Miller, jefe adjunto de personal de Trump, aseguraron explícitamente a los agentes del ICE que tendrían “inmunidad” después de que los agentes de inmigración mataran a una manifestante en Mineápolis en enero.

Al mismo tiempo, ahora es más fácil que nunca convertirse en agente del ICE. Ryan Schwank, antiguo instructor de la academia de formación, declaró ante el Congreso en febrero que los nuevos cadetes “se gradúan en la academia a pesar de la preocupación generalizada entre el personal de formación de que, incluso en los últimos días de formación, los cadetes no pueden demostrar una sólida comprensión de las tácticas o de las leyes necesarias para desempeñar su trabajo”. Los reclutas del ICE deben realizar ahora solo nueve exámenes prácticos para graduarse en la academia de formación, frente a los 25 que figuraban en un programa de formación fechado en julio de 2021. Es una buena oportunidad profesional para quien quiera avanzar.

19 de mayo de 2026

https://www.nytimes.com/es/2026/05/19/espanol/mundo/democracia-muere-burocracia-leales.html