La reconstrucción de La Guaira no podrá financiarse con deuda pública ni donaciones. Sería un absurdo insuficiente y terminaríamos como Haití.
Tiene que financiarse creando riqueza. La Guaira tiene dos activos extraordinarios: el principal puerto comercial y el principal aeropuerto internacional de Venezuela. Bien administrados, ambos generan flujos de caja más que suficientes para atraer miles de millones de dólares en inversión privada. Hay que darlos en concesión a los mejores operadores del mundo, preferentemente norteamericanos.
La propuesta es concesionar la ampliación, modernización y operación del puerto y del aeropuerto mediante largo plazo. Los inversionistas ponen el capital. A cambio reciben los ingresos del negocio: carga, pasajeros, logística, terminales, zonas francas, hoteles, comercios, estacionamientos y desarrollos inmobiliarios. Y además financian la reconstrucción del entorno urbano con sus down payments y un diezmo anual. Eso cambia completamente la ecuación.
El dinero privado reconstruye y expande el puerto y el aeropuerto. Los recursos públicos y la ayuda internacional se destinan a donde realmente hacen falta: viviendas, hospitales, escuelas, vialidad, agua, electricidad, saneamiento y protección costera.
Pero el verdadero objetivo es mucho más ambicioso. La Guaira debe convertirse en el principal hub logístico, turístico y comercial del Caribe Sur. El puerto, el aeropuerto y la cercanía con Caracas forman una combinación que muy pocas ciudades del continente tienen. Si se desarrolla correctamente, atraerá empresas, turismo, industrias, comercio y decenas de miles de empleos.
La reconstrucción deja entonces de ser un gasto. Se convierte en una inversión que se paga con el crecimiento económico que ella misma genera. Así es como reconstruye un país que piensa en grande.