Las guerras destruyen países. Pero, en ocasiones, también aceleran transformaciones que en tiempos normales habrían tomado décadas.
Ucrania es hoy el mejor ejemplo de ello.
Antes de la invasión rusa era conocida como una potencia agrícola. Hoy, además, se ha convertido en uno de los laboratorios de innovación tecnológica más dinámicos del mundo. La urgencia de sobrevivir obligó a reducir burocracia, conectar al Estado con el sector privado, digitalizar servicios y crear un ecosistema donde las soluciones se prueban y mejoran en tiempo real. La aplicación Diia, la expansión de su industria tecnológica y el desarrollo de empresas de defensa son expresiones de esa transformación.
Lo más interesante no es la tecnología en sí. Es la capacidad de una sociedad para convertir una crisis existencial en una oportunidad de aprendizaje colectivo. Ucrania entendió que la reconstrucción no comienza cuando termina la guerra; comienza mientras se enfrenta la adversidad.
Venezuela, salvando todas las distancias, también ha atravesado una crisis profunda, sin precedentes. Hemos visto surgir nuevos emprendedores, soluciones digitales, modelos de negocio más flexibles y una capacidad de adaptación extraordinaria de empresas y ciudadanos. Sin embargo, seguimos teniendo una enorme tarea pendiente: transformar esa resiliencia en instituciones modernas, innovación sistemática y productividad sostenible. Y la reconstrucción de instituciones.
La lección de Ucrania no es militar. Es económica y social.
Los países no avanzan únicamente por sus recursos naturales ni por el tamaño de sus mercados. Avanzan cuando logran convertir el dolor en aprendizaje, la escasez en creatividad y la crisis en una plataforma para construir algo mejor.
Ese puede ser, también, el desafío de Venezuela.