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¡Rusos, váyanse a casa!

Artículos de opinión
Tiempo de lectura: 5 min.

Hungría le demostró al mundo que los pueblos, cuando se unen, pueden doblegar incluso a quienes se creían eternos. Venezuela también puede.

El pasado domingo 12 de abril, a orillas del Danubio, algo que muchos en Europa y en el mundo habían comenzado a dudar que fuera posible, ocurrió con una claridad aplastante: las urnas derrotaron al autócrata Viktor Orbán. 

Péter Magyar, líder del partido Tisza, obtuvo un poco más de 50% de los votos frente a 38% del Fidesz de Viktor Orbán, conquistando 138 de los 199 escaños del Parlamento húngaro, una supermayoría que no solo le permite gobernar, sino también reformar la Constitución que Orbán retorció durante 16 años para mantenerse en el poder. 

La participación ciudadana alcanzó un récord histórico de 79,5%, la más alta desde la caída del comunismo, a finales de los años 80. Hungría habló, y lo hizo con voz alta.

Orbán, el hombre que construyó su poder sobre la narrativa de la defensa de la soberanía nacional, mientras entregaba silenciosamente su país a los intereses de Moscú, reconoció una derrota que él mismo calificó de "dolorosa, pero inequívoca". 

Durante dieciséis años gobernó con mano de hierro, enmendando la Constitución a su antojo, atropellando los derechos humanos, amordazando la prensa independiente, vaciando de contenido las instituciones democráticas y recortando libertades civiles fundamentales, en especial la libertad de expresión y el acceso a una información veraz y plural. Construyó una "democracia iliberal", es decir, elecciones que se celebraban, pero cuyo resultado estaba predeterminado por el control de los medios, el dinero y las reglas del juego.

En política exterior, Orbán se convirtió en el mejor aliado del presidente ruso Vladimir Putin dentro de la Unión Europea. Sistemáticamente obstaculizó cualquier decisión de Bruselas que incomodara a Moscú, bloqueando paquetes de ayuda financiera de 90.000 millones de euros a Ucrania, suavizando sanciones y actuando, de hecho, como un intermediario del Kremlin en el corazón de las instituciones europeas. Esa complicidad con el agresor ruso pesó enormemente sobre la conciencia de los húngaros, quienes al final decidieron que ya era suficiente.

La injerencia extranjera en este proceso electoral fue escandalosa y no vino solo de Moscú. La administración de Donald Trump, que había encontrado en Orbán un espejo ideológico, desplegó al vicepresidente JD Vance en Budapest durante el cierre de campaña para arropar al primer ministro y atacar a los "burócratas de Bruselas". Era una intromisión descarada, la misma que Trump y sus aliados suelen denunciar cuando viene de otros. El pueblo húngaro no se lo agradeció: la presencia de Vance no movió un solo voto a favor de Orbán; al contrario, pareció indignar más a los votantes. El think tank estadounidense Center for American Progress señaló que el resultado fue "una derrota estruendosa para el autoritarismo" y, también, "un golpe importante para quienes veían en el modelo corrupto de Orbán un ejemplo a seguir, incluido Donald Trump".

Comienza una nueva era

La noche del domingo, desde su cuartel general, mientras miles de húngaros celebraban los resultados electorales en las calles de Budapest, la multitud eufórica coreó una consigna que resultó ser también un mensaje político contundente: "¡Rusos, váyanse a casa!". Era el fin simbólico de una era de sumisión. 

Magyar ha prometido que sus primeros viajes como primer ministro serían a Varsovia, Viena y Bruselas, las capitales del orden democrático europeo, y no a Moscú ni a Mar-a-Lago.

Los líderes europeos respondieron con un alivio que no disimularon. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, celebró que "Hungría ha elegido Europa". El canciller alemán Friedrich Merz afirmó que el populismo de derechas había sufrido "una fuerte derrota". El primer ministro polaco Donald Tusk felicitó a Magyar y señaló, significativamente, en perfecto húngaro: "¡Rusos, a casa!".

Péter Magyar exclamó la noche del 12 de abril de 202: "Los húngaros dijeron sí a Europa. Nosotros decimos sí a la libertad".

¿Y qué tiene que ver esto con Venezuela? La victoria de Magyar llega apenas tres meses después de la detención de Nicolás Maduro por las autoridades de los Estados Unidos, el 3 de enero pasado. Pero esa detención, por sí sola, no ha producido el cambio que Venezuela necesita y merece. 

En Miraflores permanece Delcy Rodríguez como encargada del poder, y con ella continúa, intacto en su esencia, el régimen que ya acumula 27 años en el poder entre Hugo Chávez y sus herederos. Cambia la cara visible, pero no la estructura del sistema.

Porque Venezuela también tiene sus "rusos en casa". Los tiene literalmente: la influencia rusa en las fuerzas armadas, en la industria petrolera y en la política de seguridad. Los tiene cubanos: el modelo político, el aparato de inteligencia y el esquema de control social que padecemos tiene su origen y su sostén en La Habana. Los tiene iraníes, con una presencia que se ha consolidado en sectores estratégicos de la economía y en la triangulación financiera que le ha permitido al régimen evadir sanciones. Y sí, también los tiene norteamericanos de cierta facción que, según convenga al momento, apoyan o negocian con quienes dicen combatir.

El ejemplo húngaro de este fin de semana nos enseña varias cosas. Primera: que dieciséis años de autoritarismo no son eternos, que ni siquiera veintisiete años lo son, si la voluntad popular se organiza y se expresa con determinación. Segunda: que la injerencia extranjera puede ser derrotada en las urnas, pero para eso hacen falta urnas libres, conteo transparente y un árbitro electoral que no sea aliado político del régimen. Tercera: que el cambio no llega desde afuera ni desde arriba; llegó en Hungría porque un hombre como Magyar tuvo el coraje de romper con el sistema desde adentro y construir una alternativa creíble en apenas dos años. Cuarta: que la participación ciudadana es la llave maestra; 79,5% de participación en Hungría no es un accidente; es la expresión de un pueblo que decidió no resignarse.

Venezuela necesita elecciones libres. No simulacros, no procesos controlados por el Consejo Nacional Electoral que el propio régimen ha moldeado a su imagen. Necesita un proceso auténtico, con observación internacional real, con garantías para todos los partidos, con prensa libre que informe y con ciudadanos que puedan votar sin miedo. Esa es la deuda pendiente que ni la detención de Maduro, ni la gestión de Delcy Rodríguez, ni ningún arreglo entre cúpulas ha saldado.

Mientras eso no ocurra, mientras el poder siga siendo administrado por los mismos actores con los mismos métodos, Venezuela seguirá siendo un país rehén. Rehén de Moscú, de La Habana, de Teherán, de los grupos irregulares que controlan territorios, de los intereses económicos que han convertido el petróleo de todos en el negocio de unos pocos.

La consigna que los venezolanos tendríamos que poder gritar, con la misma fuerza y la misma alegría con que lo hicieron los húngaros a orillas del Danubio, es una sola: “Cubanos, rusos, iraníes y cómplices de toda índole: ¡vuelvan a casa!”.

Hungría lo logró. No fue fácil, no fue rápido, pero lo logró, y lo hizo por el único camino que tiene legitimidad verdadera: las urnas libres y el voto soberano de su pueblo. La historia de Hungría nos dice que es posible. La historia de Venezuela nos obliga a intentarlo.

Darringibbs@gmail.com

https://www.elnacional.com/2026/04/rusos-vayanse-a-casa/