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Así se torpedeó el proceso de apertura

martillo
Tiempo de lectura: 2 min.

Hace unos días, un fantasma del pasado resurgió para devorar el futuro. Se viralizó la captura de un tuit infeliz, escrito hace un lustro. Un comentario exagerado sobre una situación que jamás ocurrió, pero que Ricardo escribió con su estilo escandalizador de siempre, ese que lo hace tan reconocible. No fue un análisis político, ni una declaración de principios. Fue un acting out. Un acto autodestructivo en medio del duelo más profundo que un ser humano puede atravesar: la muerte de su hijo, ocurrida apenas tres meses antes.

Ese tuit, que describía un hecho que jamás pasó, se ha usado como un hacha para derribar algo mucho más grande que un hombre. Se ha usado para justificar la destitución de quien, por su trayectoria, representaba una bocanada de esperanza en un aire enrarecido por 27 años de exclusión.

Y hay una ironía que no podemos pasar por alto. Quien rescató del olvido ese tuit, quien lo puso en la picota pública, es un "señor" harto conocido en la UCV. Un personaje cuya única militancia es la del rencor. Su única coherencia, la de la conveniencia.

Porque para quienes conocen a Ricardo más allá de una captura de pantalla, saben que ese tuit infeliz no lo define. Su vida sí lo hace. Es el universitario que ha construido lo que muchos no construyen en toda una vida: fue presidente de la FCU, consejero en todos los niveles, dirigente gremial, director de OBE, coordinador de postgrado y profesor admirado. Es un académico que hoy publica con Springer, la editorial más prestigiosa del mundo en matemáticas. Es el formador de tesistas que han sido los mejores promedios de su promoción.

Su carrera no es un accidente; es la constancia de un hombre que ha dedicado su vida a la universidad y al país desde las aulas, las calles y la política. Por eso, cuando fue nombrado viceministro de Gestión Universitaria, no fue un favor político. Fue un reconocimiento ineludible a una trayectoria. Y lo más importante: en un gobierno que durante 27 años no ha puesto a nadie que no sea militante del Gran Polo Patriótico en un cargo, su designación era un gesto de apertura. Una señal, frágil pero real, de que podía haber un camino distinto. Una esperanza para un sector universitario que, de un extremo a otro del espectro político, se unió para celebrarlo.

Pero la campaña fue implacable. El dedo acusador de quien nunca ha construido nada, tuvo más eco que la verdad de una vida entera. Y la llamada para destituirlo llegó. Hoy, más que una derrota para Ricardo, celebramos una victoria pírrica para la mezquindad.

En 27 años, ese ministerio ha tenido más de 17 ministros. Algunos, sin trayectoria universitaria. Esta vez, un viceministro con credenciales académicas, políticas y éticas para dignificar el cargo, era apartado no por su gestión, sino por un tuit escrito en el peor momento de su vida, rescatado cinco años después por quien no ha dedicado su tiempo a construir universidad, sino a alimentar su propia inquina.

Este acto es la confirmación de que en este país, la memoria selectiva, el oportunismo de quienes han hecho del conflicto su único oficio, y la incapacidad de reconocer una vida entera de servicio, pretenden seguir prevaleciendo sobre la oportunidad de construir instituciones sólidas dentro de un país que nos convoca a todos. Hoy no le cerraron la puerta a Ricardo; le cerraron la puerta a la posibilidad de que la excelencia académica y la apertura política tuvieran un lugar en la gestión pública. Y esa, es una derrota que nos empobrece a todos.