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Errores Estratégicos

Estrategia
Tiempo de lectura: 4 min.

En algún despacho de Washington —quiero creer— todavía hay alguien capaz de entender lo que está ocurriendo. Alguien que no confunda persistencia con rigidez, ni estrategia con terquedad. Alguien que se atreva a advertirle al presidente Trump que está mirando un escenario que dejó de existir. Porque ese es el problema de fondo: están operando con un mapa muerto.

Hubo un momento —antes del terremoto— en el que el llamado plan Venezuela en tres fases podía sostenerse. No era fácil, ni lineal, ni garantizado. Pero era viable dentro de ciertos márgenes de riesgo. Encajaba en una lógica de presión, transición y reposicionamiento que podía producir resultados funcionales a los intereses de Washington. Ese momento desapareció.

Las recientes declaraciones del presidente Trump y los decires del encargado de negocios Barret no dejan lugar a dudas: hay un afincamiento en el escenario previo al colapso. Como si la realidad pudiera congelarse por voluntad política. Como si los hechos no hubiesen alterado la ecuación.

Y eso, en términos estratégicos, no es un matiz: es un error mayor. Un error de lectura. Y en política internacional, leer mal el terreno es empezar a perder la partida.

Hoy el tablero no es el mismo. Hoy Venezuela no es un país riesgoso: es un espacio colapsado. Porque la catástrofe del terremoto se sumó a toda la crisis. El riesgo país no aumentó: mutó. Pasó de ser calculable a ser disuasivo. Nadie invierte en estructuras que no garantizan nada. Y nada significa nada: ni servicios, ni certidumbre jurídica, ni estabilidad, ni cumplimiento.

Lo demás es narrativa. Y la evidencia más contundente no está en los discursos, está en el silencio. El silencio de las corporaciones que hace poco se alineaban con entusiasmo alrededor del Plan Trump es hoy una señal inequívoca. Chevron, Schlumberger, General Electric y todas las corporaciones, tan dadas a la actuación… desaparecieron del radar. No hay anuncios, no hay gestos, no hay siquiera intentos simbólicos de presencia. Ni el donativo de una caja de pañales. Ese silencio no es prudencia: es diagnóstico.

El capital no es ideológico. Es selectivo. Y cuando se retira en bloque, lo que está comunicando es que el terreno dejó de ser operable. Siempre se dice que el dinero es cobarde. Error. El dinero no es cobarde: discrimina. Y ya tomó posición.

A eso se suma un elemento que descoloca aún más: la filtración según la cual el presidente Trump se opone al regreso de María Corina. Esa señal abre dos interpretaciones, ambas problemáticas: o hay debilidad en la toma de decisiones, o hay un gesto de arbitrariedad política innecesaria. A cuál peor. Porque si algo ha caracterizado históricamente a Estados Unidos es su capacidad de jugar en múltiples planos a la vez. Presionar y negociar. Avanzar y retroceder tácticamente. Administrar ambigüedades. Esa flexibilidad no es improvisación: es poder. Por eso esta rigidez sorprende. Porque no parece cálculo: parece impulso.

Y mientras tanto, el llamado gobierno encargado no administra un país: administra un vacío. No lidera una estructura estatal; gestiona los restos de algo que ya no funciona como Estado. Y esa diferencia es crítica. Un Estado en crisis aún tiene palancas. Un Estado colapsado no tiene nada. No garantiza, no regula, no cumple, no impone. Es territorio sin garantía.

En ese contexto, la salida de Maduro —limpia, silenciosa, quirúrgica— dejó de ser un logro lineal para convertirse en una variable abierta. Porque el silencio posterior no fue estabilidad: fue contención. Y la contención está cediendo.

Hoy la sociedad venezolana no está alineada ni expectante. Está contenida, golpeada, irritada. Vive en un estado de tensión acumulada, con baja confianza y alta frustración. Una combinación peligrosa en cualquier ecuación política. Insistir en ese contexto en una estrategia diseñada para otro momento no es coherencia: es ceguera operativa. Y las cegueras estratégicas tienen consecuencias.

Porque si se insiste en recalcar el plan de tres fases —cuando todo indica que fallaría en su ejecución— se abre una ventana que otros actores sabrán explotar. Actores que no están sujetos a ciclos electorales ni a la opinión pública. Actores que juegan a más largo plazo. China. Rusia. No improvisan. No dudan. No anuncian más de lo necesario. Y sobre todo: disponen de recursos y paciencia muy por encima de lo que transparentan oficialmente.

Y ahí está el verdadero riesgo. Porque a Estados Unidos —y particularmente a Trump— no le conviene ese escenario. Tener a China y Rusia instalados en la “pata de la oreja” no es una metáfora menor: es una redefinición geopolítica del vecindario estratégico. No sería sólo perder —otra vez— a Venezuela. Sería activar múltiples focos de presión en la región. Sería desordenar equilibrios hoy contenidos. Sería reoxigenar a Cuba en cuestión de semanas.

Sería, en términos simples, convertir un error puntual en un problema sistémico. Y en ese punto ya no estaríamos hablando de una mala decisión. Estaríamos hablando de una falla de visión.

Pensar antes de hablar. Pensar antes de actuar. Estrategia y táctica. Flexibles, para no quebrarse cuando el viento está fuerte.

soledadmorillobelloso@gmail.com