Han transcurrido más de tres semanas desde que la tierra se estremeció bajo nuestros pies y desgarró, aún más, la vida de nuestra nación. La fase más intensa de búsqueda y rescate ha concluido; sin embargo, en los días acumulados hemos visto rescates de personas que han vencido todos los pronósticos y han salido de entre los escombros con vida: verdaderos milagros, tan inexplicables como incomprensibles son estos eventos de la naturaleza que dejan toda clase de huellas entre quienes los experimentan. Un gran número de personas heridas, miles que lo perdieron todo, muchos que en un día se quedaron sin seres queridos, cuerpos no identificados, desaparecidos que siguen siendo buscados incansablemente. Quedan los hospitales de los últimos cincuenta años desbordados, cementerios improvisados, comunidades enteras que necesitan agua, medicamentos y refugio. Es una devastación que en el mundo comunicacional ya va dejando de ser “trending”; pero, se queda instalada en una nueva y bizarra cotidianidad.
Después del rescate de la gente comienza el lento rescate de la existencia. Haber salido con vida de las ruinas es un hecho inolvidable en la vida de cualquiera que lo haya vivido; no obstante, las piedras del miedo, el duelo, la pobreza y el abandono mantienen el alma sepultada. Después del peligro inminente, se comienzan a manifestar los síntomas del estrés post-traumático. La mente permanece alerta, a la expectativa de las réplicas, sobresaltados ante cualquier ruido. Algunos no pueden conciliar el sueño, otros no quieren regresar a su hogares quebrados por la poderosa fuerza de la tierra. Hay quienes una y otra vez se preguntan qué hubieran podido haber hecho diferente para haber cambiado el rumbo de las consecuencias fatales del evento. Las replicas de la tierra son miles, como miles son los sobresaltos del alma inquieta.
El psiquiatra Boris Cyrulnik, sobreviviente del holocausto, ha dedicado gran parte de su vida a estudiar lo que sucede en los seres humanos después de una experiencia traumática. Sostiene Cyrulnik que las personas heridas no vuelven a ser las mismas porque el sufrimiento modifica su manera de sentir, recordar y comprender el mundo. No obstante, puede iniciar otra forma de vida cuando encuentra vínculos afectivos, palabras para narrar lo ocurrido y seres humanos dispuestos a sostenerla. Precisamente, explica Cyrulnik, que la resiliencia no consiste en olvidar lo vivido y asumir una actitud como si nada hubiera sucedido; por el contrario, la resiliencia es la capacidad de iniciar un nuevo desarrollo después del trauma. No es un rasgo innato ni una vulnerabilidad, sino un proceso dinámico de resconstrucción donde la persona usa sus recursos internos y el apoyo de su entorno para metamorfosear el dolor en una fuerza vital. Las personas que desarrollan la resiliencia no son aquellas que olvidan, sino las que integran su experiencia en una nueva identidad para adaptarse a una nueva realidad. Algo que es de vital trascendencia es el hecho de que la resiliencia no se desarrolla en solitario se teje en una red de relaciones afectivas que proveen seguridad. Es muy importante el proceso de narrar lo ocurrido; la persona que cuenta su historia deja de ser una víctima y se convierte en el arquitecto de su destino.
Esa reconstrucción personal adquiere una especial atención en los más pequeños y los más vulnerables. UNICEF, Save the Children y Cecodap han advertido sobre separaciones familiares, desplazamientos, carencias sanitarias y deficiencias en el registro de los menores trasladados después de los terremotos. También existen denuncias de niños rescatados cuyo paradero no habría podido establecerse posteriormente; algunas instituciones han alertado sobre los riesgos de desaparición, explotación y trata que aumentan cuando se debilitan las redes familiares y los sistemas de protección. Estas informaciones deben ser investigadas con extremo rigor, sin convertir la angustia en rumor ni la denuncia en una sentencia anticipada. Sin embargo, mientras un solo niño permanezca sin ser localizado, su nombre constituye una pregunta que ninguna sociedad responsable puede abandonar.
También han quedado ancianos sin familiares que puedan cuidarlos, personas con discapacidad en refugios improvisados, enfermos crónicos que perdieron sus tratamientos, mujeres embarazadas que necesitan atención en medio de condiciones precarias. Muchos sobrevivientes deben enfrentarse ahora a la amputación de una extremidad, a una lesión permanente o a la imposibilidad de regresar al trabajo con el cual sostenían a sus familias. Otros observan el terreno vacío donde antes se levantaba su hogar y sienten que tienen las manos vacías para empezar de nuevo. Toda catástrofe revela la precariedad de los sistemas destinados a proteger la vida y deja al descubierto todas las carencias que por años se han llevado, como una carga a muy pesada a cuesta.
Frente a una emergencia de tal magnitud, las autoridades tienen la gran responsabilidad de la reconstrucción, la cual no puede ser sustituida por la buena voluntad de los ciudadanos. Corresponde a quienes administran el poder garantizar registros confiables, investigar las desapariciones, identificar los cuerpos, proteger a la infancia y distribuir la ayuda con justicia y transparencia. Ofrecer viviendas seguras, restablecer los servicios esenciales, reconstruir las escuelas y atender las consecuencias psicológicas de la tragedia durante el tiempo que sea necesario. La solidaridad espontánea puede aliviar el hambre de la tragedia, pero no reemplaza las políticas públicas capaces de sostener la recuperación del mañana.
Después del evento hay muchos sentimientos encontrados. En medio del dolor por la muerte de seres queridos, surge la pregunta: ¿Por qué ellos y no yo? Ninguno podía dominar el movimiento de la tierra, conocer el instante en que se derrumbaría una construcción o encontrarse simultáneamente junto a todas las personas que amaba. En la vida suceden acontecimientos que irrumpen sin aviso y transforman, en cuestión de segundos, aquello que creíamos seguro. No somos culpables de haber estado en otro lugar, de haber salido antes, de haber encontrado una puerta abierta o de haber sido rescatados a tiempo. Tampoco honramos a quienes murieron destruyendo la vida que a nosotros nos fue conservada.
La culpa permanece mirando hacia un pasado que no puede modificar; la culpa horada la autoestima, debilita la confianza y coloca sobre los hombros una carga imposible de sostener. El sentido de responsabilidad y compromiso, en cambio, nos hace volver el rostro hacia el presente y preguntarnos: ¿qué podemos hacer con la vida que todavía tenemos? En lugar de preguntarnos únicamente por qué seguimos vivos, podemos comenzar a preguntarnos para quién, para qué obra de amor o para cuál responsabilidad nos ha sido preservada la vida.
“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el SEÑOR de ti: solamente hacer justicia, amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”. Miqueas 6:8.
Rosalía Moros de Borregales
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