I. Geopolítica: La doctrina Trump, la presión y el castigo como lenguaje del nuevo orden global
En política global, 2025 fue el año en que un orden envejecido terminó de desmoronarse y otro –más cercano a la imposición de la voluntad que a la construcción de consensos– empezó a redactarse desde la Casa Blanca. Donald Trump no solo desafió normas diplomáticas, comerciales y de seguridad ancladas en el andamiaje institucional que emergió tras la Segunda Guerra Mundial: desplazó el peso de los organismos internacionales hacia una lógica abiertamente transaccional, sostenida por aranceles, recortes al financiamiento externo y una expansión del poder ejecutivo tan disruptiva hacia dentro como hacia fuera. En ese estilo, tan cuestionado como rentable en el corto plazo, hubo victorias que se volvieron señales de un manotazo en la mesa de la Oficina Oval: el cese al fuego en Gaza, que abrió una rendija –mínima, pero real– hacia la contención; el intento de frenar la trayectoria nuclear iraní, convertido en una prueba de credibilidad y disuasión; la captura de Nicolás Maduro, que –más allá de sus consecuencias, todavía abiertas– reconfiguró los límites de la intervención en el hemisferio americano; y, sobre todo, el empuje del gasto de defensa europeo, como si el continente hubiera comprendido tarde que la seguridad ya no viene subsidiada por la potencia que garantizaba el paraguas: ahora hay que financiarla, presupuestarla y sostenerla.
Lo decisivo no fue la suma de episodios aislados, sino el denominador común: el desplazamiento de un mundo regido por reglas hacia otro dominado por presión, urgencia y cálculo de poder. En 2026, esa transformación deja de ser una intuición y se convierte en diagnóstico: qué democracias logran contener sus propios impulsos autoritarios, qué regiones quedan expuestas a la intemperie estratégica y qué costo económico implicará convertir la política internacional en una negociación permanente.
Los analistas de política exterior se reparten entre dos relatos: para unos, el mundo ya entró en una nueva guerra fría, con bloques ordenados tras Estados Unidos y China; para otros, se aproxima un reparto más descarnado, una cartografía de “esferas de influencia” –estadounidense, rusa, china– donde cada potencia actúa sin respeto por el orden internacional. Pero 2026 difícilmente se dejará encerrar en cualquiera de esos guiones. Trump no gobierna con grandes arquitecturas estratégicas: prefiere la transacción inmediata, el instinto y el golpe de presión; pactos veloces en lugar de doctrina, fuerza negociadora en lugar de paciencia. Así, el viejo orden basado en reglas no colapsa de un solo golpe: se erosiona, como una orilla que el mar va comiendo centímetro a centímetro. En ese desgaste prosperan soluciones provisionales: alianzas de ocasión, acuerdos parciales que nacen para resolver una urgencia –defensa, comercio, clima– y duran lo que dure su utilidad.
China: China apostará a dos tableros simultáneos: tensión controlada y paciencia estratégica. En lo militar, intensificará la presión sobre Taiwán sin cruzar todavía el umbral que volvería la crisis irreversible; su apuesta es que el costo psicológico y económico –la ansiedad constante, la prima de riesgo, la incertidumbre logística– haga el trabajo que los misiles, los barcos, tanques, drones y tropas terrestres no deben hacer –todavía y por ahora–. En lo económico, Beijing seguirá intentando “exportar” su exceso de manufactura: más volumen, más barato, más agresivo; una salida por inundación que descompone mercados, irrita a socios comerciales y acelera nuevas barreras. Y en inteligencia artificial, su ventaja buscada no será ganarle a Estados Unidos en la carrera por una hipotética superinteligencia (esa la tiene perdida), sino ganar la carrera de la implementación: incrustar sistemas de inteligencia artificial en fábricas, cadenas de suministro, servicios públicos y administración, para traducir tecnología en productividad, control y escala industrial. El cálculo es frío: si el orden basado en reglas se vuelve poroso, el país con mayor capacidad industrial –y costos de producción extraordinariamente bajos– puede convertir la fricción en ventaja, y la reacción ajena en combustible para su propia estrategia.
Rusia: Rusia jugará 2026 como un año de desgaste: avances militares lo bastante constantes para sostener la narrativa de inevitabilidad en Ucrania, y un segundo frente europeo hecho de acciones difíciles de atribuir –desinformación, sabotajes puntuales, presión energética– pensadas para sembrar ansiedad sin detonar una respuesta contundente de la OTAN. Pero, a diferencia de otros años, Moscú llega con menos margen externo y más vulnerabilidad económica: Europa se ha ido desacoplando del gas ruso (la participación de Rusia en las importaciones de gas de la Unión Europea cayó de 48% en el primer trimestre de 2021 a 15% en el tercer trimestre de 2025), lo que erosiona ingresos y palancas de influencia justo cuando el esfuerzo bélico exige más recursos. Además, el tablero de aliados se vuelve más frágil: la operación estadounidense en Venezuela expuso una reacción rusa más retórica que operativa, y un eventual colapso del régimen iraní sería un golpe mayor, porque Irán no es solo un socio simbólico, sino una pieza funcional para rutas, energía y proyección regional; perderlo estrecharía aún más el espacio de maniobra de Moscú.
India: India llegará a 2026 como el gran país bisagra del tablero: demasiado grande para ser satélite, demasiado expuesto para elegir bando sin pagar un precio. Su apuesta más plausible será sostener la “autonomía estratégica” en versión contemporánea, de multialineamiento: cooperar con Estados Unidos en seguridad del Indo-Pacífico, tecnología y cadenas de suministro, sin convertirse en aliado automático; al mismo tiempo, preservar canales con Rusia (energía, defensa) aunque eso detone fricciones comerciales con Washington. A India no le conviene aliarse abiertamente con China ni con Rusia porque son, en el fondo, sus competidores naturales: con Beijing carga una rivalidad geográfica y militar que no se negocia con comunicados, y con Moscú busca mantener utilidad sin caer en dependencia. El resultado será una diplomacia de equilibrio fino: entrar y salir de entendimientos según le convenga, maximizar opciones y evitar compromisos irreversibles, justo cuando el mundo exige definiciones. En 2026, su riesgo no será la falta de ambición, sino que la autonomía termine pareciéndose al aislamiento. Su oportunidad es convertir esa ambigüedad en poder de negociación.
Irán: Irán será el gran punto de bifurcación de Oriente Medio: si el régimen se fractura, es poco probable que el vacío lo llene de inmediato una transición liberal, ordenada o democrática; lo más plausible es una disputa por el control del Estado –sobre todo entre el aparato de seguridad y una oposición fragmentada–, con semanas o meses de incertidumbre que reconfigurarían el tablero regional antes de estabilizarlo. En ese inter, el petróleo se vuelve termómetro y arma: aún sin un cierre formal del Estrecho de Ormuz, bastan interrupciones, sabotajes o un salto del riesgo percibido para encarecer el barril y tensar la inflación global. Para China sería un golpe de primer orden, porque su relación energética con Teherán se volvió estructural y, tras la pérdida práctica de Venezuela como proveedor “amigo”, dependería todavía más de rutas y cargamentos que pasan por un corredor vulnerable. Para Rusia, como ya se ha dicho, la caída de Irán implicaría perder un socio funcional en energía, logística y proyección regional, justo cuando Moscú ya opera con márgenes estrechos. Para Israel y Trump, en cambio, el momento podría sentirse como una alineación de astros: un Irán debilitado reduce la profundidad estratégica de sus redes regionales, y abre la tentación de “cerrar” el expediente nuclear con presión extrema –incluso con golpes militares selectivos–; de ahí que Washington ya coquetee con la idea de respaldar a figuras de la oposición.
Europa: Europa entrará a 2026 con un impulso de rearme que ya es irreversible, empujado por un miedo muy concreto: que Rusia, si no es contenida, reconstruya su capacidad y vuelva a “probar” fronteras –incluidos los países bálticos– con una mezcla de intimidación militar y operaciones híbridas. El problema es que el continente no está plenamente de acuerdo en el cómo: difieren las amenazas percibidas, las doctrinas, las prioridades industriales y hasta la velocidad aceptable del giro, y esa falta de consenso se traduce en compras fragmentadas y sesgo nacional en el gasto de defensa, justo cuando la escala exige coordinación. En ese rompecabezas, Alemania y Polonia serán los ejes: Berlín acelera su modernización con instrumentos extraordinarios –incluido un fondo de 100 mil millones de euros y reglas fiscales más flexibles para defensa–, mientras Varsovia actúa como país de primera línea y lidera el gasto relativo dentro de la OTAN.
México: Méxicollegará a 2026 con un dilema que ya dejó de ser diplomático y se volvió operativo: en un mundo donde la política exterior se mueve por presión y castigo, coquetear con los adversarios de Washington no lleva a la autonomía, sino al aislamiento. La relación bilateral se tensará menos por los discursos y más por expedientes: crecerán las sospechas y las filtraciones sobre redes políticas y financieras que habrían servido para lubricar sanciones, mover recursos y proteger circuitos grises en el vecindario Caracas-La Habana. Mientras, Estados Unidos elevará el umbral de lo exigible: ya no solo perseguir a traficantes, sino imputar responsabilidades a actores políticos señalados por encubrimiento o complicidad. La presidenta Claudia Sheinbaum niega que exista una solicitud formal para detener “narcopolíticos”, pero la conversación pública ya está instalada y el costo reputacional se acumula. En ese clima, el escenario más plausible no es una ruptura frontal, sino una negociación asimétrica y constante, con episodios de coerción selectiva especialmente en las negociaciones del T-MEC, y con un riesgo que deja de ser impensable: que Washington intente acciones extraterritoriales focalizadas si concluye que el Estado mexicano no puede (o no quiere) entregar a personas plenamente identificadas por los servicios de seguridad estadounidenses como cómplices del crimen organizado.
Venezuela: Venezuela será en 2026 el primer gran laboratorio de la “doctrina Trump” en el hemisferio americano: un país que entra a una transición supervisada desde fuera, pero disputada desde dentro. El escenario más plausible no es la deseable democratización, sino un autoritarismo pragmático encabezado por una figura de continuidad que busca ganar oxígeno –liberación gradual de presos, gestos de reconciliación, negociación directa con Washington– mientras contiene a los duros del aparato de seguridad. La palanca central será el petróleo: Estados Unidos intentará redirigir flujos que antes alimentaban a China hacia su propio mercado, a cambio de concesiones políticas y operativas. En ese reacomodo, Beijing pierde un proveedor convenientemente opaco y Moscú queda retratado en sus límites: mucha retórica, poca capacidad de alterar hechos cuando el costo de escalar es inasumible. La consecuencia regional será doble: una Venezuela más “administrable” para Washington, pero todavía inestable en su vida interna; y un precedente que obliga a los gobiernos vecinos a recalcular qué significa, en la práctica, desafiar o negociar en un hemisferio donde la presión dejó de ser excepción y volvió a ser método.
Cuba: Cuba llegará a 2026 en modo de supervivencia. Sin el flujo estable de petróleo venezolano, la crisis cotidiana –apagones, escasez de alimentos y agua, servicios que colapsan por agotamiento– tenderá a profundizarse, no a corregirse. La isla no muestra hoy una oposición organizada, el mecanismo social dominante parece ser la salida, no la confrontación: más migración, más informalidad, más resignación. En ese contexto, el régimen tiene incentivos para endurecer el control y administrar la escasez como forma de gobernabilidad, mientras Washington eleva el tono y busca convertir el combustible en palanca de negociación, sin que por ahora existan conversaciones políticas más allá de contactos aislados. El escenario más plausible es, por tanto, una Cuba más frágil y más dependiente de apoyos puntuales, pero no necesariamente al borde del colapso del régimen castrista.
América Latina: América Latina entrará a 2026 con un péndulo que se inclina hacia la derecha: no por una conversión doctrinaria, sino por cansancio y castigo electoral frente a la inseguridad, el estancamiento y el deterioro general. En términos de gobiernos identificados con la izquierda, el mapa se reduce y se endurece: Cuba y Nicaragua permanecen como núcleos autoritarios; México y Colombia quedan como los dos casos grandes donde el proyecto de izquierda aún define el rumbo, aunque en Colombia el ciclo político apunta a que el oficialismo de Gustavo Petro llegue debilitado y muy probablemente pierda la elección presidencial de este año. Ese corrimiento no garantiza estabilidad: la región no está “ordenándose”, está reacomodándose, y lo hace en un mundo donde Washington vuelve a hablar con incentivos y castigos más que con retórica. El acuerdo económico entre la Unión Europea y el Mercado Común del Sur (Mercosur: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, con Bolivia en proceso de adhesión) aparece como una apuesta por diversificar acceso a mercados y cadenas de suministro en una época de proteccionismo y presiones cruzadas. El escenario más plausible para 2026 es una región más transaccional que ideológica: gobiernos buscando oxígeno con acuerdos puntuales, electorados menos pacientes y una soberanía cada vez más medida por la capacidad de evitar sanciones económicas, contener crisis internas y negociar, a tiempo, con los centros de poder.
II. Economía global: cuando la moneda perdió fe en su propio valor
Si la geopolítica de 2026 se escribe con presión y castigo, la economía se escribe con una guerra fría paralela: la monetaria. Estados Unidos sigue emitiendo la moneda de reserva del planeta y, por tanto, el “lenguaje” con el que se fijan precios, se pagan deudas y se administran sanciones. Pero ese privilegio también despierta una reacción previsible en potencias emergentes –China y Rusia, sobre todo– que no aceptan seguir jugando en un tablero cuyo árbitro también es contrincante. El resultado es una disputa silenciosa por la confianza: diversificación de reservas (en oro principalmente), búsqueda de rutas de pago alternativas, más trueque energético y más política industrial respaldada por los Estados. En ese contexto, la Reserva Federal entra al año bajo asedio político: se le exige abaratar el dinero para sostener el auge y, al mismo tiempo, preservar la credibilidad de una moneda que carga déficits, deuda y una polarización cada vez más impaciente. De ahí la premisa central de esta sección: cuando índices accionarios, metales, vivienda, materias primas, fondos a corto plazo y la propia deuda pública alcanzan máximos al mismo tiempo, no estamos viendo historias distintas, sino una sola: el dinero fiduciario empieza a perder valor y confianza.
Un dólar “tokenizado”: En 2026, el nudo económico no será solo cuánto debe Estados Unidos, sino cómo refinancia esa deuda en un año de vencimientos abultados y déficits persistentes. Ahí aparece la intuición –política, no académica– que rodea a Trump: si el costo de refinanciar depende de tasas más bajas y de una demanda constante por deuda de corto plazo, entonces hay dos palancas que se vuelven estratégicas. La primera es presionar, directa o indirectamente, para que la Reserva Federal recorte tasas y abarate el “rollover” del Estado. La segunda es acelerar la expansión de stablecoins (criptomonedas) respaldadas en efectivo y letras del Tesoro estadounidense: un crecimiento grande de esos instrumentos convierte a las criptomonedas “dolarizadas” en compradores estructurales de deuda estadounidense, como si una porción del sistema monetario global se “reseteara” por canales privados pero anclados al Tesoro. El riesgo es el reverso exacto: si una stablecoin grande pierde credibilidad, el problema deja de ser tecnológico y se vuelve soberano, porque una corrida puede tocar el mercado de deuda pública. En otras palabras, 2026 podría ser el año en que la deuda, la política monetaria y las criptomonedas dejen de ser temas separados y se vuelvan una sola trama: la búsqueda de liquidez para la mayor potencia económica y militar del planeta, usando la innovación como atajo y aceptando, a cambio, una nueva y peligrosa fragilidad.
La vida normal como un lujo: En 2026, el gran hecho económico cotidiano no será una recesión visible, sino un encarecimiento persistente de la vida que vuelve excepcional lo que antes era normal: conseguir trabajo, comprar una casa, formar una familia, ahorrar. La precariedad deja de ser etapa y se vuelve condición: generaciones enteras condenadas a rentar (o a vivir con sus padres) hasta bien entrada la adultez, con salarios que avanzan menos que la vivienda, el crédito y los servicios básicos. La ansiedad que atraviesa a los jóvenes no es un problema individual, sino la traducción psicológica de una estructura: un mundo donde el patrimonio se hereda más de lo que se construye, donde la educación ya no garantiza movilidad, y donde la comparación permanente de las redes sociales intensifica la sensación de fracaso. Cuando se encoge la posibilidad de planear a largo plazo, también se encoge la demografía: no se posponen los hijos por capricho, sino por imposibilidad económica. El resultado es una sociedad que funciona, pero a un precio emocional y político creciente: ciudadanos que sobreviven, pero no proyectan; economías que crecen, pero no prometen; democracias que exigen esperanza, mientras su arquitectura cotidiana la vuelve cada vez más cara.
La IA, entre el espejismo y la promesa: La “burbuja” de la inteligencia artificial en 2026 se entiende mejor si se abandona el veredicto binario. No estamos ante una fantasía vacía, pero tampoco ante una revolución garantizada y automática: estamos en un punto intermedio. La infraestructura crece a velocidad industrial –centros de datos, chips, energía– mientras la monetización y la adopción empresarial avanzan con fricción: pilotos que no escalan, iteración, promesas que se topan con costos de cómputo, gobernanza y calidad. El resultado no será necesariamente un estallido bursátil, sino una depuración: menos narrativas y más contabilidad; menos empresas “con inteligencia artificial” por etiqueta y más vencedores por implementación real. La pregunta de 2026 no es si la tecnología “funciona”, sino quién puede pagar su despliegue sostenido y convertirlo en productividad medible antes de que el mercado exija resultados: ahí vendrán la consolidación, la repriorización del gasto y una posible corrección selectiva en valuaciones, no como funeral, sino como transición de fiebre a disciplina.
La esperada “rotación” en los mercados bursátiles: En 2026, el mercado podría dejar de girar alrededor de siete gigantes tecnológicas (“magnificent seven”) y empezar a distribuir el protagonismo hacia capas más amplias: primero, hacia la infraestructura que hace posible la inteligencia artificial (energía, redes eléctricas, construcción y equipos de centros de datos); después, hacia las empresas que la convierten en eficiencia real (software industrial, ciberseguridad, automatización, logística, salud, servicios financieros). Esta rotación no sería un acto de fe, sino de aritmética: cuando el desempeño del mercado depende demasiado de un puñado de acciones, basta con que el crecimiento de utilidades se normalice o el costo del capital suba un poco para que el dinero busque “capas inferiores” donde la valuación sea menos exigente y el impacto operativo sea más tangible. El efecto de la gran inversión en chips, nube y centros de datos –que hoy luce como gasto de titanes– tenderá a filtrarse hacia proveedores, integradores y usuarios: el momento en que la inteligencia artificial deja de ser promesa y se vuelve presupuesto recurrente en miles de empresas. Si la “burbuja” es fiebre narrativa, la rotación es la fase adulta: el mercado empieza a preguntar no quién tiene el modelo más impresionante, sino quién puede desplegarlo, abaratarlo y capturar productividad medible.
El futuro del trabajo: La economía de 2026 no solo se mide en precios récord, sino en algo más silencioso: la contracción del empleo como promesa de ascenso y movilidad social. La evidencia empieza a dibujar un patrón incómodo: en ocupaciones muy expuestas a la automatización, el golpe se concentra en los más jóvenes, justo donde históricamente se aprende el oficio y se construye trayectoria. El efecto no se presenta como una ola de despidos, sino como una retirada de oportunidades: menos vacantes de entrada, más supervisión y menos ejecución humana en tareas que antes eran consideradas de aprendizaje. Al mismo tiempo, el mapa de habilidades se reescribe: una parte sustantiva de las competencias laborales ya está en zona de “transformación” por herramientas generativas, lo que divide el mercado entre trabajos que se vuelven híbridos (humano con máquina) y trabajos que siguen anclados a la presencia, la destreza física y el trato directo. En esa fractura se juega el futuro social de la tecnología: si la inteligencia artificial multiplica productividad pero estrecha la puerta de entrada, el resultado puede ser crecimiento con escalera rota, riqueza más concentrada y una generación sustituída antes de ser empleada y formada. La pregunta económica de fondo –más política que técnica– es si este auge será capaz de producir empleos de calidad al ritmo necesario, o si la eficiencia terminará cobrando su factura en el lugar más frágil del mercado: el primer empleo.
III. Tecnología global: Superinteligencia y la carrera por la supremacía posthumana
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa para convertirse en obsesión geopolítica. Ya no se trata de innovar, sino de conquistar: de levantar, a toda prisa, la infraestructura invisible que permitirá a unos pocos países reescribir las reglas del mundo. Como la electricidad en el siglo XIX o internet en los noventa, la inteligencia artificial se volvió ubicua y silenciosa; pero a diferencia de aquellas revoluciones, esta avanza sin una narrativa que la vuelva legible. Progresamos con el impulso del que corre sin mirar el borde del abismo: lo que promete expandir la capacidad humana también tensiona su sentido y utilidad de vida, porque introduce una nueva competencia –la carrera por la supremacía– y un nuevo peligro –la posibilidad de crear sistemas que, por su propia dinámica, terminen rebasando el control de quienes los encienden (“superinteligencia”: una inteligencia artificial que supera ampliamente a los humanos en casi todas las tareas cognitivas). En 2026, el vértigo de crear a quien podría reemplazarnos se convierte en política de Estado, estrategia industrial y la antesala de un salto evolutivo en el que la especie dominante ya no sería biológica, sino artificial.
Los riesgos geopolíticos de la inteligencia artificial: En la guerra fría del siglo XXI, la disputa no es por territorios, sino por el control de los sistemas de inteligencia artificial que organizan la economía, la seguridad y la información global. Pese a las advertencias de científicos, filósofos y organismos internacionales, la carrera hacia modelos cada vez más capaces se acelera porque no existe un marco jurídico internacional verdaderamente vinculante y porque el incentivo es geopolítico. Quien llegue primero no solo dominará una frontera científica: adquirirá una superioridad estructural –productiva, militar, informativa– difícil de contrarrestar. El riesgo central no es una inteligencia artificial “malvada”, sino sistemas capaces de optimizar con frialdad, sin tratar a los seres humanos ni a los valores democráticos como variables necesarias. Esa lógica vuelve plausible el peor escenario sin necesidad de apocalipsis: desinformación industrializada por enjambres de bots; una esfera pública donde distinguir lo verdadero de lo falso se vuelve una tarea heroica; armas cada vez más autónomas que adelgazan la frontera entre decisión humana y automatización letal; y, hacia dentro, la tentación autoritaria de usar inteligencia artificial para vigilancia preventiva, puntajes opacos y control social. La soberanía, entonces, deja de medirse solo en territorio y pasa a medirse en capacidad de desarrollar, auditar y limitar la infraestructura digital que estructura la vida pública.
Tecnoautoritarismo: En 2026, uno de los riesgos menos visibles –y por eso mismo más peligrosos– es que la erosión democrática no llegue con tanques, sino con interfaces digitales. La promesa de eficiencia puede volverse coartada: un Estado deliberadamente adelgazado, con menos reguladores y menos contrapesos, deja el terreno listo para que una élite dueña de servidores, centros de datos y plataformas termine dictando las reglas de la vida pública sin pasar por el voto ni por la deliberación. El argumento se presenta como necesidad estratégica –“fortalecer” a las grandes tecnológicas para ganar la carrera de la inteligencia artificial–, pero su consecuencia puede ser una transferencia silenciosa de soberanía. Las decisiones que antes requerían discusión política se reempaquetan como decisiones técnicas, y lo que no se decide en parlamentos se decide en modelos de inteligencia artificial, términos de servicio y arquitecturas opacas. La pieza más inquietante de ese diseño es su círculo cerrado: las mismas empresas que aceleran la automatización y amplifican la fragilidad informativa ofrecen después la “solución” –identidad digital, verificación, dinero digital, moderación algorítmica– y, con ella, la autoridad para definir quién entra, quién queda fuera y bajo qué condiciones. El resultado probable es la gobernanza corporativa de baja visibilidad: persisten las instituciones en la práctica, pero la ciudadanía se administra por puntajes y por su “utilidad” (ya está pasando en China), listas, acceso y reputación.
Identidad bajo asedio: En 2026, la proliferación de agentes capaces de conversar, negociar, comprar, reclamar y persuadir con una soltura casi humana empuja a internet hacia una crisis básica de confianza: no saber quién está del otro lado. La frontera deja de ser “verdadero o falso” y pasa a ser “humano o sintético”. De ahí que la verificación de humanidad –pruebas de “persona real” diseñadas para resistir enjambres automatizados y deepfakes– empiece a parecer menos un lujo y más un requisito para votar, cobrar, abrir cuentas, operar servicios o simplemente participar en plataformas o aplicaciones. En ese hueco entra Worldcoin como la apuesta por convertir la identidad en un riel global, una credencial digital de “humano único” que funcione como llave de acceso a la economía automatizada. El atractivo estratégico es evidente: si el mundo necesita distinguir personas de agentes de IA, quien emita la credencial puede terminar ocupando una posición cuasi soberana en la vida digital. El riesgo también lo es: cuando la solución a la falsificación masiva descansa en biometría y en infraestructura privada, la pregunta se vuelve política: quién controla la puerta, quién audita el sistema, qué se vuelve excluible y qué se vuelve rastreable. En el límite, esta arquitectura podría aspirar a algo aún más ambicioso: construir una capa financiera paralela –global, privada, operable a escala– que compita con el dólar por el rol de estándar en pagos y pertenencia digital en la era de la inteligencia artificial.
Medicina algorítmica: En 2026, la irrupción más transformadora de la inteligencia artificial será un sistema capaz de observar más variables, con mayor continuidad y menor costo que cualquier doctor humano. El cambio de fondo es temporal: pasamos de la medicina episódica –ir cuando duele o estamos enfermos– a la medicina continua –medir antes de que duela–, porque los dispositivos portátiles ya producen señales constantes y, cuando se conectan con historial clínico, laboratorios y contexto, la inteligencia artificial puede detectar desviaciones sutiles, anticipar riesgos y priorizar prevención. En esa dirección apuntan productos que buscan trabajar con datos de salud personales bajo arquitecturas de privacidad más cuidadas, como ChatGPT Health, y el avance paralelo de la telemedicina hacia modelos híbridos donde la tecnología no solo atiende, sino que documenta, clasifica y reduce fricción administrativa.
La segunda onda se siente en los seguros: la automatización convierte la suscripción y los siniestros en procesos casi instantáneos, erosionando el papel del intermediario tradicional y trasladando el poder hacia quien controle los datos, los modelos de riesgo y la relación directa con el usuario. Casos como el de Lemonade (LMND) ilustran el atractivo económico de esa desintermediación.
La tercera onda es poblacional: la inteligencia artificial reordena el descubrimiento de fármacos y objetivos terapéuticos al entrenarse con atlas celulares masivos y nuevas capas de datos biomédicos, acelerando hipótesis que antes tardaban años en emerger. La promesa es enorme –menos enfermedad prevenible, diagnósticos más tempranos, terapias más rápidas–, pero su condición también: que la salud no se convierta en un mercado de vigilancia donde la longevidad dependa de quién puede pagar la sensorística, la plataforma y el permiso para existir dentro del sistema.
IV. Otras tendencias en 2026
Energía y centros de datos: En 2026, el cuello de botella de la inteligencia artificial será la electricidad: quien garantice energía limpia, continua y barata controlará el ritmo real de esta revolución. La batalla se libra en dos tableros a la vez: uno simbólico, como el programa Artemisa de Estados Unidos para regresar a la Luna con microreactores capaces de sostener bases permanentes; y otro decisivo, en la Tierra, donde los centros de datos –cerebros sintéticos que devoran kilovatios– presionan redes eléctricas, permisos, agua y capacidad de transmisión. Por eso la energía nuclear reaparece como infraestructura crítica: reactivar reactores existentes, firmar contratos de suministro a largo plazo con gigantes tecnológicos y asegurar “luz perpetua” para los servidores se ha vuelto una forma de estrategia nacional. Estados Unidos aún conserva una flota nuclear más grande, pero China avanza con velocidad industrial, construye más unidades, despliega transmisión masiva y levanta una base energética amplia y de bajo costo para sostener cómputo a escala.
Robots, la segunda especie: En 2026, la robótica deja de ser una promesa de fábrica y empieza a convertirse en presencia cotidiana. En la industria, los robots ya no solo repiten movimientos: aprenden, se adaptan y colaboran con humanos en líneas flexibles, acortando ciclos de producción y volviendo rentable fabricar cerca del consumidor. Pero el giro más cultural ocurre fuera de la planta: el robot doméstico pasa de espectáculo a utilidad. Primero llega para las tareas más “mecánicas” –limpieza, orden, asistencia básica– y después escala hacia funciones de cuidado: acompañar a personas mayores, vigilar rutinas de salud, detectar caídas, sostener una casa que antes requería tiempo humano invisible. En paralelo, emerge otra figura igual de disruptiva: la inteligencia artificial que opera como terapeuta, coach o acompañante emocional, generando un nuevo tipo de intimidad bastante inquietante. Sin sustituir por completo la terapia humana, sí altera el mercado y la costumbre: para millones, será el primer contacto con una conversación estructurada sobre ansiedad, duelo o hábitos. La pregunta central no es si estos sistemas “se sienten” humanos, sino qué parte de la vida dejaremos en manos de máquinas obedientes.
Biología de consumo: En 2026, una de las transformaciones más visibles –y menos discutidas en su dimensión cultural– será la medicalización del consumo. Los medicamentos para bajar de peso dejan de ser un tratamiento excepcional y se convierten en fenómeno de masas: reordenan hábitos, alteran patrones de compra y empiezan a presionar industrias completas, desde alimentos ultraprocesados hasta restaurantes y bebidas azucaradas. A la par, crece otra promesa, más silenciosa pero igualmente ambiciosa: la de optimizar la mente con productos cotidianos. Bebidas funcionales que ofrecen energía “limpia”, enfoque o memoria; alimentos enriquecidos con proteínas, fibra, probióticos y compuestos que buscan modular inflamación, sueño o estado de ánimo; y una narrativa que mezcla ciencia, mercadotecnia y ansiedad contemporánea. El hilo común es una nueva economía del cuerpo: no comer solo por placer o costumbre, sino para ajustar variables; no adelgazar solo por estética, sino como estrategia de salud y rendimiento; no beber solo por hidratación, sino para ampliar la capacidad cognitiva. El riesgo es evidente: cuando la biología se vuelve mercado, la desigualdad también se vuelve metabólica. La promesa, si se usa con rigor, es enorme: menos enfermedades crónicas, mayor bienestar y una cultura que por fin toma en serio el costo sanitario de la dieta moderna.
Fenómenos anómalos no identificados, el Estado ante lo que no puede clasificar: En 2026, el tema ya no se llama “ovnis”: se llama UAP (fenómenos anómalos no identificados), la categoría oficial con la que el gobierno estadounidense reconoce incidentes aéreos que, por falta de información suficiente o por límites de clasificación, no logra explicar o catalogar. Durante décadas, estos reportes vivieron en la ciencia ficción –entre la burla y la superstición–; hoy, en cambio, aparecen en audiencias legislativas, informes oficiales y testimonios de pilotos y personal militar. Esa mudanza de estatus es el verdadero fenómeno: el gobierno estadounidense admite que existen episodios que no logra clasificar, sin por ello validar la explicación fácil y repetida en el imaginario colectivo. “No identificado” no es sinónimo de “extraterrestre”: en la mayoría de los casos, lo raro se vuelve mundano –globos, drones, fallas de sensores, lecturas incompletas–, y una fracción permanece abierta por escasez de datos y por restricciones de seguridad, no por una confirmación de tecnología imposible. Pero precisamente ahí reside su fuerza cultural. En una era saturada de simulaciones, donde el ojo ya no sabe si lo que ve es real, el “disclosure” (tendencia –impulsada por presión pública y legislativa– a desclasificar y reconocer información oficial sobre UAP) opera como espejo: la inquietud no proviene de una respuesta, sino de la ausencia de una respuesta definitiva. Y en ese vacío florecen hipótesis cada vez más complejas. El valor de incluir este tema en 2026 no está en afirmar una verdad concluyente, sino en reconocer una tendencia: el Estado y los medios están aprendiendo a hablar de lo desconocido con un lenguaje menos mítico, más sobrio, y sobre todo, más público.
2026 no será recordado por una sola crisis, sino por la convergencia de tres tensiones: un mundo que negocia bajo presión, una economía que delata la fragilidad del dinero fiduciario y una tecnología que avanza más rápido que sus instituciones. La pregunta de fondo no es quién gana cada episodio, sino qué sociedades logran construir amortiguadores: reglas mínimas, capacidades productivas reales y confianza pública. En una época donde todo se acelera, la ventaja estratégica será simple y rara: sostener coherencia mientras el resto improvisa. ~~
El autor es fundador de News Sensei, un brief diario con todo lo que necesitas para empezar tu día. Engloba inteligencia geopolítica, trends bursátiles y futurología. ¡Suscríbete gratis aquí!
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N° 325 / Enero 2026
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