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Opinión

Desde el 29 de abril, durante dos semanas he publicado sendos artículos con relación a la necesidad de tender puentes hacia la “élite” del régimen dictatorial que nos gobierna para lograr que abandonen el poder al menor costo posible en sufrimientos y vidas humanas; y lo de vidas humanas no es un recurso retórico, todos conocemos, sufrimos y lamentamos la irrecuperable perdida de jóvenes venezolanos, asesinados en el último mes y medio.

El objetivo de ambos artículos era contribuir a la discusión, incipiente en ese momento, sobre el punto de la necesidad de negociar una salida con el actual gobierno que permita una transición sin más derramamientos de sangre. En las tres últimas semanas, desde que publiqué el primer artículo, ya son varios los que han opinado y se han referido al tema, varios analistas y algunos dirigentes políticos y diputados. Creo que el tema de una “negociación” ya está menos satanizado, aunque todavía hay algunos que no sé cómo se imaginan que se va a producir una salida a todo lo que estamos viviendo, como no sea a través de algún tipo de negociación, que implique ceder de parte y parte.

No se requiere de mucha imaginación para entender que las solicitudes de la oposición democrática que han animado las protestas de las últimas semanas (Fijación de un cronograma electoral, devolución de las atribuciones de la Asamblea Nacional, libertad de los presos políticos y apertura de un canal humanitario para socorrer a la población venezolana) conducen al fin del llamado socialismo del siglo XXI y a la salida del poder del actual régimen de una manera inexorable.

A esas razones, que ya eran suficientes, hay que agregar lo que ha ocurrido durante las últimas semanas, en las cuales se ha hecho evidente la violación de otros derechos ciudadanos y humanos fundamentales, como el derecho a manifestar y la libertad de expresión, al no permitir manifestaciones y reprimirlas brutalmente; el derecho al debido proceso, al detener ilegalmente manifestantes y mantenerlos encarcelados, sin las debidas ordenes y procesos judiciales; el derecho a la vida, al reprimir brutal e inconstitucionalmente las protestas con un saldo de vidas humanas, heridos y lesionados.

De acuerdo a las encuestas y lo que hemos visto en las calles durante el último mes y medio, parece ser, además, el sentir y exigencia de la mayoría del país el que se encuentre lo antes posible una fórmula para salir de este gobierno, de este régimen dictatorial, que ha perdido toda legitimidad y se restituya el estado de derecho, el régimen de libertades y la democracia en nuestro país.

En otras palabras, lograr los objetivos que la oposición se ha trazado en este proceso de protestas y manifestaciones, implica concluir en un proceso de negociación, en el que se acuerden las formulas y condiciones para que la transición ocurra. Y esa negociación obviamente debe tomar en cuenta las fortalezas, debilidades y limitaciones de las partes en conflicto.

Esta negociación final, en el sentido de que ponga fin al conflicto y obligue a la salida del régimen del poder, a su renuncia, y ceder el paso a un proceso de transición, no es algo trivial y debemos estar preparados para su complejidad.

Vamos a estar claros en que la oposición carece de la fuerza física para obligar al régimen a ceder. Será una conjunción de presiones internas y externas las que convencerán a los personeros del actual régimen que su mejor opción es abandonar el poder, y para algunos de ellos, que están en posiciones de poder muy importantes, esta decisión no es sencilla.

Probablemente para el Presidente Nicolás Maduro y su entorno más íntimo, llegar a esa conclusión es más fácil que para algunos de sus “colaboradores inmediatos”, incluidos en esa categoría algunos miembros del gabinete, la Asamblea Nacional y la FAN. Algunos de esos “colaboradores inmediatos” del régimen de Maduro, sin contar con los delitos internos que puedan haber cometido, violación de derechos humanos o actos de corrupción, están acusados de narcotráfico a nivel internacional, por lo que, a estos últimos les va a ser mucho más complejo lograr alguna “garantía” o “inmunidad” que les permita dejar el gobierno. Esos se plantearán luchar hasta el final para mantener el poder.

La estrategia opositora, por tanto, debe ser aislar al grupo de esos “colaboradores inmediatos” de los demás funcionarios gubernamentales, hacerles entender a los segundos que para ellos hay una salida, una posibilidad de continuar en el país y hasta seguir con sus actividades políticas, pues si bien se pudieran considerar participes de políticas gubernamentales que han causado daños al país, al menos no son cómplices de haber cometido delitos graves contra los derechos humanos o actos de corrupción por los cuales deban pagar y mucho menos están incursos en delitos de narcotráfico, por los que puedan ser perseguidos internacionalmente.

Hace varias semanas propuse una alternativa: Que la AN sesione y de emergencia apruebe una nueva Ley de Amnistía, favoreciendo a los inhabilitados y presos políticos, e incluya a los funcionarios del actual gobierno no incursos en faltas graves. (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2017/04/15/tres-propuestas-polemicas-para-una-salida-2/)

Esta nueva ley debe delimitar muy bien –como hizo la anterior, la de marzo de 2016, que fue declarada inconstitucional por el TSJ– los hechos respecto de los cuales aplicará la amnistía; en ese sentido creo que debe ser clara en incluir las inhabilitaciones dictadas ilegalmente por la Contraloría General de la Republica y así mismo debe abarcar también algunos delitos cometidos por funcionarios del Gobierno desde 1999, obviamente excluyendo los de narcotráfico y contra los derechos humanos.

Este tipo de amnistías, que abarque a funcionarios del actual Gobierno, no es algo original ni osado, ni estoy diciendo nada que no hayan dicho otros o que no haya pasado en otros países del mundo con largas y cruentas dictaduras, a cuyos personeros importantes –incluidos los propios y sanguinarios dictadores– se les concedió amnistía o se les dio garantías de que sus vidas y las de sus familias no correrían peligro siempre que estuvieran dispuestos a dejar el poder.

Creo que estamos en el momento de empezar a considerar a fondo este tema de la amnistía, de ofrecer garantías a los funcionarios del actual gobierno y comenzar a poner sobre la mesa fórmulas que le ahorren sufrimientos al país, violencia, destrucción, y evitar se siga derramando valiosa sangre inocente y familias enlutadas en el dolor y la desesperanza.

Esta vía es la única que permitirá construir la Venezuela de todos sobre la fuerza de la épica ciudadana desplegada durante las últimas semanas, que nos hará crecer como sociedad y forjar el futuro de progreso y bienestar que merecemos, por el que hemos luchado y han muerto tantos jóvenes.

@Ismael_Perez

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El comentario de la semana

El sufrimiento de las personas para conseguir el tratamiento de sus enfermedades, o las de sus familiares, es ilimitado. Al ir a cualquier farmacia se puede constatar que “no hay” es la respuesta habitual que encuentran las personas al solicitar medicinas, y la cara de preocupación refleja que saben la consecuencia de no tratarse. Es harto conocido que la vida de los enfermos está comprometida sin tratamiento, por producir discapacidades, deteriorar la calidad de la vida y/o la acortarla. Que no se consigan las medicinas y mueran personas es una verdad del tamaño del cielo, una tragedia y un crimen.

Garantizar el acceso a los medicamentos de los ciudadanos es una función vital de los gobiernos en las sociedades modernas. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, garantiza la vida y el acceso a los medicamentos. En el artículo 2 establece que: Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida,…”; el artículo 83 reza: La salud es un derecho social fundamental, obligación del Estado, que lo garantizará como parte del derecho a la vida…”; mientras que el artículo 84 instituye que: “Para garantizar el derecho a la salud, el Estado creará, ejercerá la rectoría y gestionará un sistema público nacional de salud, (…) garantizando tratamiento oportuno…”. El derecho a la vida, también está consagrado en pactos internacionales suscritos por las autoridades e incluidos en nuestra Carta Magna.

Según esa ley madre el Poder Ejecutivo es el responsable para que esta garantía se haga realidad, es decir, el gobierno nacional; la tarea de hacer que ese derecho humano se cumpla, es de la Defensoría del Pueblo; mientras que los que deben investigar, demostrar que se incumple y acusar a los violadores del incumplimiento de tal deber es la Fiscalía y en última instancia quien debe sancionar a los causantes del sufrimiento actual es el Poder Judicial.

Pero llama la atención el silencio y la inacción de las personas que detentan esos cargos ante una situación pública, notoria y noticiosa, tan grave que resulta criminal. Peor aún, el nuevo Ministro de Salud afirmó ante las cámaras de televisión que no había escases de medicinas, y por lo tanto no se requiere ayuda humanitaria. Hay que ser ciego e inhumano para hacer tal afirmación.

En el caso del Defensor del Pueblo, Aragua En Red acudió hace un año a la delegación en nuestra entidad federal y solicitó formalmente, por escrito, que se activara por lo alarmante de la escasez. Nada ha ocurrido. Acudiremos nuevamente ante esta institución del Estado que tiene el deber de obligar al ejecutivo de garantizar el derecho humano más preciado, nada más y nada menos que la vida.

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Nicolás Maduro, debes saber que esto se acabó. La “revolución bolivariana”, si alguna vez existió, murió. Ese menjurje que ustedes llamaron “Socialismo del Siglo XXI” no tiene viabilidad económica, política ni social. Dependía de la renta petrolera que hoy se ha encogido irreversiblemente y no volverá a los niveles astronómicos de antes. Con las nuevas tecnologías de producción (fracking), no es previsible que el barril de crudo supere los $60. Y, con la destrucción del tejido económico de la nación, no hay cómo suplir las demandas de la población ni generar empleo bien remunerado.

Pero sobre todo, tu permanencia en la Presidencia de la República ha demostrado ser incompatible:

  1. Con el bienestar de los venezolanos porque tus políticas lo que producen es miseria y hambre, y te niegas a rectificarlas a pesar de los reiterados señalamientos de valiosos economistas y de otros profesionales sobre las medidas que deberían implementarse;
  2. Con la soberanía popular, consagrada en el artículo 5° de la Constitución, pues cerraste la vía electoral para que ella se expresase, cancelando el referendo revocatorio (art. 72) y las elecciones regionales que debieron haberse realizado en diciembre del año pasado;
  3. Con la democracia, porque has violentado sistemáticamente los derechos civiles y políticos que la sustentan, además de abolir las elecciones;
  4. Con la República, pues tu mandato se ampara en la destrucción de la autonomía y el equilibrio de poderes, base del ordenamiento republicano;
  5. Con la soberanía nacional, porque entregaste a los déspotas cubanos responsabilidades sensibles a la seguridad del país, hipotecaste recursos de la nación a China y a otros intereses foráneos;
  6. Con la decencia y probidad en la conducción de los asuntos públicos, pues has amparado las corruptelas más grandes que recuerda la historia del país y deliberadamente proteges a quienes han sido señalados de narcotráfico por la DEA;
  7. Con la dignidad que debe tener el ejercicio de tan alta magistratura, por tu ignorancia, tus improvisaciones y tus disparates, minando irremediablemente el respeto que deberían tener los venezolanos por quien ocupe esa investidura, así como tu ascendencia ante los tuyos;
  8. Con la venezolanidad, porque has pisoteado sus valores más sentidos: el amor por la vida, la libertad y la justicia, su convicción democrática y de respeto por los demás, y su vocación humanitaria;
  9. Con la paz, porque le has declarado la guerra al país, desatando la violencia militar y paramilitar contra la inmensa mayoría de venezolanos, quienes salen a protestar porque están hartos de ti;
  10. Con la vida y con los derechos inalienables del ser humano, aupando el asesinato de decenas de manifestantes desarmados, metiendo presos a opositores con expedientes falsificados, permitiendo la tortura a muchos detenidos, violentando los derechos de su defensa y condenando al grueso de la población a la indefensión ante el hampa, el hambre y el deterioro de los servicios públicos;
  11. Con el futuro, porque tu proyecto es reaccionario, primitivo y retrógrado. Le robaste toda esperanza a las nuevas generaciones, razón por la cual la juventud en pleno se ha alzado en tu contra.

Nicolás Maduro, hoy representas muerte y desolación. Llegó la hora de que negocies tu salida. Infelizmente, lo anterior constituye tu mejor carta, pues Venezuela está demasiado apesadumbrada con tanta matanza de inocentes y con tanta miseria por tu causa, y está dispuesta a encontrar vías expeditas para que te vayas de inmediato. ¡Ni un muerto más! Esto no significa impunidad. Lamentablemente, los juicios en tu contra por crímenes de lesa humanidad tomarán tiempo activarlos. Con suerte, podrás disfrutar de la fortuna que habrás amasado a expensas nuestras en Cuba o Zimbabue -mientras sigan vivos los ancianos déspotas que ahí controlan el poder- o cobijarte bajo el ala de regímenes corruptos como el de Bielorrusia o el de Putin.

No tienes salida. El 85% o más de la población venezolana te repudia y no descansará hasta verte ir. Nadie cree ya en tus discursos y tus promesas. Sabes que tu proyecto “socialista” no obedece a ningún fin redento -con lo que tanto te gustaba llenar la boca-, pero se sirve de tal impostura para esquilmar al país. El problema para ti y tus cómplices, es que también el pueblo se ha dado cuenta de ello. Y se convenció de que no habrá paz, seguridad, alegría y amor hasta tanto te vayas, porque es imposible convivir con quien ha demostrado, en el ejercicio de tan importante magistratura, que no le interesa ni sus vidas ni su bienestar, y que no está dispuesto a concertar con otras fuerzas las soluciones para superar los graves problemas en que los has metido. No hay vuelta atrás. Tienes al país paralizado.

No sigas engañándote huyendo hacia adelante. Es de necios pensar que una minoría que no pasa del 10% le impondrá reglas al resto del país a través de tu asamblea constituyente fascista. No nos lo calaremos. Prorrogar tu decreto írrito de Emergencia tampoco te ayuda, pues profundiza los mismos errores que llevaron a esta tragedia. Si quieres salir de un hueco, ¡no sigas cavando!

Sabes, de primera mano, del descontento de los militares. ¿Hasta cuándo crees que podrás contar con su anuencia o pasividad sembrando complicidades entre la alta oficialidad? ¿Hasta dónde confiar en que el G2 los tendrá controlados? ¿Hasta cuándo tolerarán los desmanes de tus colectivos fascistas? Tienen familia y amigos y no pueden ser indiferentes a lo que está pasando. Y saben que los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Los países del hemisferio te condenan y ni siquiera tus antiguos compinches de Nicaragua, Bolivia, Ecuador y Cuba se les oye salir en tu defensa. Has convertido a Venezuela en un país cercado internacionalmente. Esto representa un problema de seguridad nacional, pues agrava su vulnerabilidad externa, tema al que no son ajenos los militares.

¿Hasta cuándo crees que podrás aplacar a tus facciosos comprando voluntades? Nadie te ofrecerá financiamiento externo mientras no conciertes con la Asamblea Nacional la autorización para ello y generes las condiciones y garantías económicas que lo hagan factible. Desgraciadamente, ni la inflación, ni el desabastecimiento, ni el empobrecimiento de la población, tendrán pausa mientras continúen tus políticas. Los CLAPs, tampoco alcanzarán. Por demás, son insostenibles si la renta no crece. Pero la producción petrolera está diezmada y sus precios no volverán a subir. Más allá de los estamentos corruptos de la fuerza armada y los malandros que has armado para matar estudiantes, no tienes apoyo.

Nicolás, se te está cerrando la ventana para tu salida. Tu apoyo se resquebraja. La jauría de mafiosos con quienes compartes el poder sólo te requieren como pararrayos, pero ahora que los reales no alcanzan, cada quien buscará salvar su pellejo. ¿Cuánto más crees que podrás mantenerte? ¿En qué condiciones? ¿Cuántas muertes más cobrarás en ese intento? ¿No te das cuenta que no puedes triunfar en tu guerra contra un país entero, que tientas un final como el de Mussolini y Clara Petacci, o Kadaffi?

Es tiempo que abras negociaciones con la directiva de la Asamblea Nacional.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

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Lleva al menos medio siglo escribiendo sobre este tema, el carácter social de la ciencia, tiempo en el que ha publicado treinta libros, varias decenas de artículos y dado quien sabe cuántas conferencias en varias partes del planeta. Un tema que, al principio de ese su medio siglo de afán, fue considerado como algo esotérico y seguramente inútil, en particular en países como los nuestros.

En ese entonces, la investigación era vista, principal, por no decir exclusivamente, como asunto de los científicos, vale decir, de físicos, químicos, biólogos, matemáticos y afines. Dentro de ese marco, su trabajo, siempre llevado a cabo en tono latinoamericano, formó parte de una corriente intelectual orientada a mostrar que la ciencia no solo incumbe al laboratorio, entendido éste como un espacio cerrado y neutral, impermeable a cualquier influencia proveniente del exterior, sino que tiene que ver, y mucho, con las condiciones que caracterizan su entorno. A mostrar, así pues, que la ciencia es también una construcción social, influenciada por valores e intereses de diversa índole y de consecuencias tanto negativas como positivas. A mostrar, en fin, que la generación, distribución y utilización de los conocimientos implican procesos marcados por la ideología, la política, la economía, la historia y la cultura, expresión de su estrechísima, complicada y hasta enrevesada conexión con la sociedad, cuyo análisis resulta absolutamente imprescindible, más aún en esta época rotulada por tan rápidas y radicales transformaciones en el área del desarrollo tecno científico, de enormes consecuencias en todos los planos de la vida humana.

Digo lo que anterior a propósito de Hebe Vessuri, antropóloga argentina de vínculos muy estrechos y duraderos con Venezuela, sobre todo, aunque no solo, por su larga permanencia en el Centro de Estudios para la Ciencia, ubicado en el IVIC, siendo éste el centro por excelencia de la investigación “dura” en nuestro país, ocurrencia de ese visionario que fue Marcel Roche. Hace pocos días la Society for Social Studies of Science y el Institute for Scientific Information le entregaron el premio John Bernal, creado en 1981, destinado a quienes hayan realizado una contribución relevante a nivel mundial en el campo de los estudios sociales de la ciencia.

En medio del ruido que genera la crisis que estruja al país no quería dejar pasar la ocasión para reconocer la importancia de la obra de la Profesora Vessuri, muy justamente distinguida por el galardón que obtuvo.

El Nacional, 17 de mayo de 2017

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José Rosario Delgado

Mi difunta madre, María Amparo González de Delgado (qepd), solía decir que “para algo tiene uno la jeta”; es decir, la boca es para uno expresarse y expresar las cosas que debe decir en el momento oportuno y sin tener que arrepentirse luego diciendo: “Cónchale, por qué no hablé”. Siempre ha sido mejor pedir perdón que pedir permiso, porque “después del ojo sacao no vale Santa Lucía”.

Por eso estas redes sociales son interesantes como un medio de expresión válido e importante para dejar en claro qué es lo que queremos expresando lo que sentimos algunas veces. Y si bien es cierto que uno es esclavo de lo que dice y amo de lo que calla, no es menos verdadero que el silencio en los actuales momentos es pecado capital, mortal, porque nadie puede permanecer indiferente ante una situación insoportable que acaba con la vida de los jóvenes en la calle y de los niños y los viejos en sus casas.

Aunque el término jeta no es el más apropiado para referirnos a la bocota que tenemos, forma parte de las palabras que llaman nuestra atención para oír, y ver, qué sucede a nuestro alrededor y, al parecer, aún no nos damos cuenta por estar metidos en otras cosas que quizás son muy importantes, pero que ahora no son tan urgentes; o sea, primero es lo primero, no hay vuelta atrás.

Por supuesto que no debemos ser imparciales entre el bien y el mal, y permanecer indiferentes ahora es permitir alcahuetamente el avance y el fortalecimiento de los indignos que hoy nos malgobiernan y cúyo fin único de las atrocidades que cometen y padecemos es mantenerse en el poder por el poder mismo a como dé lugar, a toda costa, pasando incluso, como en el pasado, por sobre los cadáveres de esos jóvenes estudiantes, artistas y trabajadores del presente que son nuestro futuro.

De modo que ante este infierno, imposible darle otro nombre a la grave situación que padecemos, debemos continuar la lucha en las calles; los que no tienen problemas de movilidad ni de movilización marchando paso a paso por el triunfo, que ya está muy cerca, y los que eventualmente carecemos de condiciones para andar los caminos del éxito, que se avecina, tenemos la boca, la palabra, la voz y lanzar nuestras proclamas a los cuatro vientos para que el mundo interior y exterior esté enterado de que nosotros seguimos manifestando y protestando es por la libertad y por la democracia, pues sin jetas no hay paraíso…

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Se agotan las palabras y los adjetivos para describir la catástrofe que ha producido el llamado “socialismo revolucionario” sobre Venezuela. Es difícil describir el daño inconmensurable y el sufrimiento que han padecido Venezuela y los venezolanos como consecuencia de esta presunta revolución: daño político, económico, social, moral y cultural.

No es extraño, por tanto, que la mayoría de los venezolanos nos pronunciemos a favor de un cambio de gobierno. Anhelamos un nuevo gobierno con características radicalmente distintas a las del actual gobierno.

Queremos un gobierno capaz de restaurar la democracia en nuestro país, la vigencia del Estado de derecho, el respeto a la Constitución, la libertad de los presos políticos, la reconciliación de los venezolanos y el establecimiento de un clima de respeto y armonía entre todos.

Un gobierno que sea capaz de resolver la terrible crisis económica que estamos sufriendo los venezolanos desde hace unos cuantos años. Crisis económica que se manifiesta en inflación, alto costo de la vida y desabastecimiento de alimentos y de medicinas. Crisis económica que resulta difícil de entender cuando se piensa en los inmensos recursos fiscales de los que dispuso el país cuando el petróleo subió a más de cien dólares por barril y cuando se reflexiona acerca del formidable potencial de recuperación que tiene la nación venezolana.

Un gobierno nuevo que atienda eficazmente el drama de la pobreza. Drama que afecta a la mayoría de las familias venezolanas, que se traduce en hambre y desesperación para la mayoría de los ciudadanos.

Ese nuevo gobierno debe ser un gobierno de unidad nacional, que cuente con la fuerza necesaria para poder tomar las medidas que deben tomarse para reactivar la economía.

Necesitamos un gobierno que nos permita recuperar el derecho a la esperanza, a confiar en un futuro mejor para nuestros hijos y para nuestro país. No queremos más violencia. No queremos más represión. Queremos construir entre todos un país del cual podamos sentirnos orgullosos todos.

Venezuela fue siempre un país de inmigración. Gente de las más variadas latitudes. Vinieron a Venezuela para encontrar oportunidades y futuro. Hoy, los nietos de aquellos inmigrantes están buscando la manera de emigrar de Venezuela, de buscar nuevas y esperanzadoras realidades.

¡Ya basta del mal gobierno! Es el momento de buscar entre todos la posibilidad de lograr un cambio pacífico, democrático y armonioso que abra las puertas para un futuro mejor. Otros países lo han logrado. Nosotros, los venezolanos, también veremos el amanecer de un nuevo gobierno y de una nueva esperanza.

EFernandezVE

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http://www.ifedec.com/category/articulos/eduardo-fernandez/
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En un trabajo de Luis Castro Leiva, El dilema octubrista, sobre la penúltima dictadura, se reproduce un diálogo entre dos dirigentes opositores al régimen, ambos luchando en la clandestinidad. Eran ellos Jorge Dáger, un importante dirigente de izquierda, y Antonio Pinto Salinas, secretario general de AD, asesinado más tarde por la Seguridad Nacional fingiendo un enfrentamiento (en honor a la verdad, aquí se ha fingido siempre). Según el relato, Pinto Salinas llegó al lugar en que se hallaba enconchado Jorge Dáger y lo primero que observó fue una pistola sobre la mesa, cosa que llamó la atención del dirigente adeco, pacifista a ultranza (lo llamaban “el apóstol de la no violencia”), quien le inquirió sobre el propósito del arma. Dáger respondió argumentando que la necesitaba para defenderse por si venían a matarlo. Se trabaron en una discusión sobre el uso de la violencia hasta que Pinto Salinas concluyó que, por su parte, había decidido no matar a toda costa, aunque ello implicase que tuviese que morir, porque —le dijo—: “amo la vida, la vida toda y no solo la mía”. El diálogo concluye con esta formidable frase de Pinto Salinas: “Veo con tristeza que es inútil discutir porque tú estás alienado: le tienes tanto miedo a morir que le has perdido el miedo a matar”.

Este diálogo no ha perdido ninguna actualidad en los difíciles tiempos que corren. La crueldad se ha instalado en Venezuela con la misma saña y dureza con que lo ha hecho en otros momentos álgidos de la historia. Cuando tendríamos que creer —ya en pleno siglo XXI— que los relatos de barbarie serían cosa del pasado, se tienen noticias de aberrantes atrocidades que ya no son cuentos que llegan de boca en boca, como en otros tiempos, sino que en esta época de tecnología e inmediatez se saben al instante, cuando no en vivo y directo. De tanto presenciar atrocidades y propiciarlas, se pierde la sensibilidad por el otro, por su dignidad. Los que murieron asesinados esta semana en Táchira, dos ciudadanos, uno de 33 y otro, un joven de 17 años y todos los asesinados, tenían sueños y esperanzas por un país diferente; buscaban vida, incluso para el autor de su muerte. Truncar la vida por medio de la violencia, aplicada con toda la intención criminal, es una aberración. Si esto lo hace quien está obligado a garantizarla, es crimen de lesa humanidad, porque la eternidad tardó millones de años en engendrarnos, civilizarnos a lo largo de siglos duros, de hambres y batallas, de dolores profundos, glaciaciones y fieras. Detrás de cada hombre está la humanidad toda, la historia toda. El que asesina, también se mata a sí mismo, aunque no lo sepa, porque mató al médico que ese niño pudo ser para hacer mejor al país, que es suyo también; al músico, al campesino que siembra lo que comemos —quizá la papa que se comió la semana pasada—. Toda vida es sagrada, toda vida debe ser preservada a toda costa.

Es arar en el mar pedirles a los personeros del régimen, que parecen vivir una especie de extraño caso de enajenamiento colectivo, que mediten sobre estas cosas trascendentes; el inmediatismo los ciega. Bolívar dio una definición de gobierno bastante sencilla: es aquel que produce la mayor suma de felicidad. Venezuela no está feliz. No es verdad, señores funcionarios, que aquí no está pasando nada. Un país se alzó contra el mal gobierno; la gente no aguanta más; hay desesperación, que es mala consejera. Destruir el país para someterlo no es buena idea. Reinar sobre ruinas y cadáveres no es una victoria. Nuestra historia ha acumulado demasiadas crueldades, una larga lista de atrocidades flotan en nuestra memoria colectiva como fantasmas. Están volviendo. Es lo razonable, lo justo y lo digno atajarlos, no invocarlos; menos auspiciarlos. Los venezolanos de esta hora nos sentimos atrapados y sin destino; el miedo a morir se está apoderando de todos y eso es muy malo. Porque, como decía Sun Tzu: “Colócalos en una situación de posible exterminio, y entonces lucharán para vivir. Ponles en peligro de muerte, y entonces sobrevivirán. Cuando las tropas afrontan peligros, son capaces de luchar para obtener la victoria”. A las pruebas me remito.

http://www.talcualdigital.com/Nota/142729/el-miedo-a-morir-por-laureano-...

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