Todavía hoy existen gobernantes que se parecen más a Calígula que a Pericles. Confunden gobernar con mandar y el poder con el derecho a disponer de los demás a su antojo.
Pero lo que sorprendió a los equipos internacionales de rescate no fue la magnitud de la tragedia, sino la actitud de los venezolanos: serenidad, disposición a ayudar, capacidad de organizarse espontáneamente, hasta buen humor en medio del dolor.
No era resignación. Era fortaleza.
De ahí una convicción que he ido afirmando con los años: la transición venezolana no es un asunto interno de los venezolanos. Es un interés de seguridad regional.
Entender el pasado no es un ejercicio académico: es una necesidad política. Buena parte de la turbulencia que atraviesa hoy el mundo se explica porque el sistema internacional parece estar regresando, sin decirlo abiertamente, a un orden que ya fracasó.