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Opinión

En apenas tres semanas, nos guste o no, el país estará envuelto en un nuevo proceso electoral, con el actual CNE y las mismas o parecidas condiciones electorales que hemos venido sufriendo desde hace 15 años. Ya he señalado por qué considero importantes estas elecciones y cuál es, en general, la importancia que tiene la vía electoral, no voy a repetir esas razones; al respecto ver: (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2018/10/26/propuestas-de-trabajo-politico/)

Pero a las razones ya expuestas hay que agregar una muy importante por los tiempos que corren y correrán: los concejos municipales son la primera trinchera de resistencia a la idea de las “comunas” que vienen pregonando y proponiendo algunos conspicuos voceros de la dictadura. Nadie está diciendo que con unas elecciones municipales vamos a salir de la dictadura, pero se trata de enfrentarla en todos los terrenos, de derrotarla en algunas áreas sensibles y, sobre todo, ahondar en la estrategia de irnos colando y produciendo fracturas en los intersticios de ese bloque hegemónico de poder, que ya muestra algunas fisuras y grietas importantes.

Sobre el tema electoral se ejerce un enorme “chantaje” político; debería decir “autochantaje”, pues viene de la misma oposición. Nadie –que no provenga del sector que apoyó en las pasadas elecciones a Henry Falcon– se atreve a plantear el tema electoral de manera abierta por temor a ser calificado de traidor, vende patria, colaboracionista o cuando menos ingenuo o bolsa, y perdonen la expresión. Es que hasta el propio Henry Falcón ha dado algunas declaraciones en las que recoge velas con respecto a su posición electoral. En síntesis, es un tema vedado, cerrado a la discusión abierta. Sin embargo, lo ocurrido esta semana en las elecciones estudiantiles de la Universidad de Carabobo, salvando distancias y diferencias, demuestra que, con la organización adecuada, la determinación de defender los votos y con muchos votos, la dictadura no puede hacer nada para impedir los resultados.

Por supuesto que las condiciones electorales que tuvimos para las elecciones de alcaldes de diciembre de 2017 y la presidenciales del 20 de mayo de 2018 se mantienen igual y no nos favorecen en nada y nadie es tan ingenuo para pensar que van a ser diferentes el próximo 9 de diciembre, para la elección de los concejales. Pero, en el fondo, esa es la primera consideración estratégica a tomar en cuenta para fijar una posición frente a este proceso.

Para decirlo en dos platos, en política –como en negocios y muchas otras actividades– las condiciones, sean electorales, o de negociación, de dialogo, de conversación o como las queramos llamar, las pone o impone quien tenga la sartén tomada por el mango. Ciertamente, no es la oposición venezolana quien la tiene en este momento. Se puede argumentar que el país vive una crisis económica, social, humanitaria de tal magnitud, y de la cual es responsable el actual régimen, que hace que él mismo tampoco las tenga todas consigo. Pero tiene lo más importante: el control de la “justicia”, la policía, los cuerpos represivos, la fuerza de las armas y ha demostrado hasta la saciedad que está dispuesto a usarlas. ¿Por qué habría de ceder en las condiciones electorales que nos impone?

Por lo tanto, se trata de recuperar una posición de fuerza que hemos perdido –por plantear cada evento político como batalla final y fracasar en el intento– para obligar a la dictadura a negociar todo un paquete que envuelva su salida, la transición a la democracia, la libertad de los presos políticos, la legalización de los partidos disueltos, el reconocimiento de la Asamblea Nacional y, desde luego, unas condiciones electorales aceptables, que cumplan los bien conocidos parámetros internacionales.

Mientras esto no ocurra, en materia electoral, tendremos que arroparnos hasta donde nos llegue la cobija y aceptar lo que está dado; que por cierto, en materia de condiciones electorales –aun cuando ahora estamos peor– no son muy distintas a las que hemos tenido durante los últimos 15 años; y con esas condiciones, más muchos votos, derrotamos a Hugo Chávez en un referendo constitucional en 2007, le arrebatamos al régimen varias gobernaciones y alcaldías muy importantes y obtuvimos las dos terceras partes de la Asamblea Nacional en 2015.

Que después no supimos o no pudimos mantener esos triunfos, eso es –perdonen el lugar común– harina de otro costal; se trata ahora de ver como recobramos el terreno perdido; y no será, ciertamente, quedándonos otra vez de brazos cruzados en nuestras casas, como hicimos el 20 de mayo y después, algunos esperando que de afuera viniera una solución y otros mirándonos desconcertados unos a otros. No voy a denostar ni criticar a nadie que plantee la abstención, pero todavía no he encontrado a alguien que me diga un solo beneficio, superior a los descritos en el párrafo anterior, por no haber votado en algunas de las ocasiones en que no lo hemos hecho.

Se puede decir que al menos para las elecciones de alcaldes y para las del 20 de mayo de 2018, tras el fracaso de las negociaciones en República Dominicana, tuvimos un intenso debate político, no siempre ecuánime o justo, acerca de sí se debía o no concurrir a esos procesos electorales. De esas discusiones salió una decisión, que personalmente no compartí, pero que respeté: no votar. Pero en esta ocasión, no ha habido ninguna discusión, ningún debate, al menos público o de conocimiento público; por lo tanto, me siento libre para asumir cualquier posición y la mía personal es que votaré en las elecciones del 9 de diciembre. Mi voto tendrá que ser escamoteado, robado, cambiado, tergiversado, pero será emitido.

No me quedaré en mi casa, defenderé la alcaldía que me corresponde votando y –como lo estoy haciendo– haré pública mi decisión y llamaré a votar, porque en elecciones municipales unos pocos votos hacen la diferencia y el voto, baluarte de la democracia, se defiende votando –no dejando de votar– aún en las condiciones más adversas.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

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Carlos Raúl Hernández

Arrojaron los antisociales políticos a la diputada Delsa Solórzano un montón de ratas muertas, vejámenes ruines, lapidaciones, hojillazos. Precisamente ella, varios años en la línea dura, por lo que arriesgó simpatías y ahora pierde el favor que nunca terminó de tener entre los radicales. Especialmente quiso humillarla una conocida crápula de tuiter, un corazón purulento que acosó a una poetisa deprimida hasta que se suicidó, y se dio el gusto de hacer con la fonía del cargo de Solórzano un chiste rastrero.
Esa señora da la razón a aquel nihilista que dijo que los seres humanos eran un saco de humores fétidos, tripas, heces y torvas intenciones y que muy pocos tenían algo más que eso. La sociedad política debe salirse del chantaje de los antisociales, al que se sometió cuando dejó de dirigir y cambió la política democrática, pacífica y electoral para ponerse a la cola de éstos. Es de desear que la Asamblea Nacional librarse de caer en los toscos chantajes del señor Almagro y de los magistrados del exilio que se aprovechan de su nobleza para jugar a liquidarla.

Estar bien con Dios y con el diablo impide rechazar claramente la viveza lerda de quienes querían meter en el ring al presidente Zapatero, pero intentar una línea media los varó en el peor de los mundos. No es lo mismo ser centrista que ni-ní, dicen @Mibelis Acevedo y @FernandoMires. Un centrista tiene una posición beligerante basada en racionalidad política, se propone un juicio correcto frente al errado, y rechaza sin subterfugios los disparates. Un ni-ní es Tío Conejo, vivo, astutillo que quiere pasar agachado sin desagradar a nadie y termina irritando a todos.

El centro de la razón

Al centrista lo guía la prudencia, el sentido democrático; y es acertada la declaración de Capriles sobre eso. Al vivo la aspiración de nadar y cuidar la ropa, tocar campanas e ir en la procesión. El centro está a la ofensiva para derrotar los extremos. El ni-ní hace tortilla sin romper los huevos. La posición de centro obligaba a rechazar por mil razones la burrada de incluir a Zapatero en la agenda, mientras el Tío Conejo recomienda objetar su papel de mediador sin declararlo persona no grata, de manera que nadie se enfade demasiado. Pero esto es apenas un detalle del delirio furioso de destrucción que vivimos y que no parece parar.

El tanatos en el que creyó Freud por bastante tiempo se adueñó de los factores de poder, de las élites y eso explica que sean personalidades amargas las que tomaran del control de la sociedad. Comenzó con Caldera, cuyo programa de acción fue siempre descuartizar a Carlos Andrés Pérez, luego a los partidos, a su propio partido y a Eduardo Fernández. En la ordalía antiperecista y antipolítica se enrolaron empresarios, curas, editores, sindicalistas, políticos que salieron de la operación ahítos de sangre y como el Drácula de Leslie Nissen, muertos, pero felices.

Fue Caldera quien inició la alianza maligna, ese despertar necrófilo del Juicio Final que llamó chiripero, conformada por todos aquellos que habían fracasado en el intento de quebrar la democracia. Esa alianza íntegra la recibió luego el gran Leviatán que se dejó de sofisticaciones demócrata burguesas y “dijo las cosas como son”, “sin pelos en la lengua”, “se las cantó clarito” y lo adoraron. El lenguaje adoptado por los políticos en adelante fue ese y hasta hoy lo vemos patológicamente repetido hasta en la gestual de demasiados hombres y mujeres que han desempeñado funciones de dirección. Sobran Cantaclaros de piñata y faltan líderes.

El machito bocón

La inmensa votación de nuestro Leviatán pese a lo que digan los “engañados” por él, la obtuvo sin nunca engañar a nadie y exponer claramente su programa aniquilador, su frenesí moral. En adelante todos somos Chávez y cualquiera que tenga la infeliz idea de regresar a los usos y lenguajes de la política moderna, en la que se habla de entendimientos, acuerdos, parlamentos, alianzas, candidaturas, votos, pasa la desgracia. La figura socialmente aceptada en este horripilante periodo es el machito bocón, hombre o mujer, generalmente con aserrín dentro del cráneo y que lo único que puede anunciar al mundo son arrebatos.

Chávez los enseñó a golpear el puño contra la palma y otras señales de machismo, “a mí no me doblegan” “yo no les tengo miedo” y demás ridiculeces que deslumbran a cierta galería. Es demasiado triste porque gente bien criada, de familias estructuradas, que no tendría que comportarse como azote de barrio, desgraciadamente lo hace. Presentarse como moralista y como valiente puede compensar ante el público la ignorancia, la incapacidad política, la mediocridad y sobre todo la inacción. Quienes lo único que hacen es insultar, hablar de ética y anunciar catástrofes inasibles, puede que encubran: 1) Que no saben qué hay que hacer, 2) Que por eso no hacen nada, 3) Que servirían mejor para otra cosa. Líder es aquel que en todo momento se interroga sobre cómo salir del hoyo y trata de comunicarlo a los demás para ganar. Rómulo Betancourt en 1931 no gemía por la pobreza ni del costo de la vida, sino lanzó el Plan de Barranquilla. Havel no sollozaba por los horrores del comunismo checo. Se reunía con su equipo en bosques helados alrededor de Praga para ver cómo reabrían espacios democráticos. Ni pasaba la vida como un pavorreal diciendo que nada lo doblegaba. Sencillamente no se doblegaba (y era útil).

@CarlosRaulHer

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Javier Marías

Entre sus muchos viajes y mis largas ausencias, hace tiempo que no veo a Pérez-Reverte, así que a finales de octubre hablamos por teléfono un poco con nuestros respectivos “pre-móviles”, dos antiguallas que no hacen fotos ni graban ni tienen Internet ni nada. El suyo es muy turbio, nos oíamos fatal y no nos dio tiempo más que a cruzar unas frases. Eran las fechas en que se iba a consumar la entronización de un tercer Trump en el mundo, un cabestro brasileño llamado Bolsonaro (el segundo ha sido Salvini en Italia, aunque hay que reconocer que de allí salió en realidad el ídolo y modelo de Trump, Berlusconi, que hoy, por comparación con sus émulos, parece un tipo sutil y respetuoso).

En fin, en vista de la deriva actual, Arturo me dijo: “Esto no hay quien lo aguante. Es hora de irse”, a lo que yo le contesté: “¿Adónde? Ya no hay a donde ir. Los que padecimos el franquismo teníamos muchas opciones, si las cosas se ponían muy crudas y debíamos imitar un día a los de generaciones anteriores: Francia, Inglaterra, Italia, México… Mira cómo están ahora esos países”. Y él me corrigió: “No, me refería a morirse. A gente como nosotros nos va tocando salir, sin ver más deterioro”. Mi reacción fue espontánea y algo cómica, supongo: “No, no lo veo conveniente ahora. Nos despediríamos con la sensación de dejarlo todo manga por hombro, hecho un desastre. No que nuestra presencia pueda mejorar nada, pero es triste dejar un mundo más desagradable e idiota del que nos encontramos, y eso que nacimos bajo una dictadura odiosa. Pero la gente normal era menos estúpida y más cordial y educada”.

No sé si se cortó la comunicación o si aplazamos el pequeño debate sobre cuándo nos convenía largarnos. Yo, después, le di vueltas por mi cuenta, y, claro está, hablo sólo por mí (lo mismo, cuando se publique esto, Pérez-Reverte se ha perdido en el mar con su barco, y siempre me quedaría la duda de si lo habría hecho a propósito; no lo creo, pero toco madera por si acaso). Mi argumento esbozado era este: es molesto abandonar el mundo cuando lo vemos convulso, irracional e idiotizado; hay que esperar a que se enderece un poco (siempre según nuestro subjetivo criterio), a que vuelvan el sentido del humor, la racionalidad y la tolerancia, a que la gente no esté tan enajenada como para votar a brutos ineptos que irán en contra de sus propios votantes suicidas. Hay que esperar a que las masas no sean tan manipulables ni se dejen engañar por autoritarios sin escrúpulos como Orbán, Erdogan, Putin, Maduro, Ortega, Le Pen, Duterte, Al Sisi, Salvini, Puigdemont, Torra. Ahora bien, pongamos que de aquí a un tiempo los ánimos se serenan y la perspicacia aumenta, la verdad vuelve a contar y la gente se hace menos fanática, fantasiosa y tribal de lo que lo es hoy en día. Que el mundo recobra cierta compostura, por decirlo anticuadamente. Al fin y al cabo, la historia se ha regido siempre por ciclos. ¿Convendría entonces marcharse? ¿Lo haríamos con más tranquilidad, con la sensación de que la casa está en orden? Quizá nos parecería también mal momento: ahora que estamos mejor, qué lástima no aprovechar este tiempo, no disfrutarlo.

Los vivos nos decimos a veces, al pensar en seres queridos que ya murieron: “Menos mal que se ahorraron esto, que no lo vieron. Es un consuelo que a este hecho luctuoso no asistieran, o a esta situación tan grave, o a los errores y tropelías de sus próximos”. Pero también nos decimos: “Qué pena que no vieran nacer o crecer a este niño, les habría alegrado la vida; o que no presenciaran el éxito de su mujer o su marido o sus hijos, y tuvieran la incertidumbre eterna de qué iba a ser de ellos”. Y en todo caso los consideramos ingenuos, porque no alcanzaron a saber lo que sí hemos sabido los supervivientes. Esto es, porque inevitablemente creyeron que el mundo se quedaría fijo en el que abandonaron, y eso nunca sucede. Tal vez lo peor de morirse es no enterarse de cómo continúa la historia, como si al nacer se nos entregara una novela inacabada. La novela de la vida prosigue siempre, por lo que estamos condenados a ignorar cómo termina. Hay quienes piensan que termina con nuestro término, distinto para cada individuo. Nos consta que no es así, sin embargo. Que todo sigue, sólo que sin nosotros, y que nuestro final no significa el de nada ni el de nadie más. Me pregunto si la única manera de ver “conveniente” la propia despedida, o de estar conforme, es llegar al máximo desinterés, o al máximo desagrado, o hastío, por el mundo en que vivimos. Acaso es lo que expresó Pérez-Reverte en nuestra entrecortada charla: “Esto está inaguantable. Mejor llevarse un buen recuerdo; o, si no bueno, aceptable. Puesto que hemos visto mejores tiempos, no da tanta pena desertar de uno imbecilizado y despreciable”. Y no obstante, como he contado otras veces, a mí me aqueja la dolencia de los fantasmas (de los literarios, esa gran y fecunda estirpe): son seres que se resisten a perderlo todo de vista; que no sólo se preocupan por quienes dejaron atrás y su suerte, sino que tratan de influir desde su bruma, de favorecer a sus amigos y perjudicar a sus enemigos; o a los que, según su opinión que ya no cuenta, hacen más llevadero el mundo o lo envilecen. 

17 de noviembre de 2018

El País

https://elpais.com/elpais/2018/11/13/eps/1542108137_498728.html

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El comentario de la semana

Aragua en Red consecuente con la que ha sido su posición desde su constitución como plataforma de encuentro de diversas organizaciones políticas no partidistas de la sociedad civil (2011), ha decidido participar en el Congreso Venezuela Libre en su expresión local, tratando de contribuir al logro de la UNIDAD indispensable para el comienzo del transitar de regreso a la institucionalidad democrática perdida, pérdida esta que comenzó hace mucho mas de los 20 años del régimen actual, pero que durante el mismo ha alcanzado proporciones que fueron inimaginables para la mayoría de los venezolanos.

Con esta participación deseamos abonar al encuentro de las diversas posiciones que hoy hacen frente al régimen, algunas notoriamente ausentes en este evento, reconociéndolas a todas en sus particularidades, resaltando la importancia de la diversidad como factor indispensable de la democracia, pero a la vez enfatizando la necesidad imperiosa de definir claramente cuál es ese país que todos decimos querer y que para nosotros va mucho más allá de sustituir un gobierno por otro para que todo siga siendo como siempre.

Queremos dejar claro que creemos indispensable el cambio del régimen lo más inmediatamente posible, utilizando para ello todos los recursos constitucionales a nuestro alcance, sin exclusión a priori de ninguno, rescatando el valor del ejercicio de la política y del papel fundamental que en ella juegan los partidos, pero reclamando con no menos contundencia que la responsabilidad no les es exclusiva y que al final, la gente convenientemente informada y verdaderamente consultada es a la que le toca decidir su futuro.

En consecuencia y como ya hemos dicho en otras oportunidades, nuestra intención tiene dos líneas claramente definidas, la primera, el aporte de estas ideas para la discusión y la segunda, sembrar entre los aragüeños la costumbre de “saber para dónde vamos” y ello supone la participación ciudadana y el respeto a los planes, una vez asumidos por todos, que a mediano y largo plazo desarrollen integralmente al estado.

Estos planes, amparados en un marco de respeto irrestricto a los principios de libertad y justicia inherentes a la democracia, deben tener como objetivo fundamental el desarrollo sustentable de la sociedad aragüeña, desarrollo éste orientado por criterios de equidad social, respeto al ambiente que nos acoge y garantías para la inversión económica pública y privada.

Su ejecución debe adelantarse mediante la descentralización, proceso que había venido manifestándose en Venezuela con pasos de avance tímidos y graduales, que creíamos irreversible dentro del sistema democrático, pero que hoy se encuentra, no solo detenido, sino abiertamente amenazado, más allá de lo legal y conceptual, por la desconfianza y el temor de los gobiernos a las expresiones locales, tanto en su capacidad de contribuir a la definición de un futuro nacional común, como para tomar aquellas decisiones que afectan directamente a sus comunidades.

La descentralización obliga a preparar estructuras, planes, programas, presupuestos y sobre todo mentalidades, para el momento en el que se tenga que asumir a plenitud las responsabilidades de ejecución que derivarán de su definitiva instauración.

Esta descentralización para poder ser efectiva y eficiente demanda:

  • Fortalecimiento de las capacidades humanas existentes
  • La construcción de un acuerdo mínimo para impulsar la legislación que permitirá que la descentralización llegue al país y a Aragua para quedarse y profundizarse.
  • Ampliación del espacio de actuación de la sociedad organizada, creando un impulso permanente para una mejor y mayor participación del ciudadano.
  • Incorporación de nuevos actores a la toma de decisiones.
  • Establecer redes de vinculación social de manera de garantizar el rápido flujo de la información y su oportuna incorporación a la toma decisiones.

La visión compartida de una situación futura deseable, en este caso la de Aragua, sin perder de vista lo que queremos para el país como un todo, requiere procesos de discusión y consulta, los cuales nunca se pueden considerar definitivos, ya que las realidades van cambiando, al igual que lo hacen las expectativas de la gente.

Aragua en Red tiene el compromiso de contribuir a la construcción de dicha visión y persiguiendo ese propósito hoy postulamos nuevamente y de una manera muy apretada la siguiente:

Visión del Estado Aragua que queremos. De TODOS y para TODOS

(Lo deseable)

Un estado desarrollado por y para los ciudadanos, gestionado mediante el ejercicio transparente de la política, dotado de unos poderes públicos descentralizados e independientes, en el que están garantizadas la seguridad jurídica, personal y social integral, con una fuerza armada democrática no deliberante y unos medios de comunicación al servicio de la comunidad,

(Lo requerido)

para el logro del cual es indispensable una educación gratuita y de la más alta calidad, un sistema de salud integrado y centrado en la prevención, garantías para el desenvolvimiento físico y creativo de la gente, un ambiente natural utilizado racionalmente y oportunidades para la generación, adaptación y adopción de conocimientos,

(Lo que lo sostiene)

sustentado por actividades productivas cónsonas con las posibilidades y potencialidades existentes en las diferentes regiones que conforman la geografía de Aragua.

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La universidad tiene una larga historia en el campo educativo y el desarrollo de las naciones, sus orígenes se remontan hasta el siglo XII, en la Europa medieval. En Bolonia (Italia, 1808) se funda oficialmente la que se considera la primera universidad propiamente dicha. Desde Europa se extendieron estos centros de altos estudios al resto del mundo.

Las universidades de la actualidad han evolucionado mucho desde sus orígenes, no solo se dedican a la docencia, a enseñar; también son centros de investigación para crear nuevos conocimientos y de difusión de sus logros; estas son las tres bases institucionales de la función social de la universidad.

La docencia es la función que se relaciona directamente con la enseñanza, con la transmisión de conocimientos; imprescindible para la obtención de un título profesional. Se nutre del conocimiento universal. La libertad de cátedra es fundamental para el ejercicio de la docencia universitaria; es el derecho que se le otorga a las universidades de diseñar los objetivos y contenidos de sus materias o asignaturas sin imposiciones externas.

La investigación en la universidad se basa en la capacidad de producir conocimientos sobre temas sociales, económicos, científicos, etc. En la actualidad no se concibe la universidad sin investigación. Los trabajos de investigación y las publicaciones que generan en revistas especializadas, se emplean como mecanismos de ascenso en el escalafón universitario; así como para trabajos de grado y tesis de postgrado.

La extensión universitaria, apoyándose en la docencia e investigación, ejecuta proyectos que relacionan a la universidad con el entorno en que se desenvuelven sus actividades, para promocionar la cultural en la población y ayudar a dar orientación y soluciones respecto a los problemas que afronta la comunidad.

Como consecuencia de sus atribuciones, se considera como función social directa y muy específica de la universidad, la de formar profesionales altamente calificados; por lo cual educa a sus estudiantes para desarrollar la capacidad analítica y el pensamiento crítico, para que sean capaces de entender e interpretar su medio, es decir, su entorno social, económico y político, para ejercer como profesionales idóneos.

Un sistema educativo de excelencia, con un sector universitario de calidad, destaca entre los factores que han tenido gran influencia en el desarrollo evolutivo y prosperidad de las naciones. La universidad constituye una alternativa para promover el mejoramiento del nivel socioeconómico del individuo en la sociedad. Es un instrumento para impulsar el bienestar del ser humano mediante el conocimiento y el fortalecimiento de principios y valores. A nivel individual, una carrera universitaria incrementa notablemente las oportunidades de empleos de calidad, por lo que representa una inversión a futuro.

Es necesario aquí hacer referencia a la importancia de la autonomía en las universidades públicas; éste es un principio jurídico de independencia que se remonta a las antiguas universidades europeas. En Venezuela, el artículo 109 de la Constitución Nacional consagra la vigencia de la autonomía universitaria. Ésta permite a profesores, estudiantes y egresados conformar un cogobierno, para establecer sus propias normas de funcionamiento, en lo administrativo y financiero, así como para el cumplimiento de sus funciones de docencia, investigación y extensión. Sin intervención directa del Estado ni injerencias externas; como los intereses político partidistas o de grupos ideológicos y de poder, que podrían tergiversar los fines y funciones de la universidad. Sin embargo, las universidades llamadas experimentales no gozan legalmente de este beneficio, lo cual las hace particularmente vulnerables a presiones y manejos indebidos por parte del gobierno nacional, sea éste cual fuere, como de hecho ha sucedido.

Resulta inadmisible comprometer la responsabilidad social a la que está destinada la universidad, cuando se pretende utilizarla anteponiendo los intereses de grupos de presión económica o de ideologías políticas, para la politización y manipulación de la enseñanza, con la intención de ponerla al servicio de intereses mezquinos. En la universidad debe privar la libertad de cátedra y la autonomía universitaria, sin desviaciones a favor de posiciones políticas o económicas.

Profesor UCV

felipeedmundo@gmail.com

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Alberto Hernández

Crónicas del Olvido

El derrumbe de la conciencia ciudadana, la depresión causada por algún desastre en el corazón de una democracia, son motivos para que los pueblos aborten su tranquilidad y le abran las puertas a la violencia. Muchos han sido los ensayos escritos acerca de asuntos donde los extremismos logran encontrarse en la misma trinchera.

George Steiner llegó a preguntarse sobre esa tragedia llamada nazismo y que Gelman cita desde su dolor argentino: “¿Por qué las tradiciones humanistas y los modelos de conducta (se refería a Europa) resultaron una barrera tan frágil contra la bestialidad política? En realidad, ¿eran una barrera? ¿O es más realista percibir en la cultura humanística expresas solicitaciones de gobiernos autoritarios y crueldad”. Sin querer rozar las comparaciones, la vista es clara cuando hablamos de esta América Latina sumida en los desencuentros, más cuando se trata de deslaves anímicos fundados en la venganza. Nuestro continente no ha logrado despojarse de dos fijaciones: 1) la cuenta por cobrar a Europa, que aún libera adrenalina en alguna sociopatía degenerativa, y 2) la factura que Estados Unidos no ha logrado arreglar con su patio trasero. Es decir, mientras Europa dejó la semilla de una herencia, Estados Unidos recoge los frutos de las riquezas que los españoles o portugueses no supieron mantener para ellos. Estos dos frentes conforman la permanente angustia histórica que hoy, en esta Venezuela dislocada por el pasado, verifica la redención nunca bien vista por la lógica de cierta sociología. Somos un problema: la catástrofe siempre está a punto de tocar a nuestra puerta.

II

La pregunta de Steiner entra en la “bestialidad política” que asoma a cada vuelta de reloj en nuestros fundados miedos. Al parecer, a la hora de cometerse abusos, los pueblos son de la misma nacionalidad. El rasero del horror nos coloca al lado de las mentes más perversas. La irracionalidad toma cuerpo en medio del almuerzo. Responder a estos aquelarres es tarea difícil. Para el poder no existe la dificultad en el adobo de justificaciones. Somos historia, hueso y músculo de los antojos de quienes se consideran salvadores de sociedades que aspiran a resarcirse del pasado. Con ese sólo deseo, hacen de una nación una catarsis: la catástrofe como retórica sienta su reino en la conciencia colectiva.

¿Cuántas preguntas son necesarias para olvidar, por ejemplo, la tragedia de Chile o las muchas matanzas que han quedado marcadas en la memoria de un continente cuya independencia sigue siendo una pesadilla? Mientras sigamos instalados en esta premisa, seremos esclavos de nosotros mismos, del atavismo más radical. Del sufragio de la desesperanza.

En esta América que sigue siendo sueño de pertenencia, la imagen de la catástrofe es un fenómeno cultural. En nuestros genes habita cómodamente. Si dejamos que esta “costumbre” siga arraigándose sin control, seremos terreno fértil para que los profetas y carismáticos escriban otra historia. La historia del dolor.

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Luis Ugalde

Necesitamos concentrarnos en dos o tres razones que expresen el sentir profundo de los venezolanos, unirnos y movilizarnos para producir la salida del régimen dictatorial e impedir su continuidad con otro período presidencial ilegítimo. Movilizados con la esperanza activa de vida libre, justa y democrática en Venezuela. El cambio no vendrá ni de la pasividad ni de grupos y grupitos de pequeños intereses que acentúan sus diferencias del resto y –para regocijo del gobierno– impiden una unidad superior indispensable para salvar a esta Venezuela que se nos muere. Proponemos tres razones que se refuerzan y constituyen una unidad superior.

1- No a la dictadura que fabrica miseria.

No importa de dónde venga cada uno, sino a dónde quiere ir; lo fundamental es la indignación y capacidad de reconocer que es totalmente inaceptable la actual hiperinflación, el envilecimiento del salario, la ruina de la producción y productividad, el colapso de los servicios públicos, de salud, agua, gas, electricidad, transporte, seguridad, educación… Carestía y hambre sin comida, enfermedad sin medicamentos y colapso político sin voluntad de corregirlo. Políticas gubernamentales que han convertido a Venezuela en una nación de muerte, de la que han huido 3 millones de compatriotas. Cambiar estas políticas es el clamor sordo de la inmensa mayoría sin distingos políticos. Unidos contra la fábrica de miseria nacional.

2- No a la violación de la Constitución.

La gran mayoría de los venezolanos rechaza la sistemática violación de la Constitución y ahora la decisión tiránica no solo de violarla sino de cambiarla por una antidemocrática –al modo de todos los regímenes comunistas en el poder– que lo legitime y le permita perpetuarse eliminando toda oposición y alternancia legal.

3- No a la ilegítima prolongación de la tiranía el 10 de enero de 2019.

El período para el que fue elegido Maduro termina para esa fecha. El régimen inventó una votación tramposa para eliminar la elección constitucional de fines de 2018 para el nuevo período presidencial (2019-25); para lograrlo impuso una asamblea nacional constituyente por encima de todos los poderes constitucionales y anuló la Asamblea Nacional legítimamente elegida. Por eso la mayoría del pueblo venezolano se negó a esa falsa elección de mayo, trampa que también fue repudiada por los países democráticos del mundo.

4- Sí a la movilización integral para la salida y elección democrática.

Ahora tenemos el gran reto de convertir esas tres negaciones en una movilización nacional múltiple y que la resistencia nacional e internacional se dé la mano en lo fundamental, sin dividirse ni distraerse en diferencias secundarias.

El régimen venezolano-cubano está decidido a no cambiar el modelo aferrado a políticas económicas que producen la actual agonía creciente; para ello utiliza la Fuerza Armada y la represión. Los venezolanos sabemos que cada día que pase la situación empeorará, porque la tiranía está empeñada en negar la enfermedad e imponer como medicina lo que es su causa.

No hacen falta ni siquiera encuestas para saber que la inmensa mayoría de los venezolanos sufre y está desesperada por salir de este infierno. Solo falta un poco de humildad en los dirigentes políticos y sociales para decir juntos un No rotundo a la prolongación de la dictadura y trazar una ruta clara y fácil de entender para el cambio de modelo, la defensa de la Constitución y la no prolongación el 10 de enero. En positivo defendemos las medidas básicas de cambio socioeconómico (freno radical a la hiperinflación, refuerzo del poder adquisitivo salarial, reducción y refinanciamiento de la inmensa deuda externa, fomento de la producción nacional con garantías jurídicas y fuerte inversión privada, privatización de las empresas estatizadas cuya ruina desangra al país, junto con el rescate y saneamiento de las instituciones y servicios públicos, hoy destruidos por la ineptitud y la corrupción).

Sabemos que este cambio lo tenemos que hacer los venezolanos con un espíritu de unión, de reconciliación y de reconstrucción propios de un renacer nacional, como ocurre después de guerras o de inmensas catástrofes. En esa negociación y transformación del país juegan un importante papel quienes creyeron en el “proceso” y hoy reconocen honestamente el desastre que ha producido, y ahora tienen voluntad de cambio. Pero nada de esto se puede hacer sin un extraordinario apoyo internacional que no podrá actuar mientras no aprecie una unidad nacional superior con una ruta clara. Desde luego, ese apoyo no lo atraerá la actual dictadura que cínicamente habla de diálogo mientras persigue sistemáticamente a la oposición, ilegaliza los partidos y persigue a sus líderes con cárcel y exilio. El apoyo externo, la calle movilizada y la sociedad organizada y sus partidos deben unirse en este “tres en uno”.

Ciertamente, la negociación es necesaria, no para prolongar la agonía, sino con presión fuerte para salir del régimen ayudándole a hacer las maletas y para rescatar la vida económico-social, con plena vigencia de la Constitución legítima y un gobierno nuevo de transición con unas elecciones democráticas y constitucionales en 2019.

16 de noviembre de 2018

El Nacional

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/tres-uno_259877

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