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Opinión

Carlos Raúl Hernández

Con Clinton y Gore se profundizó un dogma norteamericano, el salto quántico, el cultivo masivo del STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) que sin demoras había asumido el “socialismo de mercado” chino. Pero su papel de hegemón, “la lucha contra el terrorismo” y la geopolítica hicieron que EEUU se involucrara sistemáticamente en costosísimas guerras y distrajera su rumbo del STEM, que le había dado el triunfo sobre Japón y la URSS sin derramar sangre. Hay maravillosas creaciones de la literatura ucrónica, utópica, o distópica, películas, novelas y relatos conforme “lo que hubiera podido ser de no haber sido lo que fue”, la fantasía contrafáctica, pero no tiene sentido deducir conclusiones analíticas o prácticas de esas especulaciones literarias.

Sería un divertimento de la imaginación, como aquella interesante novela cyber-punk llevada al cine, El hombre en el castillo, de Phillip K. Dick, que cuenta como la muerte de Roosevelt impide la entrada de los EE. UU en la segunda Guerra Mundial, Hitler la gana y Estados Unidos cae bajo el dominio nazi. El autor es muy conocido porque otra de sus obras inspiró la hoy cuarentona y cada vez más sexy Blade runner de Ridley Scott. Es literario e interesantísimo desde el punto de vista de la imaginación derivar hipotéticas situaciones presentes de lo que no fue, pero muy tonto extraer consecuencias prácticas. Hay que analizar los acontecimientos según ocurren, como la actual guerra ruso-ucraniana, los errores cometidos a granel y las trágicas secuelas de acuerdo con las tendencias palpables, hoy cuando todo está en desarrollo. Para esos efectos sirven, si es que sirven para algo, la geopolítica y la política.

Las plañideras profesionales y emocionales encubren sus escandalosas inutilidad, ingenuidad, ignorancia de la realidad y carencia de materia gris detrás de la invocación ritual a “los principios” y para conviene repetir que la invasión a Ucrania viola la soberanía, sobre la que se basa el equilibrio mundial entre estados nacionales (cuenta Jardier Poncela, que a raíz de la guerra civil, un par de músicos defectuosos andaba de aldea en aldea maltratando sus guitarras para medio comer. Cuando la audiencia empezaba a pitarlos, uno de ellos se levantaba al grito de “!Viva España!”, y terminaba el inconveniente. Tan cierto como eso, es que no hay nada más estúpido, inhumano, criminal, esconderse detrás de la soberanía para prolongar la destrucción de Ucrania con el ilusorio fin de arruinar la economía rusa, sobre todo cuando los resultados indican que lo que ocurre en las narices de los líderes mundiales es todo lo contrario.

Las democracias europeas saben los estragos que produce la guerra en ellas mismas, mientras Rusia continúa y simplemente cambia sus clientes para el petróleo, el gas y los minerales, como respuesta a los planes contra ella. China incrementó en 50% su compra de energía rusa, la India las triplicó, y hablamos de un bloque económico de 3000 millones de personas, aunque Europa ahora le compra escondido. Desde que comenzó la guerra, Rusia ha recibido 150.000 millones de dólares, que se multiplicarán en la medida que sigan las hostilidades, la energía rusa continúe su escalada de precios y la economía mundial se despedace. Los organismos multilaterales gritan desesperados que avanzan crisis alimentarias graves (por no decir hambrunas) en Centroamérica, Kenia, Etiopía, Africa Central, Etiopía, Cuerno de Africa, Sudan, Yemén, el Sahel ¿será la destrucción indiscriminada el costo a pagar por defender los “principios democráticos”?

Ucrania no tiene capacidad para derrotar a Rusia, y debería surgir con urgencia un movimiento mundial por la paz, pero solo parece verlo el Papa Francisco, menos sagaz en Nicaragua. Los ejércitos de la noche, la monumental novela de Norman Mailer, recuerda el papel del pacifismo en la opinión pública de los EEUU contra la guerra de Vietnam. El 21 de octubre de 1967 se reunieron miles y miles de personas frente al Pentágono, encabezadas por Mailer, Allen Ginsberg, Timothy Leary, entre otros, con la propuesta hippy de hacer levitar el edificio cien metros sobre el piso con los militares dentro. El “plantón” conmovió al mundo, Mailer escribe su libro inmortal y al final de la intensa campaña, los EEUU se salió. Los países democráticos saben que está en cuestión el futuro de Ucrania, pero eso no les importa mucho con tal de dañar la economía rusa, el objetivo declarado.

Prolongar el conflicto solo ensangrenta el desenlace. Se sigue alentando la guerra porque los muertos son ucranianos y no de las potencias, que no participarán directamente porque sería la tercera guerra mundial. Los avances civilizacionales construidos retroceden. La desmilitarización, hasta hace poco un “valor democrático” europeo, cede el paso al armamentismo que ahora se le exige a Alemania y Japón, algo inédito desde la segunda guerra. El gas licuado es más caro y doblemente contaminante que el que vienen por tubos y se tiende a regresar al carbón, hasta hace poco execrado. El Nuevo Orden Mundial que saldrá de esta guerra, con ejes relativos en EEUU, China, Rusia India, Indonesia, Suráfrica, Brasil, Japón, México, Irán y Latinoamérica, cada con sus propios pasos, será incierto.

@CarlosRaulHer

 4 min


Trino Márquez

En medio de la embriaguez que le produjo a Hugo Chávez el aumento intempestivo y, luego, sostenido de los precios del petróleo durante la primera década de su gobierno, el Comandante se imaginó que podía tratar las empresas extranjeras con la misma arrogancia que trataba a las desamparadas industrias nacionales expropiadas o confiscadas cuando, atacado por la fiebre estatizadora, decidió acabar con la propiedad privada y construir el socialismo petrolero, identificado con el empalagoso nombre de socialismo del siglo XXI. Se equivocó de plano. En Venezuela, Chávez eliminó el Estado de derecho y sometió al Poder Judicial, empezando por el Tribunal Supremo, a sus caprichos. Pero, no ocurrió lo mismo en el resto del mundo democrático.

En Estados Unidos, los tribunales se encargan de resguardar los derechos de propiedad, fundamento de la economía de mercado. En virtud de ese principio, en días pasados un tribunal de Washington ratificó una sentencia de 2019 que obliga al Estado venezolano a pagarle a ConocoPhillips 8.700 millones de dólares. En 2007, Chávez se apropió de Petrozuata, Hamaca y Corocoro, tres activos clave de la petrolera norteamericana, sin acordar con sus directivos una indemnización que satisficiera a la compañía. Desde esa época comenzó un litigio entre Conoco y el régimen venezolano, que por ahora está saldándose con la penalidad anunciada en Washington.

El despropósito contra ConocoPhillips hay que incluirlo en la larga lista de desatinos provocados por la furia estatizadora de Hugo Chávez y la corte de seguidores que le aplaudían sus desafueros. De acuerdo con los datos del Observatorio de Propiedad de Cedice, al menos 1.359 empresas pasaron del sector privado a manos del Estado mediante confiscaciones o expropiación. El régimen habla de nacionalización, como si esos activos hubiesen pasado a formar parte del patrimonio nacional. En realidad, esos bienes son parte del botín del Gobierno, que ha hecho con ellos lo que ha querido, entre otras cosas, nombrar como presidentes, gerentes o administradores, a un contingente de militares activos y retirados sin ningún tipo de conocimiento en el manejo de esas unidades, pero que sirven par abultar la clientela de incondicionales.

La inexperiencia y la ineficacia, combinada con una buena dosis de corrupción, han llevado a la parálisis o la quiebra a la inmensa mayoría de las empresas que cayeron en la garras del gobierno chavista, primero, y luego, madurista. En una lista muy corta hay que incluir, en primero lugar, a Pdvsa. Es cierto que la petrolera nunca ha sido privada y, por lo tanto, en su caso no puede hablarse de estatización. Sin embargo, la destrucción apocalíptica que ha sufrido obliga a incluirla en el inventario de calamidades provocadas por el estatismo del régimen. Continúan las empresas de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) -algunas de las cuales fueron reestatizadas, por ejemplo Sidor-, hoy en la ruina. Lo mismo sucedió con la Cantv y Movilnet. Le siguen las industrias de aceite, plástico, cemento, hoteles, haciendas, hatos y fundos. El Sambil de La Candelaria se transformó en un inmenso testimonio del desastre que el gobierno chavista es capaz de causar cuando se apropia de un bien privado. En el mismo plano puede colocarse Agroisleña, convertida en un despojo por Agropatria. De la devastación no se salvó ni el Metro de Caracas, siempre gerenciado por el Estado, pero ejemplo continental y mundial de lo que era una gerencia pública eficiente, meritocrática, comprometida con el servicio a los ciudadanos.

La gran mayoría de las unidades productivas, comercios y empresas de diferentes tipos que antes de su estatización producían ganancias a sus propietarios y cancelaban impuestos nacionales, estatales y municipales, pasaron a generar cuantiosas pérdidas y a ser subsidiadas por el Gobierno nacional, a expensas de severos recortes del gasto en educación, salud, servicios públicos, seguridad social e inversión en infraestructura. La escasez, el desabastecimiento, la hiperinflación y otras calamidades que los venezolanos hemos vivido, atenuadas solo un poco a parte de 2021, son consecuencia de ese modelo estatista irresponsable y dispendioso con el cual Chávez y sus seguidores, entre ellos Nicolás Maduro, intentaron vender la revolución socialista bolivariana.

Durante los años recientes, Maduro recogió velas. Detuvo las expropiaciones y confiscaciones. Devolvió el Sambil de la Candelaria a sus legítimos dueños. Incluso, la Ley Antibloqueo y la de Zonas Especiales abre las posibilidades para la inversión privada foránea y nacional. Está llegando a acuerdos con empresarios nacionales, sugiere la privatización de activos estatizados e insiste en que los derechos de propiedad serán respetados. Veremos.

Por ahora, sobre la Nación y todos los venezolanos pesa el atropello cometido por Chávez contra ConocoPhillips. Abuso que le podría costar al país perder Citgo, pues con algún activo habrá que resarcir a la empresa norteamericana. Llevamos más de dos décadas viendo cómo las gracias del régimen se convierten en morisquetas.

@trinomarquezc

 3 min


Beatriz De Majo

Las buenas intenciones de Nicolás Maduro y Gustavo Petro se toparán con una empinadísima cuesta cuando intenten restablecer las relaciones bilaterales suspendidas por el cierre de la frontera desde el año 2015. A los dos embajadores les tocará enderezar una buena cantidad de entuertos para poder mostrar éxitos cuantificables en el terreno de lo económico y comercial y, en el escenario de lo político, existe una ristra de escollos de mucha mayor de envergadura que superar para poder hablar de una binacionalidad eficiente.

Es preciso partir del supuesto que dos países fronterizos como Colombia y Venezuela tienen mucho que ganar si consiguen sumar sus potencialidades en el terreno de lo económico, si alcanzan a desarrollar complementariedades y construir fortalezas entre ellos, si logran presentarse como un mercado único de cara a terceros países.

Escuchar a los ministros e incluso a los gremios de empresarios asegurar que Venezuela y Colombia alcanzarán en breve plazo instaurar un comercio binacional del orden de los 2.000 millones de dólares resulta quimérico, por decir lo menos. ¿Cómo, con cuales rubros se construye este volumen de intercambios? No existe correspondencia alguna entre las cifras de comercio de importación y exportación de las dos partes. No existen mecanismos de pago ni de financiamiento para sustentar operaciones de comercio binacionales, ni una política cambiaria que favorezca, en el lado venezolano, las operaciones con Colombia. Pero además de ello, la política de gravámenes arancelarios venezolana lo que puede producir es un importante contrabando de extracción si la frontera se abriera mañana de manera libre.

¿Pueden Venezuela y Colombia aspirar a atraer inversiones externas para cubrir el mercado binacional dentro de un escenario como el anterior? Es bueno pasearse por el hecho de que los regímenes normativos para las inversiones en cada país atienden hoy a intereses incompatibles…

Lo anterior es válido para la variable de interacción comercia y económica entre los dos países. Pero si nos acercamos a cada uno de los otros sectores en juego dentro de la instauración de una relación sana, todo tipo de obstáculos juegan en contra de una integración fácil e inmediata. Estos escollos son protuberantes en lo atinente al drama migratorio, a la cooperación militar, a las políticas de energía y ambientales, a las actividades mineras y extractivas, a los asuntos de seguridad ciudadana, al tránsito fronterizo.

Ni qué decir del macroproyecto de Gustavo Petro de la negociación de un Acuerdo de Paz cuyos principales actores y negociadores se encuentran protegidos bajo la férula del régimen venezolano.

Nada es más deseable que los dos países podamos retornar a escenarios como los ya vividos en los que el eje colombo venezolano era la zona de mayores y mejores interacciones del Continente con beneficios cuantiosos para ambos lados.

Un abismo colosal nos separa en todos los terrenos a esta hora, y aunque celebramos la disposición del nuevo mandatario de Colombia de desandar lo andado para acortar esta distancia que se ha instalado entre las dos naciones, lo propio es mirar este propósito con ojos objetivos, medir el tamaño y la complejidad del reto y trazar una ruta desapasionada de acciones para irnos acercando pausadamente y de manera constructiva y para ir tejiendo, paso a paso, una interacción sólida y estable.

Queda mucha tela por cortar para hacerlo posible. La sola expresión de voluntad no basta. Las manifestaciones de intención son útiles para crear un ambiente proclive al cambio, pero los excesos en las expectativas solo conducen al desaliento.

 2 min


Ismael Pérez Vigil

La desesperanza ronda por el país; en foros, artículos de prensa y encuentros entre ciudadanos; ronda como mal, como política, como motivo de preocupación de analistas diversos y de la propia población. Imposible, entonces, no sucumbir a la necesidad de tratar el tema, pero al menos no caeré en la tentación de comentarlo como un tratado psicológico, baste con verlo en su connotación política.

En algunas ocasiones la palabra aparece sola −o alguno de sus seudónimos, como indefensión−, sin mayores calificativos, pero otras veces se escucha tras de ella el vocablo: “inducida” o “aprendida”, para crear así una frase terrible, que muchos asimilan a la acción del gobierno, a la estrategia que desarrolla el gobierno bien tejida –en un “juego crónico … de sembrar desesperanza”, como viene diciendo Ángel Oropeza hace varios meses y reitera la semana pasada en: Aprendiendo cómo se derrota al gobierno, (El Nacional, agosto 18, 2022); y se asimila a la reacción pasiva o autodestructiva, del pueblo, de la oposición, frente a esa acción del gobierno.

Algunos simplemente la dan por sentado, como si se tratara de una condición del “alma venezolana”, del “modo” de ser venezolano, o instalada como una fatalidad que solo desaparecerá cuando desparezca el régimen, todo él, por arte de magia, por “arte de un birlibirloque”, pues por lo general −salvo afirmar la enfermedad− los que así piensan, nada proponen para aliviarla.

El gobierno, permanentemente, ha desarrollado una estrategia de intimidación, para eternizarse en el poder; el mensaje es: “nada vayas a hacer, porque es inútil, somos demasiado poderosos… y si haces algo, sufrirás consecuencias: violencia, persecución, cárcel, exilio… o muerte”; y sobran los ejemplos para demostrar que eso es así. Al igual que la intimidación, la de exacerbar la “desesperanza” es también una deliberada estrategia del gobierno. El mensaje, al final, siempre es el mismo: “no vale la pena hacer nada… no se puede contra el régimen… vinieron a quedarse para siempre… no perdamos el tiempo”.

Fue así desde el principio del régimen −desde los albores del siglo XXI, con los prolegómenos de la “Lista Tascón”−, cuando Hugo Chávez Frías arremetía fieramente contra los procesos electorales y desprestigiaba el voto: “Nosotros sabemos cómo votas… no importa por quien votes, de todas maneras, nosotros vamos a ganar…Además, todos los políticos opositores son unos corruptos y sus partidos también”.

De allí pasaron a organizar elecciones fraudulentas, abusando del poder, utilizando los recursos del Estado, cambiando circuitos electorales, modificando fechas de elecciones, inhabilitando candidatos y partidos, alterando el registro electoral, impidiendo el voto a los venezolanos en el exterior, desconociendo resultados. Al gobierno, que controla con mano de hierro a un porcentaje de los votantes, hoy no menor al 15%, que cuenta con recursos para movilizarlos y desarrollar el clientelismo, siempre le ha convenido que la oposición se abstenga. Todo abona contra el voto y a favor de la “desesperanza”.

Pero ahora, tras la pandemia, todos estamos más familiarizados con los virus y entonces podemos decir que la propagación de la “desesperanza” por el gobierno es como la propagación de un virus, que va cambiando, mutando, que se hace resistente.

Aparecen nuevas modalidades, sin haber desaparecido las anteriores; así hoy estamos bajo los ataques y efectos de una nueva “cepa”, la cepa del “país que se arregló… del país que está cambiando…” y nos alientan a “estar atentos a los cambios que lleva adelante el gobierno…”; en efecto hay cambios y todo nos lo presentan como novedades y avances: unos bodegones por aquí, unos edificios lujosos por allá, costosos espectáculos públicos, dólares circulando, estanterías más llenas de productos, cambios en legislación, más tráfico en las vías, más gente en la calle, restaurantes y en los automercados, algunos de los migrantes que regresan y −ante una economía prácticamente muerta− hay un pequeño crecimiento que se ventila a los cuatro vientos.

Cómo no alegrarse de cualquier pequeña mejoría, como no celebrarla, hay que hacerlo, todo lo que mejore alguna condición de vida de los venezolanos, pero denunciando que no es suficiente que unos pocos, muy pocos, tengan acceso a ella, la situación del país sigue más o menos igual para el 80% o más de los venezolanos y no me perderé en describir que persisten los males que todos conocemos.

Lo que queremos es que todos los venezolanos tengan la oportunidad de mejorar y eso solo es posible con un cambio político a fondo, con un cambio de sistema, saliendo de este régimen de oprobio. Si no es así, si eso no ocurre, abonamos a su estrategia, al mensaje que apunta al mismo resultado final, solo que ahora es más sutil, más sofisticado −en el original sentido de la palabra−, falso; el mensaje ha variado muy poco: “para que hacer nada, es inútil… además, el país ya está cambiando… hay que adaptarse al cambio”

A éste se nos suma otro mal y es que −con las consecuencias de la pandemia que no cede, la guerra en Ucrania, una posible recesión mundial, las amenazas de China a Taiwán, el tormento ambiental y del clima que siguen, y muchas preocupaciones más−, al mundo parece que tampoco le importa ya tanto la tragedia venezolana, al menos no como hace dos o tres años; los países nos dicen: tenemos otros problemas graves que atender.

En el pasado los mensajes mudaban, pero en esencia eran: “Fíjate como cambiamos las fechas de votación, las condiciones y los circuitos”, “Y cuando no ganamos, como en el Edo, Bolívar en 2017, cambiamos los resultados”, “Recuerda la AN de 2015, si perdemos, la anulamos”, “A los diputados, les allanamos su inmunidad”, “A los opositores, personas o partidos, los inhabilitamos, como a la MUD, o se los entregamos a opositores dóciles”, “A quien se nos oponga irreductiblemente, lo metemos preso o lo forzamos al exilio”. Esos mensajes junto con la persecución a periodistas, líderes estudiantiles y políticos opositores, dieron su resultado: temor y contribuyeron a lo que llamamos “desesperanza”. La del país que se “arregló”, un tanto más sutil, es la nueva forma de inducir “desesperanza”, que viene a hacer compañía a las anteriores, cuyos mensajes no desaparecen, se complementan con los del “arreglo” del país.

Pero hay una cara más de la moneda, en la que no voy a abundar, apenas una referencia, y es que la “desesperanza” no solo se estimula desde el gobierno; un importante sector de la sociedad civil y algunos partidos lo hacen desde la oposición, con posiciones como, por ejemplo: “Para qué votar, si van a hacer trampa y siempre van a ganar ellos… y para qué negociar nada, además, no se negocia con bandidos…”

A la abstención de los indiferentes, que son legión desde 1998, sobrepasando el 30%, se le suma la de los abstencionistas ocasionales o estacionales, que salvo dejar de votar, no hacen nada, no emprenden ninguna acción, excepto insultar y recriminar a quienes votan o hablan de negociación, lanzando mensajes, algunos de estos voceros, estimulando supuestas invasiones, a las que nadie está dispuesto −ahora menos que nunca− o alentando rebeliones, estimuladas desde la seguridad que da estar a miles de kilómetros del país, que cuando se dan, parcialmente, son crudamente reprimidas.

No vale la pena comentar más al respecto o darles palestra a ideas que no lo merecen. Muy bien lo explica el ya citado Ángel Oropeza, cuando en otro artículo nos habló y describió a: “la generación tóxica de desesperanza que desde el gobierno y de otros sectores se siembra todos los días entre los venezolanos” (De vuelta a los principios, El Nacional, abril 28, 2022) Dejemos para otra ocasión como combatir la “desesperanza”, baste hoy con denunciarla, para estar conscientes de ella y no seguir estimulándola.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Guillermo Mendoza Dávila

Lo que pasó fue que experimentamos una significativa depreciación de nuestra moneda, de un 50% en los últimos 10 días. El pago del bono a los educadores montó a unos 1.500 millones de bolívares, equivalente a $200/$250 millones a la tasa de cambio vigente (según la mejor estimación, ya que no disponemos de cifras oficiales). Y no, no debemos culpar a los maestros por exigir el pago de su bono vacacional, un beneficio contractual. Tampoco la culpa es de las páginas digitales que reportan el cambio paralelo (“el termómetro no es el causante de la fiebre”).

La realidad es que en nuestro país la tasa de cambio libre responde a dos factores: cuántos bienes hay disponibles para comprar y cuántos bolívares hay disponibles para adquirirlos. Nótese que las divisas forman parte de esos bienes escasos que todos apetecemos.

En otras latitudes con monedas fuertes hay propensiones al ahorro mucho más altas que la nuestra (cuanto de nuestros ingresos ahorramos periódicamente). Si recordamos la época del 4.30, los venezolanos ahorrábamos en bolívares, en cuentas de ahorro, certificados de depósito y cédulas hipotecarias. Nuestra moneda era de las más estables del mundo, con poca inflación, respaldada por un proceso de industrialización y desarrollo sostenido, que permitía planificar y postergar el consumo.

Como referencia, a finales de los 70´s e inicios de los 80´s, la inflación en el país rondaba el 10% anual, por lo que el ciudadano común se permitía mantener parte de sus ingresos en la afamada libreta. Actualmente, en una economía sumamente contraída, con moneda muy blanda recién salida de la hiperinflación, una limitada oferta de bienes de producción nacional y poca capacidad de respuesta a estímulos repentinos, como lo es por ejemplo la inyección de Bs. 1.500 millones de un plumazo, la respuesta es un incremento inmediato en la demanda de los mismos artículos disponibles el día antes del depósito bancario al profesorado. Ergo, inflación o la subida inmediata del precio de todo, incluyendo la divisa (depreciación del bolívar).

Unos bonificados se volcaron a comprar divisas para preservar el valor de su prima, otros se fueron a comprar sus listas escolares, a reponer el celular y demás bienes de consumo como abastecer la despensa; con cero ahorros en Bs., tal y como se podía anticipar con facilidad.

Según la tesis de las expectativas racionales los agentes económicos (todos nosotros) formamos nuestras expectativas utilizando la información pasada y presente de la economía, por lo que anticipando la pérdida del valor de la moneda lo más aconsejable fue desprenderse de ella cuanto antes. A su vez, los comerciantes se pasaron la semana cambiando Bs. por dólares para pagar sus deudas, ya que los proveedores venden en moneda extranjera para garantizar la reposición de la mercancía y porque mucho de lo que se vende es de origen importado.

No hay vuelta de hoja. Desde los famosos controles cambiarios soviéticos, pasando por múltiples otros ejemplos hasta llegar a hoy, todo intento por dictar la tasa de cambio fracasa, dando pie al mercado negro (legal o ilegal), porque las divisas son bienes sujetos de la muy probada Ley de la oferta y la demanda. Si aumenta la demanda de un bien su precio sube. Al inyectar bolívares al sistema la cotización indefectiblemente aumentará porque aumenta su demanda. Más que obligar a transar a una determinada cotización oficial, el Estado debe recuperar la confianza de todos mediante las políticas macroeconómicas y jurídicas que promuevan la inversión y el crecimiento de nuestra producción nacional de bienes y servicios. En esa misma proporción aumentará la propensión al ahorro y la moneda se estabilizará. Al final del día, todos somos actores económicos y el primer elemento a considerar en cuanto a la conducta del colectivo es la confianza que se tenga en el sistema que respalda la moneda.

guillermomendozad@gmdconsultor.com

 3 min


Laureano Márquez

«¡Que no panda el cúnico!» El título de este escrito alude, solamente, a la magistral película de Chaplin. Fue estrenada en los Estados Unidos en 1940. Aunque para el momento ya se había consolidado el cine sonoro, Chaplin seguía haciendo cine mudo, porque temía que, al hablar un determinado idioma, su personaje perdiera toda su magia. El gran dictador es la primera película sonora de Chaplin y para ser su debut en el uso de la palabra, fue mucho lo que dijo. El brillante discurso final se prolonga durante casi cinco minutos en los cuales no hay un solo chiste, sino una profunda reflexión sobre lo que debe ser el destino humano en términos de libertad, tolerancia, progreso y democracia.

La película ofrece una parodia de Adolf Hitler (Hinkel), pero va más allá, aborda el tema de las dictaduras en general, a partir del nazismo y del fascismo, también el antisemitismo imperante en el momento. Ciertas «similitudes» existían entre el gran maestro del humor y el dictador alemán, el propio Chaplin lo reconoció cuando dijo que usaban el mismo bigote, además de haber nacido el mismo año. «Conozco bien a ese hombre, es capaz de cualquier cosa», dijo. Como la película se estrenó durante la guerra, al finalizar esta, Chaplin afirmó que, de haber conocido los horrores de los campos de concentración, no hubiese podido rodar su largometraje.

Esto nos lleva a una discusión que siempre es interesante: banaliza el humor las tragedias políticas al usarlas como fuente de parodia e inspiración o, por el contrario, subraya su crueldad y sus contradicciones para ayudarnos a tomar conciencia de ellas, para combatirlas y sobre todo prevenirlas.

En el caso de El gran dictador, es sin duda lo segundo. Chaplin muestra el patetismo de los dictadores. Lo genial es que, sin denigrar al ser humano, exhibe su desnudez moral, la ridiculez que se esconde detrás de su aparente solemnidad y sus delirios de grandeza, pero sobre todo su inhumanidad.

Al final, toda acción tiene un propósito y es eso lo que cuenta. A dónde conducen las palabras que se pronuncian, qué valores o antivalores defienden y propician, qué consecuencias tienen. Vale para el humor y para lo que decimos en nuestra vida cotidiana, los medios o las redes. Nada queda en el vació, toda palabra dicha queda resonando por siempre en los corazones a los que llega.

Escuchar, en estos tiempos, a personas aupar el legado de Adolfo Hitler, horroriza y asusta. Una de las cosas que nos enseña el trayecto vital del líder nazi es que hay que temerles a esos «loquitos» de apariencia inofensiva y hasta cómica, dueños de un discurso absurdo que parece que no va a llegar a ningún lado, porque pueden terminar convirtiéndose en los amos de nuestro destino y capitanes de nuestra esclavitud si bajamos la guardia de nuestras defensas espirituales y políticas. Sus palabras pueden transformarse en desolación y muerte.

La obra de Chaplin perdurará, como testimonio del humor puesto al servicio de la justicia, la democracia y la libertad, para desenmascarar a esos «loquitos» capaces de cualquier cosa y para recordarnos, desde el humor, que no debemos conjurar demonios, porque el Diablo siempre destruye, incluso a quien le sirve.

Laureano Márquez P. es humorista y politólogo, egresado de la UCV.

Twitter @laureanomar

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Keissy Bracho

El Centro para el Desarrollo Económico (Equilibrium CenDE) presentó este jueves los resultados de su segunda encuesta anual EquiExpress N° 2 sobre el perfil de la juventud venezolana. Algunos de los temas que fueron estudiados fue la percepción que tienen con respecto a los derechos humanos, las sanciones, la migración y cómo les afecta la situación económica.

La primera encuesta fue realizada en febrero y fue respondida por 1.437 personas, de las cuales 557 eran jóvenes entre 18 y 29 años (38,7%). La segunda fue ejecutada en abril y obtuvo la respuesta de 1.580 personas, 608 de ellos jóvenes de 18 a 29 años (38,5%).

Verónica Medina, coordinadora de investigación de Equilibrium, detalló que los jóvenes venezolanos, en edades comprendidas entre los 18 y 29 años, tienen una percepción dudosa sobre el respeto de los derechos humanos en el país y desconfían mayoritariamente del buen funcionamiento de las instancias públicas y privadas y de la sociedad civil en general.

“Los resultados demuestran con claridad una profunda desconexión y desencanto por parte de la juventud venezolana hacia el sector político del país, debido a lo cual más de la mitad (52%) se considera independientes políticamente, mientras que el 16% no sabe o no responde a la pregunta. Apenas el 3% de la juventud se identifica con el oficialismo, mientras que el 29% lo hace con la oposición”, es una de las conclusiones del estudio.

Dicha valoración negativa se hace evidente durante la evaluación que hacen los jóvenes de las instituciones del país. Medina detalló que las instancias peor valoradas en esta encuesta fueron el gobierno de Nicolás Maduro (83%), la policía (81%) y el gobierno interino de Juan Guaidó (75%).

“Tanto gobierno nacional como el interinato reciben prácticamente la misma connotación negativa, sin determinar si es justo o no. Pero los jóvenes les asigna la misma carga de valor negativa que es superior a 35%. Lo otro es que ninguna supera el 50% a favor, ni siquiera la Iglesia o la empresa privada, lo que otorga una situación de rechazo generalizada, entre actores públicos, privados y sociedad civil”, expresó

En cuanto a las instancias públicas, privadas y sociales, indicó que las mejores valoradas son las empresas privadas (49%), iglesias (35%) y las ONG (30%). «Las iglesias, históricamente, se apoderan del primer lugar siempre. Pero aquí han tenido un desplazamiento a favor de las empresas y esto tiene que ver con una sensación de mejoría económica, porque las empresas privadas pagan un mejor salario”.

¿Y los derechos humanos?

Al preguntarles a los jóvenes si se respetan los derechos humanos en el país, 35% respondió que medianamente, por lo que Medina dijo: “Piensan que capaz no saben mucho; así que vamos a decir que más o menos porque no lo tengo claro. Pero si agrupamos los subgrupos, vemos que 40% opina que no se respetan los derechos humanos en el país y 28% opina que sí».

Asimismo, 45% de los jóvenes encuestados considera que en los últimos cinco años se respetan menos los derechos humanos. «Esto contrasta con la idea de que el país ha mejorado, cuando los jóvenes consideran que sus derechos se han desmejorado”, indicó.

Medina agregó que, de acuerdo al estudio, los jóvenes tienen una percepción poco optimista del respeto y la defensa de los derechos humanos en el país, incluso de cara al futuro. Los tres derechos más vulnerados a juicio de los jóvenes son el derecho al trabajo y un salario digno, el derecho a la salud y el derecho a tener agua potable.

«El primero es obvio, por el poco acceso a empleo. Mientras que los menos vulnerados son el derecho a la vivienda, la justicia o juicio justo y la seguridad social. Pero, obviamente, estas respuestas varían mucho dependiendo del grupo etario encuestado”.

Entre la violación de derechos humanos a activistas de esta causa, 38% de los jóvenes consideran que no son respetados. «78% de los jóvenes están de acuerdo con que los organismos internacionales evalúen las políticas de derechos humanos en Venezuela. 79% considera que el Estado debería cumplir y acatar las decisiones que emanen de estos organismos. También, 72% de los jóvenes estuvo de acuerdo con que estas instancias evalúen e investiguen al Estado venezolano», expresó.

Sanciones contra Venezuela: ¿Sí o no?

Medina aseveró que 51% de la población aprueba que la comunidad internacional imponga sanciones a Venezuela, para promover los derechos humanos. En el caso de los jóvenes es el grupo etario que más está de acuerdo que se apliquen sanciones a Venezuela, con 54%. «Desde nuestra perspectiva consideramos que no es algo tan masivo, porque hicimos una pregunta si se quiere sesgada, la gente tiene recelo o dudas con respecto a esto».

La tendencia mayoritaria, según el estudio, es que la gente cree que las sanciones no han servido para nada: «En el caso específico de los jóvenes 45% considera que no ha servido para nada, mientras que otro 27% opina que han empeorado la situación. Del promedio general solo 10% considera que han mejorado la situación del país».

¿Se quieren ir del país?

Con respecto a la migración, Medina recordó que de acuerdo con lo informado por los organismos internacionales 6.13 millones de venezolanos han abandonado su país natal. «Alrededor de cinco solamente se encuentran en América Latina y el Caribe, por lo que pudimos registrar que casi un tercio de los hogares venezolanos tiene al menos a alguien que se quiere ir del país. De cada 10, tres tienen el deseo de abandonar el país en los próximos seis meses».

En relación a quiénes tienen planes concretos de irse, explicó que «en 2.2 millones de hogares, hay al menos una persona que desea migrar y al menos 1.3 millones de hogares tiene a alguien con planes concretos de irse. Es decir, que la intención de migrar sigue latente en muchos venezolanos, independientemente de que el país refleje alguna mejoría económica. Pero también es cierto que este deseo se ha desacelerado».

Apuntó que la desaceleración se debe a dos factores. «Esto es producto de la sensación de mejoría que hay en el país y el empeoramiento de los principales países de acogida. Estás naciones están pasando por crisis políticas y económicas que generan inestabilidad y está llevando a que la gente tenga menos intenciones de irse a estos lugares y también está generando la migración a un tercer país». Agregó que otros se están yendo para reunificar su familia que migró anteriormente.

Menos activos y participativos

Medina afirmó que los jóvenes conforman el grupo etario que menos participa en actividades relacionadas con la sociedad organizada. La donación y el apoyo como voluntarios son las maneras cómo suelen intervenir. “Esta idea de que los jóvenes son más activos y participativos lo que refleja es que no es cierto y que hay otro segmento que tiene un nivel de participación mayor”.

Durante el último año, 52% de los jóvenes ha participado de manera pasiva en las actividades de la sociedad organizada, bien sea donando, asistiendo puntualmente a las actividades o a través de las redes. “26% ha participado de manera mixta. Estos resultados son predecibles porque, en la medida que se le pide a la gente una participación que requiera mayor inversión de tiempo y esfuerzo, participa menos.

Otra realidad que reveló esta encuesta es que la mayoría de las personas desconocen a las organizaciones civiles. “Esto lo que te dice es que hay la necesidad de que las organizaciones divulguen la información sobre ellas, se hagan visibles», indicó Medina.

24 de agosto 2022

Hispanopost

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