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Opinión

Henry Kissinger

La discusión pública sobre Ucrania tiene que ver con la confrontación. Pero ¿sabemos adónde vamos? En mi vida he visto cuatro guerras comenzadas con gran entusiasmo y apoyo público, todas las cuales no supimos terminar y de tres de las cuales nos retiramos unilateralmente. La prueba de la política es cómo termina, no cómo comienza.

Con demasiada frecuencia, la cuestión de Ucrania se plantea como un enfrentamiento: si Ucrania se une al Este o al Oeste. Pero para que Ucrania sobreviva y prospere, no debe ser un puesto avanzado de ninguno de los lados contra el otro, debe funcionar como un puente entre ellos.

Rusia debe aceptar que tratar de forzar a Ucrania a convertirse en un satélite y, por lo tanto, mover las fronteras de Rusia nuevamente, condenaría a Moscú a repetir su historia de ciclos autocumplidos de presiones recíprocas con Europa y Estados Unidos.

Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca puede ser simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó Kievan-Rus. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos y sus historias estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando con la Batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, el medio de Rusia para proyectar poder en el Mediterráneo, tiene su base en arrendamiento a largo plazo en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia.

La Unión Europea debe reconocer que su morosidad burocrática y la subordinación del elemento estratégico a la política interna en la negociación de la relación de Ucrania con Europa contribuyeron a convertir una negociación en una crisis. La política exterior es el arte de establecer prioridades.

Los ucranianos son el elemento decisivo. Viven en un país con una historia compleja y una composición políglota. La parte occidental se incorporó a la Unión Soviética en 1939, cuando Stalin y Hitler se repartieron el botín. Crimea, el 60 por ciento de cuya población es rusa, pasó a formar parte de Ucrania recién en 1954, cuando Nikita Jruschov, ucraniano de nacimiento, la otorgó como parte de la celebración del tricentenario de un acuerdo ruso con los cosacos. Occidente es mayoritariamente católico; el este en gran parte ortodoxo ruso. Occidente habla ucraniano; Oriente habla principalmente ruso. Cualquier intento de un ala de Ucrania de dominar a la otra, como ha sido el patrón, conduciría eventualmente a una guerra civil o una ruptura. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hundiría durante décadas cualquier posibilidad de llevar a Rusia y Occidente, especialmente Rusia y Europa, a un sistema internacional cooperativo.

Ucrania ha sido independiente por solo 23 años; anteriormente había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde el siglo XIV. No es sorprendente que sus líderes no hayan aprendido el arte del compromiso, y menos aún de la perspectiva histórica. La política de la Ucrania posterior a la independencia demuestra claramente que la raíz del problema radica en los esfuerzos de los políticos ucranianos por imponer su voluntad en partes recalcitrantes del país, primero por una facción, luego por la otra. Esa es la esencia del conflicto entre Viktor Yanukovich y su principal rival política, Yulia Tymoshenko. Representan las dos alas de Ucrania y no han estado dispuestos a compartir el poder. Una política sabia de EE. UU. hacia Ucrania buscaría una manera de que las dos partes del país cooperen entre sí. Debemos buscar la reconciliación, no la dominación de una facción.

Rusia y Occidente, y mucho menos las diversas facciones de Ucrania, no han actuado según este principio. Cada uno ha empeorado la situación. Rusia no sería capaz de imponer una solución militar sin aislarse en un momento en que muchas de sus fronteras ya son precarias. Para Occidente, la satanización de Vladimir Putin no es una política; es una coartada para la ausencia de uno.

Putin debería darse cuenta de que, cualesquiera que sean sus quejas, una política de imposiciones militares produciría otra Guerra Fría. Por su parte, Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un aberrante para que le enseñen pacientemente las reglas de conducta establecidas por Washington. Putin es un estratega serio, en las premisas de la historia rusa. Comprender los valores y la psicología de los EE. UU. no son sus puntos fuertes. La comprensión de la historia y la psicología rusas tampoco ha sido un punto fuerte de los legisladores estadounidenses.

Los líderes de todos los bandos deben volver a examinar los resultados, no competir en posturas. Esta es mi noción de un resultado compatible con los valores y los intereses de seguridad de todas las partes:

• Ucrania debería tener derecho a elegir libremente sus asociaciones económicas y políticas, incluso con Europa.

• Ucrania no debería unirse a la OTAN, una posición que asumí hace siete años, cuando se trató por última vez.

• Ucrania debe tener la libertad de crear cualquier gobierno compatible con la voluntad expresa de su pueblo sabio ucraniano

• Ucrania debe tener la libertad de crear cualquier gobierno compatible con la voluntad expresa de su pueblo. Los sabios líderes ucranianos optarían entonces por una política de reconciliación entre las diversas partes de su país.

A nivel internacional, deberían adoptar una postura comparable a la de Finlandia. Esa nación no deja dudas sobre su feroz independencia y coopera con Occidente en la mayoría de los campos, pero evita cuidadosamente la hostilidad institucional hacia Rusia.

•Es incompatible con las reglas del orden mundial existente que Rusia se anexione Crimea. Pero debería ser posible poner la relación de Crimea con Ucrania sobre una base menos tensa. Con ese fin, Rusia reconocería la soberanía de Ucrania sobre Crimea. Ucrania debería reforzar la autonomía de Crimea en las elecciones celebradas en presencia de observadores internacionales. El proceso incluiría eliminar cualquier ambigüedad sobre el estado de la Flota del Mar Negro en Sebastopol.

Estos son principios, no prescripciones. Las personas familiarizadas con la región sabrán que no todos serán aceptables para todas las partes. La prueba no es la satisfacción absoluta sino la insatisfacción equilibrada. Si no se logra alguna solución basada en estos u otros elementos comparables, se acelerará la deriva hacia la confrontación. El tiempo para eso llegará muy pronto.

25 de febrero 2022

La Calle

https://lacalle.com.ve/internacionales/la-solucion-a-la-crisis-que-plant...

 5 min


Laureano Márquez

El honor es uno de los atributos más difíciles de definir. La Real Academia asocia el término a una cualidad moral, lo cual complica aún más las cosas, porque la moral tiene que ver con conceptos de engorrosa precisión, como el bien, el mal y el obrar correctamente conforme a la conciencia. Y así, en un par de saltos, ya nos encontramos con Immanuel Kant, su filosofía moral y su imperativo categórico. «Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal», nos dice el filósofo.

Es decir: uno debería querer que las propias acciones fuesen leyes universales de comportamiento o dicho más corrientemente: trata a los demás como tú querrías que fuese el trato de todos.

Así pues, con el honor nos pasa lo mismo que a San Agustín con el tiempo: aunque uno no sea capaz de definirlo bien, puede reconocerlo con claridad. Uno sabe de gente de vida honorable y la admira. La historia universal da cuenta de personalidades que han trascendido por su estatura moral. Gente que vive o vivió conforme a principios y valores universales que hemos valorado en todos los tiempos: sabiduría, bondad, honestidad, valor, justicia, compromiso con el prójimo, etc. También uno distingue con claridad aquellos seres en los que el honor está en pausa.

En tanta estima se tiene al honor, que las universidades conceden un grado especial al que denominan «doctor honoris causa», literalmente «a causa del honor». Es la máxima distinción que otorga el claustro a una persona «docta» en el sentido cásico del término: sabia, iluminada y poseedora de unas cualidades y de una trayectoria de brillo intelectual que hacen que a la academia le resulte un honor tener a esa personalidad entre los suyos, asociar su nombre al de la institución.

Así que aquí el honor es doble: tanto para el homenajeado como para la universidad que lo honra. Por eso la concesión del doctorado honoris causa, en los más solemnes actos, está acompañado de un ritual de profundo simbolismo. Se entrega al doctorando el birrete, unos guantes blancos, un anillo y un libro:

  • El birrete: «…para que no solo deslumbres a la gente, sino que además, como con el yelmo de Minerva, estés preparado para la lucha».
  • El anillo: «La Sabiduría con este anillo se te ofrece voluntariamente como cónyuge en perpetua alianza».
  • Los guantes. «Estos guantes blancos, símbolo de la pureza que deben conservar tus manos en tu trabajo y en tu escritura, sean distintivo también de tu singular honor y valía».
  • El libro: «He aquí el libro abierto para que descubras los secretos de la Ciencia (…) he aquí cerrado para que dichos secretos, según convenga, los guardes en lo profundo del corazón».

Este ritual varía de una universidad a otra, llegando incluso algunas a sustituir el birrete por boina («para que tus ideas prevalezcan por encima de las de los demás»), el anillo por manopla («para que convenzas a los que no estén de acuerdo»), los guantes blancos por guantes de boxeo («para que no olvides que la lucha es literalmente a golpes») y el libro por un mazo («porque a veces hay que abrirle el entendimiento a la gente»). En fin, cada institución decide con qué criterios selecciona aquellos a los que quiere asociar su prestigio y destino. Como diría el maestro Pedro León Zapata: hay casos en los que el desprestigio es mutuo.

Twitter @laureanomar

Laureano Márquez P. es humorista y politólogo, egresado de la UCV.

 2 min


Andrés Oppenheimer

La reacción inicial de México y algunos otros países latinoamericanos ante la invasión rusa de Ucrania ha sido patética: en lugar de condenar al dictador ruso Vladimir Putin por un ataque totalmente injustificado a un país soberano, hicieron insípidos llamados a la paz y la concordia. Irónicamente, al no condenar a Rusia por su nombre, están aceptando tácitamente la visión del mundo de Putin, según la cual las superpotencias tendrían el derecho a tener “esferas de influencia” alrededor de sus fronteras, controlando efectivamente a sus países vecinos. Si aceptamos esa concepción del mundo, Estados Unidos tendría derecho a invadir países latinoamericanos cuando no le gusten sus gobiernos. Y Estados Unidos podría teóricamente reconocer la independencia de una potencial zona separatista en Yucatán, México, y enviar allí sus tropas.

Vladimir Rouvinski, un experto en Rusia que dirige el Laboratorio de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad ICESI en Colombia, me dijo que Rusia se sentiría perfectamente cómoda dividiendo el mundo en bloques geopolíticos encabezados respectivamente por Estados Unidos, Rusia y China. “Desde la perspectiva de las élites rusas, el mundo ideal sería uno dividido en esferas de influencia”, me dijo Rouvinski. “Ucrania, Bielorrusia e incluso las repúblicas de Asia Central pertenecerían a la esfera rusa, y América Latina sería una zona de influencia exclusiva de los Estados Unidos”.

Agregó que Rusia ahora está jugando un “juego de reciprocidad” al aumentar su presencia en América Latina, como respuesta a lo que Putin dice son movimientos ofensivos de Estados Unidos y la OTAN en Europa del Este. Bajo esta lógica, Rusia está diciendo: “Si Estados Unidos aumenta su influencia en Europa del Este, nosotros haremos lo mismo en América Latina”.

El jueves, horas después de que Rusia invadiera Ucrania a pesar de las afirmaciones previas de Putin de que no lo haría, el presidente mexicano Andrés López Obrador habló sobre la paz mundial y la necesidad de una resolución pacífica de la crisis, pero sin criticar el ataque de Rusia. El secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard, tuiteó que “México rechaza el uso de la fuerza” y “reitera su llamado a una salida política al conflicto”. Fueron declaraciones increíblemente insulsas en momentos en que las bombas rusas caían sobre Ucrania. Y fue especialmente lamentable, porque México es un miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua, como era de esperar, se pusieron del lado de Putin y —esto no es broma— culparon a Estados Unidos por crear esta crisis. Colombia, Brasil y Uruguay, por otro lado, criticaron a Rusia por su nombre y la llamaron a cesar su ataque injustificado a Ucrania. Asimismo, el presidente electo izquierdista de Chile, Gabriel Boric, tuiteó —un aplauso para él— que “Rusia ha optado por la guerra como medio para resolver los conflictos”, y que “desde Chile condenamos la invasión a Ucrania”. Argentina, cuyo presidente Alberto Fernández había visitado Moscú a principios de mes y le ofreció a Putin convertirse en “una puerta de entrada” de Rusia a América Latina, pidió a Rusia “cesar las acciones militares”, pero sin condenar abiertamente la ofensiva de Putin.

No hay excusa para que ningún país no condene la invasión de Putin a Ucrania, y mucho menos para que políticos estadounidenses como el desastroso expresidente Donald Trump elogien al dictador de Rusia, como lo ha hecho. Putin afirma que Ucrania estaba a punto de unirse a la OTAN y que esto supondría una amenaza para Rusia. Pero el hecho es que Ucrania no se ha unido a la OTAN, y ni la OTAN ni Ucrania habían invadido Rusia. Al lanzar una invasión no provocada de un país soberano, Putin ha quebrado la base del derecho internacional desde la creación de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial: que las disputas territoriales deben resolverse por medios pacíficos.

Hay docenas de disputas territoriales sin resolver en todo el mundo, incluidas las que existen entre China y Taiwán, Corea del Sur y Corea del Norte, Colombia y Venezuela, y Argentina y Chile. ¿Vamos a empezar a invadirnos unos a otros ahora? La idea rusa de “esferas de influencia” destruiría el derecho de los países pequeños a existir y a decidir democráticamente su futuro. Es una amenaza para el orden mundial, y para la paz mundial.

24 de febrero de 2022

El Nuevo Herald

https://www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/andres-oppenheim...

 3 min


Carlos Manuel Sánchez
Movimiento cultural, rama filosófica, propuesta biológica, tendencia tecnológica. El transhumanismo no tiene una definición clara, pero sí un objetivo: .....

 3 min


José María Faraldo Jarillo

En la mañana del 24 de febrero de 2022, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, ordenó a sus tropas bombardear e invadir Ucrania, país vecino. Es la primera gran agresión de este tipo en Europa desde el desenlace de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y el fin de la dictadura de los nazis en Alemania.

Nacimiento de la URSS

Rusia es la nación más grande de la tierra, un verdadero continente. Su territorio se extiende desde el centro de Europa hasta el extremo de Asia. Durante buena parte del siglo XX, Rusia existió dentro de un estado aún más grande que se llamó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Ese estado nació cuando, después de la Revolución de 1917, el Imperio de los zares de Rusia se deshizo y un número importante de países surgieron de sus cenizas: Polonia, Estonia, Letonia o Lituania, pero también otros como Ucrania y Georgia y, por supuesto, la república de Rusia.

Rusia se convirtió en el primer Estado socialista del mundo. Estaba dirigida por los bolcheviques, un partido antiliberal y antidemocrático que, si bien inició algunas leyes progresistas e innovadoras, controlaba la sociedad con una dictadura marcada por la violencia y la imposición. Los bolcheviques querían crear una sociedad igualitaria, pero para ello suprimieron las libertades ciudadanas y los derechos civiles. Destruyeron así la primera democracia parlamentaria que se había creado en Rusia.

Cuando la Rusia bolchevique se consolidó, comenzaron a atacar a los países que la rodeaban. En unos pocos años, Rusia invadió y recuperó muchos de los territorios que había perdido y los incorporó a la URSS. Uno de ellos fue Ucrania, un territorio muy amplio del que una parte quedó en manos de Polonia.

La historia de Ucrania

En la Edad Media había existido un primer estado ucraniano, la Rus de Kiev, que también se considera el inicio de Rusia. Cuando, en el siglo XVIII, Rusia se convirtió en un imperio, casi toda Ucrania quedó en sus manos. La cultura y el idioma ucraniano fueron menospreciados y perseguidos durante muchos años. A la lengua ucraniana se la consideraba mero dialecto de la rusa, la cultura propia se veía como campesina, pobre, poco sofisticada. Las élites culturales ucranianas lucharon por una autonomía en el imperio y, cuando este se hundió tras la revolución, intentaron crear un Estado independiente.

La reconquista del país por los bolcheviques tuvo primero una cara amable: se permitió el florecimiento de la cultura y la lengua. Pero luego la política se hizo muy restrictiva. Las políticas de los bolcheviques llevaron al país a una gran hambruna, llamada Holodomor, en la que murieron millones de ucranianos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis invadieron la URSS y provocaron una enorme destrucción en Ucrania, asesinando a millones de personas, incluyendo a casi toda la población judía. Ucrania fue uno de los escenarios del Holocausto. Una parte de los ucranianos colaboró con los nazis para lograr su independencia, cometiendo muchos crímenes. Otra parte luchó contra los invasores nazis y consiguió expulsarlos del país, junto con el ejército de la URSS.

Con el tiempo, Ucrania dentro de la URSS se recuperó y llegó a ser uno de los territorios más importantes de la Unión. Tenía una gran industria y era considerada como el granero del país: producía una gran cantidad de trigo y pan. Cuando en 1991, tras muchas tensiones, la URSS se disolvió, los países que la componían se hicieron independientes. Ucrania también votó, en un referéndum masivo, a favor de su consolidación como Estado propio.

El siglo XXI

El camino para la paz y la prosperidad estaba aún lejos. Ucrania es un país muy grande, donde casi la mitad de la población tiene como lengua materna el ruso y se sienten vinculados a Rusia. Había mucha indecisión acerca del camino que tenía que tomar Ucrania: ir hacia la Unión Europea y occidentalizarse o mantenerse bajo la influencia de Rusia. Muchos ucranianos pensaban que era posible tener ambas cosas.

Aprovechando una crisis política en Ucrania en 2014, con manifestaciones y violencia callejera, Vladimir Putin ordenó a sus tropas invadir de forma anónima (sin uniforme) la península de Crimea, que formaba parte de Ucrania. También impulsó levantamientos en dos provincias fronterizas con Rusia (Donetsk y Lugansk), que convirtieron esa parte del país en una zona de guerra durante muchos años. Los intentos de acuerdo en la ciudad bielorrusa de Minsk no sirvieron de mucho.

Durante años la tensión entre los dos países fue creciendo. Rusia acusó al gobierno ucraniano de ser ilegal y de apoyarse en la ultraderecha. Hay que recordar que, paradójicamente, es Putin quien se ha convertido en un modelo para la ultraderecha en Europa y el mundo. Con el tiempo, Rusia incrementó la presión y llevó a sus ejércitos a la frontera con Ucrania. Hasta este 24 de febrero, cuando se ha decidido a lanzar sus tropas desde diversos puntos de la frontera, bombardeando ciudades, aeropuertos y vías de comunicación.

¿Por qué Vladimir Putin no ha aceptado el camino de independencia y soberanía de Ucrania? Para muchos rusos, Ucrania sigue siendo un territorio muy ligado a ellos, algo que también piensan muchos ucranianos. Pero los rusos también consideran a Ucrania un “hermano menor”. No aceptan que los ucranianos puedan dirigir sus propios destinos y decidir lo que quieren. Vladimir Putin y parte de los políticos rusos están acostumbrados a la idea de ser un imperio. Para ellos, representa una humillación que Ucrania siga su propio camino en la política internacional.

24 de febrero 2022

The Conversation

https://theconversation.com/el-conflicto-entre-rusia-y-ucrania-explicado-con-sencillez-177857?utm_medium=email&utm_campaign=Novedades%20del%20da%2024%20febrero%202022%20en%20The%20Conversation%20-%202215121982&utm_content=Novedades%20del%20da%2024%20febrero%202022%20en%20The%20Conversation%20-%202215121982+CID_8bd7c73000fc8086d67f95ab272d1f0a&utm_source=campaign_monitor_es&utm_term=explica%20con%20sencillez%20los%20orgenes%20y%20la%20deriva%20del%20conflicto%20entre%20Rusia%20y%20Ucrania

 4 min


Madeleine Albright

A principios del año 2000, cuando Vladimir Putin llegó a la presidencia interina de Rusia, fui la primera alta funcionaria estadounidense en reunirse con él. En ese momento, al interior del gobierno de Bill Clinton, no sabíamos mucho de él, solo que había comenzado su carrera en la KGB, la agencia de inteligencia soviética. Esperaba que la reunión me ayudara a tomar la medida del hombre y evaluar lo que su ascenso repentino podría significar para las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, que se habían deteriorado en medio de la guerra en Chechenia. Sentada frente a él en una pequeña mesa en el Kremlin, me llamó la atención de inmediato el contraste entre Putin y su predecesor grandilocuente, Boris Yeltsin.

Mientras que Yeltsin había embelesado, alardeado y halagado, Putin habló sin emociones y sin notas sobre su determinación de reanimar la economía de Rusia y sofocar a los rebeldes chechenos. Durante el vuelo de regreso a casa, registré mis impresiones. “Putin es pequeño y pálido”, escribí, “tan frío que parece casi un reptil”. Dijo entender por qué el Muro de Berlín tuvo que caer, pero no esperaba que toda la Unión Soviética se derrumbara. “Putin está avergonzado por lo que le pasó a su país y está decidido a restaurar su grandeza”.

En estos meses, mientras Putin ha concentrado tropas en la frontera con la vecina Ucrania, he recordado ese encuentro de casi tres horas. Después de que en un extraño discurso televisado dijera que la condición de Estado de Ucrania era una ficción, emitió un decreto en el que reconocía la independencia de dos regiones controladas por separatistas en Ucrania y envió tropas allí.

La aseveración revisionista y absurda de Putin de que Ucrania fue “completamente creada por Rusia” y robada del Imperio ruso coincide con su cosmovisión distorsionada. Lo más inquietante para mí: su intento de crear el pretexto para una invasión a gran escala.

Si lo hace, será un error histórico.

En los más de 20 años que han pasado desde que nos reunimos, Putin ha establecido su trayectoria al abandonar el desarrollo democrático por el manual de Stalin. Él ha acumulado el poder político y económico al cooptar o aplastar a sus potenciales competidores, mientras presiona para restablecer una esfera de dominio ruso en zonas de la antigua Unión Soviética. Como otras figuras autoritarias, equipara su bienestar con el de la nación y a la oposición con la traición. Está seguro de que los estadounidenses comparten su cinismo y su ansia de poder y que, en un mundo en el que todo el mundo miente, no tiene la obligación de decir la verdad. Como cree que Estados Unidos domina su propia región por la fuerza, cree que Rusia tiene el mismo derecho.

Durante años, Putin ha buscado refinar la reputación internacional de su país, expandir el poderío militar y económico de Rusia, debilitar a la OTAN y dividir a Europa (mientras abre una brecha entre esta y Estados Unidos). Ucrania figura en todo eso.

En lugar de allanar el camino de Rusia hacia la grandeza, invadir Ucrania aseguraría la ignominia de Putin al dejar a su país diplomáticamente aislado, económicamente limitado y estratégicamente vulnerable frente a una alianza occidental más fuerte y unida.

Ya inició ese camino al anunciar el lunes su decisión de reconocer los dos enclaves separatistas en Ucrania y enviar tropas rusas como “pacificadores”. Ahora él ha exigido que se reconozca el reclamo de Rusia sobre Crimea y deponga sus armas avanzadas.

Las acciones de Putin han desencadenado sanciones masivas, con más por venir si lanza un ataque a gran escala e intenta tomar todo el país. Estas medidas devastarían no solo a la economía de su país, sino también a su estrecho círculo de cómplices corruptos, quienes podrían desafiar su liderazgo. Lo que seguramente será una guerra sangrienta y catastrófica agotará los recursos rusos y costará vidas rusas, al tiempo que creará un incentivo urgente para que Europa reduzca su peligrosa dependencia de la energía rusa. (Eso ya comenzó con la decisión de Alemania de detener la certificación del gasoducto de gas natural Nord Stream 2).

Es casi seguro que ese acto de agresión llevaría a la OTAN a reforzar considerablemente su frente oriental y a considerar ubicar fuerzas de manera permanente en los Estados bálticos, Polonia y Rumania. (El presidente estadounidense, Joe Biden, dijo el martes que trasladaría más tropas a los países bálticos). Y generaría una feroz resistencia armada de parte de Ucrania con un fuerte apoyo de Occidente. En Estados Unidos ya está en marcha un esfuerzo bipartidista para elaborar una respuesta legislativa que incluiría la intensificación de la ayuda mortífera a Ucrania. Ese escenario sería muy distinto de la anexión de Crimea por Rusia en 2014; sería uno que recordaría la desafortunada ocupación de la Unión Soviética a Afganistán en la década de 1980.

Biden y otros líderes occidentales han dejado esto muy claro en cada ronda de diplomacia furiosa. Pero incluso si Occidente de alguna manera logra disuadir a Putin de emprender una guerra total —algo que no es nada seguro en este momento— es importante recordar que su competencia preferida no es el ajedrez, como algunos suponen, sino el judo. Podemos esperar que persista en buscar una oportunidad para aumentar sus ventajas y atacar en el futuro. Dependerá de Estados Unidos y sus amigos negarle esa oportunidad al mantener un fuerte retroceso diplomático y aumentar el apoyo económico y militar a Ucrania.

Aunque Putin, según mi experiencia, nunca admitirá haber cometido un error, ha demostrado que puede ser paciente y pragmático. Con seguridad también está consiente de que la confrontación actual lo ha hecho aún más dependiente de China, y él sabe que Rusia no puede prosperar sin algunos lazos con Occidente. “Claro, me gusta la comida china. Es divertido usar palillos”, me dijo en nuestra primera reunión. “Pero esto es solo algo trivial. No es nuestra mentalidad, que es europea. Rusia tiene que ser firmemente parte de Occidente”.

Putin debe saber que a Rusia no le iría bien necesariamente, incluso con sus armas nucleares, en una segunda Guerra Fría. Se pueden encontrar aliados sólidos de Estados Unidos en casi todos los continentes. Mientras tanto, los amigos de Putin son personas como Bashar al Asad, Alexander Lukashenko y Kim Jong-un.

Si Putin se siente arrinconado, él es el único culpable. Como ha señalado Biden, Estados Unidos no tiene ningún deseo de desestabilizar o privar a Rusia de sus aspiraciones legítimas. Es por eso que el gobierno estadounidense y sus aliados se han ofrecido a entablar conversaciones con Moscú sobre una variedad amplia de temas de seguridad. Pero Estados Unidos debe insistir en que Rusia actúe de acuerdo con las normas internacionales que se aplican a todas las naciones.

A Putin y al líder de China, Xi Jinping, les gusta decir que ahora vivimos en un mundo multipolar. Eso es incuestionable, pero no significa que las potencias más grandes tengan derecho a dividir el mundo en esferas de influencia como lo hicieron los imperios coloniales hace siglos.

Ucrania tiene derecho a su soberanía, sin importar quiénes sean sus vecinos. En la era moderna, los países grandes lo aceptan, igual que Putin debe hacerlo. Ese es el mensaje que la reciente diplomacia occidental sustenta. Define la diferencia entre un mundo gobernado por el Estado de derecho y uno que no responde a ninguna regla.

Madeleine Albright (@madeleine) es la autora de Fascismo. Una advertencia y Hell and Other Destinations. De 1997 a 2001 fue secretaria de Estado de Estados Unidos.

23 de febrero de 2022

NY Times

https://www.nytimes.com/es/2022/02/23/espanol/opinion/rusia-ucrania-inva...

 6 min


Andrés Ortega

Antes se la llamaba Web 3.0. Desde hace un tiempo, Web3. Sus defensores consideran que grandes tecnológicas, como Meta (Facebook) o Google, o incluso los gobiernos, perderán poder de control (y de negocio) con su desarrollo, mientras empoderará a sus usuarios, a los ciudadanos de a pie. Puede transformar la Internet que conocemos, haciéndola más descentralizada, de uso más fácil y más anónimo. Reforzará la democracia liberal, amenazada por la explosión de vigilancia sobre los ciudadanos convertidos en meros usuarios. Aunque de momento, este hype, este último revuelo, es un proyecto, una utopía, antes que una realidad. Está por ver si responderá a las expectativas que ha despertado, y si las grandes tecnológicas no la frenarán o la domarán, justamente para no perder poder y negocio.

La Web 1.0, lanzada por Tim Berners-Lee en 1989 desde el CERN europeo era descentralizada, de protocolos abiertos, sólo de lectura, con enlaces (hipertextos) que llevaban a otras páginas. La Web.2.0, así llamada a partir de 1999, implicó interactividad y producción de contenido, como las redes sociales, la banca online o los servicios de video, por ejemplo. En ella, los usuarios crean valor –y se aprovechan de la comodidad de uso– con sus propios datos, y los creadores también, pero son las empresas que dominan la Red las que sacan partido económico, las que la monetizan.

La Web3 se basará en tecnología de código abierto y blockchain (cadena de bloques), tecnología anonimizada detrás de las criptomonedas, y de ahí el entusiasmo de ese mundo. Las aplicaciones distribuidas, o dapps, que implica, pueden suponer una revolución similar a la que puso en marcha Apple Store, cuando se lanzó en 2007 junto a su iPhone 1, el primer teléfono realmente inteligente. La Web3 hará más segura las comunicaciones y las transacciones, desde luego entre las personas (P2P) y protegerá más la privacidad.

No obstante, puede implicar un mayor consumo de electricidad (y más gases de efecto invernadero si esta no proviene de fuentes verdes). Requerirá una laboriosa tarea de etiquetado de decenas de exabytes de contenido existente en la Web 2.0 por medio de microdatos para lo que no bastará la automatización y la inteligencia artificial y que en muchos casos habrá de hacerse de forma manual, función imprescindible para hacer realidad lo que promete la Web3 de ser más rápida y adecuada a los intereses del usuario. También, para operar en ella, habrá que estar en posesión de tokens, a comprar, lo que puede generar aún más desigualdades o brechas digitales.

La Web3 será más semántica, lo que se refiere a los aspectos del significado, sentido o interpretación mientras que la 1.0 y la 2.0 (aunque esta última ha progresado al respecto), han sido más sintácticas, de búsqueda de información sin interpretación del significado, según se define en CEUPE. De hecho, Tim Berners-Lee habló ya hace dos décadas de una Web 3.0 como “Web Semántica”. Naturalmente, detrás estará, ya está, la inteligencia artificial que se entremezcla con las grandes redes, las grandes plataformas y el factor humano, una novedad en la historia de la Humanidad.

Con la Web3 cualquier se podrá convertir en un proveedor de servicios con mayor socialización y mezcla en la experiencia del mundo real y el virtual, lo cual es básico para el o, mejor dicho, los posibles metaversos en curso. Todos serán propietarios de lo que generen. China aparte, desde 2019, la mitad del tráfico total de la información a través de la Red fluye de Google (Alphabet) –87% del mercado de las búsquedas–, Amazon, Meta (con 3.600 millones de usuarios de sus plataformas Facebook, Whatsapp, Messenger e Instagram), Netflix, Microsoft y Apple. Se supone que la Web3 acabará con los monopolios, aunque las empresas gatekeeper (porteros) podrán seguir existiendo. Permitirá acceder a todo con un solo usuario y contraseña y no la multiplicidad a la que estamos ahora acostumbrados/obligados.

También están por ver las interacciones que promete la Web3 con el Internet de las Cosas (IoT), el Internet de Todo, de los que ha de ser parte central, y con los posibles metaversos. De momento no es posible ante la falta de madurez de las redes 5G, de ancho de banda suficiente y la carencia de tecnología de alcance popular adecuada a todos los niveles de usuario.

La Web3 existe de forma rudimentaria de hecho desde hace más de un lustro. El término lo acuño en 2014 su fundador Gavin Wood, que la basó en Ethereum (una plataforma digital que adopta la tecnología de cadena de bloques para una gran variedad de aplicaciones), aunque ha ganado importancia con las tecnologías blockchain, los mercados NFT (non fungible tokens, certificados digitales que garantizan la propiedad del bien digital y evitan su falsificación), nuevas inversiones, y el intento de frenar el poder de las big techs desde Washington a Pekín y, naturalmente, Bruselas.

Se puede basar en una red de ordenadores que usen blockchain, más que en grandes centros de datos propiedad de grandes corporaciones sobre los que se basa la Internet actual. Es algo que puede interesar especialmente a países como España donde los grandes centros de datos tienen pocas instalaciones en comparación con lugares más frescos, dadas las altas temperaturas y la necesidad de gastar más electricidad para refrigerarlos.

Gavin Good, ahora al frente de la Fundación Web3, considera en una reciente entrevista en Wired que las tecnologías descentralizadas son la única esperanza para preservar la democracia liberal, frente al poder de las big techs y de los propios Estados y gobiernos (como puso de relieve Edward Snowden con sus revelaciones sobre el Estado de vigilancia que es EEUU –no digamos ya China– y el capitalismo de vigilancia del que ha escrito Shoshana Zuboff). Para Gavin Good “la Web3 es realmente mucho más que un movimiento sociopolítico más amplio que se aleja de las autoridades arbitrarias y se adentra en un modelo liberal de base mucho más racional. Y esta es la única manera”, asegura, “de salvaguardar el mundo liberal, la vida que hemos llegado a disfrutar en los últimos 70 años”.

Se trata de recuperar el sueño liberador de lo que iba a ser Internet. Está por ver si el instrumento es, realmente, la WEB3.

22 de febrero 2022

elcano

https://www.realinstitutoelcano.org/salvara-la-web3-la-democracia-libera...

 4 min