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Opinión

Karin van Groningen

La hermosa película En Busca del Valle Encantado (Don Bluth, 1988), contó entre otros con Steven Spielberg y George Lucas, como productores ejecutivos. Allí tal vez podríamos encontrar la explicación de la baja participación popular en las elecciones de los candidatos a ocupar los cargos de gobernadores y de alcaldes.

Y es que —como el mundo del pequeño dinosaurio protagonista de la película— Venezuela cambió súbitamente. ¡Todo se modificó! Se abrió y dividió la tierra para siempre. Y los padres dinosaurios quedaron separados de sus hijos. Como les ha ocurrido a los niños venezolanos… Evento catastrófico que hizo desaparecer la población entre los 15 y 60 años, reporta la oficina de Población de la ONU (Unpop).

Un cambio drástico e inesperado. Como si a una empresa le removieran de la noche a la mañana todo su personal activo. Venezuela es hoy ¡un país de ancianos y de niños! Mujeres como cabeza de hogar, según reporta el proyecto Encovi del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB. Pero mujeres viejas ¡Abuelas regentes de hogares fracturados! Ni rastro de aquel país lleno de gente joven. Y el fuerte aumento de la mortalidad y el descenso de la esperanza de vida nos informa que esos ancianos y niños padecen tan grandes dificultades, que parecen estar perdiendo la batalla. Igual como les pasó a los pequeños dinosaurios huérfanos todos. Trabajando cuando no se ha alcanzado la edad laboral o cuando ya se está fuera de ella. Sin protección alimentaria. Sin educación. Sin seguridad social. Ni jubilaciones. Ni medicinas. Ni hospitales. Y es que ni tan siquiera tienen sistemas de transporte seguros.

Tan devastado como quedó el mundo de Piesito, el dinosaurio protagonista de la película ¡Un horror! Pero el Valle Encantado está en su cabeza y en la de sus huérfanos amigos dinosaurios y sabiamente guía sus pasos. El Jardín de las Delicias. Y los abuelos venezolanos de la mano de sus nietos se esfuerzan también por encontrarlo. En condiciones tan extremas, puede que no tengan el tiempo necesario para salir a la calle a seleccionar a quienes se ofrecen para guiarlos. O puede que tengan miedo (Roberto Briceño-León, Dictadura del Miedo). Puede que ya no tengan las fuerzas. O puede que estén evaluando los nombres de los que se ofrecen como candidatos. Sus trayectorias. Sus capacidades. Y, por supuesto, sus propuestas de gobierno. Se saben la población más vulnerable. La población más dependiente, es lo que ahora llena al país. Saben que crear sistemas de salud para ancianos no se hace en un día. Ni buenos sistemas educativos para los niños huérfanos que se quedaron. Sin hablar de los apoyos psicológicos postraumáticos. Todos son servicios muy costosos. Y ya no se cuenta con recursos. Y la población económicamente activa que pudiese ayudar, como ocurre en todos los países, está ahora repartida por todo el mundo. De haberse quedado trabajando en el país, en el curso de unas cuatro décadas, se hubiesen podido alcanzar la productividad, los ahorros y la infraestructura necesarios para hacer frente a los requerimientos de aquellos que fuesen saliendo de la edad laboral. Su seguridad social. Y paralelamente, la educación hubiese podido formar el capital humano necesario para asegurar los mejores resultados. Era el proyecto de la Venezuela feliz. El Valle Encantado. El Jardín de las Delicias. Pero desaparecieron los jóvenes. Y con ellos, desapareció ese bono demográfico (BBC News Mundo, 9 agosto de 2021).

En condiciones tan extremas, calificadas de crisis humanitaria, es crucial la actualización y el empoderamiento de la clase política regional que ofrece sus servicios. De ello no hay duda. El conocimiento de sus representados y de sus prioridades. Del origen de los recursos financieros necesarios para hacerle frente a esa tremenda carga demográfica que es ahora el país. Del factor de atracción del capital humano requerido para elevar la productividad nacional, en un país donde la natalidad está en franco descenso. Del ingrediente persuasivo de esas inversiones renuentes ante la severa reducción del consumo y del mercado interno y la ausencia de seguridad jurídica. De la senda para sacar al país del empobrecimiento, de la contracción de la economía y de la hiperinflación, que son las causas de esta tragedia. Y, por sobre todo, los saberes capaces de conjurar la muy presidencialista fórmula jurídica que hasta ahora se reserva el poder de acción sobre todas estas materias ¡Un exorcismo habilitante!

No existe ya el tradicional recurso de acudir al presidente de la república para “negociar dinero” producto de la venta del petróleo nacionalizado. Ese ya se esfumó. Ahora no es posible paliar la situación mediante dádivas, contratos y empleos inorgánicos, generalmente en la hipertrofiada administración pública. Es en este punto que le pregunto: ¿Será la falta de tiempo, la falta de fuerzas, el miedo o la falta de credibilidad en esa clase política que se ofrece para ocupar los cargos regionales lo que explica la baja participación en las elecciones para escoger a los candidatos? ¿Dada la crisis humanitaria sería preferible provocar una elección presidencial con candidatos aptos para enfrentar el reto? , como caso inédito y a diferencia de lo ocurrido con Piesito y sus amigos huerfanitos ¿se clausura el país? ¿Usted qué opina?

@KarinvanGroning, @vangroningenk, kavege@gmail.com

Ideas de Babel

https://www.ideasdebabel.com/?p=106903

 4 min


Werner Corrales

El riesgo que implicará la pobreza para nuestra nueva democracia

La pérdida de la democracia venezolana que comenzó hace 22 años tiene mucho que ver con la elevación de la pobreza. Ella se gestó entre mediados de la década de 1970 y 1998, años en los cuales la pobreza creció de menos de un 30% a más del 60% de la población y el régimen político derivó hacia un populismo clientelar que manipulaba a los pobres sin ayudarlos a salir de su situación, creando así el caldo de cultivo que aprovechó el chavismo para llegar al poder. La historia más reciente es muy conocida; durante el tiempo transcurrido del Siglo XXI, el régimen socialista exacerbó la manipulación clientelar de los pobres sin reducir la pobreza, la cual de hecho se elevó, y sembró eficazmente el odio entre clases sociales. Pobreza y odio social disolvente no se reducirán automáticamente con la salida del socialismo del poder.

El riesgo latente que implica mantener niveles altos de pobreza para la nueva democracia, puede entenderse de las tres consideraciones siguientes:

  1. Para finales de 2020 el nivel total de la pobreza de ingresos era superior al 93% de la población venezolana, estimándose en más del 66% el nivel de la pobreza que se ha mantenido crónica en las últimas tres décadas (18 millones de un total de 26 millones de personas en la actualidad), cuya reducción a niveles cercanos a un 20% nos tomará unos 25 años (10 millones de un total de 50 millones), si lo hacemos muy bien.
  2. Si bien será indispensable que los futuros gobiernos democráticos empleen subsidios focalizados para atender la precariedad de las familias más vulnerables, esto sólo atenderá a una pequeña fracción de los hogares pobres y tendrá que ser rápidamente decreciente en el tiempo, porque está probado que no contribuye a la superación de la pobreza y a la larga no es económicamente sostenible ni políticamente eficaz para defenderse del populismo, ya que por el contrario consolida en la sociedad la cultura clientelar y eleva la probabilidad de que el mismo régimen democrático se descomponga como sucedió en los últimos años del Siglo XX.
  3. El chavismo y otros populismos de izquierda radical sobrevivirán a la recuperación de las libertades, continuarán con sus siembras de odios e intentarán permanentemente provocar tensión e incluso violencia en las comunidades pobres, para desprestigiar a la democracia y llegar nuevamente al poder apoyados en sus discursos de redención social.

La propuesta política: un pacto para el progreso de todos

La reducción significativa de la pobreza sólo es posible elevando las capacidades humanas de la mayoría de los venezolanos para que ellos se hagan agentes de sus propias vidas. Es decir, sólo será posible mediante un proceso que genere oportunidades para el progreso de todos y que evite las desviaciones populistas que ha vivido nuestra política en el pasado.

Por otra parte, es necesario que ese proceso garantice dos condiciones para que los grupos populares desarrollen adhesión y lealtad con la nueva democracia, y para que todos los venezolanos combatamos con éxito los intentos disolventes que el chavismo y otros populismos de izquierda radical estarán probablemente haciendo entre los pobres.

En primer lugar, es necesario que el proceso tenga victorias tempranas, es decir que los hogares pobres vivan logros crecientes de bienestar desde su inicio; en segundo lugar, es indispensable que toda la sociedad venezolana incluyendo su clase media, los empresarios y los trabajadores, y no sólo las organizaciones políticas, valoren y le brinden su apoyo efectivo al proceso para darle viabilidad política.

En fin, tanto por motivos éticos asociados a la equidad que debe tener nuestro desarrollo futuro, como por las razones políticas antes comentadas, es necesario iniciar tempranamente la aplicación de una estrategia que asegure el progreso de todos, en función de cuyo éxito se propone promover en el seno de las organizaciones políticas democráticas, las organizaciones laborales y empresariales, las principales ONGs y las iglesias, la suscripción de un Pacto para el Progreso de Todos, cuya ejecución se guíe por las tres líneas siguientes:

La asignación de la más alta prioridad política real a un conjunto de programas apoyados en reformas institucionales y en políticas económicas, educativas, de seguridad social y de infraestructuras y mejora del hábitat popular, que se mantenga a través de sucesivos períodos presidenciales hasta completar no menos de 20-25 años. Programas dirigidos a la creación de capacidades y oportunidades para el progreso de todos y al propósito de reducir la pobreza, con logros específicos en los horizontes de largo, mediano y corto plazo, los cuales se integren en un pacto de políticas públicas que comprometa a los partidos políticos, las organizaciones empresariales y laborales y las iglesias, entre otros actores.

La incorporación al Pacto de programas de solidaridad social activa que contribuyan a neutralizar los efectos de la siembra de odios varias veces mencionada, a ser ejecutados en el corto plazo por la clase media, los estudiantes, los profesionales universitarios, los empresarios y otros grupos sociales específicos, para la creación de capacidades en niños y jóvenes de los hogares populares.

El seguimiento y la evaluación sistemática de los programas, en función de cómo se van logrando sus objetivos, a cargo de un Consejo del Pacto, órgano independiente de muy alto nivel político, que mantenga permanentemente informada a la población de las experiencias de solidaridad social activa y de las ejecutorias de los programas en general, y que haga recomendaciones periódicas al (a los) poder(es) ejecutivo (y legislativo) y a los demás actores firmantes del Pacto, para realizar los ajustes que sean necesarios en ellos.

Agosto 2021

 4 min


Américo Martín

Américo Castro, un extraordinario filólogo español, define la fuerte presencia de la cultura árabe, después de ocho siglos de dominación en la península, sin mengua del impetuoso desarrollo del idioma de Castilla, finalmente afianzado como lengua oficial española. La tarea que se impuso don Américo Castro fue laboriosamente desarrollada en su clásica obra España en su historia y en textos menores aunque también fecundos como Aspectos del vivir hispánico

Cuando tradujo al castellano las Obras completas de William Shakespeare, Luis Astrana Marín, otro gran filólogo español, puso la refulgente obra en manos de los editores, sin el menor ánimo impertinente, con una nota introductoria despojada de necia vanidad y bloquear el camino al egocentrismo, pero despejándolo amplia y francamente. Sin otro deseo que el de fusionar lo que, a su juicio, era excepcional en la obra y la lengua más dignas de ser divulgadas, escribió:

«Doy, en el idioma más hermoso del mundo, la obra entera del autor dramático más grande de todo el universo, de uno de los espíritus más serenos, de uno de los corazones más privilegiados de la humanidad».

La versión de Astrana ha resultado ser insuperable, razón por la cual destacadas ediciones en español le han conferido carácter modélico, cómoda manera de librarse del peligro de errores y fallas del más diverso orden.

No me siento autorizado a sostener, con Astrana Marín, que el nuestro sea el idioma más hermoso, pero sin duda la literatura que lo ha acompañado, junto con los escritores que la han cultivado a lo largo de siglos, están entre los autores más notables que hayan existido. No se hace sino justicia cuando se pasa revista a la Historia de la literatura española e hispanoamericana, elaborada por el notable académico don Ramón D. Pérez.

Todas estas referencias a la pureza de nuestro idioma se deben al temor proveniente del escaso tiempo que queda para el cierre del lapso de inscripción de candidaturas a los cargos que están sometidos a disputa, en las inminentes elecciones del 21 de noviembre.

El recelo no deja de ser justificado. Se desconfía que broten elementos de confusión en la negociación de acuerdos que las hagan viables, por libres y democráticas. Claro que no se trata de obstáculos invencibles ni de nada que no pueda resolverse si se dispone de voluntad de hacer. Sin semejante requisito, podrían incidir sombras propias de la condición humana, que tampoco deben ser tenidas como fatalidades indoblegables o insuperables. Por el contrario, pueden y deben ser vencidas con voluntad y constancia.

Desde luego, esa posibilidad puede y es usualmente neutralizada porque está sometida a la decisión soberana, la que podría alcanzar un resultado histórico y un viraje democrático fundamental, con una sustancial votación popular.

No sería esta una victoria inesperada, pues se han ido conjugando las fuerzas del cambio democrático en forma sorprendente, que vienen a resultar más obvias de lo que algunos deseen creer, sin haberse esmerado en sembrar esperanza democrática allí donde permanecen en el estancamiento.

Las fuerzas del cambio democrático-electoral tienen el sello de la victoria pintado en la frente. Se han expandido en forma natural e indetenible a lo largo de Venezuela y no establecen odiosas discriminaciones, miran de cara al futuro, que está sembrado de una esperanza iluminada. Bien merecida, por cierto.

Uno de los aportes más notables de Américo Castro es la interesante combinación de las semillas cristianas y musulmanas, que dará tal vez lugar a otros aún más interesantes en esa extraordinaria mixtura de pueblos enfrentados durante siglos que, lejos de aniquilarse, se integraron en un solo torrente sanguíneo y una cultura única, acumulada y funcional como pocas. Y como pocas, dotada de imaginación y de creatividad para encarar situaciones complejas, los posibles acuerdos, mediante los cuales se establezcan relaciones y puentes susceptibles de acercarse a la que puede resolver. Ahora mismo afronta retos de apariencia anómala, contradictoria, como los electorales, el diálogo y la libertad. Cada paso en esa dirección debería dar lugar a otros necesariamente más audaces y profundos.

En cualquier caso, estamos en una vía de aprendizaje para crecer y hasta ahora no se aprecia que sea una vía regresiva o retardataria. Considero que si pretenden progresar guiándose por el espejo retrovisor, ni los espíritus más bravos encontrarán cosa distinta a retroceso, pasado, sombras chinescas, derrota, humo, aire. Nada, cero.

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.

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Alejandro J. Sucre

En el Memorándum de Entendimiento entre la oposición y el gobierno firmado en México en las semanas pasada se tocaron 7 puntos clave para llegar a acuerdos. 1. Derechos políticos para todos. 2. Garantías electorales para todos. Cronograma electoral para elecciones observables. 3. Levantamiento de las sanciones. Restauración de derecho a activos. 4. Respeto al Estado Constitucional de Derecho. 5. Convivencia política y social. Renuncia a la violencia. Reparación de las víctimas de la violencia. 6. Protección de la economía nacional y medidas de protección social al pueblo venezolano. 7. Garantías de implementación, seguimiento y verificación de lo acordado.

Creo que en el punto 6 debería incluirse medidas concretas para protección de la economía la reducción de la corrupción. Estoy seguro que Venezuela es y ha sido un de los países donde la mayor desviación de fondos públicos ha habido en la historia de la humanidad. Al final la corrupción no beneficia al privado (victimario) y menos al ciudadano (víctima). La corrupción acarrea costos socioeconómicos muy altos para los países. Se ha demostrado que la corrupción afecta negativamente la asignación eficaz del gasto público, fomenta la evasión fiscal, aumenta los costos de la deuda soberana y los gastos del sector privado lo hace incapaz de competir con las importaciones, reduce los incentivos para la inversión, frena la productividad y la innovación privada, y reduce el crecimiento económico en general.

Lucha global

A nivel mundial, las mejoras en los niveles de gobernanza y lucha contra la corrupción se asocian a un aumento de tres veces del ingreso per cápita a largo plazo. La inflación o la hiperinflación es 100 % producto de la corrupción donde el Banco Central se usa de caja chica personal y emite dinero inorgánico para realizar gastos “y que” fiscales que no produce bienes ni servicios, solo con fines clientelares. Un estudio reciente del BID muestra una fuerte correlación entre las calificaciones emitidas por las tres principales agencias de calificación (Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch) y tres indicadores de corrupción habitualmente empleados. Esta correlación es robusta si se controla por el hecho de que la corrupción también se vincula con el nivel de desarrollo, el monto de la deuda pública y la balanza por cuenta corriente y un indicador de inestabilidad macroeconómica.
Las medidas
La oposición y el gobierno deben atacar este mal que afecta mas a los pobres que a las clases pudientes de la sociedad venezolana. Las escuelas que no se construyen y los hospitales desmantelados es producto de la falta de recursos que se erosionan en la corrupción. Las medidas que deben acordar en México para atacar la corrupción en Venezuela deben incluir un esfuerzo renovado para abordar la corrupción especialmente en Pdvsa para comenzar.
La voluntad política de la oposición y del gobierno debe incluir un Comité de Tesorería que permita aprobación de suplidores y de gastos auditables para comenzara a construir instituciones sólidas y transparentes que puedan comenzar a cambiar el rumbo contra la corrupción en Venezuela. Según el Banco Mundial la corrupción se debe atacar diseñando medidas para los siguientes aspectos estratégicos:

1. La corrupción no se trata solo de sobornos: las personas, especialmente los pobres, se ven perjudicados cuando se desperdician recursos. Por eso es tan importante comprender los diferentes tipos de corrupción para desarrollar respuestas inteligentes.
2. Crear vías que brinden a los ciudadanos herramientas relevantes para involucrarse y participar en sus gobiernos: identificar prioridades, problemas y encontrar soluciones.
3. Reducir la burocracia: Reunir los procesos formales e informales (esto significa trabajar con el gobierno y con grupos no gubernamentales) para cambiar el comportamiento y monitorear el progreso.
4. Usar el poder de la tecnología para construir intercambios dinámicos y continuos entre las partes interesadas clave: gobierno, ciudadanos, empresas, grupos de la sociedad civil, medios de comunicación, academia, etc.
5. Diseñar incentivos adecuados: alinear las medidas anticorrupción con las fuerzas sociales, de comportamiento y del mercado.
6. Las sanciones son importantes: castigar la corrupción es un componente vital de cualquier esfuerzo anticorrupción eficaz.
7. Actuar a nivel mundial y local: mantener a los ciudadanos comprometidos con la corrupción a nivel local, nacional, internacional y global, en consonancia con la escala y el alcance de la corrupción. Utilice la arquitectura que se ha desarrollado y las plataformas que existen para la participación.

8. Fortalecer la capacidad de quienes más lo necesitan: Los países que sufren de fragilidad crónica, conflictos y violencia son a menudo los que tienen menos recursos internos para combatir la corrupción. Identificar formas de aprovechar los recursos internacionales para apoyar y mantener la buena gobernanza.

9. Aprender haciendo: Cualquier buena estrategia debe ser monitoreada y evaluada continuamente para asegurarse de que pueda adaptarse fácilmente a medida que cambian las situaciones en el terreno.

Twitter @alejandrojsucre

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Nunca avancé mucho en ese libro de Alan Sillitoe, (la película tampoco me sedujo) tenido por importante en la narrativa británica de los 50 y 60 pero hay memorables monólogos interiores del protagonista que describen el profundo trance de los long distance runners. Los primeros veinte minutos de carrera son el infierno, asfixia, sed, piernas de plomo, dolores de pantorrilla, espalda, hasta que el organismo responde con emisión de endorfinas (morfina interior) que apaga los padecimientos y te hace sentir Superman por media hora, en la que el ciclo se repite. Hay una “narcodependencia” de los corredores, que aturden a los demás contando sus carreras, que ocurre porque les queda grabada la sensación producto de las hormonas felices segregadas. La mayoría de los fondistas compiten consigo mismos, tratan de mejorar sus marcas o simplemente llegar a la meta, el “pelotón”, veinte o treinta mil en NY, por ejemplo, demoran cuatro horas en recorrer los 42, 195 km y muchos cruzan la meta caminando penosamente, o a gatas.
El ganador, -el récord lo tiene Eliud Kipchoge de Kenia, desde 2019, con 2:1.59-, compite con cuatro o cinco que tienen chance. Cuando el pelotón iba por la mitad del recorrido, ya Eliud y sus pares habían llegado a la meta con mínimas diferencias. Los demás venían trabajosamente. Un solitario corredor de fondo oye los latidos de su corazón en medio de una suerte de iluminación taoísta, cuando la relajación de su espíritu lo separa de distractores y lo concentra en sí mismo. La bioquímica convierte la carrera una eternidad fugaz, un estado de introspección, ego trip, meditación, en la que se debilita el nexo con lo externo, por el buceo en intensas sensaciones, y el viaje interior devela a su mente claves, entornos latentes y decisiones necesarias. Relajado, Arquímedes en la bañera grita “eureka”, Newton echado al pie de un manzano entiende la gravedad, Heisenberg recibe el fogonazo del principio de incertidumbre mientras espera el tranvía. Con la mente hacia dentro se aclara lo que parecía irresoluble.
Después es necesario examinar con personas de juicio las debilidades y fortalezas de la intuición. Y una vez tomado el camino, no temer al debate ni a los rechazos, y tomarlos más bien como útiles evidencias que confirman o debilitan la tesis que sostenemos. No despreciar ni siquiera las invectivas porque quien te niega radicalmente, te da una perspectiva a la que no puedes acceder por ti mismo. Examinar los resultados del proceso polémico, y si soportan, hay que ir a fondo, siempre atento a los datos de la realidad para rectificar y prevenir una eventual catástrofe. Saber que las opiniones pesan y valen, pero no pesan ni valen lo mismo porque la mayoría de ellas son doxa sin conocimiento, nociones elementales, prejuicios o emociones. Quien conduce un carro sabe dónde va, pero viaja atento a la carretera, las señales de tránsito, los demás conductores y los ruidos del motor.
El valor de la opinión pública no es conceptual sino sintomático, aunque sea mayoritario, porque la mayoría es caja de resonancia de ideas poderosas, pero con frecuencia simples o equivocadas. Hay que llevarles un pulso amable pero tenso, explicar a cabalidad con los mejores argumentos, y aun así es un esfuerzo titánico ganarla. Hay que atender a las semi ilustradas, que pueden hacerse mayoritarias. A sus portadores Hayek los denomina “difusores de ideas de segunda mano”, minorías ruidosas que toman saber por un barniz informativo apariencias, antipatías, retazos culturales e ideologías, aunque tener cierta información no se parece a un intelecto forjado. Lo que define el liderazgo es la capacidad de tomar el camino correcto, convencer y mantenerlo pese a la tentación de ser espejo servil de la opinión pública o de ceder a la algarabía, la encuestomanía. El corredor de fondo debe desafiarla lo equivocado, cuando puede torcer el destino. Se debió enfrentar el radicalismo con más fuerza.
Nada tan patético como un aspirante a líder que sacrifica su deber por el miedo a perder las nalgas. Kautsky y Berstein se deslindan del marxismo revolucionario, lo que costó al primero recibir la andanada odiante- Lenin lo consagró como “el renegado Kautsky-”, pero creó la socialdemocracia que dominó en Europa. Lenin desgarra el espíritu de unidad nacional con las tesis de abril, y rompe meses después la historia. Betancourt en 1941 funda un partido reformista en un entorno de oposición revolucionaria, se convirtió en el muñeco de bruja de la izquierda, pero la derrotó, y construye la Venezuela moderna. Felipe González, electo por la convención del PSOE secretario general, exigió dramáticamente que se eliminara la definición marxista del partido y ante la resistencia de los delegados, se retiró del evento y renunció al cargo.
La convención quitó el fardo, fue a buscarlo y lo aclamó. Gobernador con fama de faldero de un pequeño estado norteamericano, Clinton se atrevió a lanzarse ante el pánico de los barones de su partido que daban triunfador a Bush padre. Lula enfrentó persecución y cárcel no tan injustificadas, y hoy los factores de poder lo liberan para que gane las elecciones en Brasil. Chávez con 3% en las encuestas, se lanzó a la presidencia en 1998 y le partió el espinazo al sistema. No evalúo aquí sí fueron malas o buenas sus herencias. Solo que la alquimia entre voluntad, valor moral y físico y sentido de la realidad del que hablaba Berlín, los hizo corredores de fondo. Otros corren al basurero de la historia.

@CarlosRaulHer

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Ismael Pérez Vigil

Cada vez que se quiere criticar a la oposición mayoritaria −G4, Gobierno Interino, Gobierno de Guaidó−, a alguna de sus decisiones y en particular ahora al proceso de negociación iniciado en México, entre los calificativos destaca el término: “cohabitación”.

El concepto

Según el diccionario de la RAE el término tiene tres acepciones: 1. Habitar juntamente con otra u otras personas; 2. Hacer vida marital; y 3. Dicho especialmente de partidos políticos, o miembros de ellos: Coexistir en el poder. Cualquiera de las tres describe lo que se quiere decir e insinuar, especialmente la última, pues claramente lo que se quiere decir es que esa oposición: Coexiste en el poder con el régimen y −según algunos dicen− no desde ahora, sino desde siempre: Todo lo que esa “oposición” hace −dicen estos críticos− lo hace en función de esa coexistencia, de esa “vida marital” y es, por tanto, cómplice del régimen en todos los delitos y desafueros que se han cometido desde 1999.

Al calificar así a la oposición, no se busca caracterizarla o clasificarla en alguna de las mencionadas acepciones de la palabra; mucho menos redimirla, lo que se persigue es diferenciarse de ella; pero, por sobre todo, “calificarla”, mejor dicho: descalificarla.

Pero, aunque esta es una práctica de algunas personalidades y grupos muy minoritarios, esta manera de “diferenciarse” cierra puertas al diálogo, la convivencia, el entendimiento. ¿Quién puede querer dialogar, entenderse, con quien “cohabita” y es “cómplice” de un régimen, al que acto seguido se le acusa de delincuente, criminal, tirano, torturador o narcotraficante? Por supuesto él así calificado, tampoco está dispuesto para un diálogo. Aunque siempre es posible el “arrepentimiento” −dirán los críticos−, pero previa humillación y que bajen la cabeza ante quien se considera “puro o pura”, aquí vale usar el masculino y el femenino.

Pero el término, aparte de su propósito de descalificar, humillar, insultar, ser ofensivo, es poco feliz, para describir la situación que se quiere criticar, porque en Venezuela, con un estado y sector público tan poderoso, históricamente hablando, que controla todos los poderes y gran parte de la economía −cada vez más y la que no controla, la destruye− todos cohabitamos con el régimen.

Quiénes cohabitamos

Aparte de los empleados públicos −nacionales, estadales o municipales−, que reciben un salario del estado y claramente dependen de él; o los que contratan con el estado o alguna de sus empresas, sería interminable enumerar todas las actividades en las que interactuamos −o cohabitamos, como les gusta decir a algunos− con el régimen; por lo tanto, solo daré algunos ejemplos de carácter general, para aclarar el punto.

Por ejemplo, todo estamos sometidos al sistema de leyes y justicia del país, desde lo más simple, como respetar una señal de tráfico, hasta lo más complejo como pudiera ser introducir una demanda o apelación ante el TSJ, que es el que administra el “sistema de justicia”; es decir, todos estamos sometidos a un sistema de leyes administrado por este régimen −aunque lo consideremos ilegítimo y el TSJ haya sido designado entre gallos y maitines, por la moribunda Asamblea Nacional del 2010− y quien no se someta, o quien no “cohabite”, es sometido por la fuerza, que además el régimen ha demostrado no tener reparos en utilizar.

Pero no solo quien hace negocios con el estado, o sus empresas, cohabita con él; también lo hacen los que deben obtener una autorización, por ejemplo, una “guía”, para mover mercancías de una parte a otra del país. O los que deben obtener algún tipo de permiso, de lo que sea, para vender mercancías o para exportarlas, o para expender medicinas, e incluso licores. Cohabita también todo aquel que arrienda un inmueble y va a una notaría pública a legalizar o autenticar ese contrato; o quien vende o compra una propiedad −un vehículo, una casa o apartamento, un terreno o una empresa−, y pasa por un registro público a asentar esa operación y, encima, le paga al estado una tasa y un impuesto por hacerla.

Cohabita todo aquel que obtiene −o acepta− un título de educación media, universitaria, de pre o post grado, que es emitido por el Ministerio de Educación o una universidad pública o aunque sea privada, pues igual tiene que “registrarlo”, bien sea para ejercer la profesión o para legalizarlo o “apostillarlo” para usarlo fuera del país.

Cohabitamos todos los venezolanos a quienes una oficina pública de tránsito −controlada por el régimen− nos expide una licencia de conducir; y naturalmente, todos los venezolanos o extranjeros que portamos un documento de identidad, que hoy día emite el SAIME, con el que circulamos por el país o vamos a un banco o a un registro a realizar alguna operación; ni que decir de los que buscamos un pasaporte nuevo o una prórroga del mismo, para viajar al exterior. Cohabitación, además de la de “apostillar” documentos, de la que no se libran ni siquiera los que ya no viven en el país, que además lo hacen en condiciones mucho más precarias y onerosas.

Y termino mis ejemplos con el más álgido, que algunos prefieren olvidar; es el caso de todo aquel que le entregue dinero al estado pagando el IVA y no se declare en “rebeldía” al respecto; o el que paga el impuesto sobre la renta, si aún es contribuyente o le presente una declaración al estado, aun cuando no tenga nada que pagar. O los que pagan derechos y tasas aduanales por importar mercancías o por usar los puertos nacionales. También lo hace el jubilado que recibe una pensión, aun mereciéndola por haber trabajado y ser su esfuerzo y ahorro de toda una vida, pues en este momento se la paga el estado.

En fin, creo que no necesito continuar; me parece que el razonamiento ya está claro, que ya todos me han entendido y no me hace falta abundar, porque la lista de las cosas en las que todos “cohabitamos” con el régimen es interminable; máxime en un país, como el nuestro en el cual muchas y muy variadas actividades están reguladas por el estado −desde siempre, pero exacerbadas con el socialismo del siglo XXI− en las que nos vemos obligados a “cohabitar”. De manera que, aquí, todos “cohabitamos”, con gusto o a regañadientes, incluso esos seres inmaculados y puros, que acusan de cohabitación a los demás.

Hay opciones y no excusas.

Algunos dirán que no queda alternativa, pues el estado está en capacidad de ejercer la fuerza para imponer sus condiciones a quien no lo haga; y ese es justamente el punto que olvidan los que hablan de la “cohabitación” de los demás, como si se tratara de un delito. Pero también olvidan que eso no es inevitable, pues la “cohabitación” finaliza cuando −de acuerdo a los ejemplos que empleé− se deja de pagar impuestos, u obtener y registrar documentos o de obedecer algunas de las leyes del estado y de aceptar el papel del régimen en alguna de las muchas actividades, las que he mencionado y las que no. Cuando así se haga, podremos hablar del fin de la “cohabitación” o de que esas personas, que así actúen, no lo hacen. Pero eso, no está exento de consecuencias.

Por eso cualquier análisis sería incompleto si no se describe o propone alguna vía que permita superar la “cohabitación”; por ejemplo, la desobediencia civil y ciudadana; sin embargo, agregaré que eso es algo que no me corresponde y hay varios y poderosos motivos para no hacerlo. Primero, por una razón obvia de seguridad, pero sobre todo porque no voy pedirle a alguien que se enfrente a un régimen que no tiene escrúpulos en reprimir, como bien lo ha demostrado. No se puede pedir a nadie que tenga un alma noble y grande como Gandhi, que se tejía sus propias telas para no usar las inglesas o que, siendo abogado, se negaba a defenderse en los juicios que se le incoaban e iba a prisión después de decirle al juez que lo condenara y lo enviara a la cárcel, sentencia que él aceptaba únicamente porque obviamente el otro era el que tenía la fuerza, pero a quién él no reconocía su derecho ni su autoridad para aplicarla. Y segundo, porque no quiero facilitar las bravatas de quienes hacen llamados a la “rebelión” desde la seguridad de un teclado; algunos aseguran su disposición de participar en ella, incluso ofreciéndose a regresar al país para incorporarse a esa tarea, cosa que nunca ocurre, pues siempre habrá la excusa de que “yo me incorporo, cuando alguien lo organice… que no seré yo”

No, a nadie se le pide esta entrega y ascetismo gandhiano; o tomar una iniciativa de “rebeldía” como la que han tenido en muchos países los que se declaran en desobediencia civil contra dictaduras y gobiernos tiranos. Todos sabemos que hay sobradas formas de hacerlo; desde los casos recientes en países exsocialistas, o recordar lo que hicieron, por ejemplo, en muchos países en los años cuarenta, cincuenta y hasta sesenta, del siglo pasado, cuando obtuvieron la independencia de quienes los colonizaron durante siglos. Como parte de esa lucha por acabar con regímenes coloniales crearon “un estado dentro del estado” y la población se rebelaba contra el gobierno colonial y se sometía a las leyes, al sistema de justicia, al sistema escolar e incluso se casaban civil y religiosamente bajo el régimen y autoridades de los diferentes “Frentes de Liberación Nacional”, rechazando la autoridad y régimen del colonizador. (A los aficionados al cine les recomiendo ver “La batalla de Argel”, 1966, de Giulio Pontecorvo y música de Ennio Morricone, en donde esta lucha se ilustra magistralmente. Lo recuerdo solo a título de ejemplo)

Pero mientras nada de eso ocurra, usar el término “cohabitación” para calificar las acciones de los demás, no deja de ser un mero recurso retórico, efectista, de naturaleza politiquera, algo demagógico, con el que se persigue ofender o humillar, pero nada más.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/category/articulos-blog/

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Catalina Oquendo, Isabella Cota, Mar Centenera, Jacqueline Fowks, Florantonia Singer, Heloísa Mendonça

Empiezan como un tráfico hormiga, en las maletas de los familiares de expatriados, y se convierten en productos de exportación, emprendimientos o fenómenos transnacionales por obra de la migración y la añoranza de un sabor: dulces de la infancia, empanadas picantes, refrescos, harina para arepas, pao de queijo congelado. El negocio del paladar sentimental.

“Ayer vivimos un momento muy especial como migrantes”, escribió esta semana la periodista venezolana Melanie Pérez Arias, que emigró de Caracas a Lima en 2017. “Después de cuatro años conseguimos una mortadela muy parecida a la venezolana y bueno ¡PAN CON MORTADELA, caballo!”. Su esposo, que es peruano, había emigrado primero a Venezuela, y su decisión de volver estuvo impulsada también por una nostalgia gastronómica: el país que adoptó se había quedado sin pan. “Y los peruanos no saben vivir sin pan”, dice Pérez Arias. Pero, de regreso en Perú, no conseguían la mortadela que comían en Caracas. Que ni siquiera es un producto típico venezolano, explica la periodista: “Es una herencia de la emigración española en Venezuela”. Tardaron cuatro años en reunir los componentes básicos de un bocadillo que añoraban, producto de la influencia de tres países sobre sus paladares: pan con mortadela. “Casi lloramos”, bromeó Pérez Arias.

Tal vez no bromeaba. Cualquier desarraigado —por voluntad o necesidad— puede entender su emoción. Ni siquiera hace falta vivir en otro país. Las abuelas peruanas que en los 80 y los 90 eran detenidas en el aeropuerto intentando pasar un kilo de papas amarillas para hacerles una causa decente a sus hijos exiliados en Long Island o en Santiago, comprendían perfectamente el carácter único de un ingrediente, el peso de un sabor ligado a la memoria. Lo sabe el primer mexicano que pudo comprar una botella de Salsa Valentina en Shangai, la familia guatemalteca que se sienta a comer Pollo Campero en Las Vegas, los argentinos que llenaban sus maletas de alfajores antes de que Havanna apareciera en los duty free o los colombianos que salen a buscar un Supercoco en una tienda de Madrid.

Y también lo han entendido los empresarios y los intrépidos que, en las últimas décadas, han seguido el rastro de la diáspora latina y su saudade gastronómica para hacer crecer sus marcas o montar nuevos negocios. La verdadera patria del hombre no es la infancia, como decía Rilke: son los sabores de la infancia. Y eso cuesta tres veces más cuando se está lejos de casa, pero no hay nadie que se arrepienta de pagarlo. Eso es lo que cuentan estas seis historias.

El ‘mazapán’ mexicano

Con más de 11 millones de personas nacidas o provenientes de México viviendo en Estados Unidos, los dulces y botanas de este país tienen un mercado natural en el exterior, sobre todo en su vecino del norte. En tiendas de barrios mexicanos en ciudades del extranjero, en algunos supermercados y en comercios en línea, los migrantes buscan dulces a base de tamarindo (como el Pulparindo), frituras con sazones típicamente mexicanos (como los Rancheritos y los Ruffles en bolsa verde) y los aderezos picantes (como la salsa Valentina o el polvo Tajín). Un dulce de avellana llamado Duvalín, muy popular dentro de México, también se ha hecho espacio fuera del país gracias a los migrantes.

Pero de todos los productos, hay uno que nunca falta en los estantes de las tiendas de importaciones o en los hogares de los mexicanos en el exterior: el mazapán. De origen europeo, la versión del mazapán hecho con cacahuate (o maní), azúcar y agua es típicamente mexicano y tiene una textura similar a un polvorín que se deshace entre los dedos y se disuelve en la boca. Es una golosina sencilla, con sabor a cacahuate y textura suave, pero a los mexicanos que viven lejos de casa les sabe a su país.

“Con el mazapán y el Duvalín, por ejemplo, no me duele el codo pagar un dólar por cada uno porque no solo sabe rico, también me recuerda a la cultura mexicana, a la tienda de la esquina, a andar de chiquillo comiendo esos dulces”, dice Roberto Yáñez, mexicano de 38 años residente en Vancouver, Canadá. Considerando el tipo de cambio, Yáñez paga hasta tres veces lo que pagaría en México por estos dulces. “Me recuerdan a mi infancia, a mi papá, a todo eso”.

La empresa jalisciense Dulces de la Rosa asegura ser la creadora de esta receta, pero en diferentes partes del país se encuentran bajo diferentes marcas. Dulces de la Rosa produce 10 millones de mazapanes diarios y hace unos años anunciaron planes de abrir una planta nueva en Costa Rica para suministrar su mercado centroamericano. Además de EE UU, la empresa exporta también a Canadá, Europa y a Medio Oriente, de acuerdo con su sitio web. Otra empresa que aprovecha la nostalgia de los mexicanos en el extranjero es Grupo Bimbo, la panificadora más grande del mundo, dueña de favoritos como el Duvalín.

Las empanadas argentinas (españolizadas)

Cuando el argentino Mariano Najles llegó a Barcelona en 2005, no había forma de conseguir las empanadas que extrañaba, las de Tucumán, su provincia natal. Las que se ofrecían en unos pocos restaurantes argentinos copiaban las recetas de Buenos Aires y tenían un sabor diferente. Hace ocho años, junto a otro tucumano, Daniel Rojas, tomaron la decisión de hacerlas ellos mismos y crearon Las Muns. Tenían claro que iban a vender empanadas de carne como las que añoraban, pero que también ofrecerían sabores adaptados al gusto local. Fue un éxito. Hoy, con 21 locales repartidos entre Madrid, Barcelona y otras ciudades, venden cerca de dos millones de empanadas al año, cuenta Najles por teléfono.

“Las de carne están por orgullo nacional, pero también desde el principio ofrecimos caprese, que es muy mediterránea; de pollo al curry; la de atún, que es como la empanada gallega; y en los últimos años hicimos cosas más locas, como una empanada de cheeseburger vegana o para Sant Jordi una de cheescake con pétalos de rosa”, cuenta.

Los argentinos nostálgicos llegan en busca de los clásicos; los demás están más abiertos a probar. “Cuando vino un tío mío de visita le ofrecimos una degustación que iba de la más suave hasta la más fuerte: la empanada tucumana de carne picante. Él iba comiendo y nos miraba, sin decir nada. La de cebolla caramelizada con nueces, la caprese, otra más, hasta que comió la de ternera y habló: ‘Por fin se han terminado los pastelitos’”, cuenta entre risas Najles. “En Tucumán debemos tener un cartel de Buscados, porque allá hacer empanadas de colores debe ser un sacrilegio”, comenta, por algunas variedades como la de atún, que se ofrece con una masa negra porque lleva tinta de calamar.

Claudia Briandi llegó a Madrid en 2001, durante la gran crisis argentina del corralito, y allí sigue dos décadas después. Los primeros años, recuerda, era casi imposible encontrar algunos de los productos clásicos argentinos, como dulce de leche o yerba para el mate, y le pedía a cada conocido que viajaba de Buenos Aires a Madrid. Después, esos productos empezaron a encontrarse en tiendas especializadas y hoy los venden incluso en supermercados.

Con las empanadas ocurrió igual. Hace cinco años, al ver cómo las tiendas de este producto típico de Argentina proliferaban en Barcelona, decidió abrir Malvón junto a dos socios españoles. Hoy cuentan con más de 40 sucursales y hacen más de 400.000 empanadas a la semana. “Las empanadas se repulgan a mano y ese es uno de los problemas porque se necesita mucho personal especializado”, cuenta sobre la forma tradicional de cerrar la masa, que en Argentina varía según cada relleno y permite diferenciarlos. Hace unos meses, Briandi dio un paso al costado en Malvón para lanzarse en una nueva aventura de nostalgia gastronómica, esta vez centrada en las milanesas.

El pão de queijo brasileño

Desde hace varios años, en Brasil, el pão de queijo (literalmente pan de queso, un bollo hecho a base de fécula de mandioca y queso) es una de las comidas más populares del país. Sin embargo, nadie sabe exactamente cuál su origen. Se dice que la receta se creó en el siglo XVIII, en el Estado de Minas Gerais. Fue, al parecer, un invento de las cocineras que sustituían el trigo —difícil de conseguir en aquella época— por la harina de mandioca para hacer el pan. A esta fórmula se le añadió el queso de vaca tradicional de la región. Cualquiera sea su pasado, es inseparable del presente: forma parte de la gastronomía brasileña y, además de cruzar las fronteras de las tierras mineras, también está presente en varios países donde existen grandes comunidades de brasileños, que no soportan la idea de vivir sin el sabor tan típico al que están acostumbrados. El amor al pão de queijo y su popularidad también es fruto de su versatilidad: se puede comer durante el desayuno, en la merienda o por la noche, y no contiene gluten.

Tras 11 años residiendo en Italia, la brasileña Patricia Sadala, nacida en Minas Gerais, se las ingenia como puede para conseguirlo. Cuando recibe la visita de familiares, el único requisito que les suele imponer es colocar en su maleta los ingredientes para cocinar pão de queijo. Cuando nadie llega de visita, Patricia, que vive en las afueras de Turín, en el noroeste italiano, suele desplazarse algunos kilómetros hasta un supermercado en que venden la mezcla para hacerlo. También frecuenta un mini mercado en el cual se venden diferentes productos típicos de toda América Latina. “Allí puedo encontrar muchos productos brasileños, incluso pan de queso congelado”, cuenta.

La empresa Forno de Minas Alimentos S/A, líder de mercado en la venta de pan de queso congelado en Brasil, hace tiempo dejó atrás la frontera impuesta por las montañas de Minas Gerais para conquistar otros países. Actualmente, la compañía exporta sus productos a Estados Unidos, Colombia, Uruguay, Chile, Paraguay, Perú, Guatemala, El Salvador, Panamá, Costa Rica, Canadá, Portugal, Inglaterra, China, Emiratos Árabes Unidos y Japón. En Estados Unidos, donde hay una comunidad enorme de brasileños, la empresa está presente desde hace dos décadas, e incluso tiene una filial en Miami. “El producto lo presentan los propios brasileños que no consiguen vivir sin su pan de queso. La aceptación entre los extranjeros es alta”, aseguró Hélder Mendonça, CEO de Forno de Minas, en una entrevista con EL PAÍS.

El reinado de la arepa venezolana

Es probable que haya más areperas en el mundo que en Venezuela. Y que la arepa, con la diáspora en aumento, se convierta en el futuro en la nueva comida china. En 2018, una iniciativa llamada ‘Locos por las arepas’ intentó mapearlas y contó hasta 520 negocios en 51 países. Sitio al que han llegado los venezolanos —sea en América, en Asia o en Sudáfrica—, han llevado las arepas. Esta globalización fue impulsada en parte por la Harina P.A.N., que comenzó a producirse en 1960 en Turmero, en el estado Aragua, en la región central de Venezuela. Hace tiempo ya que la harina de maíz venezolana dejó de ser un producto que se solo conseguía en mercaditos exóticos. En los años 70 se exportaba a las Islas Canarias, ese terruño con tantos vínculos con Venezuela. Hoy su distribución alcanza cadenas masivas como Wallmart y más de 90 países, resultado de la expansión de Empresas Polar, una de las más antiguas de Venezuela. Primero una planta en Colombia, que produce 140.000 toneladas al año; luego otra en Estados Unidos; después vinieron las de Europa, en Italia y España, esta última abierta en Madrid el año pasado en plena pandemia. Su base de maíz le ha dado un mayor impulso en los últimos años en los que la vida sin gluten es una aspiración para muchos y una necesidad para los celíacos.

P.A.N son las siglas de Producto Alimenticio Nacional. Desde 1992, por decreto presidencial, la harina de maíz venezolana está fortificada con hierro y vitaminas, de acuerdo con los requerimientos nutricionales venezolanos. La creación de este producto significó un salto en la industrialización del procesamiento de maíz, que hasta mediados del siglo XX era machacado en pilones por mujeres con brazos de hierro. La Harina P.A.N. que se produce hoy en Venezuela está hecha con maíz importado. La superficie de siembra del cereal se ha contraído brutalmente con la crisis económica. Pasó de millones de hectáreas a cientos de miles, que apenas cubren 20% de la demanda local.

Esta harina se usa no solo para arepas dulces o saladas. Es la base de las hallacas, los bollos y las empanadas venezolanas —fritas, doradas por el azúcar que se agrega a la masa y con rellenos caribes—, otra conquista de los venezolanos en el mundo. También se adapta a otras gastronomías para la preparación de platos como tamales o polenta. El empaque amarillo de la Harina P.A.N se ha convertido en un ícono pop con sus mazorcas y su logo inspirado en la cantante de samba Carmen Miranda, una identidad un poco fuera de las coordenadas venezolanas, diseñada por el búlgaro Marko Markoff. En el reverso de la bolsa está la receta de las arepas, una que seguramente solo han leído los extranjeros. Dividir la masa en 10 porciones, formar bolas, aplanar con las manos en discos de 10 centímetros de diámetro, para luego cocinar en una plancha cinco minutos por cada lado. La cantidad de pasos desmiente lo simple que es hacer una arepa luego de haber mezclado harina, agua y sal. Entre los venezolanos, la preparación es un rito tácito que se aprende en familia, tiene sus canciones y se lleva en la maleta cuando se emigra.

La Inca Kola peruana

La gaseosa Inca Kola es la acompañante preferida de los peruanos con la comida chino-peruana llamada chifa, pero es también la bebida más usual en los cumpleaños y las fiestas. Tiene el color amarillo de un resaltador de texto y su sabor va entre la hierbaluisa y el chicle. Se vendió por primera vez en 1935 y desde los años 60 empezó a publicitarse vinculada a la identidad peruana: “Tome Inca Kola, ¡de sabor nacional!”, era su slogan.

En 1999, Coca Cola Company compró el 49% de las acciones de la empresa peruana que la embotellaba, Lindley, cuyas ventas nunca pudo superar debido a la preferencia nacional por la Inca Kola. Con la crisis económica que afectó Perú en las décadas de los 80 y 90, millones de peruanos migraron: las latas de Inca Kola estaban entre los regalos más preciados cuando no había distribución internacional de las botellas. Hoy hay plantas de envasado del refresco en Estados Unidos y en Chile, dos de los países con la mayor cantidad de expatriados. Una compañía creada en 1999 por un cubano en New Jersey la distribuye en 32 estados de los EEUU y en Japón, Australia, Corea del Sur, España y Panamá; sin embargo, el mismo cubano vendía botellas de Inca Kola en su taxi desde los años 80 en Miami. En Chile, la fabricación empezó en 2016.

Nico Vera, un chef peruano vegano residente en Portland, Oregón (EEUU), recuerda la gaseosa como su bebida favorita de niño. “La tomaba para acompañar un arroz chaufa o algún sánguche de almuerzo, o la bebía como refresco en las tardes calientes de verano”. Sus padres decidieron buscar mejoras laborales y migraron con la familia a República Dominicana, y luego de algunos años se establecieron en Toronto.

“En el extranjero, en los años 70 o parte de los 80 aún no estaban disponibles los productos peruanos donde vivíamos, y extrañábamos el turrón de doña Pepa, el panetón, los helados D’Onofrio y la Inca Kola. Pero de vez en cuando viajábamos a Lima y nos traíamos algunos productos para disfrutarlos en ocasiones especiales”, recuerda. El chef cuenta que cuando la Inca Kola ya se distribuía en el extranjero, su familia compraba “botellas grandes para el almuerzo del 28 de julio (el día de las fiestas patrias de Perú)”.

“Lo que ahora me doy cuenta es que siempre teníamos otras opciones, podíamos elegir Coca Cola u otra, pero siempre escogimos Inca Kola: creo que como todas las otras comidas o bebidas peruanas nos daba algo de orgullo porque era parte de nuestra cultura”, añade. Vera ha dejado de tomar gaseosas en la adultez, pero si quisiera reencontrarse con ‘la bebida de sabor nacional’ podría ir a alguno de los mercados latinos de Portland.

Un ponqué colombiano en el CVS

Nació en los años 50 y desde entonces ha sido el producto infaltable en las loncheras de miles de niños colombianos. El Chocoramo, un ponqué rectangular recubierto de chocolate, es uno de los refrigerios icónicos de Colombia y uno de los más añorados por quienes viven lejos. Su envoltura naranja, sus esquinas tostadas, la marca Ramo escrita en letra cursiva, remiten inevitablemente al país.

Por eso, la noticia de que ahora se venderá en las farmacias CVS en Estados Unidos a 99 centavos de dólar ha sido celebrada en las redes por migrantes que viven allí. “Un colombiano ve un Chocoramo a un kilómetro y lo distingue”, dijo Santiago Molano, nieto de Rafael Molano, uno de los fundadores de la marca. Aunque para llegar a un público más amplio, la empresa está pensando nombrarlo como Chococake.

Chocoramo es un producto de barrio, del que se encuentra en cualquier tienda o supermercado, y guarda relación con su origen. Rafael Molano comenzó vendiendo tortas de una receta familiar a los amigos de Bavaria, la cervecera en la que trabajaba; luego las vendió en tiendas, tajada en porciones y envuelta como si fuera un ramo, una idea de su esposa, Ana Luis Camacho. Se convirtió entonces en el ponqué de cumpleaños más barato que podía conseguir un colombiano. Con los años decidieron recubrirlo de chocolate y así nació el Chocoramo.

“Sabemos que hay categorías como panadería y molinería, confitería de azúcar, lácteos y sus derivados, confitería de cacao, bebidas alcohólicas y no alcohólicas, donde está el grueso de las exportaciones de nostalgia del país, que en la mayoría de las ocasiones tiene como objetivo llegar no solo a los colombianos en el exterior, sino también a los latinos y a los consumidores locales “, dice Flavia Santoro, directora de Procolombia.

Según la entidad, las exportaciones sumadas de esos subsectores durante 2020 equivalen a 422 millones de dólares: el 5,4% de los productos agrícolas exportados de Colombia durante el año pasado. Sin embargo, aclara que no todos los bienes de esas categorías pertenecen a los denominados productos de nostalgia que, cada vez más, tienen mayor acogida en países de Europa y Estados Unidos.

Otros dulces como Bon Bon Bum o Supercoco, se consumen con frecuencia en países como España, donde también abundan los migrantes colombianos. Eso lo sabe bien Eduardo Ávila, nacido en Popayán, suroeste de Colombia, que emigró hace 22 años a Madrid y no solo se quedó, sino que creó Intertrópico, alimentos latinos para el mundo, una empresa dedicada a importar productos latinoamericanos que vende a migrantes en Europa.

“Los colombianos piden mucha panela, natilla y buñuelos para Navidad y otros productos como Jabón Rey, que quieren para lavarse el pelo y como amuleto de la suerte o porque les recuerda el país”, cuenta Ávila desde Madrid. Antes que importador, este colombiano comenzó con un locutorio. Hace dos décadas, una llamada internacional era un producto de primera necesidad, dice.

Luego compraba productos que algunos latinos llevaban en sus maletas y los vendía en el locutorio. Con el tiempo y la llegada de más migrantes vio una oportunidad de negocio y hoy tiene el supermercado, una distribuidora y comercializadora de productos latinos, que emplea a 20 personas. También importa ajiaco y sancocho congelados y hasta veladoras adaptadas a los santos de cada país de Latinoamérica.

La nostalgia se ha vuelto exigente, admite Ávila, que sueña con que puedan entrar productos como el borojó, una fruta colombiana, o el manjar blanco, un dulce que a él le recuerda particularmente a Colombia.

Créditos:

Coordinación y edición: Lorena Arroyo y Eliezer Budasoff

Ilustraciones: Miki

Edición visual: Héctor Guerrero

https://elpais.com/internacional/2021-08-22/la-economia-de-la-nostalgia....

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