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Opinión

Félix Arellano

Al avanzar la labor de gobierno, y luego del reciente periplo oficial por Europa, se va definiendo la nueva orientación de la política exterior del presidente Biden, que podríamos definir como un giro internacionalista, en el marco del liberalismo institucional y bajo un pragmatismo estratégico. Una nueva orientación que rompe con la política aislacionista y nacionalista de la administración anterior e incorpora el pragmatismo estratégico como elemento creativo en la tradicional corriente internacionalista americana, que cuenta con el presidente Woodrow Wilson como un exponente representativo.

Podríamos afirmar que nos encontramos frente a un cambio conceptualmente interesante, que abre nuevas oportunidades, tanto para los Estados Unidos como para la comunidad internacional; pero, también genera resistencias, particularmente en el plano interno, lo que plantea dudas sobre su viabilidad y estabilidad.

La visión internacionalista no descarta la relevancia de los asuntos nacionales, que en gran medida fundamentan la formulación de la política exterior, lo novedoso tiene que ver con la importancia que asignan a la comunidad internacional, sus instituciones y su agenda para lograr de forma más eficiente los objetivos nacionales.

El presidente Biden está tratando de construir un difícil equilibrio entre las prioridades y urgencias nacionales y las posibilidades que puede brindar el contexto global; rescatando y resaltando los valores liberales que privilegian las libertades, la democracia y los derechos humanos, sin dogmatismo, de allí el carácter pragmático, pero con firmeza.

En línea con el internacionalismo se pueden destacar un conjunto de decisiones que se han adoptado desde el primer día de gobierno, como la reincorporación en el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, en la Organización Mundial de la Salud (OMS); están pendientes su reincorporación en el Consejo de Derechos Humanos y en la Organización para la Educación la Ciencia y la Cultura (Unesco), ambas instituciones del sistema de Naciones Unidas.

Tales decisiones —importantes tanto para la convivencia y la cooperación internacional como para reforzar el liderazgo internacional de los Estados Unidos— enfrentan serias críticas, en particular, de los grupos que mantienen una visión radical aislacionista en el Partido Republicano. Existen razones que justifican el cuestionamiento del multilateralismo, entre otros, el burocratismo, la lentitud de los procesos y los costos; empero, la crítica tiende a resultar sobredimensionada y, por lo general, no reconoce los beneficios para la construcción de la gobernanza internacional.

El giro al internacionalismo con un pragmatismo estratégico se ha podido apreciar en el reciente viaje oficial a Europa. La intensa agenda que abarcó: las cumbres del Grupo de los 7 y de la OTAN, la reunión con la Unión Europea y diversas reuniones bilaterales, que cerraron con la cumbre con el presidente de Rusia Vladimir Putin en Ginebra, confirman, tanto el nuevo internacionalismo —donde se trata de retomar el liderazgo de los Estados Unidos y los valores del orden liberal— como el pragmatismo estratégico, pues se avanza en una agenda, en coordinación con los aliados, en el marco del diálogo transatlántico renovado que tiene entre sus objetivos fundamentales enfrentar el expansionismo de la geopolítica del autoritarismo, con epicentro en China, el adversario sistémico, pero sin menospreciar las oportunidades que se pueden desarrollar con esos actores.

La visión estratégica está orientada a fortalecer el orden liberal, pero con el pragmatismo de evitar un radicalismo excluyente y aprovechar las oportunidades. Otra de las manifestaciones del pragmatismo estratégico tiene que ver con el desmonte cuidadoso de la política de máxima presión, que en diversos frentes desarrolló el gobierno de Donald Trump. En esta oportunidad la presión máxima se desarrolla de forma reflexiva, coordinada con los aliados y gradualmente, sin desconocer sus beneficios como mecanismo de presión, pero limitando su aplicación por los resultados paradójicos que puede generar, en detrimento de los intereses económicos de los Estados Unidos.

En este contexto, podemos apreciar cómo en el caso de China, epicentro de la estrategia, se aborda desde la perspectiva pragmática, es el adversario sistémico, pero también representa importantes oportunidades; en consecuencia, se podría considerar que salen del escenario, tanto la tesis de la conformación de una nueva guerra fría como las catastróficas especulaciones que se inscriben en la «trampa de Tucídides». Al respecto, y como parte de la estrategia pragmática que se adelanta desde la Washington, se ha anunciado que inician las negociaciones para realizar próximamente una cumbre de los dos jefes de Estado.

Podríamos afirmar que los acercamientos con Irán, Turquía y la cumbre de jefes de Estado con Rusia —que se desarrollaron en el marco de la gira europea— son manifestaciones del nuevo internacionalismo y su giro pragmático estratégico.

Decisiones asertivas, que se trabajan de forma coordinada con los aliados y pueden representar un punto de inflexión frente a los avances de la geopolítica del autoritarismo a escala global.

En el caso de Irán, los países europeos Alemania, Francia y el Reino Unido, miembros del comité de administración del acuerdo sobre el programa nuclear con Irán (Plan de Acción Integral Conjunto), han iniciado un proceso de negociación pendular con Estados Unidos e Irán, para explorar las posibilidades de reincorporación de la potencia americana en el acuerdo, proceso que está avanzando sin desmontar las sanciones que están aplicando contra Irán; por el contrario, juegan como medio de presión para facilitar las negociaciones.

Bajo la perspectiva del internacionalismo pragmático se aspira a establecer límites al expansionismo iraní y, simultáneamente, aprovechar oportunidades en diversas áreas económicas. En términos metafóricos, se trata de utilizar simultáneamente «el garrote y la zanahoria»; empero, los resultados no están garantizados. Debemos tener presente que el acuerdo con Irán enfrenta un fuerte rechazo, tanto de los sectores conservadores del Congreso como de las monarquías sunitas del Medio Oriente y, en particular, de Israel y sus poderosos grupos de presión en los Estados Unidos.

Por otra parte, la revisión de las relaciones con el gobierno de Recep Tayyip Erdogan de Turquía, representa otra de las manifestaciones del pragmatismo en la nueva orientación internacionalista de la política exterior del presidente Biden. En este contexto, en el marco de la cumbre de la OTAN, se realizó una reunión de trabajo entre ambos presidentes, lo que formalmente inicia un nuevo proceso en las relaciones bilaterales, fase que goza del respaldo de la mayoría de países miembros de la UE.

Las diferencias con el gobierno de Erdogan son muchas, empero, para todas las partes resulta conveniente abrir espacios para nuevas oportunidades de comercio e inversiones; sin abandonar los temas sensibles ante la marcada tendencia autoritaria del presidente Erdogan y marcando límites a su expansionismo en la región.

En el contexto del nuevo internacionalismo con pragmatismo estratégico, la cumbre con el presidente Vladimir Putin, constituye un evento relevante.

Al encuentro llegó el presidente Biden fortalecido con el apoyo de los aliados tradicionales, con un mayor poder de negociación y con el objetivo de establecer certidumbre en las relaciones de Rusia con Occidente; definir límites que tienen que ver con el respeto al orden liberal, pero dispuesto a explorar espacios para la convivencia.

La visión estratégica es fundamental, calmar la agresividad rusa, alimentar el ego de liderazgo del presidente Putin y avanzar en la reducción del protagonismo de la geopolítica del autoritarismo, que tiene como epicentro a China. Rusia es un enemigo, pero débil, sin músculo financiero y con serios problemas internos; empero, lucha por un protagonismo internacional.

El solo hecho de realizar la cumbre entre ambos jefes de Estado en Ginebra contribuyó a reducir las tensiones. El presidente ruso asume la cumbre como el reconocimiento de su liderazgo mundial, lo que pudiera contribuir a reducir su acción agresiva en el contexto internacional y a crear espacios para abordar otros temas complejos en los que Rusia ejerce un importante protagonismo, como Siria, Libia, Bielorrusia e incluso en el caso de los gobiernos autoritarios en América Latina, como es el caso de Cuba, Nicaragua y Venezuela que son importantes aliados de Putin.

Frente a nuestra región también avanza una visión internacionalista con un pragmatismo estratégico, con una marcada dosis de prudencia dada la heterogeneidad de nuestra realidad, lo que tiende a reducir el optimismo; ahora bien, por su complejidad e importancia requiere de una reflexión especial.

Los cambios en la política exterior de los Estados Unidos se presenta estimulantes para avanzar en el camino del diálogo, la cooperación y la negociación; empero, la creciente polarización de la sociedad norteamericana y la desconfianza que generó la anterior administración en la comunidad internacional son algunas de las resistencias que hacen más difícil el camino.

Mail: fgap1749@gmail.com

Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.

 6 min


Eddie A. Ramírez S.

Matar el pasado es hoy el pasatiempo de gobiernos, grupos religiosos y políticos, así como de ciudadanos en general que juzgan inquisitorialmente el pasado con los valores que cada quien tiene actualmente. En cualquier momento alguien promoverá destruir las pinturas en que aparece Prometeo robando el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres, argumentando que ese elemento causa daños. Otros propondrán derribar las estatuas de Watt porque su popular máquina de vapor funcionaba con carbón y este mineral contribuye al calentamiento global. Siempre habrá un idiota que identifique a un supuesto o real enemigo de la humanidad a quien hay que borrar del planeta, obviando la época y circunstancia en que ocurrieron los hechos. Cabe recordar que ese espíritu iconoclasta ha estado presente en todas las culturas. Lo inaudito es que siga ocurriendo ya bien avanzado el siglo XXI.

El pasado, con sus más y sus menos, no puede cambiarse. Lo procedente es aprender de los errores para no repetirlos, así como explicar a las nuevas generaciones el porqué de los hechos y sus causas. El levantar o retirar estatuas o monumentos de alguien no debiera ser potestad de los políticos o de cualquier grupo, sino de las academias de la historia, con lo cual disminuirían las controversias y posibles injusticias.

Recientemente, la ira de los nuevos iconoclastas ha estado dirigida en contra de quienes incurrieron en maltrato, real o supuesto, a los primeros pobladores de nuestro continente y contra los que apoyaron la esclavitud. Desde luego que ambos hechos son condenables y nadie puede apoyar a quienes cometieron esos delitos, pero estos deben ser demostrados y, caso positivo, evidenciar esos malos ejemplos ante las nuevas generaciones.

¿Se justificaba o no la destrucción o el retiro de las estatuas de Cristóbal Colón en Caracas, de Gonzalo Jiménez de Quesada en Bogotá, de Fray Junípero en California y de John Mac Donald y Ryerson en Canadá, por el supuesto o real atropello a los aborígenes? No es el propósito, ni somos los indicados para pronunciarnos sobre la inocencia o culpabilidad de los citados. Solo señalar que es improcedente intentar borrarlos de la historia. Una opción es colocar, al pie de las estatuas, una placa señalando sus contribuciones y sus errores.

Otro caso es el de Lee y sus generales de la Confederación que pelearon en defensa de la no abolición de la esclavitud. Evidentemente, ellos no solo defendieron una causa injusta, sino que causaron muerte y destrucción al ir a la guerra. Al igual que algunos dictadores, quizá lo adecuado es retirar sus estatuas a un museo, con un resumen de lo censurable de sus conductas.

En Venezuela, el derribo de estatuas y cambios de nombre no ha sido por el activismo de grupos de ciudadanos, sino por decisión arbitraria del régimen de Chávez-Maduro. Por razones políticas cambiaron el nombre del Parque Rómulo Betancourt, por el de Francisco de Miranda; la central hidroeléctrica Raúl Leoni la rebautizaron Simón Bolívar y la conocida como La Vueltosa le pusieron el nombre del guerrillero castro comunista Fabricio Ojeda.

El cerro Ávila lo llamaron Wuaraira Repano y el Salto Ángel lo convirtieron en Churún Merú, aunque los indígenas lo conocen como Karepakupai Merú. El otrora estado con el nombre del prócer civil José María Vargas lo rebautizaron como La Guaira. La autopista Francisco Fajardo, ahora es Guaicaipuro, evidenciando ignorancia sobre quién fue el mestizo Fajardo nacido en Margarita.

Ahora, con motivo del bicentenario de la Batalla de Carabobo, la secretaria del Consejo Nacional de Universidades, Yadira Córdoba, y otros miembros redactaron un Acuerdo dando méritos a Chávez “por haber revelado la verdadera dimensión del 24 de junio 1821”, omite la figura de Páez y de los próceres civiles, sobredimensiona el papel de los militares en la gesta de independencia. Amalio Belmonte, secretario de la Universidad Central de Venezuela, salvó su voto y anunció que esa casa de estudios redactará su propio Acuerdo, “desde una perspectiva académica, histórica y doctrinaria “

Sea propicia la celebración del bicentenario de la batalla de Carabobo, para que nuestro ejército evidencie que es “forjador de libertades”, como se autodenomina, en el sentido de “constructor o que dio la primera forma” a la libertad, y no en la otra acepción del diccionario de “fingir o simular” libertades.

Recordamos a los rojos que Leningrado hoy se llama Petrogrado o San Petersburgo y que Stalingrado es Volgogrado. Matar o tergiversar la historia es una deshonestidad intelectual y, en algunos casos, solo contribuye a revivir odios. Lo que procede es visualizar el futuro y resolver los problemas de pobreza, migraciones, drogas y violación de los derechos humanos.

Como (había) en botica: Después de un obligado receso, la Fundación Servicio Para El Agricultor (Fusagri) reinicia actividades cumpliendo con los objetivos del desarrollo sostenible, dentro de la propuesta de bioeconomía. En su página web https://www. fusagri.com/ ofrece información al respecto. Fusagri, anteriormente Servicio Shell Para El Agricultor, marcó un hito en la agricultura venezolana desde 1952, con la modalidad de investigación en las fincas de los agricultores y asistencia técnica, así como cursos nacionales e internacionales. Realizó importantes contribuciones en control de malezas, insectos y enfermedades, manejo integral de cuencas hidrográficas, producción de hortalizas, durazno, cítricas y uvas. Distinguidos ingenieros agrónomos como Luis Marcano Coello, Mauricio Báez, Jesús Silva Calvo, Héctor Ayala, Luis Bascones, Ernesto Doreste y Pompeyo Ríos, lamentablemente fallecidos, fueron con muchos otros pilares de esta institución. Al frente de la misma está hoy Luis Marcano González. Le deseamos mucho éxito. Recientemente, también en el sector agrícola, destacan los aportes de los ingenieros agrónomos Adalberto Gabaldón con sus programas sobre Evolución Ambiental, y de Felipe Baritto con Economía de la Sostenibilidad, ambos ubicables en youtube. El sector agrícola y el petrolero deben ser la base de la recuperación de Venezuela.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

22-06-21

 4 min


Humberto García Larralde

Dos términos de mucha carga política actualmente en América Latina. Son polisémicos, atribuyéndoseles significados variados según sea cómo se mire. Ciertas posturas dogmáticas, autocalificadas de “revolucionarias”, estigmatizan el liberalismo por su defensa a ultranza del individuo: exaltaría la prosecución de intereses privados y, con ello, generaría inequidad. Contraponen al socialismo, ámbito de lo colectivo, que haría prevalecer la justicia social. Desde la acera de enfrente, conceptualizaciones igualmente primitivas abjuran de toda idea socialista porque ignora lo individual y sacrifica, con ello, la libertad. Solo el liberalismo garantiza, por antonomasia, la libertad personal. Tomadas de manera simplista, dibujan un escenario político maniqueo. Desde una izquierda justiciera, se enfrenta una derecha que antepone intereses personales, egoístas, al bienestar social; desde la otra óptica, cruzados liberales salvan a la humanidad de las dictaduras colectivistas, al oponerse a toda injerencia estatal. En esta proyección blanco – negro, solían ser gananciosos en América Latina, políticamente hablando, quienes izaban la bandera socialista, identificados como de izquierda.

Aun con los denodados esfuerzos de Maduro y sus acólitos por destrozar toda virtud asimilable a esta opción –el mentado “socialismo del siglo XXI”—, los estragos de la pandemia, siempre más crueles con los pobres, y los desaciertos y/o incompetencias de muchos gobiernos, han vuelto a privilegiar en la agenda política la búsqueda de un modelo societario más justo: ¿socialista? Depende qué se entiende por ello. ¿Acaso los conservadores ingleses –más liberales, difícil—se oponen al National Health Service (NHS) a cuenta de ser un sistema social de medicina y atención a la salud? Ángela Merkel, el portavoz de la marca (liberal) en Europa, Emmanuel Macron, y el Partido Popular (PP) español, ¿deben renegar de los servicios de salud pública? ¿Desmontarían la asistencia social que, por distintas vías, compensa los ingresos de los más necesitados? ¿Están obligados, a cuenta de ser liberales, a oponerse a una educación pública de calidad, de universal cobertura, o a ampliar los servicios públicos? No está en sus agendas, porque estos sistemas gozan de amplia aceptación en sus respectivas sociedades.

Porque es desde el liberalismo, fundamentado en la inviolabilidad del ser humano en cuanto a sus atribuciones y prerrogativas como ser social, que se posibilita la construcción de lo colectivo. Los individuos en sociedad se ponen de acuerdo para proseguir intereses comunes, dando lugar a organizaciones diversas, sindicatos, asociaciones vecinales, gremiales, recreativas –lo que sea— y a posturas compartidas y, más allá, estableciendo instituciones que resguardan estos derechos. Sus preferencias constituyen la base para la creación de los espacios colectivos; no les son impuestos. Quien no está de acuerdo con la manera en que se persiguen intereses gremiales, por ejemplo, puede desafilarse u optar por conducir la asociación. Quien opina que se dedican demasiados recursos a la educación pública, que vote por el partido que plantea su reducción. De hecho, el gobierno de Mariano Rajoy (PP) en España lo hizo, pero recibió muchas críticas por ello luego. El liberalismo no impide que puedan sobreponerse fines colectivos sobre los individuales, pero debe esmerarse por proveer los mecanismos institucionales para que éstos deriven siempre de los derechos irreductibles del individuo: decisiones de cuerpos representativos (parlamento, gremios), consultas populares, elecciones, etc. El gran desafío de la democracia liberal es cómo hacer que esos mecanismos concilien decisiones que deben tomar expertos o intereses que son disímiles, con la voluntad de los individuos que integran la sociedad. Los sesgos o preferencias que, irremediablemente, aparecerán, le darán una tonalidad más de “izquierda” o más de “derecha”, según sea el caso.

Países europeos prósperos, donde priva la iniciativa individual, pero con servicios sociales de salud y un alto grado de equidad a través de la redistribución del ingreso, serían, para algunos, “socialistas”, a pesar del sustento liberal de sus políticas y el acuerdo mayoritario de sus residentes. En Estados Unidos, por su parte, las soluciones colectivas son menos comunes. En el extremo “derecho” estarían quienes reducen las decisiones políticas a lo económico, los “neoliberales”. Para ellos, los flujos financieros internacionales dictan la pauta y cada uno es responsable de su propio bienestar, aun siendo pobre.

Desde la óptica marxista, el socialismo es otra cosa. Al eliminar la propiedad privada sobre los medios de producción y ponerlos en manos trabajadoras, liberaría las fuerzas productivas: los obreros se entregarían gustosamente a producir, ya en control de las circunstancias que determinan sus vidas. En la práctica, esta “socialización” de la producción significó su propiedad por parte del Estado, con lo que los criterios para asignar recursos y distribuir lo producido pasó a determinarse por criterios políticos. Dio lugar a una nueva clase social formada por quienes estaban en comando. Al destruir el Estado liberal, “burgués”, degeneró en una autocracia despótica que sucumbió pronto a la tentación de enriquecerse a través del abuso de poder, pero contando, ahora, con la absolución de la Historia (con mayúscula).

El chavo-madurismo es expresión depravada de lo anterior. Siempre tuvo en mente, no el desarrollo de las fuerzas productivas, sino su depredación: “ahora PdVSA es de todos”. Su dinámica de poder fue mucho más afín al fascismo, al margen del ordenamiento constitucional, y terminó descansando en una alianza diversificada de mafias militares y civiles dedicadas a expoliar particulares cotos de lucro. Privatizó al Estado (para sí mismo), pero invocando el socialismo. Antepuso sus mezquinos intereses partidistas a las soluciones colectivas de bienestar social. Marginó el aporte de las facultades de medicina de las universidades nacionales y de las redes de ambulatorios en distintos estados, para montar una red particular de atención a la salud, “Barrio Adentro”, que le deparaba réditos políticos a la persona de Chávez, dejando sin recursos a los hospitales públicos. Acabó con toda posibilidad de tener una educación pública de calidad y fue privando a las universidades de recursos, minando su capacidad para contribuir con soluciones a los problemas nacionales. La expoliación de partidas de mantenimiento, el desvío de inversiones a bolsillos privados y la contratación de empresas de maletín para “darse el vuelto”, acabó con los servicios públicos de electricidad, agua, gas y telefonía. Y la seguridad personal pende ahora de la alianza con pranes y demás bandas criminales. Para rematar, destruyó a la economía, dejando a los venezolanos sin posibilidades de sustento.

Todo ello en el marco de la violación extendida de los derechos humanos, como ha sido ampliamente recogida por los organismos competentes de las Naciones Unidas, la OEA y numerosas ONGs. Pero sucede que Maduro y sus militares traidores son tenidos como de “izquierda”. Izando consignas antiimperialistas, gritan que no son ellos quienes arruinaron al país, sino el bloqueo y las sanciones de Estados Unidos. Concitan, con ello, el apoyo de cierta izquierda internacional, como el partido Podemos en España, algunos de cuyos dirigentes cobraron jugosas asesorías al chavismo. Miran para otro lado antes de condenar a Maduro. Y el expresidente Rodríguez Zapatero se muestra sospechosamente dispuesto a acompañarlo –invariablemente-- en su defensa. Su embajador en Venezuela de entonces, Raúl Morodó, ya fue encausado por recibir más de 5 millones de € de PdVSA por negocios turbios.

La ironía cruel es que quienes insisten en distanciarse de toda noción de Estado de bienestar porque huele a socialismo, le entregan, así, las banderas de la justicia social al fascismo madurista, el verdadero culpable de la destrucción de todo amparo a la población venezolana en estos momentos tan duros. ¿No será tiempo de desechar los simbolismos maniqueos que han encasillado la lucha contra el régimen y por restaurar la democracia? No puede ser que la impostura chavista pretenda cobijarse en la idea de que es un gobierno de vocación social, y que los líderes demócratas son la derecha.

Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela

humgarl@gmail.com

 6 min


Beatriz De Majo

Mientras los hornos crematorios entran en colapso en la capital colombiana por la inmensa cantidad de cadáveres y se registra en el país el más alto número de fallecimientos – se acercan a 100.000- y de contagios diarios por Covid 19, los observadores nos preguntamos lo que será de la nación vecina. Colombia, además de los estragos de la pandemia se debate con una económica, sanitaria y de seguridad pública. Todo ello sin hablar del efecto que la nueva ola de vigorización del izquierdismo radical en el continente va a tener dentro de su colectividad.

Las elecciones para un nuevo gobierno están a escasos 12 meses de distancia. También en Colombia, al igual que en el Perú de hoy, el viraje que se puede producir en el electorado en favor de los populismos tendría su origen en los efectos nocivos de una administración deficiente del modelo neoliberal que ha imperado hasta nuestros días. La desatención sostenida de los reclamos de atención de parte de los segmentos débiles de la población ha redundado una fractura social irredenta y perversa que pueden capitalizar en su desfavor los candidatos de derecha.

En el específico caso de Colombia se suma, además, un ambiente de violencia que no ha podido ser mermado ni después de haber firmado un acuerdo de paz con los alzados en armas ni después de haberles asignado curules en el Congreso para que desde la “institucionalidad” se ocuparan en cooperar con el avance del país. Ni hablar de la perversión provocada en todos los segmentos de actividad por el narcotráfico y por su nefasta alianza con la guerrilla para sembrar distorsiones y violencia en el interior del país. Todo ello sin mencionar la inestabilidad provocada por la actuación constante de bandas criminales en contra de la sociedad civil, alimentadas desde adentro y desde afuera por los amigos de la zozobra. A nadie le cabe duda sobre la manera en que las protestas originalmente pacificas en contra de un nuevo régimen tributario convirtieron al país colombiano en un caos de destrucción y de muerte durante varias semanas, todo ello ideado y armado desde más allá de la frontera- desde Caracas y La Habana- con el fin preciso de sembrar un ambiente de descontento contra el gobierno que redunde en un tiempo en su penalización en las urnas. El viejo cuento de “pescar en rio revuelto”.

¿Con cuantas armas cuenta el gobierno de Iván Duque para contrarrestar el efecto nocivo de tantos frentes activos en su contra? ¿Cuánto es posible hacer en menos de un año para revertir el sentimiento de que un gobierno más inclinado a lo social, aunque sea más totalitario, podría cambiar la suerte de los 51 millones de neogranadinos? ¿Cuáles acciones “efectistas” pueden desplegarse para provocar confianza en que un nuevo gobierno de derecha no contribuirá al marasmo que las mismas derechas implantaron en el país? ¿Por qué no probar como en Perú otra tendencia, por qué no ensayar otra manera de hacer las cosas?

No la tiene fácil el presidente Ivan Duque ni el terreno de lo social ni en el de lo económico cuyo pobre manejo unido a la paralización de la pandemia ha atizado el fuego de los desequilibrios. Y el tiempo es muy corto antes de la justa electoral. Para dar un inicio a la reconstrucción, no se les ha ocurrido nada mejor que echar mano de otra reforma tributaria, con una estrategia diferente de la que habría provocado los disturbios. Pero no existe reforma que no se encamine a recabar más plata con que financiar los programas sociales y la recuperación productiva y ya sabemos lo difícil que es meterle la mano en el bolsillo a los contribuyentes en medio de su propia descolgada. Por otro lado, dada la precaria situación económica del país, el otro instrumento será más endeudamiento para lo cual la calificación crediticia de Colombia deberá ser mejorada. Cuesta harto empinada en la hora actual.

Si logran ambos fines podrán iniciar un camino de recuperación postcovid, pero los resultados apenas se comenzarán a manifestar en un año cuando la hora será la de prepararse a votar.

Lo que hay en el panorama son tiempos complejos y convulsos para los colombianos y es necesario precisar que quienes montaron los desastrosos eventos de los meses pasados no cejarán en su empeño desestabilizador.

 3 min


Ismael Pérez Vigil

Tres artículos recorren las redes sociales y grupos de WhatsApp la semana que cerramos hoy. Uno de Mari Montes, otro de Soledad Morillo y el tercero del Padre Luis Ugalde. Los tres fueron publicados en diversos medios, pero yo los tomo de la siempre actualizada, bien documentada y útil página de César Miguel Rondón.

Los tres tratan diversos temas, con estilos bien distintos y niveles de emotividad diferentes; pero los tres tienen un punto en común; una crítica a la situación política que estamos atravesando y al liderazgo de oposición, que es lo que me interesa destacar.

Mari Montes, en Escrito desde el hartazgo, entre sus muchas frases y comentarios, al referirse a los tres líderes opositores − María Corina Machado, Leopoldo López y Henrique Capriles− resaltó esta:

Es increíble que no se den cuenta de que sus actitudes han terminado agotando a mucha gente, y no me refiero a los “Ni-Ni” de otrora o de siempre… Hablo de quienes siempre hemos estado dispuestos a apoyar a los políticos que luchan contra la tiranía, por encima de simpatías, ideas, pareceres, posiciones, por encima de todo…

Y, sin embargo, esa frase, de por si lapidaria, es pálida comparada con las preguntas que les hace a los líderes mencionados:

¿Han calibrado el impacto que tienen sus palabras en todos y cómo han contribuido a que muchos no creamos en ninguno?, ¿se han dado cuenta de la frivolidad con que asumen la política?

Por su parte Soledad Morillo, en Mari Montes y la verdad, emprende una cerrada defensa de la periodista ante los insultos que ésta ha recibido por sus opiniones que no hacen sino confirmar la “frivolidad” que menciona en su artículo, al menos de parte de algunos de los seguidores de los tres líderes. Soledad, más comedida, no deja sin embargo escapar la oportunidad de soltar una frase que también tiene su “piquete”:

… no me extraña en lo absoluto que haya escrito un texto que es un reclamo a la inteligencia. No se trata de caer en el llantén. Se trata sí de apuntarle a los liderazgos eso que quizás, porque el trabajo político es difícil y duro, no han detectado suficientemente: el hartazgo ciudadano”,

Remata más adelante advirtiendo que ambos artículos −y otro, que yo no menciono− son:

…un llamado de alerta a los liderazgos, algunos con nombre y apellido, como hacemos varios otros que estamos sumergidos en un mar de preocupación… Fueron cartas con destino. Cartas directas, francas, escritas con el lenguaje de la sinceridad”.

El tercer artículo que quiero comentar es el del Padre Luis Ugalde, S.J: ¿Hechos o Palabras?. El artículo de Ugalde, como todos los suyos, bien pensado y reflexivo se sale del contexto de la crítica a la oposición, que tiñe el artículo de Mari Montes o de las advertencias que nos hace Soledad Morillo, al defender a su colega y amiga; y, sin embargo, el Padre Ugalde abre el suyo con una frase que igualmente nos debe poner a pensar, pues encierra una crítica sorda y aguda:

Parece que ya nadie cree en nadie, ni en el poder dictatorial ni en la oposición democrática”.

Pasar por alto la parte final de esa frase puede tener consecuencias graves para un liderazgo democrático −representado en los tres que mencionó Mari Montes− y que cada uno a su manera, con matices o por mampuesto han planteado la necesidad de una negociación.

Ugalde expresa claramente lo que considera debe ser el objetivo, claro, prístino, ineludible, de todos los esfuerzos que se están haciendo:

Para reconstruir a Venezuela no hay más camino que lograr acuerdos básicos fundamentales con decidido cambio de modelo y sumar todas las fuerzas posibles (hoy enfrentadas) para que la deseada reconstrucción democrática no sea un estrepitoso fracaso”.

Desde luego, las baterías de Ugalde, como es usual en él, apuntan directamente a su objetivo que no es otro que el régimen de oprobio que gobierna al país y advierte, sin duda alguna al liderazgo opositor, que para esa negociación que estaría en ciernes, hay que evaluar muy bien un “decálogo del mal”, si es que vale esa expresión, con cuyos hechos el régimen, estaría evadiendo una verdadera negociación, sobre la cual, el Padre Ugalde señala, marcando pauta y resumiendo magistralmente, lo que debe ser la tarea de la oposición:

Necesitamos una ciudadanía movilizada para elecciones integrales y más allá, una negociación libre de toda ingenuidad y partidismo y una presión internacional en la que Europa y América se den la mano en ayuda de la vida digna y libre de los venezolanos”.

Los tres artículos referidos nos deben hacer reflexionar; pero, en particular, el último nos define las tareas pendientes, que más de una vez he propuesto: la presión para romper el bloque hegemónico del mal que nos gobierna, debe provenir de una fuerza de tenaza, cuyos dos brazos aprieten al unisonó: la movilización y presión interna, de un país organizado para enfrentar a la dictadura; y la presión internacional, que asfixie al régimen; la aplicación de ambas fuerzas, simultáneamente, serán las que permitirán una salida de este régimen de oprobio.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 4 min


Américo Martín

El destino de la acosada Nicaragua ha oscilado, primero, entre Sandino y Somoza; luego, entre las dinastías de Somoza, Chamorro, Ortega, salpicadas de personalidades supuestamente fuertes que no terminaron por demostrarlo como Tomás Borges, Edén Pastora (Comandante Cero), Sergio Ramírez e intelectuales sin armas ni voluntad de poder. En la tierra del gran Rubén Darío, la revolución sandinista pudo adornarse, además, de poesía y de amor a la democracia y libertad, como parece evidenciarlo, de una fuerza lírica capaz de librarla de las toscas manipulaciones que acompañaron a la castrista, la chavista y a otros fenómenos culturales de nuestra desdichada América hispana.

El poeta venezolano Joaquín Marta Sosa tuvo el acierto de relievar como símbolo lírico sandinista a otro impresionante escritor, Ernesto Cardenal, cuya sensibilidad poética, teológica y política contribuyó a perfilar.

Fue así como se fueron colocando sobre la mesa una importante suma de factores en la patria de Rubén Darío, susceptibles de hacer estallar una hermosísima manifestación lírica, social y cultural merecedora del calificativo hispano de «donosa», que viene a ser tanto como decir: la plenitud de los dones y cualidades que puedan adornar a las mujeres más bellas y espirituales. Eso sí, aceptando que el segundo de los rasgos mencionados sea más significativo que el primero, pues al fin y al cabo nombres femeninos son ética, estética, filosofía, psicología. filantropía y hasta revolución, mucho antes de haber sido absorbida por ese baile de vampiros en que se ha convertido con el tiempo, sobre todo cuando sus protagonistas pierden forma humana y su imagen ya no se refleja en los espejos.

Pienso, por supuesto en este momento, en el ominoso gobierno de Daniel Ortega, cuyas orugas de tractor están aniquilando los vestigios de oposición y de civilización.

Para cerrar las puertas a elecciones libres, el dictador Ortega ha encarcelado a 18 nuevos líderes de la disidencia, entre ellos cuatro candidatos presidenciales. Han sido encerrados en prisión porque el caprichoso personaje le sale al paso a quien pretenda discutirle su autodecretada condición de presidente eterno de Nicaragua.

Por lo demás, el desenlace rupturista terminaría por imponerse como inevitable, dado que la pareja presidencial, no especialmente aceptada, no exhibe ningún ángulo de su conducta que armonice con los decorosos perfiles de la gran patria de Rubén Darío y Ernesto Cardenal.

Eugenio D’Ors y más que nadie Ortega y Gasset casi levantaron un monumento a los jóvenes, entre quienes al que llamaré Ortega «el bueno», colocaron el futuro de la áspera región americana en las manos promisorias o porveniristas de esos jóvenes que, entre 1918 y algo después en 1928, conformaron las generaciones que borrarían el repetido dogma marxista de la vanguardia obrera o dirección del proletariado mundial.

La América española demuestra todos los días, a partir del prodigioso aporte de la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918, que ese lugar de privilegio, conducción y futurismo corresponde a los estudiantes y capas medias e intelectuales que a lo largo de los siglos XX y XXI han proporcionado los líderes más lúcidos e indomables.

Pero nada es tan complejo como desenredar los rudos lazos generados en el ejercicio de la dirección política, puede ser largo y repetitivo, pero no le hace: el debate y la negociación son puntos de sólido respaldo a la causa del progreso, el cambio de gobierno, la democracia, la libertad, todo lo cual exige el músculo, el temple de quienes todo lo exponen para conquistarlas sin desmayo.

La torcedura sufrida en la agobiada hermana Colombia tras el llamativo acuerdo de desmovilización y desarme, que se tuvo cual ejemplo de excelente negociación entre sectores decisivos, casi lo único que puede exhibir es la creciente demanda de reanudarlo.

Dividida sin remedio, las FARC parecen hoy una metáfora de lo que llegaron a ser bajo el mando de Marulanda y el activo Secretariado, que había decidido no repetir el camino de la negociación debido a que sus miras eran más ambiciosas que liberar presos, obtener zonas de alivio y algunas concesiones políticas de buena consistencia. ¿Y en qué consiste el premio mayor guardado en secreto mientras no se diera el paso final? Bueno, que juzguen los lectores de esta columna. Tenían más de 20.000 hombres poderosamente armados y entrenados, un país fraccionado y una población cada vez más inclinada a resignarse a la condición beligerante de las temerarias FARC. Si tal fuera la situación de la guerra tendría sentido preguntarse ¿para qué conformarse con un pedazo de la torta si se la puede comer toda?, pero no era esa la verdadera realidad.

El desgaste militar y político de un movimiento que aseguraba ser invencible, avanzaba en marcha sostenida, como lo percibieron en su momento el presidente Uribe y su ministro de la defensa, Juan Manuel Santos, al ordenar el incremento de los bombardeos y la clausura de las zonas de distensión, como, por ejemplo, San Vicente del Caguán, en el marco de la política de Andrés Pastrana. Lo cierto es que esperaban repetir en Colombia las victorias de Fidel en Cuba, y de Ortega a la cabeza del sandinismo nicaragüense, y se equivocaron.

Quizás sea pertinente concluir esta columna leyendo en los versos del gran poeta, llenos de amor, esperanza y fe en el destino de la juventud:

Yo supe de dolor desde mi infancia,

mi juventud…. ¿fue juventud la mía?

Sus rosas aún me dejan su fragancia…

una fragancia de melancolía…

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Fernando Mires

Más allá de la expectación medial, nadie que entienda un mínimo de política internacional esperaba que de la conversación de Ginebra entre los presidentes Joe Biden y Vladimir Putin iba a aparecer algo nuevo. Ambos habían rayado el espacio de juego antes de la conversación. Biden había precisado que la contradicción fundamental de nuestro tiempo es la que se da entre gobiernos democráticos y gobiernos autoritarios y autocráticos. Incluso, haber calificado previamente a Putin como asesino —un insulto terrible— no fue una reacción emocional. Con esta denominación, Biden había dejado claro que el régimen de Putin es evaluado como un enemigo. Por su parte, Putin también había dejado claro que de la reunión no esperaba mucho y que, por lo mismo, no estaba dispuesto a ceder un solo centímetro en los puntos de discordia frente a su adversario internacional.

Lo único positivo de la reunión de Ginebra fue que ambos presidentes dialogaron, en sentido simbólico probablemente, pero dialogaron. Y eso es lo importante. Como acostumbraba decir el excanciller alemán Helmut Schmidt, «todo diálogo es bueno, pues mientras hay diálogo no hay balazos».

El diálogo, aunque sea infructuoso, tiene un poder simbólico: mostrar la voluntad de mantener la lógica de la política por sobre la de la guerra. Eso es seguramente lo que piensan Biden y Putin: nosotros somos demasiado fuertes para darnos el lujo de dirimir conflictos en una guerra militar. Mantengamos entonces la guerra en un nivel político. Por ahora.

¿Una reedición de la Guerra Fría?, preguntarán muchos. No exactamente. Aparte del peligro de entender conflictos internacionales con el recurso de la razón analógica (nunca el presente será análogo al pasado) la situación es diferente. Por una parte, la Guerra Fría era caliente, muy caliente: los vietnamitas, entre muchos, pudieron constatarlo. La Guerra Fría fue guerra militar entre dos potencias, pero dirimida por naciones representantes. Fue, si se quiere, una guerra indirecta llevada a cabo para sustituir una guerra directa que, evidentemente, podía llevar al fin del planeta.

Por otra parte, la hipertensión que tiene lugar entre Rusia y los EE. UU. —eso es lo que intentaron demostrar ambos adversarios— es una guerra política, y como la política tiene lugar sobre la tierra, es una guerra geopolítica. De lo que se trata —lo dejó entrever Biden en declaraciones previas— es de mantener las condiciones de un armisticio irregular y prolongado. Sorprendió en ese punto la dureza con que Biden respondió a la periodista Kaitlan Collins de la CNN, ante la pregunta de qué es lo que le hace estar seguro de que Putin puede cambiar de actitud. Respondió: «Yo no he dicho eso». Y agregó estas palabras claves: «No estoy seguro de nada. Putin no va a cambiar su comportamiento mientras el resto del mundo no lo obligue a hacerlo». Más claro que el agua.

Putin no va ca cambiar con argumentos sino ante la evidencia de que se encuentra frente a un bloque internacional sólido frente al cual no puede hacer nada. Putin nunca entenderá la fuerza de la razón, pero sí a la razón de la fuerza, eso es lo que quiso subrayar Biden.

Y aquí llegamos al tema central: la reunión del G7 era para Biden una precondición para enfrentar verbalmente a Putin. Solo si lograba el apoyo irrestricto de Europa frente a los que considera enemigos existenciales de los EE. UU. puede presentar su doctrina sobre China y Rusia. Sobre Rusia lo logró. Sobre China lo logró a medias. No obstante, seguirá presionando para imponer su doctrina. Pero antes, deberá derribar los pilares fundamentales sobre los cuales estuvo sustentada la doctrina Trump.

A quienes ya están acostumbrados a juzgar a Trump por sus actitudes excéntricas, parecerá extraño oír hablar de una doctrina Trump. Pero para quienes estamos obligados a separar la escenificación mediática de los objetivos políticos, podemos comprobar que Trump era, efectivamente, el portador de una nueva y a la vez antigua doctrina internacional. Una doctrina que podemos definir como nacionalista, aislacionista y, sobre todo, economicista.

Trump forma parte de una de las dos tradiciones que han marcado la política internacional de los EE. UU. desde su propio nacimiento. Una es la tradición nacionalista- aislacionista. La otra es la tradición internacionalista (a la que muchos llaman, intervencionista). De ahí la ambivalencia del América First de Trump. Significaba que los EE. UU. deben cuidar sus propios intereses antes que los intereses de los demás.

La doctrina internacionalista que en cierto modo representa Biden, plantea lo mismo, pero agregando que los propios intereses solo pueden ser defendidos a partir de alianzas estratégicas de larga duración, como la Alianza Atlántica y su derivado militar, la OTAN. El problema, por tanto, está en la definición de los intereses. Y aquí viene el incordio con Trump: los propios intereses solo eran para él los intereses económicos, los demás no contaban.

En la política, según Trump, no existen aliados históricos sino económicos y estos no deben surgir de asociaciones de países sino de acuerdos –nótese acuerdos y no tratados– bilaterales.

En otros términos, mientras que para Biden los enemigos económicos no son necesariamente enemigos políticos, para Trump regía el principio de que todo competidor económico es un enemigo político. Así se infiere por qué para Trump la UE era una organización enemiga a la que había que destruir y la OTAN una institución militar dirigida contra un socio estratégico de EE. UU., la Rusia de Putin, cuyo objetivo no oculto es –así como lo fue para Trump– la desintegración política y económica de Europa.

Trump era un empresario político; mucho más empresario que político. Según su lógica, todo, si se dan las condiciones, puede ser negociado. En cierto modo Trump había interiorizado la misma lógica economicista de los dirigentes del PC chino. La política es un negocio y los negocios son los negocios. Bajo esa premisa, un segundo mandato de Trump habría asegurado el comienzo del fin de la UE (Ucrania, los países bálticos y tal vez Polonia habrían sido servidos en bandeja al autócrata ruso), hecho que explica por qué Trump y Putin apoyaban de modo conjunto a gobiernos iliberales de Europa (el del húngaro Orban a la cabeza) y a la mayoría de los movimientos nacional-populistas, todos anti-UE. Desde esa perspectiva, Biden es una piedra atravesada en el camino de Putin.

Solo a un antipolítico consumado como Noam Chomsky se le puede ocurrir que «no hay diferencias entre la política internacional de Trump y la de Putin». No solo las hay, además son antagónicas y, por lo mismo, irreconciliables.

Con China el problema es diferente. China no tiene problemas territoriales ni con los EE. UU. ni con Europa. De hecho, no amenaza directamente a ningún país occidental. A diferencia de Putin, la nomenklatura china tampoco financia a organizaciones políticas en Occidente. En el exacto sentido del término, es un competidor económico y, en no pocos casos, un enemigo económico al que —en ese punto están de acuerdo la mayoría de los políticos norteamericanos— hay que derrotar.

Por cierto, China tiene un enorme potencial militar, pero por sobre ese potencial prima la estrategia de preservar su desarrollo económico basado en una muy agresiva economía de exportación, sobre todo digital. Así nos explicamos por qué la siempre pragmática Angela Merkel aseveró frente a Biden que las preocupaciones de la OTAN frente a la expansión de China le parecían algo sobrevaloradas. Por cierto, adujo Merkel, hay que mantener frente a China una posición crítica, no solo con respecto a los —recién descubiertos por los EE. UU.— «ligures musulmanes», muy maltratados por China, sino también en contra de la superexplotación capitalista a que son sometidos los propios trabajadores chinos.

Pero, por otro lado, hay que evitar que Rusia caiga en los brazos de China. Y eso solo puede ser posible si los EE. UU. —como sí lo logró la política de Kissinger en el pasado reciente— no logra mantenerlos divididos.

No puede haber peligro mayor para Occidente que la unidad estratégica entre China y Rusia. Ese sería el 2-1 que dibujó Orwell en su novela 1984. Kissinger nunca pensó, por supuesto, que Mao Zedong podía tener recaídas democráticas. Lo mismo piensa Biden de Xi Jinping («es muy inteligente, pero no tiene un solo hueso democrático»). Tal vez, atendiendo a las razones «merkelianas», el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, después de que la gran organización declarara enemigo sistémico a China, precisó: «China no es un enemigo político». Le faltó decir «como Rusia», pero todos entendieron. Sin embargo, el peligro existe: Rusia no puede movilizar a China, pero China sí puede movilizar a Rusia. Ese es el peligro, querida Angela Merkel.

En síntesis: el fundamento de la «doctrina Biden» requiere lograr la máxima unidad posible entre los países democráticos, formar un bloque defensivo político, cultural, económico y militar frente a las dos otras potencias, cerrar todas las vías expansivas a Rusia, competir económica y tecnológicamente con China sin menoscabar los intereses de las economías occidentales, instituir medidas proteccionistas si determinados casos así lo ameritan, y trabajar en dirección a la creación de organismos supranacionales cuyos acuerdos comprometan tanto a China como a Rusia. Un camino largo y difícil. Pero no hay otro.

El encuentro Biden-Putin no llevó —nadie lo esperaba— a ningún acuerdo. Pero en las cuatro horas que ambos mandatarios conversaron parecen haber quedado claras las diferencias que los separan en temas como la criminalidad cibernética, el clima del Ártico, el este de Ucrania, los espacios geográficos en disputa, los derechos humanos, las intervenciones en elecciones extraterritoriales, el emblemático caso Navalny, la ocupación colonial de Bielorrusia, la actitud a tomar frente a autocracias enclavadas en Occidente (las de Ortega y Maduro, por ejemplo). En fin, deben haber hablado mucho sobre las razones que han llevado a una enemistad que, ojalá, siga siendo política y nunca militar. Difícil, muy difícil.

El mensaje final de Biden fue: «Ustedes no nos pueden dividir». El «ustedes» son China y Rusia. El «nos» es la comunidad democrática mundial.

Twitter: @FernandoMiresOl

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