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Opinión

Francesco Manetto

No hay negociadores ni mucho menos un calendario definido, pero un nuevo intento de diálogo en Venezuela está hoy más cerca que ayer. La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca después de cuatro años de Administración de Donald Trump —un triunfo de la retórica contra Nicolás Maduro sin resultados concretos— y el giro de la Unión Europea ante Juan Guaidó sientan de por sí las bases para volver a ensayar unos contactos entre el chavismo y la oposición. Cualquier negociación en el país sudamericano se presenta como una carrera de obstáculos. Todos los procesos recientes han fracasado. Sin embargo, con un Gobierno cada vez más instalado en el poder y sus adversarios hostigados y divididos, la única alternativa a una salida pactada, empezando por unas elecciones, supone perpetuar la grave emergencia que sufren millones de venezolanos.

Los 27 países miembros de la UE evitaron nuevamente, esta semana, reconocer a Guaidó como presidente interino, un cargo que se asignó, con un amplio apoyo internacional liderado por Estados Unidos, hace dos años ante la profunda crisis de legitimidad de Maduro. El pasado 5 de enero el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) recobró el control de la Asamblea Nacional tras unas elecciones parlamentarias a las que concurrió prácticamente solo, sin competencia. El líder opositor perdió así el estatus de jefe del poder legislativo y se quedó en la práctica fuera de las instituciones.

Bruselas sigue aceptando al político como un interlocutor privilegiado en Venezuela, pero la posición de Europa, partidaria de explorar unas nuevas conversaciones, choca con los planes del sector del antichavismo que él encabeza y que convirtió la palabra diálogo en un tabú. La última vez que Guaidó se avino a negociar, tímidamente y a través de enviados, fue en verano de 2019 durante un intento promovido por Noruega en Barbados. El año pasado, en la primera ola de la pandemia de coronavirus, el chavismo y la oposición llegaron a acuerdos puntuales sobre la gestión de la crisis sanitaria, lo que demuestra que todo es cuestión de voluntad política. Pero de ahí no pasó.

La Unión Europea apuesta por un “proceso inclusivo de diálogo y negociación”, aunque el alto representante para la Política Exterior, Josep Borrell, reconoció en una entrevista con Efe que, de momento, no hay señales de que se vaya a abrir una fase exploratoria. A eso se añade que incluso Henrique Capriles, otro destacado dirigente opositor, también se apartó abiertamente de la estrategia de Guaidó y Leopoldo López, que buscan volver a una etapa de movilización permanente en la calle. Capriles abrió incluso la puerta a participar en las elecciones parlamentarias de diciembre, aunque finalmente renunció por falta de garantías.

“Son varios los comunicados de Gobiernos democráticos y organismos multilaterales insistiendo en la búsqueda de una salida política pacífica y negociada que alivie el sufrimiento de los venezolanos”, escribió hace dos semanas el fundador del partido Primero Justicia en una tribuna publicada en EL PAÍS. “Los países que apoyan nuestra lucha democrática hablan de negociación, pues alineemos a todas las partes e insistamos en lograr el nuevo Poder Electoral que le han negado a los venezolanos así como un Tribunal Supremo, un fiscal y un contralor que le den a las instituciones un equilibrio republicano reconocido por todos”, exhortó.

Desconfianza

La desconfianza entre las partes es enorme. Si la oposición siempre ha tenido un serio problema de liderazgo para concurrir unida en un proceso electoral, el chavismo no se ha mostrado dispuesto a hacer concesiones y ha logrado convencer a algunos sectores de la opinión pública, también en el exterior, de que sus rivales son los verdaderos responsables de la crisis. Ese argumento se nutre de las protestas, las asonadas, los intentos de quebrar a las Fuerzas Armadas y las sanciones económicas de Estados Unidos. Nada de eso sirvió.

La victoria de Biden, que tomó posesión el pasado 20 de enero, abre un nuevo escenario, aunque de momento no hay una definición clara. La decisión del demócrata de revisar las medidas adoptadas por Trump frente a Cuba apunta a un cambio de enfoque en la política regional. Según han destacado varios analistas, la nueva Administración relajará las sanciones contra Maduro y Petróleos de Venezuela y buscará algún contacto con Caracas. Pero ese cambio será paulatino. Por ahora, lo único claro es que el secretario de Estado de Biden, Antony Blinken, ha situado la crisis venezolana como una prioridad de la política exterior estadounidense en América Latina.

Blinken conversó el viernes con la ministra de Relaciones Exteriores de Colombia, Claudia Blum, y abordó la situación del régimen chavista. “El secretario y el canciller Blum discutieron su compromiso compartido con el restablecimiento de la democracia y la estabilidad económica en Venezuela”, afirmó un portavoz del Departamento de Estado. El nuevo jefe de la diplomacia de Estados Unidos también ratificó “la importancia de los esfuerzos para satisfacer las necesidades humanitarias de los migrantes venezolanos en Colombia y en toda la región”. La pelota, en última instancia, está en el tejado de la Casa Blanca.

30 de enero 2021

El País

https://elpais.com/internacional/2021-01-30/la-llegada-de-biden-y-el-giro-de-europa-sientan-las-bases-para-un-nuevo-intento-de-dialogo-en-venezuela.html

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Ismael Pérez Vigil

La discusión acerca de si participar o abstenerse en el proceso electoral de gobernadores, que trata de abrirse camino, tropieza con serias dificultades. Por ahora se desarrolla en redes sociales o bien en algunas entrevistas o artículos de opinión en los pocos medios que la oposición todavía tiene para expresarse; pero esta carencia de medios para realizar la discusión no es la principal dificultad. La principal dificultad es la falta de interés de la población, en general y de la oposición en particular, por el tema.

Participar en un proceso electoral parece ser la última preocupación que tiene el ciudadano común, agobiado como está por la crisis cotidiana, por la carencia de todo, de servicios públicos, de gasolina, de alimentos a precios asequibles, de empleo. Frente a todo esto, pensar en elecciones no pareciera que tiene ninguna prioridad.

Los argumentos de esta discusión, a favor o en contra de participar, realmente no han variado mucho, casi todo lo que se podría decir, lo que se podría argumentar, ha sido dicho; no hay nuevos desarrollos que valga la pena repetir.

Solo debo constatar que, lamentablemente, lo electoral parece que solo es una preocupación de algunos líderes políticos y de algunos partidos. Años de campaña del régimen por restarle importancia al voto −campaña a la que algunos sectores opositores han contribuido− más la abstención en algunos procesos electorales importantes, finalmente han hecho mella en el ánimo de la población con respecto al voto como vía de solución a la crisis del país.

Las formas en que caen las tiranías son muy variadas, pero podríamos resumir en cuatro las vías por las que pienso que puede salir este régimen de oprobio.

- La primera es que se produzca algún “milagro” o acto de “iluminación” por el cual la élite en el poder decida retirarse y abrir la negociación para que se produzca un proceso de transición.

- La segunda alternativa es una combinación virtuosa de movilización popular interna −de todas esas protestas que hoy en día se dan por muy variados y justificados motivos− con una presión internacional que ahoguen al régimen y concluya en un quiebre del bloque hegemónico de poder, que los lleve igualmente a renunciar y a aceptar una negociación para salir de la crisis.

- La tercera posibilidad es obviamente un pronunciamiento militar o golpe de estado que deponga el régimen y abra el espacio para un proceso de transición.

- Y la cuarta alternativa −la tan esperada por muchos− es una intervención externa, de fuerza obviamente, que obligue al régimen a dejar el poder y se abra un proceso de transición.

Salvo que —en los dos últimos casos— los que depongan al régimen decidan aprovechar para “prolongar su estadía”, en todos los casos, más temprano o más tarde se concluirá en la organización de un proceso electoral para que el pueblo decida quien lo debe gobernar.

Por supuesto, sería un proceso electoral que reuniría todas las condiciones de los más exigentes puristas; como mínimo: No habría presos políticos; cesaría la intervención de los partidos y estos regresarían a sus directivas originales; los líderes serían rehabilitados y podrían regresar del exilio para participar en el proceso electoral que se realice; sería depurado el Registro Electoral; se llevaría a cabo el registro de los venezolanos en el exterior mayores de 18 años y por supuesto se les permitiría y facilitaría que puedan votar en las elecciones presidenciales; habría observación nacional e internacional de organismos especializados y multilaterales como la OEA, la UE, etc.; y se darían, en general, todas las condiciones que permitan unas elecciones libres, justas, equitativas y democráticas, tal como es la aspiración normal de cualquier venezolano.

Suponiendo que se resuelven todos los problemas de que adolece el sistema electoral venezolano y el nirvana electoral descrito sea posible, si es un proceso electoral libre, justo, equitativo y democrático, se supone que el PSUV, partido del actual régimen, podrá participar con su candidato, que aunque no sea el presidente actual, tienen otros candidatos con los cuales concurrir al proceso. Cabe preguntarse: ¿Estamos en la oposición preparados para concurrir a un proceso electoral en estas condiciones?, y más importante: ¿Estaremos en condiciones de derrotar al candidato del régimen?

Dicho en otras palabras, la dificultad real y más importante es cómo evitar que nos pase en Venezuela lo que ocurrió en Nicaragua con el sátrapa Ortega que después de ser derrotado el sandinismo militar y electoralmente, regresó al poder con mucha más fuerza y hoy está convertido en un tirano que amenaza con perpetuarse.

Si hacemos algunos números veremos que esta inquietud no es meramente retórica y ese 80% que las encuestas dicen que rechaza al régimen, se expresa en las urnas de una manera diferente. La abstención instalada en el país desde el año 2000, es de aproximadamente un 30%, que, bajo ninguna circunstancia, ni en los momentos electorales más eufóricos ha disminuido. Por su parte, el régimen con todos sus “trucos”, demagogia e intimidaciones, logra mover un caudal electoral, que en sus peores momentos, ronda el 20%. Los llamados “alacranes” y el sector chavista, no madurista y los exchavistas, podrán movilizar un 5% del electorado; eso nos deja un 45% para ganar esas elecciones, que en el mejor de los casos se realizarán no antes de un año, en el que pueden ocurrir muchas cosas. Y eso si logramos ir unidos con un solo candidato. La gran incógnita es si lograremos llegar a ese proceso unificados, con un solo candidato para que tenga alguna opción real de triunfo.

Mas concretamente, ¿Cuántos candidatos “opositores” se enfrentarán al candidato del régimen, llegado el momento que se den unas elecciones libres, justas, equitativas y democráticas? Seguramente habrá uno o varios candidatos −ya lo vimos el 6D− del sector “alacrán” u “oposición participacionista”, como algunos de ellos se autodenominan; y es probable que algún sector de la izquierda, exchavista o no madurista, concurra también con algún candidato; y no faltarán los oportunistas de siempre que se anotan en estos procesos electorales, cuando hay libertad de concurrencia.

¿Lograrán Henrique Capriles, Leopoldo López y María Corina Machado “disipar” sus diferencias para que alguno de ellos sea el candidato único opositor?, suponiendo además que no surja otro candidato de AD, PJ o UNT en la competencia, sino que estos partidos, y otros menores, apoyen al candidato unitario.

La unidad, entonces, no es un tema teórico, de principios o filosófico, sino algo realmente practico y de naturaleza política, de estrategia fundamental para lograr un triunfo electoral que permita reiniciar el regreso a la democracia.

La tarea primordial, ya lo hemos dicho en otro momento es la reconstrucción de la oposición, (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2020/12/05/reconstruccion-opositora/) en cuatro áreas fundamentales: primero, la reconstrucción de los partidos políticos; segundo, la reconstrucción de la base de apoyo de la oposición democrática, es decir esos millones de personas y las miles de organizaciones de la sociedad civil y grupos muy activos en la resistencia al régimen, hoy ligeramente dispersos y desmoralizados; tercero, dirigir una acción específica hacia esa inmensa mayoría del país, que permanece más indiferente a la actividad política, que no se involucra y que incluso en determinados momentos ha apoyado la demagogia y el populismo del régimen; y cuarto, no descuidar y dedicar un esfuerzo importante a mantener contacto y relación con la comunidad internacional, que nos ha apoyado en estos dos últimos años y que comienza a dar señales de duda o “fatiga”.

Resumiendo, la tarea fundamental es la organización de la resistencia que durante más de 20 años se ha enfrentado al régimen y ha impedido que se consolide de manera definitiva un totalitarismo en Venezuela. En este contexto, la discusión acerca de abstenerse o participar en los procesos electorales que se presenten, adquiere otra perspectiva, pues la participación electoral tiene el doble papel que siempre se ha señalado: organizar a la oposición y defender el voto, que en algún momento volverá a tener un valor fundamental para restablecer la democracia.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

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Maxim Ross

Lo conocí en la aquella Escuela de Economía que nos enseñaba Teorías del Desarrollo apegado, en esa época donde hervían las ideas del subdesarrollo y el centro – periferia, pero de una manera tal que se separaba de la mecánica introducción del marxismo en nuestras mentes, porque eso era Héctor dueño de una especial inteligencia que le permitía traducir etiquetas simplificadas. Fue mi muy querido Profesor, no solo por lo que digo antes sino que nos impregnó a todos el deseo de aprender y, diría, más allá del amor por una ciencia tan fría, tal “lúgubre”, como la catequizó Keynes.

Héctor le imprimía a la Economía ese sabor que, desde luego, inspiraba al alma del poeta, porque eso también fue nuestro querido: Poeta. Reconozco que, si no hubiera sido por el estaría haciendo otra cosa. Esa calificación la compartimos todos los que hicimos su curso, por allá por los sesenta que lo designamos Padrino de la promoción.

Pero hay, había, otra cosa más importante en Héctor, esa capacidad que da una inteligencia suprema supo entender y transmitir la realidad hasta percatarse de que su pensamiento, sus libros, sus escritos tenían que dar la vuelta del progreso y comenzó a criticarse a sí mismo, con esa valentía que da la experiencia y la capacidad para hacerse comprender y, lo peor, ayudarnos, a muchos, a salir de aquellos viejos paradigmas. !Miren que valor! Por ese camino se fue convirtiendo en duro crítico de esta supuesta “revolución”, de ese marxismo clásico, anacrónico y simplista.

Sin embargo, de todo ese Héctor Silva Michelena que describo, del que más provecho saqué fue de es ser humano, de sus palabras siempre cálidas, de esa manera de expresarse hasta convencer. Por todo ello puedo decir y calificar a mi gran amigo, Profesor, Padrino de INSIGNE VENEZOLANO.

Como ya le dije. Mis muy sentidas condolencias a Adicea y a los hijos a todos los amigos que compartimos la vida de este INSIGNE VENEZOLANO.

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Fernando Mires

Los miro y los vuelvo a mirar. Cada vez un detalle nuevo. Algunos destrozaban objetos, otros simplemente los robaban. Los más bestias, disparaban. Pero los de la mayoría no sabiendo que hacer, daban vueltas como sonámbulos por las salas del Capitolio, algunos mirando para todos lados con cierto temor, otros como si estuvieran visitando un museo. Les habían dicho que ellos son el pueblo y que el Capitolio es del pueblo, aunque no parecían muy convencidos. Pero era cierto: el Capitolio, en estricto sentido del término, pertenece al pueblo.

El poder pertenece al pueblo y el pueblo lo delega a sus representantes. Pero cuando sus representantes no los representan, el poder debe volver al pueblo. Sea en el formato de Rousseau o en el de Locke, esa es la base de todo contrato social. Tal vez los asaltantes pensaron lo mismo. Les habían asegurado que el derecho de los derechos, el de elegir a su presidente, había sido robado por una clase política fraudulenta. Si eso hubiera sido cierto y no una mentira inventada por el todavía presidente, convertido de pronto en caudillo de multitudes irredentas, habríamos presenciando una grandiosa revolución: La revolución del pueblo en contra de una clase políticamente dominante. Una edición norteamericana de la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno. El problema, el “pequeño problema”, es que la que veíamos en la pantalla no era una revolución en contra de un zar inclemente ni en contra de una monarquía absoluta sino en contra de la máxima representación de la democracia moderna: el parlamento. Un levantamiento ultra-democrático en contra de la democracia representativa. Nada menos

¿Levantamiento ultra-democrático? Preguntarán algunos. Entiendo perfectamente el justificado asombro. Su origen reside seguramente en la excesiva positividad que hemos otorgado al término democracia. Así es: durante mucho tiempo hemos partido de la premisa de que todo lo democrático es bueno solo porque es democrático. No hemos tomado en cuenta que conceptos como los de libertad, justicia, y sobre todo, democracia, a los que consideramos consustanciales a la cultura política moderna, también pueden ser pervertidos. Aún no nos habíamos dado plena cuenta de que la libertad total conduce a la locura, de que la justicia total conduce a la guillotina (o al paredón) y de que la democracia total conduce a la destrucción de la democracia.

Se puede ser extremista y democrático a la vez, y no es contradicción. Los extremistas democráticos del Capitolio eran tan democráticos que no vacilaron en asaltar un edificio histórico que separaba al gobierno de la que ellos imaginaban era la voluntad del pueblo, tan democráticos que no aceptaban que entre gobierno y pueblo existieran instancias mediadoras, tan democráticos que no concebían que entre el que imaginaban líder del pueblo, Donald Trump, y su pueblo, se interpusieran constituciones e instituciones. Tan democráticos en fin, que en nombre de la democracia terminaron por convertirse en democratistas.

¿Democratistas?

La diferencia entre un demócrata y un democratista es fundamental. A diferencias de un demócrata, el democratista no acepta límites dentro de una democracia. El demócrata en cambio, sabe que sin límites toda democracia termina derrumbada sobre sí misma. Esos límites son instituciones cuyos objetivos consisten en regular las relaciones entre el pueblo - convertido en ciudadanía en el marco de un sistema que no solo contempla derechos sino, además, deberes – con el estado.

El demócrata, visto así, defiende a la democracia en forma mientras el democratista a la democracia informe. Es la razón por la cual los movimientos, partidos y gobiernos nacional- populistas de nuestro tiempo no dirigen su artillería en contra de la democracia liberal - como creen sus defensores - sino en contra de las instituciones que dan forma a la democracia, sea esta liberal o no. Esas instituciones son los partidos políticos y por cierto, el lugar donde actúan esos partidos: el parlamento: la “polis nacional” de nuestro tiempo.

Para poner las cosas en relación coherente, podríamos decir que no son los democratistas los que han llevado a la crisis de la democracia sino está última es la que ha hecho posible el avance del democratismo. Sobre las razones que han llevado a esa crisis he escrito otro artículo. Baste agregar aquí que la misión de los democratistas es profundizar al máximo la crisis hasta el punto que un pueblo representado en un caudillo o líder situado más allá de la constitución y de las instituciones, ponga punto final a la discusión pública (“Se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó parar”, decía una canción democratista (Carlos Puebla) poco antes de que Fidel Castro se hiciera del poder total en nombre del pueblo).

Ya no podemos cerrar más los ojos: la democracia, no solo la liberal, está siendo asediada. Los movimientos nacional-populistas irrumpen incluso en países considerados modelos de la democracia moderna. Podemos llamarlos chusmas, turbas, hordas, u otros nombres peyorativos. Lo que no podemos negar es que representan auténticos movimientos populares. Nos guste o no, actúan de modo coordinado, organizados con disciplina y objetivos, entre ellos, desbancar a los que los trumpistas llaman el stablishment (o “la casta” en la versión de Podemos en España, o “las cúpulas podridas” en la versión facho-chavista). Dicho en tono más académico, el objetivo de los democratistas es derrocar a la “clase política”. Su ideal es una democracia radical, vale decir, sin políticos ni política.

Formados en la sociedad civil, asociados en organizaciones no gubernamentales y en movimientos muy estructurados, los democratistas son de verdad revolucionarios. A su modo representan una rebelión del demos no en contra de la cracia, pero sí en contra de las instituciones de la demo-cracia. En Alemania por ejemplo ya lograron apropiarse del lema libertario que llevó a la caída del muro: “nosotros somos el pueblo”. A través de ese lema los nacional-populistas reclaman la rescisión del contrato social vigente, la devolución del poder al pueblo para asumirlo directamente a través de sus líderes. El “nosotros somos el pueblo” que en la Alemania comunista buscaba expropiar a una dictadura, es ahora usado ahora en contra del poder institucional delegativo. Quiere decir: “nosotros somos el pueblo” y no los diputados y senadores que dicen representarnos, nosotros y no los emigrantes, nosotros y no los académicos e intelectuales, nosotros y no los virólogos.

Ha llegado el momento de entender: las instituciones que dan forma a la democracia nacieron para representar al pueblo. Eso significa, para impedir que el pueblo, o de algunos en nombre del pueblo, hagan ejercicio directo del poder. No solo nos protegen de tentaciones dictatoriales, sino también del mismo pueblo cuando es conducido por populistas y demagogos. En consecuencias, lo que hay que defender no es tanto la democracia liberal (cada uno puede entender por ella lo que quiera) sino la democracia institucional.

No será impertinente recordar que los totalitarismos del siglo XX nacieron en las propias entrañas del pueblo. Todos irrumpieron como anti-stablishment en contra de “la clase política” y, por supuesto, en contra del parlamento. Ya sea en nombre del pueblo-nación, del pueblo-clase o del pueblo -masa, todos encuentran sus orígenes en movimientos democratistas. De ahí que, si tuviéramos que definir en breves palabras la esencia del democratismo, habría que decir: el democratismo es la democracia sin instituciones. Y como no puede haber política sin instituciones, ha llegado el momento de defender a la política a través y a favor de las instituciones que la representan.

La democracia no parlamentaria, vale decir, la democracia democratista, sin leyes ni delegaciones, sin debates ni controversias, ha sido y es antesala de toda dictadura.

Nota adicional para lectores venezolanos

Cuando el 23 de enero de 2019 el diputado Juan Guaidó, en representación de la Asamblea Nacional se juramentó como presidente interino, declarando fraudulentas las elecciones presidenciales en las cuales la oposición mayoritaria no había participado (20-M-2018) e imponiendo en nombre del pueblo una estrategia que ponía en primer lugar el derrocamiento (no electoral) de Maduro, abandonó la línea democrática (electoral, pacífica y constitucional) asumida por la oposición en el pasado, para transformarla en una línea democratista, vale decir, no-institucional.

El 6-D- 2020, cuando esa oposición democratista pero ya no demócrata, entregó la Asamblea Nacional al gobierno de Nicolás Maduro, Venezuela fue convertida en un país atrapado por dos democratismos: el de un gobierno que en nombre del pueblo usa las elecciones en contra de las instituciones y el de una oposición que en nombre del pueblo hizo abandono de la institución más política del pueblo, en aras de una insurrección que no tenía con qué llevar a cabo.

El espacio político-democrático fue vaciado.

Polis

29 de enero 2021

https://polisfmires.blogspot.com/2021/01/fernando-mires-democratas-y.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+blogspot%2FxSpmE+%28POLIS%29

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Ada Esther Lugo Freites

Hablar de valores y particularmente de valores familiares, ha sido considerado por muchos como un tema delicado, y desde múltiples perspectivas, sensible. En un primer momento surgen en la mente de quien tiene encomendada tamaña tarea dudas, sobradamente fundamentadas, sobre los tópicos a tratar, la forma de abordarlos y más importante todavía, el auditorio, ese grupo de individuos ávidos de información con la expectativa e incluso la esperanza puesta en su interlocutor. Visto desde este ángulo, la responsabilidad asumida es enorme, más aún si el tema esta estrictamente ligado con los valores familiares en medio del caos que implica vivir hoy en Venezuela.

Ahora bien, una vez asumido el compromiso y superado el impacto inicial, la estrategia parece clara. Para hablar de valores familiares en medio del caos que rodea a las familias y comunidades que sortean a diario este país, es necesario repasar conceptos fundamentales que den luz sobre el deber ser, limpiando un poco el enmarañado escenario mental que por momentos parece nublar la claridad de pensamiento.

En este contexto, palabras tan conocidas y repetidas como valores, familia, comunidad y sociedad, entre muchas otras, resaltan como si tuvieran sus letras hechas con luces de bengala. Si apelamos a la modernidad, pueden incorporarse otros vocablos, mas recientes y no menos importantes como resiliencia, empatía e incluso activismo social. Como si hiciera falta agregar un poco más de complejidad a la ya existente, todo esto debe funcionar bajo la tan nombrada nueva normalidad.

Es necesario entonces empezar por el principio. Los valores por definición representan los principios, virtudes o cualidades positivas que caracterizan a una persona y forman parte de su sistema de creencias, por lo que modulan la conducta, los intereses, sentimientos, pensamientos y la manera cómo los individuos desean vivir y compartir sus experiencias con quienes les rodean, de allí su importancia (Morales, 2018).

La familia, tradicionalmente ha sido vista como el núcleo fundamental de la sociedad, definición miles de veces repetida y aprendida desde los primeros pasos del jardín de infantes. Sin embargo, simboliza un elemento mucho más complejo, representando un grupo de personas que hacen vida en común y que está unidos por un vínculo que puede ser de afinidad (pareja), consanguinidad (padres/hijos), adopción o de algún otro tipo (Martínez, 2020).

La sociedad por su parte, es un grupo de individuos, pueblos o naciones con intereses variados que conviven o se relacionan dentro de una zona geográfica común, bajo leyes comunes que regulan el comportamiento, la participación, la adaptación y la autoridad. Supone la convivencia y la actividad conjunta de los individuos de manera organizada y ordenada, e implica un cierto grado de comunicación, cooperación y la observancia de preocupaciones mutuas, donde cada individuo cumple determinadas funciones (Imaginario, 2018; Chirinos S/F).

El término comunidad puede definirse como un grupo de personas que viven en un área geográficamente específica, cuyos miembros comparten valores, vínculos afectivos y morales, actividades, intereses y necesidades comunes, en un tiempo y espacio determinado, haciendo realidad y vida cotidiana. Representa un entorno dinámico, que se mantiene en constante movimiento, transformación y evolución, sufren crisis, se reorganizan y buscan alternativas comunes o de manera autónoma para solucionar problemas, lo que desarrolla sentido de pertenencia, identidad social y conciencia de sí como grupo. En una comunidad, los individuos asumen el desarrollo de adentro hacia afuera comprendiendo que este desarrollo llega cuando los objetivos comunes trascienden a los particulares (Reynosa, 2015).

Ahora bien, repasar estos conceptos como parte del tema de valores familiares resulta un ejercicio teórico quizás tedioso, pero absolutamente necesario, pues es justamente en la familia donde pueden fortalecerse los valores que permitan cambios vitales en la comunidad y en consecuencia en la sociedad venezolana. Es, como ya se expresa arriba, desde adentro, en la familia consanguínea o no y en la comunidad vista como familia extendida, donde el individuo hace vida diaria, donde las grandes transformaciones tienen su origen y donde los pequeños milagros ocurren casi sin darnos cuenta.

Sin embargo, en la época tan compleja que vive el país, esta concepción de familia y comunidad, aunque ideal, pareciera difícil de alcanzar. La crisis que nos ha tocado padecer, lamentablemente sitúa al país en un escenario desolador, caótico, por no decir trágico. El caos venezolano lamentablemente envuelve. Cada día se convierte en una lucha constante para cubrir las necesidades más elementales. El ciudadano común se encuentra tan arropado por la realidad, tan angustiado y apresurado, que muchas veces olvida reconocerse a sí mismo como parte vital del grupo de gente decente, buena, noble y trabajadora que forma parte de su comunidad.

No obstante, la realidad demuestra que, aun ante este oscuro escenario, los venezolanos se levantan y siguen adelante construyendo de mil formas posibles el mejor futuro para sus familias, sin olvidar a aquellos a quienes la crisis ha golpeado con más fuerza. Es justamente en estos tiempos duros, cuando la comunidad venezolana ha demostrado ese sentimiento de solidaridad, de empatía y de colaboración, dando paso a la unión, la identificación con el otro, el respeto, y la compasión por aquellos menos afortunados, salvando incluso las diferencias políticas.

Esto se vive a diario, en cada calle, en cada sector, en cada comunidad. Estos son valores familiares que están tatuados en el alma de los venezolanos de bien y esos justamente, son los valores que deben ser reconocidos, rescatados y fortalecidos primero en el mismo individuo, y a través de este, en la familia y en la comunidad.

De allí la importancia de reconocer en nosotros mismos, y reconocer en el otro. los valores, comportamientos y formas de vida comunes. Entender que formamos parte de una comunidad que es reflejo de cada uno de los ciudadanos que la conforman y que esos valores que hemos inculcado por años dentro del núcleo familiar al ser extrapolados a la comunidad como familia extendida, permiten mejorar la convivencia y generar cambios desde adentro. Cambios que no son impuestos por terceros, sino que surgen de la propia comunidad que ha sido capaz de reconocerse, respetarse, escucharse, identificar problemas comunes y buscar soluciones que beneficien a todos como grupo y no a individualidades. Representa entender que el bien común, es al mismo tiempo el bien propio.

¿Es posible entonces fortalecer valores familiares, y en consecuencia comunitarios, en medio del caos que implica vivir hoy en Venezuela? ¡La respuesta es definitivamente SI! Valores como la solidaridad, la empatía, la cooperación, la compasión, el respeto, la responsabilidad, la honestidad, entre otros muchos, se convierten hoy día en el ancla que permite sobrellevar un escenario tan duro y tan incierto cono el venezolano, tocado además por esta nueva normalidad, medida necesaria ante una pandemia que tomó al mundo entero por sorpresa y que implica que cuidar de uno mismo es también cuidar al otro.

Está claro que a los venezolanos no nos ha tocado una tarea fácil. Sin embargo, si es posible asumir la situación, responder a ella y sobreponernos. Es decir, aprender, a ser resilientes, aprovechando cada experiencia como herramienta para reinventarnos y crecer. Rescatar y fortalecer ese esquema de valores que ya tenemos, en la familia y en la comunidad como familia extendida, es parte de ese proceso. Allí justamente comienza la transformación que tanto deseamos, en cada individuo, en cada familia, en cada comunidad, en la sociedad y finalmente en el país. Es entendiendo la responsabilidad individual y colectiva que tenemos en la construcción de un país distinto, donde quepamos todos, lo que puede hacerlo posible.

REFERENCIAS

Causse, M. (2009). El concepto de comunidad desde el punto de vista socio - histórico-cultural y lingüístico. Ciencia en su PC,núm. 3, pp. 12-21 Disponible: https://www.redalyc.org/pdf/1813/181321553002.pdf. Consulta: 12 enero 2021.

Imaginario, A. (2018). Significado de Sociedad. Disponible: https://www.significados.com/sociedad/.

Linares, R. (2020). Resiliencia: Los 12 hábitos de las personas resilientes. Disponible: https://www.elpradopsicologos.es/blog/resiliencia-resilientes/. Consulta: 14 enero 2021.

Martínez, A. (2020). Definición de Familia. Disponible: https://conceptodefinicion.de/familia/, Consulta: 12 enero 202.

Morales, A. (2018). Significado de Valores. Disponible: https://www.significados.com/valores/#:~:text=Los%20valores%20son%20los%20principios,importancia%20para%20un%20grupo%20social. Consulta: 12 enero 2021.

Reynosa, E. (2015). Comunidad y sociedad. Síntesis teórica sobre la reflexión de sus significados. Disponible: https://www.grin.com/document/308296. Consulta: 13 enero 2021.

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José Machillanda

El aturdimiento que sufre el socialismo militarista después del 6D y su conexo 12D, fuentes de la resistencia civil de la venezolanidad democrática, es tal que durante todo el mes de enero ha sido incapaz de desarrollar una acción política, que oriente el desenvolvimiento de la república según la Constitución vigente. En consecuencia, la Corriente de Participación Activa, que muéstrese como resistencia civil, ha venido desarrollando la iniciativa para construir una respuesta política, propia de la invención de la política para, como una irrupción social nacional legítima, reponer y ordenar a una masa social de venezolanos importantísima, que está dispuesta haciendo vida ciudadana y de espaldas a la antipolítica lograr la transición política de la república.

El aturdimiento del régimen -torpeza política que muestra carencia de recursos y falta de serenidad- lo convierte un actor repetitivo, repugnante, confundido que sólo como actos antipolítico sigue empleando el engaño de su grotesca estructura de gobierno, para perseguir, encarcelar y maltratar al venezolano. El aturdimiento lo lleva a darle preeminencia a la violencia de espaldas a la sociedad. Es pánico lo que demuestra el régimen, que permite que se reconozca a este disfraz de proyecto, que ya no sabe cómo mentirle a la Venezuela democrática, valiente y capaz que hoy se muestra como una Corriente de Participación Activa. Participación activa para reponer la democracia en Venezuela, ello crecerá y animará a todos los venezolanos de bien, asqueados de este militarismo ocioso y cobarde.

La venezolanidad democrática como resistencia civil, haciendo política, política horizontal distante del partidismo, participación política incluyente creativa, con nuevas formas de coaliciones, con nuevos contenidos político-sociales le permitirán nuevo contenidos y activar un renacimiento de la política, en el cual la ley, la tradición y la ética estarán por encima la verticalidad, la sumisión y el grupalismo. Nuevas coaliciones y formas de agrupación política para compartir el poder y reiniciar un futuro de la república, totalmente contrario al revolucionarismo perverso y retrógrado, que ha puesto a la república en la desesperación y permanente conflicto.

La política será en base a convocatorias, comunicaciones históricas, acercamientos sociales, encaminados todos por la ciencia y amparados en el poder legítimo, ajustado a la Constitución. Será un hacer político por convicción y dará a pie a la transición política, que será entendida por todos y cada uno de los actores y ciudadanos que aspiramos la democracia. Saldremos del pantano de las palabrerías, de la improvisación. En cambio, se abrazará a la política, la geopolítica y, sobre todo, se respetará la historia. Ese desarrollo impactará por igual a cualquier grupo social que apunte al éxito y a la democracia. La política que se desarrollará desde esas acciones será dirigida por la Corriente de Participación Activa que, como una práctica permanente y continua del realismo, definirá formas, foros y estructuras que mostrará el virtuosismo de la venezolanidad.

La política que desarrollará esa estructura surgida de la resistencia civil le asquea la desocupación, el conflicto, el desempleo, el ladronismo, es decir todo cuanto destruye, por cuanto la política se apoya en la construcción, la iniciativa, el mejor ciudadano para los mayores logros de la república y su propio beneficio. Es tiempo de política… después de 20 años de antipolítica y por lo menos 45 años de conspiración, como consecuencia y responsabilidad de cúpulas partidistas y militaristas, comparsa responsable de lo que se conoce como huerco organizacional militar. Hueco organizacional que defiende el absurdo del Estado Cuartel, vergüenza y desgracia para la historia político-militar de Venezuela en el siglo XXI.

La Corriente de Participación Activa es el camino y el ejercicio y reconstrucción de un país, sociedad e instituciones asaltadas, manipuladas por operadores y grupos de espaldas a la historia, la sociología y moralidad del venezolanismo. Fueron y son grupos simplistas, que desconocen la tesis de la decencia en y del gobierno, pero más grave aún, nunca reconocieron los tres discursos que los acompañan como raza. Son los ignaros que se tragó el revolucionarismo, por ello convirtieron a la república en un espacio donde la explosión violenta y adireccionada los puso en el poder, pero un poder entendido como fuerza. La respuesta que crece que después del 6D y 12D es una respuesta de convicción profunda general de lo que es la venezolanidad, de lo que significa la política por lo cual se logrará desplazar el revolucionarismo, que se alimenta de la ignorancia y la rebelión. Será, entonces, un gran cambio que afectará a la mayoría de demócratas después de la farsa electoral, que hoy ya se entienden como una Corriente de Participación Activa.

La venezolanidad será la propulsora de la reinvención de la política en Venezuela, de la política como la gran orientación para arribar a la democracia, que requiere cultura política y estabilidad necesaria para establecer el orden y el cumplimiento de la Constitución y las leyes. Los venezolanos después del 6D y 12D se niegan a seguir verificando lo ocurrido el año 2020, en consecuencia a partir de 2021 será necesario no ver más la miseria exponencial y estimular el crecimiento de la venezolanidad. La venezolanidad ha dicho presente y lo político no será más trivial, ni se confundirá con los colores, ni con el partidismo o el simplismo que hasta el 6D venía afectando a la sociedad. La sociedad ha mostrado su responsabilidad por la política, está presente y dispuesta para la reconstrucción de la república democrática. ¡Manos a la obra! Ese es el qué… cada uno de los demócratas definirá el cómo.

Es original,

@JMachillandaP

Director de CEPPRO-CSB

Caracas, 26 de enero de 2021

 4 min


Andrés Ortega

Hay un movimiento general en el mundo por parte de los Estados o gobiernos contra el poder de las Big Tech, los grandes monopolios u oligopolios tecnológicos, desde EEUU, cuna de estas empresas en Occidente, a Bruselas (y Londres), pero también China. El Foro Económico Mundial, en su último informe de Riesgos Globales para los próximos años, cita el de la “concentración de poder digital” en sexto lugar (por probabilidad, no por impacto). Para impedirlo, entre estos actores no hay coincidencia ni en los objetivos buscados ni en los métodos elegidos, salvo en impedir que se asfixie la innovación.

China

El régimen chino ha frustrado la importante salida a bolsa del Grupo Ant, la financiera tecnológica del gigante Alibaba, fundado por Jack Ma, que había criticado públicamente el modelo arcaico de los bancos chinos. Responde al temor a perder el control sobre los instrumentos del crédito que, como bien recuerda Eugenio Bregolat, son tan importantes para el sistema chino, y al temor a que se generen inestabilidades en el sistema. La decisión se debió tomar con la aprobación de la cúspide, es decir, del propio presidente Xi Jinping, como señaló Nikkei Asia, en un análisis recomendable. Alibaba ha sido sometida a una investigación antimonopolio. Ma ya había dimitido, y su sucesor en Alibaba Daniel Zhang ha hecho un acto de contrición público.

No se trata sólo de quebrar la rebelión o el enfoque de Jack Ma, sino en general de volver a recuperar el control sobre las grandes tecnológicas chinas, tras años de laxitud sobre su crecimiento y prácticas oligopolísticas. El regulador antimonopolio, la Administración del Estado para la Regulación del Mercado, ha hecho público por vez primera un informe proponiendo reglas para impedir que las grandes plataformas de Internet bloqueen la competencia. El Banco de China ha hecho propuestas en esta línea para su sector. En algunos aspectos el régimen chino va más lejos que la regulación occidental pues no se limita a vigilar cuotas de mercado, sino también los intereses de los consumidores. El régimen se plantea limitar la capacidad de actuación de Ant, e incluso entrar en el capital de estos conglomerados privados. El capitalismo chino está cambiando.

Es decir, que el movimiento dentro de China va más allá del caso de Jack Ma. Quizá el régimen haya aprendido de los rusos cómo doblegar el poder de los oligarcas. Las plataformas son un instrumento de control político, y, también en China, la profusión de redes sociales y agregadores de noticias dificulta la censura. Alibaba, Tencent y Baidu (conocidas como las BAT) tienen cada una más de 1.000 millones de usuarios y llevan a cabo una política agresiva de compra de start-ups. Recuperar el control es, pues, una de las prioridades del régimen. Incluso hay una cierta rebelión de los consumidores en China contra las plataformas de ventas o servicios que usan los datos personales que recaban para subir precios.

EEUU

En EEUU ha crecido el movimiento para limitar el poder y alcance de las grandes tecnológicas, sobre todo las llamadas GAFA (Google –o su empresa madre Alphabet–, Amazon, Facebook y Apple). Se han puesto en marcha procedimientos por parte del Departamento de Justicia (que previsiblemente continuarán en una Administración Biden) contra Google y Facebook, de la Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) y de 46 estados. Los servicios Demócratas del Subcomité Antimonopolio del Comité de Justicia del Congreso habían elaborado antes de las elecciones un dictamen sobre “La investigación de la competencia en los mercados digitales”, que plantea varias posibilidades.

Más que cambiar las reglas, se busca cambiar la situación. No es probable que la Administración Biden, que tiene tantos frentes abiertos, promueva como prioridad inmediata una nueva legislación pro-competencia, anti-trust, sino que previsiblemente se basará en la existente, esencialmente la Ley Sherman de 1890, que ha vuelto a invocarse contra Google. Pero la de Biden no será tan permisiva con las Big Tech como lo fue la Administración Obama. California sí avanza más en materia de regulación, pero por ello mismo algunas empresas, sobre todo start-ups, están abandonando Silicon Valley –el tecxódo, se lo está llamando– por otros lugares más propicios a sus fines.

Un objetivo básico es fomentar la competencia, la innovación y la creatividad, y para ello frenar algunas adquisiciones por las Big Tech, justamente para devorar a posibles competidores. Es lo que ha pasado cuando Facebook adquirió Instagram y WhatsApp, o Google con YouTube. También se trata de evitar acuerdos entre grandes, que frenen la competencia, como el que llevó a Apple a integrar el buscador de Google en sus dispositivos. O para el reparto de la publicidad digital.

Hay muchas reticencias en EEUU a trocear las grandes tecnológicas, como en su día se hizo con las petroleras, las eléctricas o las telefónicas. Hay casos en que sí sería relativamente sencillo (por ejemplo, separar a WhatsApp de Facebook). Pero a menudo las tecnologías están imbricadas. Estas empresas, además, invierten mucho en Inteligencia Artificial y otras tecnologías en las que EEUU está en competencia, con consecuencias geopolíticas, con China.

Como en Europa, ante los procesos de desinformación vividos, se plantea además la cuestión de que las plataformas se responsabilicen de la veracidad de los mensajes que transportan, algo que tampoco es fácil de conseguir sin vaciar una parte importante del sistema de funcionamiento de las redes sociales. Que Apple y Google hayan expulsado de su espacio –y Amazon de sus servidores– una app como Parler, con contenidos de extrema derecha, plantea un problema central: ¿son las grandes plataformas privadas las que han de regular el espacio público de debate, o han de hacerlo, como se propone más desde Europa, las autoridades públicas? Es de Europa, concretamente Angela Merkel, de donde, en nombre de la libertad de expresión, han surgido críticas más duras a la prohibición de las cuentas de Trump en Twitter y Facebook, entre otros. Europa quiere que se regulen las plataformas de modo que se hagan responsables de lo que portan, pero no está a favor de este tipo de censura. No es aceptable que las grandes plataformas de redes sociales tomen decisiones por su cuenta, ha apuntado la Comisión Europea.

UE (y el Reino Unido)

A diferencia de EEUU, en la estela de varios Estados miembros que lo pidieron en octubre, la UE pretende aprobar reglas para cambiar los modos en que las Big Tech operan. La UE está orgullosa del alcance global de algunas de algunas de sus regulaciones (como el Reglamento General de Protección de Datos). Su política de competencia es estricta y en marzo multó a Google con 1.760 millones de euros por abuso de dominio de mercado en publicidad online. La Comisión Europea, a la que ha asesorado en estos temas Jason Furman, que trabajó para la Administración Obama, ha presentado a finales del año pasado dos iniciativas de gran calado: las propuestas de Reglamento de Servicios Digitales, esencialmente para responsabilizar a las plataformas sobre contenidos (con la amenaza de cuantiosas multas), y el Reglamento de Mercados Digitales para limitar las actividades de algunas de estas empresas, sobre todo contra los “guardianes”, los gatekeepers, pues otras compañías han de usar sus servicios para sus propios negocios, y son capaces de dictar cómo han de funcionar los mercados. Estas propuestas han sido recibidas con uñas por algunas grandes estadounidenses, pero la comisaria de la Competencia, Margrethe Vestager, les ha advertido que la alternativa a una legislación europea es una multiplicidad de regulaciones nacionales, algunas más duras. También la Autoridad de Competencia y Mercados británica propone un nuevo código de conducta y una nueva Unidad de Mercados Digitales que pueda imponer multas significativas.

No parece probable, pese a las advertencias de los comisarios Margrethe Vestager y Thierry Breton, que ante una nueva Administración en Washington, con la que quiere recomponer las relaciones transatlánticas, la UE se lance a intentar trocear por su cuenta las grandes empresas estadounidenses. Pero quiere abrir espacios a sus propias empresas. Europa ahora, según un informe, dice haber generado 120 unicornios (tecnológicas de más de 1.000 millones de dólares de valor) en la última década.

Desde Europa, en un espejo invertido del chino con Ant, los bancos tradicionales piden que se regule las fintech para poder competir en igualdad de permanecer en el negocio, como reclama, por ejemplo, Ana Botín, presidenta del Santander, para la cual “las grandes empresas tecnológicas se están convirtiendo en plataformas de préstamo sin tener que cumplir con la mayoría de la normativa bancaria”.

Ante las Big Tech, todos, Europa, EEUU y China, parecen estar en un juego aparentemente similar, pero con grandes diferencias, que tenía que llegar tras años de crecimiento sin control de estas empresas. También se trata de estar en buena posición de competir desde los gobiernos (o la UE) por los estándares internacionales, incluidos los impuestos a pagar por estas empresas.

26 de enero 2021

Elcano

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