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Opinión

Nicolás Albertoni y Jorge Heine

Quizás pasó desapercibido para muchos, pero este mes Asia irrumpió de manera definitiva en el mundo comercial: se firmó la Asociación Económica Integral Regional (el RCEP, por su sigla en inglés), un bloque comercial formado por China, Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda y todos los países del sudeste asiático. Es un hito. En su conjunto, son un mercado de 2.200 millones de personas (30 por ciento de la población mundial) y un PIB de poco más de 26 billones de dólares (alrededor del 30 por ciento del producto mundial).

En plena pandemia del coronavirus, mientras aumentan las tensiones entre Estados Unidos y China, al tiempo en que la Unión Europea aún no logra resolver el Brexit, el mensaje enviado por el RCEP es fuerte y claro: en Asia, no se pierde el tiempo. Es un mensaje que América Latina parece no escuchar ni imitar.

En Asia entienden, por ejemplo, que el proteccionismo que sacude a los países del Atlántico Norte no es el mejor camino a seguir. Han sabido entender que diferencias geopolíticas, como las que existen entre China y Japón y Corea del Sur, o entre la misma Australia y China, no deben obstaculizar la ruta hacia flujos comerciales más abiertos.

¿Qué significa el RCEP para América Latina? Por una parte, indica que Asia, el principal mercado para una buena parte de los países sudamericanos, seguirá creciendo en importancia y conformando una parte cada vez mayor de la economía mundial. Por otra, como América Latina no es parte del acuerdo, refleja la marginación de la región de estos tratados plurilaterales que surgen ante el estancamiento de la Ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

La triste realidad es que la fragmentación de la región y su incapacidad de acción colectiva en el plano multilateral la condena a un papel cada vez más secundario en la economía política global, con consecuencias nefastas para su desarrollo. El contraste con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) —impulsores del RCEP— no podría ser más grande.

En adición al RCEP, estos acuerdos incluyen el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (CPTPP, por su sigla en inglés), integrado, entre otros, por Japón, Australia, Nueva Zelandia, Chile, Perú y México; el intento por un Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (TTIP) entre Estados Unidos y la Unión Europea; el Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (ACS) —que reúne un 70 por ciento del comercio mundial del sector— y otros. Estos tratados nos dicen que los países comprometidos con la liberalización comercial buscan “refugios de consensos” ante el anquilosamiento de las negociaciones multilaterales.

La firma de estos “megatratados” internacionales podría llegar a tener un fuerte impacto en la economía mundial. No solo por las dimensiones de los dos recientes megatratados (el RCEP y el CPTPP), sino también porque el RCEP, por ejemplo, contempla áreas tan diversas como la regulación de emisiones, subsidios agrícolas, propiedad intelectual, comunicaciones y servicios. Y economías emergentes como las de América Latina deberían ver cómo adaptarse a las nuevas regulaciones que este tipo de negociaciones pueden llegar a promover.

Por otra parte, las elecciones estadounidenses, y la posibilidad de ver un Estados Unidos más proactivo en reestablecer sus lazos comerciales con el mundo, fueron clave para que los miembros del RCEP (China especialmente) continuaran las negociaciones y firmaran un pacto que facilitará mucho el comercio entre sus países. Esto hace posible que Estados Unidos, con Biden a la cabeza, no quiera quedarse fuera de los megatratados y reactive sus lazos con el CPTPP.

La mala noticia es que esto conformará un mundo comercial bipolar constituido por dos grandes bloques comerciales en los que gran parte de América Latina no participa.

Concretamente en el RCEP, América Latina no tiene arte ni parte (aunque Chile realizó gestiones para asociarse al mismo en su momento), y es en buena medida emblemático del aislamiento que sufre la región de los grandes procesos de cambio que se dan en el mundo de hoy. La inserción internacional de la región, muy distante de las cadenas globales de valor en que se basa la producción actualmente, contrasta con la situación de los países del sudeste asiático, que sí han sabido vincularse a esas cadenas de valor, algo que afianzan con este tratado.

Lo ideal sería avanzar en estos temas de liberalización comercial y otros rubros en negociaciones multilaterales de carácter universal. Sin embargo, vivimos en un mundo imperfecto, de soluciones subóptimas. El punto central para América Latina es entender que los países que integran estos megatratados continuarán avanzando para promover una mayor diversificación de sus mercados. Y los países de la región se encuentran cada vez más alejados de esas conversaciones. Es un escenario desfavorable: desde estos megatratados se están escribiendo las reglas del comercio del siglo XXI.

Aquellos que no son parte de los grandes acuerdos, estarán en desventaja, no solo en lo comercial, sino que también por no haber participado en el diseño de nuevos reglamentos que surgirán. Es posible que, en pocos años, estos países que hoy avanzan en los tratados más ambiciosos digan: “Ya concertamos las nuevas reglas para nuestro comercio. Tómenlas o déjenlas”.

¿Entonces, qué hacer?

Es crucial que los países de América Latina que no son parte de estos acuerdos reaccionen y se vinculen a ellos. Es allí donde se forja el mundo que viene.

Sería más conveniente que estos debates se den en el ámbito de la OMC, pero la práctica ha mostrado que hoy es cada vez más complejo lograr consensos globales. Todo esto implica no solo relacionarse a estos acuerdos en curso, sino que también tomar iniciativas para la creación de nuevos acuerdos comerciales.

Si lo ha hecho la ASEAN, no hay razón para que no lo pueda hacer América Latina. Las grandes potencias no tienen el monopolio en la materia. Este es el momento.

30 de noviembre 2020

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2020/11/30/espanol/opinion/acuerdos-comercial...

 4 min


Raúl Alegrett Ruiz

Millones de venezolanos han decidido no participar en la farsa electoral convocada por el régimen para el próximo domingo 6 de diciembre. Otros millones no lo harán porque habían optado por migrar o se han visto obligados a dejar el país. Habrá también quienes rechazando la farsa, participarán forzados por la amenaza o el chantaje.

Paralelamente la Asamblea Nacional, acogiendo una propuesta de la sociedad civil, ha aprobado la celebración de una Consulta Popular sustentada en los artículos 5 y 70 de la Constitución vigente. En dicha Consulta se solicita a los venezolanos el pronunciamiento sobre tres temas fundamentales:

1 Cese de la usurpación y convocatoria a elecciones presidenciales y parlamentarias;

2 Rechazo al evento del 6 de diciembre próximo organizado por el régimen y solicitar a la comunidad internacional su desconocimiento;

3 Solicitar apoyo a la comunidad internacional para rescatar al país de la crisis humanitaria y proteger al pueblo de crímenes de lesa humanidad.

Varias voces de personas calificadas que se sitúan en oposición al régimen, han levantado sus críticas señalando la inconveniencia de realizar el proceso de consulta, tildándolo de ingenuo, inútil, innecesario, inoportuno, riesgoso, peligroso. Muchos columnistas de opinión han ya respondido a tales críticas cuestionando los argumentos en que se sustentan y ratificando que la consulta es un derecho constitucional y un ejercicio de ciudadanía, no una solución definitiva, en la búsqueda de elecciones transparentes y legítimas. Es una forma de recordar al mundo latragedia que vive Venezuela.

Como bien lo expresa César Pérez Vivas “Si consideramos innecesaria la misma (la consulta) terminaremos considerando innecesarias otras manifestaciones, como la protesta de calle, las alocuciones, los mensajes escritos y otras formas de protesta…” añadiendo “Las cosas por sabidas se callan y por callarlas se olvidan”. Por su parte Monseñor Ovidio Pérez Morales se pregunta: “¿Hay algo más obligante y oportuno en el presente desastre nacional, que preguntarle al soberano, quien tiene poder propio, originario y constituyente (artículo 5 de la Constitución), qué ordena para comenzar la reconstrucción de este país?

En cuanto a la calificación de riesgosa y peligrosa, los promotores de la consulta han explicado la imposibilidad de la identificación del participante en la consulta, mediante un proceso tecnológico que salvaguarda su nombre. Si a ver vamos, es más riesgosa la abstención de los electores en el proceso electoral fraudulento. La consulta es riesgosa sí, para sus promotores y sus organizadores, para todos aquellos que han venido dedicando tiempo, esfuerzos y capacidades para llevarla a cabo.

Pero el verdadero riesgo de la consulta es que fracase, que no logre una multitudinaria participación que exhiba y ratifique dentro y fuera del país, el enorme rechazo al régimen y el respaldo a la realización de elecciones presidenciales y parlamentarias legítimas.

Llegado a este punto cabe volver al título del presente artículo. Aquellos que comparten la convicción de la necesidad de un cambio político pero que por distintas razones han venido cuestionando abiertamente la utilidad de la consulta, conscientes de que la misma está en vías de realización, deberán preguntarse con toda honestidad cuáles serían las consecuencias de una mediocre participación.

Podrán existir reservas sobre la utilidad de la consulta, pero nadie ha señalado que ella sea ilegal o nociva para la causa democrática, salvo en el caso de que la concurrencia no sea masiva. Sobre esto último sí que no existe duda alguna. ¿Tiene algún sentido apostar al fracaso? Desde luego se podrá pregonar, se los dije, habiendo de paso contribuido a ello; pero ¿el país y nuestro pueblo no merecen la concesión del beneficio de la duda en cuanto a la eficacia que pueda tener la consulta y el evitar un fracaso que sólo contribuirá a desmoralizar a la resistencia? Ya un gran esfuerzo ha sido realizado. Pareciera entonces evidente que, una vez puesta en marcha la consulta, con la participación entusiasta de tantas personas que han abrazado con fe el compromiso, la actitud consecuente con la causa democrática exige cesar el cuestionamiento previo, participar en la consulta y llamar a la participación.

Es una cuestión de conciencia.

el Correo Financiero

https://elcorreofinanciero.com/una-cuestion-de-conciencia-raul-alegrett-...

 3 min


Daniel Eskibel

Aquella noche había alerta de tsunami. La amenaza podría llegar desde la costa del Océano Pacífico, a 300 metros de la habitación del hotel donde me alojaba en la ciudad de Manta, Ecuador. Si el aviso de tsunami se concretaba tenía que correr calle arriba y subir la cuesta durante un largo trecho hasta llegar a una zona presuntamente segura.

Recostado sobre la cama y con una extraña mezcla de cansancio y estrés, mi mirada se perdía en un punto indeterminado de la pared mientras mi mente repasaba las opciones que tenía. En el piso junto a la cama tenía la mochila con todo mi equipaje de viaje. Estaba sin desempacar, al alcance de la mano, preparada para una acción rápida. Si sonaban las sirenas debía incorporarme de un salto, echar mi mochila al hombro y correr. En el hotel me habían dicho que lo más probable sería que la amenaza de tsunami no fuera nada, pero que por las dudas estuviera atento.

Esa noche miré miles de veces la pantalla de mi móvil. Monitoreando las cuentas de Twitter que podían informar acerca de la confirmación o la cancelación de aquel evento catastrófico. Buscando señales claras que me permitieran o bien descansar o bien huir antes de que todo comenzara.

Nada ocurrió aquella noche. Al día siguiente amanecí agotado al extremo después de varias horas de estrés y ansiedad. Ya no habría tsunami, afortunadamente.

En circunstancias como la que relato, mirar obsesivamente la pantalla del móvil es una conducta que tiene una finalidad clara y que hasta puede salvar vidas. Pero al mismo tiempo me pregunto si en nuestro tiempo no pasaremos demasiado tiempo frente a las pantallas.

¿Será una conducta beneficiosa mirar obsesivamente nuestras pantallas como si estuviéramos esperando un tsunami? Más aún: ¿qué efectos sociales, culturales y políticos tiene nuestra vida en la sociedad de las pantallas planas?

Pandemia de pantallas

La pandemia de Covid-19 aceleró tendencias que ya venían creciendo a toda velocidad. Una de esas tendencias es la transformación de nuestra sociedad en una sociedad donde los seres humanos estamos constantemente conectados a una omnipresente cantidad y variedad de pantallas.

Veamos solo cuatro datos iniciales, cuatro síntomas de algo mayor que está aconteciendo:

Los niños de países desarrollados comienzan a ver televisión a los 4 meses de edad.

En Estados Unidos de América, el 75 % de los niños de 3 años ya tiene su propio dispositivo móvil personal.

Los niños norteamericanos de edad preescolar pasan una media de seis horas diarias viendo algo en una pantalla.

Entre los 8 y los 18 años ya son 9 horas diarias frente a las pantallas.

Los mayores de 16 años, en este caso en España, destinan 11 horas de cada día a mirar una pantalla.

Los datos anteriores son del año 2019. Todo parece indicar que a partir de la pandemia la fijación a las pantallas se vuelve más intensa aún.

En el marco del optimismo tecnológico que caracterizó el comienzo del siglo 21 podríamos pensar que el vínculo con las pantallas significa mayores posibilidades de aprendizaje, de comunicación y de libertad. Aunque algunos datos podrían indicar en otra dirección.

-Me imagino que sus hijos aman el iPad -le dijo el periodista a su entrevistado en 2010.

El periodista era Nick Bilton, del New York Times. El entrevistado era Steve Jobs, el mismísimo creador del iPad. Y la respuesta parecía fácil de adivinar. Pero Jobs dio una respuesta inesperada, casi perturbadora.

-Nunca lo han usado -dijo. Nosotros ponemos un límite a cuánta tecnología usan nuestros hijos.

Esta sorprendente declaración parece conectarse con otras noticias que apuntan en la misma dirección. Por ejemplo:

Uno de los colegios que los ejecutivos de Silicon Valley prefieren para sus hijos prohíbe las pantallas en el aula y trabaja con las viejas pizarras de toda la vida.

También en Silicon Valley, las niñeras que cuidan a los hijos de los ejecutivos reciben cada vez más la instrucción explícita y estricta de no permitir el contacto de los pequeños con las pantallas.

Los retiros de desintoxicación de la tecnología se han convertido en tendencia entre esos mismos directores de empresas tecnológicas.

¿Qué dicen mientras tanto las organizaciones profesionales de psicólogos y pediatras? Pues las recomendaciones profesionales son coincidentes:

Cero televisión y menos de 30 minutos diarios de otras pantallas para los menores de 2 años.

Un máximo de una hora al día frente a las pantallas para los niños entre 3 y 5 años.

Y un máximo de 2 horas al día entre los 6 y los 18 años.

¿Es que acaso tanto los ejecutivos de las empresas tecnológicas como los profesionales de la psicología y la pediatría saben algo que los usuarios de tecnología desconocen?

Pues sí.

Y lo que saben es que los seres humanos nacemos con un cerebro inmaduro que se va desarrollando y adquiriendo sus capacidades en base a la estimulación externa. Ese cerebro evolucionó durante millones de años para que pudiéramos procesar las situaciones externas a la velocidad real que ocurren.

La sobreexposición del niño a pantallas que lo bombardean con estímulos vertiginosos y cambiantes obliga a su cerebro a tratar de adaptarse a un mundo virtual que no solamente es más rápido sino que además ocurre en dos dimensiones, es plano, está coloreado artificialmente y posee cualidades al tacto y a la vista ajenas al mundo físico al que el niño debe adaptarse.

El resultado es un cerebro sobre estimulado al cual le va a ser muy difícil concentrarse en las cosas que pasan a un ritmo más lento en una realidad más física y condicionada por variables de mayor profundidad.

La evidencia en cuanto a la sobreestimulación del cerebro de los niños es abrumadora. ¿Pero qué ocurre con los adultos?

Tomando decisiones en la sociedad de las pantallas planas

El resultado de la citada sobreestimulación es similar en el adulto: dificultades para concentrarse, para fijar la atención, para hacer trabajos sostenidos y profundos, para reflexionar y para tomar decisiones sólidas y responsables.

Estos fenómenos que señalo forman parte del contexto socio-cultural en el que ocurren los procesos políticos y la comunicación política. Por lo tanto es esencial comprenderlos para poder movernos con eficacia en dichos ámbitos.

Más que nunca partidos y gobiernos tienen que considerar que los ciudadanos les están prestando poca atención. Ya sea que se pida el voto o que se pida una determinada conducta para enfrentar la pandemia, de todos modos el ciudadano no está plenamente presente mientras se le habla. En cualquier caso la atención es efímera, fragmentaria y superficial.

Claro que el fenómeno afecta también a los políticos, a los gobernantes, a los consultores, a los periodistas, a los especialistas, a quien esto escribe y a quien lo lee. A todos.

Y justo en esta peculiar encrucijada nos ha caído encima la pandemia de Covid-19.

Imagina el espanto sobrecogedor que todos tendríamos si en un mismo día se estrellaran 23 aviones repletos de pasajeros sin que ninguno de esos pasajeros sobreviviera. Imagina que al día siguiente vuelve a pasar lo mismo y otros 23 aviones caen a tierra. Y lo mismo al día siguiente. Y así todos los días durante un mes, tres meses, once meses. Uno tras otro sin que nadie lo pueda detener. Sin que nadie sepa cómo detener esa macabra realidad.

Pues eso.

Eso es lo que está ocurriendo en 2020. Así podemos visualizar el número de víctimas de Covid-19 que ya llegó al millón y medio de muertos en 11 meses. Una tragedia.

Y esa tragedia la tienen que gestionar personas que, como señalé antes, están estresadas, con dificultades para concentrarse, con déficits atencionales, con poco hábito de reflexionar, sometidas al espejismo de la multitarea, con sus cerebros saltando de un tema al otro, con dificultades para priorizar, enfocando los problemas de modo superficial y siempre al borde de la irritación y la fatiga.

Esos tomadores de decisiones, además, tienen que persuadir a miles de millones de personas para que adopten algunos hábitos esenciales para la defensa frente al coronavirus. Miles de millones de personas que al igual que ellos sufren las consecuencias cognitivas y emocionales de la sociedad de las pantallas planas.

En un momento histórico como éste es vital tomar buenas decisiones. Tanto a nivel político como empresarial y personal. Para cada decisión importante que vayamos a tomar sería aconsejable que nos alejemos aunque sea brevemente de las pantallas. Aparta tu vista de ellas. Quita los dedos de los teclados. Desconéctate. Camina un poco, conversa con alguien, reflexiona. Respira profundo. Concéntrate. Busca la calma. Y después sí: decide.

Recuerda: hay alerta de tsunami sanitario, económico y político.

Maquiavelo&Freud

https://danieleskibel.com/sociedad-pantallas-planas/

 6 min


José Machillanda

¡Los ciudadanos y ciudadana venezolanas! como respuesta a la situación de “inmiseración” impuesta por este régimen totalitario tienen que mostrarse al inicio de la navidad venezolana como un ejemplar ciudadano político y social. Ciudadanos y ciudadanas líderes para reconstruir la civilidad que contenga la regresión política creada y alimentada por la barbarie del revolucionarismo, soportada por el cubanismo, por organizaciones armadas corruptas – al servicio de la regresión socialista comunista- que intenta doblegar la República democrática.

Los ciudadanos serán el Nuevo Liderazgo, hombre su mujeres, que como nuevo liderazgo detendrán la locura y recuperaran las leyes para restablecer , la soberanía y aupar el orden de la instituciones. El inicio decembrino muestra a un ciudadano líder, a una mujer lideresa para hacer brillar de nuevo la ley y la tradición junto a una inmensa mayoría que respeta las leyes y desea democracia. El ciudadano como líder impuesto con su participación inteligente mostrará inequívocamente el 87% de los venezolanos demócratas. El ciudadano líder es la solución para una transición política, para frenar la barbarie y para indicar la posibilidad de canalizar fuerza y esfuerzos con el objeto de recuperar la Constitución, contener la violencia a discreción que práctica un régimen primitivo de espalda a la raza venezolana.

El ciudadano como líder político y social constituye inequívocamente la respuesta política asertiva de este fin de año 2020, donde ya se ve derrotada la farsa electoral del 6D, expresión inequívoca del desespero y de quienes expresan el rechazo a la tiranía. El ciudadano que ya no soporta tanta locura y abuso le corresponde un momento critico de responsabilidad y valentía como opción política: hacer valer la Resistencia Civil. La Resistencia Civil ciudadana habla de la emergencia nacional , de la inseguridad personal y de la maldad liquida que se expresa por la inmiseración marxista y socialista.

La inmiseración expresión marxista, conducta desgraciada expresada por el régimen que acogota a Venezuela y pretende negar cualquier otra alternativa para desmoronar la vida familiar, pero no será así, el ciudadano y la mujer ciudadana no tiene duda que en la República de Venezuela no soporta este régimen por cuanto destruyó la economía, acabo con el signo monetario, no se sabe cual es la bandera nacional y el territorio esta confundido por una triple frontera. Triple frontera que sirve de centro de perversión y de tráfico abierto para el deposito ,distribución y penetración de la cocaína en el Hemisferio Occidental.

El ciudadano como líder esta en cuenta que el Ambiente Político Real Violento creado por este régimen farsante y mentiroso debe ser enfrentado por la Resistencia Civil haciendo política. Todo el cuerpo social, acometerá las acciones como grupos democráticos y será un ejemplo histórico para el mundo acercándonos a la transición política democrática. No será un multitud violenta la ciudadanía venezolano, serán los demócratas que no son multitudes pero si constructores. Constructores de una nueva nación democrática que alumbrar una nueva República Democrática como consecuencia de un Movimiento Político de Renacimiento Nacional y la acción de un Nuevo Liderazgo Político. Nuevo Liderazgo Político fundando en el ciudadano y las ciudadanas como líderes.

El ciudadano ha entendido que hay un nuevo toque de diana no militar, sino cívico, nuevo toque para recrear la política distante de lo primitivo, de lo grotesco, de lo militarista, de la violencia, pero sobretodo de la cobardía. El ciudadano y la ciudadana del 2020 hombres y mujeres democráticos restablecerán la democracia como un modelo postmoderno que garanticen un gobierno legítimo, instituciones solidas y una masa de ciudadanos que contengan la crisis que ha creado esta barbarie revolucionaria para ahogar la República 2020. República 2020 será una tarea para los ciudadanos demócratas que se declaran demócratas reales e intolerables a al arbitrariedad y el abuso.

El ciudadano como nuevo liderazgo político conoce la crisis política extrema y operara para desplazar al militarismo socialista y al partidismo obsoleto distante de la política, amarrado a esquemas de gobiernos primitivos que requieren de las bocas de fuego, del plan de machete y de los traidores como expresión de una regresión en la política totalmente distinta a la democracia del siglo XXI. El ciudadano como Nuevo Liderazgo Político, con gran respeto empleará a fondo al Constitución y las leyes, léase, la lógica política y sublimara la acción de un nuevo gobierno democrático.

El ciudadano como Nuevo Liderazgo Político anuncia el retorno de la mujer cono liderazgo, anuncia el empleo de las ciencias políticas, señala la importancia de la economía, de la sociología, ciencia para crear un nuevo punto de partida que fortalezca la venezolanidad, el progreso , el cambio para restablecer el progreso y la paz. La paz para el proceso de la democracia ,la paz que no tiene amo, la paz que se agrupa y se convierte en fuerza para crear un nuevo modelo de vida e iniciar un gran momento que retome el curso democrático.

Es auténtico,

Director CSB CEPPRO

@JmachillndaP

Caracas,1 de diciembre de 2020

 4 min


Alexis Mercado, Ignacio Avalos Gutiérrez, Isabelle Sánchez-Rose, María Antonia Cervilla, María Sonsiré López, Hebe Vessuri

Introducción

Desde hace poco más de un lustro, Venezuela se halla en medio de una grave crisis estructural, generada principal, aunque no exclusivamente, desde la política, que se manifiesta en todos los ámbitos (económico, educativo, social, sanitario, etcétera) y mantiene a la población en condiciones de vida muy precarias, tal como lo registran diversos estudios.

El Pacto de Punto Fijo

La crisis política, caracterizada por la imposibilidad de conformar un sistema político funcional capaz de arbitrar los conflictos resultantes de las relaciones entre Estado, mercado y sociedad, se inicia a finales de la década de los 80, cuando el sistema político vigente desde 1958 se deslegitimó velozmente a causa del crecimiento de la pobreza y de la inequidad.

El pacto político fundacional de la democracia venezolana, el denominado Pacto de Punto Fijo, descrito como un “sistema populista de conciliación de élites”, basó sus posibilidades de fortalecimiento y expansión de adhesiones en la participación restringida a través de los partidos políticos, teniendo como telón de fondo el manejo del ingreso petrolero. La vulnerabilidad del pacto político comenzó a partir de la crisis de la deuda de 1983, que afectó de manera especial a los países productores de petróleo, entre ellos Venezuela.

La presidencia de Hugo Chávez

Venezuela tuvo cuatro décadas de estabilidad política gracias al mencionado acuerdo, el cual empezó a debilitarse a principios de los años noventa, en medio de la deslegitimidad y los desaciertos de las élites gobernantes, dando pie a protestas populares masivas y golpes de estado fallidos que culminaron con la elección de Hugo Chávez Frías, un exmilitar, a finales de 1998.

En la primera década del siglo XXI se inició la actual fase política, la cual, pese a que en un tiempo permitió la estabilización forzada del sistema y el crecimiento económico del país gracias fundamentalmente al alza de los precios del petróleo, en las actuales circunstancias está siendo peligrosamente cuestionada por su disfuncionalidad y su incapacidad de lograr los consensos mínimos para destrabar el prolongado conflicto político que ha venido cobrando forma progresivamente.

Sin embargo, en el período 2006–2012, amparándose en la enorme y a la vez inestable renta petrolera (que tuvo una importante caída con la crisis de 2008), el Gobierno inició un arriesgado experimento político de “socialismo del siglo XXI”, que con fuertes reminiscencias del socialismo real del siglo XX buscó acentuar el papel protagonista del Estado en la economía, en desmedro de un ya débil sector privado nacional. El previsible fracaso de la estatización indiscriminada se agravó con el shock externo de los años 2013–2020.

El chavismo post-Chávez

Luego del deceso de Hugo Chávez y la elección por muy poco margen de Nicolás Maduro como presidente de la República en marzo de 2013, se reavivó el conflicto político-estructural entre un gobierno débil, sin luces, manejando una economía a las puertas de una catástrofe, y de otro lado una oposición fortalecida en el plano electoral y más cohesionada, que en 2015 obtuvo una clara victoria electoral en las elecciones a la Asamblea Nacional, que quedó anulada para todo efecto práctico por el Tribunal Supremo de Justicia, a través de medidas legalmente muy cuestionadas. Se trató, sin duda, de un duro golpe al estado de derecho, que reforzaba la tendencia autoritaria del Gobierno.

Maduro fue reelecto para un nuevo período (2019–2025). Diversos organismos de observación nacional registraron numerosas violaciones a las normas establecidas, las cuales convertían en ilegítima su designación, hecho que produjo su desconocimiento por parte de los sectores opositores e, igualmente, de alrededor de cincuenta países. Emerge entonces la designación de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, como presidente legítimo, lo que supuso una dualización del poder y, como uno de sus efectos, el hecho de que la comunidad internacional aprobara sanciones económicas contra el gobierno de Maduro.

A raíz de ello, el conflicto político se ha ido agudizando a pesar de diversas iniciativas de negociación.

Hoy, este juego de ajedrez permanente dista mucho de ser una confrontación ideológica para convertirse, sobre todo, en una lucha por el poder que ha tenido consecuencias catastróficas en la sociedad venezolana —a la cual, dicho en pocas palabras, le ha costado desde 2013 hasta 2020 casi un 70% del PIB— y ha propiciado una crisis humanitaria, agravada por la fragilidad sanitaria del país ante la pandemia del COVID-19. Una situación de la que resulta difícil salir sin un acuerdo político que permita rescatar la economía, lo cual, en la actual coyuntura mundial, significa replantearse la vocación productiva del país y comenzar a afrontar los desafíos del siglo XXI. Este impostergable proceso de rediseño de las principales políticas de desarrollo del país incluye las políticas relativas a ciencia, tecnología e innovación (CTI).

El sentido de este trabajo

En medio de la actual crisis política han sido convocados unos comicios parlamentarios, conforme a lo que establece la Constitución Nacional, para finales de este año. Hasta ahora el proceso electoral ha transcurrido de manera irregular en muchos aspectos, en medio de los serios obstáculos que impone la pandemia, dibujando un escenario incierto con respecto a la forma misma en la que se desarrollarán las votaciones y las consecuencias políticas que derivarán de ellas.

No se trata de ignorar las trabas que derivan del conflicto político, sino de identificar las oportunidades que aun en esta situación se comienzan a ver en instancias sociales y productivas, fundamentales para contribuir a superar la crisis humanitaria; entre ellas, dos de suma importancia: la salud y la seguridad alimentaria, y las ingenierías, vistas desde la perspectiva del fortalecimiento de las actividades CTI. Se trata igualmente de extender la mirada hacia los desafíos y oportunidades del siglo XXI, fruto de las radicales transformaciones tecnocientíficas que constituyen el fundamento de la denominada Cuarta Revolución Industrial. En otras palabras, se trata de soltarnos las ataduras del siglo XX y sincronizarnos con el resto del mundo.

El documento completo se incluye como anexo.

 4 min


Ricardo Hausmann y José Morales-Arilla

Joe Biden obtuvo una victoria decisiva en la elección presidencial norteamericana, derrotando a Donald Trump por más de seis millones de votos a nivel nacional. Respaldado por votantes suburbanos, especialmente mujeres, el candidato demócrata recuperó Pennsylvania, Michigan y Wisconsin, que Trump había ganado en 2016, dio vuelta Arizona y Georgia y se adjudicó 306 de los 538 votos del Colegio Electoral.

Pero un estado pendular clave donde a Trump le fue mejor que hace cuatro años fue Florida –especialmente en sus zonas más hispanas-. El crecimiento del margen de Trump en Florida entre 2016 y 2020 se explica plenamente por su mejora en Miami.

Si bien Biden hizo incursiones importantes en otras partes de Florida, en Miami –una ciudad que representa más del 10% de la población votante del estado- los demócratas perdieron 23 de los 30 puntos de ventaja que obtuvo Hillary Clinton en 2016. Mientras que el voto al Partido Republicano en Miami creció el 60%, los demócratas obtuvieron un 1% menos de votos que en 2016, a pesar de que la concurrencia a las urnas a nivel estatal creció el 20% y que los demócratas obtuvieron un 21% más de votos que en 2016 en otras partes de Florida.

¿Qué explica esta disparidad?

Desde el inicio de la campaña presidencial de 2020, Trump intentó demonizar al Partido Demócrata asociándolo con los elementos más radicales de su ala progresista, cuyas posturas –desfinanciar a la policía, fronteras abiertas, seguro médico de pagador único habrían hecho que el partido resultara inelegible en gran parte del país. Más importante, Trump identificó al Partido Demócrata con el socialismo, utilizando a Venezuela como el símbolo de lo que el socialismo es en realidad. La estrategia de Trump fracasó en gran parte del país, porque Biden renegó de las políticas preferidas de los progresistas.

Pero Miami fue otra historia. Merecidamente conocida como “la capital de América Latina”, los latinos en Miami se mantienen relativamente involucrados en la política de sus propios países. Venezuela es un tema relevante en muchos países latinoamericanos, así como en España, dadas las repercusiones internacionales del colapso del país, que es muchas veces peor que cualquier crisis económica en la historia moderna de la región.

Venezuela, que alguna vez fue un modelo regional de democracia con una prensa libre pujante, y donde los gobiernos de turno perdieron las elecciones y entregaron pacíficamente el poder seis veces en 40 años, se ha convertido en una dictadura cleptocrática. Más del 90% de su población ha caído en la pobreza y el colapso de los suministros de gasolina, gas para cocinar, electricidad, agua corriente y servicios médicos ha hecho que más de cinco millones de personas (15% de la población) abandonaran el país, caminando, en muchos casos, distancias gigantescas y soportando un sufrimiento indescriptible.

Es fácil subestimar el shock cultural y político del colapso venezolano en los países vecinos y cercanos, entre ellos Miami, donde los venezolanos eran recordados como turistas adinerados pero que rápidamente empezaron a llegar como exiliados traumatizados. Los venezolanos se convirtieron en evidencia de los peligros de las políticas de extrema izquierda –como ha quedado meticulosamente documentado para el caso de Colombia.

Que la palabra “socialismo” se asocie tanto con Venezuela como con Suecia demuestra la imprecisión del lenguaje. Los progresistas deberían repudiar al régimen venezolano –y muchas veces lo hacen-: el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha declarado que el régimen chavista ha cometido crímenes de lesa humanidad, y la Corte Penal Internacional ha manifestado su convicción de que crímenes bajo su jurisdicción fueron cometidos en Venezuela. Asimismo, el culto de la personalidad, la criminalización del disenso, las flagrantes violaciones a los derechos humanos y el abuso descarado de las instituciones políticas y electorales por parte del régimen son características compartidas por los populistas de extrema derecha.

Pero esta estrategia de polarización política sigue siendo notablemente efectiva en los países de habla hispana, donde las campañas de derecha la utilizan para acusar a cualquier candidato o político a su izquierda de “socialista” o “castro-chavista”. Y también resultó efectiva en Miami, donde los venezolanos actúan como testigos de la fiscalía.

Cuando se debate sobre Venezuela en las campañas electorales de países vecinos, por lo general se lo hace de dos maneras diferentes: por un lado, se discuten los planes de un candidato para lidiar con el régimen chavista y la crisis de refugiados y, por otro lado, se discute si es más o menos probable que un candidato lleve al país por el camino venezolano. Mientras que a los migrantes venezolanos les importa relativamente más lo primero, a los locales les interesa más lo segundo. Sin embargo, dado lo grotesca que es la situación venezolana, no tener una postura fundamentada y tajante sobre cómo abordarla cede la superioridad moral sobre el tema y expone a un candidato a que lo asocien con el régimen chavista.

¿De qué manera deben los candidatos de centro-izquierda manejar la acusación de que llevarán al país en la dirección de Venezuela? El premio Nobel Michael Spence introdujo el concepto de señalización como una solución para los problemas de credibilidad. Una señal es efectiva si es prohibitivamente costosa para el tipo de persona de la cual intentamos diferenciarnos, inclusive si también nos resulta algo costosa. En este contexto, una buena señal es aquella que resulta prohibitivamente costosa para un verdadero aliado del chavismo.

Spence ayuda a explicar por qué la estrategia de Biden no fue exitosa en Miami. Biden propuso un Estatus de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos que huían del chavismo, y con razón acusó a Trump y a los republicanos de no ofrecerlo. Pero si bien el TPS sirve para ayudar a los refugiados venezolanos en Estados Unidos, no ayuda a los venezolanos a recuperar el hogar que perdieron, y el hecho de que Biden no priorizara su compromiso de promover una transición democrática en Venezuela hizo que a los votantes de Miami les resultara más fácil creer que la situación no le parece tan indignante después de todo.

La elección ya pasó, pero la catástrofe en Venezuela no va a desaparecer. Por el contrario, además del colapso de 2014-19, el Fondo Monetario Internacional espera que el PIB de Venezuela se contraiga un 25% sólo este año –más del doble que el siguiente peor país en la región-. La crisis humanitaria y de refugiados empeorará en el mandato de Biden, lo que la convertirá en una prueba temprana de política exterior de su presidencia.

Biden tiene la oportunidad de desarrollar un respaldo bipartidista doméstico y una cooperación multilateral con sus aliados tradicionales, especialmente en Europa, para presionar al régimen venezolano a que acepte elecciones presidenciales libres y justas. Si Biden ayuda a salvar a Venezuela, producirá beneficios enormes tanto allí como en una región sobrecargada por la crisis de refugiados. Incidentalmente, una señal de este tipo desarmaría la estrategia de manipulación que entregó Florida al Partido Republicano.

3 de diciembre 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/how-trump-won-with-venezuel...

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Dulce María Tosta

Ya que Nicolás Maduro continua en el poder y nada de lo descrito en mi artículo «Convocante», de fecha 12 de octubre de 2017, ha cambiado, mantengo la misma posición:

Yo estaría convocando a votar con todas mis fuerzas, si:

1.- Tuviéramos un régimen democrático, respetuoso de las decisiones del pueblo;

2.- Que en la presidencia del CNE no continuara una ficha de Maduro;

3.- El CNE fuera un organismo imparcial y confiable, que no fuera el «Ministerio de Elecciones» del régimen;

4.- El Plan República no estuviera bajo las órdenes de Vladimir Padrino López, quien declaró que jamás entregaría el poder;

5.- Los recursos del Estado no financiaran las campañas de los oficialistas;

6.- Los candidatos fueran escogidos mediante primarias transparentes y universales;

7.- No existiera una ANC adueñada de la soberanía popular, con «derecho» a destituir a quienes resulten electos;

8.- El régimen comunista cubano no tuviera la última palabra en las grandes decisiones;

9.- Nuestras Fuerzas Armadas fueran garantes del cumplimiento de la Constitución y no estuvieran sometidas a una parcialidad política;

10.- Tuviéramos un TSJ imparcial ante el cual apelar cualquier irregularidad electoral;

11.- El Registro Electoral Permanente fuera público y auditable por todos;

12.- Tuviéramos una oposición que se opusiera y que no cohabitara, al estilo MUD/FA/C.U.L.O.;

13.- Creyera que mi voto ayudaría a recuperar la libertad;

14.- No dándose las anteriores condiciones, le hubiera perdido el amor a mi Patria.

Pido a Dios que pronto me permita volver a votar en libertad, con la alegría de saber que elijo a quienes han de servir mejor a mi amado País.

turmero_2009@hotmail.com
@DulceMTostaR
https://www.dulcemariatosta.com
2 diciembre 2020

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