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Opinión

Matthew Smith

Hasta no hace mucho tiempo, las cuantiosas reservas de petróleo, tanto como 303.000 millones de barriles que se encuentran en Venezuela, que son las más grandes del mundo, se consideraban un enorme beneficio económico.

Esa inmensa riqueza petrolera, que rápidamente se convirtió en el motor económico de Venezuela, fue la responsable de moldear el destino del país latinoamericano. En la década de 1970, Venezuela era el país más rico, desarrollado y políticamente estable de América Latina. Incluso después del rápido declive de la industria petrolera de Venezuela, el colapso económico y el casi fracaso como estado viable, muchos políticos y analistas creen que su abundante riqueza petrolera financiará la reconstrucción del país devastado. Lamentablemente, puede que sea demasiado tarde para que Venezuela se beneficie una vez más de su importante riqueza petrolera. El cambio de régimen, que es el derrocamiento de Maduro y su gobierno socialista autocrático por un gobierno reconocido internacionalmente, es cada vez más urgente. El tiempo para que Venezuela explote su enorme riqueza petrolera se está agotando rápidamente.

El surgimiento del pico de la demanda de petróleo y el creciente impulso para descarbonizar la economía para combatir el cambio climático ha trastornado los mercados energéticos mundiales, especialmente después de que se implementaron objetivos específicos como parte del Acuerdo de París. Esos desarrollos han creado una línea de tiempo finita para la desaparición de los combustibles fósiles. Se desconoce la fecha exacta en que se materializará la demanda máxima, pero la mayoría de los analistas y organizaciones de la industria esperan que ocurra entre 2028 y 2035. Cuando llegue, la demanda de combustibles fósiles comenzará a disminuir a un ritmo constante, lo que ejercerá una presión creciente sobre el petróleo y sus precios, lo que a su vez provoca una caída de la inversión industrial y, en última instancia, de las reservas y la producción de petróleo.

La pandemia de COVID-19 ha demostrado lo que sucede con los precios y la producción del petróleo cuando la demanda de energía disminuye significativamente. La llegada del pico de la demanda de petróleo hará que gran parte de las reservas de petróleo recuperables del mundo no sea rentable para explotar, transformándolas en rcursos varados y pasivos potencialmente costosos. Algunos economistas y analistas de la industria creen que la pandemia ha acelerado la llegada del pico de demanda de petróleo, lo que desencadenará un aumento notable en el volumen de recursos petroleros varados. Hace casi una década, las vastas arenas petrolíferas de Canadá, que producen petróleo crudo pesado y ácido y su explotación es costosa y dañina para el medio ambiente, se describieron como un activo inmovilizado. Este riesgo fue inicialmente descartado por los analistas, pero finalmente se materializó este año cuando varias compañías energéticas internacionales, incluida la gran petrolera global francesa Total, amortizaron el valor de sus activos de arenas petrolíferas canadienses en miles de millones de dólares. Habrá más cargos por deterioro en el futuro, no solo debido a la demanda de petróleo más débil y la amenaza de un pico de demanda de petróleo, sino también debido a la creciente demanda mundial de grados de crudo más livianos y dulces.

Esta es una amenaza muy real para Venezuela y podría descarrilar las esperanzas de reconstruir la industria petrolera del país destrozado como un medio para reconstruir la economía del país. El líder opositor internacionalmente reconocido Juan Guaidó ha manifestado en su plan para rescatar a Venezuela de su crisis social y colapso económico que la reconstrucción del sector de hidrocarburos proporcionará los recursos necesarios para reconstruir la nación.

Se especula que podría llevar una década o más reconstruir la golpeada industria petrolera de Venezuela. La cantidad de capital necesario para reconstruir una PDVSA destrozada y la infraestructura energética de Venezuela es inmensa, y un artículo del Financial Times estima que podría llegar a los 200.000 millones de dólares. El lamentable estado de la vital infraestructura energética de Venezuela es subrayado por una serie de eventos recientes. Estos incluyen numerosos derrames de petróleo, en tierra y en el Mar Caribe, una explosión en la unidad de destilación en la refinería Amuay de 635.000 barriles por día, una grave escasez de gasolina y la falla de los pozos de petróleo. Si Venezuela puede atraer la inversión requerida, se estima que la producción solo alcanzará alrededor de 2 millones de barriles diarios o aproximadamente la mitad de la producción máxima de 1970 de Venezuela de 3.8 millones de barriles diarios. Incluso en el mejor de los casos, eso significa que hay un largo camino por recorrer para reconstruir el motor económico de Venezuela, poner fin a la situación humanitaria existente y sacar al país del borde de convertirse en un estado fallido.

En un mundo afectado por la pandemia de COVID-19, donde las empresas de energía se ven lastradas por precios del petróleo mucho más débiles y se avecina la amenaza de un pico de demanda, será casi imposible obtener una cantidad tan inmensa de capital. La dificultad asociada con la obtención de la cantidad requerida de inversión se ve agravada por los altos costos de equilibrio de Venezuela, especialmente en comparación con otros países de América Latina. Según el Instituto de Gobernanza de Recursos Naturales, los precios de equilibrio de Venezuela promedian entre $ 41,97 y $ 56,06 por barril de petróleo crudo producido dependiendo del campo petrolero que se explote.

Estos altos costos de equilibrio hacen que sea difícil atraer el capital necesario de compañías energéticas extranjeras para reconstruir la destrozada industria petrolera de Venezuela, incluso después de que Maduro y su régimen socialista sean desalojados del poder. El cambio de régimen en Venezuela, y el final de dos décadas de gobierno socialista, probablemente crearán un inmenso y potencialmente violento voladizo político que aumentará el grado de riesgo geopolítico asociado con el país latinoamericano. Eso reduce aún más el atractivo de invertir en la industria petrolera de un país que tiene una larga historia de inestabilidad política en un entorno operativo donde las perspectivas para el petróleo crudo son inciertas.

Otro factor que complica la capacidad de atraer la inversión que se requiere con urgencia es que Venezuela produce predominantemente grados de petróleo crudo que son amargos y pesados.

Muchas de las mezclas de petróleo crudo de Venezuela tienen densidades API de 11 a 24 grados, lo que las convierte en variedades de petróleo crudo especialmente pesado. También son particularmente ácidos, con contenidos de azufre que van del 2% al 2,9%. Esto reduce su atractivo para las refinerías debido a los costos adicionales y las complejidades asociadas con su procesamiento en combustibles y productos refinados de alta calidad y bajo contenido de azufre. Eso se magnifica aún más por el impulso global para reducir las emisiones de azufre que está experimentando regulaciones gradualmente más estrictas con respecto al contenido de azufre de los combustibles que se están introduciendo. El último requisito es IMO2020, que reduce el contenido de azufre de los combustibles marítimos del 3,5% por porcentaje en peso al 0,5%. Debido a que la industria marítima es responsable del 50% de la demanda mundial de fueloil, se espera que esa medida tenga un impacto significativo y duradero en la producción y el precio de esos combustibles.

Por estas razones, existe una ventana limitada disponible para que Venezuela explote sus prodigiosas reservas de petróleo. A medida que pase el tiempo y el impulso para descarbonizar la economía global gane mayor impulso y la adopción de vehículos eléctricos se expanda, porciones cada vez más grandes de las reservas de petróleo de Venezuela se volverán antieconómicas de extraer.

Se estima que en un entorno donde la intensidad de carbono de la extracción de petróleo se tiene en cuenta en la toma de decisiones de inversión y se consideran los factores discutidos, hasta 300 mil millones de barriles de las reservas de petróleo de Venezuela será antieconómico de extraer. Esto significa que si la producción de petróleo regresa a 2 millones de barriles diarios, o más de cinco veces mayor que el promedio diario de octubre de 2020 de Venezuela de 367.000 barriles, el país solo tiene cuatro años de producción. Por estas razones, es poco probable que la industria petrolera de Venezuela vuelva alguna vez al tamaño en el que pueda generar los enormes ingresos necesarios para reconstruir la economía destrozada de Venezuela y poner fin a la angustiosa crisis humanitaria que ha surgido.

Por Matthew Smith para Oilprice | Traducción libre del inglés por lapatilla.com

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Emiro Rotundo Paúl

Está bien que un sector opositor llame a votar. Lo malo es que afirme, con toda seguridad y sin ninguna reserva, que el voto es el único camino para salir de Maduro y ataque acerbamente a la oposición partidaria de la abstención, sin tocar un pelo del régimen madurista que durante cinco años ha pateado a la Constitución y violentado, precisamente, el derecho al voto. Pareciera que la lucha de ese sector no fuera con Maduro sino con el resto de la oposición. Los abstencionistas tenemos un compromiso de lealtad con la Asamblea Nacional legítima que preside Juan Guaidó y con los países de América y de Europa que en solidaridad con esa lucha han desconocido la legitimidad de Maduro y de las elecciones convocadas para el 6D. La abstención es también un arma de la democracia.

Si el voto fuera la única vía para salir de Maduro hace tiempo nos hubiéramos librado de él. A comienzos de 2016 la oposición acababa de ganar la Asamblea Nacional con las dos terceras partes de los diputados y le correspondía conforme a la Constitución activar el referéndum revocatorio del mandato presidencial. Con ese recurso legal hubiéramos destituido a Maduro hace cinco años y hubiéramos avanzado mucho en la recuperación del país. Pero el régimen totalitario anuló el poder del voto inhabilitando a la Asamblea Nacional, impidiendo el referéndum revocatorio y sofocando a sangre y fuego las protestas de la oposición, con saldo de muchos muertos y heridos cuyos victimarios nunca fueron detenidos y enjuiciados.

En pro de la unidad opositora dejemos de lado este tema y presumamos la buena fe de quienes van a votar el 6D confiados en que el régimen en esta oportunidad se comportará de forma correcta y legal, sometido como está a una fuerte presión internacional. Sería justo reconocer que ese posible estado de ablandamiento del régimen es producto de la lucha tenaz de quienes hemos denunciamos sus atropellos y utilizado la abstención en los procesos electorales fraudulentos de 2017 y 2018. La denuncia y la abstención conquistaron la solidaridad de las naciones democracias del mundo y ello cambió, aunque muchos no lo hayan percibido, la naturaleza de la lucha, colocando al régimen por primera vez en una posición defensiva y difícil. Los partidarios del voto deberían agradecer este fruto, o por lo menos atenuar sus críticas contra el sector abstencionista que lo logró. Una vez superada la coyuntura del 6D y cumplidos los compromisos de lealtad y de decoro implicados en la acción abstencionista, podremos estudiar todos juntos las nuevas alternativas y concebir un plan de acción nacional para cambiar definitivamente el rumbo del país.

Tengamos muy en cuenta el escenario que se nos presentará inmediatamente después del 6D. A finales de 2021 (dentro de un año) vendrán las elecciones de Alcaldes y Gobernadores y un mes después, en enero de 2022, Maduro cumplirá la mitad de su ilegítimo período presidencial y podrá ser removido con el referéndum revocatorio. ¿Estaremos preparados para ello? ¿Habremos superado nuestras diferencias? ¿Podremos lograr en cuestión de meses una unidad nacional opositora similar a la de 2015, que tan buenos resultados nos dio?

Si se demuestra que después del 6D el régimen sigue siendo el mismo, que no ha cambiado en nada y que todo ha sido un nuevo engaño, ¿qué haremos? ¿Seguiremos sosteniendo que el voto es la única opción o buscaremos otras salidas? ¿Cuáles serían éstas? Tengamos en cuenta que el valor del voto solo se da en democracia. Sin ella es como el pez fuera del agua. La oposición en su conjunto, sin exclusiones de ninguna clase, tiene que plantearse inmediatamente después del 6D todas estas interrogantes.

Es absolutamente cierto que la oposición unida, curtida con la experiencia de estos cinco años de atropellos y engañifas, puede enfrentar con éxito los eventos que se avecinan, remover a Maduro y sacar al país del desastre en que se encuentra. Si no somos capaces de forjar la unidad y marchar todos juntos al combate, no merecemos seguir interviniendo para nada en los asuntos políticos de este país. Marchémonos al exilio y dejemos que otros se encarguen de él. Seamos honestos con nosotros mismos y con el pueblo venezolano.

26 de noviembre de 2020

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Jesús Elorza G.

Como era de esperarse, el tema central de la conversación giraba en torno a la muerte de Diego Armando Maradona. Tema controversial, entre su actuación deportiva y su comportamiento fuera de la cancha. Para unos era el "Dios" del fútbol y para otros era una persona despreciable por su adicción a las drogas.

Para aquellos que lo consideran el mejor jugador en la historia del fútbol y, que su conducta deportiva debía separarse de su conducta fuera del campo de juego, es importante recordarles que en el hecho deportivo la actuación de Maradona estuvo marcada también por el consumo de drogas:

...... en 1991 fue suspendido por un año del Napoli FC, por dar "positivo a cocaína" en una prueba de control antidopaje ..... mientras cumplía la suspensión fue detenido por la policía por posesión de drogas y enviado a prisión....lo que marcó que sus actuaciones en el campo de juego estaban alejadas de los valores que promueve la actividad deportiva....

..... en 1994 fue expulsado por la FIFA del Mundial de Fútbol de Estados Unidos tras dar positivo en un control antidopaje, a cinco derivados de Efedrina. Droga empleada para aumentar la resistencia durante exigentes entrenamientos. Varios médicos han advertido que la efedrina es muy peligrosa especialmente para atletas de alto rendimiento. También, es bueno recordar que, en ese mismo evento mundialista, bajo los efectos del alcohol y las drogas atacó a tiros con un rifle a los periodistas y paparazis que buscaban entrevistarlo o fotografiarlo. Por este hecho fue condenado a dos años de cárcel y pago de indemnizaciones a los afectados.....

Estos hechos, ponen en entredicho el falso argumento de considerar que su actuación deportiva fue inmaculada. Que sus goles, lo hacen ídolo mundial y sea un ejemplo a seguir. En el campo de juego, Maradona mantuvo permanentemente su adicción a las drogas. Cada vez con mayor frecuencia para tratar de mantener un alto rendimiento físico o una estimulación momentánea que lo hiciese crecer en la mitología de ser el Dios del fútbol.

Ahora bien, si deplorable fue su conducta deportiva por el consumo de drogas, no menos fue su desempeño en la vida diaria. En Italia, fue acusado de tener convivencia amistosa con "La Camorra" organización mafiosa. Luego de una investigación policial, una fotografía de Maradona juntó al capo de la Camorra sirvió de base para levantarle cargos al futbolista por consumo de drogas y participación en grupos criminales organizados para traficar.

Los que pretenden hacer ver, que la personalidad de este individuo es doble, es bueno recordarles la opinión de su preparador físico Fernado Signorini, el hombre que mejor lo conoció "Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina"....sobran los comentarios.

El ascenso a la gloria desde su modesto origen de arrabal en Buenos Aires, el descenso a los infiernos de la droga y sus complicidades con el crimen organizado, sin lugar a dudas, nos permite señalar que estamos en presencia de "Un ídolo con pies de barro".

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Elsa Cardozo

Al presentar como presidente electo de Estados Unidos a su equipo de política exterior y seguridad, Joe Biden resumió lo esencial de la reorientación que imprimirá su gobierno a las relaciones con el mundo bajo la consigna “Estados Unidos está de vuelta, listo para liderar… por el poder del ejemplo”. Fue un modo de resumir el contraste que se propone establecer entre la gestión internacional del gobierno de Donald Trump, quien, bajo el lema “Estados Unidos primero”, separó o cuando menos distanció a su país de acuerdos y organizaciones internacionales en los que se sustenta el orden internacional liberal, así como de aliados democráticos tradicionales. Lo hizo en tiempos en los que poderes autocráticos de alcance mundial o regional no han perdido ocasión para hacer crecer y defender su margen de acción e influencia internacional a una escala sin precedentes, a partir de una densa y las más de las veces turbia combinación de objetivos y recursos.

La secuencia y el contenido de los saludos al presidente electo hablan de la huella que deja y sigue estando dispuesta a dejar la administración saliente, por un lado y, por el otro, de las expectativas internacionales que genera la transición a una administración demócrata.

Es inocultable el entusiasmo inmediato demostrado por los socios europeos, que ven en la trayectoria, los discursos, el programa y las primeras designaciones anunciadas por Biden la voluntad de recuperar las relaciones trasatlánticas en todas sus dimensiones -de principios liberales, de robustecimiento de los acuerdos de seguridad (y ciberseguridad), en materia de cambio climático, de desafíos geopolíticos globales y de protección de la democracia- y particularmente en la concertación diplomática multilateral.

Por otra parte, es notable el cuidado en los momentos y palabras escogidos por el presidente de China, Xi Jinping, entre el cálculo de las reacciones de Trump hasta su último minuto en la Presidencia y el de la oportunidad de felicitar a Biden e influir en la agenda para la revisión de las relaciones bilaterales ya anunciada para la administración demócrata; esta diferenciaría tres conjuntos de asuntos a tratar con China, que son muchos y muy diversos, a través de la cooperación, la competencia, la confrontación y, en todos los casos, procurando la coordinación de posiciones con otros países de Europa y Asia.

Distinta es la actitud de Rusia, gobierno que ha seguido refiriéndose a Biden como candidato y no como presidente electo, por considerar que los resultados no son definitivos. Esa posición es consistente con la política de alentar dudas sobre la confiabilidad de las instituciones democráticas, pero también con el rechazo a la consideración programática de Rusia como la principal amenaza a la seguridad y las alianzas de Estados Unidos y, particularmente, a las anunciadas iniciativas en busca del fortalecimiento de la relación trasatlántica en torno a la defensa de la democracia y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, tan debilitados durante la presidencia de Trump.

En nuestro lado del mundo, los gobiernos de México y Brasil tampoco han felicitado al presidente electo, en lo que influyen en términos muy pragmáticos los acercamientos y acuerdos que lograron con Trump y quieren mantener tanto como sea posible los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro. Ante el triunfo de Biden pesan para el primero temores a cambios en el arreglo comercial, energético y migratorio alcanzado con Trump y para el segundo el compromiso ambiental de Biden.

Lo cierto es que aparte del discurso que anuncia el regreso a una política exterior de orientaciones políticas liberales (de respeto a acuerdos, compromiso democrático y multilateral) y de mayor presencia y liderazgo, son muchas y diversas las expectativas sobre los efectos que para “tirios y troyanos” tendrá el cambio de gobierno en Estados Unidos.

En esto de las expectativas es muy fácil reconocer el altísimo contraste entre la política exterior y de seguridad desarrollada desde 2017 y la propuesta de la administración que se instalará el próximo 20 de enero. Pero para colocarlas en perspectiva es tan o más importante reconocer también que en el equipo que vamos conociendo se manifiesta tanto la experiencia de los años de la presidencia de Barack Obama y vicepresidencia de Biden, que tentaría al nuevo gobierno a restaurar todo lo abandonado en los últimos cuatro años, pero también el ascenso de profesionales que cuentan con la experticia para renovar. Se tratará en definitiva de una combinación de restauración y renovación, comenzando por lo institucional que, con el anuncio de regreso de la diplomacia, coloca como prioridad la recuperación del propio Departamento de Estado y su adaptación para responder a un entorno mucho más desafiante. No parece faltar conciencia sobre la necesidad de este balance y de abandonar “viejas ideas y hábitos” como ha dicho el propio Biden al presentar a esta parte de su equipo. Tampoco en los designados, como lo ha expresado Anthony Blinken, desde sus faenas como asesor del candidato y presidente electo y ahora en su perspectiva como futuro secretario de Estado. El caso es que la urgencia e importancia de la reconducción de relaciones y el replanteo de asuntos fundamentales no solo se deben a las muchas y significativas acciones y omisiones del presidente saliente, que no obstante haber autorizado el inicio de las gestiones para la transición, parece haberse propuesto atar compromisos internacionales hasta el último día de su mandato. También habrán de verse las posiciones a asumir los republicanos en el Congreso, los espacios para el sostenimiento de los acuerdos bipartidistas e incluso el papel de la Corte Suprema tras la incorporación de la candidata promovida Donald Trump pocas semanas antes de las elecciones. No menos importantes son los cambios acumulados y recientes en la situación internacional en todas sus dimensiones, acelerados y profundizados en medio de la pandemia.

Pensemos, finalmente, en las expectativas en torno a Venezuela. Fueron expresadas de modo francamente constructivo en la carta abierta del presidente interino[EC1], Juan Guaidó, al presidente y vicepresidente electos y al pueblo estadounidense. También lo fueron, en términos instrumentales e inconsistentes con sus prácticas, en el mensaje del presidente de facto Nicolás Maduro. El primero agradeció el apoyo recibido del Ejecutivo y el respaldo bipartidista a la causa de la recuperación de la democracia, y manifestó confianza en su continuidad; el segundo insistió en su disposición al diálogo directo con el gobierno de Estados Unidos (seguida días después por medidas que reafirman la esencia autoritaria y posiciones de fuerza que no hay disposición de cambiar y desde la que se propone dialogar). Conviene comenzar por reconocer que en todo caso, racionalmente hablando, ganase quien ganase la elección, eran necesarios ajustes en la atención de Estados Unidos a la crisis venezolana en medio de su agudización -en todos sus ámbitos- y su prolongación en el tiempo. Los ajustes propuestos y hasta ahora conocidos -desde la perspectiva del fortalecimiento de la diplomacia y la concertación internacional entre democracias hasta los cambios en la atención a actores internacionales vinculados al régimen venezolano- no parecen intentos de restauración de las acciones y omisiones de la presidencia de Obama, sino iniciativas que alientan mayor asertividad, consistencia estadounidense y coordinación internacional, y que no queda más que considerar, apreciar y trabajar en Venezuela como oportunidad a aprovechar desde la reorientación de la organización y las estrategias de la causa democrática venezolana a la que el momento obliga.

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Analítica.com

En esta ocasión nos vamos a referir al sistema circulatorio: la sangre, que es bombeada por el corazón, tiene distintos elementos, entre ellos oxígeno, nutrientes y fagocitos contenidos en los glóbulos rojos y blancos que circulan por todo el organismo a través de una vasta red de arterias, venas y vasos capilares.

En el organismo económico ocurre exactamente lo mismo. La sangre de un organismo económico es el dinero. Circula a través de una red de bancos y otras instituciones que conforman el sistema financiero y que permiten que el torrente monetario llegue a todas las células vivas del organismo económico. El corazón que bombea el dinero hasta hacerlo llegar a todo el organismo es el Banco Central de Venezuela.

En el caso de una leucemia, la médula ósea produce glóbulos blancos anómalos y el médico diagnostica que el paciente padece un cáncer. Se traduce en una proliferación anormal de leucocitos que impiden que la sangre cumpla con su función. Los glóbulos rojos dejan de transportar oxígeno y nutrientes. Las células cancerígenas se propagan por el torrente sanguíneo hasta invadir todos los órganos, produciendo la muerte.

El organismo económico de Venezuela padece de un cáncer monetario. Una leucemia que ha invadido su torrente monetario y está destruyendo todo el aparato productivo y el sistema financiero del país, impidiendo que el dinero transporte los elementos indispensables para alimentar el organismo. El corazón está bombeando un dinero enfermo que ya no es capaz de cumplir con sus funciones.

Esta leucemia monetaria que padecemos se llama inflación y, dada su avanzada fase, el diagnóstico es de extrema gravedad: hiperinflación.

Para mantener el organismo vivo, se le están aplicando transfusiones de dólares, pero la raíz misma del mal no está siendo atacada.

La causa de este cáncer devastador es que el corazón económico, el BCV, está emitiendo y bombeando por todo el torrente monetario cantidades extravagantes de un dinero anómalo. Se trata de un dinero que ha perdido su valor y que, en forma de metástasis, está difundiendo sus células cancerígenas por todo el organismo.

Veamos lo que está ocurriendo: violando expresas disposiciones establecidas en el Art. 320 de la Constitución, el régimen está obligando al BCV a cubrir su creciente déficit fiscal mediante la emisión de un dinero anómalo que los economistas solíamos llamar inorgánico, un dinero que no tiene respaldo y que por tanto va perdiendo las funciones que son propias de una moneda. Es el equivalente a que la médula ósea estuviese produciendo leucocitos anormales.

En los últimos 30 días nuestro signo monetario, el bolívar, se ha depreciado en casi un 100%. A finales de octubre la cotización del dólar era del orden de los Bs 540.000 (hace un año era de unos Bs 25.900). Esta semana, en el llamado mercado paralelo, se rompió el techo del millón de bolívares por dólar.

La causa es clara. En los últimos 6 meses la liquidez monetaria aumentó 236% y sólo en las 2 primeras semanas de noviembre se incrementó en 21% para pagar aguinaldos y bonos. A la vez la base monetaria aumentó en una sola semana en casi un 30% debido fundamentalmente al financiamiento del BCV a PDVSA. Esos excedentes de “dinero anómalo” están alimentando la hiperinflación. Hay demasiados bolívares (digitales) tratando de comprar pocos bienes y el precio de esos bienes, incluyendo el dólar, se está disparando. Así, la devaluación también está retroalimentando la hiperinflación, la cual se agudizará cuando se trasladen a los precios los nuevos impuestos que el régimen quiere aplicar a las transacciones financieras en dólares.

En medio de una contracción económica sin precedentes (según el FMI Venezuela padece la mayor hiperinflación del planeta y la mayor caída del PIB en el mundo con la sola excepción de Libia) y sin ingresos petroleros “formales” el régimen ya no es capaz de generar los ingresos requeridos para cubrir el gasto público y por tanto le exige al BCV financiar su déficit fiscal mediante la emisión de un dinero enfermo.

El organismo económico se está muriendo, afectado por esta metástasis monetaria que se conoce como hiperinflación. Si quiere sobrevivir, Venezuela necesita cambiar de médico.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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Américo Martín

La política y la guerra conforman una unidad íntima, esencial que se manifiesta de manera radicalmente contradictoria, se niegan o excluyen. Su forma de transcurrir, acercándose, alejándose para volver a aproximarse, sugieren un movimiento en líneas paralelas en el sentido de que no se encuentran sino en el infinito, única forma de pronunciar la palabra nunca sin tener que soportar el conocido reproche del poeta turco Nazim Hikmet: no digas nunca la palabra nunca.

Me he permitido comenzar esta columna para TalCual con algunas reflexiones sobre clásicas opiniones del general Clausewitz acerca de la guerra.

Decir que la guerra es la continuación de la política por otros medios, es tanto como decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, lo cual sin duda fue y es el mensaje de los presidentes colombianos a los insurgentes, siendo entonces las FARC la joya principal de la corona de la violencia. La tenacidad de los mandatarios fue ejemplar porque se mantuvo como voluntad inmodificable desde Belisario Betancur hasta Álvaro Uribe, incluyendo momentos elevados bajo las presidencias de César Gaviria y especialmente Andrés Pastrana.

Si vamos a los hechos, el resultado premió el esfuerzo puesto que las FARC terminaron sentadas en la mesa de negociación y ya no refugiadas en las breñas. La desmovilización y el desarme se materializaron. Cierto es que apareció el paramilitarismo vecino del narcotráfico, se dividieron en forma no muy sensible las FARC y el ELN ha tratado de ocupar su espacio abandonado, pero lo que esta larga historia —de más de 50 años de violencia si contamos desde el asesinato de Gaitán— nos dice es que no hay más salida que la negociación, medida esta de claro contenido político. Que la política sea la continuación de la guerra es inmensamente mejor que lo contrario.

En el foro organizado por Fedecámaras para hablar de caminos de negociación fue igualmente ese el objetivo. El ponente invitado, Humberto de la Calle, objetó con pertinencia el pesimismo que hubieran despertado ciertas acciones militares puramente efectistas. Condenaban la complicidad de renuentes desmovilizados. ¿Acaso nos reprocharán que no los hayamos matado a todos en lugar de pactar con ellos? La pregunta en sí es una respuesta válida. Pero, si se la hubieran dirigido a Clausewitz, se habría limitado a citar una respuesta –la mejor– que anticipó en su célebre libro De la guerra (ediciones del Ministerio de Defensa de España, dos volúmenes, 1999): la guerra no se propone matar a todos los enemigos, sino a colocarlos en condiciones de que no les permitan mantenerla.

Brillante reflexión, además de humana e inteligente política.

Debo invitarlos a leer el parte de guerra de Antonio José de Sucre a su superior, el Libertador Bolívar (Fundación Polar, Caracas, 1995), que pudo haber inspirado las estupendas palabras vertidas en su obra por Carl Clausewitz, no por casualidad uno de los más celebres teóricos de la guerra. Celebridad prodigada más allá de ideologías o filiaciones políticas.

Faltando poco para culminar la batalla de Ayacucho con la limpia victoria de las armas patriotas y la virtual demolición de los realistas, el general en jefe del ejército peninsular, José de Canterac, se aproxima al general José de la Mar para que este lo condujera ante su superior a fin de solicitarle una capitulación. La aniquilación de un ejército de 9.310 soldados por apenas 5.780, en su mayoría de las salvajes Indias Occidentales, era tan impactante a la vez que humillante, que para enfrentar el juicio penal que, en efecto, se manejó en la Corte de Fernando VII, envuelto en el desprecio moral y los sarcasmos que con tanta gracia y sabiduría emiten los hijos de nuestra madre patria, Canterac se entregó al cercano lugarteniente del futuro Mariscal de Ayacucho y le anticipó su inesperada solicitud.

El parte de guerra de Sucre a Bolívar es un homenaje a la política y una muestra de la habilidad estratégica y sensibilidad humana del gran cumanés. Por desterrar de su alma bajas pasiones como el odio y la venganza o el pésimo hábito de descalificar, insultar o infamar a quien piense distinto, el insigne vencedor respondió en su mensaje al Libertador que la capitulación no procedía en este caso porque faltaría nada para una solución discrecional.

Pero, y aquí va lo mejor de todo, decidió otorgarla para hacer reconocer la dignidad y elevar la reputación de los americanos. Había sido un triunfo militar extraordinario que el gran guerrero e insigne personaje proyectaba al inmenso espacio político abierto por la emancipación. La mano tendida al que te combate, a sabiendas de que nuestro reencuentro para llevar nuestro maltratado país a la más alta de las cimas del hacer humano, fue exactamente lo que el Gran Mariscal se propuso al conceder la generosa capitulación que puso en manos del virrey José de la Serna y Canterac. Derrotados en la guerra eran honrados por los vencedores.

Si el eterno rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, hubiese estado presente, seguramente le habría dicho a Sucre, Bolívar y a todos los héroes de la Emancipación americana: Venceréis y además convenceréis.

Twitter: @AmericoMartin

 4 min


Carlos Raúl Hernández

Movimientos muy diversos definidos populistas, desde Getulio Vargas y Perón, signaron medio siglo de historia de Brasil y Argentina, y en latinoamericana, incluso a fuerzas que no lo fueron. En ambos países hay todavía partidos herederos de esos caudillos, y en el segundo, hoy gobiernan. La crítica original al populismo, desde los años 40, surgió de los comunistas, que nunca superaron el trauma de ser pequeñas células atropelladas por monumentales movimientos.

Rezumaban admiración y envidia desde sus cápsulas porque en las calles millones aclamaban a Vargas y Perón. Este insurge en 1946 por la incapacidad de los gobiernos militares para crear instituciones modernas, en una sociedad ya modernizada por la industrialización. Clases medias y masas de trabajadores que querían ascenso social, enclaustradas en un régimen político tradicional y opresivo. Se requerían aperturas que los militares no sabían ni querían dar. Muy parecido en el gigantesco Brasil.

Las jergas comunistas, anarquistas o trotskistas, eran sánscrito, remotas para “el pueblo”. Hablaban de los éxitos de la industrialización en la URSS, su producción de trigo, las persecuciones a los trotskistas, el heroísmo de las brigadas internacionales en España y los crímenes de Stalin. No sabían hablar con millones de campesinos violentamente urbanizados.

Los marxistas despreciaban al populismo porque no quería acabar la sociedad de clases, ni construir un estado socialista proletario, y creaban un desorden de estamentos, de grupos plutocráticos contra otros, e irresponsables regalos a los sectores populares a costillas de los productores. El populismo no es de izquierda, ni de derecha ni de centro, sino todo al mismo tiempo o conforme a la ocasión.


Setenta años no es nada
Perón fue y vino de cripto nazi, admirador de Hitler y Mussolini, a la izquierda anti imperialista. Dentro de partido justicialista convivían cómodamente la guerrilla marxista de los Montoneros, con la Triple A, terrorismo de derecha. Hay dos fases del populismo que en el caso argentino se juntan. Una es su acción política plebeya, demagógica (“mis cabecitas negras” decía Evita, “mis descamisados”, o “mañana no se trabaja: es día de san Perón”).

Etapa de de conflictos y odios entre todos los grupos, hacia el sistema, y oferente de reivindicaciones a “los pobres”. Perón posaba contra las naciones poderosas, y ellas contra él, pero las abastecía y ellas lo financiaban. Otra fase es la acción de gobierno, un distributivismo inconsciente e irresponsable de la riqueza, que conduce a la quiebra, la desestabilización y el caos. Al arribo de Perón al poder, Argentina era la segunda potencia económica del mundo.

Frente a Europa hambrienta, derruida después de la Segunda Guerra, Argentina era el primer suministrador global de alimentos y Buenos Aires tenía poco que envidiar a París. Luego de los nueve años de peronismo, devino un país en antidesarrollo tercermundista más, que después de setenta años profundiza. En 1954, ante la confesión de que “solo no podía”, Vargas se pega un tiro en un programa radial, gesto que lo honra, pero hundió más al Brasil.


Vinieron turbulencias y golpes militares hasta que llegó del “neoliberal” marxista, Fernando H. Cardoso. Al lulismo, después de una gestión brillante, se lo traga la corrupción y casi destruye los avances del país. Durante los 90 surgió el “neopopulismo” y su versión más pobre diabla en Venezuela. La demencial teoría de Giordani se propuso destruir a los productores, porque eran “oligarcas, escuálidos”, y convenía que los pobres lo fueran para tenerles cuerda corta.

El peor de los mundos
La catarata de petrodólares permitió la satánica sustitución de importaciones al revés: Betancourt cambió la importación por la producción local, ahora liquidaron la producción local por importaciones. Al pasar la oleada petrolera, hoy no hay bienes porque se destruyó el aparato productivo, y tampoco divisas para traerlos de fuera, una amenaza social que apunta a Maduro, quien se sostiene en el poder por su terquedad y resistencia.


Y al inconcebible, legendario, inenarrable venadismo de sus opositores. Giordani y su jefe pusieron la sociedad de mayor ingreso per cápita en la región, a la par de Haití. Otros países que cayeron en garras del neopopulismo, por no tener dupla equivalente, estimularon la producción y el empresariado, aunque lo derrotaron políticamente.


Muchos de los arrimados a la demencia colectivista en Venezuela, luego de su fracaso buscaron un premio de consolación, un justificativo de su error: “por lo menos hicieron sentir protagonista al pueblo” cosa que se convierte en una carcajada del Jocker cuando familias enteras protagonizan la ingesta de basura. Pero lo de las bondades protagónicas no es ocurrencia de los pobres pobretólogos locales.

Viene de una indigestión, un libelo insustancial, pedante, frívolo, descerebrado de nombre La razón populista, de Ernesto Laclau. Es una catarsis que solo ve las apariencias y ni un perejil de contenido. Un culto a la forma, la simulación, el callejerismo político sugerido. Un trabajo escrito desde las cavernas de Platón que solo ve sombras y cree que son el mundo (A pesar de que se usa elegante, catarsis en griego significa diarrea)

@CarlosRaulHer

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