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Opinión

Américo Martín

Escribo semanalmente en dos medios emergentes, TalCual quien lleva nítidamente en la piel la marca de Teodoro, su lamentablemente fallecido fundador –ahora dirigido en forma proba y digna por Xabier Coscojuela– y casi simultáneamente en la Agencia de Noticias Punto de Corte, dirigida por Nicmer Evans, político y periodista de admirable tenacidad. También envío columnas a dos importantes medios internacionales, Firmas, coordinado por Carlos Alberto Montaner y Letras Libres, del notable historiador mexicano Enrique Kraus.

De modo que el oficio me impone elaborar doce artículos mensuales procurando no repetirme ni descuidar la calidad. Es una pesada carga intelectual a la que debo añadir una intensa correspondencia por las redes y las exigencias afectivas de mi vasta y “Sagrada Familia”, para valerme del nombre de una de las grandes obras de Antonio Gaudí.

El punto es que –no obstante mi progresivo alejamiento de la noble ciencia y arte de la Política– la vida me obliga a seguir trabajando en Mis Memorias y llevar adelante mi auto prometida revisión crítica de la Literatura Hispanoamericana, actualización muy importante que de ociosa no tiene nada.

¡Claro que tal vez no pueda cumplir en su totalidad semejantes deberes, pero cada promesa que he de sacrificar será como amputarme un dedo!

En lo que llevo escrito he aludido a ese importante caudal de palabras vertidas en medios gráficos e importantes con el fin de hacer notar que en ninguna de ellas encontrarán ustedes alusión alguna a la furiosa –y más bien peligrosa– confrontación presidencial entre Donald Trump y Joe Biden que ha venido arrastrando a sectores de la política venezolana y continental, plagándola de obsesiones absurdas cada vez más alejadas de la realidad y más cercanas a la locura. Y en esa posición seguiré, salvo la mención que hago líneas infra y que, sin pensarlo, se han convertido en la nuez de esta columna.

Consideración que hago de seguidas, la que por cierto me condujo a cambiarle el título a la presente columna. La danza de cifras y mapas saltando unos sobre otros me había conducido, sin pruebas, a la sensación, que no a la convicción, de que para el presidente norteamericano, Biden podría estar acercándose al triunfo, por lo visto parece inaceptable para el duro temperamento de Trump.

Pura conjetura de mi parte, pero en mis recuerdos se agitaba lo ocurrido en las elecciones venezolanas de 1968. Se batían severamente Rafael Caldera por Copei y Gonzalo Barrios por AD. El partido de Rómulo y Barrios acababa de sufrir la división más profunda de su historia. Luis Beltrán Prieto se declaró víctima de un fraude interno, que –en su opinión– le arrebató la candidatura del partido blanco y se la entregó a Gonzalo. La división de AD fue incontenible, factor que multiplicó las posibilidades de victoria de Caldera.

Aun así, la campaña fue intensa y el resultado extremadamente cerrado. Los adecos, con su estupendo liderazgo en todo el país, pelearon en dos frentes de guerra: en la esquina izquierda el Movimiento Electoral del Pueblo, con su abanderado de lujo y el notable aporte de Paz Galarraga, caudillo en Zulia, la más grande de las circunscripciones electorales de Venezuela; y en la esquina derecha Copei, cuyo candidato, el batallador e ilustre Rafael Caldera, figuraba en la cima de sus posibilidades electorales. Fue una batalla de colosos. Pese a las duras heridas soportadas, el partido de Betancourt peleó como los buenos, mientras que los copeyanos lo dieron todo para no desaprovechar aquella oportunidad única.

A diferencia de la forma de responder en 2020 de los abanderados de la más poderosa de las naciones del planeta, el del partido de una nación pequeña en proceso de levantarse del subdesarrollo, había resuelto en 1968 una crisis institucional muy parecida a la que se acaba de presentar en EEUU, con la más oportuna, civilizada y pedagógica declaración que al menos yo pueda recordar: ‘Al gobierno (el suyo, por cierto) más le vale una derrota cuestionada que una victoria discutida’.

La admisión de Barrios, favorable a Caldera, aunque él compartiera que AD había ganado, sacó al partido blanco del mando pero con la moral por el cielo, que le permitió su merecido “We will come back” con Carlos Andrés Pérez al frente. En algo debió influir la estupenda declaración de Barrios para hacer posible el impresionante regreso de su partido al poder, bajo la dirección de Carlos Andrés Pérez, auténtico McArthur venezolano de aquella sorprendente recuperación de un movimiento tres veces dividido y expulsado del mando en una derrota cuestionable que resultó más moralizadora y estimulante que una victoria discutida.

Twitter:@AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Según García Bacca, todos sabemos lo-que-es el vino, lo distinguimos del agua, tenemos noción, aunque no sepamos qué-es el vino, su composición química, peso molecular (150), definición científica (ácido dihidroxibutanodioico), ni podamos escribir su fórmula (C4H606) sin Wikipedia. Hablamos con nociones, pero la teoría está obligada a conceptos, que chocan con lo que la gente piensa.

Es muy difícil que un taxista quiera enseñar al médico como se hace cirugía del cerebro, pero Churchill cuenta que uno le explicó qué hacer para ganar la guerra. Todos asumen que saben de política y odian a quien difiere de sus criterios. Entendemos la noción pueblo, pero usada por Hitler y Perón designaban entes muy distintos, aunque ambos la usaban para excluir. Igual Chávez lo distinguía de “los escuálidos”, la oligarquía.

Para Agustín, el pueblo eran “los más”, “los simples”, un indeterminado, y según Rousseau, “la voluntad general”, un criterio cualitativo abstracto, distinto de la mayoría. El marxismo tomó esa idea y los intereses de la sociedad los representa el proletariado, un grupo cualitativamente superior más allá de su número. En Grecia antigua las mujeres, los esclavos y los pobres no eran parte del pueblo.

Los censitaristas y capacitaristas, dicen que solo los propietarios o ilustrados deben elegir y son el pueblo. Pese a tal enredijo mayéutico, “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es el referente del gobierno democrático, una categoría ético-filosófica que basa su legitimidad (obligación de acatar) e indica que su origen es consensual y no de facto.

Trick o treath
Es falso que “el pueblo” gobierne o que pueda gobernar la nación. Lo hacen los cuerpos representativos del Estado y las comunidades pueden ejercerlo localmente. Los demagogos falsean la realidad cuando pretenden que cinco o diez mil personas en asamblea o turba, son “el pueblo”. Medio millón en la Av. Bolívar de Caracas o en la Alameda de Santiago pueden decretar la pena de muerte y eso no tiene valor si la ley no la establece. La soberanía se materializa en la constitución.

Esos quinientos mil ni nadie están por encima de ella. En el siglo XVIII los filósofos dieron al pueblo la condición de soberano, la nación de los franceses, constituyente de todo, madre del destino político. Pero como no hay por donde agarrar un ente tan inmenso y abstracto y lo que se materializa en el mundo son partes del pueblo, la teoría democrática lo transforma en la ciudadanía, personas con derechos y deberes, cuyo rostro político es el electorado.

No es la omnipotente soberanía, el huracán de la Historia, ni la materialización del espíritu absoluto hegeliano, ni el crimen que ahogaba a Robespierre con la sangre de Dantón. No. El electorado es un cuerpo político sometido a las leyes, gente que se inscribe en un registro, debe hacer cola para votar, ser mayor de edad, presentar su cédula de identidad, portarse ordenadamente en el proceso y no alterar la tranquilidad del recinto. Si no está en lista, no vota.

Reciente fraude revolucionario es un parapeto llamado “constituyente originaria”, para liquidar las bases del Estado Derecho y rehacerlas a volonté, como lo estableció aquí la Dra. Supraconstitucionalidad. Trick o treath, los 160 sujetos se convierten en el inaprehensible pueblo para cambiar el poder, la vida, la propiedad, el pensamiento, la educación, las relaciones familiares.

El suplente de Dios
Esos 160 señores declararon una vez en Venezuela, en un delirio robespiereano, que “por encima de ellos solo el pueblo y Dios”, dos personas que no asisten a sus curules, pero que ellos suplirían diligentemente. Chile es, sin discusión racional, el país que logró victorias más brillantes contra la pobreza en Latinoamérica, que lo emparentan con los desarrollados, mientras los socialismos fueron un degredo. Y decidieron desacreditar a Chile.

El año pasado hubo motines de niños malcriados, pirómanos destructores, insatisfechos sexuales, con reclamos surrealistas y excentricidades, consabidas consignas “anticapitalistas”, contra el “neoliberalismo”, y los ideólogos vieron entre las llamas, no turbas ni grupúsculos, sino el rostro del pueblo. Convocan una “constituyente”, engendro incapaz de resolver ningún problema, pero sí de crearlos todos. Como un pique urbano en Rápido y furioso: inútil y temerario.

Operación de alto riesgo si el vandalismo del año pasado decide en la “constituyente” y un paso incierto porque anuncian plebiscitar el proyecto luego de aprobarlo la futura asamblea. En primer lugar, porque el conocimiento y la experiencia indican que si se somete a votación los derechos fundamentales, podrían desaprobarlos (en varios países la sodomía es delito penal). Las constituciones estables deben ser de consenso, aprobadas por minorías y mayorías, y no por mayoría.


Dos grandes, la norteamericana y la venezolana de 1961, se sancionaron por un complejo mecanismo del Congreso, las legislaturas regionales y los concejos municipales, que imponía dos tercios de cada cuerpo para la aprobación. Luego vino el populismo. Solo me tranquiliza sobre Chile que un par de amigos inteligentes confían que habrá sensatez.

@CarlosRaulHer

 3 min


Jesús Elorza G.

El funcionario a cargo de la operación llamó a su jefe para decirle que habían capturado al sujeto.

-Dime los detalles, solicitó el alto funcionario.

Bueno, logramos interceptar el vehículo en que se desplazaba el solicitado personaje, que se entregó sin oponer resistencia alguna. Luego, procedimos a revisar exhaustivamente el vehículo y solo conseguimos, en la maletera, un paquete de revistas "HOLA". Al requisar al sujeto, solo encontramos en su cartera, su cedula, licencia de conducir, el carnet de periodista y 50 dólares, que nos señaló que eran para echarle gasolina a su carro.

-Los felicito, dijo muy emocionado su jefe. De inmediato ordeno que llevaran al detenido a la sede de la Policía Nacional Bolivariana. Manténgalo secuestrado allí entre 24 y 48 horas, hasta que nuestra Unidad de Contrainteligencia elabore el expediente respectivo.

A primeras horas de la mañana, llegó el documento solicitado. En el mismo, se destacaban los siguientes elementos:

EXPEDIENTE OLL: Luego de una intensa persecución por las avenidas de la capital, fue capturado el sujeto identificado como Roland Carreño, quien enfrentó a la comisión policial con un arma de fuego tipo AR-15, de fabricación imperialista norteamericana, logrando herir de gravedad a dos de nuestros funcionarios. La balacera duró 15 minutos aproximadamente. Al final logramos someter al atacante al quedarse sin municiones.

En el vehículo del sujeto, encontramos el siguiente material de guerra: una pistola Glock 9mm, una ametralladora UZI, una caja de granadas y explosivos C4. Además, se incautaron una serie de mapas, fotografías de la Embajada de España y un bolso con 12.000 dólares.

El material decomisado y las declaraciones del sujeto en los tortuosos interrogatorios, indican sin lugar a dudas que el detenido coordinaba la Operación Liberen a Leopoldo (OPLL).

-Este informe sobre la verdad revolucionaria de lo acontecido está del carajo, dijo emocionado el jefe. Así fue como ocurrieron los hechos. Ahora le toca al camarada Fiscal del Ministerio Publico Revolucionario y Socialista hacer las acusaciones respectivas ante el tribunal.

Mostrando los efectos anabolizantes en su cuerpo, el musculoso camarada fiscal procedió a señalar que el reo incurrió en acciones conspirativas contra la Paz Revolucionaria de la Patria Socialista, al ser responsable de los delitos de tráfico ilegal de armas y municiones y financiamiento al terrorismo, con el objetivo de lograr la huida del país del oligarca imperialista y contrarrevolucionario Leopoldo López. Por ello solicito de este tribunal la aplicación de la pena máxima de 30 años de cárcel para el acusado.

El juez, al terminar la exposición del musculoso fiscal, declaró, sin otorgar el derecho a la defensa, culpable al reo y se retiró del estrado gritando Patria o Muerte ... ¡Venceremos!

 2 min


Ángel Oropeza

La hermosa lucha por la liberación democrática de Venezuela está –como es de esperarse–plagada de obstáculos. Identificarlos es un paso necesario para poder diseñar estrategias efectivas que, lejos de los planteamientos ingenuamente idealistas o caracterizados por un infantil voluntarismo, partan del reconocimiento e impacto de su existencia.

El primero es, por supuesto, el hecho de que cualquier actividad política, distinta a la de adular a la actual clase política gobernante y arrodillarse ante ella, es considerada por la tiranía como un delito. En los regímenes democráticos, la lucha política y el trabajo por la alternancia en el poder son actividades no sólo legítimas, sino que todo el mundo sabe qué hacer al respecto. En las dictaduras, por el contrario, aspirar al cambio político es criminalizado por quienes detentan el poder –ante el riesgo de perder sus privilegios– y todos los que trabajan por la transformación del país son considerados y tratados como delincuentes. Ello convierte a la lucha por la liberación popular en la actividad de mayor riesgo y peligrosidad en nuestro país.

A esa primera y principal limitación se suman otros serios obstáculos como la severa represión de los cuerpos de seguridad del Estado a cualquiera que piense distinto al régimen, la ilegalización de los partidos políticos democráticos, el apoyo a la dictadura por parte de la alianza internacional Cuba-China-Rusia-Turquía-Irán, la migración forzosa de venezolanos huyendo de la hambruna y de la crónica precariedad de sus condiciones de vida, y la aguda crisis humanitaria compleja que golpea a la inmensa mayoría de la población y que atenta contra las posibilidades efectivas de organización social y de movilización popular.

Sin embargo, y a pesar del duro fardo que los obstáculos anteriores representan para el trabajo de liberación democrática del país, es posible identificar también algunas oportunidades en la coyuntura que pudieran ser utilizadas para alimentar la estrategia del cambio político. Dadas las limitaciones de espacio, mencionemos aquí solo tres.

En primer lugar, existe un consenso incuestionable en la opinión pública alrededor de la prioridad de combatir y mantenimiento, y achacando su causa a factores externos. En segundo lugar, presenciamos en Venezuela una constante y diaria manifestación de reclamo e indignación popular, expresada en protestas y pobladas desagregadas por todo el país, lo cual constituye un indicador innegable de alta conflictividad social. Y por último, las contradicciones de la cúpula gobernante con lo que creen sus bases sociales de apoyo han comenzado a hacer metástasis y están provocando graves fracturas no solo dentro de la alianza de partidos que históricamente les han acompañado sino, lo que es más importante, en las bases estructurantes del chavismo.

Con respecto a esto último, ya no son solo la evidente incapacidad para gobernar, la inocultable corrupción de los jerarcas del régimen, su opulento estilo de vida que contrasta con las penurias de la generalidad de la población y su insensibilidad para con el sufrimiento de la mayoría lo que ha venido alejando al madurismo de sus otrora fieles bases sociales. La gota que parece haber derramado el vaso es la constatación de que la violación de los derechos humanos, con su secuela de tortura, desapariciones forzadas, encarcelamientos sin juicio, ejecuciones extrajudiciales y asesinatos, forma parte de una política sistemática y deliberada de la oligarquía madurista. Y ello ha resultado demasiado para muchos de los sectores, organizaciones y personas que hasta ayer los respaldaban, porque la defensa de los derechos humanos es universal, no tiene ideología ni bandería política, y quienes los violen deben ser condenados y repudiados trátese de quien se trate, sin justificación ni atenuante alguno.

Estos elementos de la actual coyuntura deben ser inteligentemente considerados dentro del diseño estratégico de la oposición democrática. Cualquier propuesta que exponga claramente y sin ambigüedades ante el país tres prioridades, la opción preferencial por reducir el sufrimiento de la gente antes de cualquier otra consideración, la defensa de los derechos humanos de todos sin excepción (lo cual pasa por el amparo de sus derechos sociales, políticos y económicos), y la prefiguración clara del país por el cual se lucha, un país plural, amplio, heterogéneo,

donde todos tengan cabida e importancia, donde todos sientan que son necesarios para el difícil pero hermoso reto de su reconstrucción, y que enamore a todos en la lucha por su consecución, será una propuesta que comenzará a calar hondo en la mayoría de los venezolanos, y a despertar simpatías y entusiasmo más allá de que se trate de partidarios opositores, indecisos, desanimados, desencantados del madurismo o simplemente incrédulos.

Por supuesto, un elemento central e insoslayable de una estrategia de cambio político basado en esa propuesta, es otorgar prioridad al trabajo –difícil pero necesario– de convertir la actual conflictividad social en un auténtico movimiento democrático de presión cívica interna, sostenida, organizada y con direccionalidad política, que genere las condiciones sociales que hagan inevitable una salida negociada a la crisis. Sin ello, cualquier propuesta de liberación y transformación del país quedará solo como un hermoso proyecto.

El teólogo inglés William George Ward decía que las oportunidades son como los amaneceres. Si uno espera demasiado se los pierde. Por el bien del país, y a pesar de los múltiples obstáculos, la conjunción de oportunidades que presenta el actual momento venezolano, en lo político y en lo social, tiene que ser inteligentemente abordada y aprovechada por la oposición democrática. Antes que sean otras las circunstancias.

@angeloropeza182

5 de noviembre 2020

El Nacional

 4 min


Ismael Pérez Vigil

Aunque aún –al viernes 6 de noviembre– no tenemos los resultados definitivos de las elecciones de los EEUU del pasado martes 3, según todos los indicadores que se tienen a este momento, el candidato demócrata, Joe Biden, sería el ganador; pero, para que se concrete ese triunfo hacen falta algo más que votos populares y “colegios electorales”, pues probablemente deberá sortear una aguda batalla judicial, incierta en sus resultados y en su duración.

Donald Trump y su equipo de campaña habían anunciado de diversas maneras que se preparaban para “denunciar”” y combatir judicialmente un fraude electoral que seguramente los demócratas estaban preparando; la estrategia de Trump y su equipo –no me atrevo a decir que es una estrategia republicana– se basa en algo que para nosotros resulta tan extraño como lo es eso del “voto anticipado” y del “voto por correo”, con unas boletas que serían forjadas por millones e introducidas en el conteo de votos. Sin entrar a juzgar al respecto, debo decir que resulta extraña esa “anticipación” del tema por parte del equipo de Trump; y más extraño aún que el supuesto fraude solo afecta los votos presidenciales, no a los votos para representantes y senadores, que se emiten en la misma boleta. Pero en fin, de prosperar esa intención de demanda del fraude –todavía es posible que no se concrete– habrá que esperar la decisión judicial, sin ponerse a especular al respecto.

La esperanza, al menos la que yo tengo, es que esa denuncia del fraude no sea una mera estrategia electoral pues de ser así, se estaría sembrando la desconfianza y jugando con la solidez de una institución fundamental, el voto, que es el instrumento de la democracia para formar gobierno, dirimir las diferencias e impedir que la barbarie y la fuerza sea lo que se imponga. Los venezolanos sabemos bien, por haberlo vivido, el daño que se hace a la democracia, a la libertad, a la convivencia, sembrando dudas y desconfianza en el voto y en los procesos electorales, que ha sido una estrategia fundamental reiterada del régimen que sufrimos desde hace más de 20 años.

Este proceso electoral que concluyó esta semana en los EEUU, su fogosidad y dureza, según los entendidos, no es muy diferente a otros procesos que han tenido a lo largo de su historia republicana y democrática; solo que, en particular éste, sin duda generó grandes expectativas a nivel mundial por la polarización que se ha agudizado en ese país y especialmente por la posibilidad de la reelección o no del actual presidente, Donald Trump, tras su polémico y controversial mandato presidencial.

Particularmente en Venezuela seguimos muy de cerca lo ocurrido, como si por una ironía e inversión del destino fueran los EEUU, lo que ellos siempre nos han considerado a nosotros: nuestro “patio trasero”. Aquí nos batimos, en redes sociales, de manera muy ácida y violenta, como ya es nuestra costumbre cada vez que hay cualquier disputa política. Nuestra propia polarización –hablo de la interna de la oposición– nos lleva rápidamente a las descalificaciones e insultos; basta con que alguien tenga alguna idea distinta a la nuestra, o alguna de las partes sospeche un atisbo de “progresismo”, izquierdismo o socialismo para que se irrite el otro bando, y entramos entonces con falso y pretendido espíritu “cosmopolita y mundano”, ese sentirnos “ciudadanos del mundo” que no se detiene en fronteras, a mostrar nuestro escaso “talante democrático” y baja tolerancia, y la disposición a sacarnos las entrañas y los ojos, por la causa que sea, aunque el tema no nos afecte directamente.

No estoy diciendo que el que acaba de pasar, las elecciones en los EEUU, no nos afecta; solo digo que no era necesario que nos despedazáramos amargamente por él. Como bien dice un amigo: “Ya casi no se puede intercambiar o discutir con muchas personas por la grave inhibición de su raciocinio.”

Pero, antes de abordar el tema del posible impacto del resultado electoral en los EEUU, también hay que decir, si somos justos y objetivos –dos elementos que cada vez están más ausentes en las discusiones políticas en Venezuela– que esa expectativa que se generó en nuestro país es probable que no vaya más allá de la clase media alta, profesional, intelectual y académica, los que nos desenvolvemos en redes sociales, en las cuales desarrollamos una amarga “gimnasia” y nos demolimos en disputas verbales por uno u otro candidato.

Aunque no sepamos aún el ganador definitivo, se puede decir que está encendida la expectativa en cuanto a dos temas: su impacto sobre la situación política interna en los EEUU y su impacto sobre la situación política venezolana.

Sobre el impacto en la política interna de los EEUU, en la que no soy especialista, me voy a permitir “plagiar” a un buen amigo, que me hizo llegar sus reflexiones al respecto:

“El panorama de hoy aquí apunta a que vamos a tener problemas de varias clases con los conteos...Pero viendo los números que se están asentando percibo que tanto el radicalismo de derecha como el de izquierda están perdiendo las elecciones... afortunadamente...Y ayer (jueves 5) Wall Street lo reflejó...Simplemente la gente está cansada y al votar reaccionó...Eso se ve primero en las dos cámaras del congreso donde los demócratas en neto están perdiendo representación...Aunque retienen la mayoría en la cámara baja, la brecha que había se redujo considerablemente...Ya a lo interno hay discusiones en el partido (demócrata) en cuanto a que la posición agresiva “progresista” asumida por muchos candidatos convirtió lo que pudo ser una victoria que los llevara a una “blue wave” genuina, en una derrota...Este hecho tranquilizó e inclusive entusiasmó a Wall Street ayer (jueves 5)...En el senado los republicanos aún retienen el control...Pero también el radicalismo de derecha que acompaña a Trump perdió muchísimo terreno y eso se refleja en lo que parece ser la derrota del presidente...La gente no le compró el discurso a las mujeres del “squad” lideradas por Alejandra Ocasio-Cortes... pero tampoco se lo compró a Trump...Cosa que alivia enormemente a Wall Street...La gente está harta de los dos discursos...El radicalismo de la gente de Trump está manifestándose algo peligroso al tratar de hacer lo que haya que hacer para no perder una elección presidencial que está ya perdida...”

No creo que los comentarios de mi amigo necesiten añadidos y mayores explicaciones, son una buena interpretación del clima político que deja esta refriega en ambos partidos.

Con respecto a la situación en Venezuela, algunos temen que la derrota de Donald Trump signifique un retroceso en cuanto a la presión de los EEUU sobre el país, que sin duda fue uno de los temas de la campaña de Trump para atraer los votos latinos, sobre todo de La Florida, que se consideraba un estado clave. Para los que así piensan, un triunfo de Joe Biden significaría entonces un “regreso” a la política menos proactiva de Barak Obama.

Ya he dicho en otra ocasión (https://ismaelperezvigil.wordpress.com/2020/10/09/biden-o-trump-falso-dilema/) que no creo que vaya a haber diferencias de fondo en cuanto a la política hacia Venezuela, cualquiera que sea el resultado final de las elecciones en los EEUU. Ciertamente son de agradecer algunos gestos de Trump hacia Venezuela y especialmente hacia Juan Guaidó con ocasión de su discurso ante el Congreso y que profundizara algunas de las sanciones –tema polémico, que no voy a tratar– pero también hay que recordar que las primeras sanciones contra el régimen venezolano las tomó la administración Obama, donde Joe Biden era vicepresidente y activo en política internacional; y las primeras medidas que tomó Trump estuvieron basadas en una orden ejecutiva que dejó Barak Obama a su salida de la presidencia.

Las cosas han variado algo desde Obama para acá; por ejemplo, cuando Obama era presidente no existía Juan Guaidó al frente de un Gobierno Interino, no había el apoyo a ese gobierno de la Unión Europea, ni existía el Grupo de Lima, ni el Grupo Internacional de Contacto. No había sido elegido Maduro presidente en una elección ilegítima, no reconocida por una buena cantidad de países occidentales democráticos. No habían fracasado varios intentos de diálogo y negociación en República Dominicana y Barbados. Ya no hay duda tampoco sobre el tema de los crímenes de lesa humanidad y la violación de DDHH en Venezuela, y ahora reforzados con el pronunciamiento de esta semana de la Fiscal Fatou Bensouda de la Corte Penal Internacional, acerca de que en Venezuela se habrían cometido delitos que son competencia de dicha Corte. ¿Qué hubiera hecho Barak Obama ante todos esos hechos?, es algo que nunca lo vamos a saber, solo nos queda especular, pero al menos ahora podremos saber qué actitud tomará el que fue su vicepresidente. Son cambios importantes los que se han producido que un gobierno norteamericano, de cualquier signo, no puede continuar ignorando.

En buena parte lo que pase para resolver la crisis política de nuestro país se deberá sin duda a la presión internacional, pero sobre todo a lo que logremos hacer internamente en cuanto a movilización popular. Debemos estar conscientes que en la comunidad internacional cercana a Venezuela, cada país está más concentrado en sus propios problemas con la COVID-19 y las secuelas que dejará sobre sus propios países.

E internamente, ahora mismo, las cosas no pintan bien en Venezuela; hay mucho desánimo, la crisis es muy fuerte y la represión cada día más intensa; pero esa es la realidad con la que nos toca lidiar. Las condiciones no son las mejores, pero al menos ahora que contamos con mejor reconocimiento de la comunidad internacional, nos toca jugar bien el partido.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 7 min


Richard Haass

Mientras escribo esto, los funcionarios de los Estados Unidos siguen contando los votos en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de 2020. Cuando se finalicen los recuentos, seguramente se producirán recuentos e impugnaciones legales. Esto es de esperar en una elección muy disputada que generó una participación récord.

Sólo los ciudadanos pueden votar por el presidente de los EE.UU., pero la elección afecta a la gente en todas partes. Si es demasiado pronto para estar seguro de los resultados, no es prematuro explorar lo que la elección revela sobre el país más poderoso del mundo.

En el lado positivo, los Estados Unidos siguen siendo una democracia robusta. La participación de los votantes fue alta, a pesar de las limitaciones físicas vinculadas a la pandemia de COVID-19. El proceso parece estar desarrollándose tal como fue diseñado. La violencia ha sido mínima. Los tribunales están investigando lo que parecen haber sido decisiones políticamente motivadas del Servicio Postal de los Estados Unidos para impedir la entrega de papeletas de zonas que se espera que voten mayoritariamente demócratas. La injustificada declaración de victoria del presidente Donald Trump el martes por la noche no tuvo mucho eco, mientras que sus llamadas para detener el conteo (al menos en los estados donde lidera) parecen haber caído en oídos sordos.

Lo que es preocupante, sin embargo, es que el electorado de EE.UU. sigue tan profundamente dividido. Los votantes se dividieron casi por igual entre los dos candidatos. No es sorprendente que esta división lleve a un gobierno dividido. Si las tendencias actuales continúan, los Demócratas ganarán la Casa Blanca y retendrán el control de la Cámara de Representantes, mientras que los Republicanos mantendrán el control del Senado. Las gobernaciones y las legislaturas estatales están casi equitativamente divididas entre los dos partidos (los republicanos tienen una ligera ventaja).

La "ola azul" anticipada por los demócratas no se materializó. Joe Biden probablemente ganará el voto popular por un amplio margen, unos cuatro o cinco millones de los casi 160 millones de votos emitidos. Pero los republicanos se aferraron a los escaños en el Senado que muchos predijeron que pasarían a los demócratas, que en realidad perdieron escaños en la Cámara. No hubo un mandato firme, ni un reajuste político.

Trump hizo una encuesta muy buena, recibiendo cinco millones de votos más que en 2016 - la segunda mayor cantidad de votos de cualquier candidato presidencial en la historia de EE.UU., y más que cualquier otro ganador anterior. Lo que hace que esto sea particularmente digno de mención es que ocurrió en el contexto de un récord de 100.000 nuevos casos diarios de COVID-19 y más de 1.000 muertes. Justo cuando las consecuencias del mal manejo de la pandemia por parte de su administración se habían vuelto más severas, casi la mitad del electorado acudió a apoyarlo.

Incluso si Trump pierde, lo que parece probable, seguirá teniendo una voz poderosa, especialmente si permanece en el ojo público (lo que también parece probable). Incluso si él mismo no se presenta, probablemente tendrá una influencia considerable en la elección del candidato del Partido Republicano en las próximas elecciones presidenciales de 2024. El Partido Republicano estará muy lejos del partido de los presidentes George W. Bush o Ronald Reagan. El triunfalismo - un populismo americano moderno - seguirá siendo una fuerza poderosa.

Trump, no es una sorpresa, ha hecho todo lo posible para salar la tierra y deslegitimar los resultados de las elecciones, acusando de fraude a pesar de su incapacidad para producir cualquier evidencia. Muchos de sus partidarios se negarán a aceptar la legitimidad de una presidencia de Biden. Es muy posible que Trump nunca conceda la carrera, y mucho menos asista a la toma de posesión de su sucesor. Parafraseando a Will Rogers, Trump nunca ha encontrado una norma que no haya roto.

Los americanos viven cada vez más en mundos separados. Se han clasificado en comunidades y regiones con puntos de vista similares. Cada mundo tiende a ver sus propios canales de televisión por cable, escuchar sus propias estaciones de radio y podcasts, y visitar sus propios sitios web. Y la ausencia de un currículum nacional de educación cívica facilita la clasificación a través de las generaciones.

Lo que vale la pena destacar es que la división del país no es en su mayor parte a lo largo de líneas económicas. La gente de todas las clases votó por ambos candidatos, y los patrones de votación demográficos, de género y raciales no fueron tan unilaterales como muchos predijeron. Donde se diferenciaban se referían principalmente a los remedios.

Los niveles de educación son claramente un indicador de la orientación política, como lo es la geografía, con los votantes republicanos más propensos a vivir en suburbios exteriores y regiones rurales y los demócratas en áreas metropolitanas. La cultura, sin embargo, puede representar más en la política americana que cualquier otra cosa. Para que conste, la política exterior no pareció importar mucho en la campaña, excepto para movilizar distritos electorales específicos, como las grandes comunidades cubanas y venezolanas del sur de la Florida.

Con este telón de fondo, será difícil conseguir apoyo para un cambio significativo en la forma de elegir a los presidentes o en el funcionamiento del gobierno. La situación no se parece tanto a la del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Muchos están de acuerdo en que el sistema actual es profundamente defectuoso y poco representativo, pero es imposible llegar a un consenso sobre la reforma, porque cualquier posible arreglo beneficiaría a unos y perjudicaría a otros. No es sorprendente que los que tienen que perder con el cambio se resistan a él.

Esto dificultará el gobierno. Mucho dependerá de los cálculos del líder republicano del Senado, Mitch McConnell, y de su capacidad y voluntad de trabajar con un Presidente Biden. Trabajar juntos también requeriría que Biden se comprometiera, algo a lo que seguramente se resistirían los miembros más ideológicos de su propio partido.

Los demócratas esperaban un repudio punzante de Trump y todo lo que él encarna. No lo consiguieron. Los republicanos buscaban una elección que validara a Trump. Eso tampoco ocurrió. En cambio, lo que la elección reveló es un país y dos naciones. Tendrán que coexistir; aún está por verse si pueden trabajar juntos.

*** Translated with www.DeepL.com/Translator (free version) ***

6 de noviembre de 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/one-america-two-nations-by-...

 5 min


Fernando Mires

Más allá de lo que diga o haga Donald Trump, el presidente electo de los EE. UU ya tiene un nombre. Se llama Joe Biden. Para que deje de ser así, debería ocurrir un milagro o una monstruosidad. Como este artículo no se ocupa de lo uno ni de lo otro me referiré a las razones que explican el eventual triunfo de Biden, al fracaso electoral del populismo trumpista (o trumpiano, da igual) y a las alternativas nacionales e internacionales que se abren con la posibilidad de un “nuevo comienzo” norteamericano.

Pero antes que nada hay que decirlo: El triunfo de Biden es explicable solo en parte por la personalidad y el programa de su candidatura. Incluso podría afirmarse que lo más decisivo no ha sido el triunfo de Biden sino la derrota de Trump.

¿Acaso no es lo mismo? No, no es lo mismo: quienes votaron por Trump votaron a favor de Trump. Una gran parte, quizás la mayoría de los norteamericanos que votó por Biden, no lo hizo en cambio por Biden sino en contra de Trump. El triunfo de Biden puede ser visto entonces como un triunfo en negativo. Eso quiere decir que las elecciones norteamericanas tuvieron también un carácter cuasi plebiscitario. Dicho en breve: los votos en contra de Trump pueden ser considerados como una rebelión electoral en contra de la persona de Trump. Este ha sido seguramente uno de los factores más decisivos de las elecciones de noviembre.

1.

En contra de la persona: hay que repetirlo. El gran enemigo de Trump, más que Biden, ha sido el propio Trump. Pues Trump compitió contra Trump y perdió. Compitió contra su prepotencia, su narcisismo, sus excesos, su lenguaje antipolítico, su desprecio por los más débiles, su fijación a la economía en desmedro de otros aspectos de la vida y tantos puntos que hacen de él un personaje fascinante para unos, despreciable para otros.

Queda demostrado una vez más el carácter antropomórfico de la política. El “factor humano”, vale decir, la persona del representante puede, bajo determinadas condiciones, ser más determinante que los intereses que dice o cree representar.

Fue la pandemia, dicen unos. Si la Covid-19 no hubiese extendido sus amenazas, Trump, con su logros económicos - entre ellos reducciones de impuestos (incluyendo a los propios), aumentos de salarios, la proliferación de oficios pasajeros - habría podido ganar fácilmente. Pensemos por un instante que ese argumento es cierto. ¿Cómo explicar entonces que esa misma pandemia haya llevado a Merkel – y a otros gobernantes – al primer lugar en las encuestas?

Merkel ha mostrado, así como Trump, su impotencia para rebajar la tasa de contagio. ¿Dónde reside la diferencia? En un hecho muy simple. A Merkel la vemos preocupada, incluso nerviosa por la extensión y duración de la pandemia. La vemos informándose e informando. Los ciudadanos la escuchan, y de algún modo sienten que su gobierno está con ellos, que no están solos.

¿Y Trump? Todo lo contrario.

Trump comenzó negando a la pandemia. Luego la minimizó. En contra de todas las prevenciones, expuso a su gente a contagiarse en lugares cerrados. Luego, cuando no podía ocultarla, intentó presentarse como campeón en la lucha en contra de la Covid-19, prometiendo vacunas y remedios milagrosos, burlándose de los científicos que aconsejaban mayor prudencia. Alcanzado el mismo por el virus, no vaciló en utilizarlo como medio de promoción, exhibiendo su salud privilegiada, presentándose como el héroe que derrotó a la Covid-19 en su propio cuerpo.

Incluso admiradores de Trump comenzaron a comprender que estaban frente a un presidente a quien importaba un carajo la salud de sus ciudadanos, una combinación perversa entre el narcisismo más agudo y el exhibicionismo más obsceno. No fue por tanto Covid-19, ni la mala administración de la pandemia la razón que llevó a muchos estadounidenses a dar la espalda a Trump. Fue, antes que nada, el espectáculo de la indolencia de un presidente ensimismado en sus objetivos y deseos.

2.

Hemos escuchado decir que la pandemia ha mostrado a Trump como lo que es: un populista. Opinión posible de aceptar pero con ciertas precauciones.

El populismo es política de masas en una sociedad de masas. Y las elecciones están orientadas hacia los deseos, intereses e ideales de las grandes masas. Por eso, en tiempos electorales, casi todos los candidatos son populistas. No obstante, la política también reconoce periodos no signados por la participación de masas. Frente a grandes peligros como guerras, catástrofes naturales, epidemias, los gobernantes no suelen ni deben comportarse como populistas. Pues bien, Trump lo hizo. Trump es un populista total.

Peor todavía: Trump no solo es el candidato de un partido, además es líder de un movimiento formado alrededor suyo, un movimiento que trasciende a su partido. Como sus antecesores sudamericanos, Perón o Chávez, el líder populista que es Trump intentó gobernar por sobre las leyes y las instituciones de su país. Incluso, a punto de perder, no vaciló en desprestigiar a los tribunales electorales, alegando fraudes, conspiraciones y delitos, movilizando a turbas armadas, rompiendo tabúes que ningún presidente norteamericano se había atrevido siquiera a tocar: el de la integridad de las instituciones de los EE.UU.

El daño que ha hecho Trump a su nación es inmenso. Ha roto el nexo que vincula a la ciudadanía con la Constitución y con ello, deteriorado la confianza en las instituciones del país.

Restaurar la confianza en las instituciones será la primera tarea que deberá emprender la administración Biden. Tarea imposible, piensa el eminente sociólogo Richard Sennett en su fulminante artículo titulado La Base (El País 28.10.2020). Cuando un tabú ha sido roto es imposible restaurarlo.

Por otra parte – y eso es más peligroso todavía – el trumpismo, si no como gobierno, como movimiento, vino para quedarse. Y como movimiento puede ser aún más agresivo que como gobierno, aduce el mismo Sennett. Lo cierto es que los EE. UU. después de Trump no solo constituirán una nación políticamente dividida – lo que es normal – sino una nación polarizada en dos bloques irreconciliables. Dos países en uno. La única posibilidad de enfrentar esa situación puede llegar a ser, tarde o temprano, la formación de un frente democrático que incluya a republicanos no dispuestos a doblegarse ante el populismo y la demagogia del trumpismo.

Los EE. UU. han demostrado una vez más como ese invento occidental llamado democracia reposa sobre frágiles cimientos. La utopía negativa descrita por Philip Roth en su premonitoria novela The Plot Against America (2004), donde relata como un gobernante fascista puede llegar a apoderarse de las instituciones estatales, ya no puede ser leída con la tranquilidad que nos otorga la ficción. Como muchos grandes escritores, Roth tuvo momentos de inspiración futurista. La democracia, quiso decirnos, vive siempre en peligro. Incluso en los EE.UU.

3.

Si los desafíos que enfrentará Biden a nivel nacional son duros, aún más duros serán los que deberá enfrentar en el plano internacional.

Si bien es cierto que Trump durante sus cuatro años no inició ninguna guerra, ha abierto flancos para que emerjan conflictos internacionales en los cuales tarde o temprano los EE.UU. se verán envueltos. Esos conflictos surgirán precisamente de la doctrina Trump. Una doctrina erigida sobre la base de tres dogmas: economicismo, nacionalismo, bilateralismo.

De acuerdo a esos dogmas Trump ha transformado a conflictos puramente económicos en conflictos políticos.

El mismo concepto de guerra económica usado en la competencia con China es equívoco. No hay guerras económicas. Devolver su nombre adecuado a las cosas será tarea ineludible para la administración Biden. Una competencia que, como la que lleva con China, no pone en juego la sobrevivencia de los EE. UU. Puede incluso que en algunos rubros los EE. UU. se vean superados por China. Pero ese no puede ser el problema principal. El problema es como crecer económicamente sin poner en juego los fundamentos sobre los cuales ha sido erigido el crecimiento. Y en el caso norteamericano esos fundamentos no son puramente económicos.

La ciencia y la tecnología, motores del crecimiento económico, solo pueden desarrollarse en plenitud cuando no es alterada la capacidad creativa del ser humano, y a esa capacidad pertenecen la invención y la inventiva. La invención y la inventiva, a su vez, pueden expandirse con más fuerza allí donde priman libertades consagradas en Constituciones como la norteamericana. Debido a la posesión de esos tesoros no económicos de la economía, Estados Unidos logró derrotar al imperio soviético aún antes de que apareciera Gorbachov. Lo mismo deberá suceder en la competencia con China. Ninguna gran economía puede mantenerse en el tiempo sin libertad, y la libertad no es solo económica.

Los EE.UU. podrán seguir siendo América First en muchos terrenos de la vida mundial, mas no en todos. Tarea de la administración Biden será transmitir a la ciudadanía que el nacionalismo es legítimo siempre que no sea dirigido en contra de otras naciones. Para lograr ese objetivo las relaciones bi-laterales son insustituibles. Pero las relaciones bi-laterales no son, como ha dado entender la doctrina Trump, contrarias a las multilaterales.

Nada impide a los EE.UU. mantener relaciones bi-laterales con Rusia e incluso con China y al mismo tiempo ser fiel a las comunidades internacionales a las que no solo pertenece por tradición y cultura, sino además, porque desde un punto de vista estratégico son indispensables para la conservación de sus propios intereses. En ese sentido, la cooperación con Europa será la clave.

4.

Cierto es que la UE es una institución burocrática. Cierto también es que los países europeos fueron sobreprotegidos por los EE.UU. durante y después de la Guerra Fría. Pero una cosa es incentivar la autonomía política de Europa y otra intentar demoler sus instituciones supranacionales, desconocer tratados de cooperación tecnológica, militar, cultural, política y abandonar espacios tan sensibles cono son los referentes al cambio climático.

Los EE.UU. no pueden ni deben ser el policía del mundo, eso está claro. Pero tampoco pueden ser espectadores del desmoronamiento del occidente político al cual, quiera o no Trump, pertenece su nación.

Europa, cuna del occidente político, está amenazada por tres peligros: el islamismo radical interno y externo, los movimientos y gobiernos nacional- populistas (o neo-fascistas) y la expansión territorial de la Rusia de Putin. Frente a ninguno de esos tres peligros los EE.UU. de Trump han sido solidarios con Europa. Por el contrario, los ataques continuados de Trump a la UE, sus planes para liquidar la OTAN, y la complicidad de Trump con Putin (e incluso con Lukashenko), han abierto el camino a las tendencias más regresivas del antiguo continente, a las que apuntan hacia la balcanización de Europa. Objetivo central del futuro gobierno Biden deberá ser el de reconstruir la “alianza atlántica”, convertirla en una fuerza militar y política que frene el avance de la barbarie interna y externa y con ello establecer una nueva línea demarcatoria: la que se da entre las naciones que defienden a la democracia y las que la niegan.

Que Trump sea saludado por el neo-facismo europeo como un líder mundial es un estigma para los EE.UU. La administración Biden deberá devolver a los EE.UU. al lugar donde históricamente pertenece: al de la comunidad de las naciones democráticas del mundo.

5.

La reconsolidación de la alianza con las democracias europeas que deberá llevar a cabo el gobierno Biden, pasa también por una reformulación de las relaciones entre EE.UU. y América Latina.

Nadie exige en estos momentos una nueva doctrina como la de Monroe o como la tristemente recordada “doctrina de seguridad nacional”. Los aciagos tiempos de la Guerra Fría ya están atrás. Pero sí se trata de incentivar alianzas con las fuerzas democráticas de América Latina, amenazadas desde siempre por movimientos y líderes extremistas que se dicen de izquierda o de derecha.

Como en todas las relaciones internacionales, Trump ha sustituido las vías políticas por las puramente económicas. Ni siquiera hacia Cuba ha tenido Trump una estrategia coherente. Sus acciones frente a la dictadura de la isla o han sido disfuncionales (bloqueos, sanciones artificiales) o han establecido una relación de complicidad con las empresas norteamericanas que actúan en la economía cubana, sobre todo en la turística. Y en Nicaragua, mientras la dictadura mantenga buenas relaciones comerciales con los EE.UU., Ortega sabe que puede respirar tranquilo.

Con respecto a Venezuela, un país simbólico sufriendo bajo uno de los regímenes más anti-democráticos del mundo, Trump ha dado una lección de cómo no se deben hacer las cosas en la política internacional. Por de pronto, se apoderó, incluso financieramente, de la oposición de ese país, hasta el punto de desraizar y desnacionalizar a su política. Enseguida, con la complicidad de los sectores más extremistas de esa oposición, ha retrocedido hacia los años veinte y treinta del siglo XX, llevando a cabo acciones operativas, confiados en que los problemas de un país tropical solo se solucionan comprando generales, corrompiendo políticos, o embarcándose en conspiraciones, tal como lo mostrara Mario Vargas Llosa en su política novela Tiempos Recios.

En manos de Trump, la que fuera la oposición más grande y democrática de América Latina, ha sido desviada de su línea democrática, electoral, pacífica y constitucional, para convertirse bajo la presidencia de un político de invernadero, como es Guaidó, en un remedo de lo que una vez fue.

Biden estará obligado a abandonar la línea aventurera en la que embarcó Trump a Venezuela a la que junto con Cuba solo supo utilizar para ganar más votos en Florida. El problema es que bajo el amparo norteamericano, ha tomado forma - sobre todo entre venezolanos y cubanos en el exilio - una suerte de trumpismo aún más agresivo que el original. ¿Serán los Bukeles y los Bolsonaros los sucesores de los Maduros y de los Castros en América Latina? Algunos indicios parecen indicar que así puede ser.

El gobierno de Biden se verá obligado a reconsiderar los vínculos con América Latina. Las democracias de sus países son muy frágiles. Pero eso será posible si los EE.UU. no actúan solos y por su cuenta. En un mundo global, las relaciones internacionales también deben ser globales. Las fuerzas democráticas de América Latina necesitan de un apoyo internacional más amplio que aquel que se deduce de un solo gobierno, aunque ese sea el de los EE. UU.

Gracias al triunfo de Biden, en los EE.UU. serán abiertas las posibilidades para un nuevo comienzo. Solo el tiempo dirá si el periodo de Trump fue un episodio descarrilado de la historia o el origen de una noche sombría extendida sobre el mundo democrático.

Por ahora lo importante es lo siguiente: el pueblo de los Estados Unidos decidió. Y decidió bien.

6 de noviembre 2020

Polis

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