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Opinión

Redacción BBC News Mundo

Tras una década en proceso, el mayor acuerdo comercial del mundo es un hecho.

Líderes de Asia firmaron este domingo en Hanoi el megatratado que incluye a los diez miembros de la Asociación de Países del Sudeste Asiático (Asean) además de China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Entre todos los miembros suman casi un tercio de la población mundial y el 29% del Producto Interno Bruto del planeta.

El acuerdo, que lleva el nombre de RCEP (siglas en inglés de Regional Comprehensive Economic Partnership, Alianza Integradora Económica Regional), será mayor que el de T-MEC (Estados Unidos, México y Canadá) y que la Unión Europea.

India también formó parte de las negociaciones, pero se retiró el año pasado por su preocupación de que la reducción de aranceles perjudicara a sus productores.

¿Qué significa?

El RCEP eliminará aranceles a las importaciones por los próximos 20 años e incluye provisiones respecto a propiedad intelectual, telecomunicaciones, servicios financieros, comercio electrónico y servicios profesionales.

Muchos de los países miembros ya tienen tratados de libre comercio entre sí, pero con limitaciones.

"Los tratados de libre comercio existentes pueden resultar muy complejos en comparación con el RCEP", dice Deborah Elms, de la organización Asian Trade Centre, a Tim McDonald, corresponsal de la BBC en Singapur.

Negocios que se basan en cadenas globales de suministro podían verse afectados por los aranceles, pese a que existiera un tratado de libre comercio, porque sus productos tenían componentes hechos en otro lugar.

Un producto hecho en Indonesia que contiene partes fabricadas en Australia, por ejemplo, podía ser gravado con aranceles.

Bajo el RCEP, sin embargo, los componentes de cualquier país miembro serán tratados igual, lo que podría dar a las compañías de los países RCEP un incentivo para asociarse con proveedores de la nueva alianza regional.

¿Cuál es su importancia geopolítica?

La idea del RCEP nació en 2012 y fue vista como una forma de China, el mayor importador y exportador de la región, de contrarrestar la influencia que Estados Unidos estaba tomando en Asia-Pacífico bajo el gobierno de Barack Obama.

El interés en el RCEP creció cuando Trump retiró del TPP en 2017 a su país, que era el arquitecto del acuerdo y cuya economía abarcaba dos terceras partes de la del bloque.

De hecho, la guerra comercial entre Estados Unidos y China y que Trump haya privilegiado el "Estados Unidos primero" y acabado con la idea de Obama de mirar más hacia Asia ha servido para impulsar y completar RCEP, que es visto como la oportunidad de Pekín de establecer la agenda comercial regional en ausencia de Washington.

Como fuente clave de importaciones y principal destino de exportaciones para la mayoría de miembros del RCEP, China parece ser el principal beneficiado y está bien posicionado para influir en las normas comerciales y expandir su influencia en Asia-Pacífico, algo que Obama quería prevenir.

¿Cambiará algo la presidencia de Biden?

El comercio internacional estuvo mucho menos en la agenda en esta campaña presidencial y Biden ha dicho relativamente poco sobre si su política comercial cambiará significativamente ni sobre si reconsiderará entrar en el TPP.

Biden apuesta por regresar a una política de multilateralismo, como Obama, pero es prematuro hablar de acuerdos comerciales dados los enormes retos que enfrenta a nivel interno.

Y se arriesga a que sea percibido como algo que perjudica a los sindicatos que le ayudaron a conseguir el triunfo en los estados del cinturón industrial.

Se espera que sus prioridades comerciales se centren en trabajar con aliados para presionar a China y forzar cambios en la Organización Mundial de Comercio.

Regresar a lo que era el TPP podría no ocurrir a corto plazo.

Los sindicatos y progresistas que respaldaron la elección de Biden se han mostrado escépticos sobre los acuerdos de libre comercio y representantes de estos grupos están presentes en su equipo de transición. Es posible que defiendan ciertas protecciones a industrias vulnerables como el acero y el aluminio.

Si Biden decide volver a reconectar con Asia-Pacífico, podría actuar como contrabalance de China.

¿Cómo afecta a América Latina?

El comercio bilateral entre Asia y América Latina ha crecido de forma continua en las últimas décadas, pero la integración entre ambas regiones tiene mucho margen de mejora.

"A corto plazo, el RCEP puede causar algún desvío comercial, limitar el crecimiento en el comercio entre América Latina y Asia", dice a BBC Mundo Jack Caporal, experto en comercio del Center for Strategic & International Studies (CSIS), con sede en Washington.

"Sin embargo las normas comunes harán más fácil para las compañías de América Latina con presencia en Asia hacer negocios allí", afirma Caporal.

"Una cuestión importante para los países de América Latina es si persiguen la integración con Asia individualmente o de forma conjunta como a través de la alianza del Pacífico (TPP) o Mercosur", agrega.

"Desde que el comercio entre América Latina y China explotó en los años 2000, liderado casi en exclusiva por el rápido crecimiento de China y su necesidad de materias primas, los países de la región han buscado una mayor integración con Asia en general, no sólo con China sino en particular con Japón Corea del Sur e India", dice a BBC Mundo Cynthia Arnson, experta del Wilson Center en las relaciones entre ambas regiones.

Arnson afirma que ese era el espíritu del TPP, ahora diezmado sin Estados Unidos.

"A menos que el gobierno de Biden regrese al TPP, los países de América Latina se verán atraídos a la mayor cuota de mercado en Asia que ahora está representada por el RCEP", agrega.

Nicolás Albertoni, profesor de la Universidad Católica del Uruguay e investigador asociado del Laboratorio de Política Internacional y Seguridad de University of Southern California, cree que es una "desventaja" para los países que no forman parte de este tipo de megaacuerdos.

"Es clave que los países de América Latina (principalmente del Cono Sur) que no son parte vayan a tocar la puerta y pidan ser parte de estos acuerdos", le dice a BBC Mundo.

"Poco ambicioso"

Aunque el RCEP fue una iniciativa de los diez países de la Asean, muchos la consideran una alternativa respaldada por China al TPP, una propuesta de acuerdo que excluye a China pero incluye a muchos países asiáticos.

Doce naciones, entre ellas Chile, México y Perú, firmaron el TPP en 2016 antes de que Trump retirara a su país del acuerdo en 2017.

Sin Estados Unidos, el resto de países firmó el CPTPP.

Aunque incluye a menos países, el CPTPP reduce aún más los aranceles que el RCEP e incluye provisiones sobre empleo y medio ambiente.

Los críticos dicen que es un acuerdo poco ambicioso.

El ex primer ministro de Australia Malcolm Turnbull criticó el nuevo acuerdo por anticuado.

"Habrá bombos y platillos por la firma y la entrada en vigor del RCEP, pero es un acuerdo comercial poco ambicioso, no deberíamos engañarnos", dijo Turnbull, que firmó en nombre de su país el TPP.

Activistas temen la falta de provisiones para proteger a los trabajadores y el medio ambiente y que perjudique a granjeros y negocios pequeños en un momento en el que ya están sufriendo por la pandemia.

Diferencias a un lado

En lo positivo, el RCEP une a países que a menudo han mantenido relaciones espinosas, como es el caso de China y Japón.

Tanto Australia como China se suman al acuerdo a pesar de los reportes de que China podría boicotear algunas importaciones de Australia por diferencias políticas.

"Uno puede cooperar con alguien o simplemente odiarlo, como pasa con las personas. El RCEP ha hecho un trabajo impresionante en separarse de otras disputas", dice Elms.

16 de noviembre 2020

BBC News Mundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-54937458

 6 min


Laureano Márquez

¿Existe la “corrupción espiritual”? Sin duda. Es el mal que padece el actual régimen político venezolano desde su nacimiento. Recordemos algunas de las razones que motivaron el alzamiento militar del 4 de febrero de 1992:

1- “La gestión económica y política del presidente Pérez”. Argumentaban los golpistas que se trataba de un gobierno corrupto, que empobrecía a la población. Bueno, luego de 20 años de revolución, la pobreza extrema en Venezuela según cifras de la ONU y de Encovi, está alrededor del 80%. En cuanto a corrupción administrativa, según las investigaciones de “Transparencia Internacional”, Venezuela y Nicaragua, son los dos países más corruptos de América Latina. Si usted ve en el mapamundi la intensidad de los colores de los países por su corrupción, el nuestro aparece coloreado de rojo intenso, o quizá sea mejor decir de “rojo rojito”.

2- “Las políticas neoliberales implementadas en el país”. Chávez, contrario a las políticas neoliberales, propició la estatización de la economía, las expropiaciones y las importaciones en detrimento de la producción nacional. Luego de 20 años de revolución, el cambio del bolívar pasó de 64,03 por dólar en febrero de 1992 a 534, 379,95, ayer. Si mal no recuerdo, Chávez le quitó tres ceros a la moneda y Maduro cinco, de modo que estamos hablando de: 53.437.995.000.000,00 (creo que se lee: cincuenta y tres billones cuatrocientos treinta y siete mil novecientos noventa y cinco millones de bolívares, de los del año del golpe). Suena descabellado, así que no me hagan mucho caso y saquen sus propias cuentas (el hermano Isidro sabe que siempre fui malo en matemáticas).

El bolívar desapareció como moneda, Pdvsa dejó de producir petróleo y el país no tiene electricidad, gasolina, agua, ni gas y el régimen inicia el plan “leña adentro” asegurando que cocinar con leña y bañarse con totuma son lo máximo. Si esto no es liberalismo salvaje, que venga Dios y lo vea.

3- “El descontento de los sectores medios y bajos de las Fuerzas Armadas por los hechos de corrupción verificados en los altos mandos militares”. Creo que sobra cualquier comentario en este punto que no sea un: ¡ja, ja, ja, ja!

4- “La subordinación de las Fuerzas Armadas ante un liderazgo político que consideraban incapaz y corrupto”. Ya no hay subordinación alguna, ahora las Fuerzas Armadas son el liderazgo incapaz y corrupto.

5- “La utilización de las Fuerzas Armadas, en particular del Ejército y de la Guardia Nacional, en la represión del Caracazo”. Hoy nos resulta increíble que esta haya sido una de las razones del golpe. La cruel represión mostrada por el régimen queda claramente documentada en el informe de la ONU que da cuenta de las atroces violaciones a los derechos humanos que se cometen: ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones ilegales, entre otras acciones que constituyen crímenes de lesa humanidad.

6- “El cuestionamiento a la posición sostenida por el presidente Pérez en las negociaciones relativas a la delimitación limítrofe con Colombia”. Este era uno de los argumentos de quien luego, en el gobierno, regaló el Esequibo y abrió la frontera a los guerrilleros.

El listado de las razones que motivaron el golpe febrero de 1992 es más largo, pero en cada punto en el que uno se adentre: “corrupción del poder judicial”, por ejemplo, lo que se encuentra es la total perversión de cuanta institución funcionaba o medio funcionaba en Venezuela.

Eso es, justamente, la «corrupción espiritual”, la negación total de los valores trascendentes del ser humano: justicia, solidaridad, respeto a la vida, honestidad, libertad. Es lo que hemos padecido en Venezuela en los últimos 21 años. Por eso, que el Tribunal Supremo de Justicia ratifique la condena a la jueza Afiuni por “corrupción espiritual”, un delito inexistente en la legislación venezolana, no deja de ser emblemático.

Si el TSJ fuese menos corrupto espiritualmente e hiciera justicia a su corrupción material, habría colocado en la sentencia: “condenamos a la jueza Afiuni porque a Chávez le salió del forro”. Eso habría sido mucho más decente.

10 de noviembre 2020

TalCual

https://talcualdigital.com/corrupcion-espiritual-por-laureano-marquez/

 3 min


María José Canel

“Empezaremos a trabajar inmediatamente para hacer que América vuelva a ser grande otra vez”. Con estas palabras saludaba Trump a los estadounidenses en 2016, cuando contra todo pronóstico demoscópico, su victoria sorprendía a la comunidad internacional. Se ponía así la gorra MAGA (Make America Great Again) que le acompañó en esta segunda campaña, colocando en el escenario político un trampantojo (trampa al ojo), esa técnica pictórica o arquitectónica que juega con el entorno real o simulado para forzar la perspectiva. Creaba con ello una ilusión desde la que sus seguidores miraran la legislatura que acababa de comenzar: todo sería grande otra vez.

Y grande fue a partir de entonces lo que sobre su persona y gestión le salió de la boca: “Soy el presidente con mayor voto popular de la historia”; “La jura de mi cargo ha tenido más asistentes que nadie”; “Somos el país que mejor combate la pandemia”. Que estas afirmaciones fueran contra toda evidencia o carecieran de ella es lo que ha otorgado a este personaje el título de adalid de la posverdad.

Oxford Dictionaries recoge esta palabra para denominar el fenómeno por el cual, ante una intensa emoción, los hechos y los datos dejan de ser relevantes. Con su comunicación posverdadera, Trump ha demostrado ser consciente de que lo sentimental es una palanca poderosa para la movilización. Ciertamente sus brabucones tuits poniendo a la América poderosa, grande y libre por delante de todo lo demás (America first) pueden ayudar a entender algo del resultado electoral obtenido por este inclasificable líder.

Pero la capacidad de movilizar voto con afirmaciones grandilocuentes no explica todo lo que logró el pasado 3 de noviembre (como tampoco lo que ese día Biden no alcanzó). Son muchos votos (más de 72 millones), reiterados (parece no haber perdido ni uno de los que obtuvo en 2016, algunos de los cuales provenían de cierta izquierda desencantada y castigadora del incumplimiento de promesas de Obama), y ganados por igual a la abstención (como Biden, Trump logra sacar de casa a casi 10 millones de votantes nuevos). Trump tiene detrás demasiadas decisiones de voto como para que las justifique la mera apelación a las bajas pasiones que caracteriza al populismo.

¿Qué atrae de su incorrección política?

Para tratar de comprender, sugiero explorar el posible atractivo escondido en la incorrección política de Trump, pues creo que hay ahí algo de largo recorrido y trasladable a otros países.

Referido a temas de discriminación social como la desigualdad racial, legal, o de género, en el debate que surge en los años 80 del siglo pasado en los Estados Unidos, la corrección política ha servido de arma arrojadiza tanto para la izquierda como para la derecha en diferentes guerras culturales.

Quienes se oponen lo hacen porque ven en ella unas normas de lenguaje y comportamiento que asfixian la libertad a cambio de poco. La incorrección política conecta con la gente que quiere desafiar la espiral del silencio impuesta por lo que consideran una vacua corrección. Y con su TRUMPantojo, y quizá sin pretenderlo, este líder políticamente incorrecto les ha proporcionado realidades con las que concluir en un rígido y solemne desfile real: “¡Pero si el rey va desnudo!”.

Lo que motivó el voto

Hoy es políticamente incorrecto poner el ojo en datos como los que menciono a continuación, que, por cierto, apenas han ocupado espacio en los medios de comunicación.

¿Qué más puede haber detrás de esos 72 millones de votos? Quizá sea la reacción instintiva de a quienes este líder les sale ganador en la comparación con el común de los políticos: cumplió lo que prometió.

Quizá también opere en algunos la constatación de que este presidente es el primero en décadas que, sin enviar tropas, ha conseguido importantes acuerdos internacionales (véase, por ejemplo, el logrado con Corea del Norte, o los acuerdos de Oriente Medio entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos y Bahrein).

En otros habrá podido influir el cálculo de que el sistema introducido por Trump, por el cual el Estado paga a los ciudadanos para mantener un seguro médico, resulta mejor que todo lo planteado hasta el momento.

Pero probablemente para muchos habrá sido determinante en su voto ese cúmulo de experiencias que derivan del hecho de que en el año 2020 los Estados Unidos será la economía del G-7 con mejores resultados: superando las previsiones del FMI, el PIB ha crecido más rápidamente que en los dos mandatos de Obama, convirtiendo a Estados Unidos en destino preferido para la inversión extranjera.

Soy consciente de que aquí el análisis económico no es completo, pero creo que eso no impide especular que muchos hayan acudido a la urna despreciando quizá a ese líder tachado de histriónico, racista y misógino, pero experimentando una mejora de la clase trabajadora (los salarios de los peor pagados han subido más que los del resto), un importante crecimiento de los ingresos familiares y, en fin, un desempleo en su más bajo nivel desde 1960.

Solo con algo así se puede explicar que el 3 de noviembre Trump reforzara su posicionamiento en todas las franjas sociales: mujeres, latinos, blancos, obreros (por ejemplo, no solo no perdió el voto que le otorgó el manufacturero estado de Michigan, sino que ahí ganó 400 000 votos más, aunque Biden le aventajara por 40 000), e incluso afroamericanos (Trump es el candidato republicano que obtuvo el mejor resultado en este sector de la población desde 1996).

Para poder entender hacia dónde va la sociedad

Estos datos dibujan a un votante que es mezcla de emoción y razón, y al cual difícilmente se llegará si la conclusión extraída de la época trumpista fuera que todo es cuestión de azuzar la ira y el odio.

Trump nunca se ha llevado bien con la verdad, y su trampantojo ha forzado perspectivas, transportando al polo opuesto la reacción a la corrección política. Quiso hacer bandera de ello, y creyéndose su ilusión, fue de machito para defender que es quien mejor puede demostrar que se engañan y engañan quienes se quedan en ciertos clichés; políticos muy políticamente correctos, pero de los que no salen políticas verdaderamente transformadoras y enriquecedoras para la vida cotidiana de las personas.

De puertas adentro, la ilusión creada por el TRUMPantojo no ha distraído a muchos votantes de lo que de verdad les importa. Se mantienen capaces de castigar toda ilusión que resulte ser fatua.

De puertas afuera, quizá haya que admitir que sus aspavientos de incorrección le han generado una antipatía mundial que sí nos ha dificultado apreciar una realidad que opera y seguirá operando en todas las naciones y en todos los tiempos: que lo que se comunica con hechos (como un buen seguro médico o un mejor salario) siempre acaba haciendo clic al sentido común.

Esto apunta un desafío que no es solo para Biden, quien anuncia querer sanar las heridas de esa otra mitad de su país. La covid-19, que se impone con datos incontestables de muerte, enfermedad, soledad y dolor, está retando a los gobiernos a comprender los galopantes cambios que esta pandemia genera.

La reflexión que nos debe dejar esta nueva victoria del Trump derrotado en las urnas es la de que, aún con los populismos, las personas siguen albergando la posibilidad de ser una armoniosa combinación de emoción y razón. Cuando menos, solo dando espacio a esa posibilidad podremos entender mejor hacia dónde se dirige esta sociedad.

Catedrática de Comunicación Política y del Sector Público., Universidad Complutense de Madrid

13 de noviembre 2020

The Conversation

https://theconversation.com/descifrando-a-trump-mas-alla-de-la-posverdad-y-el-populismo-149604?utm_medium=email&utm_campaign=Novedades%20del%20da%2016%20noviembre%202020%20en%20The%20Conversation%20-%201786617336&utm_content=Novedades%20del%20da%2016%20noviembre%202020%20en%20The%20Conversation%20-%201786617336+CID_5651bff899339f54581c4d4c103e29f0&utm_source=campaign_monitor_es&utm_term=Descifrando%20a%20Trump%20Mas%20all%20de%20la%20posverdad%20y%20el%20populismo

 6 min


Josep Borrell

La elección de Joe Biden como próximo presidente de los Estados Unidos ha suscitado esperanzas en Europa de que la relación transatlántica vuelva a encarrilarse. Pero no hemos de contentarnos con una simple vuelta al pasado. Frente a tantos desafíos nacionales e internacionales, los Estados Unidos solo valorarán la relación transatlántica en la medida en que aporte un valor real. Y una Europa más fuerte, que asuma más

Se ha hablado mucho de lograr la «autonomía estratégica europea», pero ¿qué significa esto en la práctica? La autonomía no debería suponer una total independencia o aislamiento del resto del mundo, sino más bien la capacidad de pensar por nosotros mismos y de actuar de acuerdo con nuestros propios valores e intereses. La Unión Europea necesita lograr este tipo de autonomía, reforzando al mismo tiempo nuestras alianzas y preservando nuestro compromiso con el multilateralismo.

La UE se enfrenta a graves retos estratégicos en un contexto internacional tan polarizado como el actual, en el que están aumentando las rivalidades geopolíticas y la competencia entre grandes potencias. Esta es la razón por la que, como afirmó en una ocasión con contundencia la canciller alemana, Angela Merkel, «los europeos tenemos realmente que tomar las riendas de nuestro propio destino».

Durante mucho tiempo, el debate sobre la autonomía estratégica se ha centrado principalmente en temas de seguridad y defensa. Algunos vieron en este planteamiento un intento de buscar alternativas a la cooperación en materia de defensa en el seno de la OTAN. Otros consideraron, incluso, que se había puesto en tela de juicio el compromiso de América con Europa y que podría ya estar en marcha una mayor desvinculación.

No cabe duda de que la OTAN ha desempeñado un papel indispensable en la seguridad europea. Toda consolidación de la capacidad de seguridad de Europa debe desarrollarse en el marco de la alianza. Como han subrayado los sucesivos líderes estadounidenses, Europa debe aumentar su propia contribución a la defensa, para hacer frente a la percepción de que son solo los Estados Unidos quienes financian la seguridad transatlántica. Aunque el gobierno de Biden implicará un cambio de tono y un enfoque menos conflictivo, es de esperar que, en lo que respecta al gasto en defensa, exija a Europa lo mismo que sus predecesores. Los intereses geopolíticos fundamentales de América no cambiarán.

Afortunadamente, la UE ya está trabajando en varios frentes para reforzar la asociación transatlántica. En el marco de los esfuerzos de la Cooperación Estructurada Permanente (CEP), los miembros europeos de la OTAN están ayudando a colmar las lagunas en las capacidades de la alianza y están trabajando para cumplir, en 2024, con su compromiso de gastar el 2 % del PIB en defensa. También hay que destacar que la creación del nuevo Fondo Europeo de Defensa (FED) representa un paso importante hacia la mejora de las capacidades de la industria militar europea.

Pero los retos europeos en materia de seguridad van más allá de las competencias tradicionales de la OTAN. Desde el Sahel y Libia hasta el Mediterráneo oriental, no son pocas las crisis que exigen una respuesta europea firme. La tarea de la UE es definir una posición común a partir de la cual pueda actuar para mantener la estabilidad regional.

Para tener éxito, Europa debe desarrollar su propio marco de seguimiento y análisis de las amenazas, de modo que pueda pasar rápidamente de la evaluación de amenazas a la operacionalización y la respuesta. Esta es la razón por la que estamos desarrollando un rumbo estratégico (Strategic Compass).

Es fundamental que el debate sobre la autonomía estratégica se extienda mucho más allá de las cuestiones de defensa y seguridad, pues, como ha demostrado la crisis de la COVID-19, temas como la salud pública y la interdependencia económica son también de gran importancia.

La autonomía estratégica es el marco conceptual que Europa necesita para abordar estas cuestiones y comprender su interrelación. Consideradas aisladamente, las mascarillas y los medicamentos no son productos estratégicos. Sin embargo, la ecuación cambia cuando la producción de estos artículos se concentra en unos pocos países. Lo mismo sucede con el abastecimiento de metales raros, las redes sociales y otras plataformas digitales, y tecnologías como la 5G.

Para ayudar a los países de la UE a abordar estas y otras muchas cuestiones, la Comisión Europea ha propuesto una serie de nuevos instrumentos, como el mecanismo que entró en vigor el mes pasado para controlar las inversiones extranjeras en la UE. Pero para lograr la autonomía estratégica será necesario también aprovechar al máximo el poder del mercado único europeo. Por su dimensión y alcance, el mercado único ofrece numerosos instrumentos para salvaguardar los intereses europeos en lo que se refiere a las infraestructuras críticas, la inversión extranjera, las subvenciones estatales (de las que se benefician determinados inversores extranjeros) o las exportaciones de doble uso (militar y comercial).

Por ejemplo, ahora somos más conscientes de las vulnerabilidades que genera una relación económica cada vez más desequilibrada con China, por lo que hemos convertido la reciprocidad en un objetivo central en nuestras negociaciones sobre un acuerdo de inversión. El desarrollo económico de China y los beneficios que ha aportado a sus ciudadanos no son un problema para Europa, pero no podemos permitir que la expansión internacional de China se produzca a expensas de nuestros propios intereses y valores. Esta es la razón por la que hemos optado por un enfoque dual, tratando a China como un socio importante, pero también como competidor y rival sistémico.

En general, el principal objetivo de la UE debe ser reforzar su papel y su influencia en el mundo y convertirse en un socio preferente. El concepto de autonomía estratégica es esencial para esta ambición y, por ello, la autocomplacencia estratégica no es una opción para Europa.

13 de noviembre 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/why-the-eu-must-achieve-str...

 4 min


Ismael Pérez Vigil

Es tiempo de volver a plantearse –hay que hacerlo continuamente– cuál es el fundamento estratégico de la oposición para salir de este régimen de oprobio; porque aclarado ese punto es lo que permitirá definir, por ejemplo, las políticas de alianzas, nacionales e internacionales.

No insistiré, lo he hecho muchas veces, en lo dañino que es la pérdida de confianza en el voto, en su carácter de universal, directo y secreto para elegir las autoridades, dirimir diferencias y llegar a consensos en una sociedad. Pero he de reconocer que la vía electoral está cerrada, al menos por el momento.

No solo no es la opción que se plantean los partidos que conforman la oposición democrática, sino también, y esto es lo verdaderamente importante, hay fuertes e innegables evidencias de que esa opción es hoy rechazada a nivel popular. Nadie cree en estos momentos en los procesos electorales; nadie tiene confianza en que el régimen no se aprovechará de su posición de poder para manipular el proceso y los resultados, sin que nada se lo impida, pues nadie confía en el supuesto árbitro, que no es tal, el CNE. Por lo tanto, hay que admitir que al menos por el momento, la vía electoral está cerrada.

Cerrada esa vía, solo quedan dos posibles: la opción de la fuerza, sea interna o internacional o un proceso de negociación, que conduzca a la convocatoria de unas elecciones, en condiciones justas y equilibradas, con observación internacional.

La salida de fuerza, por la vía de una intervención militar externa también luce hoy descartada. Ningún país o grupo de países, ni organismo multilateral está dispuesto a emprenderla, o participar en ella y así lo han declarado en diversos momentos y por diversas vías. Los países que reconocen y respaldan a la oposición democrática, insisten en la vía electoral para salir de la crisis venezolana.

Incluso ahora, que se vislumbra ganador el candidato demócrata en los EEUU, esta perspectiva de la intervención externa luce menos probable, toda vez que el candidato ganador ha declarado que piensa en una salida por la vía electoral y es evidente su acercamiento a la Unión Europea, que impulsa las elecciones para resolver la crisis política en Venezuela. En realidad, la perspectiva de la intervención militar siempre estuvo descartada por los EEUU, incluso bajo la presidencia de Donald Trump que, habiendo alentado esa perspectiva, con su diplomacia de micrófonos, nunca estuvo dispuesto a llevarla a cabo.

Una salida de fuerza, militar, interna, es para mí indeseable y además no parece tampoco que sea una opción factible; no luce que nuestros militares estén dispuestos a “rebelarse” contra un régimen con el que les ha ido tan bien y del cual, en realidad, son el único soporte, porque al hacerlo sostienen sus propios intereses.

De manera que no creo que la intervención militar sea la salida; pero tampoco creo que quienes hoy detentan el poder por la fuerza se van a ir simplemente con marchas y manifestaciones; pero eso forma parte del proceso de agitación que hay que mantener para que se produzca lo que al final sí creo que puede acabar con este régimen, que es el quiebre del bloque hegemónico que los mantiene en el poder: militares, corruptos y menos corruptos y una base de empresarios enchufados; si estos dos grupos ven que sus intereses, en lo personal, comienzan a estar amenazados, por agitación interna y aislamiento internacional, no dudarán en quitar el apoyo a la dictadura. Yo creo que eso es lo que hay que lograr con un efecto tenaza o de pinza: movilización popular interna y apoyo internacional con presión y sanciones que afecten a la dictadura, pero sobre todo a esos militares, funcionarios y empresarios enchufados que quieren disfrutar de esos bienes mal habidos.

Pero eso solo conducirá a lo que es el meollo del problema y de este artículo, que no podemos seguir negándonos a discutir frontalmente: que se abra un proceso de negociación, con sólido apoyo internacional, con fuerte y decidida movilización popular interna, que fuerce una “salida” de la dictadura, que se vea obligada a negociar el abandono del poder y a que se concrete, al final, una salida electoral.

Volvemos entonces al principio: al final serán la negociación y la vía electoral los factores que diriman la situación. A menos, claro está, que se produzca una intervención militar, interna o internacional, en cuyo caso quienes se alcen con el poder tras desplazar al régimen impondrían sus condiciones, plazos, formas, etc.; pero si no es así, a la larga, todo nos llevará a una salida electoral.

El tema, entonces, de la negociación, es también un tema que se impone discutir, por más que hoy esté “satanizado” el término. El rechazo al mismo, en algunos sectores políticos de oposición y en una parte de la población, se debe en buena medida a los fracasos de los diálogos y las negociaciones previas –en Venezuela, República Dominicana y Barbados, con mediación de El Vaticano y Noruega– que dejaron un amargo sabor, difícil de superar.

También, porque parte de la satanización proviene de quienes enfatizan el carácter hamponil, narcotraficante, violador de derechos humanos del régimen, cosa que no dudamos y que obviamente dificulta emprender el proceso de cualquier salida negociada. Cuando se argumenta: ¿Quién en su sano juicio negociaría con hampones, narcotraficantes y violadores de derechos humanos?, obviamente es difícil aceptar esa perspectiva. Pero eso olvida o soslaya que esa es nuestra realidad política: el poder no lo detentan unos monjes franciscanos ni unos adoradores de la no violencia, con quienes sería muy grato negociar.

Algunos sectores políticos opositores, que niegan esa perspectiva, con esa argumentación o parecida, cabalgan políticamente sobre la ola y lo hacen con facilidad, pues solo plantean salidas utópicas, por irrealizables, con las que nunca “fracasan”, pues es imposible fracasar, con utopías irrealizables. Pero tampoco tienen éxito; solo están allí, siempre, en la práctica bloqueando cualquier alternativa de solución.

Sabemos bien quienes detentan por la fuerza el poder, de quienes conocemos sus cualidades morales y personales, su largo prontuario delictivo, de corrupción y uso de la fuerza, ¿por qué habrían de abandonar el poder si tienen el pleno control y toda la fuerza, sí no se les da algunas “garantías” que les sean razonables para dejarlo?; aunque suene cínico decirlo con ellos es que hay que negociar, para el bien del país, para salir de esta tragedia y no seguir hundiéndonos.

Nuestra tarea, lo que hay que lograr es una sólida y unida fuerza opositora, un país movilizado en lo interno y apoyado internacionalmente, que permita una negociación exitosa.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Carlos Raúl Hernández

Freud replanteó al final de su vida la teoría del inconsciente o Ello, que al comienzo creía campo de batalla de dos fuerzas opuestas y endógenas: Eros y Tánatos, creación y destrucción, amor y violencia. En Malestar en la cultura, concluye que en el Ello no hay dos, sino una sola energía, Eros, la fuerza vital, que reacciona conforme a la adversidad del entorno. El ser humano lucha para calmar necesidades, hambre, sed, sexo, cubrirse del frío, pero la escasez, el principio de la realidad pone límites.

No tenemos todo lo que ansiamos, la realidad reprime al Eros, al placer, pues si tomáramos lo que se nos ocurre, sería la ley de la selva. La sociedad no es naturaleza, no están disponibles todas las cosas, los bienes ni los cuerpos, ni somos lobos para saciar pulsiones in situ. La cultura nos enseña a controlarnos, auto reprimirnos, que existen momentos y lugares para la satisfacción, pero también lo inalcanzable, y que se castiga invadir el fuero de los otros.

La realidad produce frustración, neurosis y descubrimos que las uvas están verdes. Para la aporía utópico nihilista de Michel Foucault y otros ideólogos, la sociedad es malvada, castigadora, impide la felicidad. Su antropología es una nostalgia por los neandertales que de un leñazo en la cabeza de la hembra y resolvían indisposiciones al acto sexual. Miles de años de pugna, de una relación contradictoria entre cultura y sociedad, instituciones y biología y convivimos a la sombra de la ley, la sanción por irrespetarla, y de Dios.

Bajo su amparo, la sociedad conquistó los más altos niveles de riqueza y libertad. Pese a Foucault, los que arrasaron con los tótem y tabú, ley y propiedad, vigilar y castigar, se sumieron en entropía, barbarie, miseria y tiranía hasta que regresó el orden social. Pero este es tan frágil, que basta que parpadeen las barreras represivas por catástrofes o tumultos, para que regresen el pillaje, la violencia y la barbarie.

Bestias populares
EEUU evidenció que la sociedad más libre podía contagiarse desde el poder, no solo de Covid-19, sino de irracionalidad. Cerca de la mitad de la ciudadanía contrajo calumnia, arbitrariedad, fanatismo, insulto, abuso de poder, rápidamente los vio normales, arquetipos de conducta. Los grupos terroristas que irrumpieron contra Bill Clinton, aquella Milicia de Michigan, los que detonaron el edificio de Oklahoma City, o Unabomber, volvieron ahora con Attack y sicópatas uniformados que acosan gobernaciones, con el apoyo ostensible de Trump.

¿Cómo y por qué personas apacibles, con vidas organizadas, devienen fieras a la prédica de demagogos populistas y feroces? ¿Por qué hubo simpatía por Hitler, Mussolini, Perón, Fidel y por caudillos del presente? Muchas veces he citado a Isaiah Berlin: las sociedades democráticas se arrodillan frente a los hombres fuertes, y las instituciones protectoras se desnudan ante el violador.

Trump lo hizo y no metafóricamente, hasta toparse con el bofetón de la bella Alicia Machado y luego con Biden y Kamala. La explicación psiquiátrica la pediría a Alirio Pérez Lo Presti, pero en la historia, que la bestialidad se convierta en poder de masas es frecuente, frente a un poderoso y sin escrúpulos. Pesadillas manchan el pasado, la inquisición, el terror revolucionario, el stalinismo, el nacionalsocialismo, el castrismo, el videlismo.

Inquirimos sobre qué explica el apoyo colectivo a esos horrores, que creemos irrepetibles, pero que siempre están por repetirse. Gente normal, parte de 47 millones que votaron por Trump, difundieron que Hillary Clinton y Biden manejan una red pedófila junto, son comunistas y eliminarán Acción de Gracias y la Navidad. La pesadilla no está enterrada. De cualquiera emerge un energúmeno, pero también quien menos esperamos puede ser generoso e incluso heroico.

Un tiburón enganchaste
Si la egolatría, el desprecio por el otro y los instintos predominan sobre el superego, los valores, tendremos un maltratador, una bestia social. Shakespeare, el verdadero creador de sicoanálisis, en La violación de Lucrecia describe la fisiología de su mente en el poema que recrea una leyenda de por qué cae la monarquía romana. Tarquino hijo del rey, se encapricha con Lucrecia, la bella esposa de Colatino, un importante oficiales del ejército, quien estaba en batalla.

Frío, sin clemencia, “con el pecho maluco”, premedita la emboscada pese al terrible daño a sus amigos. Evalúa el escándalo en la nobleza, la humillación de Colatino en el ejército, pero el hijo del gran Tarquino el Soberbio no se arredra y va a la casa de Colatino. Shakespeare se complace, como siempre, en describir el mal en la fisiología de la mente criminal. Estaba decidido, destruiría vidas, pero al final unos ganan y otros pierden.

La violó a punta de espada, Lucrecia se suicida luego de contar a su marido su desgracia. Según la leyenda, eso desencadenó la caída de la tiranía y nace la república romana. La prédica corruptora desde la cúpula afectó a la sociedad norteamericana, pero lo más importante: ella misma expulsó el virus y rápido recuperará la salud para bien del mundo.
@CarlosRaulHer

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Jesús Elorza G.

Ver a las estrellas del deporte olímpico arrestadas y condenadas a prisión por expresar su opinión sobre el gobierno nacional de su país sería surrealista para los fanáticos del deporte en la mayoría de las naciones., pero en Bielorrusia, pequeño país de Europa del Este, este escenario ha sido parte de la vida diaria durante más de dos meses.

Para hacer dicho escenario aún más surrealista, los arrestos de los atletas son ordenados por el presidente del Comité Olímpico Nacional (CON) de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, quien también resulta ser el presidente de ese país, contra el cual los atletas y miles de otros manifestantes. están luchando.

Hasta el momento, diez atletas bielorrusos, incluido el ícono nacional del baloncesto olímpico Yelena Leuchanka, han sido condenados a hasta 15 días de prisión por participar en protestas callejeras pacíficas contra el presidente Lukashenko, quien ha sido acusado de fraude electoral desde agosto, cuando fue reelegido como presidente del país para un sexto mandato.

Según la Fundación de Solidaridad Deportiva Bielorrusa, al menos otros veinte atletas en el país han sido excluidos de sus equipos nacionales, perdieron el apoyo financiero del estado o fueron expulsados de los clubes deportivos patrocinados por este, solo por usar su libertad de expresión para criticar el gobierno de Lukashenko, ampliamente etiquetado como "el último dictador de Europa".

A pesar de la incertidumbre que pesa a futuro sobre sus carreras, los deportistas bielorrusos están decididos a seguir protestando hasta que el régimen de Lukashenko sea historia, dice Aliaksandra Herasimenia, nadadora bielorrusa, triple medallista olímpica y directora de la Fundación Bielorrusa de Solidaridad Deportiva.

Más de 900 atletas, entrenadores y dirigentes deportivos bielorrusos han firmado una carta abierta en la que exigen una nueva elección. Como Lukashenko durante décadas ha hecho del deporte una piedra angular de su propaganda personal y política, es un duro golpe para su prestigio que tantos héroes deportivos nacionales se vuelvan contra él.

Desde su exilio en Vilnius, la capital de Lituania, Aliaksandra Herasimenia ahora está tratando de convencer al Comité Olímpico Internacional (COI), a los Comités Olímpicos Nacionales y a las Federaciones Deportivas Internacionales de la necesidad de apoyar la lucha por la democracia que hoy libran los atletas bielorrusos al lado de su pueblo.

El apoyo del Comité Olímpico Internacional (COI) puede que no sea una tarea fácil. Porque ese organismo, al que Aliaksandra Herasimenia y las Fundacion Bielorrusas de Solidaridad Deportiva han acudido en busca de ayuda, es el mismo COI que durante décadas ha sido leal al presidente que los atletas intentan derrocar a traves de elecciones libres y democráticas.

El dilema bielorruso del COI se remonta a mayo de 1997, cuando este organismo aceptó que el presidente Lukashenko asumiera el control político del deporte olímpico en la ex república soviética.

Tres años después de ser elegido presidente de Bielorrusia, el ex oficial de la KGB (policía secreta estatal) del Ejército Rojo, se colocó en el cargo de jefe del Comité Olímpico Nacional de la República de Bielorrusia.

Durante más de 23 años, el COI no ha hecho nada para evitar que el presidente bielorruso utilice su posición olímpica como herramienta para permanecer en el poder político, los últimos dos años con el apoyo de su hijo mayor, Viktor Lukashenko, desde el cargo de primer vicepresidente del Comité Olímpico Bielorruso.

La duradera lealtad olímpica a Lukashenko en su doble función como jefe de estado y jefe de deportes en Bielorrusia ha demostrado, una vez mas, el silencio cómplice de las autoridades olímpicas frente a los regímenes dictatoriales.

Frente al llamado de solidaridad de la Federación de Deportistas Bielorrusos cabe preguntar cual es o será la posición del Comité Olímpico Venezolano. ¿Al lado de los deportistas o del dictador?

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