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Opinión

Benjamín Tripier

Análisis de Entorno

La situación interna -en lo político, social y económico- se le complicó al gobierno, y se le ha vuelto volátil por la pérdida de apoyo interno que lo afecta; cada vez más distante del partido, y cada vez más lejos del movimiento (chavista), y de las condiciones que le dieron legitimidad en las elecciones del 98; hoy está en su peor momento desde su constitución como movimiento revolucionario. Por lo cual debería considerar seriamente revisar sus principios y ajustar el rumbo. Pero, en vez de hacerlo, se blinda con la nueva Ley Constitucional Antibloqueo, ya no frente a la oposición, o al exterior (donde no se la reconocerán), sino frente al partido y al movimiento.
La capacidad de maniobra que no pudo conseguir con una constitución a su medida, la estaría buscando por esa vía; la cual presenta aristas de flexibilidad en lo económico, pero, en lo político, le da una capacidad casi ilimitada –supraconstitucional- para emprender cualquier acción interna, con la excusa del bloqueo.
La suspensión o postergación de las elecciones del 6D, podrían, ahora sí, entrar en el mapa de posibilidades, pues esa nueva AN resultante, aunque elaborada a la medida del gobierno, podría significarle una molestia a la hora de tener que operar en forma dictatorial, como todo indica que tendrá que hacerlo, cuando el espacio de maniobra se le estreche más aún. Porque de todas maneras, con o sin ella, siempre estaría la AN original de Guaidó, como parte del doble comando que regresó por sus fueros.
Político
La formalización de la consulta popular por parte de la AN –que está dentro de sus facultades- le dará una base al accionar del ecosistema opositor, que dejará de ser abstencionista, y moverá su fuerza y su energía a la participación cívica en la consulta; cuya fecha aún no se conoce, pero debiera ser previa al 6D. El despliegue nacional de los dirigentes, para promover la consulta, debería servir al mismo tiempo para apoyar y organizar las protestas populares genuinas y pacíficas (ojalá sigan así y la gente no se moleste) que todos los días se están dando a lo largo y ancho del país. Y que el gobierno no debería ser un obstáculo para la consulta, porque es un derecho constitucional.
Social
Las colas de la gasolina que en el interior del país pueden durar días, y en Caracas varias horas, se han vuelto un foco de medición del humor popular y a quienes ellos, los “colistas”, atribuyen los problemas que viven en la cola, que son básicamente dos: la falta de combustible, a Chávez y Maduro, y los abusos en el servicio, a la fuerza armada. Ya hace tiempo que la FANB perdió la capacidad de ser el fiel de la balanza, al declararse públicamente chavista; pero ahora, además le suma el resentimiento popular, haciendo que su reputación negativa, entre el común de la gente, se haga difícil de ser recuperada.
Económico

El salto del dólar a Bs 400 mil podía ser analizado desde los escalones resultado de la dinámica perversa a la que nos hemos ido acostumbrando; pero al aumento, que va más allá de esos “límites”, hay que atribuirlo a la inyección de dinero al sistema vía los pagos de PDVSA, de la semana pasada; contradiciendo a la estrategia monetaria restrictiva que desde hace tiempo tratan de imponer vía el encaje extraordinario. Lo que hacen con la mano lo terminan borrando con el codo. Estando claros que el dólar y la inflación se mueven en circuitos diferentes, pero tienen como vaso comunicante, justamente, a la emisión monetaria.
Internacional
La semana se caracterizó por un desagradable debate presidencial en EEUU donde ambos mostraron su lado oscuro; aunque tal vez Trump lo haya capitalizado en algo, de cara a su electorado duro, aparentemente afín a ese tipo de estrategia agresiva. Como luego se contagió de covid, es posible que lo último haya opacado lo anterior. Si algo le faltaba a esa campaña era la incertidumbre de si un hombre de más de 70 años, infectado, podría terminar la campaña o si debería haber un plan “B”.
Por otra parte la UE consolidó su posición de no reconocimiento del 6D, lo cual podría considerarse una derrota personal para Borrell, que estaba promoviendo el reconocimiento a casi cualquier costo…pero no pudo.
Y finalmente, la siempre ambigua posición argentina frente a Venezuela con un embajador en la OEA desconociendo las torturas de los informes de la ONU (FFM y Bachelet), y al día siguiente retractándose
Recomendación
· Al gobierno, que permita el retorno a la normalidad, aprobando protocolos específicos de bioseguridad para cada actividad. Por ejemplo, el retorno a las actividades deportivas, a las playas y a los clubes recreacionales, para mitigar de a poco, el daño psicológico que la decisión de la cuarentena le produjo a la sociedad
· A la dirigencia de la oposición, que aproveche el momento político y social favorable, para desplegarse a nivel nacional y presente un panorama positivo del país que podemos ser, y ponga a la gente a “soñar” con un futuro mejor
· A los empresarios, que tienen que ser creativos y buscar la mejor manera de superar esta coyuntura tan difícil. De la crisis hay que sacar cosas buenas

@btripier
@benjamintripier
btripierntn@gmail.com

 4 min


Carlos Raúl Hernández

A mi amigo Víctor Cadet quien sugirió el tema

Hace 20 años la oveja “Dolly” estremeció al mundo y se decía que ya andaban en las calles y comían fish and chips varias personas clonadas. La comunidad científica en pánico cerró la entrada al abismo descubierto, y la investigación perseguida se desplazó a Oriente. Dos décadas después, 15 de noviembre de 2018, supimos que el médico investigador Hi Jiankui inmunizó genéticamente contra el VIH dos gemelas recién nacidas, sin aval del instituto donde trabajaba, ni del gobierno. Hoy cumple arresto domiciliario.


Por eso ya antes de la performance del Covid-19, su “capitalismo iliberal” y autoritarismo tecnológico, a China se le asocia con el laboratorio de Lex Luthor. El arte y la literatura temen irracionalmente que la ciencia traicionará a sus creadores para esclavizarlos, y el cine vive una recurrente rebelión de máquinas, cyborgs, mentes “subidas a la nube”, Schwarzenegger o Keanu Reeves, y computadoras que sabotean misiones espaciales de Kubrick en 2001 Odisea del espacio.


Ese terror lo llamé en un libro “síndrome Frankenstein” (Vértigo comunicacional, caos global:2003). Las dizque dramáticas relaciones hombre-techno matizan la teoría y desatan desde los cincuenta la críptica discusión sobre transhumanismo (h+) término acuñado según algunos por el teólogo Theilhard de Chardin. Otros dicen que Julian Huxley, biólogo hermano de Aldous, creador del “transhumanismo evolutivo” o reformista.

Trashumar llama Dante pasar al cielo, lo que dice sentir con Beatriz. ¿Será que la confluencia hipertecnológica: inteligencia artificial, robótica, nanotecnología, ingeniería genética, neurociencia, cirugía regenerativa, trasplantes, prótesis-órtesis, biotecnología informática, células madre, conduce al superhombre nietzscheano, - ¿el cyborg? -, que comenzaría en el automercado genético, donde los padres escogerían las hormas de sus hijos por venir?


Solo existe la Matrix
También por bio-hackeo los dotarían de condiciones físicas, súper inteligencia, inmunidades, destrezas, propensión al arte, saberes, deportes o técnica (One aprendiendo en el tatami con Morpheus)… pero ¿cuáles serían las secuelas? Por ahora se problematiza el milagro porque las minifrankenstein del Dr. Hi Jiankui tendrán que estar bajo vigilancia médica de por vida, ya que son aleatorios los efectos que podría tener en ellas su ultra sistema inmunológico. ¿Qué de autoagresiones, como el lupus?

En los 60 y 70 con la avalancha revolucionaria, antidemocrática, antiliberal, totalitaria, antihumanista, el anarquismo existencial, varias generaciones de sicópatas brillantes, inconformes con la sociedad, sus cuerpos y vidas, se declaran en rebelión hasta contra la naturaleza humana, y cuestionan por “burgueses” tabús totémicos, incesto, pedofilia, bestialismo. El transhumanismo cultural de Foucault, Beauvoir, Derrida, Barthes, Sartre, Firestone, Deleuze, Millet, Butler, Singer. “Prohibido prohibir”.

Foucault dice que la llamada realidad son constructos sin dignidad, creaciones- voluntarias de la mente “dominante”, para someter, “vigilar y castigar”. En Las palabras y las cosas, que el hombre es también una ficción renacentista, “una creación del siglo XVI… que duró dos siglos”. Luego el kapitalismo lo enajenó, esclavizó y lo convirtió en esa piltrafa con esperanza de vida de 84 años que llegó a la luna, va a Marte, parió a Picasso, Kafka, Mahler y redujo la pobreza al nivel más bajo en 40.000 años.

Locura radical, mundo infantil para adultos para subvertir la cultura, el homo sapiens, la biología y hasta la muerte. Choque entre la ciencia concebida para mejorar la sociedad vs. la que quiere el hombre nuevo poshumano, cuyo gap con los hombres actuales será tan grande como el que hay entre nosotros y los primates. Peter Singer desde la izquierda propone además de eugenesia masiva, biohackear embriones para erradicar genéticamente la violencia.


Pata de palo
Otros “subvierten” desde la derecha. Afirman que quienes estén en el mundo en 2045, podrá vivir cientos, miles de años y posiblemente alcanzarán la inmortalidad. Que la crioconservación, contra toda evidencia, permitirá poner a funcionar un organismo complejo luego de congelarlo. Y creen en la posibilidad de escanear un cerebro y subirlo a la computadora o a la nube, otra forma de inmortalidad. Por lo visto, se superarán las enfermedades, pero no la del pensamiento: la utopía.

El transhumanismo (h+) tiene mucho de secta cienciológica o de new age, que a partir de avances reales en el conocimiento empegosta a la fuerza una especie de metafísica positivista, una ideología holística. Yuval Harari, por ejemplo, afirma “Kurzweil y De Gray son incluso más optimistas: sostienen que quienquiera que en el 2050 posea un cuerpo y una cuenta bancaria sanos tendrá una elevada posibilidad de alcanzar la inmortalidad al engañar a la muerte una década tras otra…”.

“…Cada diez años, aproximadamente, entraremos en la clínica y recibiremos un tratamiento de renovación que no solo curará enfermedades, sino que también regenerará tejidos deteriorados y rejuvenecerá manos, ojos y cerebro... en realidad, serán amortales, en lugar de inmortales… su vida no tendrá fecha de caducidad”. Por eso, con humor capaz de pulverizar el mármol más invulnerable, Freud escribió: “el hombre es Dios con prótesis”. (continuará)

@CarlosRaulHer

 3 min


Mariana Mazzucato

Después de la crisis financiera de 2008, los gobiernos de todo el mundo inyectaron más de 3 billones de dólares en el sistema financiero. El objetivo era descongelar los mercados de crédito y hacer que la economía mundial volviera a funcionar. Pero en lugar de apoyar la economía real -la parte que implica la producción de bienes y servicios reales- el grueso de la ayuda acabó en el sector financiero. Los gobiernos rescataron a los grandes bancos de inversión que habían contribuido directamente a la crisis, y cuando la economía se puso en marcha de nuevo, fueron esas empresas las que cosecharon los frutos de la recuperación. Los contribuyentes, por su parte, se quedaron con una economía mundial tan quebrada, desigual e intensiva en carbono como antes. "Nunca dejes que una buena crisis se desperdicie", dice una máxima popular de la política. Pero eso es exactamente lo que pasó.

Ahora, mientras los países se tambalean por la pandemia de COVID-19 y los consiguientes cierres, deben evitar cometer el mismo error. En los meses posteriores a la aparición del virus, los gobiernos intervinieron para hacer frente a las crisis económicas y sanitarias concomitantes, desplegando paquetes de estímulo para proteger los puestos de trabajo, emitiendo normas para frenar la propagación de la enfermedad e invirtiendo en la investigación y el desarrollo de tratamientos y vacunas. Estos esfuerzos de rescate son necesarios. Pero no basta con que los gobiernos intervengan simplemente como último recurso cuando los mercados fallan o se producen crisis. Deben dar forma activamente a los mercados para que ofrezcan el tipo de resultados a largo plazo que beneficien a todos.

El mundo perdió la oportunidad de hacerlo en 2008, pero el destino le ha dado otra oportunidad. A medida que los países salen de la crisis actual, pueden hacer algo más que estimular el crecimiento económico; pueden dirigir la dirección de ese crecimiento para construir una economía mejor. En lugar de prestar asistencia sin condiciones a las empresas, pueden condicionar sus rescates a la adopción de políticas que protejan el interés público y aborden los problemas de la sociedad. Pueden exigir que las vacunas COVID-19 que reciben apoyo público sean accesibles universalmente. Pueden negarse a rescatar a las empresas que no reduzcan sus emisiones de carbono o que no dejen de esconder sus beneficios en paraísos fiscales.

Durante demasiado tiempo, los gobiernos han socializado los riesgos pero han privatizado las recompensas: el público ha pagado el precio de la limpieza de los desórdenes, pero los beneficios de esas limpiezas se han acumulado en gran medida para las empresas y sus inversores. En tiempos de necesidad, muchas empresas se apresuran a pedir ayuda al gobierno, pero en los buenos tiempos, exigen que el gobierno se aleje. La crisis de COVID-19 presenta una oportunidad para corregir este desequilibrio mediante un nuevo estilo de negociación que obliga a las empresas rescatadas a actuar más en el interés público y permite a los contribuyentes compartir los beneficios de los éxitos que tradicionalmente se atribuyen únicamente al sector privado. Pero si en lugar de ello los gobiernos se centran únicamente en poner fin al dolor inmediato, sin reescribir las reglas del juego, entonces el crecimiento económico que siga a la crisis no será ni inclusivo ni sostenible. Tampoco servirá a las empresas interesadas en las oportunidades de crecimiento a largo plazo. La intervención habrá sido un desperdicio, y la oportunidad perdida sólo alimentará una nueva crisis.

LA PODREDUMBRE EN EL SISTEMA

Las economías avanzadas habían estado sufriendo grandes fallas estructurales mucho antes de que COVID-19 llegara. Por un lado, las finanzas se financian a sí mismas, erosionando así los cimientos del crecimiento a largo plazo. La mayoría de los beneficios del sector financiero se reinvierten en las finanzas -bancos, compañías de seguros y bienes raíces- en lugar de destinarse a usos productivos como la infraestructura o la innovación. Sólo el diez por ciento de todos los préstamos bancarios británicos, por ejemplo, apoyan a empresas no financieras, y el resto se destina a bienes inmuebles y activos financieros. En las economías avanzadas, los préstamos inmobiliarios constituían alrededor del 35% de todos los préstamos bancarios en 1970; en 2007, habían aumentado a alrededor del 60%. La estructura actual de las finanzas alimenta así un sistema impulsado por la deuda y las burbujas especulativas que, cuando estallan, llevan a los bancos y a otras personas a mendigar el rescate del gobierno.

Otro problema es que muchas grandes empresas descuidan las inversiones a largo plazo en favor de las ganancias a corto plazo. Obsesionados con los rendimientos trimestrales y los precios de las acciones, los directores generales y los consejos de administración de las empresas han recompensado a los accionistas recomprando acciones, aumentando el valor de las acciones restantes y, por lo tanto, de las opciones sobre acciones que forman parte de la mayoría de los paquetes de remuneración de los ejecutivos. En la última década, las compañías de Fortune 500 han recomprado más de 3 billones de dólares de sus propias acciones. Estas recompras se hacen a expensas de la inversión en salarios, capacitación de los trabajadores e investigación y desarrollo.

Luego está el vaciamiento de la capacidad del gobierno. Sólo después de un fallo explícito del mercado suelen intervenir los gobiernos, y las políticas que proponen son demasiado escasas, demasiado tardías. Cuando el Estado no es visto como un socio en la creación de valor sino como un simple fijador, los recursos financiados públicamente se ven privados de recursos. Los programas sociales, la educación y la atención sanitaria no reciben fondos suficientes.

La relación entre el sector público y el privado se rompe.

Estos fracasos se han sumado a mega crisis, tanto económicas como planetarias. La crisis financiera fue causada en gran medida por el exceso de crédito que fluyó hacia los sectores inmobiliario y financiero, inflando las burbujas de activos y la deuda de los hogares en lugar de apoyar la economía real y generar un crecimiento sostenible. Mientras tanto, la falta de inversiones a largo plazo en energía verde ha acelerado el calentamiento global, hasta el punto de que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas ha advertido que al mundo le quedan sólo diez años para evitar sus efectos irreversibles. Sin embargo, el gobierno de los Estados Unidos subvenciona a las empresas de combustibles fósiles con unos 20.000 millones de dólares al año, en gran parte mediante exenciones fiscales preferenciales. Los subsidios de la Unión Europea ascienden a unos 65.000 millones de dólares al año. En el mejor de los casos, los encargados de formular políticas que tratan de hacer frente al cambio climático están considerando la posibilidad de ofrecer incentivos, como impuestos sobre el carbono y listas oficiales de las inversiones que cuentan como ecológicas. No han llegado a emitir el tipo de reglamentos obligatorios que se requieren para evitar el desastre para 2030.

La crisis de COVID-19 sólo ha empeorado todos estos problemas. Por el momento, la atención del mundo se centra en sobrevivir a la crisis sanitaria inmediata, no en prevenir la próxima crisis climática o la próxima crisis financiera. Los cierres han devastado a la gente que trabaja en la gigante peligrosa economía. Muchos de ellos carecen tanto de los ahorros como de las prestaciones del empleador, a saber, la atención de la salud y las licencias por enfermedad, necesarias para capear la tormenta. La deuda de las empresas, una de las principales causas de la anterior crisis financiera, sólo está aumentando a medida que las empresas obtienen nuevos y cuantiosos préstamos para hacer frente al colapso de la demanda. Y la obsesión de muchas compañías por complacer los intereses a corto plazo de sus accionistas las ha dejado sin una estrategia a largo plazo para superar la crisis.

La pandemia también ha revelado cuán desequilibrada se ha vuelto la relación entre el sector público y el privado. En los Estados Unidos, los Institutos Nacionales de Salud (NIH) invierten unos 40.000 millones de dólares al año en investigaciones médicas y han sido uno de los principales financiadores de la investigación y el desarrollo de los tratamientos y vacunas de COVID-19. Pero las compañías farmacéuticas no están obligadas a hacer que los productos finales sean asequibles para los estadounidenses, cuyo dinero de los impuestos los está subvencionando en primer lugar. La compañía Gilead, con sede en California, desarrolló su medicamento COVID-19, remdesivir, con 70,5 millones de dólares de apoyo del gobierno federal. En junio, la compañía anunció el precio que cobraría a los estadounidenses por un tratamiento: 3.120 dólares.

Era un movimiento típico de la Gran Farmacia. Un estudio examinó los 210 medicamentos aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. de 2010 a 2016 y encontró que "los fondos de los NIH contribuyeron a cada uno". Aun así, los precios de los medicamentos de EE.UU. son los más altos del mundo. Las compañías farmacéuticas también actúan en contra del interés público al abusar del proceso de patentes. Para evitar la competencia, presentan patentes que son muy amplias y difíciles de licenciar. Algunas de ellas están demasiado adelantadas en el proceso de desarrollo, permitiendo a las empresas privatizar no sólo los frutos de la investigación sino también las propias herramientas para llevarla a cabo.

Igualmente se han hecho malos tratos con Big Tech. En muchos sentidos, el Valle del Silicio es un producto de las inversiones del gobierno de EE.UU. en el desarrollo de tecnologías de alto riesgo. La Fundación Nacional de Ciencia financió la investigación detrás del algoritmo de búsqueda que hizo famoso a Google. La Armada de los Estados Unidos hizo lo mismo con la tecnología GPS de la que depende Uber. Y la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa, parte del Pentágono, apoyó el desarrollo de Internet, la tecnología de pantalla táctil, Siri, y todos los demás componentes clave del iPhone. Los contribuyentes se arriesgaron cuando invirtieron en estas tecnologías, pero la mayoría de las empresas tecnológicas que se han beneficiado no pagan su parte justa de impuestos. Entonces tienen la audacia de luchar contra las regulaciones que protegerían los derechos de privacidad del público. Y aunque muchos han señalado el poder de la inteligencia artificial y otras tecnologías que se están desarrollando en Silicon Valley, una mirada más atenta muestra que también en estos casos fueron las inversiones públicas de alto riesgo las que sentaron las bases. Sin la acción del gobierno, las ganancias de esas inversiones podrían volver a fluir en gran medida a manos privadas. La tecnología financiada con fondos públicos debe ser mejor gobernada por el Estado -y en algunos casos propiedad del Estado- para asegurar que el público se beneficie de sus propias inversiones. Como ha puesto de manifiesto el cierre masivo de escuelas durante la pandemia, sólo algunos estudiantes tienen acceso a la tecnología necesaria para la escolarización en el hogar, una disparidad que no hace sino aumentar la desigualdad. El acceso a la Internet debería ser un derecho, no un privilegio.

VALOR DE REPLANTEAMIENTO

Todo esto sugiere que la relación entre el sector público y el privado está rota. Arreglarlo requiere primero abordar un problema subyacente en la economía: el campo se ha equivocado en el concepto de valor. Los economistas modernos entienden el valor como intercambiable con el precio. Este punto de vista sería un anatema para los teóricos anteriores como François Quesnay, Adam Smith y Karl Marx, que veían los productos como teniendo un valor intrínseco relacionado con la dinámica de la producción, valor que no estaba necesariamente relacionado con su precio.

El concepto contemporáneo de valor tiene enormes implicaciones para la forma en que se estructuran las economías. Afecta a la forma en que se dirigen las organizaciones, a la forma en que se contabilizan las actividades, a la forma en que se priorizan los sectores, a la forma en que se ve al gobierno y a la forma en que se mide la riqueza nacional. El valor de la educación pública, por ejemplo, no figura en el PIB de un país porque es gratuita, pero sí el costo de los sueldos de los profesores. Es natural, entonces, que tanta gente hable de "gasto" público en lugar de "inversión" pública. Esta lógica también explica por qué el entonces director general de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, pudo afirmar en 2009, justo un año después de que su empresa recibiera un rescate de 10.000 millones de dólares, que sus trabajadores estaban "entre los más productivos del mundo". Después de todo, si el valor es el precio, y si el ingreso por empleado de Goldman Sachs está entre los más altos del mundo, entonces, por supuesto, sus trabajadores deben estar entre los más productivos del mundo.

Cambiar el statu quo requiere dar una nueva respuesta a la pregunta, ¿Qué es el valor? En este sentido, es esencial reconocer las inversiones y la creatividad que aportan una amplia gama de agentes de toda la economía, no sólo las empresas, sino también los trabajadores y las instituciones públicas. Durante demasiado tiempo, la gente ha actuado como si el sector privado fuera el principal impulsor de la innovación y la creación de valor y, por lo tanto, tuviera derecho a los beneficios resultantes. Pero esto simplemente no es cierto. Los medicamentos farmacéuticos, Internet, la nanotecnología, la energía nuclear, la energía renovable... todo ello se desarrolló con una enorme cantidad de inversión gubernamental y con la asunción de riesgos, a espaldas de innumerables trabajadores y gracias a la infraestructura y las instituciones públicas. Apreciar la contribución de este esfuerzo colectivo facilitaría que todos los esfuerzos se remuneraran adecuadamente y que los beneficios económicos de la innovación se distribuyeran de forma más equitativa. El camino hacia una asociación más simbiótica entre las instituciones públicas y privadas comienza con el reconocimiento de que el valor se crea colectivamente.

RESCATES MALOS

Más allá de repensar el valor, las sociedades deben dar prioridad a los intereses a largo plazo de los interesados en lugar de los intereses a corto plazo de los accionistas. En la crisis actual, eso debería significar el desarrollo de una "vacuna popular" para COVID-19, una que sea accesible a todos los habitantes del planeta. El proceso de innovación en materia de drogas debería regirse de manera que se fomente la colaboración y la solidaridad entre los países, tanto durante la fase de investigación y desarrollo como cuando llegue el momento de distribuir la vacuna. Las patentes deben ser agrupadas entre universidades, laboratorios gubernamentales y empresas privadas, permitiendo que el conocimiento, los datos y la tecnología fluyan libremente en todo el mundo. Sin estos pasos, una vacuna COVID-19 corre el riesgo de convertirse en un producto caro vendido por un monopolio, un bien de lujo que sólo los países y ciudadanos más ricos pueden permitirse.

En términos más generales, los países también deben estructurar las inversiones públicas de manera menos parecida a las dádivas y más parecida a los intentos de configurar el mercado en beneficio del público, lo que significa atar las cuerdas a la asistencia gubernamental. Durante la pandemia, esas condiciones deben promover tres objetivos particulares: En primer lugar, mantener el empleo para proteger la productividad de las empresas y la seguridad de los ingresos de los hogares. En segundo lugar, mejorar las condiciones de trabajo proporcionando una seguridad adecuada, salarios decentes, niveles suficientes de subsidios de enfermedad y una mayor participación en la toma de decisiones. Tercero, avanzar en las misiones a largo plazo, como la reducción de las emisiones de carbono y la aplicación de los beneficios de la digitalización a los servicios públicos, desde el transporte hasta la salud.

La principal respuesta de los Estados Unidos a COVID-19 -la Ley CARES (Coronavirus Aid, Relief, and Economic Security), aprobada por el Congreso en marzo- ilustra estos puntos a la inversa. En lugar de poner en marcha apoyos efectivos para la nómina de sueldos, como lo hicieron la mayoría de los demás países avanzados, los Estados Unidos ofrecieron mayores beneficios de desempleo temporal. Esta elección dio lugar al despido de más de 30 millones de trabajadores, lo que hizo que los Estados Unidos tuvieran una de las tasas más altas de desempleo relacionado con una pandemia en el mundo desarrollado. Debido a que el gobierno ofreció billones de dólares en apoyo directo e indirecto a las grandes empresas sin condiciones significativas, muchas empresas tuvieron la libertad de tomar medidas que podían propagar el virus, como negar días de enfermedad pagados a sus empleados y operar en lugares de trabajo inseguros.

La Ley CARES también estableció el Programa de Protección a los Sueldos, bajo el cual los negocios recibían préstamos que serían perdonados si los empleados se mantenían en la nómina. Pero el PPP terminó sirviendo más como un subsidio masivo en efectivo a las tesorerías corporativas que como un método efectivo de salvar empleos. Cualquier pequeña empresa, no sólo las que lo necesitaban, podía recibir un préstamo, y el Congreso rápidamente aflojó las reglas respecto a cuánto una empresa necesitaba gastar en la nómina para que se le perdonara el préstamo. Como resultado, el programa hizo una pequeña mella en el desempleo. Un equipo del MIT concluyó que el PPP entregó 500.000 millones de dólares en préstamos, pero sólo salvó 2,3 millones de puestos de trabajo en aproximadamente seis meses. Asumiendo que la mayoría de los préstamos son finalmente perdonados, el costo anualizado del programa es de aproximadamente 500.000 dólares por trabajo. Durante el verano, tanto el PPP como los beneficios de desempleo ampliados se agotaron, y la tasa de desempleo de los EE.UU. todavía superaba el diez por ciento.

El Congreso ha autorizado hasta ahora más de 3 billones de dólares en gastos en respuesta a la pandemia, y la Reserva Federal inyectó unos 4 billones de dólares adicionales más o menos en la economía - en total más del 30 por ciento del PIB de los EE.UU. Sin embargo, estos enormes gastos no han logrado nada en cuanto a abordar cuestiones urgentes y a largo plazo, desde el cambio climático hasta la desigualdad. Cuando la senadora Elizabeth Warren, demócrata de Massachusetts, propuso que se impusieran condiciones a los rescates para asegurar salarios más altos y un mayor poder de decisión para los trabajadores y restringir los dividendos, las recompras de acciones y los bonos de los ejecutivos, no pudo obtener los votos.

El objetivo de la intervención del gobierno era evitar el colapso del mercado laboral y mantener las empresas como organizaciones productivas, es decir, actuar como aseguradoras de riesgos catastróficos. Pero no se puede permitir que este enfoque empobrezca al gobierno, ni que los fondos financien estrategias empresariales destructivas. En caso de insolvencia, el gobierno podría considerar la posibilidad de exigir posiciones de capital en las empresas que está rescatando, como ocurrió en 2008 cuando el Tesoro de los EE.UU. asumió la propiedad de las participaciones en General Motors y otras empresas en problemas. Y al rescatar empresas, el gobierno debería imponer condiciones que prohíban todo tipo de mal comportamiento: entregar bonos intempestivos a los directores generales, emitir dividendos excesivos, realizar recompras de acciones, asumir deudas innecesarias, desviar beneficios a paraísos fiscales, participar en grupos de presión política problemáticos. También deberían evitar que las empresas se aprovechen de los precios, especialmente en el caso de los tratamientos y vacunas contra el COVID-19.

Otros países muestran cómo es una respuesta adecuada a la crisis. Cuando Dinamarca ofreció pagar el 75 por ciento de los costos de nómina de las empresas al inicio de la pandemia, lo hizo con la condición de que las empresas no pudieran hacer despidos por razones económicas. El gobierno danés también se negó a rescatar a las empresas que estaban registradas en paraísos fiscales y prohibió el uso de fondos de ayuda para dividendos y recompra de acciones. En Austria y Francia, las aerolíneas se salvaron con la condición de que redujeran su huella de carbono.

El gobierno británico, en cambio, dio a easyJet acceso a más de 750 millones de dólares en liquidez en abril, a pesar de que la aerolínea había pagado casi 230 millones de dólares en dividendos a los accionistas un mes antes. El Reino Unido se negó a poner condiciones a su rescate de easyJet y otras empresas en problemas en nombre de la neutralidad del mercado, la idea de que no es tarea del gobierno decir a las empresas privadas cómo deben gastar su dinero. Pero un rescate nunca puede ser neutral: por definición, un rescate implica que el gobierno elija salvar a una empresa, y no a otra, del desastre. Sin condiciones, la asistencia del gobierno corre el riesgo de subvencionar las malas prácticas empresariales, desde los modelos de negocio ambientalmente insostenibles hasta el uso de paraísos fiscales. El plan de cesantía del Reino Unido, por el cual el gobierno pagó hasta el 80 por ciento de los salarios de los empleados cesantes, debería como mínimo haber estado condicionado a que los trabajadores no fueran despedidos tan pronto como el programa terminara. Pero no fue así.

LA MENTALIDAD DE CAPITALISTA DE RIESGO

El Estado no puede limitarse a invertir, sino que debe llegar a un buen acuerdo. Para ello, debe empezar a pensar como lo que he llamado un "Estado emprendedor", asegurándose de que, al invertir, no sólo se burla de las desventajas sino que también obtiene una parte de las ventajas. Una forma de hacerlo es tomar una participación en los negocios que hace.

Considere la empresa solar Solyndra, que recibió un préstamo garantizado de 535 millones de dólares del Departamento de Energía de EE.UU. antes de quebrar en 2011 y convertirse en un sinónimo conservador de la incapacidad del gobierno para elegir ganadores. Alrededor de la misma época, el Departamento de Energía dio un préstamo garantizado de 465 millones de dólares a Tesla, que pasó a experimentar un crecimiento explosivo. Los contribuyentes pagaron por el fracaso de Solyndra, pero nunca fueron recompensados por el éxito de Tesla. Ningún capitalista de riesgo que se precie estructuraría las inversiones de esa manera. Peor aún, el Departamento de Energía estructuró el préstamo de Tesla de manera que obtendría tres millones de acciones en la empresa si Tesla no podía devolver el préstamo, un acuerdo diseñado para no dejar a los contribuyentes con las manos vacías. ¿Pero por qué el gobierno querría una participación en una empresa en quiebra? Una estrategia más inteligente habría sido hacer lo contrario y pedir a Tesla que pagara tres millones de acciones si era capaz de devolver el préstamo. Si el gobierno hubiera hecho eso, habría ganado decenas de miles de millones de dólares, ya que el precio de las acciones de Tesla creció en el curso del préstamo, dinero que podría haber cubierto el costo de la quiebra de Solyndra, con un montón de sobras para la siguiente ronda de inversiones.

Pero el punto es preocuparse no sólo por la recompensa monetaria de las inversiones públicas. El gobierno también debe poner condiciones estrictas a sus acuerdos para asegurar que sirvan al interés público. Los medicamentos desarrollados con ayuda del gobierno deben tener un precio que tenga en cuenta esa inversión. Las patentes que expida el gobierno deben ser estrechas y fácilmente licenciables, para fomentar la innovación, promover el espíritu empresarial y desalentar la búsqueda de rentas.

Los gobiernos también deben considerar la forma de utilizar los beneficios de sus inversiones para promover una distribución más equitativa de los ingresos. No se trata de socialismo; se trata de entender la fuente de los beneficios capitalistas. La crisis actual ha dado lugar a nuevos debates sobre un ingreso básico universal, en virtud del cual todos los ciudadanos reciben del gobierno un pago regular igual, independientemente de que trabajen o no. La idea que subyace a esta política es buena, pero la narración sería problemática. Dado que el ingreso básico universal se considera una limosna, perpetúa la falsa noción de que el sector privado es el único creador, y no un cocreador, de riqueza en la economía y que el sector público es simplemente un recaudador de peaje, que desvía las ganancias y las distribuye como caridad.

Una mejor alternativa es el dividendo de los ciudadanos. Bajo esta política, el gobierno toma un porcentaje de la riqueza creada con las inversiones del gobierno, pone ese dinero en un fondo, y luego comparte las ganancias con el pueblo. La idea es recompensar directamente a los ciudadanos con una parte de la riqueza que han creado. Alaska, por ejemplo, ha distribuido los ingresos del petróleo a los residentes a través de un dividendo anual de su Fondo Permanente desde 1982. Noruega hace algo similar con su Fondo de Pensiones del Gobierno. California, que alberga algunas de las empresas más ricas del mundo, podría considerar hacer algo similar. Cuando Apple, con sede en Cupertino, California, estableció una subsidiaria en Reno, Nevada, para aprovechar la tasa de impuesto corporativo del cero por ciento de ese estado, California perdió una enorme cantidad de ingresos fiscales. No sólo se deberían bloquear estos trucos fiscales, sino que California debería contraatacar creando un fondo de riqueza estatal, que ofrecería una forma, además de los impuestos, de capturar directamente una parte del valor creado por la tecnología y las empresas que fomentaba.

El dividendo de un ciudadano permite que el producto de la riqueza creada conjuntamente se comparta con la comunidad en general, ya sea que esa riqueza provenga de los recursos naturales que forman parte del bien común o de un proceso, como las inversiones públicas en medicinas o tecnologías digitales, que haya supuesto un esfuerzo colectivo. Esa política no debe servir como sustituto para que el sistema fiscal funcione correctamente. El Estado tampoco debería utilizar la falta de esos fondos como excusa para no financiar bienes públicos fundamentales. Pero un fondo público puede cambiar la narrativa al reconocer explícitamente la contribución pública a la creación de riqueza, clave en el juego de poder político entre las fuerzas.

LA ECONOMÍA DIRIGIDA POR EL PROPÓSITO

Cuando los sectores público y privado se unen en pos de una misión común, pueden hacer cosas extraordinarias. Así es como los Estados Unidos llegaron a la Luna y en 1969. Durante ocho años, la NASA y empresas privadas de sectores tan variados como el aeroespacial, el textil y el electrónico colaboraron en el programa Apolo, invirtiendo e innovando juntos. A través de la audacia y la experimentación, lograron lo que el presidente John F. Kennedy llamó "la más arriesgada y peligrosa y mayor aventura en la que el hombre se ha embarcado". No se trataba de comercializar ciertas tecnologías o incluso de impulsar el crecimiento económico; se trataba de hacer algo juntos.

Más de 50 años después, en medio de una pandemia mundial, el mundo tiene la oportunidad de intentar un “viaje a la luna” aún más ambicioso: la creación de una mejor economía. Esta economía sería más inclusiva y sostenible. Emitiría menos carbono, generaría menos desigualdad, construiría un transporte público moderno, proporcionaría acceso digital para todos y ofrecería una atención sanitaria universal. De manera más inmediata, pondría una vacuna COVID-19 a disposición de todos. La creación de este tipo de economía requerirá un tipo de colaboración público-privada que no se ha visto en décadas.

Algunos que hablan de la recuperación de la pandemia citan un objetivo atractivo: el retorno a la normalidad. Pero ese es el objetivo equivocado; la normalidad está rota. Más bien, el objetivo debería ser, como muchos han dicho, "reconstruir mejor". Hace doce años, la crisis financiera ofreció una rara oportunidad para cambiar el capitalismo, pero fue desaprovechada. Ahora, otra crisis ha presentado otra oportunidad de renovación. Esta vez, el mundo no puede permitirse el lujo de dejar que se desperdicie.

2 de octubre 2020

Foreing Affairs

https://www.foreignaffairs.com/articles/united-states/2020-10-02/capitalism-after-covid-19-pandemic

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Analítica.com

Editorial

Que Borrell, que los miembros de la mesita, que los alacranes, que los confiscadores de los partidos estén dispuestos a oxigenar al régimen por diferentes razones y que, por ahora, Capriles y Stalin aparentemente hagan mutis por el foro, no podrá borrar todo el daño que le ha hecho el régimen a Venezuela y que seguirá haciéndole mientras puedan, si hay gente dispuesta a darle oxígeno para que permanezca un poquito más en el poder.

Solo basta recordar cómo han destruído todo lo que funcionaba hace 20 años. Enumérenos caso por caso, cuánto petróleo, gas, productos petroquímicos, electricidad, hierro, bauxita, cemento producíamos en 1998, y cuánto hoy. La comparación es espeluznante, porque la producción en todos estos rubros ha disminuido en mucho más de 50% y en el caso del aluminio en un 100%.

¿Qué han hecho con los servicios? ¿cuántos embalses de agua han construido? la respuesta es fácil: cero, se distribuye la misma cantidad de agua al pueblo venezolana o esta se ha mermado en casi 50%. ¿Qué ha sucedido con la CANTV y MOVILNET? ¿acaso el buen servicio telefónico que prestaban es igual al desastroso de hoy? Y qué decir de las avenidas y autopistas, de la producción agrícola y pecuaria, y de los hospitales ¿han mejorado después de haber recibido los ingresos petroleros más elevados de toda nuestra historia? La respuesta es claro que no.

Podríamos ponernos a contar cualquier actividad económica, social, humana, cultural y, sin necesidad de ser acerbos críticos, no hay una sola que supere lo que teníamos en la mal denominada cuarta República, que en realidad fue la era democrática más importante de nuestra historia republicana, en la que Venezuela progresó como nunca antes.

Lo único en que si la superó ampliamente fue en la corrupción, en la violación de los DDHH, en la delincuencia, en la fragmentación del país, en la siembra de odios y de antivalores.

Los que prosiguen buscando fórmulas que permitan que este estado de cosas prosiga, o son ciegos o quieren serlo, porque pareciera que les importa poco el padecimiento del pueblo y lo único que vale es proteger sus intereses y seguir medrando a la sombra, no de un buen árbol sino de un cactus venenoso.

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Nelson Rivera

—Decía Asdrúbal Baptista que el auge de la riqueza que se inició alrededor de 1920 había culminado en 1970. Desde entonces, se habría iniciado el declive. A lo anterior tocaría sumar la destrucción a la que ha sido sometida la república en las dos últimas décadas: 50 años en descenso. ¿Entienden los venezolanos que el nuestro no es un país rico? ¿Aceptamos nuestra condición de país pobre?

Todo depende de lo que consideremos como riqueza. Si se entiende la riqueza como la capacidad de “producir con la mayor diversidad”, Venezuela no ha sido un país rico. El concepto de “producir con diversidad” está en el centro de la preocupación por entender la causa de la riqueza de las naciones, el objetivo de la clásica obra de Adam Smith.

Para Smith, la riqueza de las naciones era el resultado de la “cantidad de ciencia” que lograran generar. Porque en la medida que las naciones aumentan la “cantidad de ciencia”, diversifican lo que producen, y ese círculo virtuoso es el que genera una mayor diversidad. En palabras de hoy, riqueza es producir lo mejor posible la mayor cantidad de servicios y bienes. Y para hacerlo, se requieren muchas capacidades.

Actualmente, podemos comparar lo que producen los países, lamentablemente solo en los últimos sesenta años. Con esos datos se evidencia que Venezuela siempre ha producido bienes con menor diversidad que el promedio internacional. Me refiero a bienes que sean atractivos para otros países. Es verdad que hemos producido petróleo y derivados, muy importantes para el mercado internacional. Pero no es menos cierto que sabemos hacer menos cosas que el promedio del mundo.

A principio de los años sesenta del siglo pasado, Venezuela tenía siete veces más ingreso per cápita que Corea del Sur, y también menos mortalidad infantil, por ejemplo. Sin embargo, producíamos con menor diversidad. De hecho, en aquellos años ya teníamos índices negativos. Y en los sesenta años siguientes continuamos con índices negativos de diversidad productiva.

Lo que tuvimos hasta finales de los setenta fue un “boom de acceso a bienes y servicios”. Los podíamos comprar, pero eso no significaba que los pudiéramos producir. De allí que fue muy fácil confundir la riqueza con la “capacidad de compra”. Y entonces la sociedad tuvo la ilusión de que era rica, porque podía comprar mucho a precios relativamente baratos.

Pero una cosa es comprar, y otra muy diferente es producir. Lo que hicieron países como Corea del Sur fue aumentar las posibilidades de producir con diversidad, y eso implicaba avanzar hacia las fronteras de la creación de conocimientos, vale decir de riqueza, la “cantidad de ciencia” que proponía Adam Smith hace casi 250 años. Entonces Corea del Sur trató de emular a Japón, el país con la mayor diversidad en la actualidad, definida también como complejidad económica.

Venezuela, por las políticas públicas que se han implementado, ha transitado el camino contrario. Esa destrucción de las últimas dos décadas que mencionas es justamente “destrucción de posibilidades para producir con diversidad”, la tendencia ideal para alcanzar la riqueza. Es todavía peor, porque en los últimos años se suma a esta destrucción una terrible emergencia humanitaria compleja.

Y vale preguntarse: ¿dónde se observa esa mayor destrucción? Pues, en la pérdida de empresas. Porque el escenario ideal para que se utilice la “cantidad de ciencia” es en las empresas. Cuando se cierra una empresa, o se traslada a otro país, la sociedad pierde capacidad para hacer, es allí cuando se hace más pobre. Por supuesto, en estas décadas también hemos perdido capacidad de investigación en nuestras universidades y empresas. Y además hemos perdido a millones de personas que saben hacer, que tienen capacidades, porque la migración es una pérdida impresionante de talentos, de conocimiento, de “cantidad de ciencia”.

En esta perspectiva, una de las grandes dificultades es que la sociedad pueda comprender que no ha sido ni es rica, y que además identifique las razones. Esto no debería ser una aceptación fatalista. Sino más bien una visualización de las posibilidades. Es decir, si se modifica lo que ha imposibilitado nuestra diversidad productiva, se puede avanzar en una dirección de mayor bienestar. En otras palabras, es crucial asumir que el país se ha empobrecido, pero que las alternativas para superar esa situación están disponibles para todos los ciudadanos.

—Se ha repetido, a lo largo de un siglo, que los venezolanos somos propietarios de la riqueza petrolera. Así, nuestra pobreza sería producto de una injusticia: la causada por la mala administración o la corrupción. ¿Cuál es el estatuto hoy de esa idea? ¿Se ha potenciado bajo la incalculable corruptela de las últimas dos décadas? ¿Somos más víctimas que antes?

La relación con el petróleo está en el centro de las dificultades para no ser una sociedad de diversidad productiva. Porque producir petróleo y sus derivados pudo en una larga etapa generar los recursos para ese “boom de acceso”. Pero eso no es posible desde hace décadas. Esto no es un rasgo exclusivo de Venezuela. Los países con economías muy dependientes del petróleo son, en general, sociedades no diversificadas, con poca capacidad para generar nuevas modalidades de producción. De allí que algunos países petroleros estén tratando de avanzar hacia la diversidad productiva, como Arabia Saudita.

Seguir contemplando el bienestar del país solamente a través del petróleo no puede ser una idea más desfasada. Lo que hay que construir es una sociedad de creación de conocimientos, en la frontera de la diversificación tecnológica en la cual el petróleo sea un factor pero no el único determinante. La gran pregunta es en qué medida la sociedad está consciente de transitar esta ruta. Por supuesto, es vital para ese tránsito contar con una industria petrolera efectiva, pero es fundamental asumir que ello no es suficiente, que las exigencias de ahora van en otra dirección.

—Hay autores que hablan de una mentalidad de la pobreza. Esa mentalidad tendría algunas características: apego al presente y falta de visión de futuro, ausencia de una cultura de la productividad, sensación de que el trabajo es un castigo, poca disposición al ahorro. ¿La cultura petrolera en Venezuela ha devenido, acaso, en una mentalidad de pobreza? ¿Una sociedad que vive a la expectativa de unos subsidios está siendo estimulada hacia esa cultura de la pobreza?

Las lógicas de una sociedad que no potencia la “cantidad de ciencia” son siempre de corto plazo.

Para que una empresa, independientemente de su tamaño o área de especialidad, se proponga mejorar lo que produce, necesita hacer cosas bien y sistemáticamente por largos períodos. Debe visualizar los recursos humanos que requiere, los que están ya formados y los que deban formarse, vincularse con centros de investigación, enviar personas a otros países o empresas para entrenarse, y así sucesivamente. Igual pasa con universidades y centros de investigación. Deben preparar los recursos en tiempos extensos. Y para todo ello se requieren entornos sociales y económicos que permitan planificar a mediano y largo plazo.

Lo anterior no es posible si la sociedad no tiene orientación hacia la diversidad productiva. La experiencia de Venezuela ilustra que incluso desaparece la visión de mediano plazo. Todo se centra en las decisiones de hoy porque no hay mayor preocupación por lo que se debe producir mañana o dentro de cinco años. Es decir, los patrones de decisión están nuevamente condicionados por lo que sabemos hacer ahora.

Si sabemos hacer pocas cosas, el futuro no es relevante. En cambio, si queremos hacer muchas cosas, o mejorar la calidad de lo que hacemos, el futuro más bien se convierte en un aliado. Porque sabemos que el esfuerzo de hoy tendrá una repercusión en lo que vamos a hacer mañana. Entonces se hacen previsiones de inversión a cinco o diez años, y se forman los recursos humanos que serán necesarios en ese momento. El hecho de que Venezuela sea uno de los pocos países petroleros con hiperinflación indica el grado en que se ha destruido la institucionalidad económica y social, requisito sine qua non para la sostenibilidad y la previsión.

Ahora bien, en nuestra propia experiencia como país hemos tenido esa visión de futuro. Las personas que contribuyeron a erradicar la malaria en gran parte de nuestro territorio, con Arnoldo Gabaldón como gran conductor, por allá en los años cincuenta del siglo pasado, fueron formadas como inspectores sanitarios en la Venezuela post-gomecista. Se anticipó esa realidad porque estaba claro que, sin control de la malaria, no habría desarrollo en el país. Pero esas medidas se tomaron en plazos largos. Igual sucedió con otros éxitos como la masificación educativa, o la creación de una industria petrolera de nivel internacional, solo por mencionar pocos casos. Es decir, es verdad que hemos tenido una mentalidad de creación de bienestar. Lamentablemente, no con la profundidad y persistencia que se requiere.

El hecho de que las políticas de las últimas décadas hayan traído este nivel de destrucción ha ido vinculado a las tendencias para potenciar el clientelismo y la dependencia. Pero esos no son los rasgos determinantes cuando tomamos como referencia una perspectiva más amplia del desarrollo del país.

Por otra parte, la necesidad de una política de protección social está todavía más justificada en Venezuela. Para evitar las secuelas de este empobrecimiento en niños y jóvenes, se requieren políticas que los identifiquen y apoyen, tanto con recursos económicos como con la calidad de los servicios públicos. Pero esa política de protección no se puede quedar ahí. Justamente la pregunta es cómo incorporar a esos millones de niños y jóvenes en los procesos de una sociedad que crea conocimientos en los niveles de mayor exigencia. La protección social es el primer paso, pero no el único. Especialmente si se piensa en las empresas o el tipo de trabajos que son necesarios en diez o quince años.

—Escucho a menudo esta afirmación: nos hemos acostumbrado al deterioro de la calidad de la vida. ¿Es así? ¿Se está normalizando la experiencia de ser cada vez más pobres?

Estudios de opinión pública recientes indican que el sentimiento mayoritario de los venezolanos es la decepción. Visto el extraordinario cambio que permitió que los venezolanos tuvieran acceso a la mayor proporción de bienes y servicios en América Latina, así como a uno de los índices más altos de urbanización y acceso al sistema educativo, esa decepción es totalmente comprensible.

La modernización del país ha estado ligada a esa posibilidad de acceso. Que ese acceso haya sido interpretado como asegurado y sin vinculación con la capacidad de producir es un hecho notorio. Pero también permanecen grandes demandas de bienestar. La sociedad venezolana experimentó ciclos de bienestar hasta comienzos de este siglo. También es verdad que este bienestar no fue homogéneo en la sociedad. Múltiples sectores, especialmente por las deficiencias en la creación de empleo, y las restricciones de la protección social, sufrieron las manifestaciones de esas desigualdades.

En los últimos años, y especialmente con los efectos desastrosos de la hiperinflación, estas brechas se han ampliado mucho más. Porque la hiperinflación es el grado extremo de destrucción de la capacidad de producir. En este momento la hiperinflación se acerca a los 36 meses. Si supera esa duración, será la tercera más larga de la historia. Lo cual es una evidencia de la severa destrucción de capacidades que confronta el país. También explica que la emergencia humanitaria compleja haya llegado a niveles tan críticos.

A pesar de ello, creo que los venezolanos no han normalizado la experiencia de la pobreza. Prueba de ello son las sistemáticas demandas y exigencias por todos aquellos aspectos de la vida cotidiana que se encuentran amenazados o deteriorados. Y también por la reiterada expresión de inconformidad con la situación actual.

—¿Cómo percibe ahora la tensión entre esperanza y desesperanza? ¿Se han debilitado las energías espirituales de la sociedad venezolana, el ánimo para luchar y salir adelante? ¿Seguimos siendo la sociedad optimista que a menudo se invoca?

El deterioro experimentado en la calidad de vida de los venezolanos es uno de los episodios más dramáticos en los últimos cincuenta años en el mundo. A la destrucción sistemática de oportunidades, se han sumado casi tres años de hiperinflación y en los últimos meses la pandemia de covid-19. Las condiciones básicas para la protección de las personas, comenzando por su propia vida, están en amenaza permanente. Que millones de familias no tengan los alimentos del día es una medida absoluta de la desprotección de la sociedad. No hay nada más estremecedor que una familia sin alimentos. Y eso pasa en la inmensa mayoría de los hogares venezolanos.

Papel Literario

El Nacional

Septiembre 27, 2020

 10 min


Jesús Elorza G.

Una vez finalizado el acto militar, en donde se hizo un reconocimiento a un general que recibió el comando de la unidad superior que deberá dirigir con honor y lealtad a nuestro comandante en jefe Nicolás Maduro, apegado a la Constitución y demás leyes de la República, las críticas del alto gobierno no se hicieron esperar.

Nicolas, batía contra el piso todo lo que encontraba a su paso y gritaba "¿Como es posible que el acto lo haya presidido una figura de cartón de nuestro Líder Único, el Difunto Eterno Comandante Hugo" y me hayan dejado a mi por fuera?”.

Esa figura no me fue consultada, dijo el Ministro de la Defensa. De haber ocurrido, tenga la certeza camarada Nicolas que su figura también hubiese estado allí.

¿De cartón?

No, hubiese ordenado que fuera algo mas espectacular y menos ordinario que una figura de ese material.

¿Como cuál?

Algo mas relacionado con los tiempos modernos y que diera lugar a comentarios favorables y no a esa inmensa jodedera que ahora está en la calle con la figura de "Manacho".

¿Y quién es ese?

Un personaje ficticio que surge de una canción popular que decía "Los zapatos de Manacho son de cartón, son de cartón , de cartón” y ahora la usan para burlarse de nuestro Líder Único.......o como dicen "Ídolo de Cartón".

Que vaina, decía enfurecido Nicolas, termina tu idea de algo relacionado con tiempos modernos.

Propongo que para los próximos actos utilicemos "Imágenes Holográficas".

¿Holo ...que? ¿Qué vaina es esa??

Holográfica camarada. Es una técnica fotográfica que consiste en la proyección de imágenes tridimensionales mediante luz; un láser graba una película fotosensible y esta proyecta la imagen cuando recibe la luz desde la intensidad y perspectiva adecuada.

Carajo, suena bien. Ponga eso en práctica de inmediato en los actos de todos los ministerios. Si quieres deja la figura de cartón, pero la mía, si debe ir en tercera dimensión.

La orden ejecutiva circulo de inmediato y se hicieron los preparativos para un acto vergatario en el Ministerio de la Defensa, con presencia de todos los componentes, las milicias, los colectivos, los presos armados de Iris, el ELN, Hezbollah, representación de Cuba, Nicaragua, Turquía, Irán, Rusia y Corea del Norte.

Llegado el día del acto de culto a la personalidad, el recinto se encontraba abarrotado, pero se fuuueeee la luuuzzz. y se escuchó una voz de mando: "Sálvese quien pueda". En el piso quedo la imagen de cartón y el proyector holográfico.

 2 min


Emiro Rotundo Paúl

Sólo cuando construimos el futuro

tenemos derecho a juzgar el pasado.

F. Nietzsche

Se puede ir de derrota en derrota hasta la victoria final. Lo dijo Mao Zedong basado en su experiencia de lucha. Mao era un líder de voluntad férrea, fe inquebrantable y paciencia oriental. Los líderes opositores venezolanos tendrán que demostrar muy pronto si les queda algo de eso. Lo que tienen, por el momento, es una gran deuda con Venezuela por no haber conservado la unidad de la MUD. Luego del gran triunfo del 06/12/15 se dividieron y subdividieron por razones que, pudiendo ser válidas en condiciones normales, son absolutamente improcedentes en la trágica situación en que estamos. Seamos indulgentes e ingenuos y pensemos que sus diferencias no son irreversibles, que pueden ser superadas para enfrentar los desafíos de 2021 y 2022, que como Mao pueden lograr victoria final que está allí, a su espera, que solo requiere la unidad.

La unidad de la oposición es una necesidad perentoria. Es la exigencia del país y del mundo democrático que espera esa victoria final que pueda rescatar a Venezuela de manos de Maduro para evitar mayores aflicciones al pueblo venezolano, que sufre con mayor rigor el derrumbe nacional y es ajeno a la pugna política. Quienes estuvieron y aún están a favor del voto deben reconocer que la abstención cumplió sus objetivos: reveló al mundo los fraudes electorales de Maduro, logro el desconocimiento de los resultados oficialistas obtenidos por ese medio y ganó el apoyo resuelto de los países democráticos del mundo. Como resultado de todo ello, el régimen está hoy más débil que nunca. Por su parte, los abstencionistas deben respetar el derecho a votar de quienes así lo hicieron. Punto. Solucionado el asunto. Así de fácil debería terminar el problema.

A finales del próximo año, dentro de año y pico, deberán celebrarse las elecciones de Gobernadores y Alcaldes. Luego, el 3 de enero de 2022, Maduro cumplirá la mitad del período del cargo que usurpa y se podrá iniciar el referéndum revocatorio de su mandato. Llegada la fecha del mismo, la oposición unida no debe perder ni un segundo en iniciar los preparativos del mismo, recogiendo las firmas necesarias y activando un plan de acción para impedir que el régimen bloquee nuevamente el referendo revocatorio, como lo hizo en 2016. Para ello deberá apoyarse decididamente en todos los sectores representativos del país y en las democracias que apoyan la lucha opositora. Si para esa fecha la oposición unida hubiera logrado, o estuviera por lograr, la mayoría de las Alcaldías y las Gobernaciones, el referéndum revocatorio sería la culminación del proceso de recuperación y liberación del país. ¡Qué alegres podrían ser las navidades de 2021 y 2022!

Por todo lo dicho, terminado este año, después del brindis y la felicitación de año nuevo, deben cesar por completo las descalificaciones y las campañas de descrédito y apagarse los ventiladores que esparcen estiércol en el campo opositor. Quienes persistan en esa lucha fratricida deberán ser considerados “enemigos de la patria”, al mejor estilo chavista, pero con toda la pertinencia del momento histórico que vivimos. Con la unión de la oposición el triunfo es seguro. Los procesos electorales y el referendo revocatorio de 2021 y 2022 no podrán ser amañados por Maduro si existe la unidad opositora expresada en una sola tarjeta electoral, una misma bandera política (rescatando la MUD si fuera necesario) y con candidatos comunes escogidos por consenso, como se hizo en el 2015.

¿Tendremos el corazón dispuesto para actuar con nobleza y la disposición, la voluntad y el juicio suficiente para enfrentar la batalla final? En muy poco tiempo lo sabremos. La oposición venezolana enfrenta el momento crucial de su existencia en una disyuntiva de vida o muerte. Si no logra ponerse a la altura de las circunstancias, si pierde esta última oportunidad de abatir a la opresión militarista-chavista-madurista, defraudará definitivamente la esperanza del país y del mundo democrático que nos apoya. No habrá perdón posible para una inconsecuencia de tal magnitud.

01 de octubre de 2020

 3 min