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Opinión

David P. Barash

La ciencia es un proceso que, contrario a la ideología, se distingue por la flexibilidad intelectual. Esa perpetua disposición al cambio genera reticencia.

Dicho por un científico sonará algo presuntuoso, pero aun así lo voy a decir: la ciencia es uno de los esfuerzos más nobles y exitosos de la humanidad, y es la mejor manera que tenemos de comprender cómo funciona el mundo. Sabemos más que nunca acerca de nuestros cuerpos, de la biósfera, del planeta y del cosmos. Somos capaces de fotografiar a Plutón, de desentrañar la mecánica cuántica, de sintetizar químicos complejos y de asomarnos a las operaciones del ADN (y hasta manipularlo), por no hablar de nuestros cerebros e incluso de nuestras enfermedades.

En ocasiones es cierto que el éxito de la ciencia causa problemas. Las armas nucleares –quizá la amenaza más inmediata a la vida en la Tierra– fueron un triunfo de la ciencia. Y luego tenemos los inconvenientes paradójicos de la medicina moderna, en particular la sobrepoblación, así como la destrucción del medio ambiente que la ciencia sin quererlo ha promovido. Sin embargo, nada de esto es la causa de la crisis de legitimidad que enfrenta hoy la ciencia centrada en una desconfianza y negación rampante por parte del público.

¿Cómo puede ser? ¿Por qué a las personas de ciencia nos cuesta tanto defender y promover nuestras mayores hazañas? Hay varios factores en juego. En algunos casos, la ciencia entra en conflicto con las creencias religiosas, en particular con las de los fundamentalistas –cada año me veo en la necesidad de dar a mis estudiantes de licenciatura una “charla” en la que hablo con franqueza con ellos sobre los cuestionamientos que la ciencia evolutiva planteará a las creencias religiosas literalistas que puedan tener–. En el espectro político, existe un conflicto entre los hechos científicos y las perspectivas económicas de corto plazo. Las personas que niegan el cambio climático tienden a ser no solo analfabetas científicas sino a recibir apoyo de corporaciones emisoras de co2. Los antivacunas fundan su ímpetu en las repercusiones de un único estudio desacreditado que sigue resonando entre personas predispuestas a creer en la “medicina alternativa” y opuestas a la sabiduría establecida.

El problema, no obstante, es mucho más profundo. Muchos de los hallazgos científicos van en contra del sentido común y ponen en entredicho nuestros presupuestos más profundos sobre la realidad: el hecho de que aun los objetos más sólidos están compuestos en su mayoría, a nivel subatómico, de espacio vacío, o la dificultad de concebir cosas que van más allá de nuestra experiencia cotidiana, como pasa con las enormes temperaturas, escalas de tiempo, distancias y velocidades, o (como en el caso de la deriva continental) con los movimientos extremadamente lentos –por no hablar de la posibilidad, estadísticamente verificable pero inimaginable en otros sentidos, de la selección natural de generar, con el paso del tiempo, resultados de una complejidad deslumbrante–. Encima de todo esto está la paradoja persistente de que entre más conocemos sobre la realidad menos central e importante resulta ser nuestra especie.

Y, sin embargo, hay un factor desatendido en la desconfianza que tiene el público frente a la ciencia, y está en el corazón de los esfuerzos científicos. La capacidad de autocorregirse es la fuente de la inmensa fuerza de la ciencia, pero en cambio al público lo desconcierta que la sabiduría científica no sea inmutable. El conocimiento científico cambia con enorme velocidad y frecuencia –como debe ser–, sin embargo, la opinión pública arrastra los pies y se niega a ser modificada una vez que queda establecida. Y este rápido reflujo de la “sabiduría” científica ha hecho que mucha gente se sienta mareada, confundida, y cada vez más renuente a acercarse a la ciencia en sí.

En su muy influyente libro La estructura de las revoluciones científicas (1962), el físico y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn discutió que la “ciencia normal” avanza siguiendo ciertos paradigmas dominantes. En otras palabras, cada disciplina científica está gobernada por una serie de teorías y supuestos metafísicos aceptados dentro de los cuales la ciencia normal opera. Periódicamente, cuando esta rutinaria “solución de enigmas” lleva a resultados inconsistentes con la perspectiva dominante, sobreviene un periodo disruptivo y emocionante de “revolución científica” después del cual se establece un nuevo paradigma y la ciencia normal vuelve a operar.

Extrañamente, Kuhn comentó que los nuevos paradigmas no necesariamente ofrecen una imagen más precisa del mundo real. Es una aseveración particular: por ejemplo, en el campo propio de Kuhn, la astronomía, la perspectiva copernicana de un sistema solar heliocéntrico es claramente superior a la geocéntrica anterior. El lenguaje de Kuhn ha permitido tener una sensación exagerada de lo revolucionario que puede resultar un paradigma nuevo. Cuando Newton dijo: “Si he visto más lejos, es porque estaba parado sobre los hombros de gigantes”, no solo estaba siendo modesto; estaba más bien enfatizando el grado en que la ciencia es acumulativa, construida a partir de los logros anteriores y no a partir de saltos cuánticos.

Kuhn, sin embargo, estaba en lo cierto acerca de esto: el proceso acumulativo genera no solo algo más, sino también algo completamente nuevo. En ocasiones lo nuevo implica el descubrimiento literal de algo que no se conocía con anterioridad (los electrones, la relatividad general, el Homo naledi). Por lo menos tan importantes, sin embargo, son las novedades conceptuales; cambios en los modos en que la gente entiende –y con frecuencia malentiende– el mundo material: sus paradigmas operativos.

Claro que las leyes y los procesos fundamentales del mundo natural existen de manera independiente de los paradigmas humanos: la Tierra orbita alrededor del Sol independientemente de si las personas tienen una perspectiva ptolemaica o copernicana. Como dijo B. F. Skinner: “Ninguna teoría cambia aquello sobre lo que quiere teorizar.” Los detalles factuales del mundo están en una continua fluctuación heraclitiana, pero las reglas y los patrones básicos que subyacen a estos cambios en el mundo físico y biológico permanecen constantes. Hasta donde sabemos, la luz viajaba a la misma velocidad durante la era de los dinosaurios que ahora, así como la relatividad general y especial eran válidas antes de ser identificadas por Albert Einstein. Nuestros hallazgos, sin embargo, están en constante “evolución”.

Este tipo de cambio es al mismo tiempo emocionante y atemorizante. Después de todo, cuesta mucho trabajo dejar de lado una idea preciada, en particular una que tomó tiempo para que se propagara y que al final termina siendo aceptada ampliamente. Y para muchas personas –científicos y no científicos– es mucho más difícil dejar ir ideas que parecían tener el sello de aprobación de la ciencia. ¿No se trata de eso la ciencia: una serie de hechos factuales inamovibles sobre lo que sabemos que es verdad?

De hecho, esa frase misma es falsa. La ciencia es un proceso que, contrario a la ideología, se distingue por la flexibilidad intelectual, por una aceptación grácil, agradecida (aunque a veces renuente), de la necesidad de cambiar de opinión según las evoluciones de nuestra comprensión del mundo. La mayoría de las personas no son revolucionarias, ni en el ámbito científico ni en ninguno otro. Pero cualquiera que aspire a estar bien informado necesita comprender no solo los hallazgos científicos más importantes, sino también estar al tanto de su naturaleza provisional y de la necesidad de evitar las categorías excesivamente sólidas: estar al tanto de cuándo hay que dejar ir el paradigma existente y reemplazarlo con uno nuevo. Lo que es más, hay que estar al tanto de que estas transiciones son señales de progreso y no de debilidad, una consideración mucho más difícil de lo que parece. Un buen paradigma es difícil de dejar ir.

Hay una larga lista de ideas que se consideraron como “científicamente válidas” en su momento y desde hace tiempo han sido descartadas. La creencia en una Tierra plana fue una muy prominente, junto con el sistema ptolemaico que había ubicado a nuestro planeta como el centro de todas las cosas celestiales. Aunque es sencillo ridiculizar esa temprana perspectiva geocéntrica, fue impresionantemente “científica” en su momento, apoyada en modelos matemáticos elaborados y en los datos empíricos disponibles en ese tiempo –aunque, claro, estaba basada en una astronomía visual y no en el uso de telescopios.

La alquimia es, en un sentido real, el ancestro de lo que ahora llamamos química, pero sus practicantes tuvieron que retractarse de su paradigma anterior para convertirse, al final, en químicos “reales”. Otras teorías perdidas incluyen al “éter luminífero”, por mucho tiempo considerado la sustancia que propagaba las ondas de luz y cuyo alcance explicativo se extendió hasta incluir a la radiación electromagnética en general, o la teoría calórica, que planteaba la existencia de una sustancia hipotética hecha de calor, y que pasaba de cuerpos más calientes a otros más fríos.

Algunos de estos cambios de paradigma ocurrieron antes de que la ciencia misma se convirtiera en un empeño institucional, y entonces no minaban la legitimidad de la ciencia como proyecto. El término “científico” no existió hasta que el historiador y filósofo inglés William Whewell lo acuñó en 1834. Una vez que la ciencia se convirtió en una disciplina intelectual y a los científicos se les identificó como sus practicantes, entonces junto con lo bueno (el progreso en la correcta comprensión del mundo natural) llegó lo malo (el hecho de que la sabiduría de la ciencia no fuera sólida como la piedra).

Los cambios de paradigma no están confinados al pasado distante. En mi propia especialidad, el estudio del comportamiento animal, fue de rigueur durante décadas evitar cualquier suposición de conciencia animal, o incluso la presencia de una mente animal. Cualquier insinuación de antropomorfismo era como el tercer riel en la investigación del comportamiento animal: tocarlo quizá no implicaba morir electrocutado pero sí perderte una beca o un puesto académico. Este paradigma de los animales “sin mente” se derivaba en parte de la aplicación errada del principio de la navaja de Ockham (las explicaciones más simples siempre son preferibles) y en parte también de la consecuencia del conductismo radical, un esfuerzo por transformar a la psicología en algo puramente objetivo y científico –un enfoque en gran medida pasado de moda–. Los hallazgos recientes, incluyendo el trabajo realizado con Alex (que tristemente ya murió), el loro gris africano, así como los impresionantes estudios sobre la cognición de chimpancés, cuervos y perros, han evidenciado que estas criaturas son capaces de hazañas intelectuales que se comparan favorablemente con las de seres humanos normales y sanos. En su momento negadas por la ciencia, las mentes animales son ahora sujetos legítimos de estudio bajo la rúbrica de la “etología cognitiva”.

La mente animal es un objeto legítimo de investigación científica, y al mismo tiempo la mente humana ha sido trasladada al universo físico. Esto es profundamente confuso para quienes estaban comprometidos con el concepto místico de la conciencia como algo inefablemente separado de la materialidad. René Descartes es famoso como filósofo y matemático, sin embargo él se consideraba a sí mismo principalmente un investigador empírico, y de hecho fue un pionero en el siglo xvii de la fisiología. Parte de la ciencia de Descartes se basaba en la certeza de que el cuerpo y la mente eran entidades distintas, una concepción que sigue siendo muy influyente en la imaginación popular. Sin embargo, una de las disciplinas científicas más productivas en nuestros días es la neurobiología, cuyos hallazgos han hecho cada vez más difícil sostener ese concepto de dualidad cartesiana de que la conciencia humana está más allá del alcance de la investigación científica y de las explicaciones físicas y biológicas. “Tú, tus alegrías y tus penas, tus memorias y tus ambiciones, tu sentido de identidad personal y tu libre albedrío”, escribió Francis Crick en su libro La búsqueda científica del alma. Una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI (Debate, 1994), “no son más que el comportamiento de un enorme ensamblaje de células nerviosas y sus moléculas asociadas”.

Algunos de los cambios de paradigma más importantes han tenido lugar en el campo de la biomedicina: por eso no es ninguna sorpresa que muchas de las quejas sobre la inconsistencia de la ciencia surjan a partir de la confusión ante los consejos cambiantes sobre nuestros cuerpos y el cuidado que tenemos que tener de ellos. Gracias a Louis Pasteur, Robert Koch, Joseph Lister y otros microbiólogos pioneros del siglo XIX y XX, comprendimos el rol que desempeñan los patógenos en las enfermedades, lo que llevó al descubrimiento científico de que “los gérmenes son malos”. Este paradigma particular –que desplazó a la creencia en el “aire malo” y nociones similares (el término influenza viene de la supuesta “influencia” de los miasmas en las enfermedades)– fue rechazado con particular fuerza por las autoridades médicas del momento. Los doctores, que rutinariamente realizaban autopsias a cadáveres atestados de enfermedades, no estaban dispuestos a aceptar la idea de que sus manos sin lavar fueran las transmisoras de enfermedades a sus pacientes, al grado de que el médico Ignaz Semmelweis, quien en 1847 demostró el papel de los patógenos en las manos como causa de la fiebre puerperal, fue ignorado, vilipendiado y finalmente conducido a la locura.

Más recientemente, la gente por fin se había acostumbrado a preocuparse por criaturas tan pequeñas que no pueden verse simplemente, y ahora una nueva generación de microbiólogos ha demostrado el sorprendente hecho de que muchos microbios asociados con nosotros (incluidos pero no limitados a los que componen el microbioma intestinal) no solo son benignos sino que son esenciales para la salud.

Las células nerviosas, nos dijeron, no se regeneran, en especial las del cerebro. Ahora sabemos que sí lo hacen. Los cerebros incluso producen nuevas neuronas; así que sí se le pueden enseñar nuevos trucos a un perro viejo. Lo mismo pasa con el supuesto hasta hace poco de que una vez que una célula embrionaria se diferencia para volverse una célula de la piel o del hígado su destino está sellado. Gracias a la tecnología de clonación esto ha cambiado, ya que se descubrió que los núcleos de las células pueden ser inducidos a diferenciarse en otros tipos de tejido también. Dolly la oveja fue clonada a partir del núcleo de una célula mamaria completamente diferenciada, lo que prueba que el paradigma de la diferenciación celular irreversible debía ser revisado. Los biólogos han sabido desde hace mucho que la vida es frágil y existe en condiciones muy específicas y especiales. Au contraire: se han descubierto organismos vivos en algunos de los ambientes más desafiantes imaginables, incluidas las ventilas hidrotermales en el fondo del mar y condiciones anaeróbicas que antes se consideraban carentes de vida. Las vidas individuales sin duda son frágiles, pero la vida es notablemente robusta.

Hasta hace poco, los doctores estaban seguros científicamente de que por lo menos se requería una semana de reposo absoluto después de un parto vaginal normal, sin complicaciones, y más después de alguna cirugía invasiva. Ahora a los pacientes quirúrgicos se les alienta a que comiencen a caminar lo más pronto posible. Durante décadas, las anginas protuberantes pero benignas se le extirpaban a un niño con la garganta adolorida. Ahora ya no. La psiquiatría nos ofrece una panoplia problemática y generalizada: la homosexualidad, hasta 1974, se consideraba una enfermedad mental; la esquizofrenia se pensaba que era causada por los malos comportamientos verbales y emocionales de “madres esquizofrenógenas”; y las lobotomías prefrontales eran el tratamiento científicamente aprobado para la esquizofrenia, la enfermedad bipolar, la depresión psicótica y, algunas veces, incluso simplemente como una manera de calmar a un paciente irascible e intransigente.

Probablemente los casos más notables de paradigmas médicos hallados, luego perdidos, luego recuperados y más tarde colocados en una especie de limbo científico ocurren en el campo de la nutrición. No fui el único niño que creció en la década de los cincuenta para quien un desayuno normal estaba compuesto por dos huevos. Para las generaciones siguientes, el colesterol era poco menos que un veneno. ¿Y ahora? Ahora no tanto. No hay duda de que las grasas trans son malas, muy malas. Pero otras grasas han pasado por un ciclo vertiginoso de exilio, aceptación y después tolerancia moderada solo porque reducen el apetito y quizá puedan ayudar a limitar la obesidad. La cafeína también era mala, un veredicto que se revirtió –pero solo hasta cierto punto–. ¿El vino? ¿En especial el vino tinto? Malo. Más bien, en realidad, bueno. Siempre y cuando no se exceda. ¿Azúcar? Primero bien, luego no. Y ahora, más o menos. Y no empecemos a hablar del gluten.

Desprovistos de los paradigmas anteriores, muchos de ellos reconfortantes, ¿qué nos queda? Algunas de las certidumbres destronadas no se extrañan, por lo menos no por el momento: cambiar de dieta (aunque no sea sencillo) es algo relativamente claro, como también lo es reconceptualizar nuestra percepción de los microbios y la capacidad de las células nerviosas para regenerarse o de otras para diferenciarse.

Sin embargo, perder cualquier paradigma desorienta y la pérdida de algunos puede ser hasta descorazonadora. Quizá lo que lamentamos sea la pérdida de certeza, del tipo de certeza que las religiones ofrecen a sus seguidores. Quizá se trate de una búsqueda de autoridad, el tipo de autoridad que buscábamos en nuestros padres. O de una añoranza universal por tener un puerto confiable –conceptual y no marítimo, obviamente– en medio de las tormentas de imponderables de la vida. Cualquiera que sea la causa, a las personas se les dificulta aceptar que la realidad del mundo sea inestable, cambiante e impermanente. Y esta dificultad, a su vez, nos incomoda a propósito de la única certeza y estabilidad que la ciencia nos ofrece: que los paradigmas vienen y se van.

Y más preocupante todavía, los cambios en los hallazgos científicos han permitido que los malhechores siembren dudas. Los creacionistas señalan la dinámica intelectual cambiante entre los partidarios del gradualismo filético (que la evolución avanza lentamente) y el equilibrio puntuado (que algunas veces avanza muy rápido), para señalar que el darwinismo está severamente puesto en duda. No lo está. Los especialistas están en desacuerdo únicamente en el ritmo al que la evolución por selección natural sucede; no ponen en duda que es algo que sucede. Lo mismo pasa con la controversia sobre si la unidad de medida de la selección es el gen, el individuo o el grupo. Pero, en el mismo sentido, los negadores del cambio climático señalan las constantes revisiones a los modelos atmosféricos y los datos como “prueba” de que la ciencia en sí misma es falsa. “Si la ciencia climática es algo establecido”, escribió el columnista conservador Charles Krauthammer en The Washington Post en 2014, “¿por qué sus predicciones siguen cambiando?” Hay que decirle al Sr. Krauthammer que esto pasa porque conforme conseguimos mejores datos podemos hacer mejores predicciones (que confirman el calentamiento global antropogénico a un grado mucho más y no menos preocupante).

Un posible correctivo para todo esto sería el modo en que enseñamos ciencia. Actualmente nuestros hallazgos se comunican como un catálogo de Cosas que Sabemos, lo cual tiene la doble desventaja de hacer que la ciencia parezca un ejercicio laborioso de memorización, pero también da la falsa impresión de que nuestro conocimiento es algo petrificado e inmutable, como un insecto del periodo cretácico atrapado en un pedazo de ámbar. Quizá, más bien, deberíamos enseñar ciencia como una emocionante revisión de Las Cosas que No Sabemos (Todavía).

Sin la manta reconfortante de la permanencia ilusoria y la verdad absoluta, tenemos la oportunidad y la obligación de hacer algo extraordinario: ver el mundo como es, y entender y aceptar que nuestras imágenes seguirán cambiando, no porque estén equivocadas, sino porque nos hacemos cada vez más con mejores instrumentos de visión. Nuestra realidad no se vuelve más inestable, lo que pasa es que nuestro entendimiento de la realidad es, por necesidad, un trabajo en proceso.

La pérdida de paradigmas puede resultar algo doloroso, pero es testimonio de la condición vibrante de la ciencia y de la imparable mejoría del entendimiento humano conforme nos acercamos a una comprensión cada vez más precisa del modo en que opera el mundo. Según la Biblia, fuimos castigados por comer el fruto prohibido del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal. En nuestra búsqueda de conocimiento –no del bien y el mal, pero (como dijo Shakespeare) de cómo se agita el mundo– también absorbemos un tipo de castigo. Afortunadamente, perder un paradigma es mucho menos devastador que perder el paraíso. Más aún, a diferencia de los supuestos modos de Dios, la ciencia no necesita ninguna justificación especial más allá de la satisfacción que brinda, así como los hallazgos prácticos que ofrece. Cada paradigma perdido se compensa con la sabiduría encontrada.

Recientemente escuché a un hombre entrevistado en la estación de radio pública local sobre la dificultad de mantenerse al día en lo que consideraba “los virajes de la sabiduría científica”. Dijo: “Fui soldado en Irak en dos ocasiones y sé lo difícil que es atinarle a un blanco en movimiento. Lo que desearía es que los expertos científicos se quedaran quietos.”

Pero ese es el punto. Quedarse quieta es exactamente lo que la ciencia no hará. ~

Traducción del inglés de Pablo Duarte.

Publicado originalmente en Aeon.

1 de abril 2020

Letras Libres

https://www.letraslibres.com/mexico/revista/paradigmas-perdidos-como-cam...

 16 min


Elías Pino Iturrieta

Desconcertado por la aparición de un cesarismo que no había existido hasta entonces, el pueblo venezolano contempló en silencio el establecimiento de la dictadura de Cipriano Castro. El terror de las décadas siguientes lo condujo a un silencio sepulcral, mientras los viejos guerreros que quedaban del siglo XIX y un puñado de estudiantes de la UCV trataban de levantarse frente al oprobio gomecista. La ruta de la transición hacia formas democráticas, llevada a cabo después de la muerte del tirano, no fue obra de las masas, sino de una élite comprometida con cambios que no se podían postergar. Las masas hacen su aparición durante el Trienio Adeco para conmover a la sociedad con su presencia, y para animar los pasos de una democracia que esperaba turno desde el comienzo del estado nacional; pero enmudecen cuando el presidente Gallegos, aclamado en la víspera y electo en forma arrolladora, es derrocado por una militarada. En la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez solo se jugaron el pellejo los activistas de la resistencia, una estadística reducida de valientes, mientras el pueblo los contemplaba desde una vergonzosa lejanía.

Antes, en el siglo XIX, las muchedumbres harapientas se consumieron en el campo de las guerras civiles y en el seguimiento de caudillos apenas capaces de ofrecer remiendos pasajeros de la vida, es decir, en procesos alejados de la edificación de una república como la propuesta cuando nos separamos de Colombia para ser venezolanos. Después, cuando se estableció la democracia representativa a partir de 1958, lo más destacado de la participación de la sociedad en el apuntalamiento de la democracia se limita a votar cada cinco años para fortalecer la alternabilidad en el control de los asuntos públicos. Los partidos de masas hacen que una cómoda clientela se acostumbre a la obediencia, a una deseable mansedumbre, o la manejan para alejarla de pugnas que pueden conducir a la inestabilidad. Este vistazo necesita más pausa, debe aterrizar en la pesca de evidencias que lo sostengan, debido a que pretende revisar el mito del “bravo pueblo” con el cual se han querido distinguir las obras de la sociedad. Tal revisión puede tener importancia porque no busca el derrumbe de una patraña patriotera, sino encontrarle fecha; porque quiere afirmar que solo en nuestros días, en las proezas colectivas contra la dictadura chavista, se ha materializado esa masa combativa con la cual comienza el Himno Nacional sin que se pueda saber de dónde diablos la sacaron sus autores.

Pero, como el Himno Nacional es un símbolo patrio y ese tipo de manifestaciones no está sujeto a la crítica, no está en la boca de los colegiales ni en el inicio de las ceremonias públicas para que le busquemos las goteras, digamos entonces que cuando se ufanó del “bravo pueblo” no hizo una constatación, sino una profecía. La clarividencia del escritor de su letra lo trasportó hacia el porvenir, hacia el tramo temporal que corre entre 2000 y 2020, época en la cual, después de una exasperante pereza cívica, la sociedad venezolana se estrena en el heroico oficio de jugarse la vida y la libertad en un alzamiento masivo contra la antirepública. Sobre el paso de la mansedumbre a la bravura se detiene un excepcional reportaje publicado la pasada semana aquí, en La Gran Aldea, “Dos décadas de protestas en Venezuela”, acucioso aporte en torno a la bravura que se concretó después de bíblica hibernación. Leída sin prisas, la investigación ofrece motivos fundamentales para pensar en cómo se está ante un suceso susceptible de dar un vuelco a nuestra historia. Las primeras protestas, según señala, se realizaron en defensa de la educación de la niñez amenazada por una pedagogía autoritaria, para salvaguardar la propiedad privada frente a las agallas del “socialismo”, y también por la libertad de expresión que se impedía a un canal de televisión, en cuya preparación no tuvieron preponderancia los partidos políticos. Fueron productos de organizaciones de cuño republicano que parecían desaparecidas, pero que, de pronto, se manifestaban en la defensa de sus intereses; criaturas adormecidas de antaño que ofrecían testimonios de dinamismo ogaño, o búsquedas colectivas que dieron señales de vida hasta llegar a cifras gigantescas de participación y a inimaginables cuotas de sacrificio sin esperar el llamado de las banderías que hasta entonces solo habían actuado en forma espasmódica. Hechos de esta naturaleza conducen a pensar en cómo se está labrando una historia inédita, sin cuya valoración no se llegará a un desenlace vinculado a sus propósitos de substancial transformación.

El problema consiste en saber si los partidos políticos de oposición han apreciado la trascendencia de la novedad. Las manifestaciones masivas que ahora señalamos como insólitas se han convertido en retraimiento y mudez debido a la represión de la dictadura, que se ha enfrentado a conductas inéditas de repulsa con los métodos antiguos del terror y la sangre, pero también a la desacertada interpretación que han hecho de ellas los líderes que supuestamente están ahora en su vanguardia. No han entendido esos líderes que en nuestros memorables días la carreta ha marchado delante del caballo, o sin caballo en la cabeza de la competencia, o pensando en fabricar un transporte que no dependa del combustible de antes. O, más cuesta arriba, que ellos también deben debutar en un teatro que no se han atrevido a conocer en profundidad porque no han participado en su creación, porque se extravían en sus laberintos. Da la impresión de que el “bravo pueblo” nuevo en esta plaza les llevó una morena hasta cuando resolvió tomarse un receso, pero tienen la necesidad de agarrar el paso. ¿Por qué no reflexionan y enmiendan durante ese receso que les cae como lluvia celestial? Si no, se irán con su “hoja de ruta” al rincón en el cual pasarán el resto de sus días.

30 de agosto 2020

La Gran Aldea

https://lagranaldea.com/2020/08/30/el-debut-del-bravo-pueblo/

 4 min


Sigmar Gabriel

En menos de tres meses, Estados Unidos tendrá su 59.° elección presidencial cuatrienal. Debido a que Estados Unidos aún es más poderoso económica y militarmente que sus dos principales competidores (Rusia y China) juntos, sus elecciones siempre tienen impacto a nivel mundial, pero nunca antes hubo una que implicara una amenaza tan importante para el resto del mundo.

No hay dudas de que la reelección del presidente Donald Trump pondría en peligro tanto a EE. UU. como al mundo. Además, hay muchos motivos para temer que una elección reñida podría sumergir a EE. UU. en una profunda y prolongada crisis constitucional, y tal vez en la violencia civil.

De manera similar, si Trump solo consigue una victoria en el colegio electoral y pierde con el voto popular —como ocurrió en 2016— no es muy probable que su contrincante, Joe Biden, ni la mayor parte del país que se opone a él acepten el resultado tan fácilmente como Hillary Clinton en 2016 y Al Gore en 2000. Y si la Corte Suprema vuelve a intervenir para elegir al ganador, como ocurrió cuando escogió a George W. Bush en vez de a Gore, es casi seguro que habrá masivas protestas en todo el país. En respuesta, Trump casi seguramente enviaría a las tropas de las fuerzas del orden federales, como ya lo hizo en Portland y otras ciudades.

Otra opción, ya que Biden sistemáticamente obtiene mejores resultados que Trump en las encuestas de opinión, es que Trump podría intentar usar la pandemia de la COVID-19 como pretexto para posponer o corromper de algún otro modo las elecciones. Ya dedicó el verano a denigrar la validez de los sufragios por correo para deslegitimar por anticipado las votaciones del 3 de noviembre. Aunque estas acciones encontraron una fuerte resistencia, Trump está preparando el terreno para movilizar a sus partidarios y aferrarse a la Casa Blanca independientemente del resultado de las elecciones.

Los disturbios y saqueos como los que vimos recientemente en Portland y Chicago ayudarán inevitablemente a Trump en términos políticos mientras adopta esa estrategia. Ya estuvo dispuesto a desplegar las fuerzas del Departamento de Seguridad Nacional en el centro de Portland para intimidar a grupos relativamente pequeños (y, en su mayoría, pacíficos) de manifestantes. El resultado predecible (y probablemente buscado) fue la expansión de las protestas y la escalada de la violencia. El mensaje de Trump a los blancos de clase media que habitan en los suburbios es claro: aquí hay un presidente que mantiene la ley y el orden.

El uso de recursos federales para intimidar a la población también alimenta la narrativa trumpista de que no puede haber elecciones justas y en calma sin que sus opositores las manipulen a través del fraude electoral. Las imágenes de las milicias de extrema derecha fuertemente armadas que asistieron a las protestas pacíficas presagian lo que le espera al país este otoño.

Esta versión de EE. UU., cuyas divisiones internas se han derramado cada vez más hacia la política exterior tal vez sea la mayor amenaza a la seguridad que enfrenta el resto del mundo en la actualidad. En una época de crecientes riesgos en el planeta —desde pandemias y cambio climático hasta la proliferación de armas nucleares y la reafirmación china y rusa— la implosión política de EE. UU. multiplicaría al máximo las amenazas. Estados Unidos es sencillamente demasiado importante en términos económicos, políticos y militares como para tomarse un descanso o, peor aún, convertirse en un saboteador impredecible en los conflictos mundiales porque su gobierno necesita presumir ante un electorado local limitado.

Solo nos queda esperar que la elección tenga un ganador claro tanto en el colegio electoral como a través del voto popular. Sin embargo, incluso en ese caso, el recuento para obtener el resultado final puede llevar tiempo debido al enorme aumento de los votos por correo que se espera. Se considerarán válidas todas las boletas con timbres postales del 2 o el 3 de noviembre (según el estado), por lo que no se conocerá el resultado final hasta después del día de las elecciones. Durante esa lapso de incertidumbre, cualquiera de los rivales, o ambos, pueden tratar de reclamar la victoria según el recuento de votos a la fecha.

En todo caso, no hay ninguna probabilidad de que Trump espere cortésmente en el Despacho Oval durante días o semanas hasta que esté el recuento final. Ya insinuó vagamente durante algunas entrevistas que no abandonará la Casa Blanca si pierde; de hecho, parece estar preparándose activamente para ese escenario. Si sigue ese camino, la principal superpotencia del mundo se encontrará frente a una prolongada —y tal vez inextricable— crisis constitucional.

La antigua alianza de los países occidentales democráticos e industrializados ha cometido muchos errores en los últimos años y eso ha afectado su reputación internacional, pero ninguna institución es más fundamental para mantener el atractivo general de Occidente que las elecciones libres y justas. Si el anterior líder de facto de Occidente no es capaz de defender siquiera este principio, el resto del mundo bien puede optar por otros sistemas políticos.

Agsoto 26, 2020

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/us-election-risk-to-the-wor...

 4 min


Jesús Elorza G.

Muchos de los militantes pertenecientes a las organizaciones que conforman el "Gran Polo Patriótico, se manifestaban sorprendidos e indignados por las recientes decisiones judiciales en contra de dirigentes comprometidos con el proceso revolucionario. No lograban entender como hasta ayer, el camarada Nicolas les pidió que se disfrazaran de alacranes para dar la impresión de ser militantes de los oligarcas y golpistas partidos AD, PJ, COPEI, Voluntad Popular y Proyecto Venezuela y ahora nos sale ordenándole al Camarada Mikel, que desde el TSJ se intervengan organizaciones revolucionarias.

El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) siguiendo las ordenes de Nicolás suspendió este 18 de agosto a las actuales direcciones nacionales de las organizaciones Partido Tendencias Unificadas Para Alcanzar Movimiento de Acción Revolucionaria Organizada (Tupamaro) y Patria para Todos (PPT). Además, nombró una junta directiva ad-hoc de las referidas organizaciones políticas “para llevar adelante el proceso de reestructuración necesario”, según se lee en la sentencia número 0119. Dicha junta directiva ad hoc-podrá utilizar la tarjeta electoral, el logo, símbolos, emblemas, colores y cualquier otro concepto propio de las referidas organizaciones.

No se limitaron solo a intervenir descaradamente a las organizaciones nombradas, sino que también amenazan constantemente, con los organismos represivos del régimen, al histórico Partido Comunista de Venezuela (PCV).

¿Quién puede explicar esta situación? reclamaban constantemente los milicianos a sus jefes políticos.

Cuando la situación se hizo pública y se les iba de las manos a las autoridades del PSUV, uno de esos dirigentes dio la cara e intento dar una explicación: camaradas, todo este peo, se inicia luego del anuncio de la conformación de la Alternativa Popular Revolucionaria, después de varios años de arduas y acaloradas discusiones, reordenamientos tácticos y ajustes en el accionar político de varias organizaciones.

Esta es una alianza de partidos y movimientos de izquierda que se muestran decididos a marcar un decisivo deslinde de las políticas anti-populares del gobierno nacional y ofrecer un nuevo referente obrero, campesino y popular al país, por una salida revolucionaria a la crisis del capitalismo.

Promovida por el Partido Comunista de Venezuela (PCV), Patria Para Todos (PPT), Izquierda Unida (IU) y Lucha de Clases -sección venezolana de la Corriente Marxista Internacional, 4 de las 6 organizaciones que forman parte del Frente Popular Anti-fascista y Anti-imperialista (FPAA. En principio, a esta coalición se han sumado la Red Nacional de Comuneras y Comuneros, el MB200, Somos Lina, Movimiento LGTI, MPA, COMPA y el PRT.

La Alternativa Popular Revolucionaria es el fruto de la presión de las bases sociales de la izquierda en general por orientar un desmarque de la política gubernamental, que ha destruido las conquistas de la Revolución Bolivariana de forma sistemática, ha traicionado las aspiraciones de los trabajadores y el pueblo, ha asfixiado de manera burocrática todas las instancias de participación popular, combinando el ajuste económico anti-obrero con innumerables concesiones a la burguesía tradicional, toda vez que favorece el surgimiento de la llamada «burguesía revolucionaria» mediante la corrupción desmedida.

-Camarada, interrumpió uno de los milicianos a su jefe. Eso no tiene nada de malo en el marco del respeto a la disidencia y la autonomía de las organizaciones.

Tienes razón, dijo el expositor, pero la arrechera del Camarada Nicolás, se produjo cuando estas organizaciones promovieron entre si una alianza electoral para el 6 de diciembre "sin la participación del PSUV" y a partir de ese momento ordenó, al mejor estilo de Stalin con "La Gran Purga", Polt Pot con el genocidio de los "Jemeres Rojos" o Mao con su "Revolucion Cultural", la purga de los promotores de esas organizaciones.

-Camarada, ripostó otro de los milicianos, ¿dónde quedan los principios democráticos de Libertad de Expresión o el de la Crítica y la Autocritica?

A esa pregunta el expositor respondió rápidamente, señalando que la democracia participativa revolucionaria se limita a "Yo participo y tu o ustedes obedecen". No nos vamos a calar una alianza electoral fuera del PSUV; para eso elevamos a 270 el número de diputados con la finalidad de darle una tética parlamentaria a esos pequeños grupúsculos que forman parte de nuestra revolución. En el PSUV todo, fuera de el ...purga y/o cárcel.

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Lenys Martínez

La cuarentena es tan solo “uno de nuestros males, con una economía bajo un proceso de dolarización caótica, precarios servicios públicos, escasez de combustible y solo el confinamiento vino a complicar más la situación”, señaló el analista y director de la firma consultora Econométrica, Henkel García, el martes 25 de agosto en la conferencia virtual “Desafíos Económicos Venezuela 2020-2021”.

Por otro lado, García señala que es imposible decir qué pasará en Venezuela en dos o tres semanas. “Hay retos inesperados e inestables, incertidumbre. Para cualquier persona es súper complejo lo que ocurra en algún determinado momento”, apunta.

Ciclo de empobrecimiento

El analista destaca que actualmente en el país hay un ciclo de empobrecimiento constante y que no existen consejos, ni respuestas que puedan servir para salir de la crisis económica actual. “No somos viables financieramente”, sentencia. Ante ello, puso de ejemplo que Estados Unidos ha tenido una breve recuperación en el consumo de acuerdo a lo que tenían antes de la pandemia. Caso contrario al de Venezuela, donde la cuarentena ha sido “un lujo para muchos”, agregó.

Faltan recursos

García señala que para la recuperación económica del país es necesaria:

La inversión extranjera

Los créditos multilaterales

La inversión de venezolanos en el exterior.

“Esto hace falta para poder recuperarnos de manera robusta y sacar a millones de venezolanos de la pobreza”, dijo.

Sin créditos

Asimismo, indicó también que la administración gubernamental actual eliminó la cartera crediticia en todos los aspectos, y se ha encargado de devaluar cada día más la moneda nacional. “Hay poca capacidad de financiamiento propio”, expresó.

Recuperar la industria petrolera

Por otro lado, García señala que es imperativa la recuperación de la industria petrolera, que aunque el mundo demanda petróleo cada vez menos, es necesaria recuperar la industria “aunque sea de manera lenta”. A su juicio, en Venezuela existe una situación agobiante, extenuante y hay que vivir el presente sin tanto enfoque en el pasado o futuro. “Quedan días difíciles por delante”, culminó.

26 agosto, 20200

Analítica

https://www.analitica.com/economia/las-claves-de-henkel-garcia-para-la-r...

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Arturo Pérez-Reverte

Patente de corso

Una de las lecciones que aprendí en los veintiún años que pasé pateando la geografía de las catástrofes, es que donde no hay foto, donde no hay imagen que mostrar, no hay reacción. Si no enseñas, no conmueves; y además, la gente cree que el drama no va con ella, o que ocurre demasiado lejos como para preocuparse, o que eludir la realidad la pone a salvo. Sobre eso y otras cosas relacionadas escribí hace tiempo una novela titulada El pintor de batallas, quizá la más personal y descarnada de cuantas he escrito en estos treinta años, pues tiene poco de ficción y mucho de realidad. Recuerdos, remordimientos y fantasmas personales.

Ocurrió muchas veces cuando era reportero: la lucha diaria, crónica a crónica, telediario a telediario, entre los que estábamos allí, donde fuera, queriendo mostrar el horror para sacudir conciencias y provocar reacciones, y la censura de ciertos jefes empeñados en que no fuésemos demasiado explícitos en lo que mostrábamos. Sangre, pero no demasiada. Muertos, pero pocos y de lejos. No hiramos sensibilidades, decían. No seamos morbosos, etcétera. No le estropeemos la negociación a Javier Solana, el pacificador de Europa, porque hoy le toca besarse en la boca con Radovan Karadžić. Y aquellas maneras de hace tres o cuatro décadas condujeron a hoy, cuando sale un presentador o presentadora de telediario con cara muy seria, dice gravemente «les advertimos de que van a ver imágenes muy duras», y acto seguido, en una información sobre el zambombazo de Beirut, te enseñan una manchita de sangre en el suelo, una señora llorando y un par de féretros a lo lejos. Los muy imbéciles.

Ha vuelto a ocurrir, y seguirá ocurriendo. Durante los meses de pandemia que llevamos en el currículum, el horror ha galopado a lo largo y ancho del mundo, España incluida, y supongo que seguirá haciéndolo durante un tiempo más –el día que me alcance a mí se darán cuenta, porque escribiré en Twitter Váyanse todos a la mierda–. Sin embargo, las imágenes cercanas de ese horror nos han sido cuidadosamente ahorradas por las autoridades encargadas de que durmamos bien por las noches, no nos angustiemos demasiado, no nos turben imágenes demasiado duras en los periódicos ni los telediarios, hasta el punto de que una fotografía de prensa que mostraba ataúdes fue muy criticada en las redes sociales, por desconsiderada y morbosa. Y eso ya no fue el gobierno, sino el público soberano. O sea, que no es sólo que el presidente Sánchez, el ministro de Sanidad y su fiable portavoz Simón nos hayan estado vendiendo por dosis una normalidad y una seguridad que no eran tales, sino que tenían mucha razón al hacerlo, pues lo que la peña deseaba oír era precisamente eso. Que todo estaba bajo control y que era cosa de cuatro días.

Todo lo demás se quedó fuera: fotos que no hemos visto de los ancianos que morían solos en residencias, dolor de familias enterrando a familiares de los que no podían despedirse, rostros enfermos y agonizantes, lágrimas de esa vecina mía que en dos semanas perdió a su marido, a sus padres y se vio ella misma con su hija en un hospital. Los cuerpos amontonados en las morgues, la desesperación, la angustia, la muerte de cerca y en directo. Los resultados de la vida, en fin, cuando la naturaleza, que no tiene sentimientos, se muestra despiadada y mortal. Todo eso nos lo han escamoteado, ocultado a petición propia; y en su lugar hemos tenido a docenas de políticos contándonos su puta vida en lugar de la verdad, empresarios perjudicados, médicos y enfermeras ensalzados como héroes pero al mismo tiempo amordazados para que no gritasen su horror y desesperación, viudas y huérfanos filmados de lejos para que las lágrimas no salpicasen la lente de la cámara ni se oyeran sus gritos de dolor o cólera. Hemos aplicado a todo eso los filtros sociales de rigor, con el resultado de que cientos de miles de personas han creído que esto era un pequeño inconveniente que les ocurría a otros, pasajero y relativo. Hemos olvidado, sobre todo, que el ser humano es un animal tan estúpido que ni mostrándole de cerca el horror, ni restregándole la cara por la sangre, es capaz de sentirse personalmente afectado. Hasta que le toca a él, claro. Hasta que llaman a la puerta y aparece el cobrador del frac y uno pone cara de gilipollas mientras su mundo, sus seres queridos, su vida entera, se van a tomar por saco.

No nos han enseñado suficientes muertos. Por eso todos estos meses de tragedia y dolor no han servido para un carajo. Y aquí estamos. Acabando agosto puestos de coronavirus hasta las trancas. Protestando porque no nos dejan bailar en las discotecas.

https://www.zendalibros.com/perez-reverte-no-vimos-bastantes-muertos/___...

Publicado el 23 de agosto de 2020 en XL Semanal.

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Transparencia Venezuela
El país se debate entre dos eventualidades, decisivas para su futuro. No es la pregonada disyuntiva entre un proyecto socialista y otro capitalista, entre una alardeada “revolución” o un supuesto desarrollo neoliberal.

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