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Opinión

​José E. Rodríguez Rojas

En el año 2007 Michael Reid predijo qué si los precios del petróleo caían y el régimen chavista continuaba con las políticas enmarcadas en el Socialismo del Siglo XXI, Venezuela se encaminaría hacia una condición de Estado fallido, similar a la de Nigeria, un país africano petrolero que había caído en esa condición.

En el año 2016, según la revista The Economist, la predicción se había cumplido, pues Venezuela se encontraba en una situación económica peor que la de países africanos como Zimbabue. La Encovi 2019-2020 acaba de confirmar que la llamada “africanización de Venezuela” se ha profundizado con el paso del tiempo, ante la inacción del régimen de Maduro de tomar las medidas necesarias para detener la hiperinflación.

Reid en su libro “Forgotten continent.The battle for latin america´s soul“ analizó las políticas de Chávez enmarcadas en el llamado Socialismo del Siglo XXI, las cuales implicaron un crecimiento desaforado del gasto público, que era insostenible en el largo plazo. Reid señaló, en ese momento, que si los precios del petróleo caían y las políticas en cuestión se mantenían, Venezuela se encaminaría ineluctablemente a una condición de Estado fallido, similar a la de Nigeria, un país africano petrolero que estuvo en esa condición hace algunos años.

A mediados del año 2014 Arabia Saudita inició una guerra de precios para sacar del mercado a la producción basada en el sistema fracking, lo que hizo que los precios del petróleo colapsaran. La caída de los precios del petróleo provocó un enorme hueco fiscal y el régimen de Maduro no hizo lo que los economistas aconsejan en estos casos, instrumentar un programa de ajuste con el apoyo financiero del FMI. El programa contempla medidas orientadas a reducir drásticamente el gasto público, como la privatización de empresas, liberar los precios y controlar la emisión de dinero. En su lugar el régimen continuó con las políticas de controles de precios y aceleró la emisión de dinero sin respaldo, lo cual hizo que la inflación se desbordara, colocando el país a las puertas de la hiperinflación. En síntesis los precios del petróleo cayeron y Maduro no tomó ninguna medida de ajuste para corregir la situación

En un artículo, publicado a inicios del 2016 la revista The Economist señaló que Venezuela para ese momento presentaba características similares a las de un país africano como Zimbabue, en uno de sus peores momentos, cuando la hiperinflación azotaba al país en cuestión. Mugabe, el senil gobernante del país africano, decidió dolarizar la economía y abandonar las viejas políticas de controles, lo cual moderó la inflación e inició una etapa de recuperación económica. Debido a ello el magazine señalaba que Zimbawe se encontraba en mejor situación que Venezuela, cuyo gobierno había decidido proseguir con las políticas del socialismo del siglo XXI, agravando los problemas que enfrentaba. En consecuencia, para inicios del 2016 la predicción de Reid se había cumplido, pues nuestro país se encontraba en peor situación que los países africanos.

Luego la situación se complicó aún más, en la medida que el régimen de Maduro no introdujo ninguna medida correctiva y aceleró la emisión de dinero sin respaldo, la inflación se aceleró y se transformó en hiperinflación a finales del 2017. La hiperinflación impulsó aún más el proceso de empobrecimiento que venía sufriendo el país. Según la Encovi la pobreza total se incrementó de 48,4 % en el 2014 a 87% en el 2017 y la extrema pobreza subió de 23,6% al 61,2% en el mismo lapso.

La Encovi 2019-2020 lo que hace es poner en evidencia que el deterioro social se ha profundizado como consecuencia de la hiperinflación. Según este estudio Venezuela se ubica como el más pobre de América Latina, pero cuando se juntan las variables de instabilidad política, PIB y pobreza extrema, nuestro país aparece en el segundo lugar de una lista de 12 países que encabeza Nigeria y termina con Irán, seguida de Chad, Congo y Zimbabue. El sociólogo Luis Pedro España, uno de los investigadores de la ENCOVI aseguró que Venezuela nunca ha tenido estos niveles de pobreza y solo se puede comparar con países sin estabilidad política y que pertenecen al continente africano, como Nigeria, Chad, Congo y Zimbabue. La llamada “africanización de Venezuela”, que se inició con el colapso de los precios del petróleo del 2014 en adelante, lo que hizo fue profundizarse en el tiempo; impulsada por la inacción del régimen de Maduro que no tomó las medidas necesarias, en su debido momento, para detener el colapso económico y la hiperinflación. En contraste los países africanos si lo han hecho, como fue el caso de Zimbabue donde Mugabe, un senil gobernante africano que culpaba a los homosexuales de los males que agobiaban a su país, introdujo la dolarización.

Profesor UCV

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Titulo con frase de Dolores Ibárruri, “la Pasionaria”, porque entre 12 y 20 de julio de 1936, hace 84 años, arrancó la guerra civil española, modelo de atrocidades y mar de sangre, por culpa de cabecillas políticos tan radicales como ineptos. La noche del 12 la Guardia Civil irrumpe en el hogar y secuestra al diputado monárquico José Calvo Sotelo. Encabezan los agentes Fernando Condés y Luis Cuenca, del PSOE. El segundo era escolta de Indalecio Prieto, líder del partido.

Calvo amanece en la calle con dos tiros en la nuca. Salvador de Madariaga anota que, en una vibrante intervención de Calvo en el parlamento, la medusa, madre muerte, la “Pasionaria”, le gritó: “¡Este es tu último discurso!”. Un plan monstruoso pero imbécil, porque el crimen precipita el golpe de Estado que ramaleaban altos oficiales y disuelve la negativa a sumarse de Francisco Franco, el más temible de ellos. El general Mola da su golpe fracasado para tomar el país en tres días.


Y emergió el dragón de tres años de guerra civil, un millón de muertos, según J.M. Gironella, y Franco entrará a dominar España hasta su muerte. La historia narra la lucha entre republicanos y nacionales, pero ¿había nacido de verdad una república cinco años atrás, o en 1931 depara lo que Platón y Aristóteles juzgan degeneración republicana, la anarquía, la república popular o revolucionaria? A diferencia de Carlos I o Luis XVI, el colapso mismo de la monarquía borbona es patético.

En ese crucial 1931 hubo una simple elección municipal de concejales, no un referéndum constitucional ni nada parecido. Compiten las alianzas de socialistas, stalinistas, anarquistas, trotskistas, republicanos, contra partidos conservadores, y ganan aquellos, aunque quedan bastante parejos. Los primeros en las grandes ciudades, y los otros en el campo. Para aterrorizar, la izquierda lanza las masas a la calle, y el tembleque Alfonso XIII sale disparado de incógnito, renuncia al trono y pasa a la historia… de las aves de corral.

La revolución de 1934
Comienza la república popular con la expulsión del Primado, arzobispo de Toledo monseñor Segura y del eminente monseñor Múgica, en respuesta a que despiden afablemente al rey, aunque llaman a apoyar el naciente régimen. Este apunta la agitación social hacia sus odios y estimula oleadas de asaltos, quema de conventos, iglesias, fábricas, comercios, por todo el país. Las Cortes Constituyentes` paren una “constitución inviable” según Gregorio Marañón.

Para Ortega y Gasset, “lamentable, sin pies ni cabeza, ni el resto de materia orgánica”. Prohíbe a los curas las congregaciones y actividades pedagógicas, industriales o mercantiles. Pero dos años más tarde, las elecciones de 1933 marcan un viraje radical, obra de que por primera vez votan las mujeres. Triunfan los conservadores, que ceden el gobierno a un moderado, Alejandro Larroux, pero la izquierda responde el gesto con insurrección armada y huelga general. Proclaman el Estado catalán.

Huelga en Barcelona, Madrid, Vasconia, y en Asturias tragedia. Los trabajadores se organizan en soviets, arrasan cuarteles de la guardia civil, toman la cuenca minera, las fábricas de armas y en la capital Oviedo, destruyen casi mil edificios. Las tropas decomisan cientos de miles de fusiles y pistolas e intentan pactar con los mineros, pero estos vuelan la Catedral medieval. Saldo, dos mil muertos y 30.000 presos.


Manuel Azaña, bárbaro ilustrado y de corbata, mientras organiza el Frente Popular para las elecciones de febrero de 1936, declara que “todos los conventos de España no valen la vida de un republicano”. Y Largo Caballero que “si las derechas no se dejan vencer en las urnas… nos veremos obligados a ir a la guerra civil”. Violencia de calle contra los conservadores, Azaña gana por nariz las, 4.570.000 contra 4.356.000, y avanza la sovietización de un país partido por la mitad.

Julio 1936
Convierten conventos y monasterios en chekas, cárceles secretas de los revolucionarios. Anarquistas, socialistas, estalinistas, cada uno tiene las suyas. Asesinados los derechistas Calvo Sotelo y el virulento José Antonio Primo de Rivera, más tarde Santiago Carrillo fusilará 4000 presos madrileños. Y aparece la sublevación militar. En tres años los republicanos liquidan más de 7000 obispos, sacerdotes, seminaristas y monjas. Hay ciclos virtuosos en la vida de los países.

En ellos confluyen generaciones brillantes en la política, el pensamiento, el arte y la cultura, que dan rumbos creadores a sus naciones. Así ocurrió en la independencia de EEUU, la Ilustración francesa, el Renacimiento, el siglo de Pericles. Pero con menos suerte, en otros, en vez de liderazgos, surgen pandillas. Precedidos por Pablo Iglesias, un ideólogo nefasto (¡cuando no!) muerto antes, Largo Caballero, Manuel Azaña, J.A Primo de Rivera, Calvo Sotelo, la Pasionaria, crean el horror que traerá 40 años de dictadura.

Energúmenos, mediocres, fundamentalistas, su absoluta incapacidad para dirigir una vida política decente rompe sus naciones. No pueden convivir porque planean dominar la sociedad, y hacen surgir dragones reaccionarios que imponen orden y silencio. Roosevelt y Churchill después de la guerra mundial, decidieron sostener a Franco ante el peligro de que regresaran los “pasionarios”.

@CarlosRaulHer

 3 min


ABC
El ex consejero de seguridad nacional reconoce que la Administración de Trump ha sometido al régimen de Venezuela a mucha presión, pero no ha tenido tanto éxito como quisieran.

 7 min


Rafael Tomás Caldera

El relativismo es una enfermedad. Una “dictadura del relativismo” destruye la razón cuyo uso es necesario recobrar, en particular eso que ha podido calificarse de sentido común: Un uso de la razón que se atiene a las evidencias fundamentales de lo real, de la conciencia, y permite discernir el grado de certeza en cada campo del conocimiento.

Ante los estallidos de violencia y las ásperas confrontaciones que hemos presenciado por los medios de comunicación no pocos se preguntan por su significado. ¿Será posible que Fray Junípero Serra, educador y fundador de misiones, tenga alguna relación directa con la lamentable muerte de George Floyd o hay algo aquí que estamos confundiendo en forma grave?

La causalidad de los fenómenos sociales es múltiple. No estamos ante un nuevo Mayo de 1968, como algunos se precipitaron a decir. La situación actual -toda situación histórica- tiene elementos comunes con episodios pasados pero, a su vez, muestra aspectos inéditos. Chesterton solía recordar como lo que no se repite es la historia. La libertad humana juega un gran papel en la determinación de los acontecimientos, así como de las condiciones que pueden dar lugar a ellos.

Entre esas causas múltiples, es necesario incluir las presiones psicológicas producidas por el largo confinamiento al que se han visto sometidas poblaciones enteras. Junto con eso, el miedo a la enfermedad, alimentado en gran medida por la desinformación. Confinamiento en espacios reducidos y miedo forman una combinación que acaso explique la violencia de algunos estallidos o lo peregrino de algunas reacciones. Si se añade la pérdida del trabajo o el sensible recorte de los ingresos, puede entenderse que haya una condición propicia para serias alteraciones en el intercambio social.

No ha sido algo limitado a las calles. En paralelo, hemos visto muestras de radical intolerancia ante las opiniones discordantes, que se salen de lo que ha querido llamarse “políticamente correcto”.

¿Qué hay en todo ello? Algunas personas se han permitido utilizar ciertas organizaciones como fachadas para sus propósitos encubiertos: ¿Qué relación puede haber entre el valor de las vidas de la gente negra y la defensa de un régimen dictatorial en Venezuela? Hay quien va lejos en la denuncia de tales conexiones, extrañas o sorprendentes, y acaso tenga razón. Soy poco inclinado a ese tipo de análisis, sobre todo porque a un ciudadano corriente le resulta imposible verificar la información. Por lo demás, no dejará de haber conspiraciones para intentar llevarnos -a personas y sociedades- por otro rumbo.

Quisiera, en cambio, destacar un factor, condición de base de todo lo que ocurre, al que no se presta la atención debida. Me refiero al relativismo.

En fecha reciente ha habido más de un intento -cartas públicas incluidas- de atajar la difusión de “un virus que -se afirma- va cegando los capilares de la libertad de expresión y el debate abierto”. Sin embargo, descontada su importancia, es necesario reconocer que la libertad de expresión es un efecto. Es el reconocimiento -y, en tal sentido, el resultado- del afán de saber connatural al ser humano. La primera línea de los libros metafísicos de Aristóteles ya anuncia que todo hombre desea por naturaleza saber. Este deseo es un amor natural a la verdad y lo verdadero que cada persona ha de ratificar en la conducción de su vida.

Separada de la verdad y el conocimiento, ¿qué queda de la libertad de expresión? Tan solo el intento de preservar un espacio social para manifestar las opiniones propias acerca de cómo organizar la vida. A lo referido a la individualidad de cada uno se puede aplicar quizás el refrán del Quijote: “Debajo de mi manto, al rey mato”. Pero si no hay verdad ni conocimiento, las opiniones sobre lo público y común no tienen otro fundamento que las preferencias arbitrarias de uno u otro. Se querrá entonces hacer valer las opiniones a la fuerza. ¿Fuerza? Sin duda: ¿Qué otra cosa sería expulsar de una Academia a un reconocido investigador por haber citado informaciones que contrarían el sentir del momento?, ¿o negarse a vender las obras de una autora muy popular por haber osado afirmar -con todo cuidado hacia las tribus de la opinión- una verdad natural evidente?

La irracionalidad y el fanatismo en la sociedad occidental son consecuencia de ese relativismo que invalida la razón, y “deja como última medida solo el propio yo y las propias ansias”. Destruida la razón en la vida social no queda sino la fuerza que proyecta, de manera voluntarista, las preferencias del yo y se manifiesta enseguida en el afiliarse a un grupo (o plegarse o someterse) para imponer tales preferencias a los otros.

La imposición, hemos visto, revestirá formas diversas: Violencia física en las calles, quema de comercios y derribo de estatuas; linchamientos mediáticos que cubren de oprobio a alguna persona; censura en el medio académico contra quien afirme algo diferente al pretendido sentir de la mayoría, aunque sea -como en el cuento- tan solo por atreverse a denunciar que ‘el rey va desnudo’.

Lleno de fuerzas en contraposición, el espacio social conoce ahora un predominio de las ideologías, remedos defectuosos de la verdad y el conocimiento. Los Estados Unidos, tan apegados siempre al common sense, se presentan en sus manifestaciones públicas casi como un verdadero aquelarre: Palabras llenas de sound and fury, que no significan nada y son más bien armas arrojadizas.

Hemos de volver sobre nuestros pasos. El relativismo es una enfermedad. Una “dictadura del relativismo” destruye la razón cuyo uso es necesario recobrar, en particular eso que ha podido calificarse de sentido común: Un uso de la razón que se atiene a las evidencias fundamentales de lo real, de la conciencia, y permite discernir el grado de certeza en cada campo del conocimiento. Permite tener una base común sobre la cual fundar la vida social en el respeto a la persona y su libertad.

Solo preserva el uso de la razón un deseo incondicionado de hallar la verdad y manifestarla. El relativismo ha cortado la raíz de la vida de la inteligencia, entregada ahora al dominio de los prejuicios, las pulsiones y las ideologías. En una larga deriva, ha terminado por abrir la puerta a un tiempo de la ira.

17 de julio 2020

La Gran Aldea

https://lagranaldea.com/2020/07/17/un-tiempo-de-la-ira/

 4 min


John M. Barry

Cuando mezclas ciencia y política, obtienes política. Con el coronavirus, Estados Unidos ha probado que la política no ha funcionado. Si queremos planear la reapertura completa tanto de la economía como de las escuelas de manera segura —lo cual se puede lograr— tenemos que volver a la ciencia.

Para entender cuán mal está la situación en Estados Unidos y, lo más importante, qué se puede hacer al respecto, es necesario hacer comparaciones. En el momento de escribir este artículo, Italia, que hace unos meses era la imagen de la devastación por el coronavirus y cuya población es del doble de la de Texas, recientemente ha promediado alrededor de 200 nuevos casos al día mientras que Texas ha tenido más de 9000. Alemania, con una población cuatro veces la de Florida, ha tenido menos de 400 nuevos casos al día. El 12 de julio, Florida reportó más de 15.300, el total más alto para un solo día de cualquier estado de Estados Unidos.

La Casa Blanca dice que el país tiene que aprender a vivir con el virus. Una cosa sería si los nuevos casos ocurrieran al ritmo que suceden en Italia o Alemania, sin mencionar a Corea del Sur, Australia o Vietnam (que hasta el momento tiene cero muertes). Pero Estados Unidos tiene la tasa de crecimiento más alta de nuevos casos en el mundo, incluso por encima de Brasil.

Italia, Alemania y decenas de otros países han reabierto casi por completo, y tenían toda la razón en hacerlo. Todos tomaron el virus en serio y actuaron de manera decisiva, y continúan haciéndolo: Australia acaba de emitir multas por un total de 18.000 dólares porque demasiadas personas asistieron a una fiesta de cumpleaños en una casa.

En Estados Unidos, los expertos en salud pública estuvieron de acuerdo prácticamente de manera unánime en que replicar el éxito europeo requería, primero, mantener el confinamiento hasta que alcanzáramos una tendencia descendente pronunciada en el número de casos; segundo, lograr un cumplimiento generalizado de las recomendaciones de salud pública, y, tercero, crear una fuerza de trabajo de por lo menos 100.000 personas —algunos expertos consideran que se necesitarían 300.000— para evaluar, rastrear y aislar casos. En el ámbito nacional, no estamos ni cerca de cualquiera de esas metas, aunque algunos estados lo consiguieron y ahora están reabriendo de manera cuidadosa y segura. Otros estados distaron mucho de lograrlo, pero reabrieron de todos modos. Ahora vemos los resultados.

Aunque la ciudad de Nueva York acaba de registrar su primer día en meses sin una muerte por la COVID-19, la pandemia crece en 39 estados. En el condado de Miami-Dade en Florida, seis hospitales han llegado al límite de su capacidad. En Houston, donde se desató uno de los peores brotes en el país, los funcionarios han exhortado al gobernador a emitir una orden de permanecer en casa.

Como si el crecimiento explosivo en muchos estados no fuera lo suficientemente malo, también sufrimos las mismas carencias que afectaron a los hospitales en marzo y abril. En Nueva Orleans, los suministros para pruebas están tan limitados que un lugar comenzó a realizar pruebas a las 08:00 de la mañana, pero solo contaba con suficientes para atender a las personas que ya estaban formadas a las 7:33 de la mañana.

Las pruebas por sí mismas tienen poco efecto sin una infraestructura no solo para rastrear y contactar a personas posiblemente infectadas, sino también para atender y apoyar a quienes resulten positivos y deban aislarse, así como aquellos que deban someterse a una cuarentena inmediata. Con demasiada frecuencia esto no ha sucedido; en Miami, solo el 17 por ciento de quienes dieron positivo por el coronavirus completaron cuestionarios para colaborar con el rastreo de contactos, una acción crucial para disminuir la propagación. Muchos estados ahora tienen tantos casos que el rastreo de contactos se ha vuelto imposible.

¿Cuál es la solución?

El distanciamiento social, el lavado de manos y el confinamiento voluntario siguen siendo cruciales. Se ha hecho muy poco énfasis en la ventilación, que también importa. En áreas públicas, se pueden instalar luces ultravioletas. Estas cosas reducirán la propagación, y el presidente Donald Trump finalmente usó un cubrebocas en público, lo que podría de alguna manera despolitizar el asunto. Sin embargo, en este punto, todas estas acciones juntas, incluso con un cumplimiento generalizado, solo pueden ayudar a reducir tendencias peligrosas donde están ocurriendo. El virus está demasiado extendido como para que estas acciones aplanen la curva de manera rápida.

Para reabrir las escuelas de la manera más segura, lo que tal vez sea imposible en algunas instancias, y reiniciar la economía, debemos reducir el conteo de casos a niveles manejables, hasta alcanzar los niveles de los países europeos. La amenaza del gobierno de Trump de retener los fondos federales de las escuelas que no reabran no logrará ese objetivo. Para hacer eso, solo las medidas decisivas funcionarán en lugares que experimentan un crecimiento explosivo: como mínimo, fijar límites incluso en reuniones privadas e imponer cierres selectivos que deben incluir no solo los lugares obvios como los bares, sino también las iglesias, que son una fuente bien documentada de propagación a gran escala.

Dependiendo de las circunstancias locales, eso podría ser insuficiente; quizá sea necesaria una cuarentena completa como la de abril. Esta podría ser con base en cada condado, pero las medidas a medias lograrán poco, excepto evitar que los hospitales se saturen. Las medidas a medias dejarán la transmisión a un nivel que excederá por mucho aquellos de diversos países que han logrado contener el virus. Las medidas a medias causarán que muchos estadounidenses no vivan con el virus, sino que fallezcan debido a él.

Durante la pandemia de la influenza de 1918, casi todas las ciudades suspendieron gran parte de sus actividades. El temor y el cuidado de los familiares enfermos logró el resto; el ausentismo incluso en la industria bélica excedió el 50 por ciento y destruyó la economía. Muchas ciudades reabrieron demasiado pronto y tuvieron que cerrar por segunda vez —en algunos casos, una tercera vez— y enfrentaron una intensa resistencia. Sin embargo, se salvaron vidas.

Si lo hubiéramos hecho de la manera correcta desde la primera vez, ya operaríamos a casi el 100 por ciento, las escuelas se alistarían para un año escolar casi normal, los equipos de fútbol se prepararían para las prácticas, y decenas de miles de estadounidenses no habrían muerto.

Esta es nuestra segunda oportunidad. No tendremos una tercera. Si no contenemos el crecimiento de esta pandemia ahora, dentro de algunos meses, cuando el clima se vuelva frío y obligue a las personas a pasar más tiempo en interiores, podríamos enfrentar un desastre que haga lucir minúscula a la situación actual.

16 de julio 2020

The New York Times

https://www.nytimes.com/es/2020/07/16/espanol/opinion/coronavirus-cuaren...

 5 min


Los resultados no pudieron ser más estrechos: más de lo que indicaban las encuestas. Andrzej Duda, 50,4 %, Rafal Trzakovski, 49,6%. Este último impugnará el resultado, pues cuando las autocracias gobiernan, hay que contar con alteraciones. Eso lo sabían de antemano Trzakovski y sus electores. Como sea, las elecciones del domingo 12 de julio demostraron que Polonia será, de ahora en adelante, un país políticamente dividido.

¿Política o culturalmente dividido? La pregunta es válida. Como en pocos países las variables culturales (y culturalistas) se cruzan en Polonia con las políticas.

Los periódicos, incluyendo los más importantes, aportaron confusión a un no tan confuso tema. Los titulares de la mayoría de ellos anunciaron que en Polonia los conservadores derrotaron por leve mayoría a los liberales. Así presentadas, parecía que las polacas habían sido una de esas elecciones clásicas del siglo pasado, cuando los liberales (y/o socialdemócratas) disputaban alegremente el gobierno con los conservadores.

Pero no, definitivamente no. Ni el PiS (Ley y Justicia) de Duda y Kaczynski puede ser considerado un partido conservador clásico, ni la agrupación que apoyó a Trzakovski (Plataforma Cívica), una opción puramente liberal. Dicho en otras palabras, las elecciones no fueron una disputa entre Tories y Whigs a la polaca, sino entre dos contendientes que mantienen plena equivalencia con las nuevas formaciones políticas post-modernas europeas.

Ambos candidatos - es mi tesis – representan contingentes muy polacos pero a la vez muy europeos. Hecho que explica por qué los políticos, no solo de Europa, siguieron con tanta atención el curso de las presidenciales polacas. Y con razón: la diferencia fundamental entre los dos candidatos era su relación con Europa y con su máxima representación, la UE.

Mientras Duda, en representación del líder del nacional- populismo Jaroslav Kaczynski, aboga a favor de los nacionalismos, Rafal Trzakovski lo hace a favor de una Europa internacional y global. Pero esta es solo una apariencia.

Si acercamos más la lupa al tema, podremos advertir que los nacionalistas de hoy, los así llamados nacional-populistas, son en la práctica más internacionalistas que los defensores del internacionalismo europeo. El PiS, para nadie es un misterio, forma parte de un contexto nacional-populista continental.

La afinidad del régimen que representa el PiS con las autocracias nacionalistas de Europa, incluyendo a la de Rusia, es muy estrecha. La intimidad de las relaciones entre los regímenes que representan Orban en Hungría y la dupla Duda-Kaczynski en Polonia, linda con la hermandad. Cierto es que los representantes del PiS no se dicen pro-rusos (el pasado vivido bajo el yugo soviético pesa, aunque solo sea en la retórica). Pero el más entrañable aliado europeo de Putin es el húngaro Viktor Orban.

Con razón el historiador Adam Mischnik, quien fuera uno de los más directos consejeros de Walesa, afirmó en su entrevista más reciente (Die Zeit, 04.07.2020), que Polonia vive un acelerado proceso de “putinización”. Efectivamente, los regímenes fundados en Hungría y Polonia son un calco, pero a escala reducida, del fundado por Putin en Rusia. Ese proceso ha sido parcialmente bloqueado por la candidatura de Trzakovski.

Hungría y Polonia – hay que decirlo - han llegado a ser partes constitutivas de la zona de influencia imperial de Putin en Europa. Una mitad de la ciudadanía polaca ha dicho claramente “no” a esa geopolítica pertenencia.

Hecho destacable es que la fuerza electoral de las nuevas autocracias no reside en las grandes ciudades sino en las zonas agrarias y sub-urbanas de los países donde gobiernan. Eso explica en parte el carácter y sentido de una de las diferencias político-culturales que se dan entre Duda y Trzakovski. Son las mismas que se dan entre las autocracias europeas y sus enemigos democráticos.

Las zonas rurales y suburbanas, como es sabido, están dominadas por instituciones religiosas, sea la Iglesia católica en Hungría y Polonia, sea la iglesia ortodoxa en Rusia, sean las cofradías islámicas en Turquía. De este modo, y siguiendo el mandato de su clientela, Duda se presentó a las elecciones de julio como un defensor del estado de la familia patriarcal y del estado confesional. Trzakovski por su parte, fue dado a conocer por los medios como un representante del estado secular y de las libertades personales, incluyendo las sexuales.

Sabiendo a quienes dirigía su mensaje, y viéndose superados por las propuestas sociales y políticas de la candidatura Trzakovski, los nacional-populistas intentaron - como siempre, con éxito – jugar su carta más sucia: la de la sexualización de la política (sobre ese tema habrá que escribir otro artículo: es fundamental) De este modo, a medida que se acercaba el día electoral, el régimen controlado por Kaczynski desataba una campaña furiosa en contra de homosexuales y lesbianas y - sobre todo, horror de horrores - en contra del matrimonio gay.

Nada nuevo bajo el sol. Los nacional-populistas cuando se encuentran acorralados sacan a la política del parlamento y de las calles para llevarla a los dormitorios y a las camas. Que en la colonización de los espacios de la intimidad reside el germen de la dominación totalitaria fue advertido, cada uno en sus tiempo, por Hannah Arendt y Michel Foucault.

El nuevo líder de la oposición polaca - un amplio frente donde caben desde los conservadores democráticos, los liberales de Simon Holvnia (ayer rival, hoy aliado de Trzakovski) y todos quienes se sienten descontentos con la gestión autoritaria del PiS - no siguió el juego a las provocaciones patriarcales, confesionales y sexistas de Duda. El mismo Trzakovsi es un defensor del orden familiar, pero en un contexto comunicativo con el orden social. No es anti-nacionalista, pero entiende que las naciones, sobre todo en tiempos globales, solo pueden prosperar a través de una permanente cooperación internacional. Eso lo ha llevado, en contra de los egoísmos nacionalistas, a defender el rol simbólico y político de la UE. De esta manera los electores que lo apoyaron percibieron que, así como Kaczynski y Duda están muy cerca de Putin, Trzakovski puede ser situado en las cercanías de Angela Merkel.

Polonia, reiteramos, se encuentra políticamente dividida en dos partes casi iguales. Hecho que bajo ningún punto de vista puede ser considerado una tragedia. Máxime si tenemos en cuenta que sin divisiones no hay política. Lo importante de la nueva situación es que la división polaca concentra en un solo país la gran división europea de nuestro tiempo. Ella no se da ni en los planos económicos ni sociales. Su locus está enfocado en la contradicción entre dos formas de gobierno. Una es la autocracia confesional y antiparlamentaria. La otra es la democracia secular y parlamentaria.

La revolución que una vez comenzó en la Francia de 1789 no ha terminado todavía. Ni siquiera en Francia. Mucho menos en Polonia. En el fondo, esta es una triste conclusión.

17 de julio 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/07/fernando-mires-polonia-dividida...

 5 min


Andrea Rizzi

Una estratégica interacción entre ideas y partidos socialdemócratas y verdes se perfila como vía esencial para que la izquierda retenga relevancia en Europa

La socialdemocracia europea entró en el siglo XXI con vigor y grandes expectativas. El paso de centuria fotografió como jefes de Gobierno a Gerhard Schröder en Alemania, Tony Blair en el Reino Unido, Lionel Jospin en Francia (con el conservador Jacques Chirac de presidente), Massimo D’Alema en Italia y Romano Prodi al frente de la Comisión Europea. El deterioro desde entonces ha sido evidente. La familia controla ahora el poder en países de menor peso (España, Portugal y Suecia son los más destacados) y en la UE perdió las presidencias de mayor peso (Comisión, Consejo, BCE, Eurogrupo). En algunos casos el descalabro es brutal, como en Francia o Grecia donde la familia política se halla casi en la irrelevancia, o grave, como el debilitamiento en Alemania o Italia.

En términos generales, la socialdemocracia no parece haberse adaptado exitosamente a las mutaciones de la sociedad europea en la era de la globalización. Su propuesta de protección social ha perdido atractivo, sea por carencias propias o por el magnetismo de ofertas alternativas de corte nacionalpopulista.

En paralelo a este declive, en el corazón de Europa asistimos a un paulatino avance de proyectos de inspiración ecologista. En Alemania, Los Verdes llevan un año adelantando en los sondeos al histórico SPD; en Francia, las recientes municipales han arrojado resultados extraordinarios para los ecologistas, que han cosechado las alcaldías de Lyon, Marsella o Estrasburgo, y fueron clave para la victoria de la socialista Anne Hidalgo en París; en países como Austria y Países Bajos mantienen una posición relevante.

Sin embargo, el despegue verde no acaba de ser rotundo. Pese a su fuerza y ascenso en el corazón de la UE, son irrelevantes en el Sur y el Este, e incluso en sus mejores plazas no cuentan con perspectivas de liderazgo real.

La cooperación entre ambas fuerzas empezó hace tiempo. Precisamente el Gobierno de Gerhard Schröder que asumió el poder en 1998 fue una coalición con los ecologistas. Experiencias parecidas se han dado en otros países en distintos niveles políticos.

Los Verdes son una familia no del todo uniforme, con rasgos ideológicos levemente diferentes según los países, y en muchos casos bastante pragmáticos como para establecer alianzas también con partidos de corte liberal o conservador.

Pero quizás su afinidad más natural sigue siendo con la socialdemocracia, y la interrelación entre ambas será probablemente una de las claves de lectura más importantes de la política europea de los próximos años. Se dan múltiples opciones: cooperaciones clásicas en alianzas cuyo paso marca el socio mayoritario; convergencia en plataformas abiertas detrás de candidatos independientes; intentos de cooptación del ideario verde por parte de socialdemócratas allá donde estos son fuertes y los ecologistas todavía irrelevantes; o, quién sabe, incluso el surgimiento de formaciones híbridas que fusionen las dos pulsiones políticas. Ni rojo, ni verde, ni rojiverde: marrón, como la fusión de los dos colores dentro de uno nuevo.

El marrón es un color poco habitual en los símbolos de la política, quizá por su relación con materia poco agradable. Es también, sin embargo, el de objetos y conceptos tan nobles e inspiradores como la tierra fértil o el tronco de los árboles.

Rojo o verde solo tienen pocas perspectivas de ser hegemónicos en muchos países. Quizá el marrón sea la única opción viable para que en buena parte de Europa el espectro progresista pueda conformar opciones nuevamente hegemónicas en los fragmentados panoramas políticos actuales. Veremos si por metamorfosis del rojo, fusión de rojo y verde, absorción del rojo por parte del verde o creación ex novo de contenedores del color de la tierra fértil.

17 de julio 2020

El País

https://elpais.com/internacional/2020-07-17/ni-rojo-ni-verde-quizas-marr...

 3 min