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Opinión

Además de la salud, la vida y la tranquilidad de toda la humanidad, una de las cosas que el coronavirus afectó, de una manera determinante y que aún no se sabe cómo se repondrá, es el liderazgo político, que a su vez arrastra la credibilidad de los partidos, ya de por sí muy deteriorada. El futuro de estos dos temas, liderazgo y partidos políticos, rondan en la mente y en la preocupación de los analistas políticos.

Estamos claramente ante una situación límite de la humanidad –como la definiría el filósofo Karl Jaspers, hace ya más de un siglo– en la que no basta con el conocimiento científico para luchar contra la pandemia, sino que requiere e implica fuerza y determinación para enfrentar algunas de las secuelas, que en lo político, social, cultural y económico nos va a dejar la situación que atravesamos. Eso implica evaluar dos de los instrumentos políticos con los que contamos, líderes y partidos. Retomaré en una próxima ocasión el tema de los partidos, pero ahora reflexionaré sobre algunas ideas con relación al otro termino de esta ecuación, el liderazgo.

La precariedad del liderazgo político mundial, con honorables y honrosas excepciones, hace que muchos de los líderes, al frente de gobiernos, se hayan refugiado en una mayor centralización del poder, en autoritarismo, en un exacerbamiento del poder del estado, que muchos tememos que ponga en peligro la libertad y los derechos individuales, que en otro momento no se hubiera presentado, ni aceptado. Y no hablo de Venezuela, en donde la violación de los derechos humanos y libertades y el autoritarismo se ha entronizado desde hace varios años, mucho antes del coronavirus. Sobre eso ya mucho hemos hablado.

A nivel internacional, hoy es frecuente echar de menos y recordar a grandes líderes del pasado y pensar en cómo ellos habrían enfrentado esta situación. Se invoca a sus características de visionarios, de haber sido líderes confiables, creíbles, seguros, que inspiraban a sus pueblos, dotados de ingenio y de propuestas esclarecedoras, con capacidad de sacrificio, disposición a correr riesgos y de renunciar a sus metas particulares e inmediatas –usualmente electorales–; en fin, se piensa en todas las cualidades con las que en los libros se adornan a los líderes. Pero, se dice resignadamente sobre los de ahora que estos son los bueyes con los que nos tocó arar. Y así es.

Nuestro problema en Venezuela es que, dada nuestra tradición caudillista y autoritaria, exacerbada los últimos 21 años, al líder autoritario, expresión de la realidad en que vivimos, le queremos oponer uno de la misma raigambre; y nos desesperamos si no aparece a tiempo. Es común que en épocas de crisis busquemos al líder equivocado. Al que tiene las respuestas en el bolsillo, las decisiones, la fuerza y un claro panorama de cuál es el futuro que nos espera; alguien que nos diga de manera clara a donde ir y que convierta en simples algunos de los complejos problemas que confrontamos. Este es un estilo de liderazgo, producto de la imagen que el venezolano tiene de la sociedad en la que vive. Me niego a aceptar este tipo de líder para la sociedad democrática y moderna que queremos construir y con la que queremos reemplazar este régimen de oprobio.

No podemos desaprovechar esta oportunidad, única, para plantearnos y soñar con otro tipo de líder. Tenemos que abandonar el estilo de liderazgo que hemos arrastrado por años, ese que se ha destapado con sus peores muestras durante esta pandemia; ese que deja de lado la consulta a los ciudadanos y se refugia sin más en el autoritarismo, en imponer su voluntad y sus intereses inmediatos.

Aprendimos del modo más cruel posible que aquella idea de Marshall McLuhan de que vivimos en una “aldea global”, es una realidad, para bien y sobre todo para mal. No será posible superar los graves problemas de la humanidad –como el que ahora vivimos– con más aislamiento, sino con mayor integración, mayor comunicación, más globalización; y eso requiere de profundizar algunas relaciones y sobre todo de líderes capaces de impulsar nuevas ideas.

Debemos aspirar a otro estilo de líder, diferente al que hemos estado viendo, el que se manifestó en estos meses y que ya hemos descrito. El líder que necesitamos es el líder que nos rete y nos obligue a movilizarnos, a confrontar los problemas; un líder que mida su éxito en el progreso que alcanzamos, como ciudadanos y como comunidad, en la resolución de los problemas que como sociedad se nos presenten. Un líder que interactúe, que nos influencié y se deje influenciar por nosotros. Un líder que se defina más por la actividad que desarrolla, que por su posición en la estructura social u organizativa que detenta. Necesitamos líderes que negocien conscientes de que hay múltiples intereses en juego y que todos deben ser atendidos, pero sin caer en la componenda y en el arreglo para mantener cuotas de poder. Estamos en la búsqueda de ese tipo de líder y esperamos que tras la pandemia se pueda imponer.

Aterrizando ahora en Venezuela, ¿Es posible aspirar hoy a ese tipo de liderazgo, tras un año como el 2019, que para muchos fue de frustraciones políticas? Si la única manera de enfrentarse, con éxito, a los retos post pandemia y a un régimen como el que nos agobia, es mediante un liderazgo –o una organización– que pueda nuclear y articular a su alrededor otros intereses, tal parece –es el sentir mayoritario al menos– que desgraciadamente no lo tenemos en este momento; hay que construirlo –afortunadamente no desde cero– mostrando coherencia, consistencia y constancia pues lo más grave, como ya dije, es que tenemos en nuestra cultura política y valores enraizados, una serie de vicios, entre ellos la mentalidad autoritaria y caudillista.

Queremos un nuevo tipo de liderazgo, que nos pueda llevar a un mundo distinto y sí ahora no podemos lograr ese líder, de manera completa y cabal, debemos ayudar a que nuestro liderazgo político actual se consolide, exigiéndole que nos plantee de manera clara, con voz firme –que no admita dudas, aventuras y salidas improvisadas–, que ponga los pies sobre la tierra y nos proponga metas alcanzables, posibles, a partir de las cuales nos podamos organizar, para ir construyendo la opción de sociedad que queremos. ¿Es posible esto? ¿Estará el liderazgo actual a la altura de ese desafío? Ese es el reto, en el cual debemos apoyar a nuestros líderes políticos actuales a emprender ese camino, pues muchos de ellos se han jugado mucho. Que no caiga en el vacío ese esfuerzo.

Volveré la próxima semana con el tema de cómo se compagina esto con los partidos políticos que debemos construir y el aporte que puede hacer la sociedad civil al respecto.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Sumidos en la crisis más severa de nuestra historia desde el “annus horribilis” de 1814, es natural que el 92,5% de la población venezolana evalúe como mal o muy mal la situación actual del país. Con este panorama, resulta obvio que la jerarquía de problemas y expectativas de la gente cambie y ahora estén mucho más preocupados por sobrevivir, ser trasladados y atendidos adecuadamente en un hospital en caso de necesitarlo, tener acceso a bienes y servicios básicos, poder mantener a sus familias y sostener sus empleos, que por los discursos políticos de cambio de gobierno y salida de Maduro del poder, independientemente de que ese deseo siga vivito y coleando en la mente de la población.

Mientras la esperanza de que la oposición sea capaz de sacar al gobierno del poder en los próximos tres a seis meses bajó de 63% en febrero de 2019 a 21% en la actualidad, se hace evidentemente insostenible un discurso político que ofrezca soluciones al drama de la gente para “el día después” de que Maduro salga del poder (o mejor dicho que lo saquen), puesto que la gente tiene la necesidad de sobrevivir hoy, de comer hoy, de moverse a un hospital hoy, de tener electricidad hoy, de ser atendido en una terapia intensiva hoy, de que recojan a sus difuntos hoy, de recibir un apoyo monetario para enfrentar el confinamiento hoy y, mientras tanto, la expectativa que tienen sobre el “día después” esta ubicada en el… infinito y mas allá.

En un marco donde la gente incrementa exponencialmente sus necesidades y baja al subsuelo las esperanzas reales de cambio político, es evidente, obvio y racional que aprueben cualquier acuerdo entre las partes en conflicto, incluso negociar con el demonio, si eso representa una oportunidad de atención del Covid-19 y la posibilidad de subsistir el drama que hoy vive y que un político serio acompañaría antes de cualquier otro cálculo personal.


A nadie racional puede sorprender que casi dos tercios de los venezolanos aprobara, ya en mayo pasado, los acuerdos entre la oposición y el gobierno para atender la emergencia causada por la pandemia, mientras mantienen su lucha política en paralelo. Ese es el ambiente favorable en el que la oposición anuncia los acuerdos políticos para la ayuda humanitaria. No se trata en realidad de ninguna negociación cara a cara, ni acuerdos sofisticados o específicos. Por ahora se refiere únicamente a un acuerdo muy general, firmado por ambas partes con un intermediario, que se refiere a un tema de salud focalizado. Pero es obvio que las circunstancias del país y la población han debilitado, con esto, la posición intransigente que propone no hacer nada por la gente hasta que Maduro esté afuera (aunque la mayoría quiere que se vaya), pues de continuar esa ruta, el cortocircuito chamuscaría a la dirigencia opositora indefectiblemente. Estos primeros acercamientos abren la oportunidad para seguir explorando acuerdos de otro tipo en el futuro. Creo firmemente que la realidad, explotando en la cara del sector político, está abriendo posibilidades de que su estrategia (hasta ahora evidentemente fallida) sea revisada, reestructurada y racionalizada, lo cual puede abrir un nuevo capítulo en la lucha política por el cambio. Si tuviera que hacer una hipótesis de impacto de la propuesta de acuerdos humanitarios entre oposición y gobierno para atender el drama de la población, diría que más allá de algunos aullidos clásicos en redes sociales, la población mayoritaria los ve con esperanza y aprobación, aunque más allá de este ámbito específico, debamos seguir siendo escépticos sobre los acuerdos políticos que nos lleven a rescatar los equilibrios en Venezuela.

luisvleon@gmail.com

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Carlos Raúl Hernández

Los grupos dirigentes de Venezuela, entre ellos notoriamente los intelectuales, son responsables de los más insólitos y auto destructivos hechos de que se tiene memoria: descarrilar las reformas de 1989, elegir primero a un anciano defasado y luego a un golpista revolucionario, para la Presidencia de la República, ambos apoyados por el “chiripero”, una colección de grupos de la izquierda fracasada. Como analistas, se puede decir que tenían la sutileza crítica y la capacidad de observación de Luisa Lane.

La babieca de tales eventos, que son la verdadera explicación de lo que pasa hoy, (no Colón, ni Páez, ni Guzmán Blanco) es que se producen luego de que el comunismo yacía bajo los ladrillos del Muro de Berlín, pero nuestros pensadores no hicieron sinapsis, no se dieron cuenta. Había que tener un pensamiento demasiado primitivo para confundir el agusanado cadáver revolucionario con una esperanza.

Naturalmente que todos tenemos derecho a equivocarnos y arrepentirnos, pero verlos callar sus propias culpas y lanzarlas sobre los partidos, la ignorancia del pueblo, la perversidad de la democracia, la corrupción, o taras históricas de la sociedad, es desopilante. En estos episodios monstruosos la responsabilidad de los intelectuales fue dramática. Pero ellos tenían razón cuando apoyaban la revolución y también tienen razón cuando no la apoyan.

No fue el pueblo ignorante quién desarticuló la democracia, sino los cultos y famosos. Quien desempolve la carta de recibimiento a Fidel Castro en 1989 y vea que prácticamente toda la (supuesta) élite intelectual lo firmaba, podía tener claro qué clase de dinosaurios estaban al frente de la conducción moral del país, qué poco valía nuestro pensamiento. Con una clase intelectual así, que besaba la hebilla de Castro, había pocas luces qué buscar.

Costumbristas hegemónicos
Autores de crónicas costumbristas y culebrones, lazarillos, maritornes, trotaconventos, se convirtieron en ductores, conciencias críticas del país, sus faros de Alejandría. Veintiún años después de comenzada la pesadilla anacrónica del siglo XXI que destruyó a Venezuela, y en esa tradición, hay un nuevo arquetipo: la viudita de Marx, aunque comprensiblemente con pocos lectores de sus bodrios intragables.


Basta revisarlos, tan pobremente hechos con hilachas de pensamiento, tapas de refrescos, cojines desechados, colillas de cigarros, latas, espinazos oliscos de atún, conchas de plátano y atestados de lugares comunes. Hace bastantes años, Carlos Alberto Montaner decía que se puede cuestionar libremente al Heidegger, Kant, Platón y Aristóteles, o a cualquiera, sin que nadie se ofenda, pero que, si se hace con el espectro de Tréveris, aparece alguna viudita furiosa por la ofensa.

Luego del Muro, las viudas se hicieron menos violentas, ya no a la ofensiva, pero no por ello silentes. En todas partes aparece alguna, salida de un pasillo oscuro y telarañoso de alguna universidad, o del castillo de Drácula, blandiendo la reliquia, unos pelos de la barba de Marx, una donación para él firmada por Engels, un manuscrito de 1869 donde aclara algo que escribió en 1844.

Su trabajo es defender una ortodoxia imaginaria y fracasada, velar al lado del féretro polvoriento esperando que Lázaro resucite. Estupidizar a los estudiantes con ideologías derogadas. Marx tomó la prédica contra el kapitalismo de los llamados por él socialistas utópicos y dedicó su pensamiento a demostrar el principio de Proudhon de que “la propiedad es un robo” escondido en lo que él llamó la plusvalía, que los kapitalistas esquilman a los trabajadores.

Ver cine cursi
Dada la enorme difusión que alcanzó su pensamiento, entre otras porque se basa en darle jerarquía intelectual al resentimiento, la miseria moral, la envidia y el odio, inoculó una poderosa corriente reaccionaria al pensamiento político y económico occidental. Enseñó al sistema político la idea perversa de que quienes crean empresas productivas de bienes, servicios, alimentos, son paradójicamente enemigos de aquellos a quienes saca del desempleo y la miseria.

El remedio entonces sería que la propiedad-control de los medios de producción estuviera en manos de los propios trabajadores. Como su tesis de la dictadura del proletariado carecía de pies ni cabeza, la más absoluta utopía, en todas partes la dictadura revolucionaria fue sobre el proletariado, como la llamó Trotsky. Y al aniquilar a la burguesía por robar el producto del trabajo obrero, como hizo media humanidad en el siglo XX siguiendo a Marx, produjo desde China hasta La Habana, sin excepciones, la más catastrófica cadena de desgracias voluntarias, crímenes y genocidios de la historia.


Nuestra viudita no pudo trascender su única fuente de información sobre la revolución industrial kapìtalista que vio en películas de Hollywood o Gaumont elaboradas sobre culebrones impresos de la época. Versiones divulgativas de Los miserables, Oliver Twist, Naná, El vientre de París, son la estructura conceptual que sostiene la gravedad de su entrecejo, su vocecita engolada, su corbatica de los 90 y su inescrutable estilo literario, para cuya lectura se requiere la colaboración de expertos en criptografía de la CIA, Scotland Yard y la KGV.


@CarlosRaulHer

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Bernardo de Miguel

Donald Trump no es un pato cojo —la fórmula que define a los presidentes salientes en EE UU— pero Europa le ve como un animal políticamente herido por la gestión de la pandemia, los disturbios raciales y sus perennes vaivenes en la política internacional. La mayoría de los líderes europeos, con la canciller alemana Angela Merkel en lugar destacado, parecen decididos a dar la espalda al 45º presidente de EE UU al menos hasta que se dirima su posible reelección en los comicios del 3 de noviembre. A partir de entonces, los Veintisiete buscarán una redefinición de la relación con la potencia americana.

Europa da por amortizado el primer mandato de Trump (2016-2020) y no parece dispuesta a malgastar capital político en entenderse con un líder estadounidense cuya popularidad en el Viejo Continente ha caído a mínimos por su descarnada respuesta a los disturbios provocados en protesta por la muerte de George Floyd tras ser retenido en el suelo por un policía.

Con manifestaciones en contra del racismo en muchas capitales de la UE, las cancillerías europeas parecen decididas a congelar, o al menos poner al ralentí, las relaciones con Washington durante los cinco meses que faltan hasta las elecciones en EE UU.

“No cabe duda de que la relación transatlántica necesita de urgentes reparaciones”, reconoce la ministra española de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya. En solo tres años, EE UU ha pasado de ser el brazo protector del Viejo Continente a convertirse en el ariete que amenaza con derribar el orden multilateral en el que ha crecido y prosperado la Unión Europea

La mayoría de las capitales europeas son conscientes de que la revisión de los lazos con Washington será inevitable. Pero creen que la solución no es una ruptura sino un nuevo entendimiento. “No podemos responder a interdependencia solo con unilateralismo”, añade González Laya. En todo caso, el replanteamiento deberá hacerse más allá del 3 de noviembre, con Trump todavía como inquilino en la Casa Blanca o con el demócrata Joe Biden si llega a desalojarle.

“¿Relaciones transatlánticas? Es un asunto que deberemos abordar cuando se celebren las elecciones [el 3 de noviembre] y sepamos el resultado”, señalaba este jueves el representante permanente de Alemania ante la UE, Michael Clauss, en una videoconferencia organizada por el European Policy Centre para analizar las prioridades de la presidencia alemana de la UE (a partir del 1 de julio). El deterioro de la relación transatlántica, alimentado por los desplantes y amenazas de Trump desde su llegada a la Casa Blanca, entra así en una fase imprevisible en la que EE UU, de entrada, ha dejado de verse como el aliado incondicional para defender un modelo de vida basado en el Estado de derecho y en la democracia.

Constanze Stelzenmueller, analista senior de Brookings Institute, considera que “los gobiernos europeos están cada vez más consternados por la conducta caótica de la administración Trump. Y no solo en política exterior sino también durante una pandemia y una crisis económica de alcance histórico y ahora ante las protestas en todo el país”.

De manera significativa, la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo dedicó este viernes una sesión especial a analizar la violencia racista en el país de Trump a raíz de la muerte de Floyd. Un escrutinio que ese foro parlamentario reserva habitualmente para países como China, Turquía, Rusia o Egipto.

Maria Arena, eurodiputada belga y presidenta de la subcomisión de Derechos Humanos, defiende la necesidad de analizar la violencia vivida en los últimos días al otro lado del Atlántico. “EE UU es uno de los principales socios de la UE en el ámbito económico y diplomático, así que es normal que nuestra comisión se ocupe de la situación en ese país cuando alcanza un nivel casi de insurrección”, señala Arena.

La sesión parlamentaria ha rematado una semana de claro distanciamiento entre la UE y EE UU, marcada por la negativa de Merkel a asistir en Washington a la cumbre del G-7 con la que Trump aspiraba a pasar la mortífera página de la pandemia.

El ‘no’ de Merkel

El nein de la canciller ha frustrado la foto que hubiera permitido al presidente estadounidense reivindicar su liderazgo internacional tras verse cuestionado en su propio país por la gestión negacionista de la pandemia y por sus incendiarias intervenciones durante las protestas antirracistas.

La secuencia de la pandemia y el estallido de violencia también han bloqueado los incipientes lazos de la nueva Comisión Europea, presidida desde el pasado 1 de diciembre por Ursula von der Leyen, con la administración de Trump. El anterior presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, logró alcanzar un entendimiento con el presidente estadounidense que evitó una guerra comercial abierta.

La actual presidenta confiaba en mantener la frágil tregua y, tras un primer encuentro con Trump en la cumbre de Davos, esperaba visitar pronto la Casa Blanca. El encuentro, sin embargo, ha quedado aplazado sine die y, según fuentes comunitarias, dependerá en gran medida de que llegue a celebrarse o no la cumbre del G-7 anunciada por Trump y finalmente desconvocada. Sin contactos al máximo nivel entre Bruselas o Berlín y Washington, todo apunta a un semestre final de la presidencia de Trump que marcará un antes y un después entre las dos orillas del Atlántico.

Los continuos roces con Washington parecen haber agotado la voluntad de los socios europeos de mantener la ficción de una convivencia normal con Trump, al menos durante los próximos cinco meses. El portazo diplomático a Washington, sin embargo, es una estrategia arriesgada porque podría enconar aún más los ánimos de un líder propenso a los arranques de irascibilidad. Y su empeño en demoler el orden internacional podría resultar imparable tras una reelección.

6 de junio 2020

El País

https://elpais.com/internacional/2020-06-05/la-ue-da-la-espalda-a-trump-...

 4 min


En un punto - desde Schmitt y Weber, desde Arendt y Bobbio, desde Ranciere y Laclau - existe un común acuerdo en la filosofía política, y este dice: sin lucha por el poder, no hay política.

La política, invirtiendo a Clausewitzt, es la continuación de la guerra por otros medios.

Medios polémicos y, por lo mismo, gramáticos. En consecuencias, cuando enfrentamos a un enemigo no político, la tarea consiste en no dejarnos arrastrar hacia la lucha no-política, o lo que es similar, deber político es impulsar al enemigo no político hacia el espacio político y así sustituir la política de las armas por las armas de la política.

Alterando un tanto la terminología de Hannah Arendt - quien hacía la fina diferencia entre poder y violencia, aduciendo que el verdadero poder prescinde de la violencia - podríamos hablar de dos tipos de poder: el instrumental (económico, militar) y el político que viene del debate público. Poderes no excluyentes. Pues es bien sabido que tanto en la política nacional como en la internacional, el poder político no puede ni debe renunciar al poder no-político (instrumental). La razón es la siguiente: El poder político para que sea político, no suprime, pero sí subordina al instrumental. O dicho de otro modo: Entre ambos poderes ha de existir una mediación cuya función es impedir que el poder político ceda su hegemonía. Ahora bien, el ejercicio de esa mediación corresponde a los gobiernos. Es, si así se quiere, el atributo principal de la gobernabilidad.

Hay por lo tanto una paradoja. Por una parte, el gobierno aparece como máximo representante del poder, de tal manera que las demandas públicas y las protestas civiles son canalizadas en su contra, del mismo modo como todos los partidarios del gobierno cierran filas en su defensa. Pero por otra parte, al ser representación del Estado, su poder se encuentra extremadamente limitado pues el Estado – si no estamos hablando de una dictadura donde gobierno, partido y Estado constituyen una unidad- es de todos, sean gobiernistas o antigobiernistas. Vale decir: un gobierno resulta de la lucha partidaria, pero no puede ser (o parecer) como gobierno de un partido. Un ideal difícil de cumplir. De ahí que los gobiernos no partidarios sean, aun en los países más democráticos, excepción y no regla. Y es obvio, todo gobierno intenta, si no acrecentar, preservar su poder, de tal modo que no es extraño si el árbitro se convierte en algunas ocasiones en jugador (algo que nunca podría pasar en el fútbol). No obstante, cada gobierno ha de conservar ciertas formas, entre ellas, la de no renunciar a la representación del Estado que, repetimos, es de todos y no de algunos.

La puesta en forma del Estado por medio del gobierno, siendo excepción en periodos de estabilidad, emerge como necesidad cuando aparecen agentes internos o externos que ponen en peligro la integridad de una nación. Nos referimos a situaciones determinadas por guerras, catástrofes naturales y, por cierto, epidemias y pandemias. Bajo esas condiciones, no solo los gobiernos, todas las representaciones públicas, deben bajar la intensidad de sus conflictos. El gobierno a su vez, ha de asumir, no la representación simbólica sino real del Estado. En esas situaciones – dicho en tono decisionista – el gobierno es el Estado. Y, por cierto, el gobernante es, efectivamente, el estadista. No hay otra alternativa.

La puesta en forma del Estado reconoce tres posibilidades. El estado de emergencia (cuando el gobierno recurre a las leyes previstas), el estado de excepción (cuando el gobernante emite decretos no inscritos en la carta constitucional) y el estado de sitio (cuando el gobernante utiliza la represión militar suspendiendo derechos políticos y civiles). En el primer caso, el gobernante recurre a la autoridad de la letra constitucional. En el segundo, a la que confiere su mandato. En el tercero, a la fuerza represiva. La capacidad del gobernante, vista así, consiste en determinar cual ha de ser la forma de Estado que debe predominar en cada situación. La persona del gobernante es, en estos tres casos, radicalmente decisiva.

“El cargo hace al hombre”, dice el dicho. Aunque para completarlo, habría que decir: el hombre (la persona) confiere - o quita - dignidad al cargo. Y si quien ocupa el cargo de gobernante solo domina las teclas de la razón instrumental, desconociendo las de la razón política, por mucho que represente al Estado, en condiciones donde se requiere urgentemente de la segunda razón, puede terminar agravando la crisis, convirtiéndose en parte del problema. Es el caso de la gestión llevada a cabo dentro y fuera de su país por el presidente Donald Trump.

Difícil es negar a Trump sus habilidades empresariales. De hecho, antes de que asomara la pandemia, había contribuido a impulsar la economía norteamericana a altos niveles. Su propósito de derrotar a los principales adversarios económicos de su país, en especial a China, aún a riesgo de lesionar la norma diplomática, lo estaba logrando a carta cabal. Su preferencia por los compromisos bilaterales y su mal disimulado fastidio con las organizaciones supranacionales, sobre todo con la UE, parecía obtener buenos resultados.

Tres puntos no conocía, sin embargo, el presidente norteamericano. El primero, que la lógica de la economía no es automáticamente traducible a la de la política. El segundo, que en las relaciones políticas, tanto a nivel nacional como internacional, no siempre alcanzan éxito (incluyendo el económico) las unidades más robustas sino las más cooperativas. La tercera, que los logros económicos deben ser medidos no en breves sino en largos -a veces larguísimos – plazos. Las ganancias de hoy pueden ser las pérdidas de mañana.

Precisamente, uno de los historiadores que mejor maneja el análisis de los largos plazos, Yubal Harari, escribió las siguientes palabras sobre la gestión de Trump durante el periodo del corona virus:

“En anteriores crisis mundiales (como la crisis económica de 2008 y la epidemia del ébola de 2014), Estados Unidos asumió el papel de líder mundial. Sin embargo, el actual gobierno estadounidense ha renunciado a la labor de liderazgo. Ha dejado bien claro que la grandeza de Estados Unidos le importa mucho más que el futuro de la humanidad.

“Esa administración ha abandonado incluso a sus aliados más estrechos. Cuando prohibió todos los viajes procedentes de la Unión Europea, ni siquiera se molestó en notificarla con antelación, y mucho menos en llevar a cabo una consulta sobre una medida tan drástica. Ha escandalizado a Alemania ofreciendo supuestamente mil millones de dólares a una empresa farmacéutica de ese país para comprar los derechos monopólicos de una nueva vacuna contra la covid-19. Incluso si el actual gobierno estadounidense cambiara finalmente de rumbo y presentara un plan de acción mundial, pocos seguirían a un dirigente que nunca asume ninguna responsabilidad, nunca admite ningún error y que acostumbra a atribuirse siempre todos los méritos y achacar toda la culpa a los demás" (27 de abril, 2020).

Después que Harari escribiera ese artículo, la acción corrosiva de Trump ha continuado su curso. Ha utilizado la crisis para desprestigiar a su competidor económico, China, hecho que le ha valido críticas de todos lados. Ha retirado la colaboración financiera a la OMS justo en medio de la pandemia, mereciendo dura reprobación internacional. Ha culpado a los emigrantes latinos de infecciones virales, demostrado una peligrosa carencia de empatía y sensibilidad humana. Ha emitido declaraciones bélicas en contra de Irán en momentos donde había que imponer los signos de la diplomacia. Ha puesto precio a la cabeza de Maduro, sugiriendo invadir Venezuela con el solo propósito de obtener créditos electorales, paralizando y desnacionalizando a la oposición de ese país. Por si fuera poco, ha intentado elevar sus conflictos personales con Twitter a categoría de problema internacional, en el mismo momento en que los EE UU ocupan el primer lugar de la expansión pandémica. Estos y muchos otros hechos, han llevado a la ciudadanía norteamericana a un nivel de tensión, nerviosismo y crispación nunca antes conocido.

Las grandes ciudades estadounidenses han sido convertidas en escenarios de protestas multitudinarias. El asesinato cometido a George Floyd, podía, incluso debía, desatar esas grandes protestas. Pero las formas explosivas que estas han tomado, solo pueden ser explicadas por la existencia de un malestar que precedía al horrendo homicidio. Lo de Floyd, para utilizar una manida frase, fue la gota de agua que colmó el vaso. Un malestar que no se agota en la legítima protesta en contra de la discriminación racial. Por el contrario, la transciende. El hecho de que grandes multitudes (no solo afroamericanos) desafíen las medidas precautorias que conlleva la pandemia, haciendo oír su iracunda protesta en las calles, tiene que ver mucho con el malestar surgido en contra de la gestión de un mandatario que ha incumplido las normas básicas de gobernabilidad frente a su nación y frente al mundo.

La responsabilidad de un presidente no es solo hacer cumplir las leyes. Con su presencia y con sus frases debe mostrar a los ciudadanos que ellos no están solos, que existe un Estado que infunde tranquilidad y seguridad y que, en momentos de peligro, los representa a todos, sean del color que sean. Ninguna de esas tareas las ha cumplido Trump. No ha sabido erigirse en el estadista que el momento requería. Su país no lo merece.

5 de junio 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/06/fernando-mires-gobierno-pandemi...

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Este jueves inició el espacio de debate “Plan País con el Presidente”, en el que el Jefe de Estado Interino, Juan Guaidó, junto a los técnicos de Plan País presentó a los venezolanos un diagnóstico claro del problema de la gasolina y las propuestas que el grupo de especialistas que integran los equipos de este acuerdo nacional han trazado para lograr soluciones a corto, mediano y largo plazo.

En esta oportunidad participaron junto al Jefe de Estado Interino el diputado Elías Matta, presidente de la comisión Permanente de Energía y Petróleo de la Asamblea Nacional y coordinador político de Plan País Energía y los técnicos de esta área, el economista José Toro Hardy, quien fue miembro del directorio de PDVSA, y Juan Szabo, ex vicepresidente de Exploración y Producción de la estatal petrolera.

El Presidente Encargado agradeció el trabajo, que durante más de año y medio, han realizado los 150 técnicos de Plan País Energía. “Gracias a su empeño, no solo académico sino práctico, tenemos trazada la ruta que permitirá recuperar la industria petrolera y generar una palanca para reconstruir al país”.

El economista José Toro Hardy realizó una radiografía de la destrucción de la industria petrolera que inició el régimen cuando despidió a más de 20 mil trabajadores con conocimiento y experticia, cambio la misión de la estatal petrolera y destruyó la infraestructura de la industria – empezando con el incendio de Amuay y la destrucción del Centro de Refinación de Paraguaná- pasando de producir 5 millones de barriles diarios a menos de 600 mil, llevándonos a importar toda la gasolina. A esto, se sumó – como recordó el diputado Matta- el manejo discrecional de la renta petrolera en fondos que no tenían control parlamentario y la expropiación de empresas privadas en el oriente y occidente del país.

El Presidente Interino agregó que Venezuela fue el cuarto país del mundo en inversión para su industria petrolera, inversión que hoy es evidente no llegó a donde debía. “Invirtieron 300 mil millones de dólares para dejar de producir 2 millones de barriles de petróleo”.

Por su parte el parlamentario Elías Matta advirtió además que las empresas no correrán el riesgo de venderle gasolina a una empresa con altos índices de impago y señalada de tener nexos con el narcotráfico y el terrorismo”. Esto sumado a la falta de intención del régimen de ayudar a los venezolanos imposibilita que se logre una solución si no hay un cambio político en Venezuela.

“Tenemos un futuro brillante y debemos retomarlo ya, porque se estima que la demanda petrolera subirá hasta el año 2.040 y ese boom debemos aprovecharlo para generar los recursos necesarios que nos permitan recuperar a Venezuela”, concluyó Toro Hardy.

Las soluciones de Plan País

Juan Szabo, uno de los especialistas de plan País, fue el encargado de presentar las propuestas que permitirán recuperar la industria petrolera y con ello la calidad de vida de los venezolanos una vez se conforme el Gobierno de Emergencia Nacional.

“Hemos trazado un plan con 150 profesionales venezolanos, la mayoría de ellos ex PDVSA, que ejecutarán las soluciones con los actuales empleados de la estatal petrolera que se dedican a las actividades diarias para garantizar la continuidad de la producción y venta del petróleo”.

Szabo explicó además que con el plan táctico de emergencia se regularizaría el intercambio comercial continuo de venta de crudo y compra de gasolina y otros combustibles desde la costa del golfo de EE.UU., parcial o totalmente vía CITGO, garantizando la cantidad, calidad y mejores precios del mercado para asegurar el consumo de combustible de los venezolanos.

“La cercanía del Golfo de EE.UU. permitirá reestablecer el abastecimiento regular de gasolina para los venezolanos en máximo 15 días, trayendo 100 mil barriles diarios – demanda real del país – y 40 mil barriles de diésel que garantizarán el flujo eléctrico a los ciudadanos y al mismo tiempo mantendrán la producción petrolera que en el occidente ha subido y bajado por las fallas continuas del servicio eléctrico”.

Se establecerá un programa de subsidio de la venta de gasolina hasta tanto se recupere el poder adquisitivo del venezolano, lo cual no ocurrirá hasta tanto se reconstruya la industria petrolera.

Para ello se incorporará personal con experiencia comprobada, empresas de servicio y de tecnología que permitan recuperar el Centro Refinador de Paraguaná y se establecerá un financiamiento creativo mientras se obtienen los recursos necesarios para invertir en la recuperación total de la industria, trazada día a día en Plan País.

Todos los ponentes coincidieron en la certeza de que una vez se logre la conformación del Gobierno de Emergencia Nacional, con el talento y esfuerzo del pueblo venezolano, y el apoyo del capital internacional se lograrán todas las soluciones propuestas.

“Destruyeron la industria petrolera y ahora nos toca a nosotros recuperarla y lo vamos a lograr”, concluyó el Presidente Interino, Juan Guaidó.

5 de junio 2020

https://www.planpaisvzla.com/post/plan-país-garantizará-suministro-de-gasolina-a-los-15-días-de-conformar-gobierno-de-emergencia

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Elías Pino Iturrieta

Shakespeare, en el primer acto de Ricardo III, hace que el cortejo fúnebre de Enrique VII pase frente a su asesino. Cuando la urna está ante el homicida, el cadáver del rey se pone a sangrar. La obra, una de las emblemáticas de los tiempos modernos, recoge una tradición que remonta a Platón y fue difundida por Marsilio Ficino durante el Renacimiento, sobre la lenta separación entre alma y cuerpo que sucede después de la muerte.

Ya Ronsard había escrito sobre cómo los cadáveres sienten pasiones, alegrías y pesadumbres como las de los vivos, o como las que habitaron su cuerpo antes de dejar la existencia física. Esas pasiones, aseguró, “vienen por el aire para hacernos saber la voluntad de los dioses”. Además: “Aportan pestes, languideces, tormentas y rayos; hacen ruidos en el aire para espantarnos”. También delatan a los homicidas, como se ve en Ricardo III.

En la Antigüedad se consideraba que los muertos no estaban muertos del todo: podían hacer irrupciones, no pocas veces amenazadoras, en situaciones del presente.

Los difuntos, según algunos tratadistas influyentes, en especial cuando acababan de fallecer, se convertían en seres inmateriales y volátiles que podían asentarse a su manera en la realidad para cumplir propósitos pendientes, buenos y malos.

Agrícola, un médico famoso del siglo XVI, aseguró que se refugiaban en galerías subterráneas y que no solo se conformaban con mirar el desfile de los vivos: los podían atacar y maltratar, de acuerdo con su humor o con alguna cuenta pendiente. Pero, como se ve en el teatro de Shakespeare, podían hacer justicia.

Se vuelve sobre el punto porque tal idea se incorporó a los usos del derecho penal de Alemania, en cuyas regulaciones se aseguraba que las personas fallecidas, debidamente interrogadas, podían ofrecer pistas sobre el delito del que fueron víctimas. “El muerto prende al vivo”, afirmaban policías y jueces.

Sobre el peso que ha tenido la idea de la permanencia de los muertos en la posteridad, y de la necesidad de tenerlos presentes para evitar percances que pueden ser costosos, se encuentra evidencia en los juicios contra cadáveres archiconocidos, procesos que no fueron insólitos y se consideraron como imprescindibles.

Hay dos muy dignos de atención, trajinados por los historiadores. En 897 se desterraron de Roma los restos mortales del papa Formoso, quien fue exhumado para que los jueces leyeran expedientes sobre su nefasto pontificado y lo sentenciaran a ser ahogado en el Tíber. En Basilea, año del Señor de 1559, sacaron los despojos de un rico propietario llamado Jean de Brujes porque se descubrió que en realidad se trataba de David Joris, un activo promotor de la iglesia anabaptista. El descubrimiento de su identidad obligó a un juicio póstumo y a una ejecución del cadáver en plaza pública, que fue comentada durante años y divulgada en profusión de gacetillas. Si se ponían en el banquillo, era por compartir el postulado de que conservaban poder desde el más allá, o de que ese más allá podía permanecer en el más acá si no se metía la mano.

Pudiera completar tales anales la exhumación de Bolívar dispuesta por el comandante Chávez, ritual penumbroso para ver qué cualidades sacaba del santón nacional el desenterrador; novísima demostración de la influencia que la política concede a los difuntos, y de cómo los puede aprovechar, no sin temeridad, en sus planes de dominación.

Otras resurrecciones han promovido el comandante y sus sacristanes, pero no precisamente para buscar la concordia después de remover tumbas sino para traer los rayos, las languideces, las pestes y los ruidos que refería Ronsard. Mas, como ahora hablamos del más aparecido de los venezolanos, cuyas salidas de la tumba solo se han convertido en malignas después de las paletadas de tierra empujadas por los “revolucionarios”, quizá convenga dejar las cosas de este tamaño porque muchos seguirán con la esperanza de sentirlo de nuevo entre los vivos.

Debe recordarse que las danzas macabras que han prevalecido a través del tiempo son encabezadas por esqueletos que vencen el tiempo para atormentar a los hombres del porvenir; que el folklore del mundo está habitado por aparecidos amenazantes esperando en la penumbra a la vuelta de la esquina; que el cuidado de no visitar los cementerios de noche, ni a solas, se mantiene y respeta para que los durmientes no despierten, para evitar sus iras; y que, aunque no lo confesemos, rezamos y ordenamos misas tras el deseo de que los finados tengan realmente fin. ¿No son pruebas suficientes del miedo que provoca su segundo debut, aun en nuestros modernísimos tiempos?

3 de junio 2020

@eliaspino

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