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Opinión

Antes de nuestros confinamientos inducidos por la pandemia, la política parecía ser un juego. Los partidos políticos se comportaban como equipos deportivos que tienen días buenos o malos, y anotaban puntos que los impulsaban hacia arriba en una tabla de liga que, al final de la temporada, determinaba quiénes iban a formar un gobierno y tras aquello, dichos partidos no hacían casi nada.

Subsiguientemente, la pandemia COVID-19 despegó la capa de barniz de indiferencia para dejar ver la realidad política: algunas personas realmente tienen el poder de decirnos al resto lo que tenemos que hacer. La descripción de Lenin de la política como “quién hace qué a quién” parecía estar más acertada que nunca.

Hasta junio de 2020, cuando los confinamientos comenzaron a relajarse, el optimismo de la izquierda sobre que la pandemia reviviría el poder del Estado en nombre de los desvalidos se mantuvo, llevando a los amigos a fantasear con un renacimiento de los comunes y una definición más amplia de los bienes públicos. Debo recordarles que Margaret Thatcher dejó al Estado británico más grande, más poderoso y más concentrado de lo que lo había encontrado. Se necesitaba de un Estado autoritario para apoyar a los mercados controlados por las corporaciones y los bancos. Aquellos que tienen la autoridad nunca han dudado en aprovechar la intervención masiva del gobierno para preservar el poder oligárquico. ¿Por qué debería una pandemia cambiar eso?

Como resultado de COVID-19, la parca casi se llevó tanto al primer ministro británico como al Príncipe de Gales, e incluso al actor-estrella más amable de Hollywood. Sin embargo, a quienes la parca realmente sí se llevó fueron los más pobres y aquellos con pieles más oscuras. Ellos fueron presas más fáciles de recoger.

No es difícil entender por qué. El desempoderamiento engendra pobreza, lo que envejece a las personas más rápido y, en última instancia, las prepara para ser sacrificadas como productos de desecho. A la sombra de la caída de los precios, salarios y tasas de interés, nunca fue probable que el espíritu de solidaridad, que alivió nuestras almas durante los confinamientos, se tradujera en el uso del poder del Estado para fortalecer a los débiles y vulnerables.

Por el contrario, fueron las megaempresas y los ultra ricos los que agradecieron que el socialismo estuviera vivo y coleando. Temiendo que las masas, condenadas al anfiteatro salvaje de los mercados sin restricciones en medio de un desastre de salud pública, ya no pudieran permitirse el lujo de comprar los productos que los ricos les ofrecían, reasignaron sus gastos y compraron acciones, yates y mansiones. Gracias al dinero recién impreso que los bancos centrales les inyectaron a través de los financiadores habituales, los mercados de valores florecieron a la par de que las economías colapsaban. Los banqueros de Wall Street apaciguaron sus sentimientos de culpabilidad, que persistían desde el año 2008, al permitir que los clientes de clase media se pelearan por las sobras.

Los planes para la transición verde, que los jóvenes activistas del clima habían puesto en la agenda antes del año 2020, sólo fueron tema de charla intrascendental a medida que los gobiernos claudicaban aplastados por montañas de deuda cada vez más altas. El ahorro preventivo por parte de muchos reforzó la depresión económica, produciendo un descontento a escala industrial en un planeta cada vez más marrón.

La desconexión entre el mundo financiero y el mundo real, en el que miles de millones de personas luchaban, inevitablemente se amplió. Y, con ello creció el descontento que dio lugar a que surjan monstruos políticos, como aquellos sobre los cuales yo había venido advirtiendo a mis amigos con tendencias izquierdistas.

Tal como ocurrió en los años 1930, en el alma de muchos, las semillas de la ira crecían haciéndose cada vez más pesadas y conducían hacía una nueva y amarga cosecha. En lugar de las cajas de jabón desde encima de las cuales en la década de 1930 los demagogos prometían restaurar su dignidad a las masas descontentas, las empresas Big Tech proporcionaban aplicaciones y redes sociales perfectamente adecuadas para llevar a cabo dicha tarea.

Una vez que las comunidades se rindieron ante el miedo a la infección, los derechos humanos parecían ser un lujo inasequible. Las empresas Big Tech desarrollaron brazaletes biométricos para monitorizar nuestros datos vitales las 24 horas del día. En colaboración con los gobiernos, combinaron los resultados con datos de geolocalización, los introdujeron en algoritmos y se cercioraron de que la población recibiera mensajes de texto útiles que les informaran sobre qué hacer o a dónde ir para detener de un solo golpe nuevos brotes del virus.

Sin embargo, un sistema que monitoriza nuestra tos también podría utilizarse para monitorizar nuestras risas. Podría saber cómo responde nuestra presión sanguínea al discurso del líder, a la charla motivacional de nuestro jefe, al anuncio de la policía respecto a prohibir una manifestación. Repentinamente la KGB y Cambridge Analytica parecían ser empresas salidas de la Edad de la Piedra.

Ya que el poder estatal se había relegitimado debido a la pandemia, los agitadores cínicos se aprovecharon de esto. En lugar de fortalecer las voces que pedían que hubiera cooperación internacional, China y Estados Unidos robustecieron el nacionalismo. También en otros lugares, los líderes nacionalistas avivaron la xenofobia y ofrecieron a los ciudadanos desmoralizados un simple intercambio: conservar su orgullo personal y su grandeza nacional a cambio de otorgar poderes autoritarios a quienes les darían protección ante virus letales, extranjeros ladinos y disidentes confabuladores.

Al igual que las catedrales se constituyeron en el legado arquitectónico de la Edad Media, la década de 2020 nos dejó muros altos, vallas electrificadas y bandadas de drones de vigilancia. La resurrección del Estado-nación hizo que el mundo fuera menos abierto, menos próspero y menos libre precisamente para aquellos a quienes siempre les había resultado difícil viajar, ganarse la vida y decir lo que pensaban. Para los oligarcas y funcionarios de las empresas Big Tech, Big Pharma y otras megas firmas, que se llevaban bien con los hombres fuertes que tenían en sus manos la autoridad, la globalización siguió adelante a paso acelerado.

El mito de la aldea global cedió el paso a un equilibrio entre bloques de grandes potencias, cada uno de los cuales presumía a sus fuerzas armadas florecientes, cadenas de suministro separadas, autocracias idiosincráticas y divisiones de clase reforzadas por nuevas formas de nativismo. Las nuevas divisiones socioeconómicas pusieron de relieve las características predominantes de la política de cada país. Al igual que las personas que se convierten en caricaturas de sí mismas durante una crisis, países enteros se centraron en sus ilusiones colectivas, exagerando y cimentando prejuicios preexistentes.

La gran fortaleza de los nuevos fascistas durante la década de los años veinte se constituyó en que, a diferencia de sus antepasados políticos, ellos ni siquiera tuvieron que ingresar al gobierno para hacerse del poder. Los partidos liberales y socialdemócratas comenzaron a pelearse y tropezarse entre sí, cayéndose uno sobre el otro durante sus esfuerzos por acoger para sí una xenofobia de estilo liviano, después un autoritarismo de estilo liviano, y posteriormente un totalitarismo de estilo liviano.

Entonces, aquí estamos, al final de la década. ¿Dónde cree usted que hemos llegamos?

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

27 de mayo 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/bleak-preliminary-history-o...

 5 min


El vil asesinato de George Floyd por parte de un policía seguramente racista merece la condena mundial y justifica la ola de protestas, aunque no la destrucción. El culpable fue imputado y aspiramos que los otros policías involucrados también lo sean. La sociedad estadounidense debe realizar mayores esfuerzos para que la discriminación racial desaparezca del todo. El grito de ¡no puedo respirar! de un agonizante Floyd nos llena de indignación. En Venezuela los atropellos del régimen, avalados por fiscales y jueces, también nos hacen exclamar ¡No podemos respirar!

En un país donde no se respetan las leyes y no impera la justicia, se impone la barbarie. En Venezuela los fiscales que imputan y los jueces que sentencian no aplican el significado de justicia del diccionario de la lengua, que la define como Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece; aquello que debe hacerse según derecho o razón. El concepto de justicia no admite confusión, aunque hay un grupo de plantas con ese nombre.

Cuando los fiscales y jueces rojos fusilan a un escribidor de tuiters, a un manifestante, a un médico que informa sobre el coronavirus, a un sindicalista, a un diputado, a un militar que no exclama ¡Chávez vive!, o a cualquiera que la narcodictadura considera que le estorba, no ordenan el tradicional ¡atención, apunten, fuego! En estos casos, donde el asesinato no implica necesariamente la muerte física del injustamente acusado y sentenciado, el pelotón de fusilamiento, integrado por seres de toga y birrete, dicta sentencias parecidas a una letanía de la muerte. Estas letanías no son iguales a la que le leyeron a Gardner en Utah cuando lo fusilaron en el 2010, sino algo profano y perverso como: Te miraré con mi rostro inexpresivo. No tendré compasión de ti, porque soy tu verdugo, tu destructor. Te condeno para asegurar mi riqueza.

Frecuentemente el condenado por estos jueces ha sido torturado previamente o a posteriori. En la cárcel sufre vejaciones y prohibición de visitas de familiares y amigos. A veces es asesinado, como los casos del concejal Fernando Albán y del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo ¿Dormirán tranquilos esos fiscales y jueces? Probablemente sí, porque algunos son deshonestos y otros son fanáticos que justifican cualquier fechoría que les ordene cometer el régimen.

El último de estos asesinatos lo cometió la Sala Inconstitucional del Tribunal Supremo de Injusticia en contra de la Constitución que juraron defender. Sentenciar que la directiva de la Asamblea Nacional es la presidida por el desvergonzado Luis Parra, sin que haya pruebas de los diputados presentes es una aberración. Desconocer que la Asamblea instalada bajo la presidencia de Guaidó sí presentó la lista de los asistentes que formaron el quórum necesario, es un atropello a las leyes y a la inteligencia. Al respecto es obligatorio leer el artículo de Allan Brewer-Carías en El Nacional del 30 de mayo, titulado La fraudulenta y fallida magia del juez constitucional.

Frecuentemente los medios recogen severas críticas, con razón, contra los militares por no ejercer la obligación constitucional de defender nuestra Carta Magna Sin embargo, muchas veces nos olvidamos que los fiscales y jueces, particularmente los magistrados de la Sala Inconstitucional, son los indicados en señalar las violaciones a la Constitución. Si contáramos con magistrados legítimos y probos, solo los fanáticos y corruptos estarían en contra de que el régimen sea depuesto por cualquier vía y ya no disfrutarían del poder usurpado ¡Yo tampoco puedo respirar!

Como (había) en botica:

Las acusaciones infundadas de Leocenis García en contra de Voluntad Popular evidencian de qué lado está.

Gracias a Chávez-Maduro, el país “potencia petrolera” importa gasolina y además la raciona; vende 120 litros al mes a 5.000 bolívares el litro (0,02 dólares) siempre que se tenga el carnet rojo de la patria; el resto será distribuido por amigos del régimen y vendido a 0,5 dólares por litro. No solo es discriminatorio, sino que incrementará la corrupción, el bachaqueo y el contrabando, y la barata no se conseguirá.

Chávez-Maduro satanizaron el dólar; afirmaron que no lo utilizarían y sería sustituido por el petro, el yuan, el rublo, el trueque y los “billetes” emitidos por los paramilitares rojos, como el Chavito, el Lionza, el Zamorano, el Panal y otros. Sin embargo, desde hace algún tiempo aceptó la dolarización y ahora, oficialmente, puso el precio de la gasolina en moneda del “imperio”.

El régimen tiene aislado desde hace más de cinco semanas al teniente coronel Igber Marín Chaparro con la absurda acusación de que desde la cárcel estaba relacionado con la Operación Gedeón. Aún en el caso negado de que fuese cierto, no hay justificación para que lo tengan desaparecido.

Lamentamos el fallecimiento de los amigos Raúl Antoni, quien fue Gerente de Asuntos Públicos de Maraven y de Pdvsa, y de Jesús Pietri, ex Gerente General de una de nuestras refinerías, cuando se producía gasolina para el mercado nacional y exportación.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min


Simón García

La decisión contra Voluntad Popular no es democrática. Es el manotazo primitivo del jefe que saca su pistola al oír la palabra oposición. El objetivo es intimidar a otras organizaciones e instituciones. Encubrir razias represivas contra opositores y protestas ciudadanas.

Los que defendemos que la oposición proponga con prioridad un plan conjunto para afrontar el covid-19, el hambre y las calamidades que destruyen a la gente; que insista en el entendimiento para resolver pacíficamente un empate que perpetúa a Maduro; que construya viabilidad a un gobierno integrado por chavismo y oposición y procure consenso en torno a un CNE para realizar las elecciones parlamentarias y presidenciales, no compartimos la militarización del conflicto entre la sociedad y el régimen o cualquier forma de un extremismo opositor que solo siembra fracasos.

En VP han existido, según nuestra visión, manifestaciones de esta desviación política. No respaldamos los episodios en los que ella se ha expresado. Pero no admitimos que sea imputada por “violencia premeditada y con motivos políticos perpetrada contra objetivos civiles”, como define al terrorismo la legislación norteamericana, para citar una de tradición democrática.

El plan oficialista no demuestra que VP actúe clandestinamente para perpetrar lesiones corporales o muerte a población civil o que realice al azar atentados con propósitos intimidatorios. ​

La decisión forma parte de una operación gubernamental para bloquear acuerdos y ganar un escalón en su desesperada batalla por el poder perpetuo. Pretende criminalizar el derecho a resistir a un régimen que vulnera la Constitución. Es una medida que inclina al gobierno al terrorismo de Estado, en contra de sectores chavistas que aspiran a convivir en las diferencias. A su vez, nos deslindamos de golpes de Estado o de invasiones de ejércitos extranjeros que releven a la dirigencia opositora de sus deberes. No vamos a callar frente a los dos extremismos que socavan la legalidad y la paz.

La oposición es democrática porque crea conciencia en la gente para que sea ella el motor del cambio, no minorías obsesionadas por conservar o atrapar poder como fin en si mismo. Se opone al terrorismo porque es una forma totalitaria de suprimir la democracia y sustituye la política por la violencia ciega. Y combate políticamente al extremismo en su seno, con argumentos y propuestas para volver a la gente y a una estrategia constitucional, pacífica y electoral. El extremismo, incompatible con la lucha por la vigencia de la constitucionalidad, empuja irresponsablemente a la oposición a convertirse en factor de una guerra civil.

El gobierno, que se siente en recuperación, continuó su ofensiva con otras dos agresiones. Sacó el conflicto de la AN del ámbito parlamentario y lo resolvió de un modo que desluce al lado que resultó ganador con una sentencia que deja chiquito a Monagas y perpetra la barbaridad del primer despojo colectivo de inmunidad parlamentaria en nuestra historia.

El tercer torniquete autoritario lo aplicó a un periodista, emblema de profesionalismo y de independencia ante los polos en pugna. La autonomía es una virtud que los autoritarismos aborrecen, por eso ambos celebraron un golpe contra la libertad de información como el día que le llegó a Vladimir Villegas para cambiarle su suerte, parafraseando a Lavoe.

Su salida provocó malos chistes y rabiosas agresiones. Pero Vladimir no quedó solo. La mayoría sintió como pérdida la desaparición de su espacio, que mantuvo, durante años una entrada de oxígeno para una opinión pública desorientada por la intoxinformación.

Los extremismos están ganando la carrera hacia el colapso. Tal vez lo asumamos tarde. Entonces, quizá alguno reviva la lastimosa frase: en Vladimir a la 1 se hablaba desde la verdad y no lo sabíamos.

Mayo, mes antaño florido, concluye con días oscuros, de sufrimientos y desesperación.

@garciasim

31 de mayo 2020

TalCual Digial

https://talcualdigital.com/los-dias-de-mayo-por-simon-garcia/https://tal...

 3 min


Analítica.com

Editorial

Aunque es evidente que la carencia de combustible en el país no es generada por las sanciones porque estas, si acaso, atañen a los suministradores de gasolina hacia Venezuela, resulta risible y patético cuando el régimen hace una campaña para atribuirle peso a algo que más bien debería darles vergüenza en un país que producía 1.300.000 barriles por día en la era democrática y que ahora prácticamente no produce ni un barril y tiene que importar el precioso líquido.

Lo increíble es que se jactan de una gran victoria cuando 5 tanqueros iraníes les vendieron, a precio en oro, lo suficiente para abastecer el consumo menguado actual por apenas escasas dos semanas. El chiste que corre en las redes sociales es muy diciente, al decir que celebrar con bombos y platillos la llegada de la gasolina importada, sería lo mismo que celebrar que una esposa esté preñada de otro que no sea el marido.

El otro asunto curioso es que ahora sin rubor Maduro anuncia que la gasolina será facturada en dólares porque él, que hace todo por este país, la tiene que pagar en divisas. A confesión de parte, relevo de pruebas, reconoce que ya no se produce y que tiene que comprarla a quien se la venda al precio que sea. No olvidemos que el Caracazo fue la consecuencia de un modesto aumento de 5 céntimos de dólar el litro y quienes auspiciaron las protestas populares son, en gran parte, los que hoy disfrutan de las mieles del poder. Como siempre hay dos varas para medir, una cuando se es oposición, otra cuando se es gobierno.

Por último, utilizar el discurso demagógico y populista de que habrá un subsidio para los que tengan el carnet de la patria es algo, no sólo inconstitucional, porque todos somos iguales ante la ley, sino un mecanismo de control social y división de clases -no sociales-, con base a si te pliegas o no ante los caprichos del régimen.

Un país regido por esa manera de entender y practicar la política será para siempre pobre y sin futuro relevante, pero la nomenclatura o clase dirigente tendrá unas condiciones de vida groseramente superiores a la mayoría de la población. Eso lo escribió en 1956 Djillas, antiguo dirigente comunista en Yugoslavia, quien recalcó que el único logro de la revolución sovietica fue el de empoderar y enriquecer a los miembros del politburó del partido comunista, al mismo tiempo que se empobrecían las masas que supuestamente iban a ser las beneficiarias de la “revolución”.

Cosa veredes Sancho, como decía el Quijote, que en pleno siglo XXI los únicos beneficiarios de esta “revolución tropical” son los dirigentes del PSUV, los enchufados que los acompañan y algunos cuantos militares que se enriquecen con cualquier actividad ilícita que el régimen.

https://www.analitica.com/el-editorial/la-gasolina-como-arma-politica/

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Fue un rumor fuerte. Se decía que el joven líder de la oposición venezolana se encontraba escondido en la residencia de un diplomático europeo. Las autoridades mandaron a cortar los servicios de agua, electricidad y gas en la casa del embajador de Francia en Caracas, mientras algunos oficiales del Servicio Bolivariano de Inteligencia (SEBIN) cerraron varias calles e impidieron el acceso a esta vivienda. El gobierno francés tuvo que intervenir para que cesara el acoso. Sin embargo, eso no ha detenido al chavismo. “El señor Juan Guaidó no se salva de esta”, sentenció unos días después Cilia Flores, esposa de Nicolás Maduro y alta dirigente del partido oficial.

Todo forma parte del mismo proceso que comenzó el 23 de enero de 2019, cuando Juan Guaidó, como presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, denunció la ilegítima reelección presidencial de Maduro y se proclamó como presidente encargado del país. Guaidó convocó a Venezuela a recorrer una ruta que consistía en el “cese de la usurpación”, la instalación de un “gobierno de transición” y la realización de “elecciones libres”. Sin embargo, todavía no se ha logrado superar el primer paso.

Ahora la esperanza parece haberse evaporado. La situación socioeconómica está mucho peor y el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) acaba de declarar que la directiva opositora de la Asamblea Nacional es nula e ilegal. La usurpación continúa y amenaza con ponerle fin a Juan Guaidó.

La estrategia del chavismo fue clara desde el inicio: apostar por el desgaste opositor, ignorar indolentemente las urgencias populares y endurecer la censura y la represión ante cualquier manifestación disidente. Este programa, además, ha encontrado una buena correspondencia, un apoyo, en los errores del liderazgo de la oposición.

El tiempo fue y es un gran enemigo para Guaidó. En un contexto de control de la información y criminalización de la protesta, la posibilidad de una rebelión popular fue volviéndose cada vez más imposible. El proceso infructuoso de intentar conseguir una implosión interna de la fuerza militar terminó debilitando a Guaidó, desnudando la virtualidad de su gobierno y —aupado por los sectores más radicales— terminó cediéndole iniciativa al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien —como se sabe— parece más dispuesto a jugar batalla naval por Twitter que a comandar realmente una invasión a Venezuela.

El chavismo siempre ha tenido una ventaja: sabe esperar y puede hacerlo. Durante todo este tiempo ha estado diseñando una nueva oposición, un liderazgo opositor a su medida que le permita fingir mediocremente que cumple con la ceremonia de las formas constitucionales y, de esta manera, tomar control del parlamento, tener mayor capacidad de maniobra e intentar entonces recuperar alguna legitimidad a nivel internacional.

La directiva que acaba de reconocer el TSJ está conformada por un grupo políticos de medio pelo, exmilitantes de partidos de oposición sobre quienes hay denuncias de corrupción. Las apariencias que guardaban al inicio se han ido poco a poco deshaciendo y ya parecen sinuosos burócratas del chavismo. Ellos, sin embargo, podrán ahora organizar y coordinar una de las tareas pendientes del parlamento: la elección de los nuevos miembros directivos del Consejo Nacional Electoral.

Se trata de una decisión crucial, sobre todo de cara a este año, cuando, legalmente, deben realizarse nuevas elecciones parlamentarias en el país, una circunstancia que pone a los partidos opositores entre la Constitución y la pared. Si no participan, se perdería ya finalmente el último espacio democrático, de representación popular, que queda en el país. Si participan, estarían legitimando la estructura usurpadora del chavismo que ocupa todas las instituciones de Venezuela y que no garantiza el reconocimiento de una victoria electoral adversa.

Finalmente, el chavismo ha generado todo un enjambre legal y una maraña política que, desde afuera, resulta difícil de comprender. La confusión también puede ser una forma de control.

Este escenario plantea un enorme desafío a la comunidad internacional. Muchos países, tanto de la región como del resto del mundo, reconocen a Guaidó como la autoridad legítima de Venezuela. Este apoyo podría incluso mantenerse en estos tiempos de crisis, cuando, después la patética experiencia de la Operación Gedeón —una irrupción mercenaria que pretendía capturar a Maduro y que, supuestamente, contó en algún momento con el apoyo del presidente encargado—, el liderazgo de Guaidó está aún más debilitado.

Muy pronto, todos esos países también deberán enfrentar el ineludible tema de una nueva elección parlamentaria y, de la misma manera, estarán obligados a debatir si aceptan o no los resultados. No parece probable que puedan, entonces, sostener la misma relación orgánica que ahora tienen con la oposición. Todo quedaría suspendido en un raro limbo jurídico. Juan Guaidó solo sería —simbólicamente, por supuesto— un expresidente interino.

El ciclo de Guaidó, al menos como presidente de la Asamblea Nacional, siempre tuvo los días contados. En más de una ocasión actúo con valentía y, sin duda, ha pasado muchos meses trabajando duro y arriesgándose por la causa democrática del país. Pero también cometió errores. Y la estrategia del chavismo ha funcionado.

El problema ahora va más allá de su liderazgo. Lo que está en el horizonte es el fin de cualquier posibilidad democrática en el país, la liquidación definitiva de la institucionalidad, la desaparición de cualquier interlocución interna para la comunidad internacional.

No es una disyuntiva menor. Con la pandemia del coronavirus se ha agudizado la crisis humanitaria de la población y, por eso mismo, cada vez más, también se ha evidenciado la distancia que existe entre las élites políticas y la mayoría de la población. Las dirigencias del chavismo y de la menguada oposición viven en su propia guerra, una guerra distinta a la lucha por la supervivencia que diariamente deben enfrentar los ciudadanos del país. Frente a las turbias maniobras de la política, se alza la diáfana y trágica emergencia popular.

Es necesario regresar a las víctimas. A los que viven sin agua. Sin electricidad. Sin gas. Sin comida. Sin medicinas. Sin seguridad. Sin voz. Sin voto.

31 de mayo de 2020

NY Times

https://www.nytimes.com/es/2020/05/31/espanol/opinion/juan-guaido-venezu...

 4 min


Julio Castillo Sagarzazu

El año 1988 tuvo lugar el referéndum para que los chilenos se pronunciaran sobre el destino del régimen político instaurado por Pinochet. Aquella campaña electoral fue un laboratorio de nuevas ideas y concepciones de la comunicación política.

El debate, sobre cómo debía enfocarse esa campaña, enfrentó dos corrientes. Por un lado, la de los dirigentes tradicionales de las organizaciones que habían vivido la dictadura (socialistas, comunistas, democratacristianos) Todos con el pedigrí suficiente y la autoridad moral y política para hacer oír su voz y, por el otro, una camada de chamos nacidos o educados en el exilio de sus padres en las mejores universidades norteamericanas y europeas.

Estos últimos, terminaron imponiendo su posición sobre la manera de abordar el desafío electoral. Todo esto esta recogido en una película que ningún dirigente político puede dejar de ver, titulada “NO” y a la cual remito para no tener que explicar los detalles de esa confrontación de ideas tan interesante.

Basta con señalar aquí que la consigna que presidio la campaña que llevo a la victoria por más de 10 puntos al NO, fue “CHILE, LA ALEGRIA YA VIENE”, cuyo jingle y canción completa invito igualmente a escuchar. Su imagen fue un arcoíris con los colores de todos los partidos de que la apoyaban.

La tesis de presentar las atrocidades de la dictadura con su secuela de desmanes, crímenes y violaciones de los derechos humanos, que era la manera como se había concebido por años la estrategia política de la oposición, fue desechada. La alegría, se suponía que implicaba muchas cosas para el cambio en Chile, entre ellas, la justicia y que no hubiera impunidad. Fueron magistrales en comunicar esa idea.

¿Por qué es útil tratar este tema hoy en Venezuela?

Pues porque siempre es necesario recordar que una de las funciones de la política es vender esperanzas, convencer de que siempre se puede vivir mejor y sobre todo de que vale la pena luchar para eso. Por eso, matar la esperanza y provocar las condiciones para la desesperanza inducida, el síndrome de Estocolmo y la desmoralización son armas tan usadas por los regímenes que quieren bloquear los cambios.

Una de las celadas que suelen tender es la de magnificar su crueldad. Recordemos como nos trasmitieron en vivo y directo la muerte de Oscar Pérez, las imágenes de Requesens detenido. Comunicar la idea de que son malos, que contra ellos no podemos hace nada y después lograr que nosotros mismos reproduzcamos su maldad, es una de librito de todas las policías políticas del mundo desde la Gestapo al G2.

Por eso, cuando se está en un ambiente tan feo, es bueno saber cómo hacemos para no embarrarnos de todo lo sucio que nos rodea. Habría que ver como desciframos el misterio de las garzas blancas que no manchan sus plumas con el barro del estero o imitar la sabiduría del del médico que no deja contaminarse del mal de su paciente pues entonces no podría curarlo.

Hay un ejemplo maravilloso de como sortear lo feo y producir sensaciones que queremos comunicar positivamente. Ese ejemplo es Tosca, quizás la más conocida ópera de Puccini. Se trata de un verdadero Thriller, muestra la corrupción, la tortura, la traición política en la época de la invasión napoleónica a Italia. Me imagino que Puccini sabía que esta tragedia sería imposible de vender como la historia desagradable que era. ¿Qué hizo? Pues le compuso dos de las más bellas y melodiosas arias que tenga opera alguna: E lucevan le estelle y Recóndita armonía. Al escucharlas es evidente, que lo escabroso pasa a un segundo plano.

O el de dos renombrados científicos Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins quienes descubrieron el ADN y por ello se hicieron acreedores al Premio Nobel. Preguntados por un periodista sobre el por qué habían representado su estructura con la forma y colores con las que la hicieron, respondieron “porque era más bonito así”.

Pues si, llegado un momento, la alegría, la belleza, la esperanza, pueden llegar a ser ideas subversivas, pueden convertirse en un eje movilizador. La mente humana está preparada para ello. De hecho existe un mecanismo que opera como una suerte de “Tamiz Hedónico” mediante el cual tendemos a olvidar los sucesos desagradables en favor de los agradables.

Es de preocuparse entonces cuando constatamos como el régimen venezolano logra tasas importantes de desesperanza inducida, de pesimismo militante, ayudado por legiones de escribidores y opinadores que les comprar ese pescado podrido; por repetidores de su invencibilidad; por samuráis que se destripan a diario; por auto flagelantes de oficio; por propagadores de la tesis chimba según la cual “todos son iguales”; por los que meten en el mismo saco a víctimas y verdugos, a presos y carceleros. Han logrado, entre todos, crear un engendro monstruoso de mil cabezas que hasta se alegra de que pongan pero o maten a un opositor porque de acuerdo con sus estándares, la víctima, como los sospechosos de la Ley Robespierre, podría ser colaboracionista.

Esta actitud absurda, evita el verdadero debate sobre los errores que el liderazgo opositor a Maduro ha cometido, lo convierte en un debate de pasiones y no en uno de ideas.

Como dijimos arriba. No podemos curar a Venezuela si nos enfermamos del odio que combatimos, de la misma manera que los médicos y enfermeras no pueden curar a los enfermos de coronavirus si se contagian.

Valdría le pena incluir esto en el debate. Seria importante crear una fábrica de optimismo y alegría para usarlos como arma de cohesión. Una vez estuvimos por millones en la calle cantando aquella canción “quietarnos los miedos, sacarlos afuera, pintarnos la cara color esperanza, mirar al futuro con el corazón..

¡SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA!

 4 min


Luis Ugalde

Los obispos venezolanos cierran el mes de mayo con un documento muy difícil de rechazar como falsificación de la realidad nacional. Recomendamos leerlo íntegro. De manera apretada reproducimos en nuestro corto espacio párrafos claves con subrayados nuestros. La Conferencia Episcopal nos habla de una “dramática situación de dolor, violencia y sufrimiento que padece la inmensa mayoría de los venezolanos y que hemos calificado como moralmente intolerable. La presencia de la pandemia no ha hecho sino poner en evidencia las múltiples carencias que sufre el pueblo y la incapacidad de dar respuestas adecuadas”. (2)

Después de reconocer y agradecer a los que trabajan con riesgo y medios insuficientes en el área de salud y también el gran comportamiento cívico de la mayoría de los venezolanos acatando la cuarentena, mostrarse de acuerdo con algunos aspectos de la actuación del gobierno y apuntar hacia la necesaria y cautelosa reactivación, pasa a lo más grave, que es anterior con el agravante de la pandemia en nuestro país.

Escuchan “un inmenso clamor que sube al cielo ante el desamparo de millones de hombres y mujeres sin recursos económicos, sin comida, sin medicinas, sin trabajo, sin servicios adecuados de electricidad, agua, transporte, gas doméstico y combustible” (6). “Nuestro pueblo, todo, sin distinción, está inmerso en una cadena de calamidades” (6). “Económicamente vemos al país a la deriva, sin planes económicos ante la posibilidad del cierre de empresas y que muchos trabajadores queden sin empleo; igualmente ocurre con los trabajadores de la economía informal” (7). “El país está cerca de una quiebra económica de grandes proporciones” (7). Por lo cual, la Conferencia Episcopal concluye “es inaceptable que continúe la situación que vivimos” (8).

Urge “una acción moral de gran calado, una sacudida ética y una convergencia políticosocial que nos encauce hacia el deseo común: un cambio fundamental” (8). “No es eliminando al que piensa diferente que se saldrá de esta crisis, sino incluyendo en la búsqueda de soluciones concertadas a todos los factores políticos y a las distintas instituciones que hacen vida en el ámbito nacional…” (9). “Venezuela no podrá salir de esta situación, si todo el pueblo no interpela definitivamente a las autoridades y al conjunto del liderazgo político, social y cultural y se declara en emergencia nacional. Es urgente superar la actual exclusión política, social, económica y hasta espiritual, con la conciencia y voluntad inequívocas de un cambio fundamental acordado con el máximo de legalidad y legitimidad, sin violencias y en paz. Para ello, urge lograr la reconciliación y el perdón, construyendo caminos de justicia y vida. Necesitamos un nuevo clima espiritual y liderazgos renovados que, superando la corrupción y el fraccionalismo, sean capaces de inspirar y movilizar los ánimos y el trabajo creativo de todos” (9). “

“Llamamos, pues, escuchando a nuestro pueblo, a un acuerdo nacional inclusivo de largo alcance que salve a Venezuela de la gravísima crisis en la que se encuentra sumergida y a iniciar procesos para rescatar y recuperar el país social, política y económicamente. Dejar el radicalismo y el favoritismo para pensar en los demás, en los pobres, en los olvidados de siempre, para que Venezuela vuelva a tener esperanza en la que todos cabemos sin distingos. La insostenibilidad moral de la situación actual exige ese cambio radical, ir a la raíz, al fondo, en función de la vida, libertad, solidaridad, fraternidad, exigidas por el Dios del amor y por la confesión de fe en la dignidad y fraternidad humanas. El mejor aporte que como ciudadanos podemos hacerle al país, es que desde nuestras instituciones sociales acompañemos la búsqueda de una salida, que necesariamente pasa por la inclusión de todos, el diseño de un nuevo modelo de país y la conformación de instituciones públicas, con valores democráticos, que sirvan al pueblo y procuren el desarrollo humano integral y social” (10).

Los obispos, aunque quisieran no pueden decir más. Ahora hace falta que el régimen reconozca esta dramática realidad que ninguna propaganda puede ocultar y que se agrava de día en día. Somos el país con menor salario, mayor hiperinflación, mayor decrecimiento de la producción, más incremento de la pobreza y mayor huida del país. Reconocerlo es un paso imprescindible para curar al enfermo grave, sin engañarse diciendo que se trata de un simple resfriado. Su solución requiere un nuevo gobierno inclusivo y legítimo, nuevo régimen con apoyo nacional masivo y con relaciones internacionales con todas las naciones, libre de sanciones de castigo contra el actual régimen de mal común y con apoyo humanitario a la reconstrucción democrática del país.

31 de mayo 2020

ArticularNOS

https://articularnos.org/2020/05/31/catastrofe-sin-salida/

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