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Opinión

Martín Caparrós

Fracasamos. Nos creíamos tan poderosos y un virus nos deshizo. Estamos encerrados, muertos de miedo, vivos de miedo, sin más recursos que dejar de hacer lo que hacemos, de ser lo que somos —y esperar que la desgracia tampoco nos toque—.

Fracasamos, y es una suerte que así sea.

Acabo de publicar una novela, Sinfín, en que la condición para acceder a la vida después de la muerte es aceptar el aislamiento eterno; la realidad, más modesta, nos pide este aislamiento transitorio como condición para seguir vivos unos años. Y este aislamiento nos convierte a todos en una especie rara, pre-enfermos, casi-enfermos, enfermos-to-be. Que no tenemos nada malo o anómalo en el cuerpo pero debemos quedarnos encerrados esperando, acechando con miedo el momento en que quizá tosamos, nos sintamos febriles, esas señales que dirían, si aparecen, que todo se derrumba.

Todo sería tan diferente si los viéramos. Si hubiera alguna forma de dejar de sentir que nos rodean unas presencias invisibles, intocables, portadoras de la muerte. Si pudiéramos abandonar el examen permanente, paranoico: del entorno por si tiene bichos, de nuestros cuerpos por si tienen síntomas.

Pero están, y nos llenan de miedo. Tengo miedo en España, donde estoy encerrado; lo tengo en Argentina, donde están encerrados los que quiero. Son mis dos países y en los dos tengo miedo.

Somos el miedo. No hay nada más antiguo, más natural que el miedo. Cualquier animal tiene miedo; por él dejamos de ser animales y buscamos las formas de evitarlo: acumular comida para combatir el miedo al hambre, domesticar el fuego para calmar el miedo a los ataques, inventar dioses para luchar contra el miedo a la muerte, y así de seguido.

El miedo siempre estuvo presente en nuestras vidas, en nuestras sociedades. Pero nunca como en estos días.

Calles vacías, escuelas clausuradas, trabajos cerrados: encerrados, nos concentramos en temer. Vivimos bajo el influjo de la paranoia de Estado. El Estado —los estados, cada estado— nos dice que debemos tener miedo y lo tenemos. Por supuesto, nuestro miedo es lógico: la amenaza es real. Pero estos días sirven también para enseñarnos a obedecer los imperativos que ese miedo produce. No hay nada que los Estados usen más para controlar a sus súbditos que el miedo. Y el miedo los justifica: explica que, entre otras cosas, les permitamos ejercer su violencia sobre nosotros por nuestro propio bien, porque ellos saben lo que necesitamos.

El mecanismo es clásico: tenemos miedo de algo — siempre tenemos miedo de algo: de quedarnos sin comida, de que nos mate el enemigo, de envejecer, de los vecinos— y entonces el Estado nos protege y alguna religión nos protege. Para eso tenemos que creer: creer que hay un buen rey o presidente o líder que sabe lo que hace y nos guiará del otro lado del Mar Rojo, que hay un dios que nos quiere y nos cuida y es más fuerte que el dios de los del otro lado.

Ahora nuestro miedo está desnudo: no sabemos en qué cuernos creer.

Ahora los dioses no funcionan. La gran novedad de esta plaga es que, en Occidente, por primera vez en miles de años, a nadie se le ocurrió pedir a algún dios que nos preserve y cure. Y los jefes se equivocan todo el tiempo y no confiamos y no nos gustan y no los respetamos: no les creemos, no creemos en ellos. Y el capitalismo y el consumo desaforado aparecen, en tiempos de zozobra, como un exceso innecesario y se vuelve difícil creer en eso. Y los que se empeñaban ya ni siquiera pueden creer en Estados Unidos, que era otro artículo de fe, la guía del mundo libre y todo eso: resignó su liderazgo y se volvió, para muchos, artículo de risa. El gran referente, la gran creencia, en estos días en que todas caen, debería ser la ciencia.

Hubo tiempos, decíamos, en que un hecho como este habría sido asunto de religiones y otras magias. Ahora está copado por la ciencia: medicalizado. Son ellos supuestamente los que saben, debemos escucharlos, hacerles caso, creer en ellos. Y, sin embargo, desde que empezó la enfermedad se dedican a contradecirse. Dijeron que los asintomáticos no contagiaban, después dijeron que sí contagiaban; dijeron que no había que usar mascarillas, después que sí; dijeron que los curados no se contagiarían, después que quién sabe; dijeron que sí, que no, que no, que sí. Empezamos siendo fieles seguidores de sus órdenes; poco a poco nos convertimos en testigos asustados —aterrados— de sus contradicciones: cómo creerles hoy si no se sabe lo que dirán mañana.

No sabemos cuántos nos hemos contagiado, cuántos ya lo pasamos, cuántos podríamos andar por ahí sin ningún miedo porque ya lo tuvimos.

(La ciencia, además, es rehén de la administración y los dineros. Le faltan datos, medios, trabaja a oscuras como en las épocas oscuras. Somos una sociedad del conocimiento sin conocimiento, y eso no ayuda a desarmar el miedo).

Y aún así intentamos creer en la ciencia. Pero lo intentamos de forma equivocada: como si fuera una creencia. Querríamos una ciencia infalible como una religión. La ciencia es lo contrario de la religión: no está hecha para creer sino para dudar. Para creer que no se puede creer en nada, salvo en que creer es una tontería.

Es lo que nuestros clásicos llaman “método científico”: el ensayo y error, intentarlo, saber que uno puede equivocarse, intentarlo otra vez, equivocarse menos, saber que se puede seguir estando equivocado. En estos términos es difícil creer. Se puede, si acaso, confiar; creer es otra cosa.

Así que la creencia en la ciencia, en estos días de pruebas, no funciona, y nos hemos quedado levemente desnuditos. Blandiendo como queja la máxima de mi tía Porota: en algo hay que creer.

No tenemos en qué. Podría ser una oportunidad, si no tuviéramos tanto miedo.

¿Una oportunidad para reemplazar la creencia por la duda, por el pensamiento, por el deseo sin garantías? Eso sí que requiere valor. Eso sí que sería un cambio.

Así que, en principio, no lo hacemos.

Y vivimos asustados y, según toda previsión, viviremos asustados demasiado tiempo: socialmente distanciados, encerrados, teletrabajando, telerreuniéndonos, teleligando, rigiendo nuestras vidas por ese miedo. Ahora creemos en el miedo, sobre todo: es el principio ordenador. Y tratamos de pensar el futuro miedoso y hablamos de las consecuencias en los grandes rasgos y no pensamos —intentamos no pensar— que vamos a tener vidas muy distintas: la “nueva normalidad”, como empiezan a llamarla. Por supuesto, las diferencias también van a ser desiguales. Los privilegiados, por ejemplo, no vamos a poder viajar durante mucho tiempo; los jodidos, por ejemplo, no van a poder trabajar durante mucho tiempo. Y todos, unos y otros, tendremos tanto miedo.

Nos convencieron, con razones, de que todo es temible. Que debemos aislarnos: que el peligro es el otro, cualquier otro, que el infierno es el otro. Es esa danza en el supermercado, donde nos retorcemos para alejarnos del más próximo, donde compiten máscaras y los cuerpos se esquivan y cualquier roce es el horror. Hablamos de solidaridad pero nos tememos unos a otros como a la peste. Ahora cualquier persona es la amenaza: todas las personas. La belleza del truco consiste en que cada cual es temible aunque no quiera. No es necesario ser un terrorista para sembrar el terror: alcanza con ser un ser humano —o un picaporte o una caja de ravioles—.

El miedo se ha instalado como un reflejo fuerte. Mucho de lo que pase de ahora en más dependerá de que sepamos olvidarlo.

Olvidar el miedo a los demás, los demás miedos.

Deshacernos del miedo y sus efectos y aprender a vivir con la duda.

Los grandes momentos de la historia solían consistir en que el mundo se movilizaba para matar personas; este consiste en que el mundo se detiene para salvar personas. Aparece, entonces, la idea de que detener puede ser un arma tan fuerte como movilizar. Sobre todo si se trata de salvar. Todo consistirá, quizás, en moverse para detener ciertas movidas, ciertos movimientos: la acumulación y el despilfarro. Detenerse es moverse.

Y dudar en lugar de creer: repensar en vez de repetir. No temer a la duda sino a la certeza. O seguiremos insistiendo en el mismo fracaso, y fracasar no habrá servido para nada.

23 de abril de 2020

@martin_caparros

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2020/04/23/espanol/opinion/coroavirus-miedo-c...

 6 min


Rafael Venegas

Cada día, puntualmente, desde el puesto de comando del Estado Mayor Anti-COVID 19 –¡Ah, cómo les gusta solazarse en el lenguaje y la simbología militares!–, comparece el Ministro de Propaganda del régimen para leer el parte de guerra, para explicar la situación y las medidas adoptadas, para hacer comparaciones con otras tragedias porque se trata de una pandemia mundial. Al frente no tiene periodistas de carne y huesos periodísticos en condiciones de formular preguntas. En tiempos de Quédate en casa y hegemonía comunicacional no es recomendable violar el “distanciamiento social” (¡Que alguien, por favor, me explique la frase! Creo que se refieren a la distancia prudencial entre personas para atenuar el riesgo de contagio. Pero ellos saben bien lo que dicen, no dan puntada sin dedal). Solo las cámaras de los medios oficiales y un largo discurso sin interlocutores.

Ataviado en su bata de médico –a falta de uniforme verde oliva y charreteras–, su sonrisita sardónica, su cerebro frío y maquinal, calculador y cuidadoso de cada frase que pronuncia, con inevitables aires de superioridad correspondientes a la arrogancia y la prepotencia con las que por años han ejercido el poder, el competente ministro no solo informa la versión oficial y única de lo que ocurre, sino también, y por sobre todas las cosas, dicta cátedra. Enseña al mundo, a sus críticos y opositores cómo se deben hacer las cosas, cómo se deben armonizar las medidas preventivas con las medidas curativas y la asistencia económico-social a la población sometida a cuarentena y confinamiento que, además, se permite calificar de voluntario. Acompañado siempre con cuadros estadísticos y tablas comparativas, exhibe una infalibilidad y eficiencia dignas de su caro propósito de perpetuarse en el control del Estado y de la sociedad.

Todo está absolutamente bajo control. No hay caso de contagio que no se conozca y sobre el cual no se actúe, no hay actuación que no sea la adecuada a cada caso, no hay detalle que se escape. La cuarentena y el confinamiento han sido oportunos y eficaces, el complejo sistema de despistaje y detección del virus ha funcionado con precisión de bisturí de diamante, lo cual incluye una encuesta que amplía la cobertura de la sistemática y milimétrica auscultación temprana y que alcanza, óigalo bien, preste atención, nada más y nada menos que a 18 de los 30 millones de mortales que habitamos esta tierra de gracia; o sea, el 60% de la población. Los hospitales, por su parte, así como la red de atención primaria de salud, están debidamente equipados y preparados para atender todos los casos que se presenten. El personal médico y de enfermería cuenta con el instrumental, equipos, insumos y medicamentos requeridos para actuar con éxito; además, se les está pagando el sueldo justo que se merecen, se les está suministrando la gasolina necesaria para su movilidad y el transporte requerido en los casos, en realidad los más, en que no disponen de medios propios para ir y venir a los hospitales centinelas ¡Otra vez la cultura militar!

Mientras dure la suspensión de actividades laborales y educativas se han dispuesto todas las medidas necesarias: los trabajadores de la administración pública seguirán cobrando sus sueldos, las nóminas de la pequeña y mediana industria serán cubiertas con el dinero del Estado y el resto de la masa laboral recibirá un bono de Bs200.000, sí señor, escuchó usted bien, dije Bs 200.000, a través de un sistema diseñado para su debido registro o afiliación, el cual le ofrece, adicionalmente, como un plus a tanta eficacia y generosidad, la posibilidad de afiliarse al partido de gobierno ¡¿Y cómo no?! Sin embargo, como el precio de la canasta básica de bienes y servicios ya traspasó la barrera de los Bs 20 millones mensuales, para asegurar la alimentación de las familias se cuenta con las cajas CLAPs, cuya cantidad y calidad son ya harto conocidas por todos y cuya distribución llega hasta el último de los hogares en el último rincón de nuestra patria. Ahora ya puede entender lo del bono: usted no necesita dinero para la comida porque para eso existen estas cajas, tampoco lo requiere para los pasajes porque está confinado en su casa, menos aún para comprar gasolina porque ni usted tiene carro ni hay gasolina en el mercado. Es para las misceláneas, para las chucherías de los muchachos, pues. Todo ha sido previsto.

El broche de oro con que cierra esta fabula es la manera como se ha previsto culminar el año de escolar en la educación básica y media: a través de internet, si funciona; apoyado en su teléfono inteligente, si lo tiene; en su computadora, si no se va la luz; en la canaimita (¿la recuerdan?) con que han sido dotados todos los estudiantes del País. Navegando, pues, viento en popa sobre un sistema de conectividad cuya calidad y alcances son harto conocidos. Clases virtuales y a distancia, perfectamente sincronizadas entre educadores y educandos (¿tendré también que decir educandas para no pecar por discriminación de género?) para salvar el año escolar porque no está previsto convocar a clases presenciales en el tiempo que resta del mismo. Como reconocimiento y estímulo a nuestros abnegados guías, tan bien pagados como los del sector salud, tal como lo podrá confirmar enseguida, se les ha otorgado un bono especial con motivo de la Semana Santa por el astronómico monto de Bs 4.750; para ellos, para sus familias y, claro, pueden quedarse con el vuelto.

Así las cosas ¿Para qué perder tiempo promoviendo un gran acuerdo nacional a fin de enfrentar la pandemia si con el ministro de la bata blanca y el de la educación basta? ¿Para qué convocar los mejores talentos para hacer causa común contra este flagelo si los mejores talentos son precisamente ellos? ¿Para qué convocar a los gremios de la salud o de la educación? ¿Para qué llamar a las universidades, academias de ciencias y demás instituciones si con la Bolivariana es suficiente? Nosotros mismos somos, pa’ qué más.

¡Asombroso! ¡Maravilloso! ¡Milagroso! Sobre todo milagroso, porque hasta hace apenas un mes yo era capaz de sostener con absoluta convicción que si alguna individualidad o colectivo se planteara, de modo ex profeso, gobernar un país con afán destructivo no podría alcanzar la hazaña lograda por el chavismo en veinte años, con especial énfasis en los últimos ocho. La verdad es que sus logros son incuantificables, como incuantificables son sus nefastas y dolorosas consecuencias. No han dejado hueso sano. Por donde quiera que usted meta el ojo el resultado el mismo: ruinas. Haga, por ejemplo, este ejercicio: anote en papelitos separados el nombre de los servicios públicos que le vienen a la mente, dóblelos y métalos en una bolsa. Pídale, entonces, a una mano inocente, si la suya no lo fuera, que lo es, que saque uno cualquiera de los papelitos. ¿Salud? ¿Educación? ¿Electricidad? ¿Agua? ¿Transporte? ¿Gas doméstico? ¿Comunicaciones? Cualquiera, el que usted elija, todos han sido arruinados indolentemente.

Repitamos el ejercicio ahora con la economía: ¿la industria petrolera y sus derivados? PDVSA, las refinerías, la petroquímica; todas son casi un gran depósito de chatarras abandonado. ¿Las industrias básicas y estratégicas? ¿Sidor, por ejemplo? ¿Venalum, Ferrominera, Bauxiven? ¿La producción agroalimentaria? ¿El parque industrial y manufacturero? Tenemos la más alta inflación y la depresión económica más profunda del planeta, el País endeudado en más de $160.000 millones y en situación de impagos, un déficit fiscal de más de 20 puntos del PIB, o sea, un Estado quebrado y con sus reservas internacionales agotadas; nuestra moneda nacional destruida y una economía que fija los precios en dólares pero paga los salarios en bolívares absolutamente devaluados. De esta manera, pulverizaron el salario de los trabajadores, sus prestaciones sociales y la contratación colectiva; precarizaron el trabajo, lanzaron a la informalidad y al desempleo a más de nueve millones de trabajadores y han sometido al hambre, la miseria y el empobrecimiento al 90% de los hogares venezolanos.

Sus proezas en el campo político no son menos asombrosas: el principio fundamental que sostiene que la soberanía reside en el pueblo ha sido desconocido y, en consecuencia, el derecho a elegir de forma libre y transparente destruido; hicieron añicos las instituciones del Poder Público hasta convertirlas en un teatro de marionetas manejadas desde Miraflores; criminalizaron y judicializaron el legítimo derecho a la protesta, a la crítica y la disidencia; conculcaron el derecho a la sindicalización y a la huelga y lo sustituyeron por un sindicalismo gobiernero y patronal que funge de esquirol; violan de forma sistemática y sostenida los derechos humanos y para usted de contar.

Algunos atribuyen semejante hazaña a la ineptitud, la ineficacia, la indolencia y la corrupción. En favor de su postura alegan que hasta las buenas ideas, como la medicina integral comunitaria y los módulos de Barrio Adentro –cuya paternidad u originalidad, por cierto, no les corresponde– han corrido la misma suerte que el sistema de salud en su conjunto o el resto de los servicios públicos. Otros sostienen que se trata de un plan, cuyo propósito ee reforzar la dependencia de la gente respecto de las dádivas que se reparten desde el Poder y edificar un extenso y complejo sistema de control social orientado al sometimiento y la opresión. En defensa de su punto de vista reseñan la construcción de un poderoso aparato policial y militar férreamente controlado y altamente eficaz en su tarea, o la edificación de una maquinaria propagandística no menos monumental, afinada y dirigida como una orquesta sinfónica. Yo pienso que ambos tienen razón. Los voceros del régimen, ya sabemos: primero fue la “Cuarta”, después el paro petrolero, luego los infiltrados, más tarde el saboteo de la derecha, Obama y ahora las sanciones de Trump.

Hago inventario de todos estos asuntos ejerciendo mi derecho a pensar mal y en voz alta, desde mi confinamiento, mientras veo en el televisor al ministro de propaganda del régimen, con su bata blanca, su sonrisa sardónica y sus aires de triunfador dictar cátedra bañado con la humildad ya reseñada, y en mis oídos resuena el eco de las protestas que crecen por la falta de agua, porque no llegan las cajas Claps y las que llegan han mermado en cantidad y calidad de sus productos, o por la grave escasez de gasolina y la especulación desatada en torno a su distribución. Entonces me pregunto, como por no dejar: ¿Será verdad tanto embuste?

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Cuando Paul A. Samuelson formuló en su Economics el dilema de los cañones o la mantequilla, intentó matar tres pájaros de un tiro: mostrar el carácter opcional de la producción y del consumo, ilustrar su análisis de las ventajas comparativas y analizar el llamado coste (o riesgo) de oportunidad. Y aunque no fue ese el propósito explícito del Nobel, también sirve a las mil maravillas para explicar las decisiones que han de tomar los gobiernos en situaciones excepcionales como son las catástrofes naturales, las epidemias y las guerras.

Frente a situaciones excepcionales surgen los estados de excepción, obvio. La excepción consiste para el Estado en que de una u otra manera deberá adjudicarse roles o funciones que no les corresponde en periodos de normalidad. El ejemplo más clásico es la guerra pues ahí el dilema cañones o mantequilla es más válido que nunca. Por algo durante una guerra se usa el término, “economía de guerra”.

Bajo estado de guerra suponemos que el Estado va a destinar más presupuestos a la producción de cañones que a la de mantequilla. Pero eso depende también de otros factores, entre ellos, de la duración de la guerra y de la disponibilidad del enemigo sobre mantequillas y cañones, por ejemplo. En cualquiera de los casos, el dilema no lleva a establecer una dicotomía pues se supone que bajo un estado de guerra la gente necesita sobrevivir y, por lo mismo, no es militarmente estratégico suprimir la producción de alimentos. De tal manera que el dilema cañones o mantequilla es un problema de primacía y no de exclusión.

Una economía de guerra es una economía-límite. Haciendo una analogía podríamos también hablar de una “economía de pandemia”. La analogía es válida. Tanto en una guerra cono en una pandemia, los ciudadanos enfrentan a un enemigo común. Pero en el caso de un enemigo pandémico, el problema es más grave. Ese enemigo es externo e interno a la vez. Y, por si fuera poco, en la lucha en contra del covid-19, no disponemos de armas (vacunas). Bajo estas condiciones se trata por ahora de salvar vidas, organizar una retirada y ocultarnos en lugares donde el enemigo tenga menos posibilidades de encontrarnos: en nuestras casas. Y bien, eso es lo que estamos haciendo. Ralentizar el avance del enemigo, protegernos unos a otros, tomar medidas precautorias, lavarnos las manos como si fuéramos neuróticos, y sobre todo, no acercarnos demasiado al prójimo.

Naturalmente, para sobrevivir no es posible paralizar la economía. Pero tampoco podemos arriesgar vidas. Para vivir hay que comer, dice la economía. Para comer hay que vivir, responde la medicina. El problema es que las dos ciencias tienen razón. Por lo mismo, nunca se van a poner de acuerdo. De ahí que el problema reside en como lograr un equilibrio entre esas dos verdades, uno en donde una no excluya a la otra. Al llegar a ese punto es cuando requerimos de la mediación que solo la práctica política nos puede otorgar.

Por de pronto, la economía no ha sido paralizada en ningún país, ni aún en los más afectados por la pandemia. Pero hay ramas damnificadas, entre ellas la gastronomía, la prostitución, los grandes espectáculos de masas, todo lo que implique aglomeración o acercamiento humano. Hay también otras que han sido beneficiadas: la producción de jabón y desinfectantes, por nombrar una. Otras – ya lo están haciendo - reorientan su producción. Pienso en las fábricas textiles que confeccionan tapabocas, en los restaurantes ambulantes, en lugares públicos de desinfección. La capacidad para responder a las demandas del mercado es infinita, tanto en la paz como en la guerra, tanto en la salud como en la pandemia. Y bien, todos esas formas económicas requieren de una instancia que las regule a fin de que no caigan en la anarquía total. Entonces es cuando decimos que ha llegado la hora de los Estados, de los gobiernos que los representan y, por cierto, de los políticos de profesión.

En contra de predicciones distópicas que nos anuncian el advenimiento de una era post-política, podemos entonces pensar lo contrario. Lejos de ser suprimida, la política comienza a ordenarse alrededor de un nuevo foco: el foco pandémico. Eso quiere decir, los políticos, sobre todo quienes ejercen tareas gubernamentales, serán puestos a prueba de acuerdo al comportamiento asumido durante el periodo del coronavirus.

Los estamos viendo. Hay los que ocultan datos y cifras. Pero hay otros que dicen la verdad sin vaselina. Hay quienes usan la tragedia con fines electorales. Pero hay otros que no vacilan en proponer medidas antipopulares, cuando estas son necesarias. Hay quienes evaden su responsabilidad culpando a otras naciones. Pero otros saben que la salud de una nación depende de las demás y por eso tejen relaciones de cooperación internacional, más allá de doctrinas e ideologías. Hay quienes niegan su apoyo a instituciones supranacionales. Pero otros saben que al mundo no lo vamos a cambiar durante la pandemia y debemos trabajar con las instituciones que tenemos, por precarias que sean. Hay quienes prometen obtener una “victoria total”. Pero hay otros que con objetividad nos informan que el bicho vino para quedarse y no nos queda sino aprender a vivir con su maldad. Hay quienes que desde el gobierno intentan utilizar la pandemia para aplastar a la oposición o también quienes desde la oposición intentan derribar gobiernos para lograr con un virus lo que no pueden o quieren lograr con votos. Pero hay otros que claman no por la imposible -ni deseable- unidad política, sino por una tregua que permita enfrentar al mismo enemigo de un modo relativamente coordinado. Hay quienes se ponen al servicio de los grandes consorcios y no vacilan en nombre de la razón económica exponer al peligro a multitudes. Pero hay otros que proponen abrir lentamente el comercio minorista si las cifras de contagiados comienzan a bajar.

Nadie pide producir más cañones que mantequilla o más mantequilla que cañones. Pero el dilema es parecido. ¿Construir más hoteles o más hospitales? ¿Invertir en la industria atómica o en investigaciones virológicas? ¿Favorecer la producción de bikinis o la de mascarillas?

De una manera u otra, covid-19 nos ha revelado un hecho. La llamada globalización no es totalmente global. Si bien las economías y la comunicación digital son globales, la política no lo es. Los dilemas, sean los de mantequilla versus cañones, o los de comer para vivir o vivir para comer, han de ser resueltos dentro de la propia polis (los estados-nacionales) La política sigue y seguirá siendo local. Y quizás está bien que así sea.

Por lo demás, no todas las decisiones provienen de los políticos y de los gobiernos. Hay otras que surgen de la propia ciudadanía. Pongamos por ejemplo el uso de las mascarillas. En distintos países los científicos discuten acerca de su necesidad y los argumentos son buenos o malos en ambas partes. La mascarilla en verdad no asegura a nadie protección total contra el virus. Sin embargo, antes de que los científicos lleguen a una conclusión definitiva y los políticos la conviertan en norma o regla, la población de esos países está decidiéndose, en su gran mayoría, por el uso de las mascarillas. Incluso los escépticos (me incluyo) hemos decidido usarlas cuando hacemos compras.

Hay quienes se anticipan a la oferta de los mercados y confeccionan sus propias mascarillas, unos con un simple trapo sobre la boca, los más avisados con telas densas y, si no tienen filtro, usando el de la aspiradora o el de la cafetera (hay algunos muy buenos) Ya hay metrópolis que parecen carnavales de mascarillas de todos los colores, de todas las modas, de todos los géneros; las hay incluso eróticas. La mascarilla ha llegado a ser el uniforme de los soldados de los ejércitos de liberación nacional en contra de la invasión del imperio viral.

En los mercados los enmascarados nos cruzamos con negros o blancos, con jóvenes o viejos, con progres o fachos. Algunos nos miramos de reojo como diciendo: somos del mismo lado, combatimos por la misma causa y en contra del mismo enemigo. De este modo los políticos de todas las latitudes se verán, quieran o no, obligados a decretar el uso de mascarillas donde todavía no está en vigencia. Aunque no sirvan para nada – lo sigo pensando así – cumplen un significado más simbólico que real. Y el humano es un animal simbólico.

¿Y si el dilema cañones o mantequilla es resuelto alguna vez a favor de los cañones? No hay problema. Como ya ha sucedido con las mascarillas, tarde o temprano aprenderemos a fabricar mantequilla casera. Y quizás de mejor calidad que la ofrecida en los mercados. Así somos, eso somos.

Abril 19, 2020

Polis

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Patrick Gaspard

«Dios y el pueblo son la fuente de todo poder (…) Yo lo he tomado, y qué diablos, lo conservaré para siempre». Lo dijo François «Papa Doc» Duvalier en 1963. Y es lo que hizo: siguió siendo presidente de Haití hasta su muerte en 1971, momento en que lo sucedió su hijo, Jean-Claude («Baby Doc»), que extendió la dictadura otros quince años.

Puede parecer historia antigua, pero no lo es para mí. Mi familia es haitiana, y aunque inmigramos a Estados Unidos durante mi infancia, siempre pareció que seguíamos al alcance del cruel régimen de los Duvalier. Nunca olvidé las enseñanzas brutales que aprendieron los haitianos bajo los Duvalier, incluido el hecho de que habitualmente usaban desastres naturales y crisis nacionales para reforzar su dominio.

Hoy es necesario prestar atención a esas enseñanzas. La COVID‑19 es una amenaza no sólo para la salud pública, sino también para los derechos humanos. En el transcurso de la historia, crisis como esta han dado a regímenes autoritarios un pretexto conveniente para normalizar sus impulsos tiránicos. Mis padres lo experimentaron en carne propia en Haití, y lo estamos viendo otra vez en todo el mundo.

La nueva amenaza comenzó en China, donde el intento inicial de un gobierno que ya era autoritario de ocultar la epidemia hizo posible su propagación mundial. Pero no es el único ejemplo. En la India, el gobierno del primer ministro Narendra Modi dictó una cuarentena de 21 días con sólo cuatro horas de preaviso, lo que dejó a millones de las personas más pobres del mundo sin tiempo para acumular alimentos y agua. Peor aún, la policía india ha usado desde entonces las medidas de confinamiento para intensificar la discriminación de los musulmanes del país.

En Kenia y Nigeria, policías y militares han apaleado a personas sólo por parecer lentas en cumplir los protocolos de distanciamiento social. En Israel, las autoridades han comenzado a usar datos de los teléfonos celulares para rastrear los movimientos de los ciudadanos, sumándose así a una veintena de gobiernos que están tensando al límite el derecho a la privacidad. Y en Hungría, el primer ministro Viktor Orbán, que lleva años consolidando su poder, logró la aprobación de una ley que en la práctica sanciona su condición de dictador absoluto.

Las democracias del mundo casi no han protestado frente a estos abusos. Pero que los estadounidenses no se crean a salvo de estos asaltos al poder: hay que recordar que a fines de marzo, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos pidió al Congreso la atribución de detener a ciudadanos estadounidenses (ya no sólo inmigrantes indocumentados) por tiempo indefinido sin el debido proceso judicial.

Los gobiernos aducen que la adopción de estas medidas es necesaria para combatir la pandemia. Pero la historia muestra que los poderes de emergencia de los líderes iliberales casi siempre se vuelven permanentes. Es verdad que todos los gobiernos tienen el deber de dar una respuesta vigorosa al desastre sanitario en desarrollo, lo que tal vez demande restricciones transitorias pero significativas de la libertad de acción de los ciudadanos. Pero muchas de las políticas adoptadas por líderes autoritarios en las últimas semanas no sólo son antidemocráticas, sino que también son contraproducentes en la lucha contra la pandemia.

Por ejemplo, la supresión de las libertades de prensa, en vez de prevenir la propagación de la enfermedad, hace mucho más difícil concientizar a la población acerca de cómo debe actuar. Detener a civiles sin juicio debilita la confianza en el gobierno, justamente cuando más se la necesita. Y cancelar las elecciones deja a los dirigentes políticos sin incentivos para anteponer los intereses de la población.

A la par de la lucha contra la COVID‑19, también debemos hacer todo lo posible por proteger la salud de nuestras democracias. Sobre todo, debemos entender que en muchos sentidos, defender la salud pública y defender la democracia son dos frentes de una misma batalla.

Felizmente, las organizaciones civiles y los individuos tienen modos de oponer resistencia al uso de la pandemia como pretexto para la represión. En las Open Society Foundations llevamos más de tres décadas en la primera línea de la defensa de la democracia y hemos aprendido algunas enseñanzas pertinentes.

En primer lugar, debemos usar todas las herramientas disponibles para proteger las libertades civiles. Aunque la pandemia demanda distanciamiento social, eso no justifica la brutalidad policial y el abuso de los poderes de gobierno. En cuanto la dirigencia política empieza a restringir la libertad de expresión y el derecho a la protesta o a burlar los controles a su poder, el riesgo de un descenso hacia el autoritarismo se vuelve real. Hay que denunciar de inmediato a los gobiernos que traten de poner a prueba esos límites.

La segunda enseñanza es que debemos oponernos a la búsqueda de chivos expiatorios. Frente a la pandemia hubo demasiados gobiernos que hablaron de la COVID‑19 como un virus «chino», lo cual crea condiciones para convertir a las personas de esa ascendencia en blanco de vigilancia y estigmatización.

Como haitiano‑estadounidense, tuve una experiencia directa de esa clase de persecución durante la crisis del VIH/sida en los ochenta, cuando los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos anunciaron que el sida lo transmitían «homosexuales, usuarios de heroína, hemofílicos y haitianos». Como resultado de ese mensaje sin bases científicas y sesgado, Estados Unidos comenzó a detener a solicitantes de asilo haitianos en un horrendo campo de prisioneros en la bahía de Guantánamo, lo que en la práctica hizo más difícil prevenir la propagación del VIH.

Finalmente, debemos enfrentar las disparidades económicas y sociales subyacentes que las pandemias tienden a agravar. Para ver hasta qué punto el coronavirus puso de manifiesto las profundas inequidades en Estados Unidos, basta observar que la isla Rikers (principal complejo carcelario de Nueva York) tiene en este momento la tasa de contagio más alta del planeta. Más en general, la crisis está mostrando una vez más que demasiadas familias estadounidenses carecen de acceso a atención médica, licencia por enfermedad con goce de sueldo, protecciones laborales, ahorros personales y otras necesidades básicas.

En conjunto con la defensa de la democracia y de los derechos civiles, este es un momento para darnos cuenta de todas las formas en que nuestras sociedades despojaban de derechos a ciudadanos, refugiados, migrantes y solicitantes de asilo antes de que estallara la pandemia. Es verdad que ahora mismo el estado de la democracia no es lo que más preocupa a la mayoría de la gente. Pero si la protección de la democracia no es una de mis prioridades, es casi seguro que no lo será de nadie.

Lamentablemente, a muchos poderosos la protección de nuestros derechos no les interesa. Es algo que tenemos que hacer nosotros. La democracia no es sólo un sistema de gobierno; es una lente a través de la cual vemos el mundo y nuestro lugar en él. Si durante una emergencia rompemos esa lente, puede que nunca volvamos a ver del mismo modo.

Abril 13, 2020

Traducción: Esteban Flamini

https://www.project-syndicate.org/commentary/covid19-authoritarianism-go...

 5 min


Esta pandemia no es la primera en la historia, ni será la última. En el caso de las enfermedades transmisibles, si no existe una vacuna o un tratamiento efectivo, es necesario tomar medidas para limitar el daño. La pandemia actual no ha sido manejada adecuadamente por la mayoría de los gobiernos, dictatoriales o democráticos. Unos ocultaron información, otros le restaron importancia, algunos hablaron ridiculeces y casi ninguno estaba preparado. En Venezuela y en otras dictaduras, médicos y periodistas están perseguidos por informar.

La que viene puede causar más estragos, sea producida por diferentes virus, bacterias resistentes a los actuales antibióticos o por cualquier patógeno. Por ello se requiere prepararnos con tiempo. En vez de invertir en armamentos o en áreas no prioritarias es necesario formar más personal médico, paramédico y de enfermería, construir más hospitales dotados de todos los equipos necesarios y dedicar más recursos a la investigación en el área de la salud.

En el caso de Venezuela es evidente el abandono de la estructura hospitalaria y el déficit de equipos, la escasez de personal del área de salud, que se han visto obligados a emigrar, y la falta de algo tan básico como es el suministro confiable de agua, energía eléctrica y combustibles.

Solicitarle al narcorégimen que arregle esta situación es perder el tiempo. Lograremos sacarlos del poder, pero hay que evitar que el próximo gobierno cometa los mismos errores que hemos repetido a través de nuestra historia.

El país está en la carraplana y se requerirá mucho dinero para recuperarlo. Seguramente será posible obtener algunos préstamos, pero siempre serán escasos ante las grandes necesidades. Todos los sectores alegarán que son prioritarios y protestarán si sus demandas no son atendidas. El petróleo era nuestra pila de agua bendita, donde todos metían la mano. Ya no será posible. Con una producción de solo 660.000 barriles por día, las refinerías en el suelo y un precio del crudo que no es de prever, alcance los niveles del pasado relativamente reciente y con las industrias del hierro y del aluminio destruidas, la reactivación requerirá grandes inversiones. Solo nos quedan los ingresos por oro y diamantes, con los que no llegamos ni a primera base.

Seguramente habrá presión para mantener las empresas del estado consideradas como “estratégicas”, pero la realidad obligará a privatizar. Sin embargo, esto requerirá tiempo. Mientras tanto, la prioridad debe ser recuperar parcialmente la actividad petrolera, lo cual sería relativamente fácil si se permite el ingreso de profesionales capacitados, se despiden los comisarios políticos y los empleados que no agregan valor, se mantiene a los jóvenes profesionales que se han formado en estos años, se facilita la colaboración de los socios privados de las empresas mixtas y se disminuye la participación accionaria del estado en las mismas. Desde luego también se requerirán inversiones.

La otra prioridad es la recuperación del sector agrícola, hoy muy golpeado por la escasez de combustibles y de insumos. Nuestros productores nos recuerdan que el fútbol, el beisbol y los espectáculos no son imprescindibles, la comida sí lo es.

¿Cómo lograr enderezar entuertos en el poco tiempo que exigen las penurias que pasa la población? ¿Con un gobierno de transición que convoque elecciones en tiempo perentorio? ¿En medio de una campaña política con varios candidatos ofertando villas y castillos? ¿Cómo reaccionaría el pueblo ante la falta de respuestas a corto plazo?

Aunque se aprobó un Estatuto para la transición, el agravamiento de la situación amerita una revisión. Las circunstancias obligan a un Pacto Político entre los partidos de oposición que incluya organizaciones de la sociedad civil. La transición no debería ser corta, quizá dos o tres años, en la cual se tomen medidas que pueden ser duras, pero necesarias. El presidente(e) Guaidó debe estar en Miraflores el Día D+1. El Pacto establecería si debe permanecer los años de la transición o si se designa a otra persona, como fue el caso de Ramón J. Velásquez. Pudiese ser nombrado por la Asamblea Nacional o por los integrantes del Pacto, y contar o no con un Consejo de Estado. Lo fundamental es una transición larga y que de alguna manera acepte la presencia de chavistas no incursos en violaciones de derechos humanos, ni en corrupción Al final de la misma las circunstancias decidirán la conveniencia o no de ir a elecciones con un solo candidato.

Como ( había) en botica:

Solidaridad con las empresas Polar.

Dante Rivas el “protector” de Nueva Esparta recomienda alargar tres meses el contenido de cajas Clap. Suponemos la próxima vendrá con orden hospitalaria para reducción del estómago.

En estos días fallecieron personas apreciadas: Ana María Borbón, esposa del ingeniero agrónomo Fernando Morales Bance, el ingeniero petrolero y Académico Rubén Caro, el geólogo Fernando Rodulfo, el ingeniero industrial Pedro Mantellini y Napoleón Márquez del área de refinación, todos ellos trabajaron en la Pdvsa meritocrática.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Maxim Ross

Gómez, como yo lo llamaba, el a mi Ross. Fueron 50 aňos de una sentida y profunda amistad, llena de conflicto de ideas, de discusiones interminables, de habernos escapado, los dos, del oscurantismo marxista y de ese socialismo infantiloide que cree que todo lo puede. Recuerdo, que salir de ese atolladero de ideas me costaba y me decía, me acusaba, de que yo seguía siendo comunista, porque Gómez abrazó las ideas liberales primero que yo y, él no conforme con eso, me puso a leer a Hayek, a Popper y me obligó, prácticamente, a estudiar filosofía. ¡Hasta que me convenció! Brillante, brillante como no hay dos, ese era mi amigo Emeterio.

Así de perseverante era mi amigo Emeterio y quienes lo conocieron pueden dar fe de ello, tanto que no dejó tranquilo a nadie para difundir sus ideas. Nos fuimos y vinimos a enseñar economía de verdad, por allá por los años 80’s y le dimos un vuelco a la Escuela de Economía de la UCV, precedida por cuanto marxismo fue posible. En todo lo que publicó hizo de Marx y el marxismo un disparate histórico.

Pero Emeterio no se quedó tranquilo y enarboló la bandera de una demoledora crítica contra las ideas liberales que el mismo había compartido porque, si una cosa fue verdad en Emeterio, es que no había idea que durara mucho en ese cerebro febril. Del capitalismo puro pasó al Capitalismo Solidario y de allí a una profunda reflexión sobre el significado de la Ética. Libros, folletos, charlas, conferencias fueron su hacer de todos los días.

Incansable Emeterio, pero ahora se cansó de vivir y se nos fue, pero ¡No es verdad! Porque está en la memoria de muchos, dejó huellas que, lo sé, van a perdurar.

He escrito esta breve nota en su honor, porque después de dicho lo anterior, lo que hay que decir es que era ser humano de primera, honesto a carta cabal, como se dice. Sensible a lo ajeno, solidario y, gran amigo, “peleón”, eso sí porque no dejaba pasar una idea sin procesarla, sin ponerle todo el corazón, el estómago y el cerebro para cambiarla.

Miren de que clase de persona hablo. Persona. Ese fue mi gran amigo Emeterio Gómez.

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Hugo Prieto

La crisis del coronavirus no solamente podría arrastrarnos al caos, sino a una situación de hambruna. La advertencia la hace Juan Luis Hernández, experto y consultor de temas agroalimentarios en diversas empresas y organizaciones internacionales.

A partir de 2013, la producción agrícola cae a niveles de los cuales no se tenía registro desde 1949, año en que se empezaron a llevar las estadísticas en Venezuela. Y la situación va para peor, porque la cuarentena que impone el virus coincide con el inicio del ciclo de siembra de los principales cereales que se consumen en Venezuela: arroz y maíz. Coincide, además, con la escasez de gasolina y los apagones eléctricos.

¿Por qué eligieron 2008 como año base para sus estudios?

Ese año lo tomamos como base por lo significativo de la evolución del gobierno de Chávez. La producción agrícola aumenta de manera significativa entre 2003 y 2008 debido a una mayor oferta de insumos, tanto de equipos como de maquinarias. Pero además se consolidan algunos sistemas de producción en rubros tan importantes como cereales y caña de azúcar. También aumenta la producción agroindustrial y las importaciones, pero esas importaciones no compiten con la producción nacional. Ese año, todavía Mercal y PDVAL significaban algo muy importante en la red de distribución comercial. Pero a partir de 2008, las políticas cambian y comienzan a surgir diversas dificultades.

Entre 2008 y 2013, los gráficos muestran una realidad muy distinta. Un estancamiento, incluso, una caída, aunque no significativa en todos los rubros. ¿A qué responde ese comportamiento de la producción agrícola?

Digamos que hasta 2008 las políticas del Gobierno eran de una intervención moderada y para algunos sectores, incluso, estimulante. Pero a partir de ese momento, empieza la idea del control estatal. Se produce, entre otras cosas, la toma de Agroisleña, que era un ente muy importante y había invertido muchísimo en el país en los años anteriores. Se aplica el control de precios y el control de la distribución. Comienza un período de inestabilidad en la producción agrícola. La producción industrial sigue creciendo, pero ahora se apoya, fundamentalmente, en las importaciones, que se disparan de manera absoluta. La producción nacional cada vez significa menos.

En el mundo anglosajón, que es mucho más pragmático, hay un adagio que reza: «Si la pieza no está rota, no la cambies». ¿Cómo es que ese recorrido de logros para la actividad agrícola (2003—2008) se cambia diametralmente por un periodo de inestabilidad y de estancamiento? ¿No hubo voces de alerta? ¿Voces disidentes?

Recuerda que eso se da en un marco económico muy favorable para el Gobierno. De nuevo, un boom petrolero espectacular que permite importar, endeudarse. A la vez se da la consolidación del PSUV como una organización de poder, más que como un partido político. En ese período se impone la idea que tenía Chávez de avanzar hacia el socialismo, a pesar de que pierde el referéndum de 2007. Confluye una situación económica muy favorable con la consolidación de un sistema político vertical y de control. Eso se va imponiendo de forma progresiva y sin grandes disidencias. No es que no las hubo. Sí las hubo, pero fueron muy poco significativas.

Lo que sigue después de 2013 es una caída en el abismo. Pero hay algo interesante, alrededor de ese año, se produce un boom de importaciones y un boom de medidas que hace que la agricultura tenga otro repuntico. Pero ya en otras condiciones. Pero, efectivamente, a partir de 2013, se produce la debacle. Esa debacle significa que cae, brutalmente, la producción interna en los rubros más importantes —maíz, arroz, caña de azúcar, café—. Y a su vez también caen las importaciones.

Estamos en un tercio y algo similar ocurre con la producción industrial. Entonces, por supuesto, si no hay producción interna, si no hay importaciones, cae el consumo y empieza esta situación de deterioro nutricional, sumamente grave, que estamos viendo. Nos está pasando una cosa: a principios de 2020 tenemos la peor situación nutricional, en términos de calorías y proteínas, que ha tenido Venezuela desde el año 1949, cuando se comenzaron a sacar esas cuentas.

Hay dos rubros muy importantes: arroz y maíz, caballitos de batalla en la alimentación de los venezolanos. Ahí la caída es incluso peor. La producción de maíz, por ejemplo, representa sólo el 16% de lo que se obtuvo en 2008. Ya ni siquiera ponemos atención en lo básico, en lo elemental, en los ejes de la producción primaria.

Así es. La situación de los cereales es dramática. Lo que ha pasado es que la producción de 2019 es la más baja que hemos tenido en la historia. Y las perspectivas para este año son prácticamente de una suspensión de la producción, entre otras cosas, porque la siembra se produce entre abril y mayo. Es decir, por estos días. Pero en las condiciones actuales —la emergencia del coronavirus, la escasez de gasolina y los cortes de electricidad— creo que, desde el punto de vista de los cereales y de los cultivos temporales, este año agrícola se va a perder.

Hay otro punto relevante. En 2008, las importaciones del sector privado representaban alrededor del 70% del total. Pero en 2018 el peso de las importaciones recae en el Estado, digamos, en un porcentaje similar. ¿Qué significa para el sector agrícola que el Estado se haya convertido en el gran importador de alimentos?

Esa dinámica de intento de control de todo el sector agroalimentario, y más recientemente con la participación militar, hace que las importaciones, en una proporción enorme, pase a manos del Estado. Pero resulta que en las condiciones actuales eso no es sostenible por dos razones. Una, el deterioro del negocio petrolero. Dos, la situación de crisis que vive el país. Resulta que el Estado importa, prácticamente, hasta septiembre-octubre de 2019. A partir de ahí le dicen al sector privado que importe él. Diezmado por la crisis, y en condiciones muy inseguras, es muy poco lo que puede hacer. El dato es impresionante, pasamos de 40.000 millones de dólares a 7.000 millones en importaciones totales. Y en el sector agroalimentario caímos 64%.

El monto de las importaciones agrícolas apenas supera los 3.000 millones de dólares.

Así es.

A raíz de la crisis del coronavirus, las cadenas de producción y comercialización se han roto en todo el mundo. ¿Cómo va a afectar ese hecho al sector agrícola?

Los efectos son extremadamente importantes. Por el lado de la capacidad adquisitiva de la población, nosotros tenemos unos salarios absolutamente ridículos (no llegan a dos dólares mensuales) y, por tanto, la población tiene que obtener ingresos fuera del salario. Y eso ha caído de una manera brutal. Por otro lado, la producción también cae de manera notable. ¿Cómo vas a poder sembrar maíz y arroz en estas condiciones? ¿Con las situaciones, además, de agua, electricidad y combustible? En estas condiciones de deterioro brutal de la economía, Venezuela podría tener prioridad para captar y obtener recursos de financiamiento internacional. Y ahora eso desaparece, porque la crisis del coronavirus va a potenciar los problemas económicos y de alimentación de muchísimos países. De manera que nos encontramos en una situación muy grave. Con un deterioro nutricional que pudiera llegar a una situación de hambruna. En este período, en este cuatrimestre, ha habido una caída del consumo brutal, con una situación adicional que se está reportando actualmente: la reaparición de la escasez en alimentos, pero de manera muy notable.

¿No habíamos superado esa circunstancia?

A mediados de 2019 se disparan los precios de los alimentos y la escasez, sencillamente, se acabó. La gente no tenía con qué comprar. Incluso hubo acumulación de inventarios, no tanto en la industria como en la cadena de supermercados. Pero resulta que esa situación empieza a cambiar muy rápidamente a raíz de la crisis del coronavirus. Se producen compras nerviosas. De acuerdo a una firma consultora, la escasez había descendido a su punto más bajo desde que se lleva esa cuenta (2015). Subió 25% en el mes de marzo. Eso puede proyectarse para el mes de abril y nos plantea situaciones muy difíciles.

¿Por la pérdida del año agrícola?

El ciclo de invierno, que es el más importante, está a punto de perderse o de llegar a niveles mínimos. Probablemente, muy pocos agricultores, de altos ingresos, pudieran tener algunos inventarios y sembrar algo. Quizás el Estado siembre otro poquitico. Pero eso va a ser una caída al menos de la mitad de lo que ya era el disminuido comportamiento del sector agrícola.

¿Qué podría decir de las cifras de la inseguridad alimentaria? De por sí alarmantes antes de la crisis del coronavirus. Insuficiencia alimentaria del 80%. Más de 6 millones de venezolanos pasando hambre. ¿A qué nos vamos a enfrentar cuando se levante la cuarentena y salgamos a la calle?

Si aquí no se produce, en un relativo corto plazo, un cambio del régimen político económico, que introduzca modificaciones importantes y cuente con un grado de apoyo externo, la inercia y continuidad de todos los factores que mencioné anteriormente, nos van a llevar a una situación cercana al caos. A ese caos se pueden aunar los problemas sanitarios: los del coronavirus y los otros que están presentes. La otra cosa que es terrible en medio de esta situación es que no podemos pensar que la recuperación será muy rápida, entre otras cosas, porque el apoyo internacional va a ser limitado. Sabemos que para salir de esto se requiere de un gran apoyo internacional, en términos de recursos.

Los primeros cálculos de la pandemia en la economía mundial son más que reveladores. Una caída superior a la gran recesión del año 29. Los países ricos van a atender sus propias crisis. No va a haber capacidad para atender a los países del tercer mundo, incluida Venezuela.

Sin duda alguna. El financiamiento internacional va a estar extremadamente más limitado. Hay otro efecto a tomar en cuenta. En medio de la crisis alimentaria, la gente deja de consumir alimentos frescos y a concentrarse en aquéllos que les da energía y algunas proteínas, son alrededor de siete productos. Actualmente, eso se está potenciando. La escasez de gasolina afecta particularmente el traslado a los mercados de frutas, hortalizas, leguminosas. Lo que termina pasando es que esos productos suben muchísimo de precio, lo que los vuelve inaccesibles. Hay escasez, además.

¿Qué panorama vislumbra para junio de este año?

Yo creo que se impone iniciar un plan de recuperación que no es posible en el marco actual. De lo contrario, el deterioro va a continuar. El otro problema es que si bien tenemos una diseminación moderada del coronavirus, gracias a Dios, estamos en unas condiciones de salud muy precarias, las defensas de los venezolanos están en el suelo, entre otras cosas, por una deficiencia nutricional. A nosotros nos puede tocar una afectación por el coronavirus mucho más grande que a otros países.

¿La militarización de la producción y distribución de alimentos que se impuso en 2012 no constituye un antecedente muy negativo para la inversión en el sector agrícola?

Sin duda. Con un factor que añado. Esos deterioros son acumulativos. Al igual que la pobreza. Hoy por hoy las condiciones para la recuperación van a ser más difíciles. Los niveles de producción son tan bajos que la posibilidad de duplicarla, digamos, en 18 meses es alta. En dos ciclos podríamos llegar al 32% de lo que producíamos en 2008. Necesariamente, durante un año o dos, vamos a depender de importaciones que tendremos que hacer de productos básicos.

19 de abril de 2020

Prodavinci

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