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Opinión

Edgar Benarroch

Bien lo acaba de afirmar Su Santidad el Papa Francisco: "Es deber del cristiano involucrarse en la política". Además, dijo que no debemos lavarnos las manos como Pilatos y ser indiferente ante la suerte de los pueblos, de nuestra comunidad, de nuestra familia y hasta de nosotros en particular. El Santo Padre, en su acostumbrado mensaje conceptual y refrescando lo más profundo de las raíces cristianas calificó la política como "la práctica más elevada de la caridad", que es una de las tres excelsas virtudes teologales.

El llamado del Papa está dirigido a los cristianos, pero perfectamente puede extenderse al ser humano en general. No está en la esencia humana la indiferencia y la apatía cuando está en juego el Bien Común, quienes así se comportan padecen con seguridad de trastornos de conducta y serios problemas de personalidad. El indiferente y que nada le importa tiende a quedar aislado y solo y ello es contrario a la sociabilidad del humano.

El exhorto del Sumo Pontífice se corresponde con el que siente el deber de servir y no de servirse, con el que es capas de subordinar su personal interés al colectivo y comparte y sufre la infelicidad del prójimo y lucha con él para superarla.

Particularmente en nuestro país, las palabras del conductor de la Iglesia Católica cobran mucha vigencia. Estamos hartos de ver y saber de funcionarios y no funcionarios que hasta ayer eran modestos ciudadanos y se desenvolvían con estreches económica y hoy exhiben y nos estrujan en la cara su fortuna. Incursionaron en la política para servirse, para adueñarse de lo que nos corresponde a todos, para desde su posición hacer negociados para engrosar su personal patrimonio y colmarse de lujos extravagantes y propiedades en distintas latitudes del planeta.

Lo que se sabe, porque los medios de comunicación social internacionales se encargan que así sea, es que casi a diario aparece alguien que ocupó u ocupa importantes posiciones de gobierno confesando sus fechorías a cambio de aminorar la pena (en los Estados Unidos de norte América). En la confesión delatan al combo de bandidos y dan detalles como con el lavado de dinero, el narcotráfico, el tráfico de influencia y en general negociados de la peor calaña, se han enriquecido todos.

Sabemos quiénes son y en donde están, pero la justicia venezolana ante ellos es ciega, sorda y muda. En nuestro país se ha entronizado una sociedad de cómplices donde a nadie se le ocurre señalar a alguien porque éste guarda las fechorías del otro y además se ponen de acuerdo para el saqueo. Cuando se llega a estos niveles de corrupción es porque estamos en presencia de la más espesa tiniebla y urge un rayo de luz que ilumine el camino correcto.

Más de 400 mil millones de dólares se han llevado del erario y están campantes como si nada hubiese ocurrido. Acabaron con nuestra planta industrial y comercial. Acabaron también con la producción de nuestras fértiles tierras. PDVSA (la gallina de los huevos de oro otrora la tercera empresa más importante del mundo) está técnicamente quebrada, la producción de 3 millones 500 mil barriles diarios de petróleo se redujo a menos de un millón (los que saben del asunto dicen que si la empresa hubiese sido bien manejada hoy con holgura produciríamos 5 millones de barriles cada día). Pulverizaron nuestro signo monetario y para nada importa los alarmantes niveles de pobreza y desnutrición de nuestra población, sumado a ello el criminal drama de la asistencia a la salud que es prácticamente ninguna y cuando alguien es tratado por un médico viene el calvario para conseguir los medicamentos cuando se dispone del dinero necesario y cuando existe en el mercado.

Peor crisis que esta no hemos vivido, ni siquiera en la lectura de nuestra historia se registra algo similar. Llegaron para saquear y acabar con el país, ese ha sido el objetivo. Allí no hay la más mínima dosis de servicio, bien lejos o mejor dicho inexistente la caridad, lo de ellos es cuánto hay para eso y como me beneficio en este tiro.

Está bueno de enunciar lo que nos acontece, incurro con frecuencia en ello, es urgente y necesario pasar a la acción con UNIDAD y buscar una salida cuanto antes a este drama, el gobierno no va a ceder por iniciativa propia, tenemos que empujarlo y empujarlo ya y lo más fuerte que podamos.

Hagamos buena las palabras de nuestro venerado, querido y respetado Papa Francisco, hoy la lucha como nunca se parece a la caridad y debemos afrontarla con la convicción que le estamos prestando un buen servicio al país, como debe ser.

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Omar Alexis Rodriguez

Quien esto escribe ha sido bendecido por la gracia de la Providencia de trabajar con líderes políticos, gremiales, académicos y empresariales; así como, en algunos momentos, liderar.

En el año de 1996, junto a mi señora establecimos una empresa consultora dedicada a trasmitir lo que ambos aprendimos durante nuestro ejercicio profesional y político. Desde ese momento hemos impartido conferencias, facilitado talleres, asistido a foros y conferencias e investigar sobre el tema de la gerencia y liderazgo, para finalmente decidir juntar las ideas, enseñanzas, experiencias e información relevante usada en todos estos años de trabajo.

Esta tarea de crecimiento personal y autodescubrimiento llevada durante años implicó la revisión, el análisis y cuestionamiento de lo leído, facilitado, observado y escuchado. Cada preparación de un curso o conferencia sobre gerencia y liderazgo, además de ser una experiencia de aprendizaje, dejaba interrogantes a ser respondidas.

La pregunta recurrente era ¿Es posible conseguir actualmente un ser humano, que reúna las cualidades que estudiosos del liderazgo señalan debe poseer un líder? Adicional a esta surge otra interrogante ¿Es posible aprender a liderar? Si la respuesta a esto es afirmativa entonces ¿Quiénes pueden servir de modelos a seguir para el aprendizaje del liderazgo? Sumado a ello, otra interrogante es ¿Se puede identificar quien es líder y quien no lo es? Y con ese esquema en mente se diseña un plan de trabajo, cuyo resultado pronto daremos a conocer.

Con el desafortunado suceso de la muerte de Teodoro Petkoff, cientos de escritos en las redes sociales, en las páginas de opinión de diarios nacionales e internacionales, así como la calidad intelectual y profesional de los que han escrito sobre Teodoro Petkoff, permite concluir que Teodoro Petkoff reúne características para ser considerado un líder que trasciende.

Liderar en política es dirigir y encauzar a los hombres hacia fines superiores como vivir en comunidad, y procurar el mejor ordenamiento y marcha de las actividades dentro de la sociedad. Es encaminar a la humanidad hacia el bien, a eso Teodoro junto a Pompeyo Márquez, Eloy Torres, Carlos Arturo Pardo, Freddy Muñoz, Ballardo Sardi, y otros dedicó su vida.

En este sentido, el papel del líder político en su condición de conductor y guía de las personas, es muy parecido al del maestro; el docente conduce y guía a los alumnos y los prepara para vivir en sociedad, señala las virtudes necesarias para ser una persona de bien, en suma, eleva a un grado superior la educación general dando motivos de exaltación para las personalidades en formación. El líder político por su parte conduce y guía al hombre a realizar objetivos superiores en la sociedad. Es un creyente que confía en el progreso, en el porvenir, en todo lo que es noble y justo y por eso trabaja. Un conductor político verdadero es aquel que es capaz de concebir el bien y de ejecutarlo

En política liderar es un proceso de conversión permanente; es una determinación y exposición exigente. Aquel que decida liderar en política deberá mostrar capacidad y aguante para hacerlo. Es un proceso donde el hombre procura realizarse, empleando sus dones, lleva a cabo lo más elevado y lo único realmente lleno de sentido, de cuanto pueda hacer. Ser tan bueno como pueda llegar a ser un ser humano. Al respecto Nelson Mandela solía decir “Un santo es un pecador que se esfuerza todos los días por ser mejor”, y Teodoro es un ejemplo de esto.

Igualmente, la naturaleza del liderazgo es que otros consideren a esa persona como líder y acepten seguirlo. Teodoro se le considera líder por mostrar integridad, autocontrol, sabiduría, capacidad, compromiso, expresar sus ideas con libertad y honestidad, respetando las ideas del otro. Su liderazgo se le otorga por su capacidad para atraer partidarios y proyectar una visión sugestiva y contagiante del futuro.

Hay personas que se ganan el respeto y admiración de la gente por la excepcionalidad en su conducta en contextos políticos y por eso aceptan seguirlo. Cuando la gente observa en el líder político características, rasgos y atributos, entre ellas: credibilidad, fuerza de voluntad, solidez ideológica, confianza en sí mismo, bondad de ánimo y desinterés, su liderazgo se acrecienta y prolonga en el tiempo. Grandes líderes como Nelson Mandela, Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., transcienden por reunir ese conjunto de características que lo convirtieron en seres excepcionales. Teodoro trasciende por su contribución al desmontaje de la falsa ilusión del comunismo, desenmascarar el fraude intelectual del marxismo-leninismo, por señalar abiertamente los horrores de la dictadura del proletariado, por atreverse a cuestionar la forma imperial de actuar de la Unión Soviética. Este quizás sea la parte más importante de su legado. Queda entonces a los estudiosos de estos temas señalar con profundidad la contribución de Teodoro al derrumbe de las ideas contrarias a la condición humana de nacer y vivir en libertad.

La esencia del liderazgo es la vocación de servicio. La política es una vocación de servicio público con principios y valores. Ser político significa ser útil para algo o para alguien. Ello conlleva hacer algo útil para el bien de otros. Es ejercer la autoridad social como servicio del bien común. Es detectar problemas, articular soluciones, buscar apoyo para poner en práctica y ejecutar acciones. En cada oportunidad que Teodoro tuvo, como parlamentario o ministro, intento el mejor desempeño posible.

Teodoro siempre mostró su voluntad de servir, de ser útil a la sociedad. Esta es una condición necesaria para liderar en política. La dificultad está en que no es fácil que surja gente con vocación de servicio con suficiente frecuencia y cantidad, para que cubra los espacios de representación política y la misma sea de una calidad que resulte no sólo aceptable sino favorable a la sociedad. Este es otro elemento de su legado, el ser modelo para los que se dediquen a la política y aspiren trascender en su ejercicio.

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I.

Es sabido ya que Donad Trump no se lo cree. Todos recordamos que recién comenzado su gestión, anuncio que Estados Unidos retiraba su firma del Acuerdo de Paris, armado en torno al grave problema del Cambio Climático, alegando para ello que era “desventajoso e injusto” para su país. Expreso, además que los problemas ambientales denunciados eran mero cuento chino, ideado para hacer que EEUU fuera “menos competitivo”.

Al igual que para el mandatario norteamericano, para Jair Bolsonaro, Presidente electo de Brasil, este es un asunto en el que simplemente no cree. Y para que no haya dudas al respecto, ha asomado el retiro brasileño del mencionado Acuerdo y declarado que no protegerá “ … ni un milímetro de la Amazonia que se pudiese explotar…” , dado que “ la Amazonia es de Brasil, y no un patrimonio del mundo…” . Por otra parte, incluso hablo en alguna ocasión todo el problema se ocasionaba en el "activismo ambiental chiita que quiere extender el alarmismo por todo el planeta". Y para no quedarse atrás, su futuro Canciller ha considerado que la cuestión sobre el cambio climático es un "dogma marxista" y promete, desde su cargo, combatir los discursos "alarmistas" sobre el futuro del planeta. En resumen: Brasil First y el planeta que se las arregle.

Difícil dejar de señalar que Trump y Bolsonaro no están solos, ni mucho menos, como protagonistas de este drama planetario. Sin ir muy lejos, en otra escala y amparado por cierta retórica revolucionaria con la que trata de cubrir su vergüenza, el Presidente Maduro también debe ser parte del grupo. Con su política sobre el Arco Minero, cumple con todos los requisitos para ello.

II.

Desde el pasado domingo y hasta el 14 de diciembre se lleva a cabo en Polonia la 24ª cumbre del clima de la ONU (COP24), la cual tiene como propósito preparar la versión final del Acuerdo de Paris, que empezará a ser efectivo en el año 2020, cuando expire el aún vigente Protocolo de Kioto. Se han dado cita los negociadores de casi 200 países, quienes deberán presentar sus respectivos planes en lo que atañe a la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero de aquí a 2030. El problema, señalan los expertos, es que el planeta ya registra un aumento de la temperatura de un grado, al paso que la suma de los planes que llevan como propuesta implica un aumento de más de 3 grados, razón por la que debieran ser reformulados. Sin embargo, cabe destacar que aunque la Unión Europea tiene intención de hacerlo, no parece que en este momento, con EE UU ausente, la revisión de los compromisos que se plantea se vaya a producir

III.

Pareciera, pues, un problema visible para todo el mundo pero luce que no hay la decisión firme de abordarlo, a pesar de que todas las mediciones a la mano indican que en lo que respecta al cambio climático, la biodiversidad y el crecimiento de la población, la naturaleza casi no da más de sí, porque se están superando todos los límites que ha definido la biosfera durante miles de años.

En lo que atañe al crecimiento de la población, éste sigue teniendo lugar y conduce progresivamente a un mayor consumo del capital natural. La población total del planeta pasara de unos 7.200 millones de habitantes a unos 9.700 millones en el año 2050, según estimaciones de la ONU, o sea, que en treinta años habrá 2.000 millones de personas más. El crecimiento demográfico que afecta, por supuesto, el cumplimiento de las metas relativas al Cambio Climático, ocurre en un contexto dibujado a partir de un modelo de desarrollo que, como se ha repetido hasta el cansancio, establece formas de producir y de consumir que resultan cada vez más incompatibles con las restricciones que derivan de la naturaleza. Como se ha propuesto en diversos escenarios, está planteado, entonces un cambio de modelo civilizatorio, en nombre de una generación que todavía no ha nacido.

En el marco de la Sociedad del Conocimiento y de la llamada Cuarta Revolución Industrial, las grandes transformaciones tecnológicas están generando, ciertamente, nuevas formas de producción, distribución y consumo, pero no modifican, en su médula, la lógica del crecimiento continuo establecida desde el siglo pasado. Hoy en día asoma de manera importante la incorporación de tecnologías más eficientes que disminuyen el consumo de materiales y energía por unidad de producción generada. Pero hay evidencia de que se mantienen ritmos de crecimiento superiores o similares a los que registra la tendencia que se viene observando desde hace mucho tiempo. La emergencia de algunos nuevos sistemas tecnológicos ejercerán igualmente enorme presión sobre otros recursos naturales, agudizando problemas socio ambientales.

IV.

En suma, son preocupantes las proyecciones del Comité Internacional de Cambio Climático (IPCC) sobre el calentamiento, que, según los analistas, causaría un incremento notable de eventos ambientales extremos, colocando en situación de gran vulnerabilidad a centenares de millones de habitantes en todo el planeta.

Es de Perogrullo advertir que las respuestas locales no alcanzan para solventar los asuntos aquí

mencionados. Los mismos suponen problemas globales que requieren de una plataforma institucional que permita encararlos globalmente. Así las cosas, está pendiente la tarea de construir una comunidad con sentido global, sobre la bases de una institucionalidad y un marco normativo que supere las limitaciones del Estado-Nación y de los mecanismos inter gubernamentales según los que se ha tratado de ordenar el planeta.

Los terrícolas encaran, en fin, una crisis que obliga a repensar muchas de las ideas y creencias que (medio) funcionaron hasta hace poco. Toca, así pues, darse a la tarea de escribir, lo más pronto posible, un nuevo libreto para la convivencia (y la sobrevivencia) humanas.

El Nacional, miércoles 5 de diciembre de 2018

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Daniel Eskibel

La decisión de voto, el peso de la ideología y las técnicas de marketing político son tres asuntos que si se entrelazan disparan una multiplicidad de preguntas:

¿Sigue siendo secreto el voto en el siglo 21?

¿Cómo se integra el marketing político en un escenario ideológico?

¿Por qué la imagen importa tanto?

¿Hay que evitar las promesas electorales?

¿Se puede ganar una elección sin recurrir al marketing político?

¿Cuales son los riesgos de enfrentarse a un sistema bipartidista?

¿Qué es lo que impulsa a votar?

En torno a esas preguntas me entrevistó Diego Pereyra en Hipérbole. A continuación mis respuestas…

¿Sigue siendo secreto el voto en el siglo 21?

Desde el ángulo estrictamente electoral, vinculado a los procedimientos y a los rituales del acto de votar, el voto será tan secreto como lo permitan esos procedimientos, esos rituales, amparados, en mayor o menor medida, por un conjunto de disposiciones legales que varían de un país a otro.

Podría decir que en muchos países sigue habiendo una protección razonable del carácter secreto del voto, aunque en otros, eso no es así y terminan votando hasta los muertos. En definitiva, la columna vertebral en este aspecto está en la institucionalidad de cada país y en la cultura democrática de su sistema político y de sus ciudadanos.

Pero la pregunta se puede abordar también desde un ángulo social, vinculado al estado de la situación actual en materia de privacidad y secretos. Si pensamos en las revelaciones de Snowden, en el uso del big data, en el espionaje de gobiernos y grandes corporaciones, en el rastro digital que cada vez más vamos dejando detrás nuestro y que otros van recopilando… ¿hay algo secreto en el mundo de hoy? Tal vez sí, pero cada vez menos.

Pensemos lo siguiente: alguien vota con la mayor protección legal al secreto de su voto. Acaso un analista competente, ¿no puede delimitar con cierta propiedad el perfil de su voto en función de las páginas web que visita, los videos que ve, o los comentarios que hace en redes sociales? Y esto, sin entrar a considerar el espionaje puro y duro.

¿Cómo encaja el marketing político dentro de un escenario ideológico?

Hablar de política es también referirnos a ideologías pero no solo a ideologías. La política y la ideología constituyen dos mundos muy interconectados pero no idénticos. Decididamente, política e ideología no son iguales.

En la política, intervienen otros factores además de la ideología. Múltiples factores. En realidad una elección no es una contienda entre ideologías sino entre partidos políticos y, a veces ni siquiera eso sino que es entre candidatos.

No digo que no haya ideología detrás de los programas políticos, los partidos o los candidatos. Digo que las decisiones del votante son más complejas, sus motivaciones no pueden reducirse a lo ideológico. Se nutren de un rico espesor psicológico lleno de matices y contradicciones.

En las campañas electorales, estamos hablando de toma de decisiones de voto por parte de cada persona que integra el electorado. Salvo pequeñas minorías, la persona no elige en función de parámetros ideológicos. En realidad, elige en otro plano diferente que no es el de las ideologías. Elige desde las emociones.

Lo sorprendente no es que el marketing encaje en ese escenario, lo sorprendente es que algunas personas y partidos crean que no encaja. ¿Cómo no va a encajar si hablamos de personas eligiendo entre varias opciones y haciéndolo a partir de sus emociones y atravesando para ello complejas variables psicológicas?

¿Por qué la imagen es más importante que un panfleto con diez propuestas electorales?

Porque la imagen es la vía principal hacia las emociones humanas. En cambio, un panfleto con estupendas propuestas electorales es una vía directa hacia la razón, el entendimiento y la intelectualidad humana.

Insisto, la decisión de voto es emocional, no intelectual. Eso no la hace mejor ni peor, es, simplemente, un hecho que hay que comprender.

Yo sé que algunas personas que santifican la ideología y la razón se horrorizan de la posibilidad de que alguien decida emocionalmente su voto. Pero es así. Es más, todas las decisiones importantes de nuestra vida son básicamente emocionales. Las buenas y las malas, las superficiales y las profundas, las perecederas y las duraderas. Todas. Es un concepto básico de la psicología.

Entonces, si tienes diez excelentes propuestas electorales, o cien, no agotes tu imaginación en un panfleto que casi nadie va a leer. En vez de eso, busca una imagen potente que pueda expresar tus propuestas y llegar a las emociones de la gente.

¿Cuáles son las ventajas de evitar las promesas electorales?

No sé si hay que evitar las promesas electorales. Lo que en todo caso habría que hacer sería evitar las falsas promesas, porque convengamos que una promesa no tiene que ser ineluctablemente falsa. La promesa es un contrato, un convenio que establecemos con otras personas. Y lo hacemos en todos los órdenes de la vida. Todos.

El factor clave es si a esa promesa la honramos o la defraudamos. Visto desde el ángulo del ciudadano, la palabra clave es confianza. Quien promete y no cumple va perdiendo la confianza. Y quien promete y cumple va ganando en confianza.

Lo que aconsejo entonces, es evitar todo tipo de promesas que no se puede o no se quiere cumplir. Porque eso es, tarde o temprano, una bomba que explotará en la trayectoria política de quien defrauda las expectativas.

También aconsejo evitar prometer demasiado, porque se pierde credibilidad y porque, al final del día, cuanto más se promete más se reducen las posibilidades de cumplir.

Y aconsejo, finalmente, que se explique cuando no se puede cumplir con algo que se prometió. Porque a veces pasa y hay que explicarlo muy bien.

¿Es posible ganar una elección sin recurrir al marketing político?

Sí, es posible. Tal vez la respuesta sorprenda por provenir de un consultor político. Pero es así.

Algunos consultores han construido un universo de ficción en el que dicen que ellos «han ganado» veinte elecciones o diez o setenta y cinco, da lo mismo. Nada. Ni siquiera una elección. Los consultores políticos no ganamos elecciones. El marketing político no gana elecciones.

El resultado electoral no depende de estos buenos señores que somos nosotros y que un buen día aterrizamos en un país o en una ciudad y trazamos una estrategia.

No.

El resultado electoral depende de un complejo conjunto de factores históricos, políticos, ideológicos, económicos, coyunturales, culturales, sociales y de diversa índole. El marketing político ayuda, pero no determina.

Entonces tenemos candidatos que ganan por su carisma frente al mejor marketing político. O tenemos otros candidatos y partidos que jamás ganarían esa elección específica por mejor marketing político que tuvieran. Se requiere un buen candidato, una coyuntura apropiada y también un buen marketing político.

Muchas veces, la clave para entender una elección no es porqué gana un candidato sino porqué pierden los otros. Claro que en un contexto en el que todos los candidatos de peso recurren al marketing político, quien no lo haga estará dando ventajas que en algunos casos podrían ser definitivas.

¿Cuáles son los riesgos de enfrentarse a un sistema bipartidista o a un sistema corrupto?

Los sistemas bipartidistas tienen cierta tendencia a ser bastante estables porque responden a la lógica binaria que le resulta muy cómoda y práctica al cerebro. Blanco o negro, cero o uno, bueno o malo, ellos o nosotros. Siempre la opción binaria es atractiva y constituye un camino fácil de recorrer.

Ahí está, justamente, el riesgo de quien se enfrenta al bipartidismo. Es muy simple caer en la polarización bipartidista. Extremadamente fácil. Y romper con ese sistema es arduo, trabajoso, difícil y, por lo regular, lleva mucho tiempo, mucha paciencia, mucha creatividad, mucha acumulación de fuerzas.

Y no sería de extrañar que, una vez roto el viejo bipartidismo, surja la tentación de un nuevo bipartidismo a partir de la nueva situación política.

Pero más difícil aún es la ruptura de los sistemas degradados, los sistemas que más allá de la cantidad de partidos degeneran en la compra-venta de votos, en el oportunismo, en la superficialidad que lleva de una formación política a otra a la búsqueda de privilegios o prebendas.

En ese caso, ya estamos más lejos de lo político-electoral, estamos mas bien ante una tarea cultural que es aún más compleja y seguramente más larga.

Gramsci planteaba dos modalidades de lucha política. Por un lado, la política como guerra relámpago, fulminante, como la II Guerra Mundial. Y por otro lado, la política como guerra de trincheras, de posiciones, como la I Guerra Mundial.

En un sistema sano, maduro, competitivo y con, por lo menos, dos fuerzas en cierta igualdad de condiciones, la lucha política puede ser una guerra relámpago que en cada contienda electoral genere grandes avances y grandes retrocesos.

En cambio, la lucha política en un sistema degradado y desvirtuado, o donde no hay ese equilibrio de fuerzas, se parece más bien a una larga guerra de posiciones en la que hay que ir conquistando metro a metro y trinchera a trinchera.

¿Qué es lo que nos lleva a votar cuando creemos que nuestro voto no pesa?

Recordemos que el motor del voto siempre está en lo emocional. Y, muchas veces, ese motor emocional funciona aún en contra de las evidencias que proporciona nuestra razón.

Entonces, sucede en muchos casos que sabemos racionalmente que nuestra participación no es decisiva pero tenemos una íntima convicción, irracional, inconsciente, anclada en lo emocional, de que sí queremos votar y sí es importante.

Es como esos candidatos que creen que van a ganar aunque nadie en su sano juicio podría confirmarlo. Igual lo creen, lo sienten, y actúan movidos por ello.

En otros casos, el ir a votar está impulsado por los aprendizajes familiares de la infancia y la adolescencia, o también por un profundo sentido de pertenencia a un movimiento político o a una causa más allá del éxito o del fracaso momentáneo de ese movimiento o de esa causa.

En algunos casos, además, hay una reafirmación de la propia personalidad en ese ir a votar a pesar de todo, aún más allá de la derrota o de la inocuidad de nuestro voto. Es como una forma de decir «aquí estoy yo, y no me importa que mi voto no pese, estoy igual, soy yo».

Pueden ser múltiples las causas, las motivaciones, pero siempre está presente una fuerte raíz emocional.

Maquiavelo&Freud

https://maquiaveloyfreud.com/voto-ideologia-marketing-politico/

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A pesar de que para algunos votar es algo que pareciese solo un derecho, del que se hace uso a conveniencia (malévola directriz consagrada en la constitución venezolana de 1999), llegar a el ha sido producto de luchas universales, la mayoría de ellas libradas en el siglo XX y que en nuestro país se dan tal y como las conocemos en sus alcances hoy, solo a partir de 1947, cuando por primera vez se amplía el universo para que voten las mujeres y los analfabetas.

Cada vez que se aproxima un proceso electoral sentimos la necesidad de expresar nuestro convencimiento de que mientras exista la posibilidad de asumir opiniones a través del voto, no hacerlo es ceder un derecho y dejar de cumplir con una obligación, lo que en definitiva representa una renuncia a una de las condiciones que nos hace ciudadanos.

El sistema electoral venezolano dista de ser perfecto y cada vez lo es menos gracias a la actuación parcial de un CNE plegado a los intereses del régimen y a la falta de acción de la Asamblea Nacional en cuanto a legislar en esta materia a pesar de estar supuestamente considerándola desde hace ya varios años.

Valga la oportunidad para señalar de paso, que compartimos la idea de que en una futura e indispensable reforma se incluya la necesidad de que la elección del presidente de la República requiera recibir la mitad más uno de los votos válidos emitidos y que dentro de dichos votos se incluya la opción del voto en blanco como la expresión de la voluntad del elector de no respaldar ninguna de las opciones que se le presentan. Detalles como estos deberán ser considerados y decididos lo más pronto posible en la nueva etapa democrática.

Al considerar las próximas elecciones de concejales del domingo 9 de diciembre, más allá de las razones principista y por lo tanto personales, participar es una oportunidad de rechazar o apoyar la gestión de los alcaldes dada la importancia, no siempre entendida, que tiene o debería tener la cámara municipal en la marcha de las alcaldías.

Contar con concejales que impulsen el trabajo a favor del ciudadano o que en el peor de los casos y por ser parte de una realidad numérica minoritaria, que su voz sirva para elevar el reclamo de sus representados es un motivo suficiente para participar como electores en el mencionado evento.

Personalmente y como votante del municipio Girardot del estado Aragua, votaré por la lista de la oposición que decidió concurrir a la contienda, para protestar contra la peor gestión de alcalde electo alguno en la corta historia en la que se nos ha permitido elegir a los que han ocupado el cargo. La basura, el agua, el alumbrado público, el arbolado de la otrora ciudad jardín, la vialidad urbana y la seguridad personal son materias reprobadas que merecen ser puestas en evidencia votando a favor de listas de candidatos a concejales que no le sigan haciendo el juego complaciente al responsable directo de una muy mala gestión.

Que el CNE hará trampas, el ventajismo de los puntos rojos y las bolsas Clap, que la oposición está dividida por posiciones partidistas antagónicas y que no hay posibilidades objetivas de ganar son parte de una larga lista de argumentos que ya conocemos y hemos discutido al cansancio; por ahora y mientras tengamos la oportunidad, votar es una forma de protestar que seguiremos ejerciendo.

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Desear que un problema desaparezca, rara vez es una estrategia efectiva. Mientras la comunidad internacional ha estado enfocando su atención en otros asuntos, la catástrofe venezolana se ha profundizado. Y de continuar las tendencias actuales, ella solo puede empeorar.

Con un día de trabajo al salario medio, ahora se compran 1,7 huevos o un kilo de yuca, la caloría más barata disponible. Un kilo de queso local cuesta 18 días de trabajo al salario medio, y un kilo de carne cuesta casi un mes, dependiendo del corte. Los precios se han estado elevando a tasas hiperinflacionarias durante 13 meses seguidos y la inflación va camino a exceder la marca de 1.000.000% este mes. La producción continúa cayendo como una piedra: según la OPEP, en octubre de 2018 había bajado el 37% en relación al año anterior, o casi 700.000 barriles diarios.

De acuerdo a Alianza Salud, una coalición de ONG, los nuevos casos de malaria en 2018 se han multiplicado por 12 desde 2012, lo que se traduce en un total de más de 600.000, que es el 54% de todos los casos en Las Américas. Amplias extensiones de territorio venezolano han sido cedidas a organizaciones delictivas, entre ellas grupos terroristas como las FARC y el ELN de Colombia, que actúan en colusión con miembros de la Guardia Nacional en la producción de oro y coltan, como también en el narcotráfico.

Como consecuencia, los venezolanos han estado saliendo de su país de manera masiva, creando una crisis de refugiados de proporciones semejantes a la siria, y que es la más grande de la historia de Las Américas. Dado que Facebook informa que tiene 3,3 millones de usuarios venezolanos en el exterior, mi equipo de investigadores en el Center for International Development de la Universidad de Harvard estima que debe haber por lo menos 5,5 millones en total. Entre quienes tuiteaban solo desde Venezuela en 2017, para noviembre, más del 10% había dejado el país. Pese a sus valerosos esfuerzos, Colombia, Ecuador y Perú encaran cada vez mayores dificultades para hacer frente al flujo de refugiados.

Es más que evidente que los problemas de Venezuela no se resolverán a menos que y hasta que haya un cambio de régimen. Después de todo, tanto el régimen como el colapso económico son consecuencia de la eliminación de los derechos básicos. Los venezolanos no pueden invertir y producir para satisfacer sus necesidades debido a que se les han arrebatado sus derechos económicos; y tampoco pueden cambiar políticas desatinadas porque también se les han arrebatado sus derechos políticos. Un giro requiere el reempoderamiento de los venezolanos.

Afortunadamente, se vislumbra un fin a esta pesadilla, pero ello exigirá coordinación entre las fuerzas democráticas venezolanas y la comunidad internacional. El 10 de enero marca el fin del periodo del presidente Nicolás Maduro, el que comenzó con su elección en 2013. Su elección a un segundo periodo en mayo de este año fue una farsa: no se permitió que participaran los principales partidos de oposición y sus candidatos, y Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Japón y los países más importantes de América Latina, entre muchos otros, se negaron a reconocer el resultado de dicha elección. Esto significa que no reconocen la legitimidad de la presidencia de Maduro más allá del 10 de enero.

La solución lógica es que la Asamblea Nacional, elegida en diciembre de 2015 con una mayoría de dos tercios de la oposición, resuelva el impasse constitucional designando a un nuevo gobierno interino y a un nuevo alto mando militar, capaces de organizar el retorno a la democracia y de poner fin a la crisis. Sin embargo, los diputados están actuando con cautela en relación a esto, puesto que, en el mejor de los casos, temen ser ignorados o, en el peor, ser encarcelados, exiliados o torturados a muerte y luego arrojados por la ventana de un décimo piso, como le ocurrió en octubre a Fernando Albán, concejal de la ciudad de Caracas. A menos que las fuerzas armadas respeten las decisiones de la Asamblea Nacional, será muy difícil hacerlas cumplir.

Es por ello que esta solución requiere de la coordinación entre la comunidad internacional y las fuerzas democráticas venezolanas. Estas no saben con certeza cuánto apoyo internacional van a recibir, y la comunidad internacional tampoco sabe con certeza cuáles son los planes ni el nivel de cohesión que tienen dichas fuerzas.

Como es el caso con todos los problema de coordinación, hay buenos y malos resultados que se autocumplen. Por ahora, dado que la comunidad internacional no ha dejado en claro a quién se reconocerá como gobernante legítimo de Venezuela después del 10 de enero, las fuerzas democráticas venezolanas no han logrado unirse en torno a una solución.

Pero los venezolanos han estado haciendo sus tareas y sentando las bases organizacionales para el cambio. Los partidos políticos, los sindicatos, las universidades, las ONG y la Iglesia Católica se han unido para formar una iniciativa llamada Venezuela Libre. Han organizado congresos en los 24 estados del país, en los que han participado 12.000 delegados, y, el 26 de noviembre, llevaron a cabo un evento nacional para lanzar un manifiesto que esboza el camino de regreso a la democracia. Además, han estado elaborando un detallado plan económico, que han discutido ampliamente con la comunidad internacional, para superar la crisis y restaurar el crecimiento.

Esta es una excelente oportunidad para que la comunidad internacional se mueva hacia una solución coordinada: una negativa explícita a reconocer a Maduro después del 10 de enero, junto con el reconocimiento de las decisiones de la Asamblea Nacional con respecto al gobierno de transición, y ayuda para implementarlas. Además, es preciso enviar un claro mensaje a las fuerzas armadas venezolanas de que las decisiones de la Asamblea Nacional deben ser respetadas.

Una solución a la catástrofe venezolana no solo es deseable, sino también posible. El mundo no puede dejar pasar esta oportunidad. El 10 de enero puede convertirse en un nuevo comienzo.

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Jesús Elorza G.

El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) explicó en un prólogo de 1972 al libro "Política y deporte", de Luis Dávila, que "la derecha se muestra propicia al desarrollo deportivo por una serie de motivaciones: raciales (mejora la raza), integradoras (crea en el ciudadano espíritu de participación en el "éxito" como categoría), evasivas (canaliza la agresividad social por el vehículo activo de la práctica o por el vehículo pasivo de la contemplación interesada del espectáculo deportivo)".

Y agregaba: "la izquierda critica el deporte por todo lo que lo elogia la derecha; en definitiva, por su conversión en instrumento del poder represor o integrador para la integración y paralización de las masas".

Muchos intelectuales de izquierda han renunciado a (o por lo menos atenuado) esa actitud crítica en las últimas décadas, persuadidos por gente como Vázquez Montalbán y el uruguayo Eduardo Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra (1995), ambos apasionados seguidores del fútbol.

Vázquez Montalbán atribuía esta reconciliación de los intelectuales con el deporte al "debilitamiento de la sublimación formal del fascismo", en una típica estocada suya al poder franquista, en una época en que "el deporte es (era) la única participación épica legalizada de nuestro pueblo".

Algo es indudable: el deporte puede fastidiar tanto como la política. El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán encontró una imagen perfecta: "el deporte de masas es una válvula de escape para malos gases retenidos en el bajo vientre de la sociedad". En otras palabras, interpreta el deporte como un reflejo de la realidad política, económica y social.

Más interesante aún que la enumeración y hasta las razones, es la alineación de las fuerzas que politizan el deporte, o mejor dicho, que reconocen la naturaleza política del deporte

Nazismo y fascismo

Hitler y Mussolini supieron del valor del deporte para impulsar el orgullo nacional e identificarlo con sus gobiernos.

El dictador italiano se fortaleció con el prestigio que le proporcionaron los dos títulos mundiales (1934 y 1938) ganados por el seleccionado nacional de fútbol, mientras que el alemán convirtió los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 en recordatorio y símbolo de la vitalidad de su régimen y su credo.

En el mundial de 1934, realizado en Italia, Mussolini se encargó de seleccionar personalmente a los árbitros y asistió a todos los partidos jugados por el equipo nacional, en el Estadio Mussolini. Cada victoria era suya.

En Berlín también se coronó el fútbol de Mussolini, en final ante Austria (país natal de Hitler) mientras que Alemania, cuyos jugadores llevaban la cruz esvástica en el escudo de la camiseta, cayó en cuartos de final ante Noruega, país ocupado luego por las tropas alemanas. "Ganar un partido internacional", decía Goebbels, el ministro de Propaganda, "es más importante para la gente que capturar una ciudad".

El atleta estadounidense negro Jesse Owens sofocó el trueno del racismo nazi al quedarse con cuatro oros: 100 y 200 metros, salto en largo y 4x100 m.

Esto tuvo un llamativo contrapunto en el boxeo: el alemán Max Schmeling, que en 1936 derrotó en Nueva York al estadounidense Joe Louis, fue ensalzado copiosamente por el régimen nazi (y el Ku Klux Klan), pero la adoración se convirtió en desprecio al año siguiente, cuando Louis, ya campeón mundial, noqueó a Schmeling en el primer round.

Fue, se ha dicho, el nocaut más significativo de la historia del deporte.

Posteriormente, los regímenes militares brasileño y argentino aprovecharon políticamente los éxitos de los respectivos seleccionados de fútbol en torneos internacionales. El caso más notorio fue el Mundial de 1978 en Argentina.

Las dictaduras no desestiman la oportunidad que representa un acontecimiento deportivo para consolidar su “legitimidad”. El régimen dictatorial del general Jorge Rafael Videla se apropió del éxito de la selección argentina de fútbol para intentar ocultar la represión sobre el pueblo argentino que costó la vida a más de 30.000 personas desaparecidas o asesinadas por el régimen.

Fidel Castro, aprovechó los éxitos de los atletas cubanos en el mundo, para promocionar su revolución y para diluir las penurias económicas que atraviesa la isla caribeña, exportando y explotando a sus entrenadores como mano de obra esclava.

Guerra Fría

Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética y Estados Unidos dedicaban tanta atención al fomento de su potencial deportivo como a la propaganda por Radio Moscú o La Voz de América. Y esto explica en parte la miopía de las autoridades deportivas de esos y otros países ante los casos de dopaje, aun los más flagrantes.

Los ejemplos más impactantes de la rivalidad entre las grandes potencias son los boicots de los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980, orquestado por Estados Unidos, y el de Los Ángeles de 1984, que la URSS impuso en retribución.

Durante varios años, entonces, la carrera de centenares de deportistas de élite estuvo virtualmente paralizada por la obstinación de Washington y Moscú.

La Guerra Fría también se libró (apropiadamente) en Islandia, en 1972, cuando el ajedrecista soviético Boris Spassky perdió su título de campeón mundial ante el gran maestro estadounidense Bobby Fisher, quien se quedó con el título con siete partidas ganadas, tres perdidas y 11 tablas.

El tono político del encuentro se debió a la importancia que el régimen soviético (con su efecto paralelo en Washington) daba al ajedrez. Perder el título ante un estadounidense fue humillante y Spassky, despreciado por las autoridades de su país, terminó tomando la ciudadanía francesa.

Pero en algunos casos, al menos, el deporte sirvió de puente entre regímenes políticos diametralmente opuestos:

En abril de 1971, un equipo de tenis de mesa estadounidense llegó de visita a China, donde fue derrotado por sus anfitriones, pero el viaje sirvió de prólogo para el posterior "deshielo" de las relaciones entre Estados Unidos y China.

En 1969, en el marco del IIº Campeonato de Baloncesto Centroamericano y del Caribe celebrado en Cuba, la participación del equipo venezolano sirvió de base para el inicio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países.

El fin de la guerra fría y la desaparición de la Unión Soviética dieron paso a perspectivas singularmente optimistas acerca del futuro de los acontecimientos políticos en los juegos olímpicos. Sin embargo, el resurgimiento de la cruel guerra civil, racial y religiosa en lo que era Yugoslavia, la guerra en el Golfo Pérsico, los atentados terroristas en Estados Unidos, Inglaterra, España, Chechenia, Japón, la invasión a Irak, Afganistán , la crisis en el Medio Oriente, las violaciones a los Derechos Humanos en China, la represión al pueblo Tibetano, la Homofobia como política de Estado impuesta por Wladimir Putin en los Juegos de Invierno en Sochi, la discriminación contra las mujeres en Irak-Arabia Saudita y el fundamentalismo islámico del “Nuevo Califato” introduce elementos de sano escepticismo en cualquier vaticinio esperanzador sobre lo que el porvenir nos depare.

La Unión Soviética

La prepotencia hegemónica de la Unión Soviética desencadenó en su momento dos choques históricos con sendos clientes políticos, Hungría y Yugoslavia.

En los Juegos Olímpicos de 1956, en Melbourne, los equipos de waterpolo de Hungría y la Unión Soviética (cuyos tanques habían aplastado poco antes la llamada Revolución Húngara) libraron una virtual batalla acuática, con golpes, insultos y hasta efusión de sangre de un húngaro, con la reacción del público y la suspensión del partido, que fue otorgado a Hungría, que vencía 4-0.

Fue el famoso Sangre en el Agua, o Baño de Sangre, o como quieran llamarlo.

Luego, en el Mundial de Fútbol de Chile, en 1962, el más brutal de la historia, el equipo de la URSS chocó con el de Yugoslavia, en momentos en que el Mariscal Tito se complacía en desairar a sus camaradas soviéticos. Al final ganó la URSS 2-0.

América Latina

De los casos clásicos de política y deporte, uno de los más conocidos es "La guerra del fútbol", un conflicto militar desencadenado tras una serie de tres partidos, jugados entre el 6 y el 27 de junio de 1969 por los seleccionados de Honduras y El Salvador, por las eliminatorias para el Mundial de 1970.

Tropas salvadoreñas y hondureñas combatieron entre el 14 y el 18 de julio, con un saldo de alrededor de 2.000 muertos.

Otro caso clásico es el partido entre Argentina e Inglaterra, en el Mundial de México 1986, percibido por la opinión pública como el desquite argentino por la guerra de las Malvinas o Falklands entre ambos países de cuatro años antes.

El escenario deportivo siempre ha sido un lugar ideal para expresar los delirios de grandeza de gobernantes totalitarios que pretenden colocar en el campo de juego la supremacía de sus desquiciadas políticas. También, en el escenario deportivo los pueblos oprimidos del mundo han puesto de relieve sus luchas por la liberación nacional, contra el racismo y por los derechos humanos. En definitiva, podemos señalar que “la lucha en el campo deportivo no es olímpica, es política”.

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