Los escándalos políticos han dejado de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en parte de la rutina. Eso tiene consecuencias para la vida pública.
Sam Altman propone repartir una parte de la riqueza creada por la inteligencia artificial. El verdadero conflicto no girará solo en torno a los dividendos, sino al control de sistemas capaces de gobernar la economía, la política y nuestra misma percepción de la realidad.
La fractura de esta época comienza en la incertidumbre instalada en el individuo, se amplifica en sociedades divididas y Estados debilitados y culmina en un orden internacional cada vez menos capaz de responder al dilema histórico que plantea la inteligencia artificial.
Tres fuerzas que se retroalimentan se consolidarán en 2026: un orden geopolítico regido por la presión y el castigo, una economía que revela la erosión del dinero fiduciario, y una carrera tecnológica por la superinteligencia que puede verse limitada por la falta de energía.
En la Guerra fría del siglo XXI no se disputan territorios, sino el control de los sistemas de inteligencia artificial que organizan la economía, la seguridad y la información global.
Mientras una nueva élite tecnológica promueve la idea de que la inteligencia artificial debe reemplazar a la humanidad, otras voces dicen que la tecnología solo amplificará la mente humana.