Llevado al caso venezolano, eso significa una cosa muy concreta: la reconstrucción nacional no puede plantearse como un paquete ideológico único, sino como un portafolio de referencias.
El problema para Washington es que esa jugada ya empezó a verse desde abajo. La gente no está leyendo este momento como una transición democrática en construcción, sino como una estabilización política sin cambio real.
La economía sigue apoyada en tres muletas: petróleo, comercio dolarizado y servicios de baja productividad. La inflación anual proyectada, todavía entre 260% y 380%, hace que casi cualquier mejora nominal se diluya rápidamente.
Estados Unidos acaba de responder una pregunta que nadie le hizo y que, sin embargo, define el futuro inmediato de Venezuela: ¿con quién quiere hablar, a quién quiere sostener y sobre quién está dispuesto a olvidarlo casi todo? La respuesta tiene nombre y apellido: Delcy Rodríguez.