El salmo 139 es para mí uno de los pasajes más poéticos de las Sagradas Escrituras. Su significado es tan profundo como los océanos; como los cielos abarca toda la plenitud del pensamiento humano. El salmista reconoce a través de su poesía los tres grandes atributos distintivos de la naturaleza divina: la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia de Dios. Este salmo narra la historia incógnita de cada ser humano; de aquel cuya alma ha reconocido la necesidad del omnipotente en su vida y, cuya cercanía al SEÑOR, como un velo que se despliega y revela una gran verdad, le muestra que Dios está en todo lugar. Y también, de aquel cuya alma, alejada de Dios, cree haberse perdido de Su mirada; sin embargo, a dónde quiera que va los ojos del Altísimo le siguen.
La gracia de Su mirada: omnisciencia
“Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano.” Salmo 139:5.
David se presenta delante de Dios reconociendo que Él, literalmente, lo rodea, y que su mano está sobre su vida. Dios conoce su despertar y su sueño; su andar y su reposo; su hablar y su callar. Todo cuánto podemos hacer, pensar o sentir, todo es parte del conocimiento del SEÑOR. Al darse cuenta de la omnisciencia de Dios, entonces su alma se maravilla, reconoce que ese conocimiento es demasiado alto para poder comprenderlo. Y con poesía en su alma le pregunta:“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” Salmo 139:7. Dios nos observa, conoce los pliegues más hondos de nuestro pensamiento; nuestra quietud y nuestro andar no le son indiferentes. No es persecución, no es que Dios quiera interponerse en nuestro camino y someternos. El nos sigue porque nos ama; su amor es capaz de alcanzarnos hasta los confines de la Tierra. Todos los hombres, de todas las razas del planeta, de todas las condiciones, todos, absolutamente todos, tienen la palabra del SEÑOR escrita en sus corazones y Su amor se les manifestará de mil y un maneras a fin de atraerles en pos de Él: “Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré.” Hebreos 10:16. Dios ha recorrido hasta los lugares más lejanos y profundos de nuestra alma.
“Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos.” Salmo 139:3.
La geografía imposible de Dios: omnipresencia
“Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba Y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; Aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, Y la noche resplandece como el día; Lo mismo te son las tinieblas que la luz.” Salmo 139:8-12.
David ha experimentado en su propio ser que no hay ningún escondite probado para evitar la mirada de Dios. Él está en los cielos y aún en el Seol, el lugar de la oscuridad absoluta, allí también está. Cuando la luz de la aurora disipa la oscuridad de la noche, allí está el Señor; sus ojos nos miran y su oído está atento a la voz de nuestra oración. Si como un ave pudiéramos cruzar el océano de punta a punta, en todo ese vuelo su mirada nos seguiría y su mano no dejaría de estar sobre nosotros. La cumbre de su omnipresencia es que toda la luz no lo enceguecería para dejar de mirarnos y toda la oscuridad no podría ocultarnos de sus ojos; porque lo mismo le son las tinieblas que la luz. Él las creó y Él es la plenitud de todo. Aquel que todo lo llena en todas las cosas. (Efesios 1:23). Creer estar lejos de Dios es solo una ilusión de la perspectiva del pensamiento humano.
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? ” Salmo 139:7.
Las manos que te formaron en la penumbra: Omnipotencia
“Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre.” Salmo 139:13.
El misterio de la creación en toda su dimensión se nos presenta en la sencillez y, al mismo tiempo, en la complejidad de la formación de la vida en el vientre de la mujer. Quizá por ser un evento de la cotidianidad, para muchos ha dejado de tener trascendencia. Sin embargo, a otros nos sigue maravillando, tal como asombró al predicador en el el libro de Eclesiastés: “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” Eclesiastés 11:5. La misma fuerza que sostiene al universo, es la misma que tejió nuestros huesos en la penumbra del útero de nuestra madre. Somos un milagro urdido en la intimidad, una arquitectura de barro soplada con Su aliento que lleva la marca de Su omnipotencia.
“No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas.” Salmo 139:15-16.
Ante la plenitud de su grandeza la soberbia humana queda reducida a polvo, se desmorona como castillo de arena frente a la ola. No hay fuerza en el universo que pueda rivalizar con el dominio de Dios, ni ningún detalle de tu humanidad que escape al soberano cuidado del gran YO SOY. No hay rincón en tu mente que El no haya habitado primero, ni sueño en la noche que no lleve la huella de su atención. Su omnisciencia no es una lupa de juicio, es el abrazo de quien te conoce desde la raíz y, aún así, decide no soltarte. No importa qué tan lejos creas haberte extraviado, la distancia entre la criatura y el Creador es siempre una ilusión de la ceguera del espíritu humano. Dios siempre está cerca, siempre, a la distancia de una oración:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.”
Salmo 139:23-24.
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