La verdadera integridad se forma cuando vivimos con humildad delante de Dios, de acuerdo a sus mandamientos, buscando cada día su gracia para actuar con sabiduría y ser aprobados por Él en nuestro proceder.
El uso de la palabra en la cotidianidad revela inexorablemente lo que guardamos en nuestro ser interior. La lengua traiciona aquello que el rostro intenta ocultar.