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Los salmos: Anatomía del alma

Salmos
Tiempo de lectura: 4 min.

“De lo profundo, oh SEÑOR, a ti clamo. SEÑOR, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.” Salmos 130:1-2.

Cuando leo el Salmo 130 siento mi alma enlazada con la del salmista a través de los siglos. Su clamor se parece al mío; sus palabras describen mi vivencia, el deseo más profundo de mi alma. Dirijo mi mirada a los Cielos, buscando, inquiriendo, anhelando Su presencia, esperando sentir Su amor, saber que la voz de mi oración ha llegado a Sus oídos. Es una oración que ha nacido desde lo más profundo del alma; desde ese lugar de la intimidad del corazón que expone su dolor y su verdad.

El clamor del salmista es desde las profundidades; como buzo se que a medida que nos adentramos en lo profundo del océano, la oscuridad se va haciendo más palpable, la presión aumenta y el consumo de oxígeno es mayor. Tal como en las profundidades de la vida; esos tiempos en los que pareciera que no tenemos la capacidad de hacer frente a lo que tenemos por delante y necesitamos más de quienes son vitales para nuestra existencia e inexorablemente comprendemos que necesitamos más y más de Dios. Es precisamente, en esos momentos en los que el clamor surge como un grito de auxilio, como la oración más pura y sincera.

“JAH, si mirares a los pecados, ¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.” Salmo 103:3-4.

Este versículo me hace vibrar de emoción, me conmueve hasta lo más profundo, me enternece. El salmista, en su disertación con Dios, nos abre una puerta inmensa, sin saberlo nos lleva a la cruz; allí donde nuestras faltas fueron pagadas con el precio de la sangre de Cristo, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Si no encontráramos en Dios el perdón ¿cómo podríamos orar? ¿Cómo podríamos reverenciarlo, amarlo, adorarlo? Pero en Él hay perdón; él nunca menosprecia un corazón contrito y humillado delante de su presencia. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.” Salmos 51:17.

“Esperé yo al SEÑOR, esperó mi alma; en su palabra he esperado.” Salmos 130:5.

La palabra griega usada como esperar en este salmo es hupomone que a diferencia de la espera impaciente o desesperada significa perseverar a pesar de la carga, permanecer, sostenerse como  viendo al Invisible, como dice el libro de Hebreos. Es una espera llena de esperanza, una espera en la que, a pesar de la incertidumbre del futuro, la mirada se eleva al horizonte, los pulmones se llenan de aire y el alma reconoce que Dios está presente y nunca dejará de estar. No es resignarse. No es vivir un día tras otro contando las horas; es esperar con confianza, como el agricultor que una vez que ha sembrado la semilla sigue trabajando en su cuidado, con la certeza que allí, debajo de la tierra, está ocurriendo un proceso de muerte a vida. El agricultor sabe que la semilla no quedará debajo de la tierra, sino que germinará, crecerá y dará frutos.

Como la espera de la mujer encinta, una espera en la se gesta la alegría, en la que la mujer  entrega su cuerpo al misterio que Dios va tejiendo dentro de ella; con la certeza que luego de los nueve meses podrá tener al bebé con ella. Es una espera con propósito, el propósito sublime de la vida humana. “Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” Eclesiastés 11:5. Y así percibo al salmista, dispuesto a esperar en Dios, dispuesto a hacer del tiempo de su espera una reverencia al SEÑOR.

“Mi alma espera al SEÑOR más que los centinelas a la mañana, Más que los vigilantes a la mañana.” Salmos 130:6.

Todos los que trabajan durante la noche anhelan ver la luz del alba; cuando el sol despunta con sus primeros rayos el corazón se llena de alegría; la noche ha terminado, la lucha ha cesado. Ahora es tiempo de luz. El salmista sabe que aunque parezca que Dios está lejos, que no escucha su clamor, llegará el día en que, sin darse cuenta, la oscuridad ya no le rodeará y la luz alumbrará su vida como el sol ilumina el firmamento. Es una seguridad interior invulnerable; como un niño cargado por su padre que duerme tranquilo en su pecho porque sabe que es su lugar seguro. Porque la esperanza cristiana no descansa sobre acontecimientos, descansa sobre el carácter de Dios. Y Dios escucha la oración, el clamor de quienes se acercan a Él.

El salmista comienza su clamor desde las profundidades; nada nos indica que sus circunstancias hayan cambiado; lo que sí cambió, en el proceso de la oración, fue su mirada sobre sus circunstancias. Comprendió que esperar en Dios consiste en caminar cada día con la certeza de que Dios perdona, que Dios tiene misericordia, que Dios escucha y que Dios está obrando, aun cuando nuestros ojos todavía no puedan verlo.

“Espere Israel (Venezuela) al SEÑOR, Porque en el SEÑOR hay misericordia, y abundante redención con él; y él redimirá a Israel (Venezuela) de todos sus pecados.” Salmo 130:7-8.

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