El 3 de enero, algo cambió en Venezuela. O quizás nada cambió, solo se desnudó. Tras el anuncio de Estados Unidos sobre la extracción de Nicolás Maduro, voces oficiales comenzaron a invocar una palabra: "normalidad". Un término que ahora resuena hueco, como un cascarón vacío, en calles donde el miedo ha tejido su propia geografía.
Tardaron tres días en decretar duelo nacional por los civiles y militares fallecidos. Tres días donde el país contuvo la respiración, preguntándose no solo por los muertos, sino por qué la muerte debía esperar al ritmo de la conveniencia política. Luego, la orden: volver a clases. Pero las aulas permanecen semivacías, no por desobediencia, sino por un instinto más profundo que cualquier mandato: el instinto de preservación. No es miedo a un nuevo ataque externo; es terror al estado que se despliega puertas adentro.
La "normalidad" de las alcabalas
¿Qué normalidad es esta donde salir a comprar pan implica cruzar un campo minado de controles? Donde el DGCIM, el Sebin, la PNB y colectivos transforman la ciudad en un archipiélago de islas vigiladas, con calles trancadas por hombres a veces de civil, portando armas largas y una discrecionalidad absoluta. Revisan celulares, interceptan miradas, convierten cualquier gesto en sospecha. "Terrorista" es ahora una palabra elástica que puede estirarse para cubrir a cualquiera que respire disconformidad.
Dicen que hay normalización, pero los ciudadanos caminan con los músculos tensos, calculando rutas, evitando miradas, conteniendo el pulso acelerado. La normalidad no huele a pólvora ni suena a botas sobre el asfalto. Esta sí.
La libertad a cuentagotas: una crueldad calculada
Han excarcelado presos políticos. Gotas en un océano de detenciones arbitrarias. Pero no es liberación; es traslado de cautiverio. Salen con medidas cautelares, atados todavía al sistema que los encerró. Sus familias esperan fuera de los centros penitenciarios en un limbo angustioso, sabiendo que la libertad es solo un permiso temporal, un guiño sádico de un poder que juega con la esperanza como quien juega con un fósforo.
¿Cuál normalidad si los excarcelados no pueden hablar? Si sus historias deben quedarse entre dientes, si sus verdades son moneda de cambio en una negociación silenciosa y brutal. La normalidad supone voz; aquí hay un coro de bocas selladas.
El eufemismo como lenguaje oficial
Los medios transmiten, pero en código. El lenguaje se doblega, se retuerce en eufemismos para nombrar lo innombrable. No hay transmisión en tiempo real; hay un desfase calculado, un filtro de miedo entre el hecho y la noticia. La normalidad periodística exige veracidad y oportunidad; aquí hay un ballet de palabras cuidadosas, donde decir menos es el único modo de decir algo.
La normalidad económica: un espejismo en números
El dólar oficial y el paralelo conversan con una diferencia de más del 60%. Dos realidades en una sola moneda. El salario mínimo mensual no alcanza ni para un dólar, y los bonos "compensatorios" son parches en un barco que hace agua por todas partes. Hacer el mercado en Caracas cuesta más que en muchas ciudades europeas, pero con ingresos que son una caricatura de salario.
¿Cuál normalidad si el sistema de salud está en ruinas? Si los hospitales son fantasmas de lo que fueron, si la medicina es un lujo y la atención una lotería. La normalidad sanitaria es un recuerdo lejano, una foto sepia de otro país.
Conclusión: la normalidad como espectro
Cuando las autoridades hablan de "volver a la normalidad", hablan de un fantasma. Un país no se normaliza con decretos, sino cuando sus ciudadanos pueden caminar sin miedo, hablar sin censura, trabajar con dignidad y vivir sin la sombra constante de la arbitrariedad.
La normalidad que invocan parece ser la del control absoluto, la del silencio forzado, la de una paz que no es más que el quietismo del terror. Pero la verdadera normalidad —aquella hecha de rutinas auténticas, de seguridad sin opresión, de libertad sin cortapisas— sigue siendo una pregunta pendiente, flotando sobre alcabalas, cárceles y mercados vacíos.
¿Cuál normalidad? La pregunta queda abierta, clavada en el pecho de un país que, por ahora, solo puede aspirar a respirar sin que le duela.