El 5 de enero de 2026, horas después de haber jurado como presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez presidió su primer Consejo de Ministros. Las fotografías oficiales difundidas por Miraflores supondrían esperar una escena casi de ruptura o de fragmentación, apenas dos días después de que un operativo militar del Grupo Delta Force sacara del país al hombre que lo había gobernado durante trece años. Curiosamente, las imágenes mostraron continuidad. A un lado de Rodríguez estaba Diosdado Cabello, ministro del Interior desde agosto de 2024. Al otro, Vladimir Padrino López, ministro de Defensa desde octubre de 2014. Ninguno de los dos había cambiado de cargo, estando ambos bajo la misma acusación de Nicolás Maduro, con millones de dólares de recompensa. Ese mismo régimen que hoy aparecía sentado en el palacio de gobierno seguía allí, en ese primer retrato oficial, con el núcleo de su estructura prácticamente intacto, en perfecto ejercicio de su simulacro.
Cuando describí el tercer componente del modelo de poder líquido, además de los tutores extranjeros y las economías ilícitas, también mencioné a los agentes adaptativos. Los definí como una capa difusa de intermediarios, muchos de ellos anónimos para el público, que conectan a los líderes visibles del régimen con el mundo real del dinero, la represión y la simulación de pluralismo. Dije que en esa zona gris conviven testaferros, familiares de funcionarios instalados en el exterior, empresarios que se vendieron al sistema en lugar de resistirlo y políticos que se presentan como oposición sin dejar nunca de operar dentro de la red. Muchos de esos agentes no necesitan esconderse. Dan ruedas de prensa, presiden ministerios y firman comunicados oficiales. Sin embargo, debajo de estos nodos visibles se extienden otras redes más difusas, a través de las cuales el sistema se capilariza hasta hacerse completamente líquido.
Aquí debemos detenernos para comprender qué es exactamente un agente adaptativo, porque hasta ahora sólo lo he descrito por sus efectos y no por su naturaleza. Un agente adaptativo no es un nodo. No tiene, como la Fuerza Armada que encabezó Padrino, un centro de gravedad propio capaz de sostener poder por sí mismo. Es, más bien, la capa conectiva que se sitúa entre los nodos que sí tienen centros de gravedad. Me refiero al tejido que permite que un ministerio hable con un cuartel, que un cuartel hable con un banco o que un banco hable con el bolsillo de un juez. Su función no es acumular poder sino facilitarlo, hacerlo circular sin que se frene en el roce de la burocracia formal o en el choque entre nodos que, de otro modo, competirían abiertamente entre sí. Es precisamente esa capacidad de adaptarse, de no tener una forma institucional fija ni una responsabilidad que rendir ante nadie, es lo que le da fluidez al sistema entero. Un ministerio no puede negociar, de un día para otro, con un cartel. Un agente adaptativo sí.
Esa capa conectiva existe alrededor de cada uno de los nodos principales del poder venezolano. La Fuerza Armada tiene la suya; oficiales de distintos rangos que convierten contratos, ascensos y concesiones en favores cruzados. Delcy Rodríguez y su hermano Jorge tienen la suya; operadores que traducen decisiones familiares en gestos diplomáticos y en votos parlamentarios. El aparato represivo tiene la suya; informantes, financistas de colectivos y jefes de cuadra que convierten una orden en una acción, sin importar mucho el grado de legalidad que pueda tener. El sistema de justicia tiene la suya; abogados e intermediarios capaces de convertir un expediente en una negociación. Y así, a medida que estos nodos se esparcen en la escala de influencia, sus agentes se vuelven todavía más invisibles, hasta llegar a un nivel casi capilar donde ocurren, todos los días y en volúmenes imposibles de auditar desde afuera, intercambios de poder, dinero, información y favores, y también, cuando hace falta, extorsiones y amenazas.
Esta visión más amplia obliga a corregir una imagen que hasta ahora he usado casi como un sinónimo geográfico. La zona gris no es únicamente un espacio territorial, una frontera porosa o un pueblo sin autoridad efectiva. Es también una propiedad de las redes heterárquicas del poder, un área dentro de la estructura del sistema donde conviven y se mezclan múltiples tipos de agentes, sin que nadie desde afuera pueda trazar con precisión dónde termina uno y empieza otro. En esa zona gris ocurre buena parte del intercambio entre múltiples factores, incluyendo la oposición adaptativa, todos con grados de separación más o menos marcados, pero como parte del mismo entramado. En ese ecosistema también conviven empresarios que necesitan licencias y protección, encuestadoras que necesitan encargos, e influencers y lobbistas que necesitan acceso, todos convertibles, según el momento, en emisores o en receptores de la misma corriente de favores.
Voy a ilustrar esta dinámica retomando una tesis anterior: una organización líquida puede deformarse y volver a deformarse tantas veces como el entorno se lo exija, porque no existe una versión original de sí misma a la que aspire a regresar. Esta capacidad orgánica de aquello que debe sobrevivir a cualquier amenaza del entorno es posible gracias a los agentes adaptativos y sus diligentes acciones, que como es evidente para los lectores, nunca ocurren de gratis. Así como los agentes adaptativos agregan liquidez y velocidad al sistema, también agregan costos.
Veamos el caso de Vladimir Padrino López, considerado durante más de una década el militar más leal a Maduro, a quién Rodríguez destituyó como ministro de Defensa el 18 de marzo de 2026, tras once años al frente de esa cartera, y lo sustituyó por el general Gustavo González López, quien hasta ese momento dirigía la Guardia de Honor Presidencial y la Dirección General de Contrainteligencia Militar y que había encabezado el Servicio Bolivariano de Inteligencia en dos períodos distintos durante el gobierno de Maduro. Leído apresuradamente, el relevo podría parecer una purga. No lo fue. Rodríguez agradeció públicamente a Padrino su lealtad y anunció que asumiría nuevas responsabilidades, sin dar más detalles. Menos de un mes después, el 13 de abril, esas nuevas responsabilidades resultaron ser el Ministerio de Agricultura Productiva y Tierras. El hombre que dirigió a las Fuerzas Armadas durante la represión de 2014, 2017 y 2024, sancionado por la OFAC desde 2018 y con una recompensa vigente de quince millones de dólares ofrecida por el Departamento de Estado que hoy negocia con Rodríguez, no fue procesado ni apartado de la vida pública. Fue reasignado. Y quien lo reemplazó al frente de la Defensa no llegó de fuera del aparato de seguridad, sino de su núcleo más íntimo.
Otro caso, quizás el más elocuente, porque no describe a un sobreviviente sino a un intermediario permanente. Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional del régimen, ha sido durante años la cara visible del chavismo en prácticamente cada ronda de negociación con la oposición, desde los diálogos auspiciados por Noruega y México hasta los acuerdos de Barbados de 2023. Meses después de la caída de Maduro, sigue siéndolo. En agosto de 2026 coordinó, en nombre del gobierno de su hermana, el proceso de diálogo con Dinorah Figuera, presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015 y reconocida internacionalmente, quien regresó a Venezuela ese mismo mes tras ocho años de exilio en España, con el respaldo explícito del Departamento de Estado estadounidense.
Hay, sin embargo, otro caso que conviene examinar precisamente porque contradice el patrón y esa contradicción es la que mejor explica la lógica interna de toda esta red. Alex Saab, el empresario colombiano señalado durante años como testaferro financiero de Maduro, fue nombrado ministro de Industrias y Producción Nacional en octubre de 2024, apenas meses antes de la caída del régimen que lo había convertido en ciudadano venezolano para poder nombrarlo. Rodríguez lo destituyó a mediados de enero de 2026, al fusionar su cartera con el Ministerio de Comercio. Menos de tres semanas después, el 4 de febrero, Saab fue detenido en Caracas en una operación conjunta del Sebin y el FBI. El 17 de mayo, el gobierno que lo había recibido como héroe nacional en 2023 lo deportó a Estados Unidos, revirtiendo incluso la nacionalidad venezolana que Maduro le había concedido para nombrarlo ministro, y lo entregó a la justicia, que ya lo había procesado una vez por lavado de activos. Saab no tenía colectivos que movilizar, ni una fuerza armada que respondiera a su mando, ni una hermana en la presidencia. Tenía únicamente la utilidad que alguna vez le funcionó a Maduro como operador financiero personal. Cuando esa utilidad se agotó y entregarlo se convirtió en un gesto valioso frente a Washington, la misma red que recicló a Padrino no dudó en devolverlo exactamente adonde había estado antes de 2023.
En un ensayo anterior de esta serie distinguí entre organizaciones jerárquicas, con un vértice único cuya caída arrastra a toda la estructura, y organizaciones heterárquicas, sostenidas por múltiples centros de poder que no dependen unos de otros para sobrevivir. Estos tres casos mencionados muestran esa heterarquía funcionando en tiempo real, ante nuestros ojos, apenas meses después de la fecha que muchos esperaban marcaría el final del experimento chavista. En Riesgos Líquidos describí el mecanismo que explica esta selectividad aparentemente caprichosa como un balance y contrabalance que opera como autorregulador natural del sistema. Mientras un nodo de la red no entre en conflicto directo con el propósito central del poder líquido, sus actividades específicas tienen cabida prácticamente ilimitada dentro del sistema, sin importar cuán comprometedor sea su historial. Padrino no fue expulsado sino reubicado, porque su conocimiento y sus lealtades dentro de la Fuerza Armada seguían siendo un activo, no un pasivo. Jorge Rodríguez negocia hoy exactamente el mismo papel que negoció en México y en Barbados, porque ese papel nunca dependió de la persona de Maduro sino de la función que Rodríguez cumple dentro de la arquitectura familiar y política del poder. Saab, en cambio, ya no tenía un nodo propio del que depender. Su poder era delegado, no estructural y por eso resultó desechable en el instante en que dejó de ser útil.
Nueve meses después de lo que en el ensayo anterior llamé la falla catastrófica del 3 de enero, Venezuela tiene una nueva presidenta, un nuevo ministro de Defensa, una mesa de diálogo y un discurso oficial de transición hacia la democracia. Tiene también a Vladimir Padrino sirviendo en otro ministerio y a Jorge Rodríguez negociando, en nombre de su hermana, con la única oposición que el sistema está dispuesto a reconocer. La operación militar del 3 de enero derrotó a un hombre. No ha derrotado aún a la red que tardó años en tejerse, ni a los agentes que la sostienen desde adentro, con Nicolás Maduro o sin él.