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“Oil for Freedom”? Not yet. Una transacción que ya se empezó a pagar

oil
Tiempo de lectura: 8 min.

Descifrar el Poder

Una transacción costosa

En febrero pasado, mientras desarrollábamos un estudio en Venezuela, surgió entre el equipo investigador una hipótesis que denominamos “Oil for Freedom”. Una especie de acuerdo en el que los venezolanos estaban dispuestos a retribuir con recursos petroleros la remoción de Maduro y el inicio de un cambio político. Una transacción costosa, sí, pero necesaria para poder disfrutar de las tan ansiadas libertad y democracia.

Mientras más entrevistas se realizaban, más escuchábamos las reacciones y opiniones de los participantes y la hipótesis se confirmaba no una, sino múltiples veces. No se declaraba abiertamente, pero sí quedaba implícito que esa tesis gozaba del respaldo de ciudadanos que venían de sufrir un fraude electoral, meses de gran represión y años de profundo empobrecimiento.

La mayoría de los venezolanos estaban –y aún están– dispuestos a esa transacción, pero no a realizarla de cualquier forma.

Un acuerdo “histórico”

Luego de meses de “estabilización”, finalizando agosto comenzamos a ver reportes en medios norteamericanos tales como Reuters, Axios, Bloomberg y Washington Post que ya presagiaban la materialización de un hecho que podría convertirse en un game changer: primero supimos que Harry Sargeant III estaba siendo desplazado de sus inversiones petroleras en Venezuela, luego nos enteramos que Alejandro Betancourt (socio de Sargeant y vinculado a escándalos de corrupción en el sistema eléctrico) estaba siendo asistido por la justicia de EEUU con respecto a casos pendientes en Suiza, para convertirse en el operador petrolero –con experiencia local– de la administración norteamericana.

Finalmente, el viernes 28, ya con los mercados cerrados, Donald Trump anunció que había cerrado un acuerdo petrolero con Venezuela que catalogó como el más grande e importante de la historia. Luego Delcy Rodríguez salió a comunicar el sábado –en un horario muy inusual– más detalles. Días después también Marco Rubio ofrecía algo más de contexto, en una entrevista en español al periodista venezolano Sergio Novelli.

Esta última pieza del rompecabezas lucía como un control de daños ante las primeras reacciones. Yo creo que no, porque desde antes, durante y sobre todo después del 3 de enero, Trump ha sido muy claro en lo que pretende.

Tan claro como lo comunicado en el Fact Sheet emitido por la propia Casa Blanca el lunes siguiente 31 de agosto: “En el acuerdo petrolero más grande de la historia mundial, el presidente Donald J. Trump ha asegurado el control mayoritario por parte de EE. UU. de más de 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela, expandiendo enormemente nuestras reservas probadas territoriales actuales de EE. UU. de aproximadamente 46.000 millones de barriles. Este acuerdo asegura nuestro dominio energético para el próximo siglo, todo a un costo cero para los Estados Unidos”.

Más allá de este acto propagandístico de Trump, dirigido a su electorado para impactar en las elecciones de medio término de noviembre, no pretendo profundizar en los detalles de un acuerdo del que aún se sabe poco y del que muchos expertos petroleros todavía piden prudencia para comprender mejor su alcance e impacto económico y fiscal. Eso, por supuesto, se los dejo a ellos. Yo me conformaré con decodificar por ahora solo dos implicaciones políticas.

Incertidumbre e Ilegitimidad

La primera y más importante. Si este acuerdo finalmente se ejecuta en los términos comunicados, la Constitución vigente está siendo –una vez más– apartada a un lado y sustituida por una situación de facto que no solo podría ser materia de revisión en el futuro sino también constituirse como una fuente de inestabilidad e incertidumbre para la inversión. Y esto no es un efecto colateral: según reportó el Wall Street Journal, citando a alguien involucrado en la negociación, la estructura de empresa privada fue diseñada deliberadamente para atar a los gobiernos venezolanos que vengan después y dificultar que el acuerdo se revierta.

Políticamente podría significar algo mucho más importante: el germen de un sentimiento nacionalista y antiamericano que podría realinear la política venezolana, no solo en este momento sino en el largo plazo. Nada más y nada menos que contra la gran potencia que se ha fijado como objetivo hegemonizar nuevamente a su hemisferio.

La segunda, no es menor y también es fuente de futuras objeciones. Quien suscribiría ese acuerdo (si es que ya no lo hizo) no tiene ni la legitimidad de origen ni la de procedimiento para abrogarse esa facultad. Quizás a algunos convenientemente se les puede olvidar quién era Delcy Rodríguez antes del 28 de julio de 2024 y quién es después del 3 de enero de 2026, pero a las cortes internacionales no y a la enorme mayoría de los venezolanos, tampoco.

Este es un acuerdo que políticamente nace fracturado desde el inicio y con cimientos débiles. Tan débiles que el inversionista internacional de largo plazo deberá pensarlo mucho antes de regresar a Venezuela porque el riesgo efectivamente es real. Muchos expertos indican que, en una industria intensiva en capital como la petrolera, la incertidumbre legal frena la inversión y, a veces, la congela por completo.

La respuesta de Machado

Si en el propio EEUU algunas fuentes han hecho esas consideraciones sobre la incertidumbre, no debería sorprender que en Venezuela la desconfianza sea todavía mayor. No han sido pocas las voces venezolanas de peso que han cuestionado el “acuerdo histórico” utilizando palabras muy duras, pero sin duda la reacción de María Corina Machado no puede obviarse.

Machado fue bastante firme sin atacar a la figura de Trump y esa prudencia, con este interlocutor, no siempre se traduce en ventaja. La mesura con Trump pocas veces ha sido bien pagada. Todos los que leemos entrelíneas sabemos que ella está en franco desacuerdo con los términos planteados, sobre todo porque se celebraron con quienes ella misma designó, en un video publicado en sus redes sociales, como los “enemigos de los Estados Unidos que hoy están en Miraflores”. Planteó lo que para ella debería ser la política energética de Venezuela y eso está bien, pero de momento no planteó lo que realmente significa que esos “enemigos” sean los signatarios de un contrato que implica una hipoteca intergeneracional.

El problema es que la tendencia parece sugerir que esta relación entre Washington y Miraflores se está afianzando, que para Trump está luciendo más cómodo lidiar con este tipo de régimen y dejar la democracia para mucho después, si es que es el caso. Y tarde o temprano, esa tensión, ese conflicto que ya no es latente, sino evidente, tocará a la puerta y ella tendrá que asumirlo frontalmente, con todos los costos políticos que eso podría implicar no solo para su proyecto político, sino para el país. Porque ese país está comenzando a dar signos de que esta forma de pagar esa transacción petrolera no solo está siendo más costosa de lo que desearían, sino que además no percibe ninguna contraprestación en lo político.

¿Qué opinan los venezolanos?

Las primeras señales de cómo se han metabolizado en la opinión pública venezolana estos eventos ya comienzan a evidenciarse y no están reflejando un masivo apoyo como el que desearía Trump y sobre todo, Marco Rubio.

Hay señales de intoxicación.

La más reciente encuesta de la firma brasilera Atlas Intel, realizada hace apenas unos días, indagó sobre la favorabilidad o no de este acuerdo petrolero y al menos en principio, las opiniones están divididas: un 38% se pronunció en contra, mientras un 35% a favor. El tercio restante no emitió juicio alguno.

El recibimiento inicial, de momento, no luce prometedor.

Más clara es la señal cuando se pregunta sobre quién sale más beneficiado con el acuerdo: una mayoría de 50% estima que beneficiará más a los EEUU que a Venezuela, bastante lejos de un 28% que cree que beneficiará a ambos países. Apenas un 10% cree que beneficiará más a Venezuela. Estos datos recientes podrían interpretarse, usando el prisma de la investigación a la que hice referencia a principios de año, de esta forma: “te estamos dando nuestro petróleo en unas condiciones poco favorables, pero ¿qué es lo que estamos recibiendo?”

Volvamos al principio: los venezolanos están dispuestos a pagar por su libertad y su democracia, pero no a cualquier precio.

Más allá de estos primeros números, una traducción rápida del impacto político de esta noticia también surge en términos de imagen política.

Trump cae 21 puntos en favorabilidad desde comienzos de agosto y por primera vez en 2026 hay una opinión más negativa que positiva sobre su figura. Esto, claro, debe importarle muy poco o nada, pues su interés es que sean los inversionistas los que sigan apoyándolo, no los venezolanos.

 

En el caso de Marco Rubio, la caída es más pronunciada pues se desploma 24 puntos y también él ahora es percibido de manera más negativa que positiva. Para Rubio, esto sí podría ser un poco más delicado, porque hay un flanco en su estado natal de Florida que debe fortalecer y este saldo reputacional no le ayudaría. Los venezolanos en Florida no deciden una elección presidencial, pero el caucus cubano-americano sí le puede hacer mucho daño en sus futuras aspiraciones.

Delcy Rodríguez sigue estable, pero en el foso: solo 2 de cada 10 venezolanos sienten agrado por ella. Su potencia electoral, de momento, es muy poca. Y ella lo sabe.

María Corina Machado, quien había incrementado su posición hasta un 72% en agosto, cae 19 puntos y vuelve a sus anteriores niveles de favorabilidad de un 53%. Pudiera ser una señal preocupante, pues no faltará quien le comience a exigir que regrese más pronto de lo que puede y que fije posiciones más duras y frontales.

Estos primeros indicadores por supuesto que no son concluyentes, pero sí nos ayudan a comprender mejor que este acuerdo, no pasará inadvertido. Traerá profundas consecuencias políticas y podría cambiar todo el juego a partir de ahora y, quizás, para peor.

¿Y la democracia?

No es casualidad que haya un rechazo considerable y nada despreciable a este acuerdo. Tampoco es casualidad que en ese famoso Fact Sheet apenas se le haya dedicado unas pocas líneas a la realidad política venezolana en las que las palabras “transición” y “democracia” brillan por su ausencia.

Tampoco es cierto –como en ese documento se afirma– que en Venezuela hayan ocurrido “reformas significativas a la Justicia”. La propaganda tiene límites; el principal es la realidad.

Con este acuerdo, hay que decirlo sin ambages, el rodrigato se apuntala, ganando tiempo y recursos.

La democracia que los venezolanos aspiran a recibir como contraprestación en esta costosa transacción aún no se divisa…

Oil for Freedom? No, not yet, my fellow venezuelan.

https://substack.com/inbox/post/215431946