Con las batallas de La Victoria (1902) y Ciudad Bolívar (1903) quedó liquidada la casta de los caudillos que parió la Federación medio siglo atrás. Los viejos castillos españoles de San Carlos y Puerto Cabello se llenan de los enemigos de la Causa Liberal Restauradora, como pomposamente Cipriano Castro bautizó a su régimen. El peso de los grillos, usados a fin de inmovilizar las extremidades de los presos, se distribuye según la jerarquía de vencidos: generales, coroneles o capitanes. Fue el caso del “El Mocho” Hernández. Los más afortunados vagan por Cúcuta, Curazao, Trinidad o Nueva York; la mayoría en medio del desamparo personal y la miseria material. Unos pocos previsivos, como el doctor/general Manuel Antonio Matos, viven holgadamente a la espera de que los vientos de la política venezolana cambien nuevamente de curso.
Y para sorpresa de todos, lo hacen en relativamente poco tiempo. A inicios de 1906 el grupo de rudos agricultores andinos que audazmente bajaron de las montañas de El Táchira en 1899, los vencedores, parecen dividirse en dos bandos. Los llamados “doctores de Valencia”, Francisco Linares Alcántara (h), Tello Mendoza, Torres Cardenas, Manuel Corao y José Rafael Revenga logran despertar la desconfianza del presidente Castro en su vicepresidente, compadre, socio, y mano derecha, el general Juan Vicente Gómez, cuyo prestigio creció mucho durante los lances de la última guerra civil. En todas las épocas las intrigas de los cortesanos suelen ser más efectivas que las balas y los fusiles.
Por medio del periódico “El Industrial” se lanzan a atacar a Gómez. Cuestionan su lealtad hacia “El Gabito” y hasta su capacidad intelectual. No deben esforzarse mucho, este hacendado y militar improvisado no da muestras de brillantez intelectual o agudeza política. Hombre de potreros y cuarteles, es de pocas palabras. Casi mudo. Siempre sumiso y obediente a Castro quién lo sacó de los Andes cuando ya pasaba la cuarta década de vida.
Durante el episodio denominado como La Conjura, se pretende incluso su eliminación física.
Desconcierto andino
Los andinos lejos de sus montañas, en Caracas, en tierra ajena, y acostumbrados a la lealtad de la tribu, se encuentran desconcertados. Quieren un jefe que mande y que ellos obedezcan.
Callado e imperturbable, Gómez se deja humillar públicamente. Aplaca a su primo Eustoquio, de un carácter totalmente diferente, quien cree que las cosas se revuelven a tiros y a machetazos.
Todas las mañanas, a primera hora, se presenta en Villa Zoila a rendir cuentas de sus deberes ante el presidente que reposa sus complicaciones de salud. Luego pasa a la cocina donde se encuentra la primera dama, doña Zoila Martínez de Castro y mientras bebe una taza de café en voz alta le dice: “¿Comadre, le capo los gatos?”. Los cortesanos al oírle comentan: “¿Y este pendejo que le capa los gatos a doña Zoila es nuestro enemigo?”.
Al salir pasa frente a ellos, estos guardan silencio, pero no disimulan su desprecio por ese rústico montañés tachirense.
Guerras y miseria
Mientras tanto crece el descontento en Venezuela. El país se encuentra sumido en la más absoluta de las miserias luego de años de guerras civiles, bloqueos y conflictos diplomáticos. A eso se suma la descarada corrupción y arbitrariedad del gobierno castrista, con el jefe máximo pendiente de bailes, francachelas y el derroche de la hacienda pública en beneficio de sus favoritos de turno.
Como que si esos problemas no fueran suficientes las relaciones de Castro con el gobierno de Estados Unidos se deterioran dramáticamente. Compañías como la Orinoco Steamship, la Manoa y New York and Bermúdez han sido expropiadas o incautadas a la brava. Imprudente, Castro desafía a la nueva potencia que viene haciendo del mar Caribe su lago. También ordena querellas contra la compañía del ferrocarril alemán y la requisa obligatoria de los buques de bandera holandesa. Los opositores constituyen una Junta de Exiliados y hacen antesala en las oficinas del Departamento de Estado solicitando un buque y armamento para derribar al tirano, pero el secretario Elihu Root les da largas. La prensa de Nueva York y San Francisco instiga una intervención militar. El presidente Theodore Rooselvelt lo considera seriamente y hasta ordena movilizar parte de la escuadra hacia las costas venezolanas. La ruptura de las relaciones diplomáticas entre los dos países se consumó a mediados de 1908. Pero en el fondo son pocos los que quieren precipitar nuevamente a Venezuela en las incertidumbres de una guerra. ¿No habrá una salida más fácil? ¿Un golpe de Estado? Se preguntan en Washington.
¿No será el tal Gómez la solución al problema? Éste amarra al Ejército que su jefe y él han creado con los leales paisanos tachirenses.
«¡Viva Gómez!»
La salud de Castro se agravaba. ¿A quién dejar en la silla presidencial? Al compadre por supuesto, argumentan doña Zoila y Nieves Castro de Parra, hermana del mandatario. Con la familia hay que estar en los momentos difíciles, como ha hecho Juan Vicente. Durante la convalecencia presidencial todas las mañanas se presentó en la cocina de Villa Zoila con recados y mandados enviados desde San Cristóbal.
El 24 noviembre de 1908 Castro y doña Zoila toman en La Guaira un buque rumbo a Europa. Pero Gómez no se mueve. Washington ordena a los exiliados no emprender ninguna aventura.
La noche del 18 de diciembre como presidente encargado, Gómez reemplaza al gabinete de ministros. Apenas aclara el 19 cuando sustituye personalmente a los jefes de dos cuarteles en Caracas. Nadie se resiste. De allí se dirige a la Casa Amarilla con el batallón “Sagrada Táchira” y hace arrestar al general Pedro María Cardenas. Los jefes militares del resto del país se pasan a su lado. Un gentío se congregó en la Plaza Bolívar al grito: ¡Viva Gómez!
No hubo invasión. Dos días después el encargado de negocios de Estados Unidos sube a Caracas por el ferrocarril a expresar apoyo al nuevo gobierno. Gómez ordena modificar el Código de Minas, se arregla con las compañías extranjeras, y permite el regreso de todos los exiliados. A Manuel Antonio Matos, al que había derrotado en 1902, le levanta la medida de embargo y lo nombra ministro de Relaciones Exteriores. Así se hizo señor de Venezuela.
Gómez sabía que su compadre era astuto. Por eso lo domó como hacía con los caballos en la Hacienda La Mulera, con el lazo escondido.
@Pedrobenitezf