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El arte venezolano de hacerse el pendejo (parte 2)

Lopez
Tiempo de lectura: 9 min.

Tanto Cipriano Castro como Juan Vicente Gómez desconfiaban de él. Cada uno lo creía en el bando contrario. Fue nombrado edecán del presidente, pero solo por mes y medio. Dicen que se negó a intrigar contra Gómez, probablemente por agradecimiento, pues este fue quien veló por él cuando resultó herido en el brazo izquierdo por una bala de fusil durante la batalla de Tocuyito (12 de septiembre de 1899). No obstante, luego del golpe de 19 de diciembre de 1908, el círculo gomecista recelaba de los oficiales que habían servido directamente al “Restaurador”.

Por ese motivo lo marginaron por años. Castro por ser gomero y Gómez por castrista. Entre 1903 y 1914 no recibió mandos de tropa, solo puestos de carácter civil; comandante de los Resguardos de Puerto en Macuro, en La Vela de Coro, Río Caribe y Carúpano; interventor de la Aduana de Puerto Sucre, jefe Civil de Río Chico y administrador de las Salinas de Araya.

Pero el futuro general en jefe, José Eleazar López Contreras, resultó ser un hombre estoico. Aprendió a aguantar callado.  Sereno y prudente, puede que una de las pocas veces en la vida en la que se dejó llevar por el impulso fue a los 16 años de edad, cuando se presentó junto con su amigo Carlos Rangel Cárdenas en el campamento del general Castro con la intención de unirse a la Revolución Restauradora. Aunque el jefe invasor los rechazó por ser “demasiado pichones”, demostró la virtud de la persistencia porque a la altura del páramo El Zumbador ya era parte de la tropa. De ahí hasta Caracas en la loca aventura que les abrió a los andinos el poder supremo de Venezuela.

No fue parte del grupo original de “los sesenta” que cruzó el río Táchira el 23 de mayo de 1899; tampoco era hijo reconocido o natural, o sobrino, o primo, o ahijado, ni de los Castro, ni de los Gómez. Pero era tachirense y también bachiller. Esto último muy importante en aquel país, y en aquel grupo conformado mayoritariamente de hombres escasamente ilustrados, cuando no analfabetas.

La rebelión

Una comunicación interceptada en la que Carmelo Castro (hermano del compadre) lo invitaba sumarse a una rebelión, convenció a Gómez de que López Contreras no secundaba los planes castristas. Siempre desconfiado, el “Benemérito” disminuyó sus recelos, así que lo rehabilitó y ascendió a coronel.  En 1919 lo nombra director de Guerra del Ministerio de Guerra y Marina, en 1923 lo asciende a general de brigada y lo pone al frente de la Guarnición de Caracas.

Por esos días el clan gomecista se divide. Mientras las compañías inglesas y norteamericanas comienzan a extraer petróleo de los yacimientos del Zulia, Gómez, que se ha mantenido en el poder más tiempo que los Monagas, se consolida. El Congreso lo vuelve a elegir presidente para el período 1922-1929, y crea dos vicepresidencias: una para su hermano Juancho y otra para su hijo Vicentico, quien además era Inspector General del Ejército. Craso error. Los celos, las envidias y las ambiciones enfrentan a la familia. Un grupo, veteranos venidos del Táchira en 1899, rodean a Juancho. Los otros, oficiales jóvenes del Ejército y miembros de la alta sociedad caraqueña, a Vicentico. Cada quien se quiere anotar con el eventual sucesor dado los problemas de salud del dictador cuyo fallecimiento a no pocos luce como inminente.

Ambos grupos sondean al general López Contreras, pero este a ninguno le dice sí, pero tampoco no.

Pero no se muere Juan Vicente, sino Juancho. O más bien lo matan. El 30 de junio de 1923 lo encuentran en su dormitorio del Palacio de Miraflores cosido a puñaladas en los brazos, el pecho y la garganta. Gómez culpó a la oposición del crimen, y La Rotunda se llenó de sospechosos e inocentes, todos torturados de las maneras más bárbaras. Luego de días de tormento, el capitán Isidro Barrientos, hombre de confianza de Juancho declara que sólo al general Gómez confesara. Según José Rafael Pocaterra: “Doña Dionisia me dijo”.

Dionisia Bello, la madre de Vicentico. La manda a Europa de donde no volverá más nunca, pero no al hijo que al parecer no tuvo nada que ver.

Pero luego de unos pocos años de tranquilidad, ese cuero seco llamado Venezuela se vuelve a levantar. Primero son los estudiantes de la Universidad Central que, en febrero de 1928, en medio de festejos y discursos literarios critican al gobierno. El gobernador de Caracas manda a meter presos a los más exaltados, pero los demás estudiantes se entregan a la Policía en gesto de solidaridad. Por primera vez en dos décadas en las calles de la ciudad la gente grita: ¡Abajo Gómez!  “Si no quieren estudiar que vayan a trabajar en las carreteras”, dice el general/presidente. Las cárceles se vuelven a abrir. Elbano Mibelli, Zoilo Vidal, Andrés Eloy Blanco y Rafael Arévalo González, entre otros, van a parar al Castillo Libertador.

López Contreras

La cosa no se queda allí porque la madrugada del 7 de abril de ese año ocurre un conato de golpe en el cuartel San Carlos de Caracas. Inesperadamente, López Contreras se presenta en la puerta de la prevención del cuartel, pistola en mano se hace reconocer y da la orden de firmes a los soldados. Al llegar los alzados no había nada que hacer, fueron dispersados luego de un fuerte tiroteo.

El jefe del movimiento en la Escuela Militar resultó ser su hijo, el cadete Eleazar López Wolhmar.

Nuevamente la sombra de la sospecha cae sobre su persona. Los intrigantes aseguran que estaba metido en el complot con Vicentico. Otros dicen que es incapaz de traicionar al jefe ni siquiera cuando duerme.

Por entonces López Contreras era conocido por sus inquietudes intelectuales. Un bicho raro; general gomero que se reúne con escritores en la esquina de Pajaritos, y hasta ha publicado un libro de su autoría: “El Callao histórico” (1926). Luego vendrían: “Síntesis de la vida militar de Sucre” y “Bolívar conductor de tropas” (1930).

Eustoquio Gómez insiste que toda la guarnición de Caracas estaba metida en la conspiración. Mejor salir de Eleazar López, le dice su primo el presidente. Pero este razona que fue López quién redujo el alzamiento. Sin él las cosas se hubieran puesto muy feas.  El instinto campesino le dice a Gómez que sacar a Eleazar alebrestaría a los enemigos que pensarían que estaba rodeado de traidores. Todavía le podía ser útil. Eso sí, Eustoquio y Rafael María Velasco lo convencieron de la traición de Vicentico.

La tierra llama

El plan dinástico se vino abajo. Destituye al hijo y le quita el uniforme: “Te vas para Europa con tú mujer y tú hija”.

En julio de 1929 mandó a López Contreras a Táchira como jefe de esa guarnición para probarlo. Era donde había más oportunidades para ser traidor. En Cúcuta, Peñaloza y Olivares conspiraban. En París, la oposición reunida en torno a Román Delgado Chalbaud planeaba invadir el país. No pocos sondearon a López. Pero el hombre era una tumba india.

¿Por qué Gómez lo designó jefe de Estado Mayor del Ejército, primero, y luego, en 1931 ministro de Guerra y Marina, convirtiéndolo en el militar de carrera más influyente del país? Sólo podemos especular en los motivos.

A esas alturas hasta su más cercano asesor, su tío José Rosario García, cae en desgracia víctima de sus propias intrigas. Del lado de la familia van quedando pocos. Eustoquio siempre ha sido muy peligroso. En cambio, Eleazar López nunca pedía nada, solo dedicado a organizar el Ejército que para entonces llega a tener un pie de fuerza de 10 mil efectivos. Era del grupo de 1899, pero también era respetado por los oficiales que comenzaban a egresar de la Academia. Y era tachirense. La tierra llamaba.

Otro detalle, López y su señora eran amigos de los Gómez Núñez, los hijos de Misia Dolores Amelia. La familia que nació entre Caracas y Maracay. No los que venían con ambición desde el Táchira.  En resumidas cuentas: todos los caminos conducían a Eleazar López.

Así, los años pasaron y el país puso sus esperanzas en la biología. La pregunta de los exiliados, de Washington y de las compañías petroleras, era sí en la hora decisiva López contaría con el respaldo de las guarniciones y de jefes militares como Vicencio Pérez Soto.

De conspiración en conspiración

En diciembre de 1935, mientras el dictador agoniza en Maracay, su fiel asistente, el indio Eloy Tarazona, se pone a conspirar con Eustoquio. Venezuela es una hacienda, piensan, así que la herencia es de la familia.

El 15 de diciembre Regina Gómez, hermana del moribundo, reúne a los hombres y les sirve masato. López le dice a Eustoquio: “no ambicionó el poder, sólo deseo que se restablezca el general”. Taimado, los médicos le habían dicho que, de esa, Gómez no salía. Pero quiere fingir para enredar a Eustoquio. Este le insiste que su primo se va a morir y le pregunta qué hará en ese caso. “Me atengo a la Constitución”, le contesta.

El ministro persuadió a la familia de que el único que los podía proteger era él. Pero Eustoquio siguió confabulando. Así que, entre arrestarlo y matarlo, la gente de López se decide por la segunda opción. Pero no todavía, es familia del general.  

Eustoquio se instaló en Barquisimeto mientras Félix Galavis le dio la espalda para cuadrarse con López.

Este, el 17 de diciembre, se la pasó llamando por teléfono en persona a los cuarteles de todo el país y ordenó arrestar a Tarazona. Esa noche, a las 11:45 pm el médico declara muerto al dictador.

La Constitución determina que el gabinete de ministros debe elegir al presidente interino que complete el periodo. La madrugada del 18 se reúne. El ministro del Interior, Pedro Tinoco Smith, aspira, ha sido el abogado de las compañías petroleras y se ha casado con la viuda de Vicentico, Josefina Revenga. Casi es de la familia. Pero es López Contreras quien controla el Ejército y, por tanto, es candidato de los musiú, las petroleras y los banqueros.

Al día siguiente se dice que campesinos de varias partes del país matan reses de las haciendas de los Gómez para celebrar. El día 20 comienzan los disturbios en Caracas. Eustoquio se presenta en la sede Gobernación mientras en la calle la multitud le quema el automóvil. Dentro del edificio le meten unos balazos. Muerto el perro se acaba la rabia.

Tinoco Smith y Josefina Revenga se escondieron unos días con sus vástagos en una hacienda de La Vega, en las afueras de Caracas, mientras en la ciudad las turbas asaltaron las casas de los Gómez. López le dice a la familia que lo mejor es que salgan del país, por su seguridad.

Una vez los tuvo fuera, emitió un decreto de confiscación a favor de la Nación de todos los bienes a nombre de Juan Vicente Gómez, de su herencia, de sus allegados o familiares, bajo la denominación de “Bienes Restituidos”. Se tuvo que crear un departamento especial en el Banco Agrícola y Pecuario para catastrar, inventariar y administrar la enorme cantidad de haciendas, ganado e industrias que formaban parte de la fortuna gomecista.

Así, López Contreras inició su gobierno en medio de la agitación. Entre sus primeras medidas soltó a todos los presos políticos, mandó a demoler La Rotunda y recibió a los exiliados. En su gabinete designó a connotados antigomecistas y permitió una calculada liberalización. Se cuenta que en su casa de La Quebradita recibía a representantes de todos los sectores: la Iglesia, librepensadores, sindicatos, banqueros, comerciantes, agricultores, compañías petroleras, diplomáticos, gentes de opiniones e intereses enfrentados. A todos escuchaba con atención y la respuesta siempre era la misma: “Tiene usted razón”.  

Un día su esposa le dijo: “Pero bueno Eleazar, no le puedes decir a todos que tienen la razón”.

A lo que le contestó: “María Teresa, tú también tienes razón”.

@Pedrobenitezf

https://alnavio.es/el-arte-venezolano-de-hacerse-el-pendejo-parte-2/