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Cómo detectar a un potencial tirano en campaña

Artículos de opinión
Tiempo de lectura: 4 min.

El mayor peligro que enfrentan hoy las democracias presidenciales es que un gobernante democráticamente elegido quiera perpetuarse en el poder. Clístenes —el fundador de la democracia ateniense a finales del siglo VI a. C.— entendió ese riesgo existencial con claridad e inventó el ostracismo como mecanismo de defensa del naciente modelo de gobierno. Gracias a esa institución, los líderes políticos que mostraban tendencias autoritarias podían ser enviados al destierro durante 10 años mediante votación popular. La votación se hacía con óstraka (trozos de teja), de ahí el nombre de “ostracismo”. El ostracismo era, en esencia, un cortafuegos institucional: la democracia protegiéndose de quienes querían apagarla.

Las cosas no han cambiado mucho en nuestro tiempo. La causa más frecuente del fin de una democracia contemporánea es que el gobernante legítimamente elegido después no quiera entregar el poder. Cuando no recurren a los golpes de Estado frontales, los presidentes de hoy utilizan la reelección presidencial inmediata para atornillarse en el poder. No hay que ir muy lejos para verificar este patrón. Las tres dictaduras latinoamericanas más recientes (Nicaragua, Venezuela y El Salvador) siguieron una ruta parecida: presidentes populares que desmantelaron el sistema de contrapoderes (suelen empezar por capturar el tribunal constitucional o su equivalente), reformaron la Constitución para permitir la reelección indefinida y finalmente se instalaron en el poder consolidando una dictadura. Por eso los ciudadanos deben mirar con lupa los procesos constituyentes promovidos por presidentes con pulsiones autoritarias: demasiadas veces son el atajo institucional para autorizar la reelección sin límites.

Desde 2015, el mundo entró en una crisis democrática que el observatorio “Varieties of Democracy (V-Dem)” denomina “ola de autocratización”. Su informe más reciente muestra que, por primera vez en 20 años, hay más autocracias (91 países) que democracias (88) en el mundo. Y el dato más inquietante es el peso demográfico: casi tres de cada cuatro personas (72%) viven hoy bajo regímenes autocráticos.

La tendencia al declive también aparece en otros índices de desempeño democrático. Freedom House, por ejemplo, reporta que la libertad global cayó por 19º año consecutivo en 2024: 60 países empeoraron y apenas 34 registraron mejoras. Ya no están a salvo ni siquiera democracias que se creían “consolidadas”: Estados Unidos figura desde hace diez años en “V-Dem” como un país en “autocratización acelerada”, al punto de que en la evaluación de este año podría perder su calidad de democracia si las tendencias persisten.

La crisis democrática global lleva a que la principal pregunta que debe hacerse un elector del siglo XXI —en particular, uno latinoamericano— no es ideológica ni programática. Es institucional: ¿el candidato por el que pienso votar es un verdadero demócrata? ¿Respeta la democracia como sistema de gobierno y está dispuesto a entregar el poder una vez terminado su mandato? Solo después deberían importar la cercanía ideológica y la calidad de las propuestas. Si la alternancia no está a salvo, lo demás es accesorio.

En tiempos de extrema polarización, la urgencia de detectar tendencias autocráticas en campaña se vuelve mayor. No es posible leer la mente de los aspirantes, pero sí se puede reconocer un perfil conductual autoritario que permite anticipar riesgos de quiebre democrático. Piense en esto como la “revisión tecnomecánica” de su candidato: si el tablero prende varias alarmas, no conviene sacarlo a carretera con las llaves del Estado. Para ello, lo invito a responder estas 10 preguntas sobre su favorito (el test no es infalible, pero reduce el margen de ingenuidad):

  1. ¿Se siente dueño absoluto de la verdad y es insensible a la argumentación en contrario?
  2. ¿Tiene tendencias mesiánicas: se cree un “salvador de la nación”, indispensable para el futuro del país; o es amigo de la reelección porque le parece que solo él puede hacer un buen trabajo y un cuatrienio no basta?
  3. ¿Quiere “refundar la patria” a partir de él mediante mecanismos plebiscitarios, como por ejemplo una asamblea constituyente?
  4. ¿Es admirador abierto o complaciente de dictadores o líderes autoritarios extranjeros, sin importar su tendencia ideológica?
  5. ¿Le parece que las instituciones que hacen contrapeso a la presidencia (Congreso, altas cortes, organismos de control) son un obstáculo molesto para gobernar “eficientemente”?
  6. ¿Piensa que los fallos de los jueces y los tribunales se pueden desconocer cuando están “politizados”?
  7. ¿Es intolerante con medios de comunicación que lo critican y solo defiende la libertad de expresión cuando lo favorece?
  8. ¿Preferiría gobernar por decreto en lugar de respetar el conducto regular de producir legislación a través del Congreso?
  9. ¿Cree saber más de política monetaria que los miembros del banco central, aunque no sea un economista destacado?
  10. ¿Le disgusta someterse a la legislación internacional, los fallos de tribunales internacionales y las reglas de las organizaciones internacionales?

Cuantas más respuestas afirmativas obtenga, mayor es la probabilidad de que su candidato sea un tirano disfrazado de demócrata en campaña. Si es el caso, mejor cambie de candidato, incluso si no es de su afinidad ideológica: las dictaduras de izquierda y de derecha suelen ser igual de malas.

Director del Doctorado en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia

@florezjose

7 de febero 2026

https://elpais.com/america/2026-02-07/como-detectar-a-un-potencial-tirano-en-campana.html