De todos los datos que resumen la llegada de los españoles a América hay uno devastador: en 150 años, la inmensa mayoría de la población había desaparecido. El historiador estadounidense Greg Grandin, ganador del Premio Pulitzer, publicó en 2025 America, América. A New History of the New World (Penguin Press, todavía no traducido), una historia del continente desde Colón. Así resume lo que ocurrió durante la conquista y las primeras décadas de la colonización: “Entonces comenzaron a morir. La opinión generalizada es que la población se redujo entre un 85% y un 95% en el plazo de un siglo y medio. La conquista española, impulsada a un ritmo implacable por el Reino de Castilla en plena consolidación, inauguró lo que los demógrafos Alexander Koch, Chris Brierley, Mark Maslin y Simon Lewis denominan ‘el mayor episodio de mortalidad humana de la historia en proporción a la población mundial’, con una disminución de más de 56 millones de personas en 1600. ‘El mayor genocidio de la historia de la humanidad’, escribió Tzvetan Todorov en la década de 1980”.
La mortalidad fue tan brutal que es posible que cambiase el clima del planeta por el abandono masivo de cultivos, terrenos que fueron recuperados por la naturaleza, lo que produjo un descenso global de las temperaturas por su capacidad para capturar CO2. Esa es la hipótesis de un grupo de científicos del University College de Londres, que sostienen que aquel cataclismo está detrás del enfriamiento global que se produjo entre los siglos XVII y XIX conocido como la Pequeña Edad de Hielo.
Tal vez perdón no sea la palabra adecuada, como pide México, por el océano de tiempo que separa la España imperial del siglo XVI con la democracia constitucional del siglo XXI. Pero el reconocimiento de “abusos y controversias” en la conquista de América, como hizo recientemente Felipe VI, refleja una realidad tan compleja como brutal. Recurrir, en cambio, a ensalzar las glorias de la conquista, con discursos trasnochados y peligrosos, tan extremos que convierten Alba de América en un manifiesto anticolonialista, abren un camino muy peligroso, porque justifican al final todos los crímenes de la expansión colonial europea.
Es evidente que no todos los que llegaron al Nuevo Mundo fueron depredadores sanguinarios y que gracias a figuras como Francisco de Vitoria o Bartolomé de las Casas surgió un nuevo humanismo impulsado por la defensa de los pueblos originarios. Las Leyes de Indias consideraron seres humanos a los indígenas, pero sobre el terreno, a miles de kilómetros de la metrópoli, la realidad era muy distinta. Esas leyes tampoco se aplicaban a los africanos esclavizados, arrastrados por millones para trabajar hasta morir en los campos de azúcar, tabaco y algodón o en las minas de plata. La colonización fue un proceso complejo, de ida y vuelta (la gastronomía española no se puede entender sin los productos que vinieron de América, como los tomates o las patatas), desigual y violento, que partió de un cataclismo humano y cultural.
Un tebeo reciente recupera una de aquellas historias del principio de América, que muestran todas las caras de la colonización: Les sentiers d’Anahuac (La Découverte / Delcourt), una maravilla de Romain Bertrand y Jean Dytar todavía no traducida al español. El cómic transcurre en las primeras décadas de la conquista, en 1539, 20 años después de la llegada de Hernán Cortés a lo que ahora es México. Arranca con un auto de fe de la Inquisición: Carlos Ometochtzin, un noble acolhua, fue quemado vivo por adorar a los antiguos dioses. El franciscano Bernardino de Sahagún —sobre el que Miguel León-Portilla escribió una biografía clásica, en la que le definía como “un pionero de la antropología”— es testigo de un crimen que provocó un escándalo enorme. También está presente el otro protagonista del cómic, Antonio Valeriano, también un personaje real: nacido después de la conquista, perteneciente a una familia noble de Tenochtitlan, hablaba la lengua del imperio, pero también la de sus ancestros.
Sahagún se da cuenta de que la memoria del mundo anterior a la llegada de los españoles se va a perder por completo, lo que haría mucho más difícil la conversión de los indígenas porque los misioneros desconocen sus claves sociales y culturales. Y aquellos nacidos inmediatamente después de la conquista también sienten que su universo va a desaparecer. “A medida que avanzaba en el camino del mundo de los españoles, los caminos de Anahuac —el mundo de mis ancestros— se iban cerrando detrás de mí”, reflexionaba Valeriano en el cómic. Sahagún y un grupo de jóvenes indígenas —Antonio Valeriano, Alonso Vegerano, Martín Jacobita, Pedro de San Buenaventura, Diego de Grado, Bonifacio Maximiliano, Mateo Severino— pasaron casi 40 años recopilando los 12 tomos de la monumental Historia general de las cosas de Nueva España, también conocida como el Códice Florentino, porque se conserva en la ciudad italiana desde la época de los Medicis.
El trabajo, que se puede consultar en internet, constituye un relato extraordinario de un mundo condenado a esfumarse: gracias a miles de entrevistas con ancianos, recoge el universo de los pueblos que habitaban el centro de México antes de la llegada de los españoles, con textos y dibujos en tres lenguas (español, latín y náhuatl).
La historia de la conquista está compuesta por muchas pequeñas historias, pero ninguna debería obviar el inmenso sufrimiento que significó la llegada de “los de la cruz” para millones de personas, que perdieron su cultura y su vida. Para los habitantes de América la llegada de Colón representó un cataclismo sin parangón en la historia humana.
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