“Sancho, nadie es mejor que otro, si no hace más que otro…”, Miguel de Cervantes, en Don Quijote de la Mancha
No voy a dedicar tiempo ni espacio a ocuparme de la ineptitud —¿desidia?— de un Estado y un gobierno para afrontar la tragedia vivida, la del 24 de junio, la de los días transcurridos después y los que transcurrirán, que no harán más que poner de manifiesto esa ineptitud. ¿Por qué un país como Venezuela, con la inmensidad de recursos económicos, provenientes de los ingresos petroleros que ha tenido en los últimos 27 años, no está en capacidad de afrontar esta tragedia? ¿O tan solo tener, por lo menos, los equipos humanos debidamente dotados para afrontar esta situación, como lo están países con muchísimos menos recursos? Son preguntas, hoy retóricas, que algún día, alguien tendrá que responder al país y, sobre todo, a los familiares de las víctimas.
Afortunadamente, tampoco tengo nada personal que comentar, ni dedicaré tiempo para describir más la tragedia, ya tenemos bastante con videos y comentarios, algunos muy inadecuados e irresponsables que, bajo la excusa de “informar” y la “libertad de opinión”, aportan poca información y mucha angustia. Pero, sí tengo mucho que decir de los días posteriores, hasta el momento de escribir estas líneas, y comenzaré con algunas reflexiones.
Enseñanzas de Colegio
Quienes crecimos en las aulas del Colegio La Salle —en mi caso, La Colina—, aún después de 63 años de haber dejado el colegio, recordamos con afecto y algo de nostalgia a algunos maestros y Hermanos FSC, que nos dieron la mejor educación que se podía en los años sesenta del pasado siglo. Hay uno en particular que quiero evocar y recordar, el Hno. José Peñaloza Peñaloza, un tachirense, de enorme tamaño, físico y mental, natural de San José de Bolívar o San José de Río Bobo —por el río cercano a la localidad, aunque a él no le gustaba que se diera ese nombre al pueblo—, capital del Municipio Francisco de Miranda, a 87 Km de San Cristóbal, en un viaje por montañas andinas de más de dos horas.
Aparte de las materias que enseñaba, yo lo conocí a fondo y tuve relación con él en lo que en aquella época llamábamos actividades extracátedra. En mi caso, y estoy seguro que en el de cientos más de alumnos, el Hno. Peñaloza nos guio en los principios de la política, de la actividad social y comunitaria, de la preocupación por los demás, en lo que llamábamos apostolado, que desarrollábamos en el Centro de Estudiantes y en un movimiento de retiros religiosos o espirituales que llamábamos Palestra y que con ese nombre aún existe en Argentina, en Jujuy, Catamarca, Tucumán, Salta, San Luis y Córdoba; incluso en 2025 realizaron un encuentro de palestritas para celebrar el 50 aniversario de Palestra en la región de Salta.
Mucho fue lo que algunos aprendimos del Hno. Peñaloza en materia de habilidades de comunicación, mística de trabajo y capacidad de organización. Nos sirvió para nuestra actividad social y política, en la sociedad civil y en la vida. Entre esas enseñanzas viene a mi memoria, hoy, con la tragedia, lo que él llamaba la “vocación de servicio” y la “capacidad de estorbo”.
Vocación de servicio
En toda actividad humana, decía Peñaloza, hay quienes se destacan por su “vocación de servicio”; son aquellos siempre dispuestos a trabajar en lo que sea, a aportar esfuerzo para organizar, para hacer tareas en pro de los demás, para ayudar, sin pedir nada a cambio, sin descansar, hora tras hora, día tras día, que se recuperan rápidamente y sin quejarse, sin reclamar nada, sin poner trabas ni dificultades. No es que no sean críticos y no tengan dudas u observaciones, solo que posponen esas críticas, dudas, sus intereses y opiniones para el momento de evaluar y analizar lo realizado y aportar lo que observaron, solo es allí donde explayarán su ingenio y comentarios, sus observaciones duras o no, pero pertinentes para mejorar y perfeccionar la actividad y la tarea. Siempre se puede contar con ellos, por muy ocupados que estén en otras cosas. Si dicen que sí, no hay duda que entregarán lo mejor de sus capacidades y posibilidades para realizar la tarea a la que se comprometieron. No es que sean los mejores, solo harán, simplemente, lo que mejor saben hacer. Encontramos mucho de este espíritu en los llamados Centros de acopio durante los días posteriores al terremoto.
Capacidad de estorbo
Del otro lado encontramos, como decía Peñaloza, a los que tienen “capacidad de estorbo”; son los que siempre cuestionan todo, poniendo dificultades o resaltándolas, pendientes solo de lo que pueden obtener a cambio, sea en prestigio o alabanzas; se quejan si no los nombran en los “créditos” y solo están pendientes de “salir en la foto”, perdiendo el tiempo o haciendo que los demás lo pierdan en conversaciones y discusiones inútiles. Nunca se sabe si se podrá contar con ellos o si “volverán” al día siguiente. Y están los casos extremos de quienes, válidos y potenciados hoy por las redes sociales, además de los peros o críticas, solo están pendientes de lo que hacen los demás para difundir información negativa, sin verificar o simplemente falsa, con tal de ganar “seguidores” y likes. Son los que siempre hablan en primera persona y destacan lo que han realizado, usualmente poco, como si se tratara de alguna proeza, o peor aún, están los que se atribuyen o se hacen partícipes de los méritos de los demás. También vimos algunos de estos en los centros de acopio, afortunadamente mucho menos numerosos que los otros.
Lo de la “vocación de servicio” y la “capacidad de estorbo” es a nivel individual, pero también colectivo, institucional y de país. Hay en el país quienes tienen “vocación de servicio”, los hemos visto después del 24 de junio, trabajando con sus manos sobre los escombros día y noche en los centros de acopio. Pero, hay muchas instituciones, organismos de gobierno y el propio gobierno que solo tienen “capacidad de estorbo”, comprobado en esta tragedia.
Centros de Acopio
Existen cientos, miles de ciudadanos, que desarrollan una actividad inusitada, en momentos como este y que pocas veces se le presta atención o se describe. Hay que ver lo que implica la actividad realizada. En alguna ciudad o pueblo, en Venezuela o alguna parte del mundo, algún grupo u organización se le ocurre recoger y pedir contribuciones y allí acuden cientos de personas a llevar ropa, zapatos, comida, agua en botellas o botellones, artículos de limpieza personal, comida para bebés, teteros, alimento para mascotas, insumos médicos, medicinas; lo que se les pida, desde una lata de atún, hasta una planta eléctrica que funciona con gasoil, pasando por cocinas, linternas, baterías, sistemas de comunicación satelital, paneles solares, carpas, colchones, sillas de ruedas, muletas. Solo use su imaginación y piense en lo que sea, no hay nada descartable ni inverosímil. Cuando esto ocurre en el exterior, la actividad no es menor: hay que clasificar, ordenar y embalar todos esos donativos para enviarlos por carga, usualmente aérea, a Venezuela, a veces en vuelos fletados y son miles de personas los que se despliegan en esa actividad.
Recibidas las cosas, sea que lleguen desde el exterior a algunos centros de acopio grandes —que a su vez lo distribuyen a centros locales—; o sea que llegan de manera directa de donantes en Venezuela a un centro de acopio local, el pequeño o numeroso “ejército” de cada centro —que se multiplican por miles— desarrolla una actividad febril de clasificación y ordenación de la ropa y calzado, por buen y mal estado, en tallas y tamaños, para niños, niñas, adultos mayores, hombres y mujeres —la que está en mal estado no se desecha, se lleva a centros que se ocupan de hacer fibras, cojines y otras telas—; la comida se clasifica y se preparan bolsas o kits conteniendo granos, harinas, leche, azúcar, sal, pasta, enlatados con proteínas, comidas para bebés y mascotas y hasta algunos dulces. Se preparan también kits de aseo personal, con pasta de dientes, cepillos dentales, jabón, desodorantes, toallas sanitarias; kits de primeros auxilios, con alcohol, agua oxigenada, algodón, gasas, vendajes, curitas, tapa bocas, lo que llegue; o kits y bolsitas con medicamentos más específicos, para diabéticos, hipertensos, analgésicos e incluso medicinas para casos delicados y más complejos, que se manejan con médicos. Preparadas todas esas bolsas y kits, se llevan a algunos centros más especializados que se ocupan de la distribución o se consigue algún vehículo que lo lleve directamente a los damnificados del terremoto, que ya se tienen ubicados.
Punto USB
No inventé nada en lo que describí en el párrafo anterior, todo eso lo vi y lo viví durante las últimas dos semanas en un Punto USB, un punto de apoyo organizado por la Asociación de Egresados de la USB (Aeusb) y la Federación de Centros, que con la ayuda de estudiantes, profesores y egresados de esa universidad, funciona en un espacio facilitado por el Centro Venezolano Americano en Las Mercedes. Mediante transportes alquilados, a precio solidario, los paquetes se llevan a ocho centros o Puntos de Distribución USB organizados en el litoral guaireño —en Mamo, Catia la Mar, Maiquetía, La Guaira-Macuto, Caraballeda, Naiguatá y Camurí—, en donde son entregados a unas 500 familias de profesores, estudiantes, empleados y egresados de esa Universidad.
Además de esos Puntos de Apoyo y de Distribución, se ayudó a los bomberos de esa universidad, dotándolos de equipamiento, computadoras, reparación de vehículos y sistema de comunicación satelital, esto último también en algunos de los Puntos de distribución en el litoral. En algunos casos, se atendieron necesidades particulares, gracias al apoyo económico y donaciones, de algunos egresados. En www.ayudausb.org se puede obtener información acerca de la actividad y cómo apoyar, en Venezuela o desde el exterior.
Desde el momento que alguien se acerca a un centro de acopio a hacer su donativo, en Venezuela o en el exterior, hasta el momento en que eso llega a manos de una familia en Venezuela, son miles de horas hombre y esfuerzo dedicadas a esa tarea de reunir, clasificar, embalar y repartir. Además, están las horas y recursos de algunos grupos especializados que se han dedicado a producir alimentos para los damnificados y para alimentar también al personal voluntario que está trabajando en los Centros de acopio.
¿Final?
Tras casi un mes de la tragedia, la afluencia de voluntarios y donaciones a los centros de acopio, como era de esperarse, ha ido disminuyendo. Cada quien va recobrando su propia normalidad y la capacidad de prestar ayuda, donar insumos, ha ido mermando. Sin embargo, solo hemos llegado al final de la emergencia inmediata, el final de esta tragedia no está ni siquiera cerca, es quizás el momento de la intervención más decidida de grandes organizaciones, nacionales e internacionales, que cuentan con más recursos, y es también el momento de una intervención más masiva del Estado, con políticas y recursos para ayudar a los afectados a recobrar sus vidas, sus bienes, que consigan empleo quienes no lo tienen, etcétera. Pero sabemos que esto último, la intervención del Estado, ocurrirá de la forma como ya hemos visto en ocasiones anteriores: control y demagogia, impidiendo la acción de los demás o atribuyéndose como propia esa acción. Una acción efectiva del Estado solo será posible con un gobierno que genere confianza y credibilidad, que sea capaz de atraer las grandes inversiones que generen riqueza y empleo.
Por eso es importante que la sociedad civil no abandone la actividad, eficientemente desplegada —mucho más que la del Estado— y que nos mantengamos en los puntos de apoyo y centros de acopio o desarrollando otras iniciativas, apoyando a los que han sufrido pérdidas por causa del terremoto y que apoyemos también la actuación de las grandes asociaciones civiles, nacionales e internacionales, dedicadas a esta materia o las más limitadas y pequeñas, nacionales, que se especializan en algunas áreas o problemas, porque esta emergencia está lejos aún de concluir.
Cosas que admirar y lamentar
El esfuerzo realizado por estudiantes y universidades ha sido admirable. Siento profundo orgullo por lo realizado por mi alma mater, la UCV y por otras universidades. Pero debo mencionar el esfuerzo desarrollado por estudiantes y egresados de la USB, que me tocó presenciar y vivir allí, aunque no soy egresado de esa universidad. Había, hay, en el Punto USB de Caracas un grupo de profesores, egresados y alumnos, trabajando de manera disciplinada y constante desde temprano en la mañana hasta el anochecer, al igual que en los Puntos de Distribución en el Litoral.
La USB no sufrió daños físicos de importancia en ninguna de sus dos sedes, la de Sartenejas y tampoco, afortunadamente, en la del Litoral; pero sufrió daños en su alma, en su espíritu, en forma de víctimas humanas, de profesores, estudiantes, empleados y egresados. No voy a preguntar por lo realizado por las autoridades de esa casa de estudios en favor de los damnificados de la USB. Aunque no es excusa, debemos recordar que no son autoridades electas, sino impuestas desde hace ya más de cinco años. Esa casa de estudios cuenta hoy con unos tres mil estudiantes, más de seiscientos profesores y más de cincuenta mil egresados que han pasado por esa casa de estudios. Hay una veintena de estudiantes, varios profesores y egresados, apoyando a la Aeusb en el Punto USB de Caracas y en los siete puntos del Litoral. Sé de muchos egresados en el exterior —más de 60% lo están—, que no pueden acudir a ofrecer personalmente su ayuda en los centros de acopio o Puntos USB en Venezuela, que lo están haciendo en el exterior o están contribuyendo económicamente. Los demás, donde estén, de allí el título del artículo, tienen la oportunidad de aportar para ayudar a reconstruir el alma de la USB —hoy herida en su cuerpo estudiantil, docente, administrativo y obrero—, que de forma gratuita los proveyó de una educación de primer nivel mundial. Les dejo esta reflexión.