Autoritarismo Líquido — Ensayo 21
Para entender lo que ocurrió con la salida de María Corina Machado de Venezuela, apenas unas horas antes de la entrega del Nobel de la Paz, debemos volver a la idea con la que cerré el ensayo anterior. Durante catorce meses, Machado había sido un ser multiplexado, una señal sin origen localizable, físicamente en ningún sitio y virtualmente en todas partes. Esa condición la protegió mientras se mantuvo oculta. El viaje a Oslo exigía, en cambio, lo único que la multiplexación no admite, que la señal se convirtiera en algo tangible o reconocible. El trayecto exigía estar en un lugar concreto, a una hora concreta, ya fuera en una carretera, una alcabala del Sebin o un bote en el mar. Había que tener, aunque fuera por unas horas, coordenadas sobre el mapa.
Quienes hemos trabajado en la protección de personas sabemos que el desplazamiento es el momento de mayor vulnerabilidad para cualquier protegido. Un lugar fijo puede fortificarse; un trayecto, no tanto. En movimiento, la rutina se rompe, las variables se multiplican y el protegido queda expuesto a todo aquello que no controla, ya sea el tráfico, el clima, una falla mecánica, el azar o la mirada de un desconocido. La historia lo demuestra, desde Sarajevo con el atentado del archiduque Francisco Fernando en 1919 hasta Dallas en el asesinato de JF Kennedy, 44 años más tarde, todo ha ocurrido en un recorrido entre dos puntos. La salida de Machado no implicaba uno, sino una cadena de tránsitos secuenciados, la carretera, el mar, una isla y el aire. Cada uno con sus propios riesgos y ninguno con margen para cometer errores.
El régimen, además, había preparado el terreno. El 21 de noviembre, el fiscal general designado por el chavismo, Tarek William Saab, declaró a la agencia AFP que, si Machado salía del país, sería considerada prófuga, por tener abiertas numerosas investigaciones penales por conspiración, incitación al odio y terrorismo. La advertencia estaba construida como una trampa múltiple. Si se quedaba escondida, el Nobel se entregaría ante una silla vacía y el régimen podría decir que su adversaria no se atrevía a mostrarse. Si intentaba salir y era capturada en el camino, obtendría la imagen que más deseaba, la de la laureada detenida en una alcabala. Si lograba salir, la presentaría como una fugitiva que abandonó a su gente. Todos los desenlaces parecían jugar a favor de quien había diseñado el tablero. El 9 de diciembre, el Instituto Nobel canceló la rueda de prensa que tradicionalmente ofrece el galardonado en la víspera de la ceremonia y admitió que no podía informar cuándo ni cómo llegaría Machado a Oslo. El mundo entero miraba hacia un punto vacío del mapa.
En el ensayo anterior describí el modelo clásico de protección, aquel que dispone de anillos concéntricos de muros, escoltas y perímetros alrededor de un individuo situado en el centro. Durante 2025, el chavismo aplicó ese mismo modelo, pero invertido. El país entero se convirtió en un perímetro, y sus anillos ya no estaban diseñados para proteger a alguien en su interior, sino para retenerlo. Alcabalas en las carreteras, controles migratorios en aeropuertos y puertos, listas de personas con prohibición de salida, el Sebin y la contrainteligencia militar vigilando cada punto de paso.
Quisiera, en este punto del relato, hacer un paréntesis que sirva de analogía para comprender las dimensiones de la fuga de Machado:
El 13 de agosto de 1961, Berlín amaneció partida en dos. En una sola noche, el régimen de la República Democrática Alemana tendió alambradas que en poco tiempo se convertirían en un anillo de hormigón de más de ciento cincuenta kilómetros alrededor de Berlín Occidental, la última puerta que les quedaba abierta a los alemanes del Este para escapar. Sus constructores lo bautizaron oficialmente como Muro de Protección Antifascista, pero nunca protegió a nadie de nada que viniera de afuera. Sus torres de vigilancia, sus perros, sus reflectores y su franja de la muerte miraban hacia adentro. Es la lógica de todo totalitarismo. El muro no se levantó para impedir que alguien entrara, sino para que nadie pudiera salir. Al menos ciento cuarenta personas murieron al intentar cruzarlo. Berlín no era una ciudad protegida, era una ciudad convertida en cárcel.
En 2024, Caracas también tuvo su muro, aunque nunca fue de cemento ni de bloques. No tenía un trazado fijo ni torres visibles y no aparecía en ningún mapa. Era un muro completamente líquido, construido a partir del terror y de lo que el psiquiatra holandés Joost Meerloo llamó «menticidio». Meerloo había sobrevivido a la ocupación nazi y estudió luego los métodos de adoctrinamiento aplicados a prisioneros de guerra. En The Rape of the Mind, de 1956, describió el menticidio como la destrucción sistemática de la capacidad de pensar por cuenta propia mediante el miedo, el aislamiento, la repetición y el agotamiento, hasta que la víctima termina vigilándose a sí misma. Después del 28 de julio, el chavismo levantó ese muro casa por casa. Detuvo a más de dos mil personas según sus propias cifras, convirtió la «Operación Tun Tun» en una amenaza anunciada en televisión, invitó a delatar a los vecinos y revisó, en las alcabalas dispersas por toda la ciudad, los teléfonos de personas comunes en busca de un mensaje comprometedor. Cada conversación borrada antes de salir de casa era un bloque más de ese muro que cada venezolano terminaba cargando dentro de sí. El de Berlín podía verse, medirse y, finalmente, derribarse a martillazos en una noche de noviembre de 1989. Un muro líquido no cae con martillos. Solo se viene abajo cuando se disuelve el miedo que lo sostiene. Machado, que llevaba catorce meses convirtiendo el miedo en consciencia del riesgo, aquel día abrió una brecha tan significativa en el cerco que ya no podría cerrarse en las pocas semanas que restaban hasta el 3 de enero.
El régimen, a estas alturas, sufría un severo desgaste de sus estructuras. Habían perdido la destreza de sus tiempos líquidos y estaban obsesionados con capturar a un cuerpo con un rostro conocido. El día de la fuga falló varias veces. No hay prueba alguna de que lo hiciera por complicidad de los cuerpos de represión, y el propio equipo que realizó la extracción negó cualquier cooperación con las autoridades venezolanas o con la Fuerza Armada. Falló porque un anillo de control busca una cara, y Machado hacía tiempo que había aprendido a no tener ninguna.
La literatura conoce esta escena desde hace casi tres mil años. En la Odisea, Ulises queda atrapado con sus hombres en la cueva del cíclope Polifemo, un gigante con un solo ojo que lo vigila todo desde la entrada. Cuando el cíclope le pregunta su nombre, Ulises responde que se llama Nadie. Más tarde, ya ciego, Polifemo pide ayuda a gritos a los otros cíclopes, diciendo que nadie lo ataca, y ninguno acude. Ulises escapa de la cueva escondido bajo el vientre de los carneros, confundido con el rebaño que el gigante dejaba salir cada mañana. En el ensayo 19 describí al régimen como un poder atrapado en su propio panóptico. El cíclope es su versión mitológica, una mirada única, centralizada, que lo ve todo, excepto aquello que se confunde con lo ordinario. Machado hizo su ruta de salida de la misma manera, bajo el vientre de lo cotidiano. En el mundo líquido, el disfraz más eficaz no consiste en parecerse a otra persona, sino en parecerse a cualquiera.
Según los relatos posteriores, la operación fue bautizada como Golden Dynamite, en alusión a Alfred Nobel y al invento que financió su premio. No se conoce con precisión cuántas personas participaron ni qué tipo de escenarios se contemplaron. Lo que sí resultó evidente fue la operación de engaño que deliberadamente sembró versiones falsas. Machado ya estaba en Europa. Machado se dirigía a Colombia. Machado abordaría un vuelo estadounidense. Cada rumor era una señal sin cuerpo, lanzada a través del mismo canal que el aparato represivo vigilaba con mayor atención. Fue la multiplexación llevada a su última consecuencia; muchas señales simultáneas y solo una de ellas con un ser humano detrás. Baudrillard habría reconocido la ironía. Un régimen que durante más de dos décadas gobernó desde sus simulacros terminaba sus días persiguiendo copias fantasmas, mientras el original pasaba, bajo el vientre de los corderos, frente a sus propios soldados.
El diseño de la operación merece una mirada más detenida. En el ensayo 12 distinguí entre las organizaciones jerárquicas, que dependen de un centro de mando, y las heterárquicas, en las que el poder se distribuye entre nodos que se coordinan sin una cabeza única. La extracción de Machado fue una red de este segundo tipo. En ella confluyeron voluntarios, empresas, donantes privados y varios equipos independientes de apoyo cuya identidad, con razón, sigue protegida, así como una coordinación tácita pero crucial con mandos militares de los Estados Unidos. Ninguno de esos nodos conocía el plan completo. La captura de cualquiera de ellos no habría revelado el conjunto. Era la lección aprendida a un alto costo tras la detención de cientos de personas durante más de un año. Con el paso de los años, el chavismo había perfeccionado la organización líquida al servicio del crimen. Aquel día se enfrentó a algo de la misma naturaleza, flexible, distribuida y compartimentada, pero con un propósito exactamente opuesto.
Luego vino el mar. Carl von Clausewitz escribió que en la guerra todo es muy simple, pero que lo más simple se vuelve difícil y definió como fricción a esa distancia entre el plan y la realidad. La fricción apareció desde el primer momento. El bote, un peñero de pescadores elegido precisamente por su aspecto modesto, sufrió una avería que retrasó la salida durante horas. El mal tiempo frenó la travesía y uno de los tripulantes sufrió un mareo severo. El GPS de la embarcación cayó al agua y el equipo de respaldo también falló. Sin navegación ni comunicaciones, el bote se desvió varias millas del punto de encuentro acordado y pasó más de cuatro horas a la deriva con olas de hasta tres metros, antes de que el equipo de operaciones lograra localizarlo. Cuando confirmaron que Machado estaba a salvo y a bordo de la lancha de rescate, era aún de madrugada en el Caribe.
Pero la fricción en un entorno líquido es un cuchillo de doble filo. La misma tormenta que empujó el bote fuera de su ruta hizo difícil su ubicación ante los intentos del régimen de detener un plan que desconocía. En el ensayo 16 describí el equilibrio del caos controlado como una de las reglas del poder líquido, la capacidad del régimen para administrar el desorden y beneficiarse de él. Esa noche, el caos no tenía dueño. Las mismas olas que pusieron en riesgo la vida de la laureada la hicieron invisible para quienes la buscaban. La incertidumbre, que el chavismo había convertido durante años en un instrumento de dominación, se volvió, por unas horas, aliada de su principal adversaria.
Había, además, otra ironía flotando en esas aguas. Desde septiembre, las fuerzas del Comando Sur desplegadas en el Caribe habían destruido más de una veintena de pequeñas embarcaciones acusadas de transportar drogas. Vista desde el aire, una lancha de madera cargada de cocaína y otra que transporta a una Premio Nobel son materialmente indistinguibles. Este detalle no podía obviarse, precisamente para que no se confundiera con un objetivo. Durante esos días hubo varias maniobras de drones y aeronaves militares que ingresaron al espacio aéreo venezolano y sirvieron de distracción para la misión. Durante años he descrito la zona gris venezolana como ese espacio en el que el Estado se desdibuja. Aquella noche, esa ambigüedad se extendió al mar. Para salir del país, la líder de la resistencia democrática tuvo que viajar por las mismas aguas que el crimen y el delito habían utilizado tantas veces.
El resto del trayecto tuvo otro ritmo. Machado llegó a Curazao el miércoles y permaneció en la isla solo unas horas. En un breve video, grabado como prueba de vida, dijo estar viva, a salvo y muy agradecida. Estaba emocionada y muy adolorida; dos días después descubriría que una vértebra de su columna se había fracturado, producto de los saltos de la embarcación al surcar las grandes olas. Justo antes del amanecer, un avión privado con matrícula mexicana la llevó de Willemstad a Bangor, en Maine, y de allí a Oslo, adonde aterrizó a las 11:57 PM del mismo miércoles 10 de diciembre, doce horas después de que su hija recibiera el premio en su nombre.
Los relatos publicados en los días siguientes no coinciden en todo. Difieren en los horarios, en el lugar exacto donde se produjo el encuentro y, sobre todo, en el alcance del papel de Washington. Machado, en su primera rueda de prensa en Oslo, reconoció que habían recibido apoyo del gobierno de Estados Unidos para llegar hasta allí. La Casa Blanca no respondió a las consultas. No pretendo resolver aquí esas contradicciones. En operaciones de esta naturaleza, las versiones discordantes no siempre son un defecto del periodismo; con frecuencia son el residuo del propio diseño, los últimos señuelos que siguen circulando cuando la operación ya terminó. El relato completo se conocerá cuando pueda contarse sin poner en riesgo a nadie. No cabe duda de que esta entrega del Nobel de la Paz en 2025 quedará registrada para la historia. Durante esas horas estuve en Oslo y puedo afirmar que el ambiente que se respiraba en la ciudad era muy especial. Cientos de venezolanos caminando por las calles, sonriendo y llorando de emoción. Por unas horas, y a pesar de la temperatura bajo cero, todo se sentía cálido y cercano. Quizás un foresight de la Venezuela del reencuentro. Recuerdo que una de las mujeres de la policía noruega que María Corina tenía como escolta me preguntó con cierto aire de extrañeza: “¿Por qué, si se consiguen a la misma persona dos o tres veces al día, se vuelven a abrazar y a besar? ”….sólo se me ocurrió responderle: ¡All Venezuelans in Oslo are family!
En Oslo, cuando a Machado le preguntaron por su regreso, no dudó. Admitió que el riesgo de volver quizás era mayor, pero que siempre valdría la pena y añadió que regresaría a Venezuela sin ninguna duda. En el ensayo anterior escribí que se había escondido para poder quedarse. Ahora se había ido para poder volver. El régimen, sin embargo, ya tenía preparada la palabra con la que pretendía definirla. Prófuga.
Para Bauman, el poder de la modernidad líquida es, por naturaleza, fugitivo. Su fuerza reside en no estar nunca donde se le busca, en escapar de toda responsabilidad y en descargar sobre otros el costo de sus decisiones. Durante veinte años, el chavismo fue el gran prófugo de Venezuela. Huyó de las actas, de los tribunales independientes, de los informes de derechos humanos, de las preguntas de los periodistas y de cualquier forma de rendición de cuentas. Llamar prófuga a Machado no era solo una acusación judicial, era una proyección nítida. La fuga del poder líquido es un abandono sin retorno. La de Machado fue una salida que solo tenía sentido como retorno.
Lo que quedó al descubierto para el régimen aquella semana de diciembre fue algo más grave que la salida de una adversaria. Un aparato de seguridad construido durante dos décadas para controlar, vigilar e intimidar demostró que no era capaz de ver lo que pasaba frente a sus propios ojos. Los anillos eran sólidos. Lo que pasó a través de ellos era líquido. Y un sistema de control que no puede detener a una mujer con peluca por tierra, mar y aire no es un sistema de control, sino un simulacro más. Un simulacro de aquellos con los que el chavismo había gobernado por años.
Menos de cuatro semanas después, ese mismo aparato volvería a quedar ciego. Ya no frente a una mujer disfrazada navegando en un peñero, sino ante decenas de aeronaves que, en la madrugada del 3 de enero de 2026, cruzaron el espacio aéreo venezolano sin que sus defensas lograran detenerlas rumbo a Fuerte Tiuna, el corazón militar del régimen. De esa noche, en la que el poder que se creía inasible descubrió que también podía ser alcanzado, hablaré en el próximo ensayo.