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Palma, Haussmann, Monaldi y Figueredo: Cuatro tocando la campana

BELL
Tiempo de lectura: 3 min.

Voy a intentar poner en palabras lo que cuatro expertos dijeron hoy, aunque ellos hablan en planos y ecuaciones y yo prefiero traducirlo a imágenes que cualquiera pueda reconocer. Y lo digo desde ya: creo que los cuatro tienen razón en sus diagnósticos. Pero hay algo que percibí en todos —en Figueredo, Palma, Hausmann y Monaldi— que va más allá de los números y las advertencias.

Ninguno está cantando un réquiem. Lo que hacen es otra cosa: tocar la campana, encender alarmas para que no sigamos caminando dormidos, recordarnos que sus alertas no son críticas fáciles, de esas que cualquiera con dos dedos de frente puede repetir como loro. Son llamados a la reflexión, señales de lo que no se está haciendo y urge hacer. Son cuatro venezolanos que realmente quieren a Venezuela. Y eso hace toda la diferencia. El foro de Analitica.com arrancó con Emilio Figueredo abriendo ventanas. No para que entre brisa, sino para que entre realidad. Su manera de preguntar es como mover muebles viejos: hace ruido, levanta polvo, pero deja ver el piso. Él no busca que la gente asienta; busca que piense.

Pedro Palma habló y uno sintió -al menos yo sentí – que el país vibraba como un puente con demasiados camiones encima. Sus datos no eran cifras: eran placas tectónicas moviéndose. Describió una economía que se encoge como franela desteñida, un dólar que sube como globo sin hilo y un Estado que intenta tapar goteras con servilletas. Lo que dijo, en esencia, es que vivimos en modo remiendo, parchando una tela que ya no aguanta más puntadas. Pero Palma deja ventanas abiertas a la recuperación posible. Es como un médico que te dice que lo que tienes es malo, pero hay tratamiento, difícil, doloroso, costoso, pero que te puedes salvar. Ricardo Hausmann tomó la palabra y puso un espejo frente a la casa nacional. No para juzgarla, sino para mostrar que las paredes están torcidas, que las vigas crujen y que el techo se sostiene por costumbre.

Para Ricardo, Venezuela no está detenida: está pataleando en un pantano. Las ruedas giran, pero el barro institucional no deja avanzar. Y mientras no se reconstruya el terreno, cualquier plan económico es un dibujo sobre agua. Libertad y prosperidad son un dúo. Inseparable.

Francisco Monaldi, que me pone más nerviosa, se sumerge en el asunto petrolero, ese animal viejo que todavía respira pero ya no ruge. Explicó que el repunte reciente no es obra de PDVSA sino de quienes aún tienen herramientas afiladas. Y advirtió que, si se cierran esas puertas, volveremos a vender crudo como quien vende gallinas en carretera: rápido, barato y sin garantías. Un país que alguna vez fue petrolero hoy vive del eco de lo que fue. La ley nueva es un río de incertidumbre. Y nos pone en el camino de los “depende”.

Y sin embargo —y aquí está lo que intento señalar— ninguno habló desde la tristeza ni desde el derrotismo. No estaban tocando violines en cubierta. Lo que hicieron fue marcar el rumbo que no se está tomando, señalar los huecos del casco antes de que entre más agua. Sus voces no son canciones de duelo: son campanas de alerta. Me quedo con otra estampa de mar: Venezuela es un casco que aún se mantiene a flote, pero con la panza picada por filtraciones viejas. No se va a pique por fatalidad ni por enfermedad incurable; se va a pique cuando nadie baja al astillero. Y este barco no se endereza con discursos desde la cubierta, sino con manos que sepan dónde golpear la chapa para que vuelva a sostener su propio peso. Me parece leer, entre lo que dijeron los cuatro, que esta transitoriedad —esta situación tan enredada y movediza— no puede sostenerse solo con mapas, ni con declaraciones comprimidas en posts, ni con agendas que se reescriben cada semana. También necesita un calendario que marque el pulso y ponga fecha a lo que debe ocurrir, porque sin tiempo asignado todo queda en intención y nada en acción.

El foro está allí, montado en Analítica.com. Búsquenlo. Vale la pena. Porque, contra lo que alguno podría suponer desde el cansancio o el cinismo, escucharlos confirma algo esencial: hay gente inteligente, capaz y competente pensando al país con rigor. Y no sólo eso. Lo hacen con una ética sin gritos, que sostiene. 

Soledadmorillobelloso@gmail.com