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Principios de la integridad cristiana. Una fe que no se divide: La verdad

Verdad
Tiempo de lectura: 5 min.

Cada principio es un pilar que sostiene la fe

Hoy con mucho entusiasmo y con el firme propósito de continuar este hermoso camino de profundizar en nuestra fe comenzamos una nueva serie titulada: Principios de la integridad cristiana. Reconociendo como principio un pilar que sostiene, una verdad rectora, una norma que orienta y una convicción fundamental desde las cuales se organiza la estructura de nuestra fe. Los principios son como los cimientos de una estructura física; no se ven, sin embargo toda la estructura que se levanta depende de su solidez. Así, la vida cristiana está fundamentada en los principios revelados a través de la Palabra de Dios. De este modo, los principios cristianos no son arbitrarios, no surgen del intelecto humano sino de la revelación bíblica. No son solo teorías, son verdades que se encarnan en la vida de una manera concreta mediante la comunión con Dios y el amor al prójimo. Además, no son fragmentarios; es decir, no actúan en una área específica de la vida solamente; por el contrario, tienen la capacidad de ordenar y unificar la vida entera.

La verdad: el inicio de una fe íntegra

Cuando tenemos un encuentro cara a cara con Cristo, cuando conscientemente decidimos que queremos seguir sus pisadas y comenzamos a profundizar en nuestra fe, entonces llegamos al entendimiento de que la vida de fe no puede convivir con la duplicidad. Pues, no se trata de participar externamente de una práctica religiosa, o de conocer intelectualmente los fundamentos de nuestra fe. En el cristianismo todo se trata siempre del corazón, porque lo que hace nido en el corazón determina la conducta. De tal forma que la integridad cristiana comienza en el momento en el que la verdad deja ser un concepto para convertirse en nuestra forma de existencia.

Cristo es el camino, la verdad y la vida

Esta declaración de nuestro Señor se dio en un contexto que nos narra el evangelista Juan (14) en en el cual Jesús estaba hablando con sus discípulos sobre el hecho de no permitir que sus corazones se turbaran debido a su partida, pues a donde Él iba también habría lugar para ellos… Entonces, Tomás le dice: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Y Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Juan 14:5-6. Ante estas palabras comprendemos que la verdad para los cristianos es el Maestro, nuestro Señor Jesucristo. No se trata de un concepto, se trata de una persona de la Trinidad de Dios revelada a la humanidad a través de su existencia en esta Tierra. Por esta razón, al hablar de verdad, hablamos de la persona encarnada del hijo de Dios, hablamos del carácter de Cristo, de sus enseñanzas y su obra redentora. Por eso, toda forma de falsedad, por pequeña que parezca, es incompatible con Dios. Por lo tanto, vivir en verdad es, en esencia, vivir alineados a los principios de Dios; permitir que su luz atraviese cada espacio de nuestra alma.

El apóstol Pablo nos invita a desechar la mentira

En su carta a los Efesios el apóstol Pablo hace una hermosa y profunda disertación sobre la manera como debemos andar los cristianos, invitándonos a despojarnos del “viejo hombre” que se encuentra viciado por los deseos engañosos de la carne y a vestirnos del “nuevo hombre” que se alcanza renovando la mente en la santidad de la verdad. Seguidamente añade:“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.” Efesios 4:25. Pablo escribe como quien se despoja de una vestidura desgastada, sucia, incompatible con la naturaleza de la fe. La mentira, en todas sus formas: exageración, apariencia, invento, distorsión y omisión pertenecen al ser humano que no ha sido iluminado a través de ese encuentro íntimo con Cristo. En cambio, la verdad es el lenguaje del ser humano que ha sido renovado por Cristo. A. W. Tozer una vez dijo: “Lo que viene a nuestra mente cuando pensamos en Dios es lo más importante de nosotros”.

Coherencia entre los principios de la fe y el estilo de vida

Indudablemente la verdad no se limita a las palabras que pronuncia nuestra boca; la verdad es coherencia y cohesión entre lo que se cree y la manera cómo vivimos esa creencia. Practicar la verdad, como un estilo de vida, implica la renuncia a la manipulación para proteger la imagen, evitar consecuencias directas del proceder y ganar aprobación de otros. Implica vivir sin máscaras, sin fragmentaciones internas; porque una fe que se divide entre lo que se es y lo que se aparenta ser, inevitablemente se debilita. El apóstol expresa en este versículo (25) de su carta un argumento relacional de gran peso: “porque somos miembros los unos de los otros”. La mentira no es un acto aislado, tiene repercusiones en aquellos que nos rodean. La mentira fractura la comunión con nuestro próximo; esos que Dios ha puesto en nuestra cercanía. La mentira introduce fracturas en el matrimonio, en el hogar, entre padres e hijos, entre hermanos; entre los compañeros de trabajo, de equipo y en la iglesia. En el fondo de cada ser humano esta escrita la verdad con tinta indeleble, lo que pasa es que vamos apagando la luz de Dios con la práctica de la mentira. Como dijo San Agustín: “La verdad habita en el interior del hombre”. Con seguridad, la verdad edifica, fortalece y crea confianza. Es un acto de integridad personal. Un verdadero acto de amor.

Una forma de resistencia espiritual

En la actualidad, vivimos en una sociedad en la cual se ha normalizado la distorsión, la manipulación y la apariencia como herramientas de comunicación, como estrategias políticas y de mercadeo. Es absolutamente agotador como se exhiben supuestas verdades que van de un extremo al otro sin ningún fundamento. Algunas redes sociales exhiben, sin vergüenza, pura ignorancia. Lo más lamentable es que muchos, como corderitos mansos, creen como si se tratara de la biblioteca de Alejandría, como si estas personas inescrupulosas mostraran evidencias claras y contundentes. Sencillamente, no se puede pretender aprender las enseñanzas de Jesús de esta manera. No se pueden aprender principios que sustenten nuestra fe alejados de Cristo, la verdad. De tal manera que nuestra primera fuente son las Sagradas Escrituras, la comunión con Dios a través de una vida de oración y la iglesia. La fe íntegra comienza con la verdad. La verdad en tu boca, la verdad en tu proceder, la verdad como tu inspiración y el fundamento de tu vida es una forma de resistencia espiritual. La verdad no es perfección, es transparencia delante de Dios. Allí en ese lugar de comunión, sin artificios, comienza una vida que no se divide.

“Padre, santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” Juan 17:17.

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