TRAZANDO RUMBOS
La semana pasada comenzamos el desarrollo de un tema que es de la mayor relevancia para los venezolanos en general y, en particular, para los habitantes del centro del país.
Eso es así, sin lugar a duda alguna. Esta y otras entregas lo atestiguarán.
El Lago de Valencia o de Tacarigua, como prefieren llamarlo algunos, es un espectacular espejo de agua dulce, en sus orígenes de agua potable, de unos 30 quilómetros de largo por 20 de ancho y una profundidad promedio de 20 metros; hubo una época en que su máxima profundidad alcanzaba 47 metros; estaba alimentado por 22 ríos y cuando alcanzaba la cota de 427m.s.n.m; (así fue hasta 1728, desde ese entonces comenzó a perder agua hasta que en 1980 alcanzó la cota de 401 m.s.n.m,) comenzaba a drenar hacia el oeste, sus aguas las recibía el río Pao y al final desembocaba en el río padre: el formidable Orinoco.
Hagamos un alto e imaginemos la superficie que ocupaba ese auténtico mar de agua, repetimos, de agua potable, si hoy con una cota de 415 m.s.n.m ha inundado grandes extensiones: por el norte ha sobrepasado los cien metros más allá de las enormes torres del futuro tren Maracay - Puerto Cabello; por el sur ya invadió la carretera Valencia - Güigüe; lo mismo se observa por el oeste y el este; precisamente por aquí, al este, hace tiempo quedó bajo las aguas la comunidad La Vaquera, lugar donde residían unas 420 familias, donde como triste añoranza asoman sobre las aguas las partes altas de los postes y pilares que ayer prestaron alguna función.
Es pertinente expresar que esa cota de 415m.s.n.m. no se alcanzó por razones naturales, no; ello es una fatídica consecuencia de una decisión de extrema irresponsabilidad de funcionarios inconscientes e incapaces, por cuánto se conocía que si se sobrepasaba la cota de 408m.s.n.m, cota crítica, ocasionaría consecuencias catastróficas: así ha sucedido.
Quizá los responsables de esa crueldad hoy estén por el mundo dándose la gran vida. Así es mi patria: los funcionarios pueden cometer delitos de lesa humanidad y al final la impunidad los arropa.