Cuando apenas quedan dos décadas para que se cumplan los dos siglos de uno de los libros más vendidos en la historia, el Manifiesto comunista, muchos de sus contenidos están más vigentes en el inicio de la era de la inteligencia artificial que entonces, cuando arrancaba la época de la burguesía. “Un continuo trastorno en la producción”, escriben Marx y Engels, “una conmoción ininterrumpida de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constante”. Y prosiguen: “Las relaciones inmóviles y enmohecidas del pasado, con su séquito de ideas y creencias veneradas durante siglos, se derrumban y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente se esfuma…”.
En aquel año en que apareció el Manifiesto, 1848, la mayor parte de Europa se veía convulsionada por un movimiento para destruir el viejo orden e instaurar uno nuevo, más democrático. A corto plazo, las revoluciones de entonces fracasaron, pero en los años siguientes muchas de las ideas de aquellas fueron adaptadas en un país tras otro. Como casi siempre ocurre, estas presiones modernizadoras causaron una respuesta conservadora que se oponía a la disrupción, y cuyo objetivo era preservar el orden existente. A la vista de ello, se puede dar un salto dialéctico y escribir que la crisis del liberalismo, que se padece en nuestro tiempo, no ha surgido de la nada sino como resultado de sociedades que se transforman rápidamente y de líderes que capitalizan el miedo a este cambio. Como en 1848.
Fareed Zakaria es un muy influyente periodista que habla en la CNN y escribe en The Washington Post, y que acaba de publicar un nuevo libro (La era de las revoluciones, Debate). En él promueve una interesante pero discutida tesis: el siglo XXI está siendo testigo del desvanecimiento de las tradicionales divisiones entre izquierda y derecha (la izquierda, más Estado, con más regulaciones y centrándose en la redistribución de la renta y la riqueza; la derecha, mercados más libres, con menos intervención pública). En su lugar, la gran división está mutando entre “lo abierto” y “lo cerrado”. A un lado los que celebran los mercados, el comercio, la inmigración como libre movimiento de personas, la diversidad y la tecnología libre; al otro, los que ven a esas fuerzas con mucho recelo e intentan ponerles coto o clausurarlas. Todo se desordena.
Por ejemplo, Trump. Imposible considerarlo hombre de izquierdas, ha dicho a los americanos que los chinos les quitan las fábricas, los mexicanos les quitan el trabajo, los musulmanes intentan someterlos. Él los derribará a todos y hará que América sea grande otra vez. Un mensaje mezcla de nacionalismo, chovinismo, proteccionismo, aislacionismo, etcétera, imposible de comparar con el de Ronald Reagan y otros presidentes americanos neocon. Según Zakaria, esta época es revolucionaria en el sentido más común del término, pues se mire como se mire se coligen cambios drásticos y radicales. En al menos tres territorios: política internacional (fin de la pax americana, China en ascenso y una Rusia vengativa), política nacional (en el interior de los países se asiste a una ruptura a medida que ganan terreno los movimientos que trascienden la tradicional brecha entre izquierda y derecha), y políticas económicas (fin del Consenso de Washington que surgió tras la caída del comunismo, en torno al libre mercado y al libre comercio).
Todo ello genera una profunda incertidumbre sobre cómo las sociedades deben navegar por tales aguas procelosas. Y en el trasfondo, el florecimiento de la revolución digital y de la inteligencia artificial.
Hace poco más de tres décadas se hablaba de “vacaciones de la historia”. En plena euforia por el fin de la Guerra Fría, en 1990, el presidente estadounidense Bush padre afirmaba en un discurso: “Nace un nuevo orden mundial, más libre de la amenaza del terror, más fuerte en la búsqueda de la justicia y más seguro en la búsqueda de la paz (…) Una era en que las naciones del mundo pueden prosperar y vivir en armonía”.
Difícil encontrar un tono vital más diferente del que ahora sobrevivimos.