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Todos somos responsables, según Machado

Alegría
Tiempo de lectura: 9 min.

La precisa declaración de María Corina Machado a su salida del Departamento de Estado norteamericano: “Se acerca el día en que reuniremos a nuestras familias en Venezuela”, es, por lo visto, el eje vertebrador de su empatía con el alma de esa nación suya y nuestra que ha sido víctima del mal absoluto y de un daño en vías de ser reparado. 

Aún hoy, las élites políticas y empresariales que conviven con el régimen proconsular imperante en el país prefieren conjugar en términos petroleros y mineros. Nada más. Olvidan que, así como el conjunto de los venezolanos hemos experimentado la fractura de casi 30% de la población que ayer nos integrara, que nos ha dado identidad y sentido de vida bajo nuestro “mestizaje cósmico”, Alemania – sirva el ejemplo – sufrió la separación de sus familias, amigos y ciudadanos durante 28 años. Su reunificación fue clave para reintegrarse luego en el plano de lo económico, para la modernización de su infraestructura, la adaptación política y social bajo un mismo sistema y la reconciliación entre dos poblaciones que habían vivido bajo regímenes opuestos. 

Los venezolanos de afuera y los de adentro hemos transitado realidades muy distintas durante las décadas precedentes. Resolver al respecto fue complejo para los alemanes. Su realidad, como la nuestra, no era miel sobre hojuelas. Requirió de disciplina, esfuerzo sostenido, espíritu de tolerancia y vocación de servicio, como nos lo demanda Machado.

He repetido que Venezuela no tendrá república sin nación; a menos que a una y otra se las vea como piezas de utilería en el teatro de la mentira. Tanto que, la reunificación de la familia venezolana, propósito al que vino atado el endoso universal a Machado de la confianza de todo el país – dejándose atrás los arrestos de populismo dominantes y la explotación de esperanzas propia al oficio de los políticos vernáculos – es hoy la clave de nuestra resiliencia colectiva y la llave del firme poder de convocatoria que acompaña a la premio Nobel de la Paz. La “vuelta a la patria” sigue siendo la tarea agonal pendiente. Es la responsabilidad de todos.

La manida Ley de Amnistía en nada resuelve. El conjunto millonario de venezolanos que se desplaza por todo el orbe la entiende como un negocio ajeno y transaccional entre el régimen y “sus élites; como para que no regresen a la patria quienes amenacen la cohabitación política corriente, formada por aquellos desde antes de la purga de Nicolás Maduro y Cilia Flores por Estados Unidos. 

A los millones de viandantes venezolanos nada les dice esa ley de perdones recíprocos. Son extraños a la misma. La realidad del ostracismo social es lo que sostiene en su fuerza y vigencia el empeño de María Corina y la urgencia que le pone a la cuestión institucional; a la de la transición hacia un ambiente de democratización cierta y estable, confiable y propicio al regreso del mayor número de venezolanos al país, y no sólo de sus actores políticos.

Abierta la puerta de Brandemburgo, sin alcabalas leguleyas o de jueces corrompidos como en Venezuela, una cifra de 2.000 alemanes orientales llegaba cada día al territorio de Alemania Occidental. La Alemania oriental padeció bajo el despotismo criminal de Erich Honecker, entre 1976 y 1989. La caída del muro le agarró de sorpresa –como a Maduro y Cilia– al no entender y contender a la Perestroika de Mijaíl Gorbachov. Asesinó a 192 de sus compatriotas por haber osado cruzar su muro de la infamia. Le juzgó la Alemania reunificada y lo condenó. Le liberó tras el cáncer terminal que se lo engullera, recibiéndolo Chile por razones humanitarias. Allí fallece un año después, en 1994.

El 90% de los venezolanos, incluso en nuestra dispersión o diáspora –hacia afuera y hacia adentro– anhela de modo existencial el rehacer a la nación. Es lo que espera y ha asumido como desafío desde las primarias de 2023 y con motivo de las elecciones presidenciales de 2024. El programa político o la oferta programática de entonces, se resumía a eso y en pocas líneas: Rescatar la libertad, bajo un clima de garantías que permita el reencuentro de los venezolanos, entre las familias y los amigos con los que se pueda restablecer el tejido social perdido, sin mengua de las pluralidades. 

Alcanzar otro derrotero, que saque a Venezuela de los círculos infernales que la han atrapado desde hace 26 años, habrá de ser el propósito de la nación reconstituida, que no se reduce a la república de los políticos y de sus élites, amamantados y sobrevivientes con la generosidad de los odios. Allí están y se sostienen el círculo de la violencia – el círculo VII del Dante – y el de los estafadores e hipócritas – el círculo VIII o malebolge o de las fosas de la maldad – como el dominante círculo IX o el de la traición; el de la «saña cainita» como la titulaba el expresidente venezolano Rómulo Betancourt (1908-1981).

El drama de “Caina” y “Antenora”

Antes de que Venezuela conociese la guerra fratricida de la Independencia, cuando pierde 30% de su población y antes de que nuestro Padre Libertador nos arrebatase la libertad, desde Cartagena de Indias (1812), la nación en cierne se mostraba como conjunto, en 1810 y en 1811. 

En su ánimo no bullía la traición como hábito – como lo hizo Antenor de Troya – sino el deseo de reivindicar su soberanía, el ser depositaria del poder legítimo, a cuyo efecto el monarca de Cádiz (1812) o el del gobierno naciente en Caracas habría de ejercer su poder dentro de límites constitucionales precisos.

Desde entonces, caída la Primera república y sujetada la nación, encarcelada por el gendarme de turno, uno y otro justificaba sus tropelías en la maldad de quien le precedió. Uno tras otro se traicionaba, viniendo todos de la misma hornada, la de la fundación de la república o la de la guerra, diciéndose amigos y camaradas. Los ejemplos huelgan en el ayer y en el presente. 

Cristobal González de Soto en su Noticia Histórica de la República de Venezuela (1873), narra que “Bolivar traicionó a los españoles; que a Bolívar lo derribó y traicionó José Antonio Páez; a Páez lo traicionó y tumbó José Tadeo Monagas; a este lo traicionó y echo abajo su teniente y hechura Julián Castro; a Castro lo amarró y prendió el partido de Manuel Felipe de Tovar, por traidor a la causa del orden; a Tovar lo derrocó Páez por inepto, para hacerse dictador; a Páez lo aplastaron los federales acaudillados por Juan Crisóstomo Falcón, titulados por los paecistas vándalos, asesinos, ladrones, incendiarios y malvados; pero estos en despique titulan a los otros de godos, tiranos asesinos y perversos. 

A Falcón lo echaron a rodar con estrépito los Monagas y el partido azul compuesto de godos y liberales; y a estos los traicionaron y vendieron sus mismos defensores, para entregarlos al partido amarillo federal que acaudilla Antonio Guzmán Blanco, que solo se ocupa en exterminar a los godos y azules, repartir sus bienes, asolar los campos, entrar a saco en los pueblos y barrer el ripio de la exigua propiedad que quedaba”. Sería esta, en suma, la genealogía de nuestro siglo XIX, previa a la traición, a inicios del siglo XX, entre los «compadres». 

Juan Vicente Gómez se cargó al enfermo Cipriano Castro. Lo dejó fuera del país. Nada que agregar a la traición de Rómulo Betancourt al mayor Marcos Pérez Jiménez, con el que acuerda el golpe del 18 de octubre de 1945, al golpe que le asesta luego el comandante Carlos Delgado Chalbaud a su protector, don Rómulo Gallegos. Entretanto aquel fue víctima de un magnicidio –se decía– hechura del ahora coronel Pérez Jiménez y ejecutado por Domingo Urbina, Carlos Mijares y Pedro Antonio Díaz en 1950. La puntada contra Pérez Jiménez, ya general, se la da su compadre, el general Rómulo Fernández; pero asume la transición Wolfgang Larrazábal, que acompaña a Gallegos y a Delgado Chalbaud como comandante de las Fuerzas Navales.

He allí, pues, el sentido y la razón del histórico mensaje, aleccionador y consecuencia del aprendizaje, de Betancourt al hacer su radiografía del Pacto de Punto fijo y del empeño que lo suma a Rafael Caldera y Jóvito Villaba, tras el 23 de enero de 1958. Al culminar su mandato, ante el Congreso y trasferir la banda presidencial a su sucesor, Raúl Leoni, hace el juicio lapidario sobre Venezuela. Y subraya lo esencial, a saber, la ausencia permanente de la nación, siempre preterida, durante esa trágica deriva de los repúblicos en yunta con sus cortesanos.

“La Tercera República de 1830 se erigió en un país con mucha tierra y poca gente”, arguye Rómulo. Observa que “muertos Bolívar, Sucre, Urdaneta y otras figuras señeras del procerato militar, la mayoría de sus compañeros de armas se revelaron inferiores a sus glorias. Dividieron al país en feudos parroquiales y lo ensangrentaron en contiendas intestinas, sin motivación distinta a la del apetito de poder personal y absoluto”. Y constata –así lo cuento el 5 de septiembre de 2020, en columna para El Nacional– cómo nuestro “pueblo, que de la Independencia no había derivado beneficios sociales y continuaba dentro de la República viviendo bajo la coyunda de la esclavitud económica y hasta legal, se iba presuroso detrás de quien le leyera una proclama demagógica y convocara para la aventura armada”.

De modo que, sobre todo de cara a quienes aún se afanan por mantener fragmentado al país e impedir que los venezolanos de afuera y de adentro se reencuentren como en un Atrio de Gentiles, vale la enseñanza seminal: “El «yo acabaré con los godos hasta como núcleo social», de la conocida frase del autócrata que se exhibía con externo atuendo liberal, es expresión que tipifica esa saña cainita que ha dado fisonomía a las pugnas interpartidarias en Venezuela. La coalición ha significado y significa la eliminación de ese canibalismo tradicional en nuestro país en las luchas entre los partidos, realizadas en los limitados interludios democráticos, paréntesis fugaces entre largas etapas en las que se impuso sobre la nación el imperio autoritario de dictadores y de déspotas”, finaliza el presidente Betancourt.

Sin nación, insisto, no habrá república, menos una de factura democrática y libertaria. Es un hecho palmario que a los venezolanos de afuera – denostados por los oficiantes de la política bajo la férula actual de los Rodríguez; cuya saña no cesa y siguen vengándose de todos, mientras todos entierran a sus víctimas o luchan para liberar a sus encarcelados – nos fue necesario conjurar los mitos de la historia patria, a fin de sobrevivir en parajes distantes. 

Me refiero al mito de El Dorado o el del heredero que reposa y reclama, o el del César o Gendarme Necesario, el mesías a caballo que tutela, o el de Sísifo, que se resume en Eudomar Santos: ¡como vaya viniendo, vamos viendo! Mas si alguno osa decir, acaso, que eso dificultará nuestro reencuentro como nación entre los nómadas y los sedentarios, cabe recordarle que, a los venezolanos de adentro, a nuestros familiares y afectos más próximos, la satrapía aún reinante les pisoteó sus dignidades. Enhorabuena no alcanzó a hollarles la esperanza, que sostiene contra toda desesperanza, la del reencuentro con los afectos distantes. 

Lo aprendido en tierras lejanas por los venezolanos será un insumo valioso para la nación al reconstituirse, y para la renovación y el fortalecimiento de esa patria cuyos malos hijos, los menos, buscaron dividir y pulverizar. Será tanto como repetir el fenómeno de las migraciones canarias y europeas que nos mestizaran desde la aurora, las que nos dieron talante al forjarnos un espíritu universal sobre el originario, sin demolerlo, e hicieron patrimonio común, material e intercultural, junto a nosotros hasta 1999.

Se trata, lo ha dicho María Corina Machado, de “trabajar juntos en una transición ordenada y sostenible que permita a todos los que se fueron sentirse seguros en su país” otra vez, bajo la garantía de la libertad.

https://www.elnacional.com/2026/04/todos-somos-responsables-segun-machado/