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Democracia o dictadura tutelada

duda y lupa
Tiempo de lectura: 3 min.

Durante años, la pregunta más repetida en la política venezolana parecía sencilla: ¿qué ocurrirá cuando termine el régimen? La respuesta, en apariencia, también lo era: elecciones libres, instituciones restauradas y el regreso —casi natural— de la democracia. Pero la historia rara vez concede finales tan ordenados.

Las dictaduras, sobre todo las que han aprendido a sobrevivir durante décadas, no suelen desaparecer; mutan. Cambian de lenguaje, de estrategia y, si es necesario, incluso de rostro. Lo que nunca cambian voluntariamente es su relación con el poder. Venezuela parece haber entrado precisamente en esa fase: la del transformismo político.

El régimen que durante años fue denunciado como autoritario, narcotraficante y violador de derechos humanos comienza ahora a hablar de transición. Los mismos funcionarios que defendieron el cierre del espacio político descubren de repente las virtudes del pluralismo. Los arquitectos del sistema ofrecen ahora conducir su desmontaje. La escena tiene algo de ironía histórica. Es como si el incendio fuera administrado por los mismos que durante años vendieron gasolina.

La pregunta incómoda —la que casi nadie formula públicamente— es si Venezuela está realmente frente a una transición democrática o ante algo mucho más familiar en la historia latinoamericana: una democracia administrada desde arriba. Un cambio político cuidadosamente regulado. Un sistema donde se aceptan ciertas reformas, siempre que el núcleo del poder permanezca.

Los politólogos suelen llamar a estas fórmulas regímenes híbridos. Sistemas donde existen elecciones, partidos y discursos democráticos, pero donde el poder real sigue protegido por redes políticas, militares y económicas que sobreviven al cambio. No es un fenómeno nuevo.

México vivió algo parecido durante décadas bajo el PRI: elecciones periódicas que legitimaban un sistema donde el resultado rara vez escapaba al control del poder. Chile experimentó otra variante cuando la transición democrática tuvo que convivir durante años con enclaves institucionales heredados de la dictadura. Incluso Europa del Este conoció procesos en los que las antiguas élites comunistas lograron reciclarse dentro del nuevo sistema. Las transiciones, en otras palabras, no siempre significan ruptura. A veces significan reacomodo. Y ese parece ser el riesgo venezolano.

Porque el problema de Venezuela nunca fue solo un gobernante. Fue la construcción de un sistema de poder que durante más de dos décadas colonizó instituciones, debilitó contrapesos y convirtió al Estado en una maquinaria política. Ese tipo de estructuras no desaparecen con la salida de un líder. Simplemente buscan nuevas formas de sobrevivir. Por eso la palabra transición puede ser tan engañosa.

En teoría, describe el paso de un régimen autoritario hacia la democracia. En la práctica, muchas veces significa algo distinto: el arte político de cambiar lo suficiente para que el sistema continúe funcionando. Un maquillaje institucional. Una apertura cuidadosamente dosificada. Una democracia con supervisores.

El problema es que la democracia, en su sentido más elemental, implica algo muy simple y peligroso para quienes detentan el poder: la posibilidad real de perderlo.

Y ese sigue siendo el experimento que el sistema político venezolano todavía parece resistirse a realizar. Porque una cosa es permitir elecciones. Y otra muy distinta es aceptar sus consecuencias. De allí que la verdadera discusión venezolana ya no sea solamente si el régimen terminó, sino qué tipo de sistema está naciendo en su lugar. Una democracia auténtica exige instituciones independientes, justicia autónoma, alternancia política y un poder militar subordinado al orden constitucional.

Una democracia tutelada, en cambio, funciona bajo una lógica distinta: elecciones permitidas, sí, pero dentro de límites cuidadosamente definidos. Reformas graduales, siempre que no alteren el equilibrio real del poder. Apertura política, pero bajo vigilancia. La diferencia entre ambas no siempre es visible al principio. A veces solo se descubre con el tiempo.

Por ahora, Venezuela parece avanzar en una zona gris de la historia política: un terreno ambiguo donde conviven discursos de democratización, pactos entre élites, presiones internacionales y estructuras de poder que todavía no han decidido si están dispuestas a desaparecer.

La pregunta, en el fondo, es brutalmente sencilla. Si el país está caminando hacia una democracia. O si está presenciando algo mucho más sofisticado: una dictadura que ha aprendido a sobrevivir disfrazándose de transición tutelada.

https://runrunes.org/opinion/602171/democracia-tutelada-nixon-dominguez/