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La diáspora y el desafío de reconstruir Venezuela

Aeropuerto Maiquetia
Tiempo de lectura: 6 min.

Los resultados preliminares de un reciente estudio del Observatorio de la Diáspora Venezolana (ODV), basado en una encuesta a 1.204 venezolanos en el exterior, confirman una tendencia recurrente en crisis prolongadas: solo una reducida fracción de los millones de venezolanos que se vieron forzados a migrar retornaría al país en un futuro cercano.

Del total de migrantes que respondieron la encuesta -realizada un mes y medio después de la captura y extracción de Nicolás Maduro-, apenas el 11,4 % planea regresar en el corto plazo.

El estudio identifica dos dinámicas que ayudan a explicar esta tendencia: por un lado, un porcentaje significativo de encuestados (44,5 %) concibe el regreso solo como una "posibilidad futura", condicionada a que se produzcan profundas transformaciones estructurales en el país; por otro, un segmento relevante de encuestados (19,3 %) ha decidido permanecer fuera debido tanto a la persistencia de condiciones adversas en Venezuela como al arraigo y consolidación de sus proyectos de vida en los países de acogida.

El ODV concluye que la diáspora venezolana "evoluciona hacia patrones migratorios más estables, con arraigo progresivo en las sociedades de acogida". En otras palabras, la ventana del retorno se va cerrando.

Esta tendencia es especialmente crítica para el futuro del país. La literatura especializada encuentra que, en crisis estructurales y complejas como la venezolana, con una diáspora que, según el ODV, ya supera los 9 millones, el capital humano en el exterior se convierte en un recurso indispensable para la reconstrucción nacional. Sin su participación, cualquier proceso de recuperación económica, institucional y social enfrenta un techo difícil de superar.

Lamentablemente, este problema no parece tener relevancia dentro de la arquitectura de la transición tutelada que Washington ha impuesto en Venezuela. Al mantener a Delcy Rodríguez y a las estructuras del postmadurismo al frente de la fase de reconstrucción del país, la hoja de ruta de la Casa Blanca preserva uno de los principales desincentivos para el retorno de la diáspora: la desconfianza en las instituciones dirigidas por los mismos responsables del colapso de Venezuela.

La estrategia estadounidense no concibe a la diáspora venezolana como un actor estructural de la reconstrucción. Parte de la premisa de que la salida de Maduro, los esquemas de amnistía y la entrada de empresas estadounidenses -petróleo, infraestructura, servicios- generarán condiciones de inversión, empleo y estabilidad suficientes para activar un retorno "natural" de la diáspora. Los datos, sin embargo, cuentan otra historia.

Venezuela enfrenta así un desafío estratégico urgente: necesita de su diáspora para reconstruirse, pero una parte decidió no regresar y otra significativa no retornará hasta que existan condiciones que, paradójicamente, dependen en buena medida de su propio concurso. Mientras tanto, la arquitectura de transición vigente no solo omite este desafío crítico: lo agrava.

La fuga de talento y juventud como techo para la recuperación de Venezuela

Pocas veces se evalúa con precisión el enorme daño que la migración forzada le ha causado a Venezuela. Se habla del tamaño del éxodo -uno de los más grandes de la historia moderna- del desgarro familiar, y de las tensiones en los países de acogida. Pero suele pasarse por alto lo esencial: esa tragedia desarticuló de forma brutal la base humana sobre la que descansaba el futuro del país.

Los datos analizados por Ricardo Villasmil en su estudio "Medición del impacto de la migración en Venezuela" publicado por el BID en 2022, revelan que la migración venezolana no solo fue masiva, sino que además fue selectiva: tuvieron mayor propensión a emigrar los jóvenes y quienes contaban con más educación y mejores habilidades financieras.

El sesgo generacional del flujo migratorio es contundente: el 90 % de los migrantes tenía entre 15 y 49 años, y casi la mitad entre 15 y 29. Esa salida aceleró en el país un proceso de envejecimiento poblacional que ya venía en marcha y que ha dejado huellas visibles en zonas urbanas.

En paralelo, se produjo un deterioro de la fuerza laboral: la proporción de trabajadores en Venezuela con educación terciaria bajó del 17,9 % (2015) a 8,4 % (2021); mientras que el porcentaje de los que completaron secundaria bajó del 40,4 % al 38 %.

El estudio del BID destaca que la emigración de trabajadores calificados no solo redujo la fuerza laboral y deprimió la productividad potencial del país, sino que también privó a Venezuela de una fracción desproporcionada de su capital humano más calificado, precisamente en sectores estratégicos para la recuperación: educación, salud e hidrocarburos. El resultado es un techo estructural difícil de superar en cualquier proceso de reconstrucción.

De allí la advertencia de Villasmil: "El retorno del capital financiero y humano al país resulta crucial para lograr una recuperación sostenida postconflicto y que, en su defecto, la caída del producto puede hacerse persistente".

La diáspora: factor de éxito o lastre de los procesos de recuperación

La experiencia internacional muestra que, en casos como el venezolano, la diáspora puede ser un factor decisivo de la recuperación o, por el contrario, convertirse en un lastre estructural que limite y frustre los programas de recuperación. Todo depende de cómo el país de origen se relaciona con quienes emigraron.

El economista Ricardo Hausmann cita el caso de Serbia como uno de los más comparables al venezolano. Tras la guerra civil yugoslava, muchos serbios que habían migrado a Alemania no regresaron de forma permanente a su país de origen, pero mantuvieron con él vínculos económicos y profesionales que impulsaron un boom en sectores donde habían acumulado experiencia y conocimiento en el exterior. Para Hausmann, este ejemplo demuestra que no siempre se necesita un retorno masivo: basta con que la diáspora esté fuertemente conectada con las necesidades estratégicas del proyecto de reconstrucción nacional.

El contraejemplo lo ofrece Argelia. A diferencia de su vecino Marruecos -que cultivó vínculos con su diáspora y la convirtió en fuente de inversión, redes transnacionales y oportunidades de modernización- Argelia mantuvo durante décadas una relación distante, cuando no abiertamente desconfiada, con sus emigrados. Como consecuencia, perdió un capital humano y financiero que habría podido darle mayor velocidad y profundidad a un proceso de recuperación que terminó siendo lento, incompleto y muy poco diversificado.

Venezuela corre el riesgo de estabilizarse en la precariedad

Las lecciones de la experiencia comparada son claras: la diáspora es un activo fundamental para la recuperación de países con crisis prolongadas. Aporta conocimiento, redes y capacidad de modernización. Pero este potencial no se recibe de forma automática ni depende de un retorno masivo.

Si Venezuela aspira a una reconstrucción exitosa, debe asumir que su diáspora no es un actor periférico sino estructural, y que integrarla en el proceso de recuperación del país es una tarea urgente. Relegar a la diáspora a un papel pasivo y confiar en su "retorno natural" -como hace la arquitectura actual de transición tutelada estadounidense- equivale a repetir los fracasos de otros países que terminaron estabilizándose en la precariedad.

Algo se ha avanzado desde la sociedad civil organizada de la diáspora. Tomás Páez, presidente del ODV, ha documentado redes y capítulos que articulan a migrantes venezolanos con universidades, sector privado y centros de investigación dentro de Venezuela. Son iniciativas valiosas, pero difícilmente escalables sin reglas claras y respaldo estatal.

Sin una visión de país que no termine en sus fronteras, sin instituciones confiables y canales estables de vinculación, la diáspora seguirá siendo solo soporte familiar -remesas, ayuda-, pero no palanca para la recuperación del país. La ventana de actuación se estrecha con el paso del tiempo, pero aún está abierta. La dirigencia democrática -y también la sociedad venezolana- deberá decidir si permitirá que se cierre.

9 de marzo 2026

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